lunes, 4 de abril de 2016
jueves, 24 de marzo de 2016
El 14: fútbol hecho arte
Esta jugada que da inicio a la final del mundial 74 entre Alemania Federal y Holanda (2m y 20s), resume a las mil maravillas el juego deslumbrante de Cruyff y anticipa en muchos años el fútbol desarrollado por el Barcelona actual. Por entonces, a aquel planteamiento por el cual un defensa podía atacar, un centrocampista irse al lateral defensivo o un delantero jugar de libre, sin que el puesto originario del jugador fuera de su espacio natural quedara desasistido, se le dio en llamar fútbol total. El partido comienza con 16 toques consecutivos por parte de los jugadores naranja sin que Alemania la oliera, incluso vemos cómo el central Rijsbergen y el líbero Krol se quedan por un momento más adelantados que Cruyff, el cual había bajado al medio para iniciar la jugada que culmina con el penalty a favor, tras una carrera con cambios de ritmo desquiciantes.
Johan, que nos acaba de dejar, es la primera gran figura mundial que yo recuerdo haber visto jugando. Hasta entonces disfrutaba con los Amancio, Valdez, Claramunt, Rexach, Velázquez, Solsona o Gárate, y también con los foráneos Rivera, Beckenbauer, Netzer, Rivelinho o Houseman, porque allá por 1973, el hasta hacía poco O Rei Pelé, iniciaba su lento declive. Así que cuando Cruyff aterrizó en Barcelona, el fútbol que se me hacía agradable cuando los ejecutantes eran los anteriormente mencionados, se convirtió definitivamente en poesía pura. El flaco tenía magia, duende, como algunos otros, pero además poseía un cambio de ritmo endiablado, facilidad insultante para el regate, dominio para el pase, una visión de juego como ningún otro, la inteligencia natural del mayor de los alquimistas, idilio con el gol, y todos esos atributos adornados con la elegancia innata de un jugador de apariencia tan frágil.
Como jugador convirtió al Ajax en el mejor equipo de Europa, y posteriormente a Holanda en la selección con más juego y vencedora moral del mundial 74, que finalmente conquistó la RFA. A partir de 1973 el Barcelona vive un antes y un después con la llegada de Johan. En su primera temporada con los azulgranas, la 1973-74, triunfa por todo lo alto, pues cuando comienza a jugar en octubre, el Barcelona va penúltimo en la clasificación y hace 14 años que no gana la liga. Cruyff devuelve el orgullo de un histórico en horas bajas y lo que es más importante: sienta las raíces de lo que ya después como entrenador eclosionará en el fútbol de toque, ofensivo cien por cien, y donde la máxima es el control del balón imprimiéndole la máxima velocidad (al esférico). Las siguientes temporadas en Barcelona no brilló por varios motivos, pero la huella de ese primer año es indeleble.
Cuando en 1988 regresa en calidad de entrenador, Johan cambia de modo definitivo la historia del Barcelona. Gana ligas, la Copa de Europa, pero por encima de todo plasma sobre el terreno algo muy parecido al fútbol total, donde el balón es el protagonista de verdad y los jugadores, puros instrumentos de su idea de juego. A Cruyff le sucedieron algunos compatriotas en el banquillo que, con mayor o menor fortuna, jamás abandonaron su concepción futbolística, algo inventado por el genial Rinus Michels y perfeccionado por el 14. Van Gaal, Rijkaard prolongaron esa manera de jugar a través del toque y el pressing, un logro elevado a la máxima potencia más tarde por Guardiola y parece que por Luis Enrique. Unas señas de identidad que tienen su origen con la llegada del ex Ajax al Barcelona en 1973. Hace unos años, cuando Guardiola se estaba sacando el título de entrenador, dijo que Cruyff había pintado algo así como la Capilla Sixtina del Barcelona, palabras mayores ¿verdad?
Para los gourmets futboleros quedan muchas imágenes del holandés volador, aunque yo me quedo sin duda con el mundial de Alemania-74. De verdad que merece la pena visualizar la película oficial del evento. Johan estaba en estado de gracia, y bien se podía verlo arrancando desde muy atrás, jugando como un extremo en la banda, filtrando pases con el exterior, marcando goles, galopando con amagos y driblings e incluso corrigiendo posiciones a sus compañeros; algo que le valió ser reconocido como el mejor de aquel mundial.
Con Él se va una manera de ver el fútbol más estética, alejada del juego donde predomina lo físico. El Barcelona y la Selección Española le deben mucho, pero por encima de todo el fútbol mundial, ese que apuesta por la belleza y el trato de balón exquisito. Descanse en paz el mejor jugador europeo del siglo XX y uno de los 6 mejores del fútbol mundial, descanse en paz don Johan Cruyff.
domingo, 20 de marzo de 2016
BOSTON
La publicación del álbum en 1976 (hará 40 años en agosto) en USA, supuso la sorpresa más agradable como inesperada de aquel año olímpico. El grupo homónimo fundado en 1969, o mejor cabría decir proyecto egocéntrico de Tom Scholz (verdadero cerebro de la criatura, además de ingeniero, guitarrista y teclista), intentó hacerse un hueco en el mundillo musical sin éxito alguno. En esos 6 años y pico de espera, Scholz, fanático del perfeccionismo y la experimentación, no hizo otra cosa que pulir a lo largo de miles de horas y demos o maquetas, algunas composiciones que iba ultimando en el equipo de 12 pistas que tenía en el sótano de su casa. La tozudez de Tom Scholz cristalizó al lograr firmar contrato con Epic Records tras decenas de calabazas por parte de otras compañías. Con el respaldo de la discográfica solo necesitaba reclutar al equipo que lo acompañaría en la grabación, reputados músicos de estudio sin mayor fama, o sea: Brad Delp (voz), Barry Goudreau (guitarra), Fran Sheehan (bajo) y Sib Hashian (batería). Tom pidió prestado para la tarea el equipo de Aerosmith y se fueron al afamado estudio de The Record Plant, en California, para ultimar el primer parto y más exitoso de cualquier otra estrella rock en cuanto a ópera prima se refiere hasta ese 1976. De hecho el álbum vendió más de 18 millones de copias en todo el mundo, y casi 40 años después es el 4º más vendido de los años 70. Sin duda el corte estrella More than a feeling representa mejor que ningún otro al AOR adulto, un tema concebido para pinchar miles y miles de veces en las jukebox o sinfonolas, en los platos caseros y en las ondas FM. A pesar de ser su mejor ramillete de canciones, sorprendentemente se debió conformar con el nº 4 en USA. Aunque 2 años más tarde sí lograrían el nº 1 con su siguiente obra, aun vendiendo mucho menos y no tener el nivel del álbum debut. Naturalmente, entre las 9 piezas que integran Boston (todas están a un alto nivel) destacan Peace of mind, Hitch a ride, Smokin' o la más sosegada Let me take you home tonight; reafirmando todas ellas la compenetración o química casi perfecta del quinteto en torno a una idea brillante impuesta por Tom Scholz, algo que en directo nunca llegó a producirse, de ahí tal vez el menor éxito posterior de la Banda, pues fuera del amparo de los estudios no lograba calcar el sonido original en las actuaciones en vivo.
En resumidas cuentas, Boston no es otra cosa que la amalgama de rocks potentes, guitarras afiladas, algo de melodía, unas prestaciones vocales sólidas, y la leyenda urbana o no de que todo el álbum estaba compuesto con un ordenador por Tom Scholz. Por encima de todo eso, la ópera prima del grupo es un conjunto de temas sólidos y molones, fáciles de asimilar al oído; no obstante, permanece y permanecerá en el recuerdo de muchos de nosotros que crecimos al ritmo impuesto por los americanos.
viernes, 11 de marzo de 2016
Cierra Discos Castelló
Otro cierre más y van. Ayer nos enterábamos de que la emblemática tienda de Discos Castelló, en la calle Tallers 7 en Barcelona, bajará el telón a final de mes. Un viejo negocio discográfico, con prestigio indiscutible a lo largo de sus 88 años de historia (nació en 1928), es incapaz de hacer frente a los nuevos tiempos, clientes, redes sociales, soportes, descargas masivas, y como otros del gremio optan por la retirada antes de que el deterioro sea mayor.
Nunca fui yo asiduo de la tienda, fundamentalmente por no vivir en Barcelona; pero si se terciaba el viaje, era obligada una visita al templo de los vinilos en aquellos años preolímpicos, acompañado de mi amigo Alejo, vecino entonces de la Ciudad Condal, y siempre decidido a hacerse con discos de los rotundos Ramones o la novedad de Neil Young. Yo si iba a la caza era para buscar a Pink Floyd, Led Zeppelin, Bruce y otros favoritos, aunque en el formato más modesto de la cinta cassette por no disponer entonces de plato. Por sus pasillos era natural ver a la gente más entendida en este sorprendente mundillo de la música, incluso celebridades o apasionados de las rarezas vetadas en otras ciudades de España; y por supuesto, si alguien muy forofo pretendía hacerse con la novedad más compleja para la crítica, el templo cercano a los templos del Barrio Gótico, era el espacio más adecuado, entre otras cosas por la profesionalidad de la familia Castelló y sus empleados.
El primer aviso serio de que la sociedad y los tiempos estaban cambiando ocurrió en 2009, al verse obligada a presentar un concurso de acreedores, pese a lo cual pudo mantener abierta la icónica tienda que el próximo día 31 pasará a ser historia y a darle una capa más a la pátina especial de cosmopolitismo que siempre ha brindado Barcelona. Paradógicamente, ese mismo año, el ayuntamiento de la ciudad le concedía la Medalla de Honor.
Hoy, transcurridos más de 30 años desde que entré por primera vez a un santuario lleno de magia y sentimientos, echo la vista atrás y a la cabeza me vienen mil y un recuerdos inolvidables, pero también el sinsabor de ahora mismo, porque algo que en cierto modo era patrimonio de los barceloneses y visitantes esporádicos como yo, dejará de existir en tres semanas escasas. ¡Qué lástima que el tiempo presente desbarate proyectos con tanta tradición como este!
jueves, 3 de marzo de 2016
Personajes de allá (3)
Antes que una auténtica celebridad en cualquier barrio o casa de la Villa, o ser el paradigma de una laboriosidad humilde y tranquila en medio del ralentizado vigor de Villafranca, J. era un ser excepcional, querido y respetado por todos los vecinos. Hijo único, humilde de por vida, con cabaña como guarida en sus primeros años de vida; de talla escueta, rostro peculiar de color ceniza, como para una película de Buñuel (según describía Antonio Pereira), o de Fellini, y el pelo lacio, peinado hacia atrás a lo Piru Gainza, hizo de su ocupación en variedad de oficios y quehaceres, algo consustancial a su modo de entender la vida; y hoy, de vivir, si se declarara inconstitucional el retiro, sería el ejemplo de hombre dispuesto a morir con las botas puestas sin la mínima objeción.
Y es que no le faltaban agallas ni presencia de ánimo para ser algo así como el pluriempleado más divergente por necesidad dineraria, pero también por un apremio de índole espiritual, o eso me parece a mí. Socorrido por pantalón de siempre, tirando a gris, un jersey de lana sufrida para el invierno -nada de impermeables, mucho menos un sobretodo- su inconmovible jovialidad, y esa costumbre de pegar la hebra por pura necesidad de sentirse vivo, hacía de la calle y sus moradores (de cualquier apellido y condición) una especie de albergue indispensable. O quizás fuera a la inversa y éramos sus paisanos quienes sentíamos la irreprimible necesidad de charlar con él para volver a sentirnos vivos, como los verdaderos seres humanos.
No estoy seguro del todo, pero creo que mi primer recuerdo de P. (también se le conocía por el apelativo) no es del todo agradable. Ahora mismo, chiquillo de 4 ó 5 años en fiesta patronal, al lado mismo de la ferretería pasado el puente, lo veo aparecer por debajo de las faldas del gigantón con una sonrisa de miedo perlada por el sudor del esfuerzo, y yo llorando a moco tendido, porque además del susto por el cuerpón y cabezudo de Sancho, que no paraba de correr tras los más menudos, debía mirar de más cerca a ese hombre de faz imposible emergiendo de las entrañas del barrigudo. Luego, con el hábito de los años, el roce frecuente y sus idas o venidas con los cilindros naranja al hombro para hacer más fácil el cocinar o calentar a los villafranquinos, el resquemor fue mudando en un aprecio y respeto hacia él.
Aunque por encima de otros apegos, J. fue, es y será el guardián de La Colegiata. Cuando Dios se acordó de él sin llegar a los 70 una madrugada de Reyes, los feligreses y descreídos ya lo tenían en un altar; y acaso, de haber tenido padrinos encumbrados que hubieran publicitado su celo y amor inquebrantable hacia los negocios divinos, cuando menos hubiera tenido un merecido homenaje.
Claro que él jamás dio la mayor importancia a ser de facto el pulsor del corazón de la Villa a través de badajos, bronces y cuerdas. Con sus manos callosas erizadas de venas, pulsaba los martillazos cada cuarto antes de la misa diaria: 30 en el primer aviso, 25 al segundo y 20 en el último. De inmediato la celebración, y ahí estaba él socorriendo al párroco: tocando la campanilla, quemando el incienso en las grandes ocasiones, llenando el acetre de agua para el hisopo, o disponiendo los Santos Evangelios sobre el atril. En ocasiones subía al campanario para acompasar los toques lentos y tristes que se iban acelerando para advertir de la pérdida irreparable de algún vecino, o para dirigir el toque solemne de las grandes festividades.
De tanto en tanto, J. exploraba otros esparcimientos, como ser portador de andas en Semana Santa, de la cruz mortuoria en sepelios de hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, o trencilla. Recuerdo ahora un partido en La Ruquela que jugaban el Sparta y Corullón. El encargado de arbitrarlo era él. Mediado el primer tiempo, la parroquia local consideró un error garrafal la no apreciación de un penalty y se armó la marimorena, con insultos y gestos amenazadores que J. no estaba dispuesto a soportar. Así que en medio del partido se marchó con la intención de no volver. Al final lo disuadieron y regresó al cesped para dirigir a los contendientes hasta el final. Ya no hubo más trifulcas ni improperios.
Por supuesto, cada 27 de enero, se reservaba el papel casi estelar de las fiestas de Santo Tirso. Apremiado por los vecinos y visitantes, auxiliado de una vara larga con hojas de periódico empapadas de gasolina, P. (nunca era más mentado por P. que en tal fecha, tal vez porque el alias encajaba mejor con la casa del petróleo) prendía fuego a la gran hoguera, dando así el pistoletazo de salida a los festejos.
Una mañana de hace tres decenios apareció muerto. Quizá los Reyes Magos lo premiaron precipitadamente con la gloria eterna, rebajándolo del servicio eucarístico, a fin de que a partir de ese día oficiara de sacristán en la otra vida. Lo que jamás se me ha olvidado es la impresión de verlo de cuerpo presente en aquella humilde morada. En ese momento me di cuenta de que un pedazo enorme de Villafranca y de sus habitantes se nos moría con él.
miércoles, 24 de febrero de 2016
CINEFRANCA
Un año más Villafranca se dispone a homenajear al cine del bueno a través del Cinefranca 2016. Los amantes del séptimo arte tienen una cita ineludible a partir del próximo 26 y durante todo el fin de semana, con la gran pantalla. Ocho proyecciones de películas conocidas, unas más que otras, irán llenando de contenido a uno de los espectáculos visuales por antonomasia. La selección, creo, es heterogénea, sin buscar un tema específico sobre el cual desarrollar los contenidos de los films. Así se presentan películas de gran contenido social, comedia sofisticada, obras de culto y de difícil calificación, o humor corrosivo.
Bajo mi punto de vista hay dos películas que descuellan sobre las demás: Ciudadano Kane y La quimera del oro. La primera -se emite el viernes 26 a las 22:00 h.- es una obra maestra y la ópera prima del genio creador de Orson Welles. De hecho, algunos de los críticos más célebres, la sitúan como la mejor de la historia; no obstante, no hay discusión al situarse esta de 1941 en el top ten. La película muda de Charles Chaplin de 1925, es otra de las grandes recreaciones de Charlot, con escenas inolvidables, como esa donde nuestro protagonista se come una suela de zapato para "engañar" al hambre. Cierra el festival y se emite el domingo 28 a las 12:30 h., con piano en directo a cargo de Ricardo Casas. Junto a las mencionadas como indispensables, a mí hay una película/documental que me apasiona, y no es otra que La sal de la tierra, film de 1954 de Herbert J. Biberman -se pasa el sábado 27 a las 10:00 h.- y que denuncia las penurias de unos mineros abocados a la huelga. También El club de la lucha de 1999 -se proyecta el sábado 27 a las 17:00 h.- plantea la creación de algo muy original, y por descontado la de Éxito a cualquier precio -se emite el domingo 28 a las 9:45 h.- una denuncia sin miramientos a la competitividad mal entendida y al materialismo desbocado. Sin olvidar una de las grandes películas españolas de siempre, Plácido, con esa mordacidad propia del maestro Berlanga de la que ya hacía gala en 1961, y que se proyectará el sábado 27 a las 20:00 h. En cuanto a las cintas de Medianoche y Corazón verde (no confundir esta última con Tras el corazón verde) no las he visto y no puedo dar mi opinión, pero parecen tener buena pinta.
El festival se complementa con coloquios y con la presencia de reconocidas personalidades, además de "botillada voluntaria", "apertura del ambigú y desayuno" o "tertulia en la chimenea y copas" (ver programa completo de actividades). Animo a todos mis paisanos a que se acerquen al teatro para disfrutar de estas películas que ciertamente merecen la pena.
Mi más sincera enhorabuena a los promotores de este evento que espero tenga gran éxito de asistencia, además de su continuidad en años venideros. ¡Felicidades!
lunes, 15 de febrero de 2016
ABRE LOS OJOS (11)
Abre los ojos supone en cierto modo una ruptura casi absoluta con el cine que se venía haciendo en España hasta 1997. La Película, es indiscutible, bebe de la estética cinematográfica norteamericana; de hecho, 4 años después, Hollywood hacía un remake con el título de Vanilla Sky, ciertamente sin la brillantez de la película de Amenábar, la cual supuso su consagración tras la cámara después de la no menos sorprendente Tesis, su ópera prima.
Al comienzo el argumento evoluciona con naturalidad. César (Eduardo Noriega), un joven atractivo y rico, disfruta de su casa de lujo y relaciones esporádicas con jóvenes. Una noche, durante una fiesta en su casa, conoce a Sofía (Penélope Cruz) y se enamora de ella. Nuria (Najwa Nimri), una amiga celosa por la competencia, decide despeñar el coche que conducía, muriendo ella y quedando la cara de César desfigurada. A partir de ese instante, el argumento deja la línea recta y comienza a dar giros cada vez más sorprendentes, con el desenlace final que ningún espectador se habría imaginado jamás.
Probablemente Abre los ojos suscita en quienes la han visto, la eterna dicotomía de realidad/ficción, ensoñación/desengaño, pues a lo largo de los 117 m. de metraje, las certidumbres y los sueños se superponen con una maestría que uno no sabe muy bien por dónde pueden evolucionar a lomos de las posteriores escenas. Pero Abre los ojos va mucho más allá de su brillante estilismo o de la ingeniosidad indudable del guión (Alejandro Amenábar y Mateo Gil), pues nos invita a una reflexión en cuanto al valor deformador de la imagen que tenemos, o a esa metáfora cierta de que en muchas ocasiones nos revestimos con otra careta para esconder la auténtica.
El Film nos deja escenas inolvidables, como la inicial con la Gran Vía desierta, la que transcurre en la discoteca, aquella en que se le aparece Sofía (un claro homenaje a Vértigo de Hitchcock) o la del final. También una dirección sin concesiones y un más que acertado montaje, sin olvidar la buena interpretación de Noriega y Nimri.
En su momento, la Película costó poco más de 2 millones de euros de los de ahora, y hasta la fecha ha recaudado más de 6.000 millones. Estuvo nominada a 10 Premios Goya en 1999, entre ellos a mejor película, mejor director, mejor guión o mejor actor principal, y a pesar del éxito de crítica y público, no obtuvo ninguno. Si consiguió el premio a la mejor película en el Festival de Tokyo, además de llevarse una mención especial a la dirección en el Festival de Berlín.
Sin ningún genero de dudas nos encotramos ante una de las películas fundamentales del cine español de los últimos 25 años, además de suponer un punto de inflexíon para renovar la nueva narrativa cinematográfica iniciada en los años setenta. Sin ella no se puede comprender la evolución de su director Alejandro Amenábar hacia empresas más ambiciosas y originales.
viernes, 5 de febrero de 2016
Rayuela
Desde que salió publicada en Buenos Aires en 1963, la novela Rayuela pasó a convertirse en una especie de bofetón en la cara de cualquiera lector que entrara en contacto con ella; antinovela como predican los críticos, contranovela como advierte el autor, o simple y llanamente una deconstrucción literaria. Porque este libro no es apto para cualquiera acostumbrado a la lectura convencional, donde prima un argumento, o una línea narrativa más o menos comprensiva desde un punto de vista racional. Cortázar pretendía algo así como que Rayuela fuera volver del revés una trompeta, entender una estrella, la lucidez estúpida del puntín, ese instante previo a perder el discernimiento por las copas de más; o la disposición absoluta para dejarte llevar por momentos sublimes y otros que parecen sus quedadas o guasas con el fin de desconcertarte. Rayuela es además una sobredosis de intelectualismo donde caben infinitos discos de jazz, profundas reflexiones sobre la vida, citas de escritores, filósofos; una búsqueda enfermiza por parte de Horacio Oliveira (el protagonista) del otro Horacio Oliveira al margen del espacio tiempo, acaso apartado del libro, y envuelto en el ineludible existencialismo tan en boga en la década de los 60. Pero no solo eso, también se convierte en un homenaje a la ciudad de París y su infinidad de bares <<París es una metáfora>> se dice en el libro.
Yo pienso que la obra cumbre del argentino nacido por circunstancias en Bélgica, guarda entre sus páginas, párrafos de una clarividencia y al tiempo insensatez, que deben de abrumar a cualquiera que se considera con la cabeza bien amueblada. Hay fogonazos, muchos, que por narices te obligan a replantearte el existir tal como lo concebimos. Hay narración, poesía, frases cargadas de profundidad, idiomas inventados, supuestamente alter egos del autor (Morelli), un club de intelectuales llamado El Club de la Serpiente, mate a paladas y cafés revestidos de erudición, además de una mujer que es única, pues ¿quién no termina enamorándose de alguien así, que en cierto modo es pedestre y a un tiempo el miembro más etéreo de todos los que conforman ese Club revestido de sabiduría?
Tal vez lo que más llama la atención al principio de la lectura, es esa posibilidad de leer la obra de varias formas: del primer al último capítulo correlativos, tal como nos invita el autor y queda plasmado al principio, leyendo los capítulos importantes y prescindiendo de la parte titulada De otros lados, o bien hacerlo saltando de uno a otro capítulo al azar. Cuando la leí por vez primera, hace no sé cuantos años, lo hice atendiendo a la recomendación de Cortázar. Ahora que la he vuelto a leer, seguí el camino de la pura casualidad. Sin embargo, si alguien quiere leer Rayuela por vez primera, mi consejo es que antes se asesore a través de las redes sociales, con el fin de tener una idea más clara en lo que se refiere al pretendido argumento y demás "parafernalia" que acompaña a los protagonistas de esta obra tan inmortal como controvertida.
Muchos de los estudiosos la incluyen en el Realismo Mágico, otros la consideran surrealista, y algunos más la aupan al grupo de las inclasificables. Lo que sí es una evidencia, es la de su tremenda contribución a la eclosión de lo que se ha venido en denominar el boom de la literatura hispanoamericana/latinoamericana. Bajo mi punto de vista es cierto que hay capítulos de escasa trascendencia y hasta incluso pueden parecernos pedantes, pero esos otros donde no te queda otra que reflexionar y mirarte hacia dentro, valen por todo lo demás. En todo caso, cuando algo se nos escapa por ser demasiado profundo, nos queda el consuelo de que a la Maga le ocurre lo mismo cuando entabla conversaciones trascendentes con El Club de la Serpiente, y hasta con el propio Horacio. A veces, para comprender la obra, se necesita más de una lectura, pero vale la pena. Los incondicionales de Rayuela la han leído en tres, cuatro y hasta cinco ocasiones.
viernes, 29 de enero de 2016
Frampton Comes Alive!
El pasado día 6 se cumplían 40 años de la publicación del doble disco del británico Peter Frampton. Grabado en vivo entre marzo y noviembre de 1975 en California y NY, fue considerado -con permiso del Hotel California de Eagles- el disco del año según la revista Rolling Stones en medio de la efemérides del bicentenario de la independencia USA, y por méritos propios se ha colocado junto al de Bruce Springsteen y la E Street Band de 10 años más tarde, a la cabeza de los álbumes en directo más vendidos de la historia, sin que hasta la fecha haya abandonado la condición de uno de los más grandes en vivo de siempre. Temas como Baby i love your way o Lines on my face en una línea melódica, pero también otros más cañeros, como el stoniano Jumping Jack Flash, el monumental Do you feel like we do, o I wanna go to the sun terminaron por conformar un disco redondo que, después de tantos años, sigue presente en quienes tenemos cierta edad, tal vez por rezumar un insultante aroma nostálgico de aquella alegría desbordante de punteos de guitarra, con carreras adrenalínicas saludables. Además, ¿quién no tiene en su casa este ramillete de canciones o no las ha escuchado en alguna ocasión?
¿Por qué con una colección de 14 canciones en directo que no llegan a los 80 m. dio de lleno en la diana? A día de hoy sigue siendo un misterio, pues la mayoría de ellas habían salido en discos anteriores y jamás llegaron a tener la repercusión de aquel momento. La clave pudiera ser la formación que acompañaba al antiguo miembro de Herd y Humble Pie, con Bob Mayo (guitarra, teclado y coros), Stanley Sheldon (bajo y coros) y John Siomos (batería), los tres fallecidos, y que conformaron un grupo perfectamente compenetrado y en profunda comunión con el público asistente a aquellos conciertos; además de la autenticidad en las interpretaciones de Peter Frampton y su solvencia con la Les Paul de 3 micrófonos que, al menos en la presente grabación suena única.

A pesar de no pisar el olimpo de los dioses de la guitarra, Peter Frampton fue siempre un reputado instrumentista. La revista Rolling Stones lo coloca en el puesto 83, por tanto no estamos ante un cualquiera. Sin embargo sí es cierto que tras el éxito apoteósico del disco, Peter Frampton no volvió a disfrutar de él, al menos en la misma medida; así que en los años 80 se puede decir que había acabado la fiebre framptoniana, o como se diga. Ese fenómeno lo calificaron algunos como overnight sensation, literalmente sensación de una noche, una especie de globo que se infló muy rápido y terminó por estallar a los dos o tres años. En cierto modo fue la transformación espectacular de un artista de 2ª en un fenómeno de masas perecedero.
El mejor homenaje que se le puede hacer a esta especie de Guadiana de la interpretación, es escuchar con atención su álbum 40 años después, una colección de muy buenos temas que se mantuvo en el nº 1 de la lista Billboard durante 10 semanas alternas y sin desaparecer de ella a lo largo de 2 años.
martes, 26 de enero de 2016
Personajes de allá (2)

Con la fuerza de la costumbre, aquella mujer de edad indefinible en el imaginario de chavales como nosotros, la habíamos convertido en una de las piezas preponderantes, sino en el componente principal de aquel territorio de ventas, amas de casa y romanas, lindante con la Iglesia de San Nicolás. Porque, una vez acabado el cole, era ella quien nos podía facilitar los momentos de mayor algazara y felicidad cuando se trataba de gastar las dos pesetas de casa.
Casi todas las veces a I. se la encontraba encogida, sentada detrás del minúsculo y milagroso carrito años cuarenta. La silla debía de ser por fuerza escasa, pues trato de evocar el artilugio para el reposo, y soy incapaz siquiera de inventar algo de enea para aquellas posaderas invisibles. Toda enlutada a excepción del acomodo de una toquilla gris flecada y con borlas, además del moño de pareja tonalidad, con los ademanes propios de una abuelita -en cierto modo lo era para nosotros-, presagiaban a una viuda con muchos años sin su media naranja. Mis amigos y yo nunca nos preocupamos por saber de la muerte del marido, pues la considerábamos una de tantas mujeres perteneciente al grupo de las abuelas de aquel tiempo, que guardaban fidelidad inquebrantable al negro como muestra de cariño eterno al ser querido.
No solo era nuestra conseguidora, ella también era una mujer capaz de embobarnos, porque le gustaba la charla. Hablaba y hablaba, chispeándole los ojos al mentar a los nietos de Francia. Entonces adivinábamos a una mujer buena y amiga de los niños, aunque a veces, pocas, se disfrazara de vieja cascarrabias, algo que ocurría cuando nosotros la tanteábamos con el regateo. Eso sí, si un día muy particular la cogía levantada con el pie derecho, entonces se volvía obsequiosa y nos vendía dos chicles al precio de uno, o nos regalaba un palote.
Reconozco que a mis siete u ocho años, mi vida giraba fundamentalmente en torno a los cromos coleccionados con avidez, y a la figura serena pero cariñosa de la entrañable vendedora. Y también al carrito de pintura gris plástica de dos puertucas superiores acristaladas, con sus cristales laterales por los que tanteábamos con las bocas hechas agua, el volumen y calidad de chicles, pipas, caramelos o los sobrecillos con polvos sabor a coca cola, sin olvidar la caja con un sinnúmero de sobres de cromos donde se escondían los Iribar, Pirri, Sol, Gárate, Violeta o Asensi, esperando a ser rescatados por algún comprador.
Lo de detrás eran palabras mayores, y como casi nunca veíamos dentro del cuchitril de almacén, ni nos parábamos a pensar en la abundancia de chucherías y en que la anciana tuviera allí para completar hasta varios álbumes con todos los artistas del balón, incluido Rexach, que se nos resistía tanto como las matemáticas de don G.
Ya adolescentes y sin tanto entusiasmo por los cromos y las Pipas Facundo, supimos que I. pertenecía a los Testigos de Jehová, tras lo cual empezamos a mirarla con cierto resquemor. Hoy no me queda otra que esbozar una sonrisa benevolente, pero entonces nos parecía como si hubiera traicionado nuestra confianza, para irse con gente tan "fanática". Llegamos a discutir, mas ella no daba el brazo a torcer, y yo digo, que con convicción numantina, censuraba nuestras inamovibles creencias.
Ahora que han pasado tantos años sigo haciéndome la misma pregunta: ¿adónde habrá ido a parar aquel carrito como de juguete, que después pasó a cargo de otros comerciantes? Como artilugio del imaginario villafranquino de un tiempo pasado, debería de tener la condición de una pieza de museo, y con ello la de su conservación, si aún existe.
Aquel espacio a resguardo al principio de la plaza de abastos, ahora impalpable, podría hablar sin descanso de la amiga I., y de las contadas caminatas hasta su casa, además de sus múltiples amigos, los pequeñajos, amén de las provechosas tertulias con las que estimulaba nuestras mentes. ¡Si las piedras hablaran!
sábado, 16 de enero de 2016
Calle Mayor (10)
Las carcajadas que varios amigos se procuran en la ociosidad de la noche, nunca antes sonaron tan sacrílegas como en Calle Mayor. Cuantas más veces vemos reírse a los compañeros de Juan (José Suárez) en esta película de 1956, dan unas ganas irreprimibles de dejarlos de ver en los sucesivos fotogramas, porque con sus gracias solo van a disfrutar ellos, pues a los espectadores maldita la gracia que nos hacen sus burlas a cuenta de otras personas. El argumento basado libremente en la obra de Arniches, La señorita de Trévelez, plantea una apuesta para combatir el aburrimiento. Un grupo de amigos quiere que Juan haga creer a Isabel (Batsy Blair), una solterona de 35 años -ni fea ni guapa, sino todo lo contrario, además de buena chica-, que está enamorado de ella. Cuando la relación se afianza a través de visitas al cine, innumerables paseos por la Calle Mayor y está en vías de fructificar en boda, llega el momento de desvelar la patraña, pero Juan ya no se ve con coraje de decirle la verdad y huye, siendo un amigo de Juan quien se encarga de desengañarla. El amigo le propone huir de la ciudad que probablemente se mofará de ella, e iniciar una nueva vida en otro lugar, pero Isabel prefiere sacrificarse volviendo a la anodina vida de antes, aunque sea para siempre una mujer marcada.
Esta cinta muestra un puzle sórdido y constreñido por una doble moral que imperaba en la España de los años 50. Encuadrada en el denominado Realismo Crítico, su director pretendía a través de ella examinar la mediocridad de la vida en una pequeña ciudad de provincias, algo natural en un cineasta tan comprometido como él. El rodaje que se inició en noviembre de 1955 en las ciudades de Cuenca y Palencia, tuvo que interrumpirse el 11 de febrero de 1956 al ser detenido Bardem por la Brigada Político Social en pleno rodaje. El rodaje se reinició en abril, pero no en Palencia y sí en Logroño, tratando de huir de la mala suerte. Al respecto de su detención durante 15 días, hay que decir que el mismo Chaplin intercedió para que lo dejaran libre.
Juan Antonio Bardem y Betsy Blair se conocieron en Cannes. El director había sido premiado por Muerte de un ciclista y la actriz por Marty. Bardem le propuso hacer el papel protagonista de la película a lo cual accedió, pues la americana, que también tenía problemas en su país desde que apareciera en la lista de actores sospechosos de ideas izquierdistas, prefirió durante un tiempo el refugio de Europa para seguir trabajando.
Estrenada en el cine Gran Vía de Madrid el 26 de enero de 1957, "acudió a él todo el rojerío", en palabras risueñas del director, afiliado durante más de 30 años al PCE. El coste del rodaje no superó los 3 millones de las antiguas pesetas.
A punto de ganar el Oso de Oro, quedando desierto finalmente, ganó el FIPRESCI en el mismo Festival de Venecia. El Círculo de Escritores Cinematográficos premió a Betsy Blair por su interpretación, y Triunfo se lo dio a José Suárez como actor principal. En Bruselas fue elegida entre las 50 mejores películas de las historia del cine europeo. Para el recuerdo imborrable queda esa escena final donde Isabel, con rostro apenado, mira a través del cristal mojado por la lluvia.
Esta, junto a Muerte de un ciclista y Nunca pasa nada, sean quizás las tres mejores películas del madrileno fallecido en 2002.
martes, 12 de enero de 2016
BOWIE
Más allá de expresiones o calificativos como icono, mito, andrógino, camaleónico, ecléctico, rompedor, peculiar, con ojos dispares, drogadicto, descubridor, maestro del videoclip musical, estandarte del glam rock, acaparador de discos de platino o estrella rutilante durante más de 40 años, David Bowie encarnaba mejor que ningún otro artista contemporáneo al artista completo, capaz de salir airoso de cualquier estilo musical donde se hubiese sumergido: folk, R&B, pop, hard rock, psicodélico, soul, disco, punk, electronic music, y un largo etc. Sin olvidarnos de sus otras vertientes profesionales, como la de actor, productor musical, arreglista, compositor de bandas sonoras o montador teatral de sus propios espectáculos en vivo, sin ir más lejos el de su alter ego Ziggy Stardust.
A Bowie lo descubrí tarde. Ciertamente había escuchado temas sueltos de su discografía aunque sin tomarlos en serio. Fue durante el servicio militar que reparé en la calidad de sus canciones. Un compañero de Bilbao -ya no recuerdo su nombre- cuando no teníamos guardias o retenes de por medio, no hacía otra cosa que poner la cinta cassette de Ziggy Stardust con su Starman incluido. Ya de Vuelta en Villafranca escuché con más detenimiento otros álbumes o discos del británico. Héroes, correspondiente a la trilogía de Berlín, en plena efervescencia de la música electrónica alemana, me pareció un álbum innovador, donde destacaba entre otras el single homónimo. Pero hay otros muchos discos y canciones donde queda patente la preocupación de David por explorar nuevos espacios, y para muestra quedan temas tan dispares como Blue Jean y su obsesión constante por la brillantez del videoclip, o colaboraciones importantes con bandas como Pat Metheny Group en This is not America -me encanta-, con Queen en Under pressure, o con el mismo Mick Jagger en Dancing in the street.
La vida de este GENIO que ha vendido más de 136 millones de discos y según la revista Rolling Stones está en el puesto 39 de los artistas de rock y en el 23 de los mejores cantantes de todos los tiempos, está jalonada de luces y sombras, abundando más las primeras Entre las primeras o las segundas, según se mire, está el de su época estudiantil, saldada con una pelea por una chica y que le produjo la paralización en su pupila izquierda, de ahí la enigmática diferencia de color en sus ojos. Ha colaborado a afianzar las carreras de otros artistas, es el caso de su coproducción en el disco Transformer del neoyorquino Lou Reed, oThe idiot de Iggy Pop. En algún momento de su carrera ha colaborado con gente tan dispar como Robert Fripp, John Lennon, Marc Bolan o Brian Eno. En 1970 se casa con Angela Barnett (la célebre Angie de Rolling Stones). Desde 1996 convivía con la modelo Imán, a camino entre NY y Londres.
Reinventor de si mismo, aventurero de lo impensable, a mi modo de ver, además de otros méritos, el mayor de ellos y por el cual merece la consideración de quienes somos seguidores incondicionales de su música, estriba en esa necesidad casi enfermiza de explorar nuevas vías de comunicación, además del cuidado de sus letras. Como The Beatles, Neil Young, etc., David ha buscado en todo momento la vía de la experimentación, y como ellos, a veces, se ha equivocado creando discos menores. Quienes abrazan la innovación como herramienta indispensable, no están exentos de cometer errores; Bowie los ha tenido, pero me parece que los aciertos de esa experimentación superan con creces a los fracasos. Lo admito, siento debilidad por quienes no se conforman con un único camino para recorrer.
David Bowie nos acaba de dejar recién cumplidos los 69 años. Su obra póstuma Blackstar, acaba de salir y tiene muy buena crítica por parte de la prensa especializada y probablemente venda como rosquillas; pero atrás quedan álbumes indispensables como Hunky dory, the rise and fall of Ziggy Stardust, Station to station, Low, Heroes, y otros más que esconden una voz tan reconocible como inimitable. ¡Grande Bowie!
domingo, 3 de enero de 2016
REGÁLALE-REGÁLATE PALABRAS
En infinidad de ocasiones, cuando llega ese momento decisivo de elegir el obsequio (algo material y por norma finito, con fecha de caducidad), nos dejamos llevar por un arranque de improvisación, por un pálpito intuitivo que anula a menudo el raciocinio, sin saber jamás si el envoltorio de papel no habrá encerrado una desilusión para quien lo desgaja. Sin embargo, creo que a casi todos nos satisface el espíritu de lo incorpóreo, de una esperanza, una intriga, un suspense, una ilusión; de un ambiente creado a través de la magia de palabras bien combinadas, con la posibilidad de vivir una vida ajena y apasionante sin necesidad de abandonar el sillón de orejas. Porque ¿acaso existe algo más mágico y perenne al margen del amor, que los diálogos o tertulias cuando tienen sustancia? ¿No nos quedamos cautivados al escuchar al poeta recitar desde lo más profundo del corazón?, ¿o a un historiador disertar sobre algún hecho histórico que marcó los acontecimientos posteriores?, ¿o a un amigo de verdad que trata de transmitirnos sus sentimientos más profundos? ¿A veces no nos quedamos arrobados al oír la perfecta dicción del locutor@ perdid@ en el milagro de las ondas?
Cualquier libro, por el mero hecho de serlo, está impregnado de hechizo, fascinación, encanto, magia en una palabra; y todo ello a un precio asequible, con la particularidad de que puede leerse cuantas veces plazca por tratarse de un objeto sin fecha de caducidad, al menos en el largo plazo. Si todavía os confunde la duda, os invito a que adquiráis para regalar o regalaros mi última obra Adagio 123, os permitirá introduciros en medio de una historia sórdida con desenlace insospechado, algo propio del género de novela negra a la cual pertenece.
El libro está a la venta en librerías de El Bierzo y Menorca, y también se puede adquirir a través de Amazon. En formato ebook se encuentra en La Casa del Libro y El Corte Inglés.
domingo, 27 de diciembre de 2015
NIGHT & DAY
Parafraseando a Led Zeppelin en aquel tema Hats off to (Roy) Harper, yo también pido que nos descubramos ante Shanti Gordi, tras una actuación, la de anoche, llena de magia y encanto. Evidentemente la de ayer no es la primera actuación al alimón de Shanti Gordi y Joan Mesquida Big Band -la cual sirvió para inaugurar oficialmente el teatro de Calós tras una profunda restauración-, pues ya habían actuado anteriormente en otros espacios, como en la Sala Multifuncional del Canal Salat en Ciutadella o el Teatro Principal de Maó; no obstante, me sirvió para verlos por vez primera sobre el escenario y así disipar cualquier recelo en cuanto al maridaje de un "aspirante" a crooner y una big band moldeada muy al gusto de Joan Mesquida. La voz poderosa del ciutadellenc, con timbre no demasiado alejado del de Michael Bublé, me dejó sorprendido gratamente, pues, lo confieso, creí que asistiría a la interpretación de unas cuantas piezas estándard enmarcadas en ese tipo de música años 40 y 50, por parte de un buen vocalista que jamás iba a superar el listón y handicap a un tiempo que suponía volver, tras estar embarcado durante tres temporadas en el universo Pink Floyd; sin embargo me di de bruces con la cruda realidad de que Shanti es un animal de la música con una versatilidad incontestable, además de un saber estar, elegancia y dominio de las tablas, propio del más presumido de los profesionales.
No es menos cierto que la compañía, esa Big Band con evocaciones a las grandes orquestas de Benny Goodman o el mismo Glenn Miller, favorecían la simbiosis y ambientación musical, en ocasiones nada sencilla si el vocalista pretende adueñarse por completo del protagonismo o los músicos intentan ir más allá del papel encomendado. Músicos bien diferenciados en dos grupos: el formado por la Big Band propiamente dicha, con su sección de madera, de viento y de cuerdas desenvolviéndose como pez en el agua al ritmo del swing, y por otra la clásica formación de batería, contrabajo, guitarra y piano, más impregnada del jazz clásico colindante con el cool, dejaron en los tres centenares de asistentes el gustazo de una velada donde se evocaban las grandes voces de los viejos crooners, como Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Tony Bennett o Matt Monroe, sin olvidar a los herederos de ahora, como el mencionado Michael Bublé, Robbie Williams, Rod Stewart o el camaleónico Bowie. Y por supuesto, la banda dirigida con dominio absoluto por parte de su director, no hizo otra cosa que traer al recuerdo las bandas con enorme talento de mitad del siglo XX, como las ya mencionadas anteriormente, o las de Tommy Dorsey, Woody Herman y Count Basie.
Dividido en dos partes, el concierto arrancó con una de los temas más reconocidos de Michael Bublé, recorrió algunos de los hits de Cole Porter, para mediada la primera parte, dejar a Joan Mesquida acompañado por su clarinete y la Big Band, profundizar en el swing más conocido de aquellas grandes bandas. En la segunda parte hubo los minutos propios para lucimiento del crooner Shanti, para la Banda de Mesquida, pero también un aparte para la esencia más jazz e intimista, incluyendo una versión de Here, there and everywhere de The Beatles. En el escenario hubo tiempo para escuchar distintos tipos de música, como swing, jazz, blues y hasta el villancico Santa Claus is coming to town, perfectamente ensamblados, remedando el estilo genuinamente característico de aquellas formaciones que durante años marcaron el sentido musical de muchas generaciones de americanos y europeos.
Un notable alto para la propuesta de anoche que sin duda va a deparar a la formación muchos y constantes éxitos.
jueves, 24 de diciembre de 2015
¡¡¡FELICES FIESTAS!!!
Un año más se acaba y otro nuevo está a la vuelta de la esquina, a puntito de entrar en nuestras vidas. Como a cada comienzo de invierno nos disponemos a hacer nuestra valoración de todo cuanto nos ha ocurrido. Con toda seguridad habrá proyectos del año anterior que se nos han quedado a medio camino y otros ni siquiera hayan tomado la salida. Es posible que ese espíritu de superación consustancial a cualquier ser humano, y loable por otra parte, lo hayamos confundido con una mal entendida competitividad que al final puede llevarnos a la frustración. Los años se escurren sin apenas darnos cuenta, creyendo que la felicidad está en tener un coche molón, un chalé en primera línea de mar, en ser portada en televisiones o revistas de más deslumbrón, o en tocarnos la lotería, cuando en realidad la dicha está en los pequeños e impagables, y hasta a veces efímeros momentos que a veces nos brinda la vida, como es la buena salud, una puesta de sol al ladito del mar, la conversación con los amigos, tener alguien que te quiere, una familia que no te mereces, o con ese momento de dicha e intimidad que supone leer un buen libro. El tiempo es oro y no conviene derrocharlo al preocupaarnos en demasía por los bienes que poseemos.
Desde este breve lugar os deseo a todas/os de corazón que disfrutéis de la Navidad, de un venturoso año nuevo y de este CUENTO o RELATO ambientado en la Nochebuena. ¡¡¡Felices fiestas!!!
martes, 22 de diciembre de 2015
PLÁCIDO (9)
Probablemente Plácido sea junto a El verdugo y Bienvenido mister Marshall, las tres obras fundamentales del director valenciano Luis García Berlanga. Con toda seguridad esta que me ocupa, compita con El verdugo por la primacía, sin que los críticos especializados se pongan de acuerdo, manteniéndose Bienvenido mister Marshall un escalón por debajo sin por ello dejar de ser otra obra clave del cine español. Plácido, que fue rodada íntegramente en Manresa, salvo la escena de interior de un comedor, espacio cedido por un rico de Barcelona -nadie más de los pudientes se dignó a ello-, es de nuevo otra más de las críticas mordaces del maestro Berlanga, plasmando en cada fotograma el retrato social de la España veraz en aquel tiempo, muy alejada de la publicitada por el régimen franquista.
Con el envoltorio frecuente de comedia costumbrista, y ambientada formidablemente en plena Navidad, don Luis (Berlanga) hace un recorrido inapelable a bordo de un motocarro propiedad de un pobre desgraciado de nombre Plácido (Cassen). Contratado para la cabalgata, Plácido debe hacer frente al pago de la primera letra a punto de vencer, si no quiere quedarse sin su vehículo; por tanto, a pesar de acompañar en tan magna tarea, no termina de involucrarse ante la incerteza de hacer frente al pago por culpa de una burocracia sobrevenida. Mientras, un grupo de caritativas señoras de provincia, organizan una campaña navideña de confraternización con los humildes, haciendo bueno el eslogan de "Siente un pobre a su mesa".
En el largometraje se entremezclan a partir de abundantes plano secuencia, sorteos de pobres, subastas de coristas, desfiles de motocarros, pordioseros que se ponen a la puerta de la muerte, pero también las espléndidas interpretaciones de Cassen, José Luis López Vázquez o Manuel Alexandre, sin olvidar la música imperecedera a cargo de Miguel Asins Arbó.
Esta obra coral iba a titularse Siente un pobre a su mesa, pero de nuevo los imponderables de la Censura obligaron a cambiar el título en favor del nombre del conductor del motocarro. Como también a eliminar el villancico final con letra ofensiva para la sociedad de entonces, no fuera a escandalizarse con la letra contestataria. Plácido fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera que finalmente ganó Como en un espejo de Ingmar Bergman. También estuvo nominada a la Palma de Oro de Cannes. Distinguida como mejor película en el festival de Bordighera (Italia), en los premios domésticos fue considerada mejor película, además de mejor director por parte del Círculo de Escritores Cinematográficos. El Sindicato Nacional del Espectáculo, además de premiar la película, distinguió a Manuel Alexandre como mejor actor de reparto. Fotogramas por su parte eligió a José Luis López Vázquez como mejor actor.
Plácido la pasan mañana día 23 por la 2 de TVE a partir de las 21:55 en el programa Historia del cine español. Curiosamente, también fue emitida el año pasado el día 23. Imprescindible y capital en la filmografía de Berlanga es aconsejable su visionado, y más en estas fechas tan especiales. No tiene desperdicio el guión (Rafael Azcona, Berlanga, José Luis Colina y José Luis Font), trufado de afinados y constantes diálogos a los cuales debemos prestar atención. En serio, una auténtica gozada.
jueves, 17 de diciembre de 2015
Conversación en la Catedral
¿Qué se puede decir de la novela Conversación en la Catedral? De entrada que yo no concibo otra mejor por parte de su autor, si bien todo es muy discutible; aunque a mi favor está la declaración que en su momento hizo el autor peruano, al decir que si solo pudiera salvar una de sus obras sería esta, pues las correcciones y el ensamblaje final le había llevado más trabajo que ninguna otra. Por supuesto que en la pugna final para elegir la novela cumbre de Vargas Llosa, se colarían algunas como: La guerra del fin del mundo, La ciudad y los perros, La fiesta del Chivo o La Casa Verde, pero a mi modo de ver debe situarse, sin dudarlo, entre las tres o cuatro mejores.
Conversación en la Catedral fue publicada por vez primera en 1969 en dos partes, algo que no volvería a ocurrir en ediciones posteriores, ya que las más de 400 páginas de la obra saldrían de imprenta en un solo ejemplar. Por encima de cualquier otra consideración, Conversación en la Catedral es una novela redonda. Vargas Llosa juega a narrar cuatro historias que transitan paralelas durante muchas páginas, terminando por converger en algún momento, algo así como el vértice de una geometría. Una geometría que atrapa sin remedio desde la primera página con ese arranque considerado de los más brillantes, con la pregunta inevitable como sorprendente que se hace uno de los protagonistas-vèrtices, Santiago Zavala o Zavalita: <<¿en qué momento se había jodido el Perú?>>, ¿acaso con la proclamación de la dictadura de Odría?, ¿tal vez cuando renegaste de tu familia para malvivir como cronista en La Crónica, Zavalita?, ¿con el imperio de la corrupción afín a cualquier otra dictadura hermana? Todas esas preguntas no tienen una respuesta tajante, pero a lo largo de la dilatada lectura se nos van aclarando parcialmente esas y otras incógnitas.
La Novela es en buena parte la singladura de los ocho años (1948 a 1956) que abarcó la dictadura del general Odría, con el denominador común de la represión, las corruptelas y el juego de alianzas necesarias para perpetuar el poder, sin ser una novela histórica, pues se trata de una ficción que bebe de aquellos años siniestros. Y además, alguna de las cuatro historias, va mucho más lejos, aunque siempre esté empapada de la influencia atroz de aquel poder antidemocrático.
Desde cualquier punto de vista es una historia tremenda y que te atrapa, una novela casi insuperable, y entre otras particularidades que la enriquecen, está la originalísima forma de contarla, con diálogos que se entrecruzan y que corresponden a algunas de las 4 historias ya mencionadas; con vueltas y revueltas, o saltos en el tiempo que ayudan a que la acción avance, y te sorprenda; y por descontado está el autor omnisciente jugando con el juego de espejos o con el de las muñecas rusas si se prefiere, esperando el esfuerzo y compromiso de un lector para nada perezoso, un lector que se atreva a sumergirse en cada una de las historias narradas. Por cierto, La Catedral es el lugar donde transcurre la charla de 4 horas entre Zavalita y el zambo Ambrosio que recorre el libro, y no es ningún edificio religioso, sino un bar pobretón con el techo muy alto, de ahí el título.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Personajes de allá (1)
Me parece a mí que entre las señas de identidad que nunca se deberían de perder en un lugar pequeño y acogedor como Villafranca, están los recuerdos -imborrables algunos-, de sus moradores, muchos ya fallecidos; aunque también su manera de vivir la vida. La singularidad del espacio-tiempo de mi cuna, la determinan esas montañas abarcándolo todo, los edificios religiosos y civiles con su porte de antiguo y respetuoso esplendor, las calles y callejuelas casi siempre angostas, también la climatología, ni frío ni calor, que se adereza con la lluvia inconstante de las estaciones tibias, o la resolana de las tardes a la siesta cuando el sudor se acomoda al estío. Pero la personalidad de mi Villafranca la han dado y la dan sus gentes laboriosas, modestas, alegres, circunspectas, avasalladoras, tímidas, armadanzas, despreocupadas a lo Viva la Virgen, acaudaladas, pobretonas, cicerones, invitadoras, clarlatanas, pendencieras, timoratas, borrachas, emprendedoras, pigmaliones, soñadoras, filántropas, piadosas, filósofas, escritoras, embusteras, rezagadas, cantoras y la mayor de las veces anónimas más allá de Villafranca. Muchas son personas, personalidades mejor, que dejaron huella indeleble a lo largo de mi infancia y que prefiero dejar en el anonimato, sin mentar el nombre, pues a veces pueden surgir retazos de algunas de ellas poco halagüeños, por no decir algo más descabellado; y además, siempre es más estimulante avivar la imaginación de quien lo lea. El personaje que me ocupa hoy y con el cual abro la galería de mis paisanos, pertenecería en cierto modo a la familia de los laboriosos y con el saber estar por bandera.
Siendo yo chiquillo de corta edad y acompañante arraigado de mi madre por los comercios de la Villa, presentí que aquel señor bajito, ya maduro y algo sordo, debía ser, cuando menos, el arquetipo de los vendedores, y si no lo era, al menos sí podía presumir de ser el más veterano de los dependientes, porque, ahora, transcurridos infinidad de años, me da a mí que sobrepasaba con creces la edad para el retiro.
Con la perspectiva que da el tiempo, yo lo calificaría de persona con dominio absoluto del oficio, con soltura y conocimiento en cuanto al paño demandado, además de elegante en los ademanes. Para M., con diminutivo al final (pues en Villafranca de toda la vida se ha tenido querencia por achicar los nombres por aquello de la campechanía), todos los clientes merecían idéntico respeto, así que escuchaba con atención la predilección del color, el tacto de la tela, y su longitud. Luego, con sus herramientas de trabajo, vara y tijeras, medía sobre el mostrador de leña estriado hasta completar el cacho de tejido demandado, y cortaba; más tarde el ama de casa aprovecharía para ultimar la hechura de una falda, siempre larga, con el inevitable pespunte, ¿o por qué no la blusa?, ¿y un vestido?
Por el negocio ubicado en la calle más comercial de la Villa, desfilaban todas las señoras y señoritas, desde las más encopetadas a las menos pudientes, pasando por las pequeño burguesas. Ninguna se resistía a franquear la puerta, aunque al final solo fuera para pegar la hebra, porque el patrón era servicial y sabía vender, pero también, o eso me parecía a mí, inestimable conversador; un auténtico experto en los asuntos de la Villa, si bien sin dejar el tono cordial en asuntillos escabrosos si la política se terciaba.
El abigarrado de las telas multicolores se desbordaba por cada una de las baldas que invadían el comercio hasta la altura del techo. Cuando algún rojo pasión era reclamado por el comprador y M. se veía obligado a rescatar la bala con la tela del último estante, cogía una escalera de madera y con la agilidad impropia en un hombre de su edad, escalaba raudo y bajaba el envoltorio para que la atrevida mujer palpase y mirara sin reservas. Yo, lo confieso, me quedaba embobado contemplando las decenas de telas, y calculaba cuántos metros harían entre todas ellas y si puestas una tras otra, previamente desplegadas, alcanzarían para llegar a la estación de Toral.
M. se fue un día sin hacer ruido, como había hecho toda su vida, pues a discreto no le ganaba nadie; además, a pesar del defectillo en la escucha y aunque el interlocutor hablara bajo, ni era hombre de aspavientos -nada infrecuente en personas con problemas de escucha- ni andaba a voz en grito. Tal vez leyera en los labios de los clientes; si bien, algunas veces, pocas y más al final de sus días, equivocara el reclamo de la señora o señorita de marras.
Yo guardo un gratísimo recuerdo de M., un perfecto caballero, tal vez porque me empuja a evocar la otra Villafranca que con sus virtudes e imperfecciones ya pasó.
viernes, 4 de diciembre de 2015
EL CRACK (8)
Alfredo Landa, o "El Piojo", o mejor aún, Germán Areta, cualquiera de ellos y no otro es El crack. Esta película fue el bombazo de 1981 en el cine español. Hasta entonces la industria nacional del celuloide no se había sumergido en el cine negro de verdad, o al menos, que yo recuerde, con la convicción que su director, José Luis Garci, lo hizo para legar a la historia del séptimo arte una obra casi perfecta. Y es que desde el rótulo inicial con dedicatoria al insigne escritor americano de novela negra Dashiell Hammett, queda de manifiesto la verdadera intención del director, la de hacer un largometraje a mayor gloria del cine hecho en la otra orilla y con los ingredientes que le caracterizan: sordidez, delincuencia, trapicheos, boxeo, tabaco, ambientes urbanos, escenas nocturnas y un hombre valiente como pocos, un detective dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Pero, por sorpresa, los cinéfilos y espectadores en general, nos encontramos con la madurez y ductilidad de un actor que hasta no hace mucho había dado nombre a un subgénero llamado Landismo, y de sopetón, aquel Alfredo desenfadado, prototipo del español medio, ha abandonado esos tics inevitables, ha dejado de vociferar como hacía por exigencia del guión en películas de tres al cuarto, para transformarse en Germán Areta, en don Alfredo para ser más preciso, confirmándose como lo que era, un actor como la copa de un pino. Y es que una vez vista esta y su secuela El crack 2, es casi imposible imaginarse a otro actor en el papel, ni siquiera el mítico Humphrey Bogart, pues este último le hubiera dado a la cinta un tinte excesivamente cínico e incluso inmoral. Areta está impregnado de credibilidad y francamente lo borda.
Uno de los grandes hallazgos es el trato entrañable y con cierta nostalgia que Garci le dispensa a escenarios como Gran Vía, Princesa, Callao y en general a toda la ciudad de Madrid; algo que se agranda con el Simca 1000 Barreiro conducido por el Detective, o con una copa de soberano tras una cena en un establecimiento caduco que un Germán melancólico y escéptico se bebe sin estridencias, o esos monólogos del barbero Rocky en torno al boxeo, a su ídolo Rocky Marciano, y la evocación perenne de Nueva York y su Madison Square Garden.
Como en toda buena película hay escenas que se quedan grabadas para siempre, como la de la partida de mus, o la del atraco en el bar con la radio de fondo donde se escucha a José Mª García, incluso la del combate de boxeo. Para eso ayuda el guión de Garci y Horacio Valcárcel, además de la estupenda música de Jesús Gluck. Y por descontado, las impagables interpretaciones de secundarios como Miguel Rellán (Moro) o Manuel Lorenzo (el barbero Rocky).
El argumento es de lo más convencional. Germán Areta es un antiguo policía metido a detective ocupado en esclarecer asuntos de escasa sustancia. Un día recibe el encargo de encontrar a la hija de un empresario de Ponferrada. Gracias al novio averigua que la chica estaba embarazada y por eso huyó de casa. A partir de ese momento, Areta sufre todo tipo de presiones para que abandone el caso. Sin embargo llegará hasta el final, viajando incluso a la mítica Nueva York.
En una escena de la película Germán dice: <<soy un tipo duro y solitario que trata de sobrevivir en una sociedad podrida gracias a un trabajo sucio>>, algo que se corrobora en un tono eminentemente melancólico que está indivisiblemente unido a la interpretación sobria y, lacónica en determinadas escenas del actor navarro.
Posiblemente desde Asignatura Pendiente Garci no había dirigido otra mejor que esta. Un año después firmaría la oscarizada Volver a empezar. En resumidas cuentas son dos horas de metraje que se van en un suspiro, dominadas de cabo a rabo por Alfredo Landa. Imperdonable perdérsela.
martes, 1 de diciembre de 2015
El teatro no está de moda
El avaro, Un enemigo del pueblo, Historia de una escalera, La tetera, Don Juan Tenorio, Muerte de un viajante, Vamos a contar mentiras, Hamlet, El mercader de Venecia, Las brujas de Salem, Todos eran mis hijos, Usted puede ser un asesino, Doce hombres sin piedad y muchas otras más adaptaciones de teatro, hicieron de Estudio 1 uno de los grandes espacios de la única televisión en aquellos primeros años setenta. A través de la pequeña pantalla descubrimos a actorazos/as que cuando hacían cine parecían peores. ¿Cómo no recordar a José Bódalo, Aurora Redondo, Pablo Sanz (al cual tuve la fortuna de entrevistar en Villafranca para el semanario Bierzo-7, Julia, Irene y Emilio Gutiérrez Caba, José María Rodero, Jesús Puente, María Luisa Merlo, Héctor Alterio, Pedro Osinaga, Fernando Delgado, María Luisa Ponte, Ismael Merlo, Marisa Paredes, Juan Diego, y tantos y tantas maestras/os de la declamación? Yo disfrutaba con cada puesta en escena, incitándome a la lectura de autores como Buero Vallejo, Alejandro Casona, Jardiel Poncela, Benavente, etc. Era un gustazo sentarse a la noche delante de la pantalla porque uno sabía que lo que iba a ver en las dos próximas horas no le iba a defraudar para nada. Pasaron los años y el teatro televisivo empezó a dejar de verse, muy particularmente con el nacimiento de las televisiones privadas, a pesar de intentos esporádicos por recuperar las adaptaciones de otras obras. Fue así como pudimos ver Un enemigo del pueblo, La taberna fantástica, Urtain, Bajarse al moro, Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? El mar y el tiempo, Casa de muñecas, Madrugada, Hoy es fiesta, El cianuro, ¿solo o con leche?, y algunas más. Desde hace 4 años nada de nada, el teatro ha pasado a engrosar el baúl de los archivos.
Posiblemente, hoy el teatro haya dejado de atraer a la mayoría del personal, más interesado en consumir televisión intrascendente, prefiriendo deglutir programas de fácil digestión y que deambulan entre la mediocridad y el conformismo. Indudablemente los gustos de ahora no son los de 1972, cuando nació Estudio 1, pero no es menos cierto que la gente termina por acostumbrarse a los programas que decidan emitir quienes diseñan la programación. Si los potenciales espectadores (sin ser una mayoría los hay) de teatro han desaparecido, en buena medida se debe a la escasa oferta de las distintas cadenas. TVE, que es una cadena pública, o sea, financiada con el dinero de todos los españoles, debería de olvidarse del share de audiencia y prestar más atención a la cultura en general. La 2 de televisión es un canal donde podría encajar perfectamente una alternativa teatral y así recuperar aquel programa casi mítico, ya que los contenidos creativos y más bien para minorías que se emiten, encajan con las características del teatro.
Quiero reivindicar desde aquí la importancia que tiene el género dramático, y por tanto la obligación que el ente público tiene de cuidar la calidad de sus emisiones, además de velar por el arte y la cultura. Espero y deseo que sea quien sea el ganador de las próximas elecciones recupere algo tan nuestro como es el teatro televisivo.
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