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miércoles, 19 de marzo de 2025

CINEFRANCA 2025

 
<<Las películas tocan nuestros corazones, despiertan nuestra visión, y cambian nuestra forma de ver las cosas. Nos llevan a otros lugares. Nos abren las puertas y las mentes. Las películas son los recuerdos de nuestra vida. Tenemos que seguir con vida>>. Haciendo caso a esta reflexión de Martin Scorsese, yo añado que un par de horas de película en pantalla grande es una terapia de choque perfecta para aminorar los estragos de este tiempo distópico que nos ha caído en suerte. Y para ello, nada mejor que recuperar este evento ya clásico de las ocho cintas a visualizar en un fin de semana en un lugar tan mágico como el Teatro Villafranquino, donde en años pretéritos ya se emitían cintas de relumbrón, junto a otras menos persuasivas. 


  Como en anteriores ediciones, Cinefranca 2025 se abre con la Bienvenida a los asistentes a eso de las 21.45 horas del próximo viernes 21. Será en el propio Teatro, donde, a continuación, se pasará el film de 1961, Uno, dos tres. Es muy aventurado decir cuál es el mejor de los ocho; pero a mí, y con permiso de algunos otros de indudable mérito, me parece el mejor. Billy Wilder firma uno de sus trabajos más redondos, mientras James Cagney logra una de sus mejores interpretaciones en el papel de ejecutivo de una empresa multinacional de refrescos en Berlín Occidental. Si hay una cinta imperdible, sin duda debe de ser esta, desarrollada a partir de un guión magistral que permite el ritmo trepidante de los 108 minutos de metraje. 



  Para el sábado 22 -el día de más ajetreo al emitirse la mitad de las películas-, una vez abierto el ambigú/desayuno en El Casino, a las 9:30 horas se pasa Amarcord (1973), que ganaría un año más tarde la estatuilla a la mejor película extranjera. Esta comedia y drama a un tiempo, se sitúa entre lo más brillante de la filmografía del gran Fellini. Un pueblo italiano con sus habitantes y vivencias es el protagonista de esta historia en pleno apogeo del fascismo. 


 Para las 12:00 horas queda la espléndida Sopa de ganso (1933), la comedia más recordada de los hermanos Marx -con permiso de Una noche en la ópera- y una de las mejores obras de Leo McCarey. Si alguien no la ha visto, no se la puede perder. 


  Tras la sesión de cóctel, y la botillada voluntaria sobre las 14:45 en Mesón don Nacho, El Casino y Villa Femita, llegará a la pantalla Patrimonio Nacional (1981). En esta, Berlanga da continuidad a La escopeta nacional, para mí la mejor de la trilogía denominada Nacional. No obstante, PN no deja de ser una aventura más por parte del genio creativo del valenciano que, sobre la base de un elenco de actores de primer nivel, logra a partir de sketchs estrambóticos, radiografiar en clave humorística a una parte de la aristocrácia española en decadencia.


  A las 19:30 horas llegará el turno de Matar a un ruiseñor (1962). Este conmovedor drama judicial, adaptación de la novela homónima de Harper Lee, merece un aparte por el racismo, tema tan de actualidad ahora como lo estaba entonces, a pesar de los años transcurridos. A través de ella también se aborda la infancia de una manera especial. La interpretación de Gregory Peck, una de las más solventes de su filmografía, le valio el Oscar a la mejor interpretación masculina.  

                         
 
  A eso de las 22:00 horas llegará el momento de la  cena, a cargo de Quilicuá en Viña Femita. Luego, en torno a la medianoche, se proyectará Das Boot (1981) identificada en España como El submarino. Con un metraje de dos horas y media, y a pesar de que la acción transcurra dentro del sumergible, con una dinámica de supervivencia y claustrofobia, la película es agil y emotiva, jugando con los sentimientos del espectador más estoico. Este, uno de los mejores trabajos de Wolfgang Petersen, sino el primero, supuso el salvoconducto para su entrada en Hollywood.  


  El domingo 23 se clausura el Evento tras el pase de las dos últimas cintas. A las 11:00 horas se proyecta Dublineses (1987), también conocida como Los muertos. La espléndida novela de James Joyce sirvió al maestro John Huston para firmar una de las muchas obras maestras de su extensa carrera. Por casualidades de la vida, o no, esta se convirtió en su obra póstuma. Una delicia de apenas ochenta minutos que nadie debería de perderse. Delicia lo es también El rey de los cowboys (1925), uno más de los films dirigido y protagonizado por Buster Keaton, que a partir de unos cuantos gags muy a propósito con el argumento, logra otra obra maestra en apenas setenta minutos de metraje. Acompañará con el piano en directo, como en años precedentes, Ricardo Casas.  


Un año más, y ya van unos cuantos desde la primera edición, Cinefranca se consolida como uno de los principales espacios de encuentro para los muy cinéfilos, pero también para aquellos que no lo son tanto y solo pretenden disfrutar de un fin de semana diferente en un lugar genuino como es Villafranca. A todos les animo a darse una vuelta por allá. Lástima que aquí un menda no pueda desplazarse a la Villa para acompañar, si bien lo hará en la distancia, tal vez revisionando alguna de estas ocho películas, todas de buena factura. 

Por último quiero dar las gracias a los organizadores y colaboradores del Evento por su desinteresado trabajo para situar de nuevo a Villafranca en el mapa de los acontecimientos culturales. A todos ellos y a quienes vuelvan a gozar con el Séptimo Arte, mucha suerte y a disfrutarlo.





                                                                   
                                                                      
                                                                                          

martes, 22 de enero de 2019

Roma, película inolvidable

  Con esta película, Alfonso Cuarón (Ciudad de México 1961) ha logrado  transmitir como muy pocos un fresco de la vida tal cual es, sin aspavientos ni grandilocuencias, pero con una humanidad que te deja noqueado. Huyendo de cualquier sentimentalismo para fijar la atención del espectador, el director de Gravity nos plantea un análisis profundo y sosegado en torno a la vida de una familia media acomodada en la convulsa capital del país a comienzo de los años 70, pero también un ensayo sobre la estética que sustenta el film, ese particular modo de narrar una historia tan desgarradora y a un tiempo intimista, donde la arquitectura sonora no se sustenta en la música, como en la mayoría de películas de la actualidad, sino en la abstracción que se genera a través del ruido de agua, trinos de pájaro, ladridos de perro, el ruido de un coche que se aleja, las voces apagadas de la calle, las voces encendidas de una manifestación, el desfile de una banda con su música militar o el inquietante sonido de las olas embravecidas. A través de esos intersticios que nos pueden pasar desapercibidos, el mexicano va tejiendo sin prisas, fundamentalmente el recorrido íntimo y vivencial de Cleo, una criada indígena que se ocupa y preocupa de una familia aparentemente feliz, en la colonia Roma, donde el director pasó su niñez cuidado por Libo Rodríguez, a quien está dedicada la cinta. El mayor acierto de la cinta se sustenta en la manera de contarla, sin apasionamiento, pero cincelando cada secuencia con la pericia de un orfebre para que todo encaje como en el más complejo de los rompecabezas. 


  Cleo (Yalitza Aparicio, actriz no profesional) vive interna en una casa acomodada, ocupándose del cuidado de los cuatro hijos del matrimonio. Joven bregada en el trabajo pero inexperta en los otros asuntos de la vida, queda embarazada. La mujer está abocada a una tristeza infinita al nacer muerto su hijo. El drama se completa con el abandono del cabeza de familia que se larga para vivir con otra mujer, dejando a la esposa y a los cuatro hijos a su suerte. Afortunadamente, Cleo encuentra el amparo y comprensión de los otros sirvientes, de la señora de la casa y de los hijos abandonados.


  Desde la primera secuencia, un picado donde se ve discurrir el agua en busca del sumidero, al último plano, contrapicado resaltando las paredes más humildes, con su escalera exterior, la baranda, un aljibe o la antena de televisión, Roma es un goce visual de primera. Filmada en blanco y negro con una cámara digital Alexa de 65 mm., Alfonso Cuarón nos retrotrae a la Capital que meses antes había organizado el mundial de México-70. Hace un guiño intencionado a la Matanza de Jueves Santo, cuando el grupo militar "Los Halcones" se cargaron a 120 estudiantes, también a la profunda diversidad de estratos sociales, pero por encima de todo, Cuarón nos plantea una reflexión sobre el papel de la mujer en una sociedad eminentemente patriarcal como era la de aquellos años. Ni que decir tiene que  la película propone algunos tintes autobiográficos por parte del director, como que él tuviera 3 hermanos más, que viviera en la colonia homónima, o que su cuidadora Liboria sea de la misma procedencia que Cleo. Para mi imaginario guardo en el recuerdo algunos rincones de la casa, pero creo que jamás podré olvidarme de este encuadre de la escalera, una escalera que a lo largo del metraje se convierte en la metáfora, o al menos en uno más de los protagonistas de la casa. La película se debe de ver sí o sí.