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jueves, 18 de abril de 2024

Fraterno atribulado

 

Regresó una mañana de sol impenitente, aunque nadie llegó a saber los pormenores. Fraterno había decidido hacerse un hombre, hecho y derecho, guerreando contra los sublevados, o eso decían

 En el pueblo todos estábamos al corriente de su filiación revolucionaria y de la defensa a ultranza que esgrimía cuando a algún imprudente se le ocurría cagarse en el poder establecido y en la madre que parió a Azaña. Pese a todo, muchos sabían que la osadía no era su fuerte y; no obstante, a los amigos les ocasionaba un enojoso zumbido en los oídos cuando porfiaba en enaltecer a los asesinos de frailes, incendiarios de iglesias o a los héroes de Casas Viejas, si bien solía decirlo con la boca pequeña.

  A Fraterno se le dejó de ver callejeando al mes de iniciada la Guerra. Su amigo Conrado había pasado la noche previa con él, mas declaró a las autoridades que nada le había dicho en cuanto a hacerse desaparecer, salvo recordarle que en toda la contorna acrecían los paseos para elementos sospechosos y disolventes como él.

  Con el transcurso de los meses, la figura del desaparecido se fue mitificando al socaire de la inexistencia de un paradero. Unos inventaron a un titán sin currículo, quizás matando sublevados en la Batalla del Ebro o en Brunete; los escépticos, por el contrario, reprochando la cobardía y tal vez un exilio voluntario en Francia.

  No obstante, los muchos feligreses que se agolpaban con cada misa del domingo en el templo, además de en los enigmáticos y farragosos latinajos del sacerdote, ponían especial atención en el mínimo detalle aéreo, comenzando a propagar el bulo de que por el cimborio de La Colegiata, entre el barandal, se vislumbraba la figura desgarbada, escuálida y familiar del antiguo cartero; e incluso, los más perspicaces o hábiles urdiendo desatinos, aseguraban haberlo visto, en ocasiones, asomado a alguno de los ventanucos de la linterna. Lo que es indudable, a pesar de algunas pesquisas sin resultado, es que con frecuencia, el párroco echaba en falta hostias, alguna que otra garrafa de vino dulce, atuendos de misacantano en tres ocasiones o las perras de algún cepillo.

  La vez que el páter propuso a la Guardia Civil la expedición hasta lo más alto, por si un quítame esas pajas, a pesar de que Fraterno había aseverado que ni harto de vino pisaría una iglesia, ocurrió que la pareja benemérita halló entre los recodos empedrados un empolvado ejemplar del Capital Social, además de una sotana arrugada y pringosa que recién había desaparecido de la sacristía; delito endilgado de inmediato al sacristán, cuando una de las ancianas de homilía diaria sorprendió hablando al subalterno y al Augusto, el ferretero, justo cuatro días antes del estallido de la contienda, tramando dijo ella, en contra de Franco y del tuerto ese de Millán Astray.

  Fraterno regresó concluida la guerra. Parecía tener los mismos veintiocho años, aunque sorprendía verlo con el rostro extremadamente descolorido, como si acabara de librarse de un largo encierro. Vestía camisa blanca y almidonada, nueva, como el pantalón de tergal; y el cabello rasurado, recién de peluquería. Así que cuando su amigo Conrado lo divisó deambulando a la verita de los raíles, cerca del apeadero, con una chocante boina de visera a cuadros, lo interrogó sobre su estrella, la indumentaria de domingo y los espléndidos zapatos de charol. Al viejo compañero se le aligeró el semblante con la mueca risueña y le contó de un viaje por el Cantábrico arriba, hacia Inglaterra, escapando de las tropas franquistas que lo tenían a tiro de piedra, y de su fortuna como chófer y para otros menesteres de la mismísima duquesa consorte de Bedford.

  En la Comarca casi nadie se creyó la historia con aroma británico, mucho menos cuando la Guardia Civil le preguntaba cómo se decía en inglés <<me cago en la puta República>> o <<encantado de conocerle>>. Pese a todo, cuando nadie daba un ochavo por su vida, hete aquí que al antiguo alborotador nadie se atrevió a tocarle un pelo; si bien, a cambio de salvaguardar su integridad física debía apechugar con la dureza de arar las tierras más baldías para el sustento diario, con la ignominia de dar los buenos días al sargento del puesto en cada amanecida.

 

  Aquello de presentarse en el cuartelillo se mantuvo casi el año, hasta que un buen día, una dama vestida de blanco elegante y con sombrilla a juego, apareció en el pueblo, preguntando en castellano por el señor Fraterno Valdeomar. La señorita deslumbró con su pálida belleza septentrional y el lujo de un Rolls tan blanco como el de sus neumáticos. Fuera por el antojo de una millonaria para alternar con un pobretón o tal vez por una antigua amistad, enseguida se les vio amarraditos y con ganas de intimidad; mas unos días bastaron para que la dama ahuecara el ala como lo había hecho Fraterno pocos años antes, durante una madrugada. 

El labrador de nuevo cuño adujo compromisos ineludibles en la corte británica, la imposibilidad de casarse con la joven por culpa de la disparidad social, aunque allí estuviera permitido el divorcio, y me cago en mi madre. Sin embargo, si manifestó que la elegante dama retornaría muy pronto, siempre y cuando pudiera prescindir del aburrido protocolo de la Corte.

  Como siempre ha ocurrido en asuntos de tanta enjundia, muchos no se creen la veracidad del cargo, y dicen haber visto a la aristócrata enredada entre bambalinas y titiriteros, representando el papel de duquesa consorte de Bedford. No obstante, pese a las sospechas generalizadas, otro público con mente más reflexiva, así se califica, comienza a hilar cabos,  hasta el extremo de conjeturar con el perdón del desgraciado merced a la mediación en Madrid de la influyente señora. 

  Fraterno no comenta al respecto del arte, pero por desdecir a un tribunal tan exigente como suele ser el del paisanaje más incrédulo, asevera que su amada tiene la pasión secreta del teatro.




Relato del libro Teórica del fuego




martes, 15 de agosto de 2023

PERSISTIR EN LA MEMORIA

 

En el año 2018 publiqué “Teórica del fuego”, colección de 20 relatos que profundizan en el lado más siniestro de los seres humanos. Sicópatas, ladrones de ocasión, mujeres de doble vida, estrellas de la tele, torturadores, represores de la Guerra Civil, vaqueros de gatillo fácil, víctimas de la dictadura argentina, adolescentes esquizofrénicos, o exhibicionistas, transitan por las páginas del libro; incluso algunos de los ocasionales protagonistas mantienen relación con algunas otras de las historias del libro. “Teórica del fuego” me ha servido para profundizar en otras formas narrativas que en muchas ocasiones han huido de la ortodoxia y convencionalismos utilizados más habitualmente. Este relato titulado “Persistir en la memoria”, es la historia resumida de mi novela, Pervivir en la memoria (2010), si bien con ciertas licencias y contado de otra manera, con más libertad, donde el monólogo interior es el recurso utilizado por una mujer viuda para reflexionar sobre su vida: un amor traicionado, otro amor equívoco, la posibilidad de recuperar aquel primer amor deshecho por los convencionalismos familiares, aunque realmente resulte imposible por padecer el hombre la enfermedad de Alzheimer; y los recurrentes malos tratos a manos de un marido celoso y equivocado, guardia civil, que finalmente la deja viuda cuando es abatido a disparos por una partida de maquis. Esta historia tiene su continuidad en el relato “El primer bofetón”, incluido en  este mismo libro.



Justo cuando la tromba se está volviendo menos densa, presiento el momento de salir del cobijo de la marquesina y ampararme en el viejo paraguas de la adolescencia, a chapotear con esmero en los charquitos del andén. Y aquí estoy, discurriendo qué es lo que voy a decirte cuando al fin me encuentre contigo; mientras un ansia repentina de libertad y una inconsciencia de niña me reconfortan lo indecible. Hace un rato, no sé, hará el cuarto de hora, me vino a la memoria mamá, sus órdenes inequívocas. ¡Siempre haciendo la real gana! ¡Llévate el paraguas y ponte las botas! ¡Después cogerás un resfriado, y otra vez al médico y las dichosas inyecciones! Pero era mamá y todo lo que decía iba a misa, a ver si no quién era la guapa que le confesaba que quien realmente me hacía tilín eras tú. Ya sabes que no me gusta para nada ese amigo tuyo, y mucho menos que os paseéis bajo la lluvia como dos estúpidos jovencitos a la vista de los viajeros, por culpa de esa manía tuya de las caminatas a la verita de la estación. Dicen de él, tú ya me entiendes…, y yo, que bueno; pero solo es un compañero del colegio y nos llevamos bien, nada más. Cualquiera le decía que una vez en el ruinoso retrete de la sombría estación, el amigo Guto, tú, habías intentado ir más allá del beso en los labios. Tú cuidadín, que el chaval tiene querencia por las malas costumbres. Ya ves lo que dicen de Raquel, aunque sus padres se hagan los ciegos y miren para otra parte. Tú eras como eras, un poco lanzado, aunque con quince años y huérfano desde los doce, como yo, si bien solo de padre, tampoco era para pedir peras al olmo. Lo de Raquel ocurrió porque ella se dejaba y los dos iban algo achispados, que Guto, otra cosa no, mas mentir, ¡ni por estas! ¡Mira a Miguel, hija! Eso es otra cosa, alguien más sensato. Ha vuelto de la mili y ya se decidió por continuar en el servicio a la Patria, ahora como Guardia Civil. A pesar de su nueva responsabilidad, ahí lo tienes, intentando por todos los medios meter en vereda a ese rebelde de hermano, ¡Guto se llama!, ¿no?, para que no termine convirtiéndose en la oveja negra de los hermanos. Y no te creas, que bien a las claras se le ve que tú le gustas. Pero yo venga a llevar la contraria con que apenas tenía los dieciséis para andar de bailoteo con un hombre hecho y derecho de veintitrés. Y claro, por no desairar, por miedo al castigo, a obedecer como un corderillo cuando él dio el primer paso; así que accedí a los acompañamientos y a distanciarme de ti, por cierto, tan muerto de celos como nunca te he vuelto a ver. Primero fueron los paseos vespertinos por el andén de la estación, lo mismito que antes contigo; más tarde el baile de los domingos por la tarde y finalmente la pedida de mano que, qué más quieres niña, si te llevas al mejor partido del municipio, si solo le falta un bigotito como el de tu padre, que en gloria esté, y se parecería al mismo Errol Flynn. No tenía otra salida por la amenaza de meterme a redentorista, así que tras seis meses de novios formales nos casamos, yo recién cumplidos los diecisiete. No sabía nada de la vida, salvo obedecer y ser una buena esposa. Ahora que han pasado tantos años solo recuerdo con emoción los escasos paseos a la anochecida, arriba y abajo de la estación, cuando todavía no me había puesto la mano encima; y por descontado, los viajes al ralentí en el tren con destino a la capital, a verme el doctor lo del embarazo. Luego, eso de estar en casa junto a él se me volvió un suplicio. 

A los pocos meses de matrimonio ya estaba con su paranoia de si tú y yo nos veíamos a escondidas, si yo seguía estando perdidamente enamorada de ti. Pero ya ves, aquellas tardes de sosiego caminando al ladito de los raíles se fueron definitivamente al garete cuando el médico me dijo que venía muerto. Entonces Miguel no hacía otra cosa que culparme, reprochándome mi escaso entusiasmo y poca vitalidad, y sacudirme la cara cuando había empinado el codo. La primera vez, todavía lo recuerdo como si hubiera ocurrido ahora mismo, él venía bebido, propinándome un bofetón tras insultarme y llamarme desvergonzada, a cuenta tuya. Enseguida se mostró arrepentido y me imploró el perdón. Naturalmente le creí, pensando que jamás volvería a ocurrir algo parecido. Finalmente terminamos en la ducha, abrazados como dos tortolitos. Sin embargo, los malos tratos  se convirtieron en una costumbre en cuanto se emborrachaba. Y mamá, que no te preocupes, pues muy pronto tendréis otro. No vino ninguno más, ya que Miguel me dejó viuda al segundo año de vida en común. ¡Quién iba a pensar en una emboscada de los maquis, y más en un hombrón como él! Si hubiera sido por un accidente de tráfico, o qué se yo. En fin, es la vida. Pese a todo, yo no me volvería a casar, niña, y mucho menos con la bala perdida de tu cuñado, ¡te lo prohíbo! ¿Y si encima de vago nos sale un sádico como el hermano? Pero tú no cesabas de tirarme los tejos al mes del entierro, incrementando las acometidas en cuanto me puse de alivio. Para ti era un acicate verme con ropas menos oscuras y la tristeza olvidada; aunque yo, si te miraba atrevida, me parecía estar traicionando la memoria de tu hermano, ya ves. Me dicen por ahí que a Guto se le ve merodear por la calle, cerca de donde pisan tus pies; y alguien, no te voy a decir el nombre, me ha contado que el viernes pasado os han visto juntos en el tren que volvía de la capital. Te lo advierto porque aún eres una cría: ni se te ocurra hacerte ilusiones con el chaval, pero si tienes tentaciones fuertes, antes prefiero verte encerrada en ese convento. Sería capaz de matarte si ocurre algo indecente. Y yo, que sí mamá, que solo coincidimos en el vagón, y que qué querías que hiciera, ¿mandarlo a paseo? Te recuerdo nuestro parentesco y la cortesía. Tú venías de hacer unas compras y yo ya sabes a lo que había ido. Claro que la primera intención había sido ir a casa de mi amiga enferma, si bien, luego me encontré en la calle con Guto y lo acompañé por las tiendas. No le dejé tocarme ni un pelo, mamá; además, él sabe de sobra que soy la viuda de su hermano. En realidad, pero esto ya no se lo dije, dejé que me dieras un beso con los labios descosidos, nada más. Aunque tú intentaste persuadirme para hacerlo en una pensión discretísima, y yo te dije a ver si estabas chalado, como si hubiera hablado por boca de mamá, con la boca más pequeña, eso sí. Y ya ves, Guto, ahora que han pasado cuarenta años, me demoro bajo la lluvia, tratando de aprisionar una miaja de aquella libertad vigilada, a la espera de que llegue el tren, lo mismo que aquella tarde de septiembre de fiesta patronal y agua a mansalva. Ni un pasajero se veía deambular, y los cuatro o cinco viajeros se guarecían en la cantina, mirándome como hipnóticos. ¡Si no salí de la marquesina nada más que en el momento de la despedida, mamá! Ya, pero la mojadura fue de órdago. Yo bien sé lo que pasó, a mí no me engañas con esas cosas de la cortesía y la vieja amistad, que alguno todavía habla de la fuerza de ese idiota, y tú dejándote agarrar, sin bajarte de la escalerilla hasta el pitido del jefe de estación para la salida del tren.                                                                                          
¿Y qué se me perdía a mí en Gijón para decidir escaparme contigo? Mamá tenía razón, y tú también, pues no dejé de llorar en toda la noche, pensando en el embuste: si tú no me gustas ni para ir de compras, mucho menos para vivir juntos en una ciudad desconocida. Pero te quería como jamás he querido a nadie, con la rabia de mi cobardía, los celos royéndome por si caías muy pronto en las redes de otra pelandusca más, y por preferir la obediencia ciega hacia mi madre. Aunque también has de reconocer que con eso de irte a probar fortuna sin un duro en el bolsillo, y con tu fama bien ganada de vividor y holgazán, el futuro no parecía demasiado halagüeño. Es que si hubieras decidido marcharte con él las hubieras pasado canutas, hija. Muy capaz era de ponerte a trabajar en la calle y él a vivir del cuento y de tu deshonra, o tal vez a zurrarte la badana, como hacía su hermano. Pero mamá, ¿tú te crees que nací ayer? Aunque tal vez fuera cierto, porque, en ese momento, para nada me hubiera importado haber huido y sacrificar cuanto fuera por estar amarradita a ti. Ya me dirás un joven que abandona la escuela nada más quedarse huérfano de ambos padres, y a vagabundear; porque Miguel intentó por todos los medios colocarle de recadero en las oficinas de la mina, y él que para cien duros al mes no se molestaba en madrugar. ¿Tú te crees, alma cándida, que en cuanto llegue a Asturias se va a enderezar un chico como él, sin oficio ni beneficio? Te digo que en dos semanas habrá encontrado un puesto de trabajo remunerado como Dios manda, mamá, con todos los derechos y Seguridad Social incluida. Sin embargo, no fueron dos semanas y sí medio año el tiempo transcurrido hasta que te dieron el trabajo en el puerto, que ¡ya me gustaría saber cómo te ganaste la vida esos primeros meses en Gijón! Nunca sueltas prenda, pero ahora hay tiempo de que me lo confieses antes de lo irremediable. Aunque ya ves tú la vida, que el camino no se te habrá hecho de rosas, pero yo también he pasado mis penas hasta bien cumplidos los cuarenta. Mi matrimonio, ya no importa si te lo digo, no fue amargo, sino un auténtico suplicio. Ni mamá era capaz de confortarme; con decir de la puñetera obediencia en las alegrías y las calamidades, y si don Benigno venía a decirme lo mismo cuando me confesaba, ya estaba solucionado el asunto. Así que a sufrir las humillaciones y los golpes. Lo mejor en tu condición de viuda es ponerte a servir, ya el señor del piso de arriba se ha interesado por si podrías irle a limpiar dos veces por semana. Yo como una bobalicona me puse de criada y cocinera, porque el rico señorote no sabía hacer ni un triste huevo frito; ahora, eso sí: ni una palabra en cuanto a posible matrimonio. Si es más retraído que tu tío Arturito, mamá. Es que hija, eres más fría que un témpano de hielo. Algunos hombres prefieren ceder la iniciativa, y si tú no le insinúas, en fin, ya me entiendes: ¡jamás! Ahora, hazte a la idea de que resolverías tu futuro de un plumazo, sin dar un palo al agua. ¿No me decías de no volverme a casar nunca? Sí, hija, pero este es un partido inmejorable. Di muchos palos al agua, pues hasta los treinta y tres, no hice otra cosa que deambular de casa en casa al ritmo que tú debías tener romances con las asturianas. Ya ves, los seis años siguientes los pasé sin salir de casa, cuidando de mamá hasta que Dios se acordó de ella. Suerte de sus ahorros y de la pensión de viudedad, si no, no sé. Te digo lo de las asturianas, no vayas a pensar que me chupo el dedo, pues que tú guardes un silencio sepulcral no significa que yo sea tonta. Bien sé de cuando Raquel se escapó del pueblo en secreto, sin saber adónde, y luego me enteré por un pajarito que ella se había ido para vivir contigo, ¡y por dos años, nada menos! Me dolió ese idilio, aunque no veas el alegrón cuando me enteré que ella te ponía los cuernos con un compañero tuyo, también cargador en el puerto. Donde las dan las toman, hija. ¿No te dije más de una vez que Raquel no era trigo limpio? Cuanto sí tengo claro, es que tu amiga de la infancia se ha dejado corromper por ese que aún te atreves a llamar cuñado. Y ya ves, ¡quién podía imaginar que muchos años después de aquel desliz de adolescentes la dejarías volver a tu lado! ¿De verdad ese hijo tuyo no era también de ella? Sé que por los once años actuales de Santiago, difícilmente podría haber parido con cincuenta, mas la gente no para de cavilar, y que ella murió por el sobreparto. Espero que algún día te decidas a romper el silencio, porque a mí, ya ves, a mis casi sesenta, tras haber sufrido los maltratos de un marido y de haber superado un cáncer de mama, me importa un bledo todo tu pasado. 

Bueno, sí que me importa, pero no para echártelo en cara ni esas cosas; simple y llanamente me pareces un desconocido muy conocido con el cual me hubiera carteado tantos años, primero en Villafranca, y luego mientras estuve de cooperante en la ONG americana hasta hace una semana. Me reprocho haber sido una mojigata, no emprender una vida en común contigo, que tú bien que me lo escribías en las cuartillas, como si me lo restregaras por la cara y si te comportabas como un inmoral por mi desprecio. Vamos, que me caso, me enderezo y a formar un hogar con muchos niños, decías. Y mamá, que no quiero carteándote toda la vida con ese mequetrefe, yo bien sé, solo pretende conquistarte para que hagas el papel de barragana. Ya ves, Guto, y que mis padres que en paz descansen me perdonen, ahora estoy dispuesta a casarme contigo si aún es tu voluntad. Para nada me importa lo que te pueda suceder, ¡después de lo que he visto en Centroamérica! ¡Mira! Ahora llega un tren y pudiera ser el mío, aunque este parece más chico; y yo como una estúpida paseándome con el paraguas abierto cuando ha dejado de llover. ¿Te acuerdas de aquella vez en pleno invierno? Habíamos quedado de vernos en la capital, a pesar del aguacero; y mamá, pero hija, ¿a quién se le ocurre salir con la que está cayendo, nada más que por ver la crecida del río y las huertas anegadas? Yo que por curiosidad, pues he quedado con las amigas; y luego me iré a casa de, no recuerdo quién le dije, para hacer la taquigrafía con ella, que para eso es la más lista de la clase de don Osvaldo. Llovía seguido desde hacía cuatro o cinco días y me puse a caminar con el paraguas a la espera del convoy. A los diez minutos, como por ensalmo, cesó de caer agua.                                                 
En León a cántaros, y tú enseguida me abrazaste para cobijarnos en tu enorme paraguas, camino de Guzmán el Bueno, donde íbamos a consumarlo; mas, ya en el hostal, un miedo irracional a esas caras de mamá y de tu hermano Miguel, resucitado con tricornio puesto, que revoloteaban constantemente por la habitación con ceños fruncidos, me alteraban el ánimo, así que me impidieron realizarlo. Ya ves que estupideces hablo, aunque con la voz queda, no vayas a creer, pues solo cuchicheo. Realmente me resulta difícil anudar los diálogos para cuando nos veamos, y es que ignoro por completo tu nivel de comprensión. Pues no, Guto, este que llega se va para Madrid; parece un Talgo. Espero que no se te haya olvidado ir a recogerme, porque de Gijón apenas recuerdo nada, como no sea la playa de San Lorenzo. ¡Hace tanto tiempo! Acababa de cumplir los cuarenta y a mamá hacía un año que la había perdido. Yo apenas llevaba seis meses en el trabajo como oficinista y tenía ahorrados algunos cuartos. Tú, venga a incordiar con el dichoso viaje, a conocer el mar, ya verás cómo vas a disfrutar. Ahora sola como estás no tienes excusas; y no te preocupes que no pienso tocarte un pelo. Al final me dejé convencer, que no veas tú el calorón de aquel mes de julio y la humedad de ahí; suerte de los baños diarios, y lo bien que te portaste, si cuando me lo propongo soy como una hermanita de la caridad, me decías. Y a fe que lo fuiste, menos la víspera de mi partida, que no veas la moña. Tú, venga a forcejear, incluso llegaste a arrancarme algún botón de la blusa, y yo como una farsante defendiendo el santuario. No pasó a mayores porque la cogorza te impedía hacer más fuerza, aunque tal vez lo mejor hubiera sido llegar al final y hoy quizás ya fuera tu esposa. Tras aquel suceso no pude evitar un distanciamiento y la tardanza en dar respuesta a tus misivas, las cuales se redujeron a cuatro o cinco al año. Aunque, no vayas a engañarte, que a los pocos días de haber regresado al pueblo te había perdonado. Lo que no soportaba eran los infundios de la gente y ese afán de si yo era tu querida, que ya ves tú cómo llegaron a saber de mis vacaciones en Asturias. Así que me convertí en solterona más que en viuda, venga a leer libros y a ensayar en el coro, que no sé qué se te ha perdido a ti en la iglesia para dejar pasar el tiempo entre imágenes y cantos sacros. Y si no quieres casarte conmigo, hazlo con quien te venga en gana, o amontónate,  pero no despilfarres los pocos años de juventud que te puedan quedar. Si estás más rica que el pan; por si no te lo crees, más de uno, incluso más joven, estaría dispuesto a llevarte al altar. Y yo, que venga, no me vengas a vacilar. Eso me lo decías la penúltima vez que volviste al pueblo, hace ya casi diez años, porque la última, la de la Semana Santa pasada, es harina de otro costal. Entonces parecías el ratón y yo el gato, bueno, la gata; y no veas nuestros paisanos cómo nos escrutaban con sus miradas condenatorias. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no eras el mismo. Y no porque hayas envejecido lo tuyo, que eso es normal si toda la vida has hecho un trabajo tan duro y vas camino de los sesenta y uno; pero tu comedimiento, esos despistes frecuentes, cuando antes, si algo tenías era el memorión; y por encima de todo, cuando admitiste haber penitenciado el Viernes de Dolores, día de tu llegada, me hicieron cavilar. Me dejaste preocupada, lo admito. No vayas a creer, que cuando me dijiste: me confesé con un cura durante al menos diez minutos, y que si desde la Primera Comunión jamás lo había hecho, que ni siquiera recuerdo haber vuelto a pisar una iglesia, me alegré horrores pensando en tu conversión, mucho más cuando me acompañabas a todas las procesiones y te atreviste a portar como uno más la imagen del Nazareno. Pero intentaré por todos los medios recordarte nuestros años más jóvenes, que eso dicen va muy bien a las personas que padecen desmemoria, si bien evitaré hablarte de las palizas de tu hermano a cuenta de los celos. De haberme ocurrido aquello en estos tiempos, tal vez ni mi madre ni el padre Benigno hubieran sido tan consentidores con tu hermano, pero de aquella, hasta unas bofetadas de vez en cuando se podían convertir en algo razonable. 

Ya ves, ahora sin que me requiebres, cuando me has dejado de proponer en matrimonio hace un siglo, me pareces más vulnerable, yo diría, menos enigmático, si bien más interesante con tus canas y ese bastón que te acompaña allá donde vas. Mira tú lo poco interesante que puede llegar a ser un muchacho como ¿Guto, dijiste?, pero si ni siquiera los buenos días, que a lo más un buenas, y santas pascuas. Y lo faltón que es hija, y vago; en fin, dejaré el tema de una vez. Yo, señora, le juro a usted por estas, que a su niña no le ha de faltar un mendrugo de pan ni un abrigo en invierno. Si a su hija la deja, le juro que en cinco años, cuando volvamos al pueblo, no la conoce ni usted ni nadie. Y tú, venga a insistir, que si ya era mayor de edad y podía hacer mi real gana. Después, cuando te marchaste, no veas la bronca, que cómo se atreve ese entrometido a amenazarme con el rapto si no te dejo. Ahora no me importaría dejarme secuestrar y hacer esas cosas de jóvenes. Me parece que está llegando el tren. Por segunda vez en mi vida volveré a Gijón, quién sabe si para quedarme, aunque estoy pensando que si tú no me aceptas o ya no me reconoces, no por eso voy a abandonarte, ni tampoco a tu hijo. Con tu pensión y mis ahorros nos podremos arreglar al menos un par de años; y si se prolonga la situación, no te preocupes, pues yo me pondré a trabajar ahí. Estoy tranquila, pues si ocurre lo peor, regresaremos al pueblo con tu hijo Santiago y volveré al trabajo en la oficina. Lo pasaremos bien y saldremos a pasear cada día mientras sea posible, y cuando no, nos conformaremos con ver la panorámica de la ciudad desde tu buhardilla mientras te leo algún libro, como este Arpa de hierba que tú me regalaste la última vez, ¿o ya no te acuerdas? No obstante, te diré que eres un granuja por no decirme la verdad, siempre con evasivas cuando vas de reservado, que cuando no te interesa, te sales por los Cerros de Úbeda como si tal cosa. Lo decía mamá a veces, ya me dirás, hija, este mocoso de siete años que se llama ¿Augusto, o Guto, dijiste?, qué bien nos toreó con el asunto del tren, y si voy a escuchar el traqueteo del correo poniendo la oreja pegada a los raíles, eso es cosa mía, decías, y luego a pillar ranas en la charca, al ladito de la estación. Por cierto, este que viene sí me parece el tren a coger. Luego descubrí por otra persona lo del hijo tardío, y me dolió horrores, pues sin decir mentiras, no dejaba de ser una verdad a medias, aquello de no poder volver de vacaciones al pueblo por ¿estar ocupado? Ahora, lo que me va a costar perdonarte de veras, es que no me contaras lo de tu senilidad, o Alzheimer que llaman ahora. Gracias a que Santiago me lo confesó por teléfono, estoy subiendo ahora a este que definitivamente sí es mi tren. Deseo que vivamos juntos por el resto de nuestros días, también cuidar de tu hijo como se merece. ¡Anda! ¡Sí que se acerca pronto el revisor a mi compartimento! Es momento de dejar la matraca y de leer un rato esta revista del cotilleo: tiempo habrá de pegar la hebra.




 

 

 

 


                                  

martes, 7 de febrero de 2023

Mebwina

 

 

 -  Al fin tenemos a la persona adecuada –le dijo a su superior el hombrecillo de anteojos resquebrajados y manos sarmentosas-. Se trata de un niño.


-   - Estás de guasa, supongo –aseveraba incrédulo el coronel de la inteligencia sin dejar de morder con entusiasmo el cigarro habano-. De veras no entiendo. Explícate con más claridad.


-  Hemos dado con nuestro detonador. Una revuelta de chiquillos puede ser el arma mortífera –atinó a decir atiplando la voz, ya de por sí inverosímil, al pronunciar las últimas palabras-. Los chavales están hasta la coronilla de sudar como marranos por culpa de las guerreras y  los quepis. Hay un muchacho de doce o dieciséis años dispuesto a encabezar la revuelta contra el Emperador.


-  No me hagas reír. ¿Lo dices en serio? –preguntó el avejentado oficial jefe antes de dar una profunda calada al habano.


-  Como lo oyes. Es un muchacho con madera de líder, un idealista convencido; vamos, el tipo más fácil de manipular –el hombrecillo con la antigüedad de Matusalén en los tejemanejes de la inteligencia gala, apuró a colocarse los anteojos antes de que se le escurrieran nariz abajo-. Está dispuesto a dar la cara, cuanto haga falta con tal de librarse del maldito uniforme.


- Todo esto me suena a una sesión de fuegos pirotécnicos. ¿No tienes algo más consistente? Los niños no van a conseguir nada contra la bestia –aseguró el grandullón un tanto contrariado con la ocurrencia. Una majadería para utilizar a los adolescentes en una empresa como la de hacer daño al régimen represor de Bokassa, era cuanto le faltaba por escuchar esa tarde-. Yo exploraría otras alternativas antes de meterme en semejante jardín de infancia.


-  Precisamente la vulnerabilidad de los chiquillos puede ser crucial para hacerle daño de verdad si entra al quite; solo necesitamos sacarlo de sus casillas un poquito, lo suficiente, y zas –pronosticaba el civil a punto del retiro.


-  Pretendes sacarlos a la calle a vocear contra el Dictador y ya está –puntualizaba clarividente el Coronel al tiempo de trenzar un cero de humo en medio del aire enrarecido del despacho, en la Comandancia-. A renglón seguido los machacan a hostias o los hacen desaparecer y se acabó el sencillo problema. Vamos Alain, no seas pardillo.


-  No lo acabas de captar. Una masacre contra criaturas indefensas, menores de edad y estudiantes, para remate, va a tener una repercusión internacional incomparable, siempre y cuando nos encarguemos de la difusión de los hechos con pelos y señales, sin ocultar nada de lo acontecido –predijo el subalterno sin amilanarse por las repentinas rechiflas del coronel-. Tan solo necesitamos la torpeza de nuestro hombre para tener el control de la situación.


-  ¿Y los jóvenes están dispuestos al sacrificio? Podrán salir a la calle, no te lo voy a discutir; pero, permíteme la duda, pues, en cuanto la cosa se ponga fea y los energúmenos se metan en refriega, en la calle no queda ni un alma –volvía a confirmar el Jefe de Inteligencia-. Eso dando por sentado que antes sean capaces de tamaña osadía.


- Lo serán si embaucamos a Mebwina. El chaval tiene labia suficiente como para convencer al más temeroso. En la escuela aglutina a sus compañeros sin dificultad, además de llevarse a la práctica cuantas indicaciones propone con relativa frecuencia –confirmaba vivaracho el hombrecillo de cráneo rapado y cejas abundosas.


-   ¿Pero no es un idealista?


- Ahí está lo bueno del asunto. Aunque pueda parecer contradictorio, no hay persona más fácil de manejar que un teorizante o romántico, a condición de tejer con tiento la argucia sin salirse de su terreno –garantizaba exultante el hombrecillo del invento.


-  ¿Y tiene de años?


-  A ciencia cierta no lo sé. Aquí los chiquillos no son demasiado grandes, por tanto, me atrevería a decir que entre doce y dieciséis. Tampoco él lo sabe con certeza. Por el curso podría estar en los quince.


-   
Si no te importa, todo esto lo seguiremos discutiendo dentro de tres días. Ahora no tengo tiempo, me espera una reunión y esta tarde, lo sabes, salgo de viaje a Camerún –sentenciaba el grandullón, al tiempo de dejar quemándose el último dedo del puro sobre el cenicero de cristal pulido.

 

  Libertador, que en idioma de allá se dice Mebwina, miraba sin pestañear el discurrir del río, a pesar de la

    intensidad del sol al mediodía. Ensimismado en la escasa corriente del cauce, no dejaba de pensar en aquel aciago día de muchos años atrás, cuando su bisabuelo Dahdia –en idioma de occidente algo parecido a Luna Grande- era capturado por un barco de negreros americano cuando estaba a punto de ahogarse en el mar, por preferir la muerte antes que la indignidad de convertirse en esclavo en un país ajeno. Su abuelo se lo había relatado tantas veces que, después de cavilar en la mejor manera de hacer justicia a su antepasado, no encontró otra alternativa que la de combatir al tirano con todos los medios a su disposición, aunque solo fueran los personales y un arrojo palpitante


  El día antes, sábado, Mebwina había tenido una extensa charla con un hombre minúsculo que atendía por el nombre de Alain. Este le había sugerido el secreto al respecto, y la desobediencia en forma de manifestación multitudinaria para acabar con el fastidio de los uniformes. Si estaban dispuestos a tomar la calle, él y sus amigos les ayudarían a la hora de organizar la marcha, y lo que era más importante, a raíz de ello se convertirían en unas celebridades, pues él y sus poderosos amigos, harían de altavoces de tamaña proeza a lo largo y ancho del mundo. No quedaría un solo periódico sin difundir la noticia, tampoco las televisiones. Solo necesitaba al muchacho poniendo en marcha su poder de persuasión para convencer a los más recelosos, y Alain haría tambalearse el poder de aquel caprichoso Emperador; de manera que todo esto acabaría a lo sumo en tres o cuatro días y sin peligro para su integridad y la de sus compañeros.


  Mebwina no dejaba de cavilar en la suerte del bisabuelo deparada por el destino en la lejana América. Tal vez había rehecho su vida junto a otra mujer, esclava como él, y juntos habrían creado una nueva familia; y a lo mejor había vivido lo suficiente para regocijarse con la abolición de la esclavitud, si bien era improbable, teniendo en cuenta que al bisabuelo lo habían capturado cuando ya tenía más de cuarenta años. En una aldea donde vivía, próxima a Douala, en Camerún, dejaba mujer, cinco hijos y uno más sin nacer cuando la captura: su futuro abuelo Tenouhor, El Ausente en castellano, como recuerdo a su padre. Tras la tragedia, la bisabuela embarazada y los cinco vástagos decidían emigrar lejos del mar, en busca de tierras más seguras. Así fue como elegirían el vecino territorio de Ubangui Chari, después Imperio Centroafricano.


  A pesar de entretenerse en mirar con embeleso el escueto riachuelo de agua marrón, en sus oídos escucha con nitidez, como si a un palmo suyo hablara el abuelo con la convicción del mayor de los hombres íntegros, las palabras tantas veces dichas. El abuelo, ya muerto, había insistido en la necesidad de trascender, “morir mejor de pie, como un héroe, si con ello se consigue permanecer en el recuerdo de la comunidad, a acabar los días en la cama sin haber luchado lo suficiente por su bienestar”. Ante sí se abría una encrucijada complicada y a lo mejor decisiva. Era lo suficientemente listo para darse cuenta del riesgo asumido si al final aceptaba el reto; pues, aunque aquel hombrecillo próximo a convertirse en carcamal se empeñara en la seguridad de la protesta estudiantil, todo estaba en el aire tratándose de un enfrentamiento contra el dictador Bokassa. No obstante, el abuelo, con su terquedad y sus manías de viejo, tenía razón cuando argumentaba el ineludible compromiso con los ideales de justicia e igualdad, aunque eso costara la vida. “Sin lucha no hay avances y sin avances tampoco habrá prosperidad para todas las personas de esta tierra”.


-   Vamos a lograrlo –dijo Mebwina a sus compañeros de escuela más dubitativos. Los otros (una gran mayoría), se habían decantado por el todo o nada antes de acabar asados dentro de aquellos uniformes de disparate ideados por el maldito dictador-. Si no vamos todos a una, jamás lograremos nuestro propósito de quitarnos de encima estas dichosas guerreras.


-  ¿Y qué será de nosotros si nos detienen? –preguntaba un atemorizado muchacho ante la argumentación de Mebwina.


-  
Seguramente nada –sentenciaba Mebwina-. De nuestra parte tenemos a los de la prensa internacional. Ellos harán que en todo el mundo se conozcan nuestras justas reivindicaciones. A Bokassa no se le ocurrirá tocarnos un pelo sabiendo que la opinión pública está pendientes de nosotros.

 

 -      -  El tirano es capaz de todo para salirse con la suya –dijo otro de los remisos con más sentido común.


   - Estoy convencido de nuestro éxito –aseveró Mebwina con la convicción del más avezado de los ideólogos-. Solo es cuestión de aguantar el tipo un par de horas. Si lo logramos, al fin seremos libres para vestir como nos dé la real gana. Pero si decidimos achantarnos, toda nuestra vida seguiremos siendo unos esclavos, y sudaremos como cerdos embutidos en estos uniformes. Debemos revelarnos de una vez por todas.


-  Yo no quiero acabar mi vida en la cárcel –dijo otro de los resignados-.


-  En nuestra mano está el desobedecer a nuestro enemigo. Si todos permanecemos unidos, sin retroceder al mínimo contratiempo, lo lograremos. Es posible que tome represalias y alguno de nosotros sea encarcelado, no lo voy a negar; sin embargo, la opinión internacional hará los esfuerzos necesarios hasta ponernos en libertad. Y además, os lo recuerdo, Francia está escamada y no le va a pasar una más. Para eso tenemos el respaldo de sus periódicos que harán las veces de altavoz.
 
  Mebwina escrutaba entre el cielo cárdeno del atardecer, por si daba con alguna señal esclarecedora de la cual pudiera inferir el éxito o fracaso de la operación para dos días más tarde. Había estado brillante hasta el punto de conseguir la unanimidad de todos sus compañeros y la de otras escuelas de la Capital, a fin de tomar la calle y hacer patente su indignación contra la orden del sátrapa. Pero no estaba convencido del resultado final. Albergaba, cierto es, serias esperanzas de lograr la victoria y el reconocimiento de los suyos, y tal vez de los medios de comunicación si había de hacer caso al hombrecillo; pero no era menos cierto que el Dictador podía muy bien no doblegarse a las exigencias de los más jóvenes, tomándose la justicia por su mano. Claro que, si ocurría lo último, también la historia le reservaría a la muchachada un hueco preferencial y a él en particular. Su nombre aparecería entonces escrito en los anales con letras de molde, además de ponderarse en las escuelas del Imperio la gesta de su hazaña una vez dejara de existir Bokassa. Esa era al fin la forma más adecuada de perpetuarse en la memoria, como le había escuchado reclamar al abuelo en incontables ocasiones; y por añadidura, el homenaje póstumo a su bisabuelo Dahdia. Este estaría satisfecho de verlo ahora portando al cuello su amuleto de madera, objeto que de adolescente había tallado con la ayuda de un pequeño hierro a manera de cuchilla, hasta conseguir la figura de un pececillo rechoncho, habitual en el mar del Camerún. Se sentiría orgulloso de verlo en la protesta sin abandonar ese amuleto de la suerte, objeto que él no portaba al cuello cuando era capturado por los negreros americanos, mientras intentaba hacerse con la cena para la familia por medio de una rudimentaria caña de pescar.
 
- Es cosa hecha –sentenció el veterano miope ante la imponente figura del Coronel, parapetada tras la mesa de nogal del despacho-. El muchacho, Mebwina, se llama, no solo está dispuesto a encabezar la revuelta, sino que junto a los compañeros más arrojados e irracionales, ha logrado aglutinar a la inmensa mayoría de los estudiantes de la Capital para tomar la calle. En estos dos últimos días he conseguido el sí del joven. Hasta cierto punto no ha sido complicado convencerle de la benignidad de la operación.


-  ¿Benignidad, dices? –Replicó enojado el Jefe Militar de la Inteligencia mientras urdía un redondel en medio del aire enrarecido del despacho-. ¡Si los van a matar como a conejos! ¿Acaso lo dudas?


-  Seguramente tienes razón –atiplaba la voz el hombrecillo, al tiempo de afirmarse las gafas a punto de escurrirse de la nariz aguileña-. Pese a la escabechina, si al final se produce, es una enorme oportunidad para nuestros intereses estratégicos. París está hasta los mismísimos de los antojos de Bokassa y quiere darlo por finiquitado; mas, para ello, necesita la escusa adecuada.


-  De todas las maneras y suponiendo de la idoneidad de este plan, no deja de ser una barbaridad cuanto planteas –decía el Coronel algo más sosegado y sin dejar de rumiar alrededor del emboquillado del puro-. Tal vez podríamos cavilar en otras alternativas menos drásticas.


-  Si ahora intentara convencerles para renunciar al plan, no estoy seguro de que fueran a hacerme caso –aseveraba con el ceño agudo el más veterano de los civiles de la inteligencia gala-. Los chavales están ilusionados; pararles ahora sería para ellos una tremenda decepción y hasta contraproducente. El procedimiento a seguir está muy avanzado; de volvernos atrás, alguno de los muchachos más ideologizados sería capaz, por despecho, de ir con el cuento a la persona más inadecuada.


-  ¿Y qué propones con respecto a los muchachos?


-  No entiendo.


-  Si nosotros hemos ingeniado todo esto para meter en la ratonera a los jóvenes, en buena medida nos veremos salpicados por cuanto les pase a ellos –aseguraba el jefe militar, mientras del mueble bar sacaba una botella de coñac y una copa-. Ni es recomendable para nuestro prestigio ni yo creo conveniente salir mezclado en las hojas de los periódicos.


-  Todo está bajo control –decía locuaz el hombrecillo de las gafas decrépitas-. Sólo yo he participado en este entramado y apenas para persuadir al muchacho a que tomara el mando, además de exponerle las máximas elementales en cualquier organización de protesta, nada más. Si, a pesar de todo hay derramamiento de sangre, la revuelta pasará a ser un mero capricho de unos jóvenes contestatarios contra el despotismo de un dictadorzuelo. Eso sí, a pesar de mantenernos en la sombra, por medio de terceras personas, haremos la fuerza suficiente para conseguir, de los más influyentes medios de comunicación franceses y de otros países, el eco relevante que requerirá una noticia de tal calado, como es una masacre en la capital del imperio.


- Por tanto, esto de la revuelta estudiantil lo ves como una ventaja pintiparada para nuestros intereses –mascullaba al tiempo de sorber el alcohol de la enorme copa con cuerpo de balón-. Si esto es como dices realmente, aquí sí podríamos actuar bajo esa máxima de, el fin justifica los medios. Mejor sacrificar la vida de unos pobres desgraciados antes que la de millones de ciudadanos. ¿Y cómo van a vestir para salir a la calle?


-  
Eso no lo sé –aseguraba más confiado el civil a punto de la jubilación-. Lo que sí sé es del antojo de Mebwina. Llevará colgado al cuello una especie de talismán o fetiche perteneciente a un antepasado suyo que al parecer fue capturado por negreros para hacer de esclavo en Estados Unidos. Según la versión de nuestro joven, de haber portado el talismán cuando estaba de pesca, jamás hubiera caído en manos enemigas, pues, según dice, ese ídolo en forma de pez, tiene la propiedad de hacer inexpugnable a quien lo posee. Cosas de chiquillos.



 

El autoproclamado Jean-Bédel Bokassa como emperador del Imperio Centroafricano,  perdió el poder en 1979 tras una revuelta estudiantil. Francia, hasta entonces su principal valedor, puso en marcha la Operación Barracuda para desalojarlo del poder aprovechando un viaje del Dictador a Libia. 


Este relato iba a publicarse en mi obra, Teórica del fuego, pero por tema de espacio se quedó fuera.                                                                                     
                                                                                                                                    

  

                                                                                

domingo, 17 de octubre de 2021

Auto de fe

 

Comienzo de Auto de fe, uno de los relatos que integran mi libro, Teórica del fuego (2018), el más extenso de todos ellos. 


Acababa de oficiar la misa de diario cuando el pasmado de Aquilino entró tras llamar a la puerta. Venía montado sobre una mula torda. En el hatillo traía una misiva lacrada con el sello inconfundible del obispo de Mondoñedo. Don Verardo, al verlo tan fatigado, invitó al doméstico a sentarse y a tomar una copichuela de anís, un reconstituyente insuperable para los largos trayectos y la humedad destroza-huesos. Le preguntó alarmado si le podía adelantar algo, pero el recadero nada pudo desvelarle, como no fuera que Su Ilustrísima en persona le había entregado el sobre, además de mostrar el gesto grave.


  Oscuro como estaba, natural en pleno noviembre, le ofreció una cena reparadora y hospedarse en la casa, pero a Aquilino le aguardaban otros menesteres en el palacio episcopal. El Señor Obispo le había dado el encargo de la espera indispensable hasta que el dominico leyese la carta y diera su conformidad, o por el contrario argumentara las razones del rechazo, siempre por escrito. Una vez leída la misiva, Don Verardo se achantó, no le quedaba otra, escribiendo una escueta nota donde venía a decir de su voto de obediencia, si bien requería, desde lo más profundo de su corazón, otra persona en su lugar capaz para la ingrata tarea. La cuartilla la metió en un sobre y lo lacró, grabándole el sello antiguo de los Quintanilla. En cuanto el viejo clérigo le entregó la epístola, Aquilino se disculpó al tiempo de hacerle una reverencia, partiendo de inmediato para cubrir la legua y media de distancia.


  Al quedarse solo notó el peso de la responsabilidad, el fastidio del frío adentrándose por los resquicios del techo y por las hendiduras viejas de la mampostería. Era casa solariega, sí, y aparente para su canonjía, obtenida tras muchos años de sacrificios y servicio intachable a los sucesivos obispos; sin embargo, a la casona le urgía un buen mantenimiento y los dineros suficientes para hacer frente a una reparación adecuada. Inquieto por cuanto se le venía encima, revolvió entre los troncos de la chimenea, que crepitaban por momentos en el aire acuoso proveniente del Cantábrico. Se sentó sobre el escaño, frente al fuego, a continuación extrajo el manuscrito de las entrañas del hábito de la Orden de Santo Domingo, desdoblándolo a fin de volver a estudiar con detenimiento las escuetas palabras escritas por el prelado. No cabía ninguna duda, pues a pesar de la destilación de un aroma neutro... <<Requiero de su intachable conducta y experiencia sin igual, a fin de reconducir la situación y salvaguardar la fe católica de residuales hechicerías que aún campan por nuestras tierras galaicas... Yo, Andrés Aguiar Caamaño, obispo de Mondoñedo... A 17 de noviembre de 1800>>.



lunes, 22 de febrero de 2021

Toda precaución es poca

 

    (Toda precaución es poca, historia irreverente, como casi todas las del Oeste, incluida en mi libro de relatos Teórica del fuego, publicado en 2018.)


 

L

a puerta se abrió de golpe y los forajidos entraron envueltos por la densa niebla de la anochecida. Cuando intentó incorporarse tras el tumulto y el vocerío de uno solo de los hombres, Charlie tenía el cañón de un Colt 45 acariciando una de sus sienes.

-   Estás borracho como una cuba –dijo el que parecía llevar la voz cantante de los tres barbados.

-  Es el aniversario –repuso el hombre aún recostado sobre el camastro-. Hoy hace cinco años.

-  Lo sé de sobra – admitía el jefe con gesto inteligente-. ¡Vamos, quítale las balas al revólver y devuélveselo! ¡Levántate lentamente, Charlie!; y tú regístrale a conciencia, ¡no quiero sorpresas de última hora!

  Al incorporarse simuló caerse al suelo por enredarse con una de las telas del jergón. El que se disponía a rastrear entre sus prendas lo sujetó de inmediato por el brazo para evitar su desplome.

-  Estoy más borracho de lo que creía.

- Eso veo, Charlie. Un hombre tan célebre como tú no debería abusar del whisky. Cualquier desalmado podría aprovechar la ocasión para mandarte al otro barrio sin contemplaciones –advertía el jefe del trío-. Tal vez te convendría tomar un café bien cargado.

-  No quiero ningún café. ¿Dónde está Tom? –inquirió de súbito Charlie. ¿Qué habéis hecho con él?

- Tranquilo Charlie. Lo hemos despachado. Si lo hubiéramos dejado con vida, tú mismo le habrías rebanado el pescuezo.

-  ¿Hablas en serio? Él no se lo merecía. Entiendo que me queráis a mí, pero no a un pobre desgraciado como Tom.

- Era un maldito delator. Lo compramos a cambio de dos mil dólares si nos decía de tus andanzas para el día de hoy. Cortándole el pescuezo nos ahorramos el dinero y te evitamos la rabia de despacharlo con tus propias manos.

-  No puede ser.

-  ¡Créeme!

-  ¡Que lo digan tus secuaces!

-   Ellos son mudos y no van a decirte una sola palabra. Una vez se fueron de la lengua y no me quedó otra que dar la orden para arrancársela. Al principio me guardaban rencor, pero con el transcurso del tiempo me lo han terminado por agradecer. Si algún día beben más de la cuenta no habrá temor alguno. No obstante, si quieres quedarte tranquilo, preguntaremos y ellos moverán la cabeza de una manera u otra; por el momento no están sordos. 

  - ¿Nos cargamos al imbécil de Tom o no?

  Ellos asintieron con la cabeza, sin dejar de apuntar a Charlie el primero, y manoseando a conciencia por todo su cuerpo el segundo.  Cuando el más menudo de los forajidos concluyó con éxito el registro, Randolph, el jefe de la banda más numerosa de los fuera de la ley en el estado de Wisconsin, le ordenó que desenfundara su revólver y acompañara al otro en el mismo cometido.

-  ¿Sabes, Randolph?, te veo envejecido. ¿Acaso tienes problemas para mantener la disciplina en la banda? Nunca imaginé que podrías conservar el mando durante cinco años.

-   ¡Pareces no estar tan borracho como decías! Hablas con mucha intención, tratando de herirme. Pero puedo hacer que se cambien las tornas y recordarte cómo matamos a tu esposa y lo bien que se lo pasaron mis hombres antes de despacharla. Se quitaron las cartucheras, luego los cintos, los pantalones, ¿sigo?

-    ¡No! ¡No sigas!

-  ¿Sabes que tienes un gusto deplorable? Tú, el hombre más rápido del Oeste, que has sido propietario de un rancho y miles de cabezas de ganado, que has hecho dinero y fama acompañando al mismísimo Buffalo Bill en sus espectáculos, te conformas ahora con vivir en una especie de cobertizo a punto de caerse en pedazos. No me lo puedo creer.

-   Tú me lo quitaste por las bravas.

-  ¿El rancho? Te aprovechabas del agua de nuestra acequia.

-  ¿De vuestra acequia? Siempre ha sido de todos.

-  Yo la conquisté para mis hombres.

-  Es una lástima que no pueda defenderme. A los tres os hubiera descerrajado la crisma; y luego, de ser posible, iría en busca de tus otros secuaces para aniquilarlos.

-   Aniquilarlos. Seguramente olvidas que a lo largo de estos últimos cinco años has acabado con más de la mitad de mis hombres. Pero esta masacre se ha acabado; ahora te tengo en mis manos.

-  Quizás me equivoqué aquella vez que te tuve a tiro en el Banco Central de Dansmouth; pero me pareció que si lo hacía te daba muerte de una manera muy sencilla, con nulo sufrimiento, y tal vez habría dado con mis huesos en la cárcel por hacerlo a vista de todos.

-   Yo no voy a ser tan cruel contigo. A lo largo de estos años he intentado dar con el gran Charlie Turner solo cinco veces, las que sabía que ibas a descuidarte por culpa del alcohol, los cinco días del aniversario de la muerte de Sarah. Si tú me has perseguido durante un lustro entero, pretendiendo dar con la ocasión más propicia para despellejarme vivo, y yo solo lo he intentado en cinco ocasiones es porque tu odio supera mil veces al mío. Me limitaré a dispararte una vez al corazón y se acabó, pues Charlie Turner se merece una muerte decorosa; ¡ah!, y con el revólver a punto, dentro de la cartuchera, sujeta de modo groesco al pijama gracias a ese cinturón desgastado. Pero antes podemos hablar y damos tiempo a que escampen estas brumas asquerosas.

-   No seas sarcástico. Tú nunca lo fuiste, ni siquiera cuando Sarah te rechazó siendo un jovencito acobardado, incapaz siquiera de apuntar con acierto a una lata a dos metros de distancia. Pretendías aparentar tranquilidad diciendo a diestro y siniestro que solo había sido una broma entre parientes, para probarla. La acequia se convirtió en la excusa perfecta para tomarte la revancha de tu prima Sarah, aunque ya hubiesen pasado quince años. Si nunca tuviste ganado, ¿para qué querías apoderarte de la acequia?

-   No digas estupideces. A Sarah la había olvidado el mismo día que me rechazó. Es más, y tú lo sabes muy bien: yo no participé en la violación. La acequia, lo admito, fue un antojo para probar nuestra autoridad.

-   Eres un embustero. Los celos te corroían y no sabías cómo quitártela de la cabeza. Pero es igual. Lo que no acabo de comprender es cómo haces estas cosas tan disparatadas.

-   ¿Cuáles?

-    Quitar las balas del revólver y devolvérmelo vacío. No tiene ningún sentido.

-   Un hombre tan grande como tú, con más de cincuenta asesinatos a tu espalda, no se merece la ignominia de enfrentarse a la muerte sin nada que llevarse a la mano.

-  Recuerda que casi cuarenta han sido hombres tuyos. De todas formas, con un revólver se pueden hacer muchas cosas, aunque esté vacío.

-  ¿Nos lo vas a tirar a la cara a uno de nosotros? Solo conseguirías precipitar tu muerte.

-   Lo siento; si no voy pronto ahí –señalando el excusado- me lo haré aquí pantalones abajo. Es el maldito whisky que me da retortijones en las tripas. ¿Puedo entrar?

-   ¡Claro! Será uno de tus últimos deseos. No obstante, es una mera precaución, uno de mis hombres vigilará la puerta trasera por si se te ocurre la estupidez de salir huyendo. Pero antes –indicándoselo al hombre más grande-, tú: rastrea a conciencia cada espacio de ese cuchitril, no vaya a esconder algún arma.

-   Descuida, no hay nada escondido, y tampoco pienso escaparme, pues no estoy en condiciones de correr campo a través.

    Dejaron que el hombre entrara en la letrina, previo regstro del minúsculo espacio por parte del mudo, al tiempo que el otro silente salía de la estancia, sumergiéndose esta de nuevo en una renovada bruma. Iba a vigilar el exterior del cobertizo. Entre tanto, liberado de la escolta momentánea, el hombre, aparentemente borracho, se bajó los calzones, empezando a husmear entre las profundidades de su trasero, el único rincón donde el subalterno no había indagado. Una a una fue extrayendo y limpiando en la camiseta del pijama de felpa hasta seis balas que iba colocando en el tambor del arma, al tiempo del tarareo de una melodía para ahogar el ruido del manipulo. Cuando hubo terminado, baldeó agua del cubo, allí listo, en la lisura intacta de la loza, a fin de no levantar sospechas. Salía exagerando los movimientos torpes, aguardando el momento más propicio para acabar con aquellos barbudos. 

    Randolph dio la orden al de afuera para entrar de nuevo. La puerta se entreabrió lo justo para que entre la vaharada de vapor opaco apareciera un bulto negro, apenas perceptible. En ese preciso instante se oyó la detonación seca de un disparo, a la par que el bulto se difuminaba cayendo al suelo, y otro más un cuarto de segundo después, el breve lapso que el forajido había dejado de apuntarle para fijarse en la entrada de su compañero. Cuando el jefe quiso reaccionar y pretendía desenfundar su arma, Charlie le apuntaba con el revólver sin ningún titubeo. Aún tuvo tiempo de ver cómo el subalterno se desplomaba a los pies del gran Charlie.

-  Eres un maldito hijo de puta. ¿De dónde has sacado ese revólver?

-  Es el mismo que ya tenía.

-  Entonces, ¿de dónde sacaste las balas?

-  Del culo.

- ¡Vamos!, no seas embustero.

-   Es tan verdad como que tú vas a morir muy lentamente, a no ser que eso te importe de veras y decidas desenfundar ahora mismo para acabar cuanto antes, como un valiente.

-   Entonces ya nos esperabas.

-   Era cuestión de tiempo, así que decidí hacerme el fuerte.

-   No te entiendo.

- Después de cinco años había llegado el momento de superarlo. Decidí no emborracharme y aguardar, por si era hoy la noche indicada. Apenas bebí dos vasos de whisky, el suficiente para encontrarme mejor y soltar un olor apestoso que diluyera cualquier duda vuestra al respecto.

-   Entonces estabas al corriente de los pasos de Tom.

-   Sí, sabía de su traición desde hace unas semanas, cuando en su bolsillo duscubrí la nota delatora. En cuanto al antojo de dejarme el revólver en la cartuchera, tú mismo lo habías asegurado más de una vez: cuando llegue el día de matarte, dejaré que mueras como un valiente, con la oportunidad de desenfundar, auqnue el arma apenas te sirva para golpear la cabeza de alguno de nosotros. En fin; ha llegado el momento de comenzar el sacrificio. Vas a quitarte la camisa, por el momento.

   Randolph obedeció. Al disponerse a desabrochar el tercer botón, giró la mano derecha hacia la cartuchera en busca del revólver. Cuando ya lo tenía empuñado y a punto para desenfundar, escuchó una detonación. Tuvo todo el tiempo del mundo para ver una mancha de sangre sobre su barriga antes de caer fulminado al suelo.  Un instante más tarde, Charlie Turner abandonaba aquella estancia solitaria y alejada de la ciudad, definitivamente sumergida en la bruma que entraba veloz a través de la puerta abierta. 

   En la agonía perfectamente tramada por su verdugo, Randolph aún pudo escuchar el trote de un caballo alejándose. Más tarde que temprano el resto de la banda llegaría allí; sin embargo, con toda seguridad, sus hombres deberían esperar un año más para hacer realidad el sueño de acabar con el hombre más rápido del Oeste.