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miércoles, 14 de enero de 2026

Entrevista a Hernán Alonso en 1985

 

 El mes pasado nos dejaba Hernán Alonso. En noviembre hablé con él por teléfono sabiendo de su enfermedad, pero sin ser consciente de su extrema gravedad. Nos despedimos con la posibilidad de vernos -yo estaba en Villafranca por entonces-. No volvimos a hablar. La noticia de su muerte me pilló por sorpresa, ya de vuelta en Ciutadella. Esta entrevista -la primera para un medio escrito donde se aprecia mi inmadurez de corresponsal novato- que le hice tras la publicación de la primera guía turística para Villafranca, con fotos de Ramón Cela, y que salió publicada en el nº 14 del Semanario Bierzo 7, el 12 de enero de 1985, sirva como humilde homenaje a quien fue mi maestro, pdrino de Confirmación, compañero en el Coro de San Valentín, presentador de mis libros, y por encima de todo, amigo inolvidable.


  Una Guía para Villafranca


  Al fin, el pasado día 19, salía a la venta la guía turística de Villafranca. El autor es Hernán Alonso y la fotografía de Ramón Cela. Tanto el texto como la fotografía son de excelente calidad.  Para hablar de la guía nada mejor que hacerle una entrevista a Hernán.


  Charlar con Hernán es muy sencillo, de hecho él es muy sencillo. Detrás de sus gafas esconde unos ojos muy vivaces y expresivos. Además posee una exagerada capacidad de autocrítica que quita importancia a todo lo que hace, por regla general casi siempre bien.


  Esta fue la entrevista que sostuve con él:


  - ¿Cuánto tiempo te ha llevado hacer la guía?


  - Todo el verano del ochenta y tres, aunque antes y después recopilé material de tipo bibliográfico y visité monumentos.


  -  ¿Has tenido que documentarte ampliamente?


  - Sí. Luego aún encontré más material, pero no lo utilicé porque me hubiera salido de los límites de la guía. He estado en muchos archivos.


  - ¿Cuál es el tema que más trabajo te ha ocupado?


  -  Sin duda "el Marquesado", ya que se desligaron de Villafranca cuando accedieron al Virreinato de Nápoles.


  - ¿Cómo surgió la creación de esta guía?


  - Yo me di cuenta de que los turistas que venían a Villafranca preguntaban si había a la venta una guía, y la respuesta siempre era que no. Entonces surgió en mí la idea de crear una, alentado por otras personas.


  - ¿Estás contento en lo económico por este trabajo?


  - No. Moralmente sí.


  - ¿Realmente creías poder terminar esta ardorosa tarea?


  - Sí. Era muy fácil y cualquiera que se lo hubiese propuesto lo hubiera hecho.


  - ¿Hubo con anterioridad algún intento similar de crear la guía turística?


  - Por mi parte no. Vi una especie de guía de Villafranca de Antonio Pereira, que fue premiada en algún concurso, pero desconozco por qué no se llegó a publicar.


  - ¿Cuál es la función primordial de esta guía?


  - Esencialmente que sirva de información a los turistas, e incluso a los villafranquinos, que como estamos acostumbrados a vivir en este entorno, muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos.


  - ¿El precio a priori no puede ser un hándicap?


  - No. Hoy un libro turístico está por este precio. Es una pena que los libros hoy estén tan caros, pero comparado con otras guías creo que es muy asequible. El precio de la guía es de 500 pesetas.


  - En tu obra denuncias algún hecho caótico en cuanto a la monumentalidad de la Villa. ¿Que es lo que le falta a Villafranca para lograr definitivamente un equilibrio estético?


  - Evidentemente dinero. Restaurar los monumentos sólo se consigue con dinero. A nivel local no hay dinero, y depende de otras corporaciones o entidades. Arreglar el reloj de San Francisco sí se puede, no requiere un elevado presupuesto, pero restaurar toda la iglesia ya no se puede, si no lo lleva a cabo algún organismo de altas esferas.


  - Cambiando un poco el tema: ¿cuántos años llevas en Villafranca?


  - Creo que son trece. Es donde llevo más tiempo.


  - ¿Dónde naciste?


  - Al otro lado de donde nace el Burbia, en un pueblo de los Ancares, Tejedo.


  - Ciertamente eres villafranquino de adopción.


  - Yo al menos así me considero, aunque habría que preguntárselo a los villafranquinos. Además, dos de mis hijos han nacido aquí, y así consta en el Registro Civil.


  - Haznos una breve semblanza de tu currículum.


  - Nací debajo de la mesa de un maestro. Soy particularmente autodidacta. A los pocos años me fui al seminario. No creo que fuese por vocación, más bien porque era una salida para poder estudiar sin apenas gasto. Pasados unos años regresé a casa, y allí me puse a estudiar por mi cuenta, comprando para ello los libros necesarios, y sin profesor alguno. En junio me presentaba en León a los exámenes. Así, a los pocos años, ayudaba a dar clase a mi padre. A los 17 ó 18 años ya era profesor sustituto de una escuela oficial de carácter público en Villadepalos. Estuve en varios pueblos antes de recalar en Villafranca, como en la Cabrera irredenta, Salas de la Ribera, Antoñán, Astorga, Caboalles, etc. En Villafranca me interesé por la historia monumental y cursé licenciatura en la UNED.


  - ¿Vas a permanecer mucho tiempo aquí?


  -  Creo que poco tiempo más. Mi carácter es nómada, estoy acostumbrado a deambular; por otro lado hay que buscar el futuro de la familia.


  -  Tú eres un hombre polifacético que te desenvuelves cómodamente en el ámbito cultural, ¿a qué entes artísticos perteneces?


  -  Pertenecí al desaparecido CIT, precursor de la fiesta del turista. Soy secretario de la Sociedad Filarmónica desde su fundación. Estoy integrado en la Rondalla Villafranquina, de la que también soy secretario; y al Coro San Valentín. Fui miembro de una comisión de fiestas del Cristo. En fin, para cumplir como buen villafranquino, creo que me queda por sacar al Cristo de la Esperanza.


  - ¿Qué es lo que más te agrada de Villafranca?


  - El entorno, el silencio, el aire que respiramos, un paseo por la calle del Agua, un banco del jardín...


  Esta es la entrevista que sostuve con Hernán, el autor de la guía turística. Hubiera podido estar conversando con él infinidad de tiempo, pero ello nos ocuparía demasiado espacio.   



                                                              
                                                                    

miércoles, 23 de julio de 2025

Novelas extrañas, inclasificables

Decía Paco Gaballo que no hay mejor medicina para  el entendimiento que echarse entre pecho y espalda un buen libro desconcertante. <<Cuando no estoy porque no me encuentro, lo más sensato es leer un libro extraño, inclasificable; así me resulta más fácil regresar a lo cotidiano>>. Parecen paradógicas las palabras del filólogo colombiano, teniendo en cuenta la incomodidad, casi siempre, de no entender por completo el estilismo y/o argumento de una obra cualquiera. Y pese a ello puede que le asista la razón.

   No hace mucho que salió publicada una lista de novelas, digamos, extrañas, y en ella, el premio se lo llevaba Los sauces, un libro tan terrorífico como desconcertante, teniendo en cuenta su comienzo, con isla de por medio incluida; y como esta, menguando a cada crecida de las aguas, obliga a los exploradores a internarse en un bosque de sauces con vida poco corriente.

  Este libro escrito por Algernon Blackwood hacia 1907, pudiera ser el más extraño de todos, yo no voy a refutar su preeminencia; sin embargo hay otros muchos que en mi modesta opinión lo superan en su desconcierto. Es el caso del Ulises (1922), de James Joyce, novela densa y extensa que describe la vida y milagros de Leopold Bloom en un solo día, el 16 de junio de 1904. Joyce desgrana con maestría las luces y sombras de un modesto burgués, al tiempo de descubrirnos con brillantez la ciudad de Dublín a inicios del Siglo XX. No por su genialidad deja de ser una novela compleja y difícil de digerir si no estamos atentos a cada sustancia, teniendo en cuenta la mezcolanza de imágenes e impresiones, texturas y sabores del libro, un perfecto cóctel no hecho para todos los gustos. Con toda su carga anímica, pasa por ser para muchos de los entendidos en materia, la novela de las novelas, una fuente infinita de influencias en muchos escritores coetáneos y más recientes.



  Pero hay otras novelas, incluso previas, que también beben de la extrañeza, o esa suerte de desconcierto que suscitan  al ser leídas, y sin embargo las frases, el argumentario o el tono, no terminan de encajar en nuestro modo de entender la literatura. Una de ellas es Niebla, de Miguel de Unamuno, escrita en 1907 y publicada en 1914. Representante capital de la Generación del 98, plantea una  duda existencial en cuanto a lo que significa la vida, la cual, bajo su prisma de la duda permanente que le persigue a cada instante, no deja de ser una nebulosa, una "nivola", enfrentada a la novela realista predominante a finales del Siglo XIX y comienzos del XX, lo que le permite ciertas licencias para experimentar y convertir a esta Nieba  en una de sus más celebradas obras.  




  Aunque para extraña y luminosa en cuanto al argumentario, y lo que pretendía transmitir Luis Landero, tal vez Juegos de la edad tardía (1989) sea la novela más impactante de aquel final de década. El pacense hilvana una historia donde el absurdo y los sueños se dan la mano, de tal modo que un modesto y atípico oficinista, ya maduro, permite ser reverenciado por Gil, otro personaje humilde con escasas luces para diferenciar la realidad de los anhelos. Con ella el de Alburquerque alcanzó la cima literaria, y acaso su mejor obra hasta la fecha. Como le ocurriera al mexicano Juan Rulfo al publicar Pedro Páramo (1955), una novela casi insuperable y con un trasfondo de guerra que apenas importuna la verdadera historia de Juan Preciado, y la más evanescente de su propio padre, el tal Pedro Páramo. Con esta obra por donde desfilan decenas de personajes, adentrándose poco a poco en los chocantes entresijos de la comunidad de Comala, Rulfo consigue atrapar al lector en lo que entonces aún no se llamaba realismo mágico, aunque con todas las de la ley lo fuera. En cierto modo su obra de apenas cien páginas se convierte en la precursora del boom latinoamericano; en este caso a partir, es mi opinión, de un limbo imaginario que muy bien podría parecerse a lo que entendíamos por Purgatorio. 


  Ahora bien, para obras extrañas y a un tiempo espeluznantes, Nuetra parte de noche (2019), de la argentina Mariana Enríquez, podría muy bien hacerse acreedora a lo indecible, al menos desde la perspectiva de lo horripilante. La ganadora del Premio Herralde con esta novela, nos plantea la escritura desde las vísceras, de manera que el chaval que va para adulto con percepciones extrasensoriales magníficas, habrá de eludir el peligro constante de otras personas como él, familiares, que solo pretenden exprimirlo para beneficio propio a partir de sesiones espiritistas, o algo parecido.

 
  En el contexto de lo extraño, también de lo claustrofóbico se puede encasillar casi toda la obra de Franz Kafka. Es, por ejemplo, El castillo (1926), una obra que refuerza el mensaje transmitido por el autor, una y otra vez, de su modo de estar en el mundo que transcribe a lo literario: el de un ser desubicado del tiempo que le tocó vivir. En esta, Kafka pasa a ser un agrimensor que pretende hablar con las máximas autoridades de la fortificación; y sin embargo es incapaza de ello porque entre él y los mandamases se interponen obstáculos insalvables. Kafka se hace eco de la burocracia, de la frustración, de su propia frustración como ser humano. Como claustrofóbica, o más bien habría de decirse mortuoria, y extraña, es La ruina del Cielo (1999), correspondiente a la trilogía El reino de Celama. Luis Mateo Díez, nos muestra un inventario exhaustivo de personas difuntas, o casi, con una maestría indiscutible. El lacianiego desborda inventiva para describir con precisión a aquellos habitantes que un día echaron raíces en la comarca o región de Celama, un trasunto más próximo a Comala que a Macondo, pero hecho a partir de su particularísima manera de componer las palabras.


  Hay otras muchas novelas perfectamente encuadrables en este fenómeno de la extrañeza. En este encuadre, a veces difuso, cabe citar El gran Gatsby (1925). La obra más conocida de F. Scott Fitzgerald, nos sumerge en la vida de un joven amoral que trata por todos los medios a su alcance de subir en el escalafón social para codearse, y/o imitar a la flor y nata. Él es tan encantador como difícil de conocer a fondo, con lo cual nunca queda clara su personalidad ni sus reales intenciones. También El villorrio (1940), escrita por William Faulkner, otro de los americanos ilustres, podría encajar en esta clasificación, si bien en este caso sería más bien por la complejidad narrativa que se sustenta en buena parte en algunas historias publicadas anteriormente como cuentos. Una historia lineal que se interrumpe a veces y se dispersa con las frecuentes digresiones, aunque fundamentales para el buen desarrollo de la novela. 



  Pero no cabe la menor duda de que un buen puñado de novelas con la calificación de extraño, de insólito, se han escrito aquí, y al otro lado del Atlántico. Una de ellas es San Camilo 1936, publicada en 1969. En ella, Camilo José Cela aborda desde monólogos interiores las vísperas y festividad de ese año fatídico. A través de sus páginas desfilan infinidad de personajes, algunos de postín y muchos pobres y miserables de solemnidad, sin que casi ninguno sea consciente del drama que asolará España. Entre el discurso, la mayoría del tiempo en segunda persona, también cupo otro monólogo interior más, el de su tío Jerónimo, un republicano con firmes convicciones, algunas subiditas de tono. Es esta una novela tan ambiciosa como compleja, requiriendo del lector la máxima atención y compromiso con sus páginas.



   Al otro lado del charco las obras con tendencia a transmitir el desconcierto son abundantes. Ahi está Rayuela (1963), de Julio Cortázar, aclamada novela. O La invención de Morel (1940), de Bioy Casares. O Cien años de soledad (1967), la cumbre creativa de García Márquez y el paradigma de lo que se ha venido a llamar realismo mágico. O La Casa Verde (1966), un arriesgado ejercicio de filigrana novelística a cargo de Mario Vargas Llosa. A través de sus páginas, el peruano pergueña con habilidad incuestionable, pequeñas historias que se entrecruzan para completar un rompecabezas en cuyos vértices aparecen Piura y el poblado de Santa María de Nieva. Con esta su segunda novela conquistó el Premio Rómulo Gallegos. 


  La relación de novelas y hasta cuentos con esa máxima de lo desconcertante es incontable. Podrían añadirse, por ejemplo, El libro del desasosiego, del cultivador de heterónimos, Fernando Pessoa; La casa de hojas, de Mark Danielewski, una obra de culto con la ciudad de Los Ángeles y un manuscrito como motores de la historia. Y aqui en España, Volverás a Región, del huidizo Juan Benet. 2666, del chileno afincado en España, Roberto Bolaño. Cristo versus Arizona, del propio Cela. O la aclamada Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Todos estos autores y muchos más quisieron con sus innovaciones y arriesgando, dar un giro radical a su producción literaria, intentando huir de lo acomodaticio en algún momento de su vida como literatos. Algunos fracasaron en el intento de ir más allá de la lógica de una línea recta, sin desvíos; pero otros lograron alcanzar el objetivo de ser valorados como se merecían. Y sin duda todos los mencionados se pueden dar por satisfechos porque sus obras son magníficas, siendo algunas de ellas clásicos de la literatura universal para goce de quienes disfrutamos con sus lecturas. 
       

                                         




     

                           
                   
 

viernes, 31 de enero de 2025

LA COLMENA/MANHATTAN TRANSFER

 

Camilo José Cela, gallego de postín, falto de retranca, un poquito tragaldabas, literato universal, académico y otras muchas cosas,  nace en Iria Flavia en 1916. Quien al correr del tiempo se convertiría en Premio Nobel, hubiera sido médico de profesión de no mediar sus habituales asistencias como oyente (no como alumno) a las clases impartidas por Pedro Salinas sobre Literatura Contemporánea Española, en la Facultad de Filosofía y Letras. La obstinación y una innata rebeldía lo empujaron al oficio de las letras, consagrándose como una de las figuras capitales de la narrativa española del Siglo XX. 


  Cela ha destacado por no amoldarse a ningún precepto o canon. Jamás se ha sentido preocupado por desviarse de la novelística al uso, siendo, posiblemente entre todos sus compañeros de generación, el más iconoclasta, algo contradictorio si tenemos en cuenta sus ideales (al menos en lo político), preferentemente conservadores. Así abraza sin disimulos la experimentación, echando mano de recursos narrativos singulares, e incluso insólitos, para componer novelas tan sorprendentes (que no tienen porque ser excelsas) como Cristo versus Arizona o San Camilo, 1936. 



  La colmena, no hay discusión al respecto, es una de esas obras a incluir en el afán indagatorio del gallego, aunque tenga bien poco que ver con las novelas antedichas, ni en el fondo, ni en la forma. Publicada en 1951 en Buenos Aires al no superar el código de censura imperante de la época, su cuarta novela supuso la consagración incontestable en el mundo de las letras. A través de múltiples escenas y personajes circunscritos a una gran ciudad, y a un tiempo muy concreto, 1942, Cela examina con precisión insuperable la vida de los habitantes más desfavorecidos en la capital de España, transmitiendo la sensación de que la sociedad de aquel momento vivía o sobrevivía dentro de un horizonte muy chiquito. Es, digo yo, la estampa sintetizada de una tarde anodina de domingo sin fiesta. 


                                                        

                                                                     

   

 Esta, su cuarta novela, se ha dicho en reiteradas ocasiones, comparte con Manhattan Transfer (1925), cierta formalidad en la construcción de las escenas, cortas casi siempre. También la cuarta novela de John Dos Passos (Chicago 1896-Baltimore 1970), sigue y persigue el recorrido de infinidad de personajes que viven en la gran urbe americana. A diferencia del gallego, el chicano de origen portugués, no se conforma con rastrear en los varios caminos de supervivencia emprendidos por gentes marginales o pobretonas de solemnidad, sino que aborda a personajes encumbrados, en muchos casos políticos, jueces, millonarios, periodistas, hombres de negocios, etc. Como sucede en La colmena, las múltiples historias y personas que aparecen en las páginas de Manhattan Transfer, no todas, terminan relacionándose unas con otras, dando una eficaz sensación de vidas cruzadas que solo pueden darse en esa ciudad y no en otras, gracias en buena medida, a la utilización reiterada del tránsito de camiones de bomberos, ambulancias, elevadores, miles de vehículos, un puñado de racacielos y cientos de fiestas. 



 

  Su autor, John Dos Passos, es uno los mayores representantes de la denominada Generación Perdida. En contraposición a Camilo José Cela, el chicano fue un escritor cercano a ideales de izquierda. En sus libros, y muy particularmente en este, hay una crítica feroz al consumismo y las vidas hueras, superficiales, de buena parte de la ciudadanía más pudiente, ocasionando a veces su infelicidad, y hasta el suicidio. 


  Si la novela del gallego está circunscrita al año 1942, la del americano abarca un periodo más amplio, recorriendo en torno a tres décadas, que transcurre entre los últimos años del Siglo XIX y los locos años veinte, los de la Gran Depresión y el florecimiento del Jazz.  


  Estas son dos novelas excepcionales por su magnífica escritura y composición, reflejando épocas y lugares concretos desde la mirada personalísima de dos geniales escritores. Lo cual no es impedimento para advertir a futuros lectores, de la conveniencia de estar muy atentos a cuanto se dice en las novelas; y si fuera necesario, pues a echar mano del bolígrafo para escribir el nombre de cada cual junto a sus características más acusadas.

                                                                                       



                                                                              

miércoles, 8 de enero de 2025

Las dos Villafrancas (mis charlas con Fermín)

         

A Fermín hacía una eternidad que no lo veía, unos cuarenta años, ¡o más! Me lo encontré por la calle ayer, en Ciutadella, o mejor decir que él me encontró a mí, pues al primer golpe de vista no lo reconocí. Aunque alto, parecía menos desgarbado que de joven, como con poso de atleta. Se quedó mirándome, tratando de desentrañar la fisonomía, hasta que por fin dijo: ¡hola Julio! Por la voz no lo reconocí; y mucho menos en la barba apostólica, o en el peinado al desgaire, hubiera, ni siquiera intuido, el revelado de aquel chaval de mi misma edad. 


  A Fermín Portillo lo conocí cuando ambos compartíamos aula en el convento de los Paúles. Cursábamos séptimo de EGB. Natural de Paradasolano, si bien sus padres vivían en Molina, a toda costa quiso estudiar con los curas de Villafranca, por considerar al antiguo seminario, el mejor lugar para aprender y mantener firmes sus inquietudes. Cuando acababa la jornada lectiva de diario, bien entrada la tarde, él regresaba a la casa de sus tíos en La Cábila. 


  - Te veo como siempre -me dijo con su voz de barítono atonal. 


  - ¡Venga ya! ¡Si han pasado tropecientos años! Tú no me has mirado bien del todo -le repliqué-.  


  -Te veo como a Villafranca, por la cual pasan los años, y notándose, no se notan. 


  -No te pillo -respondí-. 


  Entonces me dijo que había estado en Villafranca en noviembre pasado, y que hacía lo menos treinta años que no había vuelto, desde su marcha a Almendralejo para trabajar en lo suyo: ingeniero de caminos, canales y puertos. Por entonces acababa de casarse en segundas nupcias con una de allá, Ana, maestra de escuela en la localidad. Ahora, por lo visto, la iniciativa privada lo trae a Menorca para ocuparse de lo suyo. Ana ya está jubilada y lo acompaña en su nueva aventura profesional. Yo le dije que no nos habíamos visto de casualidad, pues yo también estuve por esas fechas allí.


  - Mira, Julio: Villafranca es, cómo te diría yo, como dos almas gemelas, y al tiempo antagónicas. Una es la ideal, la imaginada, aquella que se da en muy contados instantes de nuestra vida. La otra es la real, la que no se puede cambiar, la que por mucho que lo intentemos, no somos capaces de voltear por culpa del tiempo, también del espacio.


  - No termino de pillarte. 


 - A ver; te pongo un ejemplo: Cuando vivía en Villafranca, tú lo sabes, me gustaba mucho sentarme a la terraza del bar a tomar el café, y a la vez contemplar el ir y venir de coches y gentes por la Plaza. Era otra plaza diferente, con tráfico en ambas direcciones. Sin embargo el bar apenas ha cambiado. Durante los días que estuve allá, no dejé de acudir al bar -si estaba abierto-, ni una sola tarde para tomar el café y vigilar las idas y venidas de los villafranquinos; y no obstante, te lo puedes creer, las sensaciones siempre fueron muy diferentes a las de aquel entonces.  


  - Explícate mejor, o me pierdo. 


  - Está muy claro: de aquella sentía una armonía a mi alrededor; era como si gozara de un bienestar inmutable que ahora, o hace poco, por desgracia, no sentí. A pesar de nuestra edad, yo siempre me he sentido joven, salvo al mirarme en el espejo; y sin embargo, te lo puedes creer, en esas tardes del noviembre villafranquino, fui consciente de que los años se me habían echado encima en un pispás,  sin darme cuenta. 


  - Entonces eres tú quien tiene dos almas gemelas y antagónicas. Yo a Villafranca siempre la he visto de la misma manera: hermosa y lánguida. 


  - Eso: lánguida, abatida. Entonces no era así. 


  - Porque con catorce o quince años la percepción es diferente. La identificabas con el lado imaginado, o el alma ideal, como tú dices. 


  - Villafranca ha cambiado.  


  - No tanto. 


  - Mira la Cooperativa del vino en lo que ha venido a parar. O el tramo de vía que enlazaba a la Villa con Toral. No tienes nada más que ver La Colegiata. La Colegiata es la metáfora perfecta de lo que es Villafranca. 


  - No te pillo.  


  - ¡Joder! Pues está bien claro. Iba para catedral del Bierzo y se quedó a la mitad. Villafranca fue capital de provincia, y hoy se ve superada por las localidades vecinas, no solo Ponferrada. Por eso te digo que hay una Villafranca soñada, la ideal, que existe en nuestra memoria, y la real, la que visualizamos a día de hoy. Por ella pasan los años y notándose no se notan. 


  Antes de despedirnos tomamos un café con sabor a turismo y a humedad mediterránea, quedando para otro día de vernos con más calma. Me aseguró que casi con toda seguridad, si no surgía algo imprevisto, se quedaría a vivir en Menorca hasta la jubiliación, en un par de años. Ya en casa, pensé en la probabilidad de que Fermín se haya ofuscado con el asunto de las dos almas de Villafranca, o de cualquier otra localidad. Más bien intuyo que como todos, Fermín sí tiene dos almas: la que de joven mantenía una inquietud inequívoca por lo espiritual, hasta sopesar el meterse a cura (la soñada o imaginada), y la real, con un primer matrimonio fracasado -hija incluida con la cual no tiene relación alguna-, el cual había dado al traste con sus aspiraciones de convertirse en redentor de almas, una vez que conoció (flechazo incluido) a Marisol, jovencita tan entusiasta como alocada a un tiempo.                                                                                                        

 



lunes, 16 de diciembre de 2024

Patria, un prodigio de la equidistancia

 
Hay libros que se tejen como hacían nuestras madres con los antiguos jerseys de lana: poco a poco, sin prisas, para no destejer una manga, o la zona de una sisa, por culpa de las prisas, o el exceso de la monotonía. Así actuaron Cela con La Colmena, Roberto Bolaño para componer Los detectives salvajes, Bernardo Atxaga para su ingenioso Obabakoak, o García Márquez para completar la extensa El amor en los tiempos del cólera. Y es que todos ellos, si bien desde distintos enfoques narrativos, buscaron la excelencia a partir de pequeñas historias o llamaradas controladas, que por si solas parecen una suerte de islitas con mínima sustancia, pero hilvanadas todas ellas, unas con otras, adquieren una dimensión formidable e impensada, solidifando el terreno hasta crear una nueva geografía juiciosa. Es esa crónica que  sin seguir el orden consecutivo de los sucesos se ve como un rompecabezas difícil de resolver; y no obstante, no solo acaba felizmente, sino que, al tiempo que vamos colocando cada pieza en el hueco correspondiente, comprendemos con más nitidez el mensaje del autor. 


  Patria (2016), fue el gran acontecimiento literario de aquel año, elevando a Fernando Aramburu al Olimpo, convirtiéndose en uno de los escritores más leído a partir de su monumental novela. Y es que P. es, en mi modesta opinión, el mejor tratado, o ensayo (sin serlo) que se haya escrito jamás en torno a ETA y el denominado "conflicto vasco". Aramburu se sirve de retazos sencillos de la vida de dos familias, antes amistadas, para componer un recorrido de ida y vuelta en torno a la violencia y sus consecuencias en el entorno de un pueblo pequeño del País Vasco, un lugar donde todos se conocen, por desgracia. El gran acierto de esta novela, además de lo antedicho, es su capacidad de análisis, dejando que la historia no se decante por el blanco o el negro, sino que los tonos grises vayan matizando el desarrollo de los acontecimientos, dejando claro, eso sí, que la violencia es el peor atajo, un atajo que no lleva a ninguna parte. 



                                                                                                                   
  Tan brillante como la exposición de los hechos -a partir del asesinato de uno de los protagonistas a manos de ETA-, es el perfil psicológico que Aramburu hace de cada uno de los personajes que transitan por sus páginas. A medida que se avanza en la lectura, uno termina entendiendo los comportamientos de Bittori (la viuda de Txato, el asesinado por la banda terrorista), o de Miren (madre de un terrorista). Antes de integrarse el hijo en ETA, ambas eran amigas íntimas. Pero no menos atrayentes son las personalidades de Joxe Mari (el terrorista), Joxian (marido de Miren y padre de Joxe Mari), y del resto que discurren por las páginas de la novela. 


  Son los años del plomo. Las familias compuestas por Bittori-Txato (ricos) y Miren-Joxian (no tanto), con sus respectivos hijos, son íntimas, como uña y carne, hasta que Joxe Mari entre en ETA. A partir de ese momento dejan de hablarse. Tambien en el pueblo hacen de menos al empresario y su esposa. Un día como otro cualquiera, el empresario Txato es asesinado por ETA, al no cumplir con el impuesto revolucionario. Bittori abandona entonces el pueblo para irse a vivir lejos. Cuando ETA deja las armas en 2011, Bittori regresa al pueblo. A ella le asalta la duda de si Joxe Mari fue quien mató a su marido, pues el día del asesinato se le vio por el pueblo, incluso Txato llegó a intercambiar unas palabras con él solo unas horas antes de ser asesinado. Una vez que Joxe Mari es encarcelado, Bittori (gravemente enferma) solo desea dos cosas antes de dejar este mundo: saber si fue él quien disparó a su marido, y conseguir que el hijo de Miren le pida perdón. 



  En resumidas cuentas, estamos ante una obra capital de la literatura española del presente siglo, escrita además con una insultante sencillez, algo aún más meritorio teniendo en cuenta el resultado final: sobresaliente desde cualquier punto de vista. De verdad que merece ser leída.