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jueves, 11 de junio de 2026

Marco Mezquida, el triunfo de la constancia, (y el ingenio)

 

Hubo un tiempo, allá por los años dorados de Miles Davis, más o menos, o incluso antes; cuando las madrugadas entre copas y humos, la sobredosis de experimentaciones, las luces mortecinas con el añadido de barmans experimentados en el trato con los clientes y los sueños volando con la música a la estratosfera,  eran el denominador común. En ese tiempo antiguo, los clientes sabían sin la mínima vacilación, quiénes eran artistas de verdad y quiénes farsantes atados a un instrumento para sobrellevar la presunción de creadores. Todos, o casi todos, sabían que Art Tatum, Thelonious Monk, Oscar Petersen, Herbie Hancock, Bill Evans, Joe Zawinul, o el mismo Count Basie, además de otros muchos, eran creadores natos de magia y estímulos nuevos cuando se sentaban frente al piano. Esa suerte de estar viviendo la historia más apasionante e inesperada del jazz, se fue diluyendo conforme transcurrieron los años, si bien siempre ha habido las excepciones (Michel Petrucciani, Keith Jarrett, Brad Mehldau, Diana Krall, etc.)  que de un modo u otro mantienen a flote la esencia musical de sus predecesores. Hoy es más difícil dar con ese pianista capaz de llamar la atención, de agitarte las neuronas hasta perder el sentido del yo de diario; y sin embargo, en Menorca tenemos la enorme fortuna de contar con alguien capaz de atraparte sin necesidad de recurrir a trucos, por lo general de escaso alcance.


  Marco Mezquida (Maó 1987) es esa suerte de mago capacitado para hacerte volar la cabeza por culpa de su enorme capacidad de sincronizar con quienes asisten a sus conciertos, siempre a partir de un extraordinario ingenio y agudeza para amalgamar distintos estilos musicales, convirtiendo cada una de sus interpretaciones en una experiencia única, en parte gracias a su sólida formación y a una técnica depurada que le permite experimentar más allá de los formalismos, digamos clásicos.


  A pesar de sus treinta y nueve años, Mezquida tiene tras de si una extensísima carrera musical plasmada en infinidad de discos (alrededor de cien, treinta de ellos como líder o colíder), cientos de conciertos en España y en unos cuarenta países más, además de contar con veinte premios. Con ese bagaje no es raro que sus proyectos hayan ido desde colaboraciones con Chicuelo (guitarrista de prestigio), Salvador Sobral, o Lina, la cantante de fado, hasta proyectos más ambiciosos y personales a partir de trios, cuartetos, quintetos o sextetos.



  Táctil (2026) es un claro ejemplo de la preocupación del artista por sintonizar de inmediato con su público. Mezquida lo necesita a su lado, en comunión constante, para que la música fluya y se eleve hasta cotas ilimitadas. A cada uno de nosotros nos pide un poquito de esfuerzo para fundirnos con él y así poder disfrutar con su deslumbrante oficio de improvisador nato en concierto. En este álbum de Marco Mezquida trío, la música fluye compacta y rica en matices (gracias en gran medida al buen hacer de dos músicos excepcionales como son Martín Meléndez (chelo) y Aleix Tobías (batería y percusión). Es tal la compenetración del trío en directo, que a veces da la sensación de estar viajando sin contratiempos a través de una especie de cortina sónica insonorizada. Martín Meléndez -lo ignoraba hasta la fecha-, es capaz de tocar el violonchelo como si se tratase de un contrabajo, no solo marcando el ritmo de cada pieza, también siendo protagonista a ratos. Y de Aleix Tobías solo se puede decir que es un percusionista de primer nivel que le va como anillo al dedo al estilo musical tan ecléctico de este el último trabajo del trío.


 En Táctil, la pieza homónima, el trío plasma sus reales intenciones, que no son otras que las de advertir que la música no solo debe de ser escuchada, hay que agarrarla, sentirla. ¿Estamos ante música clásica, Granados tal vez; jazz mediterráneo? Es un poco de todo, pero de lo que no cabe duda es de estar escuchando al trío de Marco Mezquida. Felice es otro de esos temas que navega entre la música latina ¿tal vez Bebo Valdés?, y el jazz más reciente ¿influencias de Chick Corea?  Tempus fugit (plor per Pelestina) es el homenaje y compromiso con los palestinos por cuanto de malo les está ocurriendo sin que nadie alce la voz ante la barbarie. Cuando vienes, como el anterior tema, se desenvuelve en una suerte de quietud más convencional. No así Cavalcanti,  un tema más cercano al jazz , o Constantine,  que también discurre por derroteros idénticos. ¿Y el tema Cádiz?


  Escuchar a Marco Mezquida Trío en vivo es una gozada impagable. He tenido la inmensa fortuna de disfrutar de su música en directo, y francamente, muy pocos conciertos me han impactado tanto como el del pasado domingo en el Teatre d'es Born en Ciutadella. Dos horas de música ininterrumpida de muchos quilates, fueron suficientes para rendir al público que lo abarrotaba, haciendo desde las 20:30 a las 22:30 que el escenario se cubriera de magia y sensibilidad a partes iguales.


  Si alguien no conoce a este menorquín de oro, os invito a escucharlo, no os va a decepcionar. Es tal su versatilidad y manejo del teclado que todo a su alrededor brilla. Por si os puedo orientar en cuanto a la valía de Mezquida, os diré que en el próximo mes y medio tendrá quince conciertos en lugares tan dispares, como Barbastro, Sofía, PollenÇa, Stuttgart, Monza, Girona, Alicante, etc. 






                         
 

martes, 27 de agosto de 2024

Cómete un brazo que te queda el otro

 

Durante los últimos meses estoy rescatando relatos inéditos que no merecieron el honor de aparecer en un libro. Este es uno de ellos, escrito a mediados de los ochenta, y que, a pesar de la temática, más que interesante a primera vista, no terminó de cuajar como esperaba. A pesar de vérsele las costuras, creo que merece una lectura póstuma.




Dos hombres, uno mayor que el otro, caminan a lo largo de una extensa calle. La mañana otoñal es mortecina y gris, con escasos viandantes y un tráfico rodado parsimonioso. <<Los domingos ya se sabe, terminan por engordarse con conductores anómalos>>, parece decirle el octogenario al hombre de la cincuentena recién estrenada.


  El anciano cubre la cabeza con un sombrero de fieltro, nada de particular si no fuera porque es de un rojo chillón que no armoniza con su abrigo azul marino, y porque el más joven, además de vestir un tanto informal con un chándal, abrigado a primera vista, es de un color amarillo canario. Este, para acrecentar la incongruencia, lleva bajo el brazo un periódico escrito en inglés. El viejo, por el contrario, sujeta con la zurda un par de libros con literatura del boom latinoamericano.


  Caminan sin prisa, en paralelo. Mientras el más joven vapea con excitación, el otro fuma estiloso en una pipa. De súbito, el hombre mayor se detiene frente a un edificio con aroma nostálgico.


  - Aquí es, Ricardo.


  - Pero, papá, ¿no me ibas a mostrar un edificio singular?


  - Y este lo es, créetelo.


  Ricardo hecha un vistazo, mostrándose decepcionado ante la visión de una fachada sucia y cuarteada, sin color definible, intuyendo una decadencia aún mayor en los interiores del inmueble.


  - Entonces era una casa lujosa y confortable -añade.


  - ¡Me estás hablando de la prehistoria!


  - Te estoy hablando de hace cincuenta y cinco años. Tú aún no habías nacido, y ni siquiera conocía a tu madre.


  - Eso ya lo sé. Pero yo quería que me relataras una noticia impactante de cuando trabajabas de periodista, no que te pusieras a hablarme de las bondades de una antigua casa como esta, con muy poco futuro.


  - No entiendes nada Ricardo. Hoy, exactamente hoy, hace cincuenta y cinco años que estuve por primera y última vez en la casa –apunta con el índice a la pared de color vainilla desleído.


  - ¿Y?


  - En ella escuché la historia más insólita que yo recuerde en mis casi sesenta años de profesión periodística.


  - Pues adelante con ella.


  Padre e hijo se sientan en un banco enfrentado a la vivienda en vías de perecer por inanición. Antes de comenzar con los anales de aquella historia, el anciano se quita el sombrero de alas agujereadas, y hace una especie de reverencia a la edificación de vestigios modernistas. De repente y con pesar, discurre un preámbulo:


  - A pesar de los años transcurridos, aún resuena en mis oídos la frase paradójica y macabra: <<cómete un brazo, que te queda el otro>>.


  - ¿A dónde quieres ir a parar?


  Su padre respira hondo antes de sondear el pasado.


  - Lo que voy a decirte sucedió durante un caluroso mes de julio, de aquellos que se daban en Madrid en los últimos años de la Dictadura, cuando aún apremiaba entre sus más fieles acólitos la exaltación del espíritu nacional, y con ello, suponían, bastaba para mantener a flote al Régimen, una vez faltara Franco.


 

>>Todo comenzó de un modo casual, mientras leía las noticias de El Caso sin algo más productivo que hacer en ese momento, salvo la lectura siempre provechosa de aconteceres inesperados, al menos para alguien del oficio como yo. Al llegar a una de las páginas, mis ojos se fueron a una noticia tan desconcertante como escueta que me dejó perplejo: <<Cirujano español sobrevive en mitad del desierto tras colisionar su avioneta, pilotada por él mismo, contra la inmensidad de las arenas.>>


 La lectura en el Semanario provocó que el resto de la tarde no hiciera nada útil, solo pensar, imaginarme al doctor en medio de dunas gigantescas, y a merced de un sol aniquilador y desquiciante.


  >>En aquellos días me encontraba disfrutando de unas supuestas vacaciones en un pueblo de la Sierra de Madrid. Como mi espíritu aventurero de entonces me obligaba a ser curioso e inquieto, y mi ideal del oficio era sondear en lo más absurdo, sin temor al fracaso, o al portazo por ser incisivo en exceso, me dispuse para viajar a la mañana siguiente hacia la capital del Reino (del Reino es un decir, porque de aquella…), intentando si preciso fuera, recabar más información al respecto del inaudito acontecimiento.


  >>Atrás dejaba la casita rodeada de pinos, abedules y aire puro con fragancias de montaña; el río sinuoso jugueteando entre las estribaciones del terreno que lo hacían, si cabe, más cristalino y animado; o los trinos variados de aves en busca del alimento diario…


  - No te me vayas a poner ahora bucólico, papá.


 >>…Por un tiempo, sin ser consciente de ello, aparcaba mi última investigación para el periódico en el cual trabajaba, un proyecto que iba a abordar la vida de un ser aislado en plena vegetación durante dos semanas, o sea, yo, a cambio de  explorar la capacidad que el ser humano puede llegar a alcanzar en situaciones prolongadas de aislamiento. Mis jefes no estaban de acuerdo en el propósito de dar carpetazo a unas vacaciones sugeridas por ellos mismos, a fin de escribir sobre las vivencias de un urbanita. No obstante, la avidez en que había mudado la perplejidad del día anterior, alimentaba la necesidad de saber, extraviándome el cerebro en fantasías disparatadas sobre el suceso ocurrido al galeno, si bien, ¡qué coño! En realidad empezaba a atosigarme, tanto el exceso de silencio como la ausencia de seres vivos; así que me salí con la mía.


  >>Llegué a Madrid apenas el sol comenzaba a acuchillar con brillos refulgentes sus calles y viandantes, ajenos ellos a mis aviesas intenciones. Trabajadores, mendigos, rateros, vividores, ejecutivos del tres al cuarto y demás gentes, componían a mis ojos una familiar caterva humana, desorientándome por momentos tras haber permanecido en el campo seis días rodeado de una mesura casi perfecta; una suerte de concierto en el que, ajeno al mundanal ruido, yo dirigía la orquesta, o eso me parecía. Mientras divagaba sobre estas y otras ocurrencias, el taxista me trasladó en un SEAT 1500 hasta la redacción del semanario que había publicado la escueta noticia, a cambio de doscientas cincuenta pesetas.


  >> Un asistente me hizo pasar a una sala de espera desde la que se divisaba la calle principal. A esa hora estaba siendo circundada por innumerables vehículos que comenzaban a escupir al cielo, puro hasta pocos años antes, toneladas de dióxido de carbono, producto de las dificultosas digestiones de sus motores; un tributo que los madrileños comenzábamos a pagar con la llegada del desarrollo industrial.


  - Es evidente que no puedes disimular tu vena creativa. Hay que adornar antes de ir al grano, ¿Eh?


  - Apenas llevaba un par de minutos cuando se abrió la puerta de la sala, y un hombre joven cruzó el umbral, dirigiéndose con paso decidido hacia donde yo permanecía de pie. Se trataba del Jefe de Redacción. Con él apenas intercambié media docena de frases predecibles. Solo supo decirme que la noticia obraba en su poder desde hacía pocos días, publicándola a continuación. Nada nuevo me dijo que no supiese, salvo la dirección del desafortunado doctor, o sea: Calle Fuencarral, nada más y nada menos. Pero no debía hacerme ilusiones en cuanto a profundizar en los hechos: alto secreto.


  >>Poco tiempo después me encontraba paseando por esta misma calle, tramando argucias para disfrazar un poco el morboso propósito que me obligaba a abandonar la tranquilidad de la Sierra. De tal manera, tras cavilar durante un buen espacio de tiempo sin atinar con algo convincente, decidí presentarme como un antiguo camarada de estudios del señorito, al cual pretendía hacerle una visita, además de interesarme por el estado de salud de su padre tras el accidente.


  >>Divisé la vivienda enseguida, este mismo edificio, entonces elegante y armonioso para gente con posibles. Me quité el mismo sombrero que llevo ahora, entonces casi nuevo, y toqué el timbre con ansiedad desbocada hasta cuatro veces. Al comprobar que nadie accedía a mi cita con lo desconocido, convencido de la soledad de la vivienda, de la inutilidad del viaje, volvía sobre mis pasos cuando oí tras de mí cómo se abría el portón. Me giré para ver a  una especie de ama de llaves de mediana edad. En una suerte de interrogatorio en tercer grado me preguntó sobre el asunto de mi visita. Con mucha maña y las argucias del oficio, fui sorteando con evasivas la retahíla de preguntas que me iba planteando. Sin pestañear, con el rostro impasible, me invitó a franquear la puerta de entrada y a acompañarla a lo largo de un pasillo que desembocaba en un salón espacioso. Luego se fue, no sin antes decirme que aguardase la presencia del señorito.


 

>>La espléndida estancia de techos altos permanecía en penumbra merced a las contraventanas. Estas apenas sí dejaban traslucir diminutas rendijas de claridad, si bien suficientes para percibir el lujo comedido, también el buen gusto con que había sido decorada la estancia. No le faltaba un solo detalle ornamental para engrandecerla. Aquí un reloj carillón años veinte, allá una otomana antiquísima, la cual no podría fechar con exactitud, y algunos objetos más de años remotos poblando las paredes.


  >>El tiempo parecía haberse detenido allí dentro, mientras el calor se había quedado fuera de la mansión. Con seguridad el sopor humillaba la carretera para golpear a los conductores sin piedad alguna, de manera que agradecí a quien correspondiese la agradable penumbra del salón.


  - ¿Por qué no vas al grano? Mira que te gusta retardar el desenlace.


  - Por espacio de algunos minutos aguardé expectante la presencia del hijo de la víctima. Al poco apareció un hombre joven y bastante alto. Nos presentamos, dando inicio a una conversación en extremo relajada; al menos, eso no era lo que yo esperaba. De él destacaría la franqueza y naturalidad para abordar la realidad, al decirle de mi pertenencia al oficio periodístico. Mi interlocutor fue narrando todos los misterios alrededor del dramático suceso. No obstante, antes me hizo jurar que jamás diría ni escribiría nada al respecto, salvo que las circunstancias fuesen otras bien distintas, como la desaparición de todos los miembros de la familia, al menos los más directos, a lo cual accedí de buena fe.


  >>Al fin, tras algunos rodeos por parte del hijo, supe el nombre del misterioso doctor. Se trataba nada menos que del cirujano Ciro González Mancada, una eminencia en la implantación de extremidades seccionadas accidentalmente.


  >>Con presteza me ofreció algo de beber antes de continuar relatando el triste asunto. Le propuse un whisky, él también decidió servirse otro. Mientras preparaba los vasos, me dijo ser arquitecto desde hacía tres años, estando ocupado esos días en un proyecto de vital importancia para el casco antiguo de Madrid, por lo que no podría demorarse en la charla.


  >>Retomó el hilo de las confidencias para decirme de buenas a primeras que no buscase a su padre en ningún hospital de la ciudad: simple y llanamente se encontraba en una policlínica de Arabia. Su padre -continuó con la explicación- había sido invitado a conferenciar en el país del petróleo sobre el tema de la cirugía, siendo como era un afamado doctor. Durante los días previos a la partida, este preparó a conciencia el discurso, sin dejar nada al albedrío de la improvisación. El día de su marcha revisó con la minuciosidad de un profesional todos los mecanismos de la avioneta –por lo visto no solo era un extraordinario hombre de ciencia, también un avezado piloto-, sin apreciar ninguna anomalía en la puesta a punto. Se despidió de su familia, partiendo del aeródromo de Cuatro Vientos con rumbo al lejano país. En el trayecto con destino a Riad, la avioneta comenzó a perder combustible incomprensiblemente, debiendo de hacer un aterrizaje forzoso en medio del desierto. No sufrió ningún daño personal, pero la radio del aparato quedó inservible por la invasión de arena dentro del artilugio volador, al empotrarse en una enorme duna que detuvo el avance de la avioneta.


  >>Confundido por el asombro seguí la conversación de mi interlocutor, el cual me ofrecía tabaco, aunque yo preferí servirme de mi pipa, un rudimento a modo de bálsamo para aminorar esa especie de aturdimiento. Mientras llenaba la cubeta con tabaco, tuve la sensación de que una brisa helada comenzaba a surcar mi espalda, si bien no había corriente alguna.


  >>Manuel, ese era su nombre, había regresado el día anterior tras visitar a su padre, permaneciendo en aquel país por espacio de una semana. Esto quería decir que la familia conocía el luctuoso suceso varios días antes de que se hicieran eco los periódicos. Por tanto, la agencia encargada de la difusión del escueto titular, a instancias de la Censura, atenuó la trascendencia del accidente, diluyéndose la asombrosa noticia conforme transcurrían los días.


  >>Mi padre -continuaba con la explicación- permaneció dos días y dos noches sin apenas moverse de su avioneta, como no fuera para mover algo las piernas y echar una ojeada al cielo en busca de algún avión, lógico teniendo en cuenta el intenso calor durante el día y el frío extremo de las noches. Al relente nocturno se cobijaba en los restos de la avioneta, de manera que unas mantas siempre disponibles abrigaban su cuerpo. Agua tenía la suficiente para aguantar durante tres semanas; así que el único inconveniente para sobrevivir en tales circunstancias era la falta de alimento, ya que solo contaba con un par de bocadillos y unas pocas latas de conservas.


  >>El doctor era optimista sobre la posibilidad de ser avistado por los ocupantes de otro avión; por tanto, en esas primeras horas no perdió el ánimo, limitándose a esperar. Mientras el tiempo transcurría remiso, inspeccionó el material médico que transportaba en su maletín, comprobando que no había sufrido daño alguno. Volvió a leer entonces con detenimiento el discurso preparado para la ocasión, y cuyo soporte era el instrumental médico necesario para una intervención quirúrgica un tanto elemental, quedando satisfecho por la precisión de las palabras técnicas escritas en una libreta. Si daban con él, llegaría a tiempo de disertar en cuanto a su especialidad.


     

>>Transcurridos cuatro días del accidente aéreo, y como la impaciencia comenzaba a anidar en su cabeza, persuadido de la inutilidad de la espera, decidió caminar entre la inmensidad de las arenas con la ayuda de una simple brújula y el sustento de una cantimplora llena de agua. El sofoco era descorazonador, si bien la decisión de aventurarse en busca de congéneres, debía de ser más fuerte, pues no se entiende que no llevase ni una sola manta para abrigarse durante las noches. Para la caminata cubría su cara con un pañuelo, dejando al descubierto los ojos que le guiaban en esa nueva e inesperada aventura. Pese a ello, la cruda realidad habría de imponerse a las ansias de libertad. Durante su primera noche a la intemperie se desató una tormenta de arena, diluyéndose toda tentativa de evasión: decididamente continuaría atado a la prisión que era su avioneta. Regresó con mucha dificultad al punto de partida, utilizando en todo momento la brújula. Cuando dio con la avioneta, había estado en un tris de pasar de largo sin percatarse de su presencia, debido a las arenas que cubrían buena parte de la estructura metálica.


  >>Los días se sucedían tras el forzado aterrizaje. No recordaba si nueve o diez. El náufrago del desierto comenzaba a sufrir las alucinaciones propias de una persona obligada a permanecer por mucho tiempo en lugar inhóspito, acentuándose el problema por la demanda de alimentos que le anunciaban sus tripas con melodía persistente y poco halagüeña. El cirujano comenzó a sufrir una especie de delirio continuado, acompañado de procesos febriles, a pesar de lo cual en ningún momento perdió la razón por completo. En las pupilas se le dibujaban conejos correteando a su albedrío, o atisbaba personas en el horizonte empuñando sendas cañas de pescar con los sedales tensados por el peso de algún pez grandioso. Se alegraba contemplando los inmensos robledales filtrando reverberaciones producidas en el cielo infinito. Fue en alguno de esos periodos, sin abandonarle por completo la lucidez, cuando decidió seccionarse su brazo izquierdo con el fin de calmar el hambre insoportable que hacía mella en todo su cuerpo. La intervención, precaria, la realizó con el material que llevaba en el maletín, sin ayuda alguna, salvo su pericia y valentía de ánimo; y el arrojo, o mejor decir, fuerza sobrenatural que todos sacamos a relucir en situaciones límite, cuando la supervivencia solo se puede compensar con una heroicidad, como es renunciar a una parte del propio cuerpo.


  >>Solo un día después era avistado por un avión militar, siendo conducido a un hospital de postín, posibilitando así el milagro de la recuperación total, pues a pesar de la formidable cauterización de la herida a la altura del codo, había perdido abundante sangre.


  - ¿Y luego, qué pasó?


  - El estupor se imponía a mi raciocinio tras escuchar lo ocurrido al cirujano por boca de su propio hijo. El frío bañaba todo mi cuerpo de arriba abajo, mientras mis manos transpiraban un sudor helado, o eso me pareció. Le pedí a mi interlocutor el favor de que abriera una ventana, aunque entrase el sol con sus treinta y tantos grados, aunque nos aplanase, pues ya no podía soportar más esa sensación de claustrofobia que se empezaba a adueñar de mí. Manuel aceptó de buen grado, desatrancando las tres ventanas de la estancia y sus respectivas contraventanas, antes de dar continuidad al relato.


  >>Después de algún tiempo, el padre terminó de recuperarse física y psicológicamente de la falta de uno de sus brazos. Merche, la esposa del doctor, y su hijo, viajaron de inmediato hasta Arabia, una vez informados por la Embajada en Riad del accidente y posterior rescate. Ambos estaban muy preocupados después de tantos días sin saber nada de él, como no fuera la desaparición de la avioneta.


  >>De la casa me fui una hora después, acompañado por la mujer adusta con cofia incorporada. Antes, Manuel me invitó a volver al chalé cuantas veces quisiera, aunque nunca volví, pues la desgracia se cebaría muy pronto con él y su madre.


  >>El resto de aquella mañana debí de permanecer con la cara desencajada, pues los viandantes madrileños me miraban extrañados, sin atender al rosario de coches y motocicletas que circulaban ya entonces por Madrid.


  - Un tío hambriento y medio ido secciona su brazo para comérselo si no quiere morir de hambre. Algún caso similar he escuchado; ¿eso es todo?


  - Espera un poco y escúchame.


  - Vale.


  - Desde entonces he viajado unas cuantas veces a Arabia, aunque en casa os dijera que lo hacía para ultimar una novela que al final nunca he concretado.


  - Eso ya lo sé, como también sé que hace un taco de años que dejaste de viajar allá.


  - Veinte. Al morir el cirujano. En principio me atraía la idea de frecuentar al cirujano, de intimar con él y saber en profundidad de lo ocurrido. Luego, fue la irrefrenable ansiedad de intimar con el país, yendo incluso a la zona donde se había estrellado, pues no entendía ese afán de Ciro por no regresar jamás a España; luego lo supe…


  -¡Joder, papa! ¿Pretendes narrarme los primeros párrafos de tu novela árabe?


  - …El doctor jamás regresó a España, permaneciendo en Arabia por el resto de sus días. Allí fue siempre un reputado personaje de la sociedad de aquel país, no en vano, al año de estancia, pasó a ser miembro de honor de la hermandad Abdul Lahren, una prestigiosa asociación donde aún hoy tienen cabida personalidades del mundo que hayan perdido alguna de sus extremidades. Esta organización benéfica está subvencionada por el propio Rey, del cual las víctimas reciben una suma considerable de dinero, suficiente para vivir con desahogo.


  >> Huelga decir que el doctor se acogió a la nacionalidad árabe, aprendiendo el idioma con rapidez y adaptándose con facilidad a las costumbres de su nueva patria, incluyendo la religiosa. Merche, la esposa, vivió entre aviones que desperezaban los aires mediterráneos, mientras Manuel apenas sí iba un par de veces al año a la Capital. Sin embargo, madre e hijo morirían apenas dos años después del accidente del cirujano, en el regazo sanguinolento de la M-30. Durante sus años de vida en Arabia, Ciro se dedicó a dar charlas y conferencias, al tiempo de ocupar el puesto de director en afamados hospitales, además de presidir el colegio estatal de médicos por espacio de ocho años. A su muerte, en 1994, era una eminente personalidad entre sus nuevos compatriotas, los cuales lo despidieron con espléndidas exequias, las propias de un sultán.


  - La historia no está mal, pero le falta algo más que tú sabes. Lo veo en tu sonrisa maliciosa.


  - Cierto.


  - Pues, adelante.


  >En mi última visita a su casa de Riad, en el Barrio de Addoho, Ciro me confesó el verdadero motivo de no regresar jamás a España. Estaba muy enfermo y era consciente de que no volveríamos a vernos. Hasta entonces no lo había dicho, pero sabiéndose a las puertas de lo irremediable, se sinceró.


  - ¿Quieres hacer el favor de ir al grano?


   

 - Una semana antes de viajar a Arabia, Ciro se encontraba de viaje en Córdoba para un simposio. En el recorrido por las calles lindantes a la Mezquita, una gitana se ofreció a leerle la buenaventura en la palma de la mano. Ciro dejó que la examinara. De inmediato el gesto risueño de la vidente mudó a uno grave. Él le preguntó descreído si ocurría algo. La gitana le dijo que sí. Él le preguntó a su vez por el inconveniente. Ella le preguntó por sorpresa si iba a viajar al extranjero en pocos días. Él le dijo que sí. Ella le aconsejó no hacerlo. ¿Por qué?, le preguntó desenfadado. Porque esta mano que ahora sujeto está en peligro, le dijo la vidente. ¿Estás de broma?, replicó el doctor. Lo veo en las líneas de tu palma, dijo la mujer.


  >> Ciro se alejó riéndose de las ocurrencias de la gitana, no sin antes obsequiarla con una buena propina. La mujer al ver el escaso eco de sus palabras, y la resolución de hacer el viaje de todas, todas, antes de que lo dejara de escuchar, a viva voz le dijo: “Cuando pierdas la mano y el brazo, jamás se te ocurra regresar a España; si así lo haces serás hombre muerto”.


  >Ciro no creía en esas cosas de adivinaciones, pero al confirmarse los malos augurios de la vidente, se volvió supersticioso en extremo, haciéndole caso, aunque ya fuera demasiado tarde para revertir su historia. Porque la historia, en realidad, había comenzado mucho antes.


  - Explícate –le atajó Ricardo al hacer una pausa su padre.


  - Ciro era un niño con apetito desbocado, así que, al mínimo indicio, soltaba la consabida frase: <<mamá, tengo hambre>>, a lo cual esta replicaba con la no menos celebrada: <<pues cómete un brazo, que te queda el otro.>>


  - La verdad es que la historia es macabra en extremo. De todos modos, lo que no termino de comprender es lo obsequioso que se mostraba el dictador árabe con las personas sin piernas o brazos.


  - Por lo visto, algún antecesor suyo sufrió la amputación de uno de sus brazos. Montaba un caballo al galope y al saltar este sobre un obstáculo, el monarca se cayó al suelo, siendo pisoteada una de sus extremidades por la pata de aquel. No hubo más remedio que operar. Desde entonces, él y sus sucesores se han mostrado generosos con quienes tienen la desgracia de compartir tal carencia.

 

Al día siguiente, Ricardo escribía un exhaustivo reportaje sobre lo ocurrido para el Daily Mirror, del cual es reportero. El único añadido a historia tan inaudita, fue el escaso interés mostrado por las autoridades españolas por repatriar al insigne cirujano, una vez acomodado en tierras orientales, corriendo un tupido velo en cuanto a su existencia, y convirtiéndose así en un anónimo hombre de ciencia que había renegado de su patria.  




martes, 23 de abril de 2024

CHISPAZO

 
Un hombre talludito, decían que majareta, guardaba en su corazón mucho amor aún por estrenar. Un día, de visita a una original exposición de arte congelado, halló una muñeca de hielo con piernas infinitas, emboscado su nacimiento en una minifalda de quitar el hipo. Tenía el busto prominente, escondido tras un suéter ajustadísimo, amén de poseer carita de ensueño. Sin duda, había encontrado a la mujer de su vida, y se la llevó a casa por un módico precio. Allí la amó y amó hasta la hartura, pues a pesar de su frialdad fue una amante complaciente. No obstante, tras horas de goce ignorado, se sintió morir a consecuencia de hipotermia, pero realizado y feliz. La muñeca, por su parte, jamás hubiera imaginado derretirse de modo tan sublime, al calor íntimo y humano de alguien tan entregado como su comprador, ¿o habría elegido, acaso, la infame seguridad de una cámara frigorífica?          

                                                                                                          



Chispazo es una de las historias que integran mi libro de relatos, Cuando el tiempo decide (2004).                              




       

miércoles, 27 de marzo de 2024

Tres años sin Joan Aloy

 

El mar es un plato. Veo el barco amarrado al noray Es el mismo, la misma estampa de los últimos diez años: pulcro, azul rotundo, con el nombre de la naviera en letras inmensas. Es la imagen pacífica de cada tarde del paseo, la imagen solidificada que dando sensación de plenitud, ha ido borrando sin querer, aquella otra más costumbrista y humilde, cuando aún no existía el dique.

Hoy, casi sin pretenderlo, mi cerebro ha hecho abstracción, enredándose en el tiempo antiguo, y he visto sin esfuerzo la antigua casita, con la puerta sencilla y breve que ahora ocupan gruesos cabos de amarre.

Joan era viudo y sin hijos. Jubilado del campo. Su existir, el día a día, lo ocupaba en disfrutar de su casa y de la formidable panorámica que se colaba como una novia atrevida a través de la ventana de su alcoba.

Sin recursos para vivir con dignidad, alguien de la administración le propuso un trueque: mucho dinero a cambio de su casa vieja y achacosa; era inevitable la construcción de un dique.

Joan se lo pensó más de cuatro veces antes de decidirse, si bien la persuasión del interlocutor era como oro puro a la vista. Así que, a pesar del enorme cariño hacia esa casa levantada por su bisabuelo, terminó sucumbiendo; al fin y al cabo, pensaba, las penas con pan son menos penas

Tal día como hoy, hace tres años, a Joan lo rescataron de las aguas, muy cerca de donde había vivido durante sesenta y ocho. Su cuerpo sin vida estaba sujeto al casco del barco de pasajeros de cada día. Aquel acontecimiento fue muy comentado durante varias semanas, aflorando la verdad inimaginada.

En los dos últimos años Joan había caído en una depresión perpetua de la que jamás se recuperaría. A pesar de vivir en un piso nuevo, con todas las comodidades, añoraba cada vez con más intensidad, aquella casa escueta en la que había compartido amores y estrecheces con su compañera, además de disfrutar a cualquier hora del día de la estampa marina de la libertad, sin mayor esfuerzo que el de abrir el ventanal de la alcoba.







lunes, 25 de marzo de 2024

El mundo mágico de Celama

 

A estas alturas de la trayectoria literaria de Luis Mateo Díez, elegir su mejor obra resulta una tarea harto complicada. Sin embargo, si optamos por escoger su, o sus novelas, más representativas, la tarea se vuelve más sencilla, ya que El Reino de Celama representa como ninguna otra el universo realista y mágico al que siempre ha aspirado y deseado pertenecer el lacianego. Hay, que duda cabe, una realidad palpable parecida a la España vaciada, un territorio donde apenas asoman ya costumbres, apegos, decires; ni tampoco fluye su acusado carácter unido a la rudeza y las dificultades del día a día. Y no obstante, esa realidad palpable adquiere en la pluma de Mateo Díez la dimensión de lo imperecedero, su inconformismo ante lo irremediable a fin de salvar a ese territorio de la ruina, al menos de la más trágica, la de la desmemoria. 



  En una tesitura así, de cierto calado trascendental para preservar la satisfacción del deber cumplido, el de Villablino decide fundar un nuevo reino, a fin de que, si en apariencia está condenado a sucumbir por los cientos de años que lo contemplan -no deja de ser uno más de los enclaves pobretones-, no ha de desaparecer jamás de su memoria ni del recuerdo imborrable de los miles de lectores que lo han acompañado y acompañarán por Anterna, Santa Ula, Los Confines, Hontasul, Sormigo, Olencia, y demás localidades que conforman el Reino. 



 

 El Reino de Celama
 es una ambiciosa trilogía compuesta por las novelas, El espíritu del páramo, La ruina del Cielo y El oscurecer. Teniendo las tres una indudable calidad, es la segunda la más brillante, también la más extensa. La ruina del Cielo lleva el subtítulo de Obituario, pues no es otra cosa que un monumental obituario repleto de creatividad e imaginación. En cierto modo es una colección esplendorosa de relatos breves que conforman una estampa global de todos sus moradores: personas únicas e intransferibles, porque, cuanto les pasa, su vida originalísima, aferrada a una geografía de la fatalidad, no tienen su consonancia en otras comarcas, aun compartiendo el nexo común de lo adverso, de la desgracia en numerosas ocasiones. 




  La noche que Rodrigo Bordo (1840-1928) bailó con Delfina Cuéllar en el Casino de Santa Ula, una noche de San Juan después de la hoguera, cuando en el reloj del Casino ya habían sonado todas las horas y en los salones apenas subsistían los más impertinentes, tenía Rodrigo ochenta y ocho años, el cuerpo de recio percherón echado a perder por completo, la cabeza pelona que a lo largo de su existencia siempre ahorró peluqueros, y los ojos saltones más aguados que nunca por la nube opaca de las cataratas. 


  Así da comienzo el capítulo 6 de esta novela, ilustrándonos en cuanto al tono y al tipo de narrativa elegidos. Con esta novela, el de Villablino obtuvo el Premio de la Crítica en 1999 y el Nacional de Narrativa un año después, contribuyendo junto al resto de su extensa obra para ser elegido miembro de la Real Academia de la Lengua en el 2000,  y a conquistar el Premio Cervantes el año pasado.

                                                       


                                   
                     
            

miércoles, 14 de febrero de 2024

Entre Dragonte y la Villa

 

Una fría mañana del mes de abril de 1934, José González, hijo, se despertó el último, como de costumbre, se calzó las galochas, se echó una manta por encima y salío afuera para hacer sus necesidades. Había nevado incesantemente durante toda la noche y una espesa manta blanca cubría el pueblo y todas  las montañas de alrededor. De hecho, continuaban cayendo diminutas virutas heladas sobre la aldea.
 



  De esta manera principia la novela, Entre Dragonte y la Villa, poniéndose al arranque los puntos sobre las íes para no dejar dudas en cuanto a la atmósfera que recorrerá esta extensa narración escrita por Belén González. Para su primera incursión en el género narrativo, la villafranquina le ha echado valentía y coraje, teniendo en cuenta la magnitud de la obra, algo más de mil páginas, y la truculencia de algunos de sus episodios, asunto que podría entorpecer la lectura de los más impacientes; sin embargo, Belén consigue que el interés no decaiga en ningún momento. 


Una vez completada la lectura de ambos libros (la novela se reparte en dos volúmenes), uno tiene la sana sensación de encontrarse con alguien que domina el arte de las letras. Porque Belén escribe de maravilla, además de dejar muy pocos cabos sueltos, lo cual pone de manifiesto que no es muy partidaria de la improvisación -se percibe el influjo de su desempeño profesional como ingeniera-. Deduzco que la villafranquina ha planificado a conciencia esta magna obra, a fin de que en ningún momento diera muestras de cojera, algo con lo cual podría venirse abajo todo su entramado, obviando ciertas licencias que todos nos permitimos para dar fluidez a nuestros escritos.  Y no solo ha ingeniado una sólida estructura para su ópera prima, también se ha documentado a fondo para que ningún acontecimiento de entonces chirrie, ni las costumbres o hábitos de sus protagonistas se quedasen fuera de contexto. 


  Uno de los muchos aciertos de EDyLV, es la caracterización de los protagonistas. Retratos como los que hace de Ramiro el maestro, Soledad, la novia de Ramiro; Recesvinto el cura, Casilda, la abuela de el niño José; el mismo José, de Evaristo, Encarnación, la madre de José y otros cuatro más; de Esteban, Luisa, Marcelino, Raúl, Etelvino, etc., muestran la capacidad de la escritora para dotarlos de personalidad propia sin necesidad de recurrir a artificios. Y por descontado, otra de sus virtudes es haber sido capaz de reconstruir con verosimilitud, la vida de aquellos años cruentos que vaticinaban la inevitabilidad de la guerra, siempre a partir de una equidistancia que es muy de agradecer. Para ello, Belén se sumerge en cada uno de los personajes para empatizar con ellos, y así entender mejor sus gozos y cuitas, sus acciones y olvidos. 


  Del final de esta novela (En torno al 18 de julio de 1936), se deduce que habrá una segunda parte -tal vez tan extensa como la presente-, pues sus personajes requieren dar continuidad a sus historias interrumpidas con el inicio de la Guerra Civil. Por ejemplo, no sabemos si la pareja formada por Ramiro y Soledad se quedará en Dragonte o se irá a vivir a Zamora. Ignoramos qué le pueda ocurrir al cura Recesvinto, no sospechamos lo que le pueda suceder al comercial Esteban y a su esposa en la convulsa Madrid, etc. 


  Mientras Belén González se devana los sesos (creo) intentando dar acomodo a los múltiples personajes que transitan entre Dragonte y la Villa, yo invito a leer con sosiego y atención esta primorosa novela que reivindica una vez más la variada, rica e inagotable cantera de escritores nacidos en Villafranca del Bierzo.








                                                          



domingo, 29 de octubre de 2023

Novelas incompletas

 

Novelas incompletas o algo asi es como yo califico a aquellas historias que por diversos motivos no terminan de fructificar, impidiéndose su publicación, o al menos ser leídas por ojos ajenos al del autor. Son como los hijos que nunca llegaron a nacer, o aquellas especies de animalillos malogrados por la voracidad del depredador de turno. 


El caso concreto de estas páginas que a continuación escribiré, corresponden a mi primera novela, una novela inédita, fallida en su estructura, si bien podría corregirse, pero inaceptable para los tiempos actuales teniendo en cuenta el cambio radical de pensamiento y costumbres de la sociedad con respecto a la de hace casi treinta años. Por entonces podría haber tenido aceptación, hoy sería tildada de políticamente incorrecta y rozaría el mal gusto. Así que, como en tiempos pretéritos donde terceras personas decidían el nacimiento o no de un nuevo libro, yo mismo y sin la colaboración de otros me he encargado de censurarla. No obstante, aquí os dejo el prefacio de esta novela incompleta, a través del cual se adelanta un poco por dónde van los tiros. 


PREFACIO  


Me gustaría comenzar argumentando sobre la conveniencia de que, tal vez, el título más adecuado para esta historia habría sido, El amante en la distancia, si solo se tratara de una ficción; sin embargo, con atinado criterio, el letrado de entonces y hombre de confianza del protagonista, me desaconsejó la utilización de esos vocablos que seguro son más literarios y prometedores que los de Juegos de artificio. Mas la veracidad de los hechos es tan palmaria y a la vez absurda, que ambas palabras, Juegos y Artificio, encajan en un mecano como encajaría la última pieza del rompecabezas en este asunto de homicidio. 


Dicho lo cual, en fecha reciente se dictó sentencia en un segundo juicio que, como en el primero, inculpa al Señor Maravilla, si bien enmienda la condena de treinta años de privación de libertad, quedando reducida a ocho años y un día de reclusión por el homicidio perpetrado en la persona de Doña Luciana Padilla. En el veredicto el delito pasa a calificarse de homicidio involuntario. Algunos de ustedes recordarán los detalles y particularidades de ambos procesos, ya que los medios de comunicación se hicieron eco de lo más relevante ocurrido a lo largo de las intensas jornadas vividas en la sala. Y a pesar de ello, soy consciente de que, si bien los más avezados en leyes creen saberlo todo del triste suceso, se equivocan, atreviéndome a afirmar que, ni siquiera conocen con exactitud de lo más trascendental. Sin ir más lejos, al margen de las pruebas periciales por imperativo legal, otras, que la inmensa mayoría desconoce, se quedaron al margen del primer sumario, como la entrevista registrada en dos cintas casete. Una grabación que habría ayudado a entender la conducta estrafalaria y equívoca de Don Prudencio Maravilla, la cual atenúa la visión desenfocada y brutal que aún se tiene de él. 


                                                                

Algunos meses después de publicarse en la prensa la noticia del presunto crimen perpetrado en la persona de Luciana Padilla Centeno, un periódico solicitó la publicación por entregas de las cintas previamente transcritas, unas cintas grabadas el 28 de noviembre de 1995, justo un día antes del homicidio. El diario vigués sabía de la existencia de las casetes por mi amigo Argimiro, el cual se dio cuenta de la utilidad y conveniencia de sacar a la luz pública las confesiones "inocuas" de su tío, por lo que -y provio consentimiento con reparos de éste y de buena parte de su familia-, aceptó el reto, aunque se pusiera al descubierto la verdadera personalidad del reo. 


Una vez cerrado el sumario, en el cual se omitía cualquier consideración respecto a la existencia de las cintas, y visto para sentencia el primer juicio; con la autorización del inculpado, se redactó la entrevista tal cual, sin omitir una sola coma. La entrevista que yo le hice, movido, lo admito, por cierta morbosidad, fruto de las constantes conversaciones con mi amigo, en las cuales me advertía de las acusadas peculiaridades de su tío, adolece de cierta discontinuidad en la cronología de los hechos; sin embargo, en aquel momento no me movía ningún afán periodístico, sólo, reitero, la curiosidad malsana. También, a modo de advertencia, admito que algunas de las preguntas se repiten, reconociendo que no todas tienen interés. Por otra parte, quien lo desee, podrá leer íntegra y de un tirón la célebre entrevista, en la cual queda demostrada la extraordinaria enfermedad que aqueja a Don Prudencio Maravilla López. 


Si bien, para prueba esclarecedora y definitiva, la segunda autopsia realizada a Doña Luisa, mucho más concienzuda que la primera, en la cual y por neglicencia del forense de turno, no se revelaba nada diferenciador, como no fuera la profusión de heridas y cardenales repartidos a lo largo de su cuerpo. Esa segunda autopsia no hubiera tenido lugar de no haber aparecido de un modo rocambolesco el diario de la asesinada, en el cual se apunta a la pista definitiva, precipitando así la exhumación de esta. 




Ahora, con la esperanza de que sea aceptada a trámite la apelación ante el Tribunal Superio de Justicia, el recurrente pasa los días en la Prisión de Alama, con la confianza de que la publicación del libro pueda ayudar en algo, mientras se preocupa por la incertidumbre de quedar absuelto o no. Por su parte, el Señor Sutil, su abogado, prepara con tenacidad y a conciencia la defensa y argumentos que encaminen a su representado hacia la libertad total sin cargo alguno, para lo cual incidirá en la premeditada argucia de la fenecida y su propósito de que el reo cargara con la condena de su autoinmolación.