DESDE UN APARTADO LUGAR Julio Mauriz
De carácter cultural
lunes, 26 de enero de 2026
miércoles, 14 de enero de 2026
Entrevista a Hernán Alonso en 1985
El mes pasado nos dejaba Hernán Alonso. En noviembre hablé con él por teléfono sabiendo de su enfermedad, pero sin ser consciente de su extrema gravedad. Nos despedimos con la posibilidad de vernos -yo estaba en Villafranca por entonces-. No volvimos a hablar. La noticia de su muerte me pilló por sorpresa, ya de vuelta en Ciutadella. Esta entrevista -la primera para un medio escrito donde se aprecia mi inmadurez de corresponsal novato- que le hice tras la publicación de la primera guía turística para Villafranca, con fotos de Ramón Cela, y que salió publicada en el nº 14 del Semanario Bierzo 7, el 12 de enero de 1985, sirva como humilde homenaje a quien fue mi maestro, pdrino de Confirmación, compañero en el Coro de San Valentín, presentador de mis libros, y por encima de todo, amigo inolvidable.
Una Guía para Villafranca
Al fin, el pasado día 19, salía a la venta la guía turística de Villafranca. El autor es Hernán Alonso y la fotografía de Ramón Cela. Tanto el texto como la fotografía son de excelente calidad. Para hablar de la guía nada mejor que hacerle una entrevista a Hernán.
Charlar con Hernán es muy sencillo, de hecho él es muy sencillo. Detrás de sus gafas esconde unos ojos muy vivaces y expresivos. Además posee una exagerada capacidad de autocrítica que quita importancia a todo lo que hace, por regla general casi siempre bien.
Esta fue la entrevista que sostuve con él:
- ¿Cuánto tiempo te ha llevado hacer la guía?
- Todo el verano del ochenta y tres, aunque antes y después recopilé material de tipo bibliográfico y visité monumentos.
- ¿Has tenido que documentarte ampliamente?
- Sí. Luego aún encontré más material, pero no lo utilicé porque me hubiera salido de los límites de la guía. He estado en muchos archivos.
- ¿Cuál es el tema que más trabajo te ha ocupado?
- Sin duda "el Marquesado", ya que se desligaron de Villafranca cuando accedieron al Virreinato de Nápoles.
- ¿Cómo surgió la creación de esta guía?
- Yo me di cuenta de que los turistas que venían a Villafranca preguntaban si había a la venta una guía, y la respuesta siempre era que no. Entonces surgió en mí la idea de crear una, alentado por otras personas.
- ¿Estás contento en lo económico por este trabajo?
- No. Moralmente sí.
- ¿Realmente creías poder terminar esta ardorosa tarea?
- Sí. Era muy fácil y cualquiera que se lo hubiese propuesto lo hubiera hecho.
- ¿Hubo con anterioridad algún intento similar de crear la guía turística?
- Por mi parte no. Vi una especie de guía de Villafranca de Antonio Pereira, que fue premiada en algún concurso, pero desconozco por qué no se llegó a publicar.
- ¿Cuál es la función primordial de esta guía?
- Esencialmente que sirva de información a los turistas, e incluso a los villafranquinos, que como estamos acostumbrados a vivir en este entorno, muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos.
- ¿El precio a priori no puede ser un hándicap?
- No. Hoy un libro turístico está por este precio. Es una pena que los libros hoy estén tan caros, pero comparado con otras guías creo que es muy asequible. El precio de la guía es de 500 pesetas.
- En tu obra denuncias algún hecho caótico en cuanto a la monumentalidad de la Villa. ¿Que es lo que le falta a Villafranca para lograr definitivamente un equilibrio estético?
- Evidentemente dinero. Restaurar los monumentos sólo se consigue con dinero. A nivel local no hay dinero, y depende de otras corporaciones o entidades. Arreglar el reloj de San Francisco sí se puede, no requiere un elevado presupuesto, pero restaurar toda la iglesia ya no se puede, si no lo lleva a cabo algún organismo de altas esferas.
- Cambiando un poco el tema: ¿cuántos años llevas en Villafranca?
- Creo que son trece. Es donde llevo más tiempo.
- ¿Dónde naciste?
- Al otro lado de donde nace el Burbia, en un pueblo de los Ancares, Tejedo.
- Ciertamente eres villafranquino de adopción.
- Yo al menos así me considero, aunque habría que preguntárselo a los villafranquinos. Además, dos de mis hijos han nacido aquí, y así consta en el Registro Civil.
- Haznos una breve semblanza de tu currículum.
- Nací debajo de la mesa de un maestro. Soy particularmente autodidacta. A los pocos años me fui al seminario. No creo que fuese por vocación, más bien porque era una salida para poder estudiar sin apenas gasto. Pasados unos años regresé a casa, y allí me puse a estudiar por mi cuenta, comprando para ello los libros necesarios, y sin profesor alguno. En junio me presentaba en León a los exámenes. Así, a los pocos años, ayudaba a dar clase a mi padre. A los 17 ó 18 años ya era profesor sustituto de una escuela oficial de carácter público en Villadepalos. Estuve en varios pueblos antes de recalar en Villafranca, como en la Cabrera irredenta, Salas de la Ribera, Antoñán, Astorga, Caboalles, etc. En Villafranca me interesé por la historia monumental y cursé licenciatura en la UNED.
- ¿Vas a permanecer mucho tiempo aquí?
- Creo que poco tiempo más. Mi carácter es nómada, estoy acostumbrado a deambular; por otro lado hay que buscar el futuro de la familia.
- Tú eres un hombre polifacético que te desenvuelves cómodamente en el ámbito cultural, ¿a qué entes artísticos perteneces?
- Pertenecí al desaparecido CIT, precursor de la fiesta del turista. Soy secretario de la Sociedad Filarmónica desde su fundación. Estoy integrado en la Rondalla Villafranquina, de la que también soy secretario; y al Coro San Valentín. Fui miembro de una comisión de fiestas del Cristo. En fin, para cumplir como buen villafranquino, creo que me queda por sacar al Cristo de la Esperanza.
- ¿Qué es lo que más te agrada de Villafranca?
- El entorno, el silencio, el aire que respiramos, un paseo por la calle del Agua, un banco del jardín...
Esta es la entrevista que sostuve con Hernán, el autor de la guía turística. Hubiera podido estar conversando con él infinidad de tiempo, pero ello nos ocuparía demasiado espacio.
viernes, 9 de enero de 2026
Heridas que no cicatrizan
A estas alturas de la trayectoria literaria de Ana María Campelo, ya no cabe duda de su buen hacer y dominio casi absoluto de cuantos enredos y suspenses se trae entre manos. Esta es su ¡cuarta novela en apenas cuatro años! Y si todos nos preguntábamos al publicar la primera, Pupilas de escarcha -magnífica ópera prima de nuestra paisana-, si era casualidad o no el resultado final, y si iba a tener continuidad o no, con esta Heridas que no cicatrizan da respuesta nítida a lo que todos intuíamos: su talento innato para inventar constantes historias que atrapan al lector de principio a fin.
Si en sus obras precedentes Campelo no disimula su preferencia por el Domestic Noir, en este cuarto thriller se aleja un tanto del subgénero. Hay historias de, mayormente mujeres, que en algún momento sufrieron "heridas profundas" sin acabarse de cerrar. Por casualidades de la vida, esas historias desventuradas terminan cruzándose. Ellas buscan una reparación que por métodos legales no encuentran, por tanto eligen el camino de la transgresión, el cual les permite vengarse de sus agresores. Aunque a veces si pueden cicatrizar las heridas interminables que dan sentido a un final insospechado.
Creo que por detrás de esta obra de relatos entrelazados, hay una importante planificación -como en sus anteriores trabajos, si bien en esta se aprecia más, o esa es mi percepción-, lo que le da a la obra una credibilidad, solidez y unidad incuestionables. También, me parece a mí, un recurso acertado dar inicio a cada capítulo con la entradilla relativa a una película, serie o documental, a fin de introducir al lector en lo que va a contar a renglón seguido.
¿Por qué hay que leer estas heridas que no cicatrizan? Por una sencilla razón, o dos, o tres: la novela es muy buena, y va a atrapar al lector de principio a fin. Además, da gusto leerla al manejar un lenguaje evocador, siempre rematado con las palabras precisas. Y también porque Ana María Campelo es a día de hoy una de las mejores escritoras de novela negra, y sin duda la primera en el manejo del suspense de nuestra comarca. Por esta y otras muchas razones no hay que pasar de largo de Heridas que no cicatrizan.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
¡Feliz Navidad!
De nuevo un año más huye presuroso a engrosar los anales de la historia. Como otros en nuestras vidas ha pasado sin apenas darnos cuenta, sin que una vez más se hayan cumplido en gran medida las expectativas depositadas cuando comíamos las uvas el último día del año anterior. A casi todos nos quedará un sabor agridulce por algo sin concretar, o por la enfermedad cruel, y un vacío extraño, incomprensible también, por la partida de alguien al que queríamos de verdad -en mi caso es así por el fallecimiento hace pocas horas de Hernán Alonso, a quien dedico este cuento de Navidad-. A todos os deseo de corazón lo mejor durante estas fiestas tan entrañables, y por descontado, que se cumplan en mayor grado las expectativas depositadas para el 2026.
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Ana (Mis charlas con Fermín)
A Ana la vi por primera y última vez en el jardín. Tenía dos años, tres a lo sumo. Su manita agarraba con seguridad la de su padre; si bien, al distraerse con un pajarillo o el chorrito de la fuente en el Jardín, se desasía con premura para atender a la novedad. Era rubia y de ojos claros -los de Marisol-, y hablaba como si fuera algo más mayor.
Por entonces vivían en Madrid, donde Fermín estaba a punto de finiquitar sus estudios de Ingeniera, compaginándolos con su trabajo por las tardes en un prestigioso estudio profesional sito en la Calle de Segovia. Había dejado de servir copas, aunque seguía sin poder ocuparse de la hija lo necesario. Al tiempo, Marisol trabajaba como secretaria en un centro contable, habiendo dejado para siempre el rodar de casa en casa como asistenta.
- Fue ahí donde intimó más de la cuenta con Ricardo, uno de los contables -Fermín no puede evitar la gesticulación, como queriendo decir: que se le va a hacer-. Nos separamos pocos meses después de aquel viaje veraniego a Villafranca. Luego vino el divorcio, aunque para entonces, Ana ya no quería estar conmigo. Lo intenté por todos los medios cada fin de semana que me tocaba tenerla en mi casa. Al cumplir los seis años renuncié a los fines de semana pactados al divorciarnos. Cada sábado y domingo se convertían en un desencuentro total. Ella apenas me hablaba y yo no sabía muy bien cómo encauzar la ruptura con mi hija.
Al dar el último sorbo al café, de su cartera extrae la foto de una joven preciosa, delgada y alta.
- Es mi hija antes de la enfermedad. No te voy a engañar: tú mismo puedes verlo si te digo que es la viva estampa de Marisol, un poco menos rubia que ella, más flaca, pero mejorando el original. Aún conserva el tipazo a pesar del cáncer.
- Pero esta foto está hecha en Villafranca. No sabía que hubiera viajado allá desde que era una cría.
- Y más de una vez. Creo que es el único nexo que nos quedó tras la ruptura. Siempre le ha gustado Villafranca, y a la mínima ocasión se va para allá. Por cierto: eres un capullo de marca mayor.
- ¿Por? ¿Lo dices por mi viaje a Villafranca del mes pasado?
- ¿A ti qué te parece?
- No quería ponerte los dientes largos. Además, con lo ocupado que estás mejor no decirte nada. Pero bueno, ya hablaremos después de la Villa, con más calma. Tú también te has hecho de rogar para contarme todo lo concerniente a tu hija.
Hay un momento de silencio, de vacilación. Sé que Fermín necesita tomar aire antes de hablarme de Ana. Mientras divisamos la silueta de las montañas de Mallorca recortadas en el horizonte, trata por todos los medios de disimular una punción repentina. Al fin habla.
- Se va a morir.
- ¿Estás seguro?
- El oncólogo que la atiende no me da muchas esperanzas. La operación fue más o menos bien, pero no evoluciona como debiera. La posibilidad de curación es de una entre cinco.
- No se puede tirar la toalla aunque las opciones sean pequeñas. ¿Ella lo sabe?
La terraza del bar está desierta a las cuatro de la tarde. El camarero se asoma de vez en cuando. Fermín le pide un chupito de hierbas dulces y yo lo mismo. Mi amigo lo necesita.
- No. Pero como si lo supiera, estoy seguro, aunque no quiera hacerse a la idea. Ya sufrió por lo mismo con la enfermedad y muerte de su madre. El mismo cáncer y pocos meses de vida.
- Estuviste con ella en Madrid.
Fermín traga saliva y de seguido un trago del "digestivo".
- ¡Claro! En el colegio donde da clases me indicaron dónde estaba ingresada. Cuando llamé a la puerta de la habitación y abrí, ella leía un libro sobre docencia o algo relacionado. Me conmoví al verla rodeada de aparatejos. Ella se me quedó mirando sin decir nada. Al aproximarme a su cama no sabía cómo actuar después de tantos años sin vernos. Cuando ya pensaba que me iba a mandar a paseo, ella me cogió las manos y me atrajo hacia sí. Me llamó por ni nombre para decirme que era la primera persona que venía a verla sin tener en cuenta a sus dos hijas: Marisol y Ester. Ni siquiera su ex, Alex, se había dignado a aparecer por allí; ni una triste llamada telefónica. Nos abrazamos, con la misma intensidad que cuando ella era una cría.
- Entonces os habéis reconciliado.
- Es un modo aséptico de decirlo. Creo que de no haber de por medio la enfermedad nada nos hubiera vuelto a unir. También la presencia diaria de mis nietas ha ayudado a esa reconciliación.
- ¿Y quién está al cuidado de tus nietas?
- Nadie. Viven independizadas. Marisol tiene veintitres años y Ester veinte.
- Vamos, que con cuarenta años ya eras abuelo.
- Nos hacemos mayores sin apenas darnos cuenta, amigo. Y algunos ni tienen la posibilidad de hacerlo porque se van cuando no les toca.
- No lo pienses. Tu hija tiene una papeleta muy difícil de superar, pero no por eso vais a tirar la toalla.
En otra de las salidas del camarero a la terraza, Fermín le indica la necesidad de otro chupito de hierbas dulces. Yo me abstengo. Parece que mi amigo se reanima con el "reconstituyente", a pesar de no ser un habitual del alcohol.
- Sin estar muy al tanto de su vida, creo que la separación de Alex le pasó factura. ¡Quién sabe! Tal vez a partir de entonces empezó a perder la salud. Ansiedades, ansiolíticos. Luego una depresión de caballo y ausencia prolongada del colegio donde aún trabaja. Todo eso no ayuda; y más con los antecedentes de su madre.
Al liquidar el segundo chupito, justo cuando nos incorporábamos de las sillas, animoso por el calorcillo etílico, lo soltó a bocajarro:
- ¿Sabes que me dijo el último día que fui a visitarla al hospital?
- Ni idea.
- Que cuando estuviera curada del todo le gustaría que viajáramos juntos a Villafranca, como cuando era una cría y aún vivía mamá. Y volver a transitar por las calles y callejuelas estrechas, por el jardín; subir al Malvís, hacer caminatas a Puente de Rey. Y que un buen momento para hacerlo sería el verano próximo.
Cuando nos despedimos, justo antes de abrir la portezuela de su vehículo para irse a Mahón, sentenció:
- Me da mucho miedo su deseo. Más que un deseo parece la sentencia definitiva. En una ocasión, ya divorciados, en un encuentro en Madrid, Marisol dijo algo parecido, que quería viajar pronto a Villafranca ya que el último verano no había sido posible por el trabajo intenso de Ricardo. Nunca más volvió a hacerlo: a los pocos meses le diagnosticaron el tumor y apenas un año después de aquel encuentro fallecía sin haber cumplido los cuarenta y dos.
jueves, 27 de noviembre de 2025
Physical Graffiti (la confirmación de Led Zeppelin como banda más grande del mundo)
En 1975, hace ahora cincuenta años, los británicos Led Zeppelin publicaban uno de los mejores álbumes del año, y de la década, por no decir de la historia del Rock. El único disco doble de estudio lanzado por los británicos, supuso su confirmación en aquel momento como la banda más grande del mundo, y el punto álgido de su carrera musical. Un hecho elocuente que así lo acredita, es que este sexto trabajo y los cinco que le precedieron, se posicionaron poco después en la lista de los mejores 200 álbumes al mismo tiempo, algo inédito hasta ese momento. Y es que temas como el hipnótico, adrenalínico y -acelerado en directo- Trampled under foot o el más calmado Down by the seaside, al estilo del medio tiempo utilizado por Neil Young en ocasiones, también con regusto a los Stones de la época, y que en poco recuerda al estilo zeppeliano, son dos claros ejemplos del eclecticismo del grupo, haciendo harto difícil delimitar el trabajo a un único estilo musical.
Lo que más sorprende, y es digno de admiración, es cómo a partir de algunos de los descartes de sus anteriores trabajos, junto a nuevas composiciones sin aparente relación, se pudo crear esta amalgama de estilos contrapuestos, para obtener como resultado final una obra granítica, explosiva y que te atrapa desde el comienzo. Porque, sin ir más lejos, The rover se grabó en 1972 con la idea de integrar Houses of the holy, o el tema homónimo de este mismo, descartado finalmente para el quinto álbum por su parecido sonoro y estilístico con Dancing days. O el propio Down by the seaside, que iba a integrar el Led Zeppelin IV, como también lo iba a hacer Night flight, un claro ejemplo de que un buen rock and roll te puede atrapar a partir de un ritmo sencillo, sin recurrir a virguerías postizas. O Black country woman, que se convirtió en un descarte más del álbum Houses of the holy, y sin embargo ocupó la cara B del single de lanzamiento de este doble álbum. O Boogie with stu, una joyita acústica y rocanrolera, con Ian Stewart, el teclista de los Stones, como quinto integrante puntual de los Zep. A añadir como particularidad del tema, la inclusión en los créditos de Mrs Valens, la madre de Ritchie Valens, pues su base rítmica y letra están tomadas del "Oh my head", canción del hijo ya fallecido. Y por supuesto Bron-Yr-Aur, una delicia a mayor gloria de la guitarra acústica de Jimmy Page, y que ya había sido grabada en 1970, siendo el tema más breve de toda su discografía.
En este doble disco hay magníficas canciones compuestas para la ocasión, como Custard pie, la primera del álbum y que sigue la tradición zeppeliana; pero no cabe la menor duda de que, precisamente las más extensas, son las que determinan la condición de obra maestra de este grafiti físico, o suerte de collage autorizado. In my time of dying, es un claro ejemplo de ello. Adaptación de una canción tradicional de Blind Willie Johnson que también había grabado Bob Dylan para su primer disco, adquiere con los británicos una dimensión única, gracias en parte a la guitarra slide de Page y a la contundencia de Bonzo con las baquetas. Kashmir es casi con toda seguridad el corte más singular y reconocido de PG, un majestuoso y épico viaje por la Cachemira idealizada, el Shangri-la para alcanzar la elevación espiritual. In the light es otro de los temas imperecederos. Jones, el principal compositor lo adorna con tintes orientales gracias en buena medida a toda la parafernalia de: bajo, mellotrones, pianos y órganos. Para Jimmy Page es la preferida del álbum. Ten years gone es el otro gran tema, con arreglos complicados y John Paul Jones lidiando con un artilugio de tres mástiles: mandolina y guitarras acústicas de seis y doce cuerdas.
Physical graffiti supuso el estreno de la banda en su propio sello discográfico, que un año antes había echado a andar con el primer trabajo de Bad Company. Al respecto de PG, el libro All time top 1000 albums, lo sitúa en el puesto 14 de los 50 mejores LPs de Heavy Metal. Por su parte, la Revista Rolling Stone lo calificó a finales de los años ochenta "el mejor álbum doble de la historia". Y la Revista Guitar lo incluye entre los 50 más influyentes en la historia de la guitarra en el Rock. En cuanto a la impactante e ingeniosa carátula del vinilo ya está dicho todo, incluyendo a sus sesenta y ocho personajes y al edificio de la Calle St. Marks en la Gran Manzan de Nueva York. Es tan buena y clásica como el contenido de algo más de ochenta minutos de música imperecedera.
"Abrumador. Los Led no podrían haber tenido mejor estreno en su propia compañía que estos dos discos. Toda la extensa gama de colores de su paleta está ahí encerrada: desde metálicos riffs a delicadezas acústicas, de aires orientales a ritmos funky, de complicadas piezas guitarreras a improvisadas jams en el estudio. Lo épico, lo lírico, lo erótico, lo romántico, lo relajado, lo espídico... No falta nada." Así escribía sobre este PG Gus Cabezas en el libro Led Zeppelin. Más no se puede decir, solo la conveniencia de escucharlo con atención y disfrutarlo como pura exquisitez que es, para los oídos.
martes, 11 de noviembre de 2025
Intemperie
En enero de 2014 escribía en este blog mi primera reseña sobre un libro. Releído hace bien poco, me confirma en aquella primera opinión, breve y entusiasta, sobre la mejor novela de Jesús Carrasco a día de hoy. Hasta cierto punto y con una miaja de imaginación, bien puede considerarse una metáfora de los tiempos presentes, donde al enemigo se le debe perseguir sin miramientos ni tregua alguna hasta destruirlo.
Admito que aún ahora, después de varias horas, estoy algo conmocionado, o mejor decir emocionado, tras acabar de leer este libro. La Novela es impagable desde muchos puntos de vista, pero ante todo porque huye de cualquier pauta comercial, incluida la de las artimañas de las que nos servimos quienes nos apañamos para atrapar al lector, las cuales se convierten a veces en la rémora perfecta para que la historia pierda autenticidad. Transita pues por un camino frugal, contenido y, tan áspero como cuanto se describe a lo largo de sus páginas: al fin y a la postre, el otro protagonista omnipresente de la historia es el terreno yermo y sus inmutables senderos.
La historia que se narra -un puñetazo en nuestras conciencias aburguesadas y acomodaticias- es intemporal, si bien se presiente la primera mitad del pasado siglo, en un espacio rural no muy alejado de la Castilla mesetaria. A través de un paisaje inhóspito donde el sol abrasador agrede a los propios lectores, un niño atormentado peregrina en busca de la ansiada libertad, dispuesto a todo con tal de dejar muy lejos el yugo que le está embruteciendo. Le persiguen algunos vecinos y muy en particular un alguacil desalmado, causante de su huida hacia el aprendizaje acelerado.
La Novela, rica en vocabulario y minuciosa, sin excederse en las vicisitudes por las que pasa un cabrero taciturno con el que compartirá viaje sin destino a través de la intemperie, se supone que entronca, salvando algunos matices, con el realismo descarnado de autores como Ramón J. Sender o Rafael Sánchez Ferlosio; si bien es con Miguel Delibes con quien sin duda comparte más similitudes, incluida la riqueza en el manejo de los vocablos y la facilidad para ambientar el mundo rural.
Francamente que merece la pena ser leída. Intemperie, de Jesús Carrasco, pacense de nacimiento y sevillano de adopción, puede parecer al comienzo una ficción anodina e insípida, ayudada en parte por la trama lineal, sin giros efectistas; no obstante, conforme avanza la narración, nos encontramos con personajes tan siniestros como el referido alguacil o el inquietante tullido, además de profundizarse en la dimensión moral del cabrero, el hombre bueno de esta historia.
Elegido como libro del año por los libreros madrileños, este se puede leer en un par de sentadas, siendo un auténtico goce.
lunes, 13 de octubre de 2025
Chubasquero rojo y negro en el podcast de la Cadena Ser
Hace ya unos cuantos años escribía este microrrelato inédito, siendo mi hija aún pequeña. La ocurrencia o chispa se produjo tras una torrencial tormenta, frecuente en estos meses de otoño en Menorca. Si bien el desenlace no es veraz, sí guarda cierta similitud con lo acontecido, pues a punto estuve de perder de vista a Cristina al ser engullida literalmente por un grupo de turistas desorientados. Ahora la historia cobra vida en La Isla de los oyentes, el podcast de la Cadena Ser donde lo podéis escuchar.
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Relatos de Julio Mauriz en audio. Podcast
jueves, 2 de octubre de 2025
Las excursiones de otro tiempo (mis charlas con Fermín)
Después de tres meses largos sin vernos, me costó reaccionar, pensando que se trataba de un turista quien se aproximaba a mí para preguntar algo. Tan moreno y sin barba, Fermín me parecía otra persona dispuesta a tomar asiento en una de las sillas vacías de la terraza, en cuanto hubiera escuchado mi respuesta. Le acompañaba una mujer con andar pausado que a mí me pareció una respetable señora inglesa. Era su madre, a la cual hacía muchos años que no veía, y por tanto me resultaba harto difícil identificar. Nos saludamos con efusividad, como si hiciera una eternidad de nuestro último encuentro. Luego hice lo propio con Eulalia, pero con más comedimiento.
- Pensé que eras un guiri.
- Tú tan despistado como siempre.
- A mi edad ya no tengo remedio. De todos modos, con el cambio que has dado no es para menos. Sin barba, con el pelo cortado al uno y el bronceado, pareces un mulato. Te han sentado de cine las vacaciones del mes largo.
- Si tú lo dices... Tendrás que hablar alto, porque mi madre está algo sorda.
Mientras intento afinar la garganta para enfatizar las palabras, sin excederme para no llamar la atención del resto de parroquianos, mi amigo explica con todo lujo de detalles los viajes y estancias por el interior de la Península.
- Repetí idéntico itinerario al que seguimos tú y yo hace casi el medio siglo en aquella excursión con nuestros compañeros de los Paúles, allá por los meses de abril o mayo, aunque sin seguir el orden.
Trato de recordar aquel peregrinaje devoto por tierras castellanas. Un viaje que a punto estuve de no emprender.
- Mi madre se oponía al viaje de fin de curso alegando un gasto extra inneceario. Y más teniendo en cuenta que, aun a pesar de que aprobaría todas las asignaturas sin dificultad, las notas no eran como para tirar cohetes: seises, cincos y un siete como mucho.
Eulalia me mira ahora con atención, al tiempo de dejar de beber a sorbitos un cortado descafeinado.
- Menos mal que entré en escena aprovechando una de mis visitas a Villafranca para ver a este -señala a su hijo-. Era y soy convincente. Tampoco hacía tanto de nuestro viaje a León para vuestro examen de solfeo. Fue en aquella tienda de la zona comercial donde persuadí a Petra para que te comprara el microscopio. Cuando Fermín me dijo por teléfono de la negativa de tu madre no lo pensé más y anticipé el viaje a Villafranca. Ni corta ni perezosa me presenté en vuestra casa. A tu madre le sorprendió la visita, y más aún cuando el propósito, además de saludarla, era que accediera a dejarte ir. Al final lo conseguí.
Yo no recuerdo con nitidez el episodio, si bien me suena. Lo que me descoloca es que Eulalia se presentara en el Campairo con la firme resolución de ablandar a mi madre, ¡y en nuestra propia casa!
- En realidad fui yo quien persuadió a mi madre para que fuera a ver a la tuya -lo dice bajito para no ser descubierto por su madre-. De todos modos, agua pasada no mueve molinos. A lo que iba -vuelve a elevar la voz para ser escuchado por Eulalia-: el viaje lo inicié en Ávila, visitando lo más típico de allá, como las murallas, la catedral, o el convento de Santa Teresa de Jesús. A diferencia de hace tantos años, cuando pernoctamos en el convento de los Paúles en la ciudad, hoy dedicado a otros menesteres, me alojé en un hotel céntrico, a dos pasos del casco histórico. A todo esto, ¿tú te acuerdas de lo que le ocurrió a Mayo en Ávila? ¿Te acuerdas de él?
- ¡Cómo no iba a acordarme de él, si nos sentábamos juntos al pupitre! Lo que no recuerdo es lo que le sucedió.
- Que se quedó haciendo fotos mientras el resto de compañeros nos íbamos alejando. En esto que posa la cámara en el suelo para quitarse el jersey y atárselo a la cintura por el calor, y cuando se percata, ya a una distancia considerable, de que nos vamos alejando, echa a correr para no perdernos de vista, olvidándose por completo de la cámara. Total, que debimos retroceder unos dos kilómetros, más o menos quince o veinte minutos de caminata, cuando Mayo se dio cuenta del extravío. Menos mal que nadie se la había llevado.
- Pues ahora que lo dices, algo me suena.
Fermín me muestra el móvil con las imágenes de los rincones más turísticos de la ciudad abulense. A continuación, de la riñonera que siempre lo acompaña, extrae un puñado de fotos con querencia al color sepia. Las del celular y las de cartón son casi iguales, salvo en el color sepia.
- He sacado las fotos desde los mismos lugares o próximos a aquellas de 1978 para apreciar las diferencias,y apenas las hay. Luego viajé a Alba de Tormes, rescatando los itinerarios de entonces, que en buena medida suponía volver a seguir los pasos de la Santa. Entonces, jóvenes como éramos, nos quedamos pasmados viendo el brazo incorrupto y el corazón de Santa Teresa. Cuarenta y siete años después he tenido la dicha de contemplar la momia, con un estado de conservación sorprendente, al estar expuesta desde unos meses antes.
- A ti siempre te han fascinado los cuerpos incorruptos y todo lo relacionado con lo incomprensible.
- No lo voy a negar: tengo la mala costumbre de ser creyente a mi manera. A lo que iba: desde Alba de Tormes partí hacia la preciosa Salamanca. Allí, como un despistado turista, me puse a buscar la célebre rana de la fachada plateresca de su Universidad, sin dar con ella si no es por Ana, mucho más avispada para dar con el objeto más minúsculo dentro de un laberinto. Sí, sí; muy bonita y tolo lo que quieras, ahora bien, como su Plaza Mayor no hay nada. ¿Te acuerdas de aquella noche que la visitamos?
- Tengo una remota idea. Lo que sí recuerdo con nitidez es el ambiente estudiantil del recinto y sus alrededores de noche, cuando yo pensaba que los únicos visitantes íbamos a ser nosotros. Esa es una imagen que no se me va de la cabeza.
- Luego de abandonar la ciudad estudiantil, Ana y yo viajamos a Tordesillas, y de allí nos fuimos a Madrid. Como entonces, esta fue la última parada del itinerario por la Vieja y Nueva Castilla.
- ¿No te acercaste hasta Segovia?
- Como hace casi medio siglo, no viajé hasta allá. Ya te dije que seguí sin cambios el itinerario de entonces.
- Y en Madrid irías a visitar el Museo del Prado, y a caminar por la Gran Vía, Alcalá y Puerta del Sol.
- Pues no. Me limité a visitar los mismos lugares de aquella vez, como El Escorial y El Valle de los Caídos.
- ¿También fuieste a ver El Valle? Pues yo desde entonces no he vuelto por allí. Al Escorial sí, faltaría más.
- Tú sigues yendo un poco por donde soplan los vientos.
- No te pillo.
- Cuando visitamos la cruz nos quedamos anonadados mirando desde la base hacia arriba, sin asimililar muy bien los 150 metros de su alzada. Fue entonces cuando nos comprometimos a hacer una réplica, ¿o no te acuerdas?
- ¡Cómo no me voy a acordar? Tú diseñaste en un plano el proyecto, a escala de 1 x 100. El mayor contratiempo o duda fue la de ensamblar los brazos como una sola pieza, o bien por separado cada uno de ellos, uniéndolos a la pilastra central que debía de alcanzar la altura de metro y medio. La base -sobre la que se alzaría la maqueta a base exclusivamente de mondadientes planos- era una tabla plana y cuadrada de 50 x 50 cm. que José Manuel Pereira me regaló para la empresa. Por desgracia la empresa se quedó en un proyecto, porque jamás llegó a superar los cinco centímetros de alzada.
- ¿Y volverías a hacerlo?
- Ahora ya no. Aquello fue un arrebato de la adolescencia. Y menos con la polémica presente de qué hacer con el Valle de los Caídos.
- Algunos abogan por tirarlo todo abajo, al tratarse de una obra faraónica que solo pretendía mostrar la apoteosis del triunfo sobre la maldad y el ateísmo de los derrotados. ¿Tú qué opinas?
- Es difícil de contestar sí o no si solo nos quedamos con el significado que se le quería dar en aquel momento por parte del Regimen.
- ¿Qué te parecería si yo propusiera derribar las pirámides de Egipto, o la Gran Muralla China?
- Una insensatez.
- Pues todas estas grandiosas edificaciones han sido concluidas en su mayor parte con el esfuerzo y a veces la vida de seres humanos, en la mayor de las ocasiones, por no decir siempre, de esclavos, o mano de obra barata. En el caso concreto de Cuelgamuros, la magna obra se llevó a cabo gracias sobre todo a los presos republicanos que, a cambio de una reducción de condena, aceptaron trabajar por el sustento diario -mejor que la alimentación recibida en las cárceles-, además de poder dormir en barracones próximos a la construcción; mientras el jornal que las empresas privadas pagaban por contar con los perdedores de la Guerra se lo quedaba el Estado prácticamente en su totalidad, como custodio y tutor de los reclusos.
- Esto que dices es público y notorio. No obstante, es mal negocio mezclar política con religión. Jamás ha salido bien cuando una ha utilizado a la otra, o viceversa. Como dijo Jesucristo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". No tienes más que ver la nefasta ortodoxia llevada al paroxismo por parte del gobierno israelí en Gaza. Eso solo puede acabar mal. Y con el odio a flor de piel larvándose para los años venideros.
- Los que gobiernan Israel se han quedado atascados en el Antiguo Testamento: "Ojo por ojo y diente por diente". Jesucristo por el contrario, si debía saludar a alguien, pronunciaba la frase, "La paz sea contigo". La orden dirigida a Pedro conminándole a envainar la espada al ser apresado en Getsemaní: "Quien a hierro mata, a hierro muere" esta cargada de un profundo significado al respecto.
- "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
- ¿Por qué no dejáis de hablar de política? La mitad de las cosas no las escucho y la otra mitad me la refanfinfla.
- Pero mamá: si no hablamos de política.
Eulalia no se cree al hijo y mueve la cabeza con persistencia, negando, pero sin decir nada más.
- Al final, quiero decir en Madrid, las dos noches que pasamos allí -tú te fuieste con Pablo Marote a dormir a la casa de sus padres-, el resto de compañeros pernoctamos en un hotelito de Móstoles.
- ¡Vaya memoria! No recordaba lo del hotel en Móstoles. De lo otro sí. Pablo y yo nos fuimos a dormir a casa de sus padres en la Calle Madera, próxima a Puerta del Sol. Él pidió permiso por los dos al Padre Lorenzo, y nos lo concedió.
Cuando la tertulia languidece, se me ocurre preguntarle por la hija. Antes de abandonar Menorca me había anticipado la intención de visitarla, aunque se pusiera como un basilisco.
- Ya te contaré para el próximo encuentro -baja la voz para no ser escuchado por Eulalia.
Ya en casa pensé en el sentido de la primera foto, que no guardaba relación alguna con el resto de instantáneas turísticas (las antiguas y las recientes). Como no caía, y al enseñármela tampoco le pregunté, la curiosidad me obligó a telefonearle. Enseguida escuché su voz a través del móvil con la explicación, tan surrealista como peregrina:
- En una de nuestras excursiones, monte arriba, nos pusimos de acuerdo en ultimar el lugar más adecuado para colocar la bomba, aquel proyecto disparatado e inviable que planeábamos encerrándonos en la sacristía de San Francisco; pero antes de ejecutarlo, debíamos visitar las ciudades de aquel itinerario por tierras castellanas, y al regreso elegir la más adecuada para detonarla. Ya ves: cosas de chavales con la mente calenturienta.
miércoles, 6 de agosto de 2025
Mi relato, Cosas de la vida, en el podcast de la Cadena Ser
En abril de 1996 escribía esta historia, una historia que salió publicada ocho años más tarde integrando mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. ¿Es posible el cambio radical de una persona antes amable, servicial y brillante, en otra adusta, desaliñada y taciturna? Pues por ahí van los tiros. Ahora, y con la inestimable implicación de Luis Soler, estas Cosas de la vida en audio, se pueden escuchar en el Podcast de la Cadena Ser "La Isla de los Oyentes".
lunes, 28 de julio de 2025
Personajes de allá (3)
Antes que una auténtica celebridad en cualquier barrio o casa de la Villa, o ser el paradigma de una laboriosidad humilde y tranquila en medio del ralentizado vigor de Villafranca, J. era un ser excepcional, querido y respetado por todos los vecinos. Hijo único, humilde de por vida, con cabaña como guarida en sus primeros años de vida. De talla escueta, rostro peculiar de color ceniza, como para una película de Buñuel (según describía Antonio Pereira), o de Fellini, y el pelo lacio, peinado hacia atrás a lo Piru Gainza, hizo de su ocupación en variedad de oficios y quehaceres, algo consustancial a su modo de entender la vida; y hoy, de vivir, si se declarara inconstitucional el retiro, sería el ejemplo de hombre dispuesto a morir con las botas puestas sin la mínima objeción.
Y es que no le faltaban agallas ni presencia de ánimo para ser algo así como el pluriempleado más divergente por necesidad dineraria, pero también por un apremio de índole espiritual, o eso me parece a mí. Socorrido por pantalón de siempre, tirando a gris, un jersey de lana sufrida para el invierno -nada de impermeables, mucho menos un sobretodo-, su inconmovible jovialidad, y esa costumbre de pegar la hebra por pura necesidad de sentirse vivo, hacía de la calle y sus moradores (de cualquier apellido y condición) una especie de albergue indispensable. O quizás fuera a la inversa y éramos sus paisanos quienes sentíamos la irreprimible necesidad de charlar con él para volver a sentirnos vivos, como los verdaderos seres humanos.
No estoy seguro del todo, pero creo que mi primer recuerdo de P. -también se le conocía por el apelativo- no es del todo agradable. Ahora mismo, chiquillo de 4 ó 5 años en fiesta patronal, al lado mismo de la ferretería pasado el puente, lo veo aparecer por debajo de las faldas del gigantón con una sonrisa de miedo perlada por el sudor del esfuerzo, y yo llorando a moco tendido, porque además del susto por el cuerpón y cabezudo de Sancho, que no paraba de correr tras los más menudos, debía mirar de más cerca a ese hombre de faz imposible emergiendo de las entrañas del barrigudo. Luego, con el hábito de los años, el roce frecuente y sus idas o venidas con los cilindros naranja al hombro para hacer más fácil el cocinar o calentar a los villafranquinos, el resquemor fue mudando en un aprecio y respeto hacia él.
Aunque por encima de otros apegos, J. fue, es y será el guardián de La Colegiata. Cuando una madrugada de Reyes Dios se acordó de él sin llegar a los 70, los feligreses y descreídos ya lo tenían en un altar; y acaso, de haber tenido padrinos encumbrados que hubieran publicitado su celo y amor inquebrantable hacia los negocios divinos, cuando menos hubiera tenido un merecido homenaje.
Claro que él jamás dio la mayor importancia a ser de facto el pulsor del corazón de la Villa a través de badajos, bronces y cuerdas. Con sus manos callosas erizadas de venas, pulsaba los martillazos cada cuarto antes de la misa diaria: 30 en el primer aviso, 25 al segundo y 20 en el último. De inmediato la celebración, y ahí estaba él socorriendo al párroco: tocando la campanilla, quemando el incienso en las grandes ocasiones, llenando el acetre de agua para el hisopo, o disponiendo los Santos Evangelios sobre el atril. En ocasiones subía al campanario para acompasar los toques lentos y tristes que se iban acelerando para advertir de la pérdida irreparable de algún vecino, o para dirigir el toque solemne de las grandes festividades.
De tanto en tanto, J. exploraba otros esparcimientos, como ser portador de andas en Semana Santa, de la cruz mortuoria en sepelios de hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, o trencilla. Recuerdo ahora un partido en La Ruquela que jugaban el Sparta y Corullón. El encargado de arbitrarlo era él. Mediado el primer tiempo, la parroquia local consideró un error garrafal la no apreciación de un penalty y se armó la marimorena, con insultos y gestos amenazadores que J. no estaba dispuesto a soportar. Así que en medio del partido se marchó con la intención de no volver. Al final lo disuadieron y regresó al cesped para dirigir a los contendientes hasta el final. Ya no hubo más trifulcas ni improperios.
Por supuesto, cada 27 de enero, se reservaba el papel casi estelar de las fiestas de Santo Tirso. Apremiado por los vecinos y visitantes, auxiliado de una vara larga con hojas de periódico empapadas de gasolina, P. (nunca era más mentado por P. que en tal fecha, tal vez porque el alias encajaba mejor con la casa del petróleo) prendía fuego a la gran hoguera, dando así el pistoletazo de salida a los festejos.
Una mañana de hace los casi cuatro decenios apareció muerto. Quizá los Reyes Magos lo premiaron precipitadamente con la gloria eterna, rebajándolo del servicio eucarístico, a fin de que a partir de ese día oficiara de sacristán en la otra vida. Lo que jamás se me ha olvidado es la impresión de verlo de cuerpo presente en aquella humilde morada. En ese momento me di cuenta de que un pedazo enorme de Villafranca y de sus habitantes se nos moría con él.
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