El joven que soñaba con ser El Cid Campeador. Novela negra (463 pag.)
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Como cada sobremesa, Feli atiende a las noticias de las tres en la televisión, a veces sin fijar la mirada en la pantalla al sumergirse en un duermevela. Al acabar de comer, salvo los días, bastantes por cierto, en los que la faena le obliga a hacerlo fuera de casa, mantiene ese hábito del sopor intencionado adquirido hace años.
Aún con el sabor dulzón del tiramisú en la lengua, de pronto, sin sospecharlo, con sordina al principio, escucha el comunicado, un comunicado aparentemente inocuo para su futuro profesional; siendo, no obstante, el punto de partida para ser arrastrado por la fuerza del destino al borde mismo del despeñadero, aunque eso no ocurrirá hasta semanas más tarde, conforme se sucedan los acontecimientos.
Un Lexus SC430, negro, deportivo, de campanillas. La A-3 en sentido Valencia. Vuelco. Colisión posterior. Nada de particular, piensa con los ojos entornados. Un accidente más. Un conductor, como otros muchos, empotra el vehículo contra la mediana después de volcar, salvando la vida de milagro, gracias a la fiabilidad de la marca japonesa.
Pero el conductor no es un anónimo ciudadano jugándose el pellejo sobre un artefacto capaz de alcanzar su velocidad punta en pocos segundos. Se trata, dice la presentadora del telediario, de Gregorio Barral. Al escuchar el nombre abre los ojos anegados de incredulidad. Entonces presiona la tecla del volumen en el mando a distancia, mientras sus pupilas se dilatan para no perder detalle de las imágenes.
Tiene un momento de duda. Acaso no ha escuchado bien, y esa suerte de modorra le haya jugado una mala pasada. Sin embargo, la joven periodista repite el nombre de Gregorio Barral, empresario de éxito en el sector de la seguridad, uno de los españoles más rico. Un self-made, el hombre exitoso que empezó a forjar su imperio económico a partir de la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado.
Sin duda se trata de él, su antiguo jefe cuando aún trabajaba como uno más de los vigilantes de seguridad en la empresa, ahora convertida en una de las dos o tres más sólidas y cualificadas del sector.
La pantalla de cincuenta y cinco pulgadas muestra el estado calamitoso del vehículo siniestrado. El periodista que se ha trasladado al lugar de los hechos asegura que los agentes y bomberos personados a la altura del km 18 no se explican cómo el empresario de sesenta y dos años, único implicado en el accidente, puede haber sobrevivido a varias vueltas de campana antes de estampar el coche contra el guardarraíl de acero. A renglón seguido, el informativo da paso a una colega de profesión que hace guardia a las puertas del hospital Gregorio Marañón. La joven advierte del estado de salud del empresario, alentador a todas luces teniendo en cuenta la aparatosidad del accidente. En ese preciso momento está siendo intervenido de una de sus piernas, sin especificar cuál, además de operar sobre lesiones internas del aparato digestivo. El dictamen preliminar, sin informes oficiales hasta que concluya la intervención quirúrgica -piensa el detective- se puede considerar precario, a pesar de una primera valoración optimista, sin descartar quebrantos más graves aún ocultos a los cirujanos.
Sacudido por el impacto, del paquete de habanos que reclama su atención desde la mesa baja, extrae uno de los pitillos y le prende fuego, dando una calada profunda, exhalada después de retener el humo durante dos segundos eternos, como si con el empeño de castigar los pulmones buscara espacio más propicio para la reflexión. En un acto reflejo se retrepa sobre la butaca orejera para facilitar la maniobra de acercamiento al vaso a medio llenar de whisky Lagavulin de 16 años, vaciándolo de un trago. Busca la tecla de silencio del mando a distancia y desconecta por completo de cuanto vayan a decir en adelante los profesionales de la información, aunque siga mirando la pantalla sin ver nada, abstraído en pensamientos ajenos, inmerso en una deliberación de calado, en la mejor manera de proceder.
Han pasado algunos años del distanciamiento, si no de manera fehaciente sí disimulada. No se relacionan, más allá del saludo escueto y de compromiso cuando ambos coinciden en la calle; si bien, desde el último verano, agosto, no recuerda ningún encuentro fortuito, algo por otra parte justificable teniendo en cuenta su traslado al piso de soltero en la calle de Pío Baroja, en pleno distrito de Retiro. Por su parte, el propietario de BARRALSA SEGURIDAD sigue viviendo en Arganzuela, colindando con Usera; y con toda seguridad continuará en el mismo domicilio el resto de su vida, a tenor de las dimensiones y confort de su enorme vivienda.
Ahora, sin pretenderlo, Feli tropieza en la trampa de la añoranza, ya que, no demasiado lejos de la mansión del empresario, Clara y él han convivido veinte años en una vivienda sita en la calle Marcelo Usera. Ahora el piso es ocupado en exclusiva por su esposa, en trámites de divorcio...
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