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jueves, 5 de febrero de 2026

Personajes de allá (10)

 
Cuando me viene al recuerdo C. no dejo de imaginarlo rodeado de gentes jóvenes y mayores, aunque casi siempre jóvenes, como él, o incluso más. Tenía esa virtud de saberse rodear de los que aún no teníamos canas.


  Él vino un día destinado a Villafranca por el trabajo, intuyo, o se destinó así mismo. Su nombre real a saber: tal vez Paco, pero ¿por qué no Rogelio? En realidad muy pocos sabían su nombre de pila y sí el alias, haciendo honor a su terruño gallego.


  El primer recuerdo que tengo de él es el de un joven rubio y achaparrado, con el pelo liso y escaso, unos pantalones holgados de pana, y una cazadora del color líquido de las filloas antes de echarlo a la sartén. También es el último recuerdo suyo que conservo en la memoria. No era para nada presumido ni tampoco necesitaba serlo para atraer a la gente.


  Su encanto radicaba en la campechanía, en el trato llano hacia los demás, en su habilidad innata para contar chistes, en algunas ocasiones infumables, aunque por lo general tenían su gracia, por aquello de cómo los contaba. Aún me acuerdo de aquel un tanto irreverente de "...Y nos querían envenenar".


  C. ocupaba su tiempo diario entre el trabajo -un trabajo casi erradicado a día de hoy por los tiempos vertiginosos que nos toca vivir- y charlar con todos, ya que no se callaba ni debajo del agua. Su centro de operaciones para encandilar a los villafranquinos era la Plaza, y muy concretamente el bar Sevilla. Él era uno de los protagonistas cuando por la tele retransmitían a su Real Madrid. Eran los tiempos gloriosos de la "Quinta del Buitre", aquella que arrasaba en la liga española con un fútbol de muchos quilates y la consecución de cinco ligas consecutivas. Butragueño era su debilidad, con permiso de Hugo Sánchez. Al finalizar el partido, casi siempre con la victoria merengue, y a veces con goleada incluida, C. tenía tema de conversación para prolongar la velada vespertina durante un par de horas más.


  También se dejaba ver por las desaparecidas bodegas de la calle del Agua, no siempre. Si se terciaba, porque el ambiente se iba caldeando con la ayuda de los vinos premiosos, C. se aventuraba a tocar la armónica, si bien el acontecimiento musical se daba muy de tarde en tarde. Sentado sobre bancos o banquetas rústicas prefería pegar la hebra con quien se terciase. <<Que si el tiempo metido en lluvia, si la cosecha de vino, si el último gol de Futre era fuera de juego, o si iría mucha gente a Oviedo para protestar por la barbaridad que pretendían hacer los de la Confederación con el río Burbio.>> Hablaba de todo, menos de su desempeño como hacedor del milagro de las palabras, a veces muchas, otras contadas con los dedos de las manos, volando cientos de kilómetros a través de postes y cables adelgazados.


  Cuando ya era todo un personaje en la Villa, habiéndose hecho acreedor a un hueco de popularidad entre los elegidos de la Plaza, entre quienes podían considerarse, no dueños, pero sí señores de todo su recinto, un aciago día, como un relámpago inesperado, nos llegó la noticia de que C. había sufrido un accidente laboral que le había costado la vida. 


  Las semanas que siguieron al deceso, la Plaza, su centro de operaciones, y muy en concreto el bar Sevilla, se sumergieron en una aparente tristeza, como de sepelio perseverante, acrecentado el fenómeno cuando por la tele retransmitían un partido del Real Madrid, y sus fieles seguidores, las amistades que C. se había grangeado con su simpatía y don de gentes, miraban a la butaca donde él se sentaba, y esta permanecía vacía, o bien era ocupada por un desconocido, un desorientado futbolero de andar por casa.


  Han pasado ya unos cuantos años desde que C. nos dejara cuando aún no le tocaba irse, y a pesar de ello, de ese aparente olvido que conlleva el transcurrir del tiempo, yo sigo viéndolo de pie, al inicio de la barra del Sevilla hablando con el camarero, o caminando a pasos cortos por el firme de otra Plaza distinta, con doble sentido para los vehículos y una fuente fuera de servicio haciendo ángulo entre los muros en su confluencia en la parte más alta, observada a cada momento por los taxistas expectantes. 


                                                           

lunes, 28 de julio de 2025

Personajes de allá (3)

 

 

Antes que una auténtica celebridad en cualquier barrio o casa de la Villa, o ser el paradigma de una laboriosidad humilde y tranquila en medio del ralentizado vigor de Villafranca, J. era un ser excepcional, querido y respetado por todos los vecinos. Hijo único, humilde de por vida, con cabaña como guarida en sus primeros años de vida. De talla escueta, rostro peculiar de color ceniza, como para una película de Buñuel (según describía Antonio Pereira), o de Fellini, y el pelo lacio, peinado hacia atrás a lo Piru Gainza, hizo de su ocupación en variedad de oficios y quehaceres, algo consustancial a su modo de entender la vida; y hoy, de vivir, si se declarara inconstitucional el retiro, sería el ejemplo de hombre dispuesto a morir con las botas puestas sin la mínima objeción.


  Y es que no le faltaban agallas ni presencia de ánimo para ser algo así como el pluriempleado más divergente por necesidad dineraria, pero también por un apremio de índole espiritual, o eso me parece a mí. Socorrido por pantalón de siempre, tirando a gris, un jersey de lana sufrida para el invierno -nada de impermeables, mucho menos un sobretodo-, su inconmovible jovialidad, y esa costumbre de pegar la hebra por pura necesidad de sentirse vivo, hacía de la calle y sus moradores (de cualquier apellido y condición) una especie de albergue indispensable. O quizás fuera a la inversa y éramos sus paisanos quienes sentíamos la irreprimible necesidad de charlar con él para volver a sentirnos vivos, como los verdaderos seres humanos.


  No estoy seguro del todo, pero creo que mi primer recuerdo de P. -también se le conocía por el apelativo- no es del todo agradable. Ahora mismo, chiquillo de 4 ó 5 años en fiesta patronal, al lado mismo de la ferretería pasado el puente, lo veo aparecer por debajo de las faldas del gigantón con una sonrisa de miedo perlada por el sudor del esfuerzo, y yo llorando a moco tendido, porque además del susto por el cuerpón y cabezudo de Sancho, que no paraba de correr tras los más menudos, debía mirar de más cerca a ese hombre de faz imposible emergiendo de las entrañas del barrigudo. Luego, con el hábito de los años, el roce frecuente y sus idas o venidas con los cilindros naranja al hombro para hacer más fácil el cocinar o calentar a los villafranquinos, el resquemor fue mudando en un aprecio y respeto hacia él.


  Aunque por encima de otros apegos, J. fue, es y será el guardián de La Colegiata. Cuando una madrugada de Reyes Dios se acordó de él sin llegar a los 70, los feligreses y descreídos ya lo tenían en un altar; y acaso, de haber tenido padrinos encumbrados que hubieran publicitado su celo y amor inquebrantable hacia los negocios divinos, cuando menos hubiera tenido un merecido homenaje.


  Claro que él jamás dio la mayor importancia a ser de facto el pulsor del corazón de la Villa a través de badajos, bronces y cuerdas. Con sus manos callosas erizadas de venas, pulsaba los martillazos cada cuarto antes de la misa diaria: 30 en el primer aviso, 25 al segundo y 20 en el último. De inmediato la celebración, y ahí estaba él socorriendo al párroco: tocando la campanilla, quemando el incienso en las grandes ocasiones, llenando el acetre de agua para el hisopo, o disponiendo los Santos Evangelios sobre el atril. En ocasiones subía al campanario para acompasar los toques lentos y tristes que se iban acelerando para advertir de la pérdida irreparable de algún vecino, o para dirigir el toque solemne de las grandes festividades.


  De tanto en tanto, J. exploraba otros esparcimientos, como ser portador de andas en Semana Santa, de la cruz mortuoria en sepelios de hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, o trencilla. Recuerdo ahora un partido en La Ruquela que jugaban el Sparta y Corullón. El encargado de arbitrarlo era él. Mediado el primer tiempo, la parroquia local consideró un error garrafal la no apreciación de un penalty y se armó la marimorena, con insultos y gestos amenazadores que J. no estaba dispuesto a soportar. Así que en medio del partido se marchó con la intención de no volver. Al final lo disuadieron y regresó al cesped para dirigir a los contendientes hasta el final. Ya no hubo más trifulcas ni improperios.


  Por supuesto, cada 27 de enero, se reservaba el papel casi estelar de las fiestas de Santo Tirso. Apremiado por los vecinos y visitantes, auxiliado de una vara larga con hojas de periódico empapadas de gasolina, P. (nunca era más mentado por P. que en tal fecha, tal vez porque el alias encajaba mejor con la casa del petróleo) prendía fuego a la gran hoguera, dando así el pistoletazo de salida a los festejos.


  Una mañana de hace los casi cuatro decenios apareció muerto. Quizá los Reyes Magos lo premiaron precipitadamente con la gloria eterna, rebajándolo del servicio eucarístico, a fin de que a partir de ese día oficiara de sacristán en la otra vida. Lo que jamás se me ha olvidado es la impresión de verlo de cuerpo presente en aquella humilde morada. En ese momento me di cuenta de que un pedazo enorme de Villafranca y de sus habitantes se nos moría con él.



miércoles, 3 de abril de 2024

Personajes de allá (5)

 

A lo largo de su existencia J. fue uno de los guardianes, o mejor, depositarios de ese rinconcito en la Plaza, con aromas suculentos, huéspedes permanentes, idas y venidas a la tienda de ultramarinos de al lado, al bar del otro costado donde se ingeniaban nuevos bebedizos, o el estrecho espacio que servía de almacén a los bultos que venían en el coche de línea procedente de León. La casa donde vivía mi abuela -en la última planta- era toda ella una olla colosal desprendiendo el olor inconfundible de los callos, porque el patrón, sin desmerecer al resto de cocineros que también preparaban la casquería reina en la Villa, preparaba los mejores callos que uno haya degustado jamás.


  Pero J. no solo era un gurú de los callos y otros platos menos contundentes que preparaba en la fonda de su propiedad. A eso de la media tarde, antes de servir las cenas, ejercía como maestro de ceremonias en el juego de la brisca. Allí, en torno a la mesa separada de la cocina por un liviano tabique o mampara, no recuerdo bien, competían en ocasiones hasta cuatro parejas de contendientes que dirimían la honrilla o sabe Dios qué. Cuando su pareja cometía alguna imprudencia o se despistaba, J. se encendía como una dinamo al primer pedaleo y dejaba que su genio explosionara, digamos, de una manera controlada. Eso sí, él disfrutaba mucho más que con la victoria final, cuando tenía la fortuna de que su as de triunfo comía al tres del mismo palo, algo que el grupo denominaba piolla. Entonces gritaba como un feriante: ¡piolla!, ¡piolla!, mientras con el nudillo del dedo índice trataba de perforar el tapete, el hule y hasta la misma madera de la mesa. No es ningún secreto que mi madre era muchas veces participante activa en ese juego de las señas y las tres cartas.


  Como otros muchos villafranquinos, J. no faltaba nunca a la romería de agosto para festejar a la Virgen de Fombasallá. Me atrevería a decir que, al menos en sus últimos años de viudez, lo más separado que llegaba a estar de su casa era el día 15, cuando se aventuraba monte arriba para participar como uno más de la música, la comida, la alegría y la procesión, en compañía de otros vecinos y curiosos que no querían perderse la celebración. Y ¡cómo le gustaba acompañar en los tragos reparadores de la bota!, también en el manteo de algún novato que pisaba por vez primera la tierra prometida.


  Aunque si algo mantengo más fresco en mi cabeza de la  infancia, son aquellos coloquios interminables en las noches del estío, cobijados bajo esos soportales menos distinguidos que los de unos metros abajo. En esas veladas se podía hablar de lo divino y lo humano, del huésped X de la primera planta, o de la cosecha de cerezas y <<para cuando los tarros con el aguardiente>>. Claro que si J. se iba de la lengua maldiciendo al Dictador gobernante, los parroquianos le imploraban que callase la boca, no fuera a liar la madeja; pero si le insistían, él más se obstinaba haciéndose el valiente. Creo que de aquellas tertulias a la luz de la luna, entretejidas con las voces provenientes de las terrazas de los bares, es posible que parta en buena medida mi afán de contar historias.


  Un buen día J se fue, como se fueron otros miembros de aquel selecto grupo que lo acompañaba en el Rincón. La fonda cerró, los huéspedes desaparecieron, y ese rincón de la Plaza tan palpitante, tan querido para mí, se ha convertido hoy en un espacio muerto, en un lejanísimo recuerdo de otro tiempo, de cuando J. "gobernaba" aquel espacio mágico sin abandonar un solo momento su boina negra y eterna. 
































sábado, 6 de enero de 2024

Personajes de allá (8)

 

El recuerdo más remoto que guardo de R. es el de una mujer joven, desenvuelta, muy educada. Tampoco era algo insólito, lo de la urbanidad, teniendo en cuenta su quehacer diario. Casi siempre se acompañaba de un pequeño maletín negro donde guardaba el muestrario de los productos de Avon. En realidad reparé en ella al hacerme muy amigo de su hijo.


  Anteriormente, según contaban, había emigrado más allá del Manzanal recién estrenada la madurez, aunque yo, por entonces, no sabía cuándo había adquirido ese privilegio, supongo que al poco de superar la mayoría de edad. Allí se instaló, según algunos, en una casa del Barrio Húmedo, para cuidar de una anciana de posibles. Cuando la anciana pasó a mejor vida, y sin familiares cercanos, todos sus bienes los dejó a su cuidadora. Finalmente el peculio de la vieja se limitaba a una cuenta corriente con trescientas mil pesetas, de las de entonces, que no era moco de pavo; pero poco más, porque la casa era de alquiler, y las joyas hacía tiempo que las había vendido nada más enviudar.


  Al poco, sin trabajo, aunque con una cuenta corriente saneada, regresó a Villafranca, si bien de ello no supe nada hasta que corrieron los años. Supongo que cuando ella volvió yo ni siquiera estaba en este mundo; en realidad reparé en ella unos cuantos años después, cuando su hijo M.A. y yo nos conocimos estudiando E.G.B.


  Un día, paseando alrededor del jardín me dijo: ahí viene mi madre. Vestía con elegancia, siempre falda y zapatos de tacones altos. Yo le estreché la mano desocupada, la otra transportaba a su compañero inseparable. Nos dijo que acababa de hacer la turné -con esa palabra- por diferentes casas de la Villa, y que apenas le quedaban productos ahí -señalando al maletín suspendido de su mano izquierda-. Se la veía satisfecha por las ventas. Entonces, no sé, tal vez medió una invitación para merendar, acabé en su casa, pasado el puente sobre el Burbia, donde la pendiente se hace más pronunciada y mira de soslayo al Valcarce.


  Desde aquella tarde de otoño dando vueltas entre mirtos y negrillos, las visitas a su casa se hicieron más frecuentes. Allí supe de su padre, trabajador de Aceros Roldán, y de lo mucho que él quería a R., aunque en realidad yo no los llegué a ver juntos ni una sola vez. A ella sí, en su casa, y caminando por cualquier espacio, particularmente a lo largo de la Calle de Arén y de la Plaza, que era donde vivían la mayor parte de sus clientes más fieles.


  Le gustaba conversar con cualquiera. Se notaba que le encantaba su oficio como repartidora de la firma americana. En cuanto tenía oportunidad y si el tiempo no apremiaba, pegaba la hebra con cualquiera de las villafranquinas, incluidas aquellas que le hacían perder el tiempo vaciando el maletín para probar de todas las muestras y luego no compraban ni un triste lápiz de ojos.


  Quería y se hacía querer, contribuyendo activamente a retardar el ocaso comercial de la Villa, que allá por los primeros años setenta comenzaba a dar muestras de un tenue abatimiento, presagiando la atonía mayor que vendría lustros después.


  Una mañana como otra cualquiera, casi a mitad de curso, M.A. dejó por sorpresa la escuela. Ninguno de los maestros nos dijo nada sobre el asunto. Fue un compañero quien nos relató la verdadera razón de su ausencia. Una noche el marido le había propinado una zurra a su esposa. Al día siguiente, aprovechando su ausencia por haberse ido a trabajar, R y su hijo se fueron de Villafranca en un autobus de la Empresa Fernández. Ni mis compañeros ni yo entendimos muy bien cómo podía ser que alguien abandonara la casa por haberle zurrado un familiar, al fin y al cabo, quien más y quien menos recibíamos algún pescozón, bofetada o algo mucho peor por parte de nuestros enseñantes, y no por eso nos planteábamos una huida a la francesa.  Claro que eran otros tiempos y yo era muy joven para comprender.


  Ni R. ni mi amigo M.A. volvieron a Villafranca, que yo tenga constancia. Jamás los volví a ver. Pero en mi recuerdo se dibuja con nitidez aquel chaval que amenazaba con hacerse ingeniero de postín, y por supuesto, la estampa inconfundible de una mujer joven, desenvuelta y muy educada que se hacía acompañar de un maletín negro. ¿Qué habrá sido de ellos?

  

 









martes, 5 de diciembre de 2023

Personajes de allá (9)

 

Por entonces, pongamos como ejemplo 1970, había una farmacia de ubicación incierta, otra farmacia en su tramo final, una droguería, varias tiendas de ropa, sastrerías, un bar, uno o dos restaurantes, el estanco, la ferretería, la oficina de telégrafos, una pastelería, una tienda de pinturas, zapatería, mercería, y por supuesto una tienda inclasificable para aquel entonces, pero que hoy podríamos denominar de obsequios y/o juguetería. Naturalmente era la Calle del Doctor Arén, la calle más comercial de la Villa, hoy un poco menos. En la tienda, con el suelo por debajo del nivel del firme de la calle, un desnivel vencido gracias a la existencia de dos o tres escalones, se podían encontrar todo tipo de objetos susceptibles de ser envueltos para regalo. 

          

Y ahí estaba ella, E ¿o H? A una edad incierta para fijar la memoria, el único recuerdo perenne que tengo de ella es el de una mujer madura, de cierta edad, respetable e incapaz de perder la compostura: ni una sola vez recuerdo haberla vista con una sonrisa de oreja a oreja. Ella se desenvolvía con destreza y sabiendo qué artilugios vendía y cómo los tenía que vender. La profesionalidad de la señora estaba fuera de toda duda a tenor de las ventas constantes de objetos útiles, como de algunos indicados para disimular el desconchado de una pared, o para acompañar a los humildes agumanil y palangana en los hogares modestos. 


Más bien menuda, con los cabellos peinados cual una señora distinguida (nunca supe si era viuda), a mi madre la atendía con delicadeza y trato cercano, sin excesos. Y yo, acompañante mudo escuchaba con atención el diálogo entre ellas. Cuando la acompañaba era por interés propio, pues había la posibilidad de conseguir otro más de los cochecitos antiguos a escala que la señora guardaba en uno de los estantes protegidos por puertas correderas acristaladas que daban de frente  al mostrador. Y es que aquellas estanterías guardaban auténticas maravillas, o al menos lo eran para mí, chiquillo con pantalones cortes y muchos pájaros en la cabeza. 


La señora tenía esa costumbre tan universal y villafranquina de exponer en los escaparates lo más llamativo de su repertorio, de manera que cuando se aproximaba la Navidad, las idas y venidas a su tienda se volvían incontables; al fin y al cabo era ella quien tenía la exclusividad de proveer a los Magos de Oriente los juguetes más exclusivos solicitados por los peques, al menos así ocurría en la calle más comercial de la Villa. Mis padres no fueron una excepción, así que algunos de los regalos pedidos -previo escrito de una carta- en aquellos años los adquirieron en su tienda. 


Hoy, ya consumido más de medio siglo, aún guardo como reliquias aquellos cochecitos a escala con regusto a antiguo. Y cuando les echo un vistazo como de soslayo, aún veo caminar con mesura a E ¿o H?  para descorrer las puertas y alcanzar una de esas miniaturas con ruedas que durante la infancia me hizo disfrutar una barbaridad, como también creo que a muchos de los niños de aquel tiempo, y a sus madres, por supuesto.





miércoles, 30 de marzo de 2022

Personajes de allá (8)

El recuerdo más remoto que guardo de R. es el de una mujer joven, desenvuelta, muy educada. Tampoco era algo insólito, lo de la urbanidad, teniendo en cuenta su quehacer diario. Casi siempre se acompañaba de un pequeño maletín negro donde guardaba el muestrario de los productos de Avon. En realidad reparé en ella al hacerme muy amigo de su hijo.


  Anteriormente, según contaban, había emigrado más allá del Manzanal recién estrenada la madurez, aunque yo, por entonces, no sabía cuándo había adquirido ese privilegio, supongo que al poco de superar la mayoría de edad. Allí se instaló, según algunos, en una casa del Barrio Húmedo, para cuidar de una anciana de posibles. Cuando la anciana pasó a mejor vida, y sin familiares cercanos, todos sus bienes los dejó a su cuidadora. Finalmente el peculio de la vieja se limitaba a una cuenta corriente con trescientas mil pesetas, de las de entonces, que no era moco de pavo; pero poco más, porque la casa era de alquiler, y las joyas hacía tiempo que las había vendido nada más enviudar.


  Al poco, sin trabajo, aunque con una cuenta corriente saneada, regresó a Villafranca, si bien de ello no supe nada hasta que corrieron los años. Supongo que cuando ella volvió yo ni siquiera estaba en este mundo; en realidad reparé en ella unos cuantos años después, cuando su hijo M.A. y yo nos conocimos estudiando E.G.B.


  Un día, paseando alrededor del jardín me dijo: ahí viene mi madre. Vestía con elegancia, siempre falda y zapatos de tacones altos. Yo le estreché la mano desocupada, la otra transportaba a su compañero inseparable. Nos dijo que acababa de hacer la turné -con esa palabra- por diferentes casas de la Villa, y que apenas le quedaban productos ahí -señalando al maletín suspendido de su mano izquierda-. Se la veía satisfecha por las ventas. Entonces, no sé, tal vez medió una invitación para merendar, acabé en su casa, pasado el puente sobre el Burbia, donde la pendiente se hace más pronunciada y mira de soslayo al Valcarce.


  Desde aquella tarde de otoño dando vueltas entre mirtos y negrillos, las visitas a su casa se hicieron más frecuentes. Allí supe de su padre, trabajador de Aceros Roldán, y de lo mucho que él quería a R., aunque en realidad yo no los llegué a ver juntos ni una sola vez. A ella sí, en su casa, y caminando por cualquier espacio, particularmente a lo largo de la Calle de Arén y de la Plaza, que era donde vivían la mayor parte de sus clientes más fieles.


  Le gustaba conversar con cualquiera. Se notaba que le encantaba su oficio como repartidora de la firma americana. En cuanto tenía oportunidad y si el tiempo no apremiaba, pegaba la hebra con cualquiera de las villafranquinas, incluidas aquellas que le hacían perder el tiempo vaciando el maletín para probar de todas las muestras y luego no compraban ni un triste lápiz de ojos.


  Quería y se hacía querer, contribuyendo activamente a retardar el ocaso comercial de la Villa, que allá por los primeros años setenta comenzaba a dar muestras de un tenue abatimiento, presagiando la atonía mayor que vendría lustros después.


  Una mañana como otra cualquiera, casi a mitad de curso, M.A. dejó por sorpresa la escuela. Ninguno de los maestros nos dijo nada sobre el asunto. Fue un compañero quien nos relató la verdadera razón de su ausencia. Una noche el marido le había propinado una zurra a su esposa. Al día siguiente, aprovechando su ausencia por haberse ido a trabajar, R y su hijo se fueron de Villafranca en un autobus de la Empresa Fernández. Ni mis compañeros ni yo entendimos muy bien cómo podía ser que alguien abandonara la casa por haberle zurrado un familiar, al fin y al cabo, quien más y quien menos recibíamos algún pescozón, bofetada o algo mucho peor por parte de nuestros enseñantes, y no por eso nos planteábamos una huida a la francesa.  Claro que eran otros tiempos y yo era muy joven para comprender.


  Ni R. ni mi amigo M.A. volvieron a Villafranca, que yo tenga constancia. Jamás los volví a ver. Pero en mi recuerdo se dibuja con nitidez aquel chaval que amenazaba con hacerse ingeniero de postín, y por supuesto, la estampa inconfundible de una mujer joven, desenvuelta y muy educada que se hacía acompañar de un maletín negro. ¿Qué habrá sido de ellos?

  

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Personajes de allá (7)

 

Si hay vecinos, o había, que con su carácter expansivo y forma de proceder reanimaban la existencia adormecida de Villafranca, sin dudarlo, uno de ellos era M. Sus paisanos podíamos encontrárnoslo en cualquier parte, y si eso ocurría, nunca dejaba de dirigirte la palabra o cuando menos dar el saludo. Por su forma de ser y la variedad de actividades en las cuales ocupaba el tiempo, lo más razonable era tropezarnos con él en la calle, y con más frecuencia en La Plaza, el espacio donde mejor se sentía, departiendo e intentando informar de por dónde irían los tiros del fin de semana, para los niños y los más talluditos. Y si no se terciaba por ser lunes, o martes, o miércoles, cualquier acontecimiento era propicio para preservar la buena vecindad a partir del chascarrillo, o de la cortesía del encuentro; lo esencial era el intercambio de pareceres desde la afabilidad de la cual hacía gala permanentemente.



    La primera imagen que me viene a la cabeza de M. es de una foto en blanco y negro junto a otros hombres vestidos de negro riguroso (o eso se intuye a través de la instantánea), como de nazarenos, descendiendo la antigua escalinata de San Francisco. Portan un crucifijo, un paño presuntamente blanco y algún aderezo más que no recuerdo exactamente, ¿tal vez el féretro con los restos de algún hermano de la VOT? M. debía de estar familiarizado con los rituales mortuorios, porque otra de las imágenes inolvidables es la suya en la procesión del Santo Entierro portando el paso de la Urna. O la menos amable, es evidente, en su empeño por emular al forense de marras y anticipar con sus propias manos el veredicto exacto de la causa de fallecimiento.



    Claro que no siempre iba a apechugar con los negocios más lastimosos. Cuando llegaba septiembre, a M. se le dibujaba la alegría incontenible, pues muy pronto se iba a convertir, no ya solo en uno de los grandes protagonistas de las fiestas, sino en uno de los más afortunados al ser festejado por sus convecinos, como si se tratara del vencedor de las justas en la Edad Media. El día trece, a eso de las doce de la mañana, ensordecido por las campanas y atronado con bombas de gran palenque, Don Quijote iba a bailar como nunca lo hubiera imaginado el bueno de Cervantes, gracias al soniquete eterno de unas gaitas familiares y amigas. Don Quijote ha sido siempre la debilidad de los villafranquinos, pero no es menos cierto que esa predilección se debe en buena medida al buen hacer de M. emboscado bajo el telar y las cuatro piernas de madera. Entonces, al compás de los palillos de madeira, era capaz de danzar más rápido que nadie y mejor que ninguno, sin olvidar sus buenas carreras tras los rapaces, aunque en esa suerte lo aventajara el más gris de los gigantes.



   Aunque no sé por qué, a pesar de esa jovialidad luminosa y sencillez sin dobleces, a M. siempre lo identificaré con la anochecida, con aquellos bancos abandonados y las farolas delatoras de una plaza desierta y desamparada a esas horas que presagian la madrugada. Su quehacer semanal más significativo, y añadiría que gratificante, se circunscribía a aquel espacio de fantasía ideado para hacer soñar a todos por igual: El Cine. De muy niño ya frecuentaba el recinto edificado en principio para las representaciones teatrales, sentándome en una de las descoyuntadas butacas y aguardando impaciente a que al fin se hiciera la oscuridad. El objetivo primordial era observar con detenimiento las maniobras del pistolero bueno que concluían por norma general con aplausos atronadores de la chiquillería, y que harían de la tarde del domingo el tiempo perfecto para fantasear. Aunque algunas veces, entre tiros, el rescate de la joven o el atraco al banco del pueblo más polvoriento del Oeste, surgía la linterna acusatoria de M. para silenciar a los más charlatanes, o refrenar a alguien que se estuviera pasando dos pueblos con las pipas. Claro que si había un corte prolongado, el espectáculo terminaba degenerando en una algarabía imposible de apaciguar, aún con todas las luces encendidas. Así eran las sesiones dominicales de las tres de la tarde propuestas para todos los públicos y especialmente para la chiquillería.



  Y luego estaban las sesiones golfas, o mejor decir las no toleradas, esas que estaban vedadas a cualquier chiquillo menos a mí, un privilegio -también el de la entrada gratis- dado por razones de doble parentesco con los taquilleros, ¡qué tiempos! Cuando acudía con mi madre a la sesión de la tarde y en contadas ocasiones a la de las 22:45 -esto ocurría mayormente en tiempo de verano o durante las vacaciones de Navidad-, yo deseaba para la entrada el encuentro con M., pues si topábamos con la figura uniformada de P., me imponía lo indecible, mucho más cuando nos advertía de que no era tolerada. Tratando de no llamar demasiado la atención del público, mi madre aguardaba a las indicaciones de M. para tomar asiento una vez comenzado el NO-DO, casi siempre en la primera platea de la izquierda, si estaba vacía. Y si no era el caso y el resto de las más próximas permanecían ocupadas, mi madre me sentaba en su regazo, casi siempre en un segundo término. Desde esa atalaya miraba asombrado la sucesión de imágenes que en nada o en muy poco se parecían a las prescritas para niños como yo. En esas sesiones a horas contraindicadas, comencé a sentir una atracción irreparable por el Sèptimo Arte, aunque la mayoría de las veces no entendiera muy bien el sentido de la acción ni cuanto se decían los protagonistas si las balas y asesinatos correspondían a una cinta de cine negro, por ejemplo. Lo cual -asistir a las sesiones para adultos- era la pura contradicción teniendo en cuenta que por la tele, si aparecía un rombo, era suficiente para enviarme a la cama con un beso y el consabido hasta mañana.
  
  Supongo que allá donde esté M., seguirá con su empeño de guiar a través de su linterna a los más rezagados, con el propósito de que disfruten una y mil veces de infinitos pases, y yo le agradeceré eternamente su pequeña pero insustituible contribución para que me haya convertido en un cinéfilo empedernido.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Personajes de allá (6)

    Han pasado unos cuantos lustros desde que nos dejó, pero ahí sigue ella, en el pensamiento. Cuando regreso a Villafranca no puedo evitar alzar la mirada al promontorio de Los Tejedores, a sus casitas como de juguete, de otra época, aunque intemporales,  que terminan por domesticar su geografía agreste hasta volverla equilibrada. Y en la memoria se me dibuja aquella mujer menuda, disfrazada de viuda perpetua transitando entre riscos y veredas, convertida por la costumbre del tiempo, no en una de las ancianas humildes, sino en la más noble de las mujeres que poblaban aquel recinto mágico con evocaciones menestrales. M. no tenía apellidos (que yo supiera), si bien eso es algo común entre la gente menesterosa, pero a cambio lucía un apelativo sonoro y rotundo capaz de competir con los apellidos más linajudos de la aristocracia.


        M. jamás tuvo una edad definida (barrunto, pura conjetura, que tal vez nunca llegó a sacarse el carnet de identidad), aunque me aventuro a decir que ella se plantó en el medio siglo, corriendo un tupido velo en lo concerniente a la edad; por tanto, igual podía tener los cincuenta antedichos que noventa, teniendo en cuenta su vocación de no cumplir años, embutida, fuera invierno o verano, en aquel atuendo negro como el carbón que coronaba con un imperecedero pañuelo atado a la cabeza. Hasta es posible que M. jamás hubiera tenido infancia, adolescencia, ni juventud y toda su vida, quizá desde el nacimiento, hubiera opositado para una plaza más de anciana.


            Entre el vecindario de más abajo, al lado del río, M. conservaba el carisma propio de un presidente de gobierno, o del párroco de La Colegiata, y eso a pesar de su humilde condición y de la penosa forma de sobrevivir, pues se mostraba indomable e independiente. Por ejemplo, se despreocupaba por completo si era vista por alguien mientras se humillaba para recoger las boñigas y depositarlas en aquella suerte de caldero acribillado y con herrumbre, justo frente al templo parroquial. Al otro lado del río, sus paisanos (yo también, aunque con la madurez cambié mi opinión), solíamos tener una visión más estrecha, tópica y peyorativa, sin por ello dejar de coincidir con sus vecinos más cercanos en cuanto a su extraordinaria popularidad.


           Aquella mujer de rostro cuarteado por el sol africano del estío y el traicionero de la primavera, ese sol que se queda un rato largo suspendido entre las cabañas antes de desaparecer por entre la silueta de la montaña, fue su amigo inseparable allá arriba, mientras silenciaba el tiempo aniquilando moscas, o charlando con sus próximos montañeses, acompañada de las desobedientes gallinas cacareando a una luna incipiente. También el mal tiempo, con sus nieblas contumaces, o las lluvias a mares, terminaron de esculpir ese rostro imposible de borrar, si bien, es de suponer, M. no debía de hacer tan buenas migas con compañero tan hostil.


                No obstante, a pesar de vivir en un tiempo tan opuesto al de las nuevas tecnologías de hoy, en Villafranca nunca llegamos a saber con certeza de qué vivía M. Es posible, y nunca mejor dicho que viviera del aire. De herencia nada dejó, tampoco huérfanos, y hasta es posible que las gallinas que se le enredaban entre las galochas fueran adoptadas, tal vez de C. o de alguna otra humilde mujer. Es factible pensar en una M. agachándose para recolectar las inmundicias, o bajando el empedrado del Barrio, la podemos imaginar departiendo una charla deslavazada; sin embargo, nos resulta casi imposible -al menos a mí- imaginarla arrebujada junto a un fuego, o dando buena cuenta de algún alimento, aunque fuese ayudada de una mísera escudilla. Fue tal su condición de desamparo que casi nadie sabemos dónde reposan sus restos, ni si ha tenido o tiene familiares, pero todos los que tenemos cierta edad, sabemos que aquella mujer casi de leyenda, mitad ermitaño mitad puro misterio, era una celebridad. 


             Los Tejedores con sus casas a punto de descabalgarse, La Rapiña protegiendo con su barriga al Barrio, la subyugante fuente de Trevijano ¿o Trivijano?, el río Burbia jugueteando entre las angosturas del terreno, los pajarillos y árboles silvestres, incluso las tataranietas de aquellas gallinas resabiadas, perdieron un poco del esplendor con la ausencia de la ilustre moradora, a la cual, he de admitirlo, quise hacer una entrevista cuando escribía en el desaparecido Bierzo-7. Y bien que me pesa no haber tenido una charla distendida con ella, pero en el último momento, lo había comentado con mi amigo Luisma que la conocía un poco más,  no me atreví a lidiar con aquel mito viviente. De haberlo hecho a lo mejor hubiera desentrañado el misterio de su hechizo.         

           

sábado, 17 de noviembre de 2018

Personajes de allá (5)

  A lo largo de su existencia J. fue uno de los guardianes, o mejor, depositarios de ese rinconcito en la Plaza, con aromas suculentos, huéspedes permanentes, idas y venidas a la tienda de ultramarinos de al lado, al bar del otro costado donde se ingeniaban nuevos bebedizos, o el estrecho espacio que servía de almacén a los bultos que venían en el coche de línea procedente de León. La casa donde vivía mi abuela -en la última planta- era toda ella una olla colosal desprendiendo el olor inconfundible de los callos, porque el patrón, sin desmerecer al resto de cocineros que también preparaban la casquería reina en la Villa, preparaba los mejores callos que uno haya degustado jamás.


  Pero J. no solo era un gurú de los callos y otros platos menos contundentes que preparaba en la fonda de su propiedad. A eso de la media tarde, antes de servir las cenas, ejercía como maestro de ceremonias en el juego de la brisca. Allí, en torno a la mesa separada de la cocina por un liviano tabique o mampara, no recuerdo bien, competían en ocasiones hasta cuatro parejas de contendientes que dirimían la honrilla o sabe Dios qué. Cuando su pareja cometía alguna imprudencia o se despistaba, J. se encendía como una dinamo al primer pedaleo y dejaba que su genio explosionara, digamos, de una manera controlada. Eso sí, él disfrutaba mucho más que con la victoria final, cuando tenía la fortuna de que su as de triunfo comía al tres del mismo palo, algo que el grupo denominaba piolla. Entonces gritaba como un feriante: ¡piolla!, ¡piolla!, mientras con el nudillo del dedo índice trataba de perforar el tapete, el hule y hasta la misma madera de la mesa. No es ningún secreto que mi madre era muchas veces participante activa en ese juego de las señas y las tres cartas.


  Como otros muchos villafranquinos, J. no faltaba nunca a la romería de agosto para festejar a la Virgen de Fombasallá. Me atrevería a decir que, al menos en sus últimos años de viudez, lo más separado que llegaba a estar de su casa era el día 15, cuando se aventuraba monte arriba para participar como uno más de la música, la comida, la alegría y la procesión, en compañía de otros vecinos y curiosos que no querían perderse la celebración. Y ¡cómo le gustaba acompañar en los tragos reparadores de la bota!, también en el manteo de algún novato que pisaba por vez primera la tierra prometida.


  Aunque si algo mantengo más fresco en mi cabeza de la  infancia, son aquellos coloquios interminables en las noches del estío, cobijados bajo esos soportales menos distinguidos que los de unos metros abajo. En esas veladas se podía hablar de lo divino y lo humano, del huésped X de la primera planta, o de la cosecha de cerezas y <<para cuando los tarros con el aguardiente>>. Claro que si J. se iba de la lengua maldiciendo al Dictador gobernante, los parroquianos le imploraban que callase la boca, no fuera a liar la madeja; pero si le insistían, él más se obstinaba haciéndose el valiente. Creo que de aquellas tertulias a la luz de la luna, entretejidas con las voces provenientes de las terrazas de los bares, es posible que parta en buena medida mi afán de contar historias.


  Un buen día J se fue, como se fueron otros miembros de aquel selecto grupo que lo acompañaba en el Rincón. La fonda cerró, los huéspedes desaparecieron, y ese rincón de la Plaza tan palpitante, tan querido para mí, se ha convertido hoy en un espacio muerto, en un lejanísimo recuerdo de otro tiempo, de cuando J. "gobernaba" aquel espacio mágico sin abandonar un solo momento su boina negra y eterna. 


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Personajes de allá (4)

       De alguna manera, P. se convirtió durante muchos años en el mejor termómetro de nuestra villa, o al menos esa era mi percepción de crío. Así que para San Antonio o quizá algún mes antes, se le veía en las calles y callejas acompañado de un botijo descolorido, sin saber con certeza quién acarreaba a quién, pues ambos se fundían en una estampa indivisa. Sin duda era la imagen incontestable que presagiaba el tiempo más benigno, cuando los años aún tenían bien delimitadas las estaciones.


   El gremio de barberos de Jesús Adrán, sus vecinos más ociosos, y hasta los pajarillos menos desconfiados, se cuadraban, asomaban a los balcones, o trinaban bajo los aleros de los tejados, envidiando el recipiente del porteador, rezumante de ricas y refrescantes gotas de agua de la Fuente de la Libertad, que muy pronto reposaría sobre el suelo de una de las peluquerías con más raigambre.


  Claro que antes de alcanzar la cuesta empedrada había otros espacios fuera del alcance de la vista del patrón. Era entonces, cuando el sol aplanaba y si P. estaba de un humor templado, cuando mis compañeros de juego y travesuras, le proponíamos un traguito mínimo a cambio de trajinar unos metros con el botijo. Solo una vez aceptó, pues el barrigudo de barro era para él algo así como un objeto sagrado que nadie debía mancillar; aunque sí recuerdo con nostalgia haber libado en varias ocasiones, eso sí, a chorritos racionados, pues en cuanto veía que nos excedíamos, de inmediato soltaba la orden para detenernos, por el temor real a llegar al destino con el recipiente medio vacío.


  Porque aquel eterno botijo de la Villa tenía otro cometido además de saciar la sed de los peluqueros y parroquianos más fieles. Por tanto, si la cantidad era insuficiente, no se podía remojar el suelo para apaciguar el polvo de la madera y de esa forma hacer más higiénica la tarea del barrido. Normalmente P. controlaba el negocio y pocas veces llegaba con el botijo aligerado, pues de lo contrario suponía otra vuelta a la fuente.


  Cuando entraba en la peluquería a que me rapara E. o el patrón, P., me apenaba al contemplarme pelón en el espejo sin el azogue de sus bordes, era entonces cuando rezongaba, o mejor, renegaba de mi madre por mandarme al sacrificio, únicamente aliviado con un flequillo de urgencia. Claro que siempre había el consuelo de contemplar el botijo abandonado a su suerte; así que para mitigar la afrenta del esquilado, en vez de concentrarme eternamente en la mudanza de mi cráneo, taladraba con mis ojos cada espacio de aquel recinto cuadrilongo hasta dar con el barrigudo, esperanzado en recibir un trago aún fresco del agua de la Libertad, algo que por desgracia nunca ocurrió.


  Para hacer más llevaderas las caminatas en pos del agua prometida, aquel hombre menudo, bronceado, con arrugas mil surcando su frente y que por desgracia no había nacido de pie; si no estaba enfadado consigo mismo (entonces farfullaba palabras la mayor de las veces ininteligibles), solía arrancarse con frases o coletillas que pronto pasaron a formar parte del acervo de los villafranquinos, siempre dispuestos a corearlas en su presencia, cuando no se aventuraban a preguntar por el objeto de su enamoramiento, el cual indefectiblemente era Valtuille.


  P. se fue un buen día como un pajarillo, cerrando para siempre sus ojos tremendos, acompañado de su pantalón de hechura imposible y la camisa amortizada tras infinitos soles y alguna mojadura de cuando el chubasco le pillaba a traición.


  Han pasado muchos años, pensaba sentado hace unos días en una de las terrazas de la Plaza mientras daba cuenta de un agua sin gas plastificada. Entonces pensé que, qué mejor bebida que un trago de agua del botijo más paseado de Villafranca, aunque obviamente los botijos no están de moda, ni tampoco personajes tan entrañables para mí como P. 

  

jueves, 3 de marzo de 2016

Personajes de allá (3)

 Antes que una auténtica celebridad en cualquier barrio o casa de la Villa, o ser el paradigma de una laboriosidad humilde y tranquila en medio del ralentizado vigor de Villafranca, J. era un ser excepcional, querido y respetado por todos los vecinos. Hijo único, humilde de por vida, con cabaña como guarida en sus primeros años de vida; de talla escueta, rostro peculiar de color ceniza, como para una película de Buñuel (según describía Antonio Pereira), o de Fellini, y el pelo lacio, peinado hacia atrás a lo Piru Gainza, hizo de su ocupación en variedad de oficios y quehaceres, algo consustancial a su modo de entender la vida; y hoy, de vivir, si se declarara inconstitucional el retiro, sería el ejemplo de hombre dispuesto a morir con las botas puestas sin la mínima objeción.


  Y es que no le faltaban agallas ni presencia de ánimo para ser algo así como el pluriempleado más divergente por necesidad dineraria, pero también por un apremio de índole espiritual, o eso me parece a mí. Socorrido por pantalón de siempre, tirando a gris, un jersey de lana sufrida para el invierno -nada de impermeables, mucho menos un sobretodo- su inconmovible jovialidad, y esa costumbre de pegar la hebra por pura necesidad de sentirse vivo, hacía de la calle y sus moradores (de cualquier apellido y condición) una especie de albergue indispensable. O quizás fuera a la inversa y éramos sus paisanos quienes sentíamos la irreprimible necesidad de charlar con él para volver a sentirnos vivos, como los verdaderos seres humanos.


  No estoy seguro del todo, pero creo que mi primer recuerdo de P. (también se le conocía por el apelativo) no es del todo agradable. Ahora mismo, chiquillo de 4 ó 5 años en fiesta patronal, al lado mismo de la ferretería pasado el puente, lo veo aparecer por debajo de las faldas del gigantón con una sonrisa de miedo perlada por el sudor del esfuerzo, y yo llorando a moco tendido, porque además del susto por el cuerpón y cabezudo de Sancho, que no paraba de correr tras los más menudos, debía mirar de más cerca a ese hombre de faz imposible emergiendo de las entrañas del barrigudo. Luego, con el hábito de los años, el roce frecuente y sus idas o venidas con los cilindros naranja al hombro para hacer más fácil el cocinar o calentar a los villafranquinos, el resquemor fue mudando en un aprecio y respeto hacia él.


  Aunque por encima de otros apegos, J. fue, es y será el guardián de La Colegiata. Cuando Dios se acordó de él sin llegar a los 70 una madrugada de Reyes, los feligreses y descreídos ya lo tenían en un altar; y acaso, de haber tenido padrinos encumbrados que hubieran publicitado su celo y amor inquebrantable hacia los negocios divinos, cuando menos hubiera tenido un merecido homenaje.


  Claro que él jamás dio la mayor importancia a ser de facto el pulsor del corazón de la Villa a través de badajos, bronces y cuerdas. Con sus manos callosas erizadas de venas, pulsaba los martillazos cada cuarto antes de la misa diaria: 30 en el primer aviso, 25 al segundo y 20 en el último. De inmediato la celebración, y ahí estaba él socorriendo al párroco: tocando la campanilla, quemando el incienso en las grandes ocasiones, llenando el acetre de agua para el hisopo, o disponiendo los Santos Evangelios sobre el atril. En ocasiones subía al campanario para acompasar los toques lentos y tristes que se iban acelerando para advertir de la pérdida irreparable de algún vecino, o para dirigir el toque solemne de las grandes festividades.


  De tanto en tanto, J. exploraba otros esparcimientos, como ser portador de andas en Semana Santa, de la cruz mortuoria en sepelios de hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, o trencilla. Recuerdo ahora un partido en La Ruquela que jugaban el Sparta y Corullón. El encargado de arbitrarlo era él. Mediado el primer tiempo, la parroquia local consideró un error garrafal la no apreciación de un penalty y se armó la marimorena, con insultos y gestos amenazadores que J. no estaba dispuesto a soportar. Así que en medio del partido se marchó con la intención de no volver. Al final lo disuadieron y regresó al cesped para dirigir a los contendientes hasta el final. Ya no hubo más trifulcas ni improperios.


  Por supuesto, cada 27 de enero, se reservaba el papel casi estelar de las fiestas de Santo Tirso. Apremiado por los vecinos y visitantes, auxiliado de una vara larga con hojas de periódico empapadas de gasolina, P. (nunca era más mentado por P. que en tal fecha, tal vez porque el alias encajaba mejor con la casa del petróleo) prendía fuego a la gran hoguera, dando así el pistoletazo de salida a los festejos.


  Una mañana de hace tres decenios apareció muerto. Quizá los Reyes Magos lo premiaron precipitadamente con la gloria eterna, rebajándolo del servicio eucarístico, a fin de que a partir de ese día oficiara de sacristán en la otra vida. Lo que jamás se me ha olvidado es la impresión de verlo de cuerpo presente en aquella humilde morada. En ese momento me di cuenta de que un pedazo enorme de Villafranca y de sus habitantes se nos moría con él.

martes, 26 de enero de 2016

Personajes de allá (2)


  Con la fuerza de la costumbre, aquella mujer de edad indefinible en el imaginario de chavales como nosotros, la habíamos convertido en una de las piezas preponderantes, sino en el componente principal de aquel territorio de ventas, amas de casa y romanas, lindante con la Iglesia de San Nicolás. Porque, una vez acabado el cole, era ella quien nos podía facilitar los momentos de mayor algazara y felicidad cuando se trataba de gastar las dos pesetas de casa.


  Casi todas las veces a I. se la encontraba encogida, sentada detrás del minúsculo y milagroso carrito años cuarenta. La silla debía de ser por fuerza escasa, pues trato de evocar el artilugio para el reposo, y soy incapaz siquiera de inventar algo de enea para aquellas posaderas invisibles. Toda enlutada a excepción del acomodo de una toquilla gris flecada y con borlas, además del moño de pareja tonalidad, con los ademanes propios de una abuelita -en cierto modo lo era para nosotros-, presagiaban a una viuda con muchos años sin su media naranja. Mis amigos y yo nunca nos preocupamos por saber de la muerte del marido, pues la considerábamos una de tantas mujeres perteneciente al grupo de las abuelas de aquel tiempo, que guardaban fidelidad inquebrantable al negro como muestra de cariño eterno al ser querido.


  No solo era nuestra conseguidora, ella también era una mujer capaz de embobarnos, porque le gustaba la charla. Hablaba y hablaba, chispeándole los ojos al mentar a los nietos de Francia. Entonces adivinábamos a una mujer buena y amiga de los niños, aunque a veces, pocas, se disfrazara de vieja cascarrabias, algo que ocurría cuando nosotros la tanteábamos con el regateo. Eso sí, si un día muy particular la cogía levantada con el pie derecho, entonces se volvía obsequiosa y nos vendía dos chicles al precio de uno, o nos regalaba un palote.


  Reconozco que a mis siete u ocho años, mi vida giraba fundamentalmente en torno a los cromos coleccionados con avidez, y a la figura serena pero cariñosa de la entrañable vendedora. Y también al carrito de pintura gris plástica de dos puertucas superiores acristaladas, con sus cristales laterales por los que tanteábamos con las bocas hechas agua, el volumen y calidad de chicles, pipas, caramelos o los sobrecillos con polvos sabor a coca cola, sin olvidar la caja con un sinnúmero de sobres de cromos donde se escondían los Iribar, Pirri, Sol, Gárate, Violeta o Asensi, esperando a ser rescatados por algún comprador.


  Lo de detrás eran palabras mayores, y como casi nunca veíamos dentro del cuchitril de almacén, ni nos parábamos a pensar en la abundancia de chucherías y en que la anciana tuviera allí para completar hasta varios álbumes con todos los artistas del balón, incluido Rexach, que se nos resistía tanto como las matemáticas de don G.


  Ya adolescentes y sin tanto entusiasmo por los cromos y las Pipas Facundo, supimos que I. pertenecía a los Testigos de Jehová, tras lo cual empezamos a mirarla con cierto resquemor. Hoy no me queda otra que esbozar una sonrisa benevolente, pero entonces nos parecía como si hubiera traicionado nuestra confianza, para irse con gente tan "fanática". Llegamos a discutir, mas ella no daba el brazo a torcer, y yo digo, que con convicción numantina, censuraba nuestras inamovibles creencias.


  Ahora que han pasado tantos años sigo haciéndome la misma pregunta: ¿adónde habrá ido a parar aquel carrito como de juguete, que después pasó a cargo de otros comerciantes? Como artilugio del imaginario villafranquino de un tiempo pasado, debería de tener la condición de una pieza de museo, y con ello la de su conservación, si aún existe.


  Aquel espacio a resguardo al principio de la plaza de abastos, ahora impalpable, podría hablar sin descanso de la amiga I., y de las contadas caminatas hasta su casa, además de sus múltiples amigos, los pequeñajos, amén de las provechosas tertulias con las que estimulaba nuestras mentes. ¡Si las piedras hablaran!



sábado, 12 de diciembre de 2015

Personajes de allá (1)

 Me parece a mí que entre las señas de identidad que nunca se deberían de perder en un lugar pequeño y acogedor como Villafranca, están los recuerdos -imborrables algunos-, de sus moradores, muchos ya fallecidos; aunque también su manera de vivir la vida. La singularidad del espacio-tiempo de mi cuna, la determinan esas montañas abarcándolo todo, los edificios religiosos y civiles con su porte de antiguo y respetuoso esplendor, las calles y callejuelas casi siempre angostas, también la climatología, ni frío ni calor, que se adereza con la lluvia inconstante de las estaciones tibias, o la resolana de las tardes a la siesta cuando el sudor se acomoda al estío. Pero la personalidad de mi Villafranca la han dado y la dan sus gentes laboriosas, modestas, alegres, circunspectas, avasalladoras, tímidas, armadanzas, despreocupadas a lo Viva la Virgen, acaudaladas, pobretonas, cicerones, invitadoras, clarlatanas, pendencieras, timoratas, borrachas, emprendedoras, pigmaliones, soñadoras, filántropas, piadosas, filósofas, escritoras, embusteras, rezagadas, cantoras y la mayor de las veces anónimas más allá de Villafranca. Muchas son personas, personalidades mejor, que dejaron huella indeleble a lo largo de mi infancia y que prefiero dejar en el anonimato, sin mentar el nombre, pues a veces pueden surgir retazos de algunas de ellas poco halagüeños, por no decir algo más descabellado; y además, siempre es más estimulante avivar la imaginación de quien lo lea. El personaje que me ocupa hoy y con el cual abro la galería de mis paisanos, pertenecería en cierto modo a la familia de los laboriosos y con el saber estar por bandera.


  Siendo yo chiquillo de corta edad y acompañante arraigado de mi madre por los comercios de la Villa, presentí que aquel señor bajito, ya maduro y algo sordo, debía ser, cuando menos, el arquetipo de los vendedores, y si no lo era, al menos sí podía presumir de ser el más veterano de los dependientes, porque, ahora, transcurridos infinidad de años, me da a mí que sobrepasaba con creces la edad para el retiro.


  Con la perspectiva que da el tiempo, yo lo calificaría de persona con dominio absoluto del oficio, con soltura y conocimiento en cuanto al paño demandado, además de elegante en los ademanes. Para M., con diminutivo al final (pues en Villafranca de toda la vida se ha tenido querencia por achicar los nombres por aquello de la campechanía), todos los clientes merecían idéntico respeto, así que escuchaba con atención la predilección del color, el tacto de la tela, y su longitud. Luego, con sus herramientas de trabajo, vara y tijeras, medía sobre el mostrador de leña estriado hasta completar el cacho de tejido demandado, y cortaba; más tarde el ama de casa aprovecharía para ultimar la hechura de una falda, siempre larga, con el inevitable pespunte, ¿o por qué no la blusa?, ¿y un vestido?


  Por el negocio ubicado en la calle más comercial de la Villa, desfilaban todas las señoras y señoritas, desde las más encopetadas a las menos pudientes, pasando por las pequeño burguesas. Ninguna se resistía a franquear la puerta, aunque al final solo fuera para pegar la hebra, porque el patrón era servicial y sabía vender, pero también, o eso me parecía a mí, inestimable conversador; un auténtico experto en los asuntos de la Villa, si bien sin dejar el tono cordial en asuntillos escabrosos si la política se terciaba.


  El abigarrado de las telas multicolores se desbordaba por cada una de las baldas que invadían el comercio hasta la altura del techo. Cuando algún rojo pasión era reclamado por el comprador y M. se veía obligado a rescatar la bala con la tela del último estante, cogía una escalera de madera y con la agilidad impropia en un hombre de su edad, escalaba raudo y bajaba el envoltorio para que la atrevida mujer palpase y mirara sin reservas. Yo, lo confieso, me quedaba embobado contemplando las decenas de telas, y calculaba cuántos metros harían entre todas ellas y si puestas una tras otra, previamente desplegadas, alcanzarían para llegar a la estación de Toral.


  M. se fue un día sin hacer ruido, como había hecho toda su vida, pues a discreto no le ganaba nadie; además, a pesar del defectillo en la escucha y aunque el interlocutor hablara bajo, ni era hombre de aspavientos -nada infrecuente en personas con problemas de escucha- ni andaba a voz en grito. Tal vez leyera en los labios de los clientes; si bien, algunas veces, pocas y más al final de sus días, equivocara el reclamo de la señora o señorita de marras.


  Yo guardo un gratísimo recuerdo de M., un perfecto caballero, tal vez porque me empuja a evocar la otra Villafranca que con sus virtudes e imperfecciones ya pasó.