jueves, 5 de febrero de 2026

Personajes de allá (10)

 
Cuando me viene al recuerdo C. no dejo de imaginarlo rodeado de gentes jóvenes y mayores, aunque casi siempre jóvenes, como él, o incluso más. Tenía esa virtud de saberse rodear de los que aún no teníamos canas.


  Él vino un día destinado a Villafranca por el trabajo, intuyo, o se destinó así mismo. Su nombre real a saber: tal vez Paco, pero ¿por qué no Rogelio? En realidad muy pocos sabían su nombre de pila y sí el alias, haciendo honor a su terruño gallego.


  El primer recuerdo que tengo de él es el de un joven rubio y achaparrado, con el pelo liso y escaso, unos pantalones holgados de pana, y una cazadora del color líquido de las filloas antes de echarlo a la sartén. También es el último recuerdo suyo que conservo en la memoria. No era para nada presumido ni tampoco necesitaba serlo para atraer a la gente.


  Su encanto radicaba en la campechanía, en el trato llano hacia los demás, en su habilidad innata para contar chistes, en algunas ocasiones infumables, aunque por lo general tenían su gracia, por aquello de cómo los contaba. Aún me acuerdo de aquel un tanto irreverente de "...Y nos querían envenenar".


  C. ocupaba su tiempo diario entre el trabajo -un trabajo casi erradicado a día de hoy por los tiempos vertiginosos que nos toca vivir- y charlar con todos, ya que no se callaba ni debajo del agua. Su centro de operaciones para encandilar a los villafranquinos era la Plaza, y muy concretamente el bar Sevilla. Él era uno de los protagonistas cuando por la tele retransmitían a su Real Madrid. Eran los tiempos gloriosos de la "Quinta del Buitre", aquella que arrasaba en la liga española con un fútbol de muchos quilates y la consecución de cinco ligas consecutivas. Butragueño era su debilidad, con permiso de Hugo Sánchez. Al finalizar el partido, casi siempre con la victoria merengue, y a veces con goleada incluida, C. tenía tema de conversación para prolongar la velada vespertina durante un par de horas más.


  También se dejaba ver por las desaparecidas bodegas de la calle del Agua, no siempre. Si se terciaba, porque el ambiente se iba caldeando con la ayuda de los vinos premiosos, C. se aventuraba a tocar la armónica, si bien el acontecimiento musical se daba muy de tarde en tarde. Sentado sobre bancos o banquetas rústicas prefería pegar la hebra con quien se terciase. <<Que si el tiempo metido en lluvia, si la cosecha de vino, si el último gol de Futre era fuera de juego, o si iría mucha gente a Oviedo para protestar por la barbaridad que pretendían hacer los de la Confederación con el río Burbio.>> Hablaba de todo, menos de su desempeño como hacedor del milagro de las palabras, a veces muchas, otras contadas con los dedos de las manos, volando cientos de kilómetros a través de postes y cables adelgazados.


  Cuando ya era todo un personaje en la Villa, habiéndose hecho acreedor a un hueco de popularidad entre los elegidos de la Plaza, entre quienes podían considerarse, no dueños, pero sí señores de todo su recinto, un aciago día, como un relámpago inesperado, nos llegó la noticia de que C. había sufrido un accidente laboral que le había costado la vida. 


  Las semanas que siguieron al deceso, la Plaza, su centro de operaciones, y muy en concreto el bar Sevilla, se sumergieron en una aparente tristeza, como de sepelio perseverante, acrecentado el fenómeno cuando por la tele retransmitían un partido del Real Madrid, y sus fieles seguidores, las amistades que C. se había grangeado con su simpatía y don de gentes, miraban a la butaca donde él se sentaba, y esta permanecía vacía, o bien era ocupada por un desconocido, un desorientado futbolero de andar por casa.


  Han pasado ya unos cuantos años desde que C. nos dejara cuando aún no le tocaba irse, y a pesar de ello, de ese aparente olvido que conlleva el transcurrir del tiempo, yo sigo viéndolo de pie, al inicio de la barra del Sevilla hablando con el camarero, o caminando a pasos cortos por el firme de otra Plaza distinta, con doble sentido para los vehículos y una fuente fuera de servicio haciendo ángulo entre los muros en su confluencia en la parte más alta, observada a cada momento por los taxistas expectantes. 


                                                           

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