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jueves, 11 de junio de 2026
jueves, 27 de noviembre de 2025
Physical Graffiti (la confirmación de Led Zeppelin como banda más grande del mundo)
En 1975, hace ahora cincuenta años, los británicos Led Zeppelin publicaban uno de los mejores álbumes del año, y de la década, por no decir de la historia del Rock. El único disco doble de estudio lanzado por los británicos, supuso su confirmación en aquel momento como la banda más grande del mundo, y el punto álgido de su carrera musical. Un hecho elocuente que así lo acredita, es que este sexto trabajo y los cinco que le precedieron, se posicionaron poco después en la lista de los mejores 200 álbumes al mismo tiempo, algo inédito hasta ese momento. Y es que temas como el hipnótico, adrenalínico y -acelerado en directo- Trampled under foot o el más calmado Down by the seaside, al estilo del medio tiempo utilizado por Neil Young en ocasiones, también con regusto a los Stones de la época, y que en poco recuerda al estilo zeppeliano, son dos claros ejemplos del eclecticismo del grupo, haciendo harto difícil delimitar el trabajo a un único estilo musical.
Lo que más sorprende, y es digno de admiración, es cómo a partir de algunos de los descartes de sus anteriores trabajos, junto a nuevas composiciones sin aparente relación, se pudo crear esta amalgama de estilos contrapuestos, para obtener como resultado final una obra granítica, explosiva y que te atrapa desde el comienzo. Porque, sin ir más lejos, The rover se grabó en 1972 con la idea de integrar Houses of the holy, o el tema homónimo de este mismo, descartado finalmente para el quinto álbum por su parecido sonoro y estilístico con Dancing days. O el propio Down by the seaside, que iba a integrar el Led Zeppelin IV, como también lo iba a hacer Night flight, un claro ejemplo de que un buen rock and roll te puede atrapar a partir de un ritmo sencillo, sin recurrir a virguerías postizas. O Black country woman, que se convirtió en un descarte más del álbum Houses of the holy, y sin embargo ocupó la cara B del single de lanzamiento de este doble álbum. O Boogie with stu, una joyita acústica y rocanrolera, con Ian Stewart, el teclista de los Stones, como quinto integrante puntual de los Zep. A añadir como particularidad del tema, la inclusión en los créditos de Mrs Valens, la madre de Ritchie Valens, pues su base rítmica y letra están tomadas del "Oh my head", canción del hijo ya fallecido. Y por supuesto Bron-Yr-Aur, una delicia a mayor gloria de la guitarra acústica de Jimmy Page, y que ya había sido grabada en 1970, siendo el tema más breve de toda su discografía.
En este doble disco hay magníficas canciones compuestas para la ocasión, como Custard pie, la primera del álbum y que sigue la tradición zeppeliana; pero no cabe la menor duda de que, precisamente las más extensas, son las que determinan la condición de obra maestra de este grafiti físico, o suerte de collage autorizado. In my time of dying, es un claro ejemplo de ello. Adaptación de una canción tradicional de Blind Willie Johnson que también había grabado Bob Dylan para su primer disco, adquiere con los británicos una dimensión única, gracias en parte a la guitarra slide de Page y a la contundencia de Bonzo con las baquetas. Kashmir es casi con toda seguridad el corte más singular y reconocido de PG, un majestuoso y épico viaje por la Cachemira idealizada, el Shangri-la para alcanzar la elevación espiritual. In the light es otro de los temas imperecederos. Jones, el principal compositor lo adorna con tintes orientales gracias en buena medida a toda la parafernalia de: bajo, mellotrones, pianos y órganos. Para Jimmy Page es la preferida del álbum. Ten years gone es el otro gran tema, con arreglos complicados y John Paul Jones lidiando con un artilugio de tres mástiles: mandolina y guitarras acústicas de seis y doce cuerdas.
Physical graffiti supuso el estreno de la banda en su propio sello discográfico, que un año antes había echado a andar con el primer trabajo de Bad Company. Al respecto de PG, el libro All time top 1000 albums, lo sitúa en el puesto 14 de los 50 mejores LPs de Heavy Metal. Por su parte, la Revista Rolling Stone lo calificó a finales de los años ochenta "el mejor álbum doble de la historia". Y la Revista Guitar lo incluye entre los 50 más influyentes en la historia de la guitarra en el Rock. En cuanto a la impactante e ingeniosa carátula del vinilo ya está dicho todo, incluyendo a sus sesenta y ocho personajes y al edificio de la Calle St. Marks en la Gran Manzan de Nueva York. Es tan buena y clásica como el contenido de algo más de ochenta minutos de música imperecedera.
"Abrumador. Los Led no podrían haber tenido mejor estreno en su propia compañía que estos dos discos. Toda la extensa gama de colores de su paleta está ahí encerrada: desde metálicos riffs a delicadezas acústicas, de aires orientales a ritmos funky, de complicadas piezas guitarreras a improvisadas jams en el estudio. Lo épico, lo lírico, lo erótico, lo romántico, lo relajado, lo espídico... No falta nada." Así escribía sobre este PG Gus Cabezas en el libro Led Zeppelin. Más no se puede decir, solo la conveniencia de escucharlo con atención y disfrutarlo como pura exquisitez que es, para los oídos.
miércoles, 26 de marzo de 2025
Wish you were here
¿Recuerdas cuando eras joven?
Brilabas como el sol
Brilla tú, diamante loco
Ahora hay una mirada en tus ojos
Como agujeros negros en el cielo
Brilla tú, diamante loco
Te atraparon en el fuego cruzado
De la niñez y la fama
Soplado por la brisa fría...
Trataste de descubrir el secreto demasiado pronto...
Amenazado por sombras en la noche... Etc.
Cuando Syd Barret apareció por el estudio de EMI en Londres, nadie de sus antiguos compañeros lo reconoció en un primer momento. Obeso, cabeza y cejas rapadas, y con el cerebro extraviado a los veintinueve años -si bien de eso estaban al corriente, de ahí su expulsión del grupo siete años atrás- les costó identificar a quien había sido cofundador y primer líder (etapa sicodélica) de Pink Floyd. El impacto fue tal, que Waters sollozó como un niño al decirle adiós. Los cuatro miembros se habían encerrado en las dependencias de EMI para grabar el primer trabajo tras el triunfo apabullante de The dark side of the moon, sin dar con la tecla idónea para componer material a la altura de lo que sus fans esperaban. Indirectamente, la tecla fue la presencia de Barret, creyente él de que iba a colaborar en la grabación. A partir de ese momento, el grupo comenzó a dar forma a lo que hoy es una de las cuatro o cinco mejores obras de los británicos, con el soporte de letras como esta de Shine on you crazy diamond, inspirada y con dedicatoria; una loa para una más de las víctimas de la droga, en este caso concreto del LSD.
Este tema había sido compuesto un año antes, incluso tocado en sus giras, pero no sería hasta 1975, año de su publicación, cuando adquiere la extensión definitiva -más de veinticinco minutos repartidos por igual entre el inicio y el final del disco- y una preponderancia incuestionable, convirtiéndose en la piedra angular del nuevo trabajo. Esas cuatro notas de guitarra de David Gilmour (Si bemol en cuarta cuerda, Fa en segunda cuerda y luego Mi y Sol al aire) que dan inicio a la segunda parte, acompañado por el sonido envolvente de los teclados a cargo de Richard Wright, es algo mágico, inolvidable, para escuchar una y otra y otra y otra vez; y ya con la entrada de la batería a cargo de Nick Mason, la sacudida sonora es para ponerte los pelos como escarpias. Yo diría que aquí Pink Floyd está muy cerca de alcanzar esa perfección sonora que siempre ha perseguido con tanta tenacidad.
Cuando el nuevo trabajo salió a la venta -en septiembre de este año se cumplirá el medio siglo-, las críticas no fueron las esperadas, ya que inevitablemente lo comparaban con The dark...; no obstante, con el paso de los años, la mayoría de entendidos han terminado por reconocer los méritos de esta obra conceptual que navega entre el homenaje más sincero a Barret por la desgracia de su enfermedad mental, y la crítica más afilada a la industria discográfica y quienes la manejan. Esa crítica se refleja en los dos temas que saldrían editados como singles de lanzamiento en USA: Welcome to the machine y Have a cigar, este, el único corte que no está cantado por algún miembro del grupo, y sí por su amigo Roy Harper.
A pesar del peso abrumador de Shine..., en el disco, quizás sea Wish you were here, la canción imposible de olvidar aunque transcurran los siglos, además de una de las más versionadas de la historia. Como ocurre con aquella, Wish you..., es la dedicatoria más sincera a Syd Barret (...Cómo, cómo me gustaría que estuvieras aquí, somos solo dos almas perdidas, nadando en una pecera año tras año, corriendo sobre el mismo viejo suelo, ¿Qué descubrimos?, los mismos viejos miedos, me gustaría que estuvieras aquí...)
La obra, como ocurre al inicio, se cierra con la segunda parte de Shine on you crazy diamond. Esta enlaza directamente con el final de Wish you..., adquiriendo protagonismo los sintetizadores de Richard Wright en comandita con la guitarra afilada de David Gilmour, antes de llevar la canción al estado de aparente sosiego de la primera parte, cuando Roger Waters vuelve a la letra ya conocida. Pero es sin duda Wright el indiscutible protagonista de esta joya que ha servido a tantos programas de televisión como banda sonora.
A modo de anecdotario, este gran disco -el favorito de Gilmour y Wright- fue grabado, como otros muchos, en los míticos estudios de Abbey Road entre enero y junio de 1975. El germen partió del proyecto Household objects, del cual solo sobrevivió el sonido de los bordes de copas de vino tocadas con los dedos humedecidos, para el comienzo de Shine... También, y a pesar de la tibieza de las críticas, el disco alcanzó el nº1 a ambos lados del Atlántico. Para la ocasión, Pink Floyd tenía decidido que Alan Parsons volviera a ser el ingeniero de sonido, pero este rehusó, por estar ocupado con su grupo en el nuevo proyecto, Alan Parsons Project; por tanto se decantaron por Brian Humphries, que no había trabajado con ellos desde el lanzamiento de More (1969). Para el lanzamiento de este disco en USA, la banda eligió a Columbia Records en detrimento de Capitol Records. Mientras, la carátula e imágenes interiores del disco, fueron obra del estudio Hipgnosis, volviendo a acertar una vez más con el diseño. Para finalizar, la revista Rolling Stone sitúa a este disco en el puesto 264 entre los mejores 500 de la historia.
domingo, 12 de enero de 2025
Born to run (La agradable sorpresa de 1975)
Discos tan recordados como Physical graffiti de Led Zeppelin, Tonight's the night de Neil Young, Toys in the attic de Aerosmith, Wish you were here de Pink Floyd, Horses de Patti Smith, A night at the opera de Queen, Young americans de David Bowie o Pieces of the sky de Emmylou Harris, confirmaron a la añada de 1975 como una de las más brillantes y fructíferas de la historia. Pero fue Born to run de Bruce Springsteen, el gran descubrimiento musical de aquel año, concitando la atención mayoritaria de fans y crítica especializada. Y es que The boss era un perfecto desconocido -o al menos no estaba, ni se le esperaba a corto plazo-, a pesar de haber publicado dos discos con una innegable influencia de Bob Dylan que habían pasado sin pena ni gloria. Él, como le había ocurrido dos años antes a Supertramp cuando publicó Crime of the century, su tercer trabajo, se encontraba ante la última oportunidad; por tanto, si a la tercera no iba la vencida, posiblemente jamás hubiera alcanzado las cotas de popularidad que tuvo a partir de entonces, ¡o no!
Para ocasión tan trascendental no quedaba otra que acertar con la producción (Jon Landau), reclutar músicos reputados para la E Street Band (Roy Bittan como teclista y Max Weinberg baterista), atinar con el tono y la melodía de cada canción, además de tomárselo con calma (catorce meses de grabación en los estudios neoyorquinos de Record Plant, incluyendo seis para ultimar el tema que da título al disco: Born to run. El resultado final fue una obra imperecedera que te hace volar la cabeza (dirían los más jóvenes de hoy), un disco flipante (los de los noventa), o un LP para alucinar (comentaban entonces los de los setenta). Cada canción tiene una introducción instrumental bárbara, haciendo que la obra en su conjunto adquiera una dimensión épica al añadirse unas letras más elaboradas. Thunder road, el primer tema del disco, puede parecer al comienzo una nueva influencia de Dylan por la armónica, pero pronto los pianos, batería y guitarras van a fijar desde ese momento su nueva marca de fábrica, un sello único e inimitable. Backstreets es otro de los cortes que reafirma a Bruce en ese nuevo horizonte, alejado al fin de la estela de Robert Allen Zimmerman. Como lo es Tent Avenue Freeze-Out, que prefigura canciones de trabajos posteriores, como las del álbum The river. She's the one, corte cargado de fuerza y tensión por igual, es otro más de los que hacen de este disco una auténtica gozada. Como lo es este maravilloso Meeting acrros the river, más calmado e intimista, con cierto toque de cine, y donde la trompeta evanescente de Randy Brecker evita interferir en el acompañamiento al piano de Roy Bittan, ¿o es justo al revés?
La Revista Rolling Stone sitúa a Born to run en el puesto 21 de la clasificación, entre los mejores discos, y a la canción homónima en el 27, entre las 500 mejores canciones de la historia. Es uno de sus discos más vendidos, quizá solo superado por The river (1980) y Born in the USA (1984), y supuso su consagración definitiva, justo en un momento de dudas, entre seguir el recorrido de sus dos primeros trabajos, o girar radicalmente hacia otro tipo de música, donde la E Street Band, su grupo de apoyo, jugaría un papel fundamental.
La Revista Rolling Stone sitúa a Born to run en el puesto 21 de la clasificación, entre los mejores discos, y a la canción homónima en el 27, entre las 500 mejores canciones de la historia. Es uno de sus discos más vendidos, quizá solo superado por The river (1980) y Born in the USA (1984), y supuso su consagración definitiva, justo en un momento de dudas, entre seguir el recorrido de sus dos primeros trabajos, o girar radicalmente hacia otro tipo de música, donde la E Street Band, su grupo de apoyo, jugaría un papel fundamental.
lunes, 27 de mayo de 2024
50 años de la cumbre creativa de Genesis
Si hay un álbum que confirma la buena salud del denominado rock progresivo en los años 70, ese es sin duda, The lamb lies down on Broadway. Este primer corte de título homónimo, sirve a Genesis para orientarnos en el viaje apasionante de Rael, un puertorriqueño gamberrete que descubre un cordero tirado en alguna calle de Broadway. Desde ese punto de partida, Peter Gabriel (en su último trabajo como vocalista de la banda) nos muestra a través de textos consistentes y en parte surrealistas, la paradoja de una gran ciudad como es Nueva York, acompañado de la meticulosidad y soberbias interpretaciones del resto del grupo, nunca superadas en los posteriores trabajos.
En mayo de 1974, una vez concluida la gira de su anterior trabajo, Selling england by the pound (álbum casi al mismo nivel de calidad), los británicos se encerraban en un estudio ubicado en Gales para componer veintitrés temas que conformarían este inolvidable doble álbum conceptual. Para el recuerdo quedan cortes como, Back in N.Y.C., In the cage, The chamber of 32 doors, The carpet crawlers , Lilywhite Lilith, la arrolladora Anyway, o la monumental The lamia, conformando, es mi opinión y la de muchos fans del grupo, la cumbre creativa de su dilatada carrera.
Un año más tarde, tras dar por concluida la gira mundial para dar a conocer el álbum, Peter Gabriel abandonaba la nave para iniciar una nueva etapa en solitario. Desde entonces Genesis sería otro grupo diferente, acusándose ese giro al finalizar la década, al decantarse por un estilo de música comercial y alejado de lo que entendemos por rock progresivo, aunque manteniendo una cierta calidad.
En noviembre próximo se cumplirá el medio siglo desde que viera la luz esta joya, una joya posible gracias al trabajo del increíble Peter Gabriel y los virtuosos Tony Banks (teclados), Steve Hackett (guitarras), Mike Rutherford (bajo) y Phil Collins (baterista), a la postre quien le sustituiría como vocalista. Ninguno de los cinco volvería a estar tan inspirado como en aquellos meses, cuando viajaron a Headley Grange para recrear las vivencias y pesadillas de un puertorriqueño llamado Rael en la ciudad de los rascacielos.
Consejo de amigo: The lamb lies down on Broadway, está hecho para escuchar con los auriculares, y si es posible en una habitación a oscuras. Desde luego no recomiendo su audición en las calles de una gran ciudad. Como mal menor, si podría servir una caminata por el monte.
viernes, 8 de marzo de 2024
"El crimen del siglo" fue su tabla de salvación
El grupo, o mejor decir, lo que quedaba de Supertramp, o sea, Rick Davies y Roger Hodgson, estaba en una situación límite después del fracaso de sus dos primeros discos, y de que su benefactor, el millonario holandés, Stanley A. Miesegaes, decidiera darse el piro y cortar el grifo económico tras las los dos primeros discos fallidos de los británicos. En ese estado de desespero, con una deuda nada despreciable y a punto de tirar la toalla, el dúo de supervivientes aún creyó en una última oportunidad de cambiar el sino de su historia. A fin de romper con su pasado y la fatalidad que los perseguía, Rick y Roger reclutaron para la causa de un hipotético renacimiento, a John Helliwell (saxofón y clarinete), Dougie Thomson (bajo) y Bob Benberg (batería y percusión). La nueva formación se presentó en la sede de A&M Records, creyendo sus gerifaltes que la visita solo tenía el objetivo de rescindir el contrato que mantenían con ellos. Nada más lejos de la realidad, porque los supervivientes del naufragio habían decidido utilizar la última bala que les quedaba en el revólver. Según se cuenta -no sé si se trata de una leyenda urbana-, recurrieron a Chuck Berry para que les hiciera un préstamo.
Un importante ejecutivo de la división británica de A&M Records se desplazó a escuchar un ensayo de la banda, la cual, a instancias de los directivos de la Compañía, se había recluido en la granja The Old Mill, en el Condado de Somerset, cerca de la localidad de Langport, con el fin de abaratar la financiación del nuevo álbum, y a un tiempo favorecer la inspiración de los líderes de la banda a la hora de componer. El viaje resultó fructífero, ya que de allí salió gratamente sorprendido por el buen hacer de los músicos. Uno de los temas que escuchó sin pulir aún fue Dreamer, además de otros que seguían una línea melódica similar, acompañada eso sí, de letras deprimentes que hablaban de soledad, neurosis y cosas de parecido tener. A pesar de todos los antecedentes y la incertidumbre por lo que pudiera salir de allí, el ejecutivo sospechaba que Supertramp estaba en el buen camino, por tanto y desde ese momento, tuvieron más margen de maniobra con el presupuesto.
Entre noviembre de 1973 y febrero de 1974 Rick Davies (Teclados y voz) y Roger Hodgson (guitarra, teclados y voz principal), junto al resto de los nuevos integrantes, acompañados en todo momentos de sus respectivas esposas/parejas, y rodeados de vacas, caballos, perros, algún gato familiar y mucho campo abierto, entraron en trance -aquí se podría aplicar esa máxima de hacer de la necesidad virtud, o aquella otra de que la pobreza agudiza el ingenio-, componiendo no ocho, sino más de cuarenta temas, muchos de los cuales les servirían para posteriores álbumes, como por ejemplo el fantástico, From now on, perteneciente a Even in the quietest moments. Al abandonar la granja para regresar a sus respectivas casas, el grupo sabía que tenía bajo el brazo un tesoro al cual solo le faltaba perfeccionarlo en el estudio de grabación, y un productor e ingeniero de sonido capaz de plasmar sobre vinilo toda el potencial de los temas.
De febrero a junio de 1974, el quinteto se encerró en los estudios Trident de Londres, acompañado por el prestigioso Kent Scott, que con anterioridad había colaborado en White Album y Abbey Road de The Beatles, además de otros artistas, como David Bowie o Lou Reed, dando como resultado uno de los discos más redondos de la década de 1970, y en mi opinión el mejor trabajo del grupo. Sin ser un disco conceptual se asemeja mucho. Y es en este trabajo donde el piano y el saxofón se asientan de modo definitivo, siendo desde ese momento una de las marcas distintiva de su obra.
Cryme of the century (Sept-1974) suena hoy tan fresco y vigoroso como lo hacía cincuenta años atrás. Pop progresivo ensamblado con rigor y minuciosidad. School, el primer corte que se incia con la armónica de Rick Davies, es un ejemplo de ello. O este Bloody well right, con el piano eléctrico introduciendo un ligero toque jazz a cargo del mismo Davies. O la paranoica y no por ello menos deliciosa Hide in your shell. El tema Asylum continúa en la misma línea de letra deprimente, con el temor para el protagonista de ser encerrado. Tema monumental que hubiera firmado Genesis cuando aún era liderado por Peter Gabriel, salvando claro está los arreglos orquestales. Esta obra maravillosa la completan los temas, Rudy, el más extenso y lastimero de los ocho que la integran, con un trabajo de producción impecable; If everyone was listening, melodía delicada de armonías vocales; y por supuesto el tema que cierra el álbum y le da nombre, Crime of the century.
La Revista Rolling Stone posiciona a Crime of the century en el puesto 27 en la lista de los 50 mejores álbumes de rock progresivo de la historia (anexo). Es por derecho propio una de las obras fundamentales de la década de 1970, consiguiendo a partir de su publicación, liderar junto a unos pocos el panorama musical de lo que se llegó a denominar música AOR durante la segunda mitad de la década y primeros años ochenta, justo hasta que Roger Hodgson abandonó la nave.
Otra de las características que hace singular a COTC, es la icónica carátula ideada por el artista gráfico Paul Wakefield, a partir de la audición completa, un reflejo acertado de la temática claustrofóbica desarrollada en algunos de los cortes. Un álbum, en resumidas cuentas, para escuchar con atención, sin dejarse llevar por las melodías más facilonas, ya que todas las composiciones, todas, aun a pesar de la aparente simplicidad de algunas, no es tal; detrás hay un gran trabajo compositivo y de armonización interpretativa.
jueves, 21 de diciembre de 2023
Medio siglo de Tubular Bells
Hay años que por diversas razones se convierten en fructíferos para la música, y con el paso del tiempo y a pesar de él, en imborrables. Es el caso de 1973, uno de los mejores para la música en general. Entre otros acontecimientos por que un 25 de mayo salía al mercado Tubular Bells, uno de los álbumes imprescindibles para cualquier melómano que se precie, incluido aquel seguidor exclusivo de la música clásica. Aunque unos cuantos meses antes de ponerse a la venta, debió superar varios obstáculos, además de tener la fortuna de su lado por estar (Mike) en el momento y lugar adecuados.
Claro que en 1972, el entusiasta compositor era un anónimo ciudadano, un completo desconocido para el mundillo de la música. Nadie estaba al corriente de la existencia de un chaval de diecinueve años, no ya solo capaz de componer una obra descomunal, sino de tocar infinidad de instrumentos, además de "campanas tubulares" El veredicto del incipiente trabajo grabado en maqueta fue el rechazo por parte de unas cuantas casas discográficas. Aducían para ello la inexistencia de canciones y la duración desmedida. Hasta que el millonario Richard Branso se fijó en el trabajo y decidió producirlo. Durante medio año Mike Oldfield se encerró en un estudio a las afueras de Londres para plasmar en vinilo lo que su mente había concebido sin cumplir los veinte. De hecho, Tubular bells fue el primer lanzamiento de Virgin Records, la discográfica fundada por el millonario.
En un principio el nuevo álbum no se vendió demasiado, ni tampoco concitó la curiosidad de los críticos musicales. Sin embargo, al estrenarse la película El exorcista -del mismo año-, que utilizaba como parte de su banda sonora la música de Tubular Bells, comenzó a alzar el vuelo hasta convertirse en uno de los más vendidos de la década de los años setenta, proclamando a aquel joven Mike como la sensación del momento, "el nuevo Mozart", dijeron algunos de los más encumbrados expertos de la música. Si bien razones había para ir tan lejos teniendo en cuenta el ímprobo trabajo de composición del joven prodigio.
Tubular bells es un disco conceptual que se divide en dos partes (por obvias razones de capacidad del vinilo). Se podría decir sin temor a equívocos que estamos ante una sinfonía moderna, originalísima, de una complejidad técnica casi incomparable a otros álbumes coetáneos, siendo un trabajo inspirador para muchos artistas y grupos de música progresiva que aparecerían más tarde. Hoy, cincuenta años después, aún supone un reto extraordinario tocar en vivo T.B. debido a la profusión de instrumentos musicales que se necesitan a fin de ejecutar la obral tal cual suena en el disco, con el añadido de hacerlos sonar ensamblados.
El primer trabajo de Mike Oldfield permaneció en las listas de éxitos británicos durante más de 250 semanas, además de haber vendido en torno a quince millones de copias. Tubular bells tuvo dos secuelas en los años 1992 y 1998, sin llegar a alcanzar el éxito de aquel.
miércoles, 1 de marzo de 2023
Un fluido rosa que escaló hasta el cielo
Voy a retroceder casi cincuenta años. Estoy en el Campairo, en torno a 1974. Es verano, si la memoria no me juega una mala pasada. Hay bullicio de chavales como yo que jugamos al fútbol en la parte baja. El canto de los pájaros acompañan a nuestras escasas habilidades con el balón. Sindo (q.e.p.d.) toca en el piano alguna pieza clásica que llega a nuestros oídos a través del balcón abierto. Eduardo "Cañón" (q.e.p.d.), casero de nuestra familia, dialoga a voz en grito con la Sra. Engracia (q.e.p.d.) al inicio de la escalera de piedra adosada a nuestra casa. Y en la tienda de Sarmiento no dejan de despachar bombonas de butano azules. Cuando el partidillo concluye, Alejo, mi amigo de toda una vida, dice que lo acompañe a su casa (pegada a la mía). Alli nos entretenemos con nuestras cosas, entre ellas echar un vistazo a nuevas cintas cassette adquiridas por alguno de sus hermanos mayores. Junto al Abbey Road de The Beatles, alguna -no recuerdo cual- de Creedence Clearwater Revival, o alguna otra de Elvis, aparece otra tan llamativa como extraña por su carátula. Un rayo de luz blanca se refracta sobre un prisma triangular. Podíamos haberla puesto en el radio cassette, pero preferimos ir a lo seguro escuchando a The Beatles.
Navidad del mismo año. Estoy en la casa de mis tíos (q.e.p.d) en Ponferrada. Mi primo Jesús (q.e.p.d), el hijo de mis tíos, es un fan de la "musica moderna" -razonable teniendo en cuenta que me lleva casi seis años de ventaja-. Cada mes compra las novedades a través del boletín Discoplay (ya desaparecido). Entre las adquisiciones me llama la atención que también él se haya hecho con la casette de marras. Me resulta todo misterioso, incluido el nombre, Pink Floyd, y un título tan largo, The dark side of the moon (ni puñetera idea de su significado; menos aún que estuviera escrito en inglés). En realidad no sabía si Pink Floyd era el título de la obra. Solo me quedaba la alternativa de escucharla con el volumen bajo al irme a dormir, haciendo tiempo hasta que mi primo regresara a casa después de estar con los amigos.
Al principio de la escucha sentí temor. Algo parecido al latido de un corazón, mezclándose con diversos ruidos, y la voz desesperada de alguien antes de dar paso al segundo corte, era para poner los pelos como escarpias, al menos en mi caso. Pero Breathe, era otra cosa. Un tema pausado que no se parecía a nada de lo que yo había escuchado hasta entonces. Claro que un temor -no tan intenso- regresó con el estresante On the run, una suerte de carrera contra el reloj dentro de las tripas de maquinaria pesada, aunque fueran sintetizadores. De súbito una explosión daba paso a una calma chicha acompañada del tic tac de múltiples relojes que pronto, a un tiempo, convergerían en un rebato de timbres, campanas, cucos; una extravagancia, pensaba yo, más llamativa teniendo en cuenta la condición de relojero de mi tío. Cuando pensé que ya no volverían los sobresaltos, teniendo en cuenta el inicio suave de The great gig in the sky, alguien de repente (Clare Torry) grita con desesperación, como si la vida le fuera en ello. La audición era un sinvivir, y sin embargo, algo, no sabría cómo explicarlo, me impedía pararla.
Pero antes de darle la vuelta a la cinta necesitaba tomar un respiro. Tuve incluso el momento de duda, pero al final la curiosidad de escuchar lo que quedaba tras la cara oculta, la morbosidad de extasiarme con sonidos tan atractivos como apocalípticos, esa de explorar en una realidad paralela, acabó por empujarme a poner la cara B.
La vuelta empezaba con un sonido familiar, el de máquinas registradoras. El bajo resultaba ahora más humano, al margen de arcanos singulares. Era el tema más terrestre, el más fácil de asimilar. Inferí que el resto de la música discurriría por la vía convencional, sin sobresaltos. Y sí, la cara B enseñaba menos los cuchillos. Cuando acabó la cinta, el latido del corazón me parecía menos desalentador que al comienzo. Era necesaria una segunda audición al día siguiente, reflexionaba, al tiempo de llegar mi primo, extrañándose de que hubiera elegido a Pink Floyd para hacer más soportable la espera.
Han pasado casi cincuenta años desde entonces, y sin dudarlo, esta es la obra que más veces he escuchado a lo largo de mi vida. Cuando compré mi primer radio cassette stéreo, la primera cinta en escuchar fue The dark side of the moon. Luego vendría el plato, y con él la compra del vinilo. Por último la adquisición de un reproductor junto al CD. No voy a ser original si digo que a una isla desierta me llevaría la composición de los británicos, tal vez para sentirme más cerca del cielo.
The dark side of the moon se puede catalogar de milagro en todos los sentidos. En 1973 Pink Floyd estaba en la plenitud creativa de su carrera. The dark... empezó a tomar cuerpo en la cocina de la casa de Nick Mason. De allí salió la idea de crear una obra conceptual en torno al estrés, la muerte, la avaricia y también la locura (algunos de los cortes están dedicados a quien fuera su líder, Syd Barret, fuera de combate por el consumo de LSD). Lo más chocante del caso es que en 1971 ya habían compuesto algunos de los cortes, tocándolos en directo sin aún haber sido publicados. Bien es cierto que todavía les faltaba el pulido final para rematarlos con pulcritud. El ensamblaje acometido en los estudios de Abbey Road estaría a cargo de Alan Parsons, reputado ingeniero de sonido que anteriormente había trabajado en algunos álbumes de The Beatles. El resultado final es una obra maestra. Los diez temas están aquilatados a la perfección, unidos con maestría, de manera que si alguno faltase, la obra se resentiría. No sobra ni una nota de este cocktail monumental.
Es meritorio destacar que, aun teniendo en cuenta los avances tecnológicos de los estudios de grabación a lo largo de los últimos años, en 1973 no era tarea sencilla llevar a los surcos de un vinilo las composiciones como Pink Floyd las había concebido, aunque ahora pueda sorprender a la gente más joven, teniendo en cuenta que con un simple ordenador se pueden conseguir sonoridades infinitas. Y es que PF destaca por muchas virtudes, pero en mi opinión sobresale por la pulcritud en el acabado, la persecución inmisericorde hasta atrapar el sonido perfecto, algo a lo cual nunca han prestado tanta atención ninguno de los artistas o agrupaciones, incluyendo a los más clásicos de la música popular.
Medio siglo más tarde (se publicó por primera vez el 1 de marzo de 1973 en EE.UU, y el 21 de marzo del mismo año en UK junto al resto del mundo), los logros de The dark..., son incuestionables. En muy pocos casos se ha dado tal unanimidad entre crítica y público al calificar de sobresaliente esta grabación. Por derecho propio es el tercer disco más vendido de todos los tiempos, con unas ventas próximas a los cincuenta millones de ejemplares. Es a su vez, el álbum que más tiempo ha permanecido en las listas de venta, por más de 900 semanas -cerca de 18 años-, 730 consecutivas, algo inédito, un hito que ni siquiera se ha repetido y difícilmente va a ocurrir. Los años que van de 1973 a 1975, e incluso después, con la publicación de su siguiente álbum, Wish you were here, Pink Floyd se convierte en la superbanda del momento, con montajes escénicos únicos por aquel entonces, donde el diseño de pantallas redondas e infinidad de luces se funden con la sonoridad impecable, siendo el denominador común de espectáculos inolvidables. Cabe añadir el éxito rotundo de su carátula, diseñada por George Hardie, perteneciente al colectivo Hipgnosis. Según la revista Rolling Stone, se trata del segundo mejor diseño para un disco en la historia de la música rock.
En resumidas cuentas se puede decir sin temor al equívoco, que hay un antes y un después tras la publicación de The dark... Antes de 1973, el rock sinfónico, o progresivo, se consideraba música para escuchar por minorías. A partir de entonces, la etiqueta de elitista dejó paso a multitudes deseosas de escuchar música diferente, dándose impulso a ellos mismos, pero también a agrupaciones que se desenvolvían en el mismo territorio musical, como Genesis, Yes, King Crimson, Jethro Tull, Emerson, Lake & Palmer, Camel, etc. Con The dark..., el cuarteto integrado por David Gilmour (guitarra y voz), Roger Waters (bajo y voz), Richard Wright (teclados y voz) y Nick Mason (batería), pusieron patas arriba el panorama musical de entonces, invitando a sus fans a emprender un viaje extraordinario por las profundidades del alma humana, sin necesidad de recurrir a comodines lisérgicos ni sustancias prohibidas; porque ellos solos, con su talento ilimitado, eran capaces de provocar un estado alterado de conciencia a cualquiera que escuchara esta obra imperecedera que es como una catedral sonora.
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