lunes, 26 de enero de 2026

La aceleración (Mis charlas con Fermín)

  - Cada vez nos vemos menos. En Navidad ni siquiera echamos una parrafada, salvo a través del teléfono.

  - ¿Y qué quieres? Al principio es la novedad del encuentro tras un taco de años sin vernos. Luego las charlas para hablar del tiempo remansado, y finalmente, cuando ya nos hemos dicho todo o casi todo, vuelve la inevitable aceleración. 

  Fermín se queda mirando al horizonte esperando a la réplica lógica, pero como no le he entendido bien le pregunto:

  - ¿Qué quieres decir con eso de la aceleración?

  - Mira, Julio: nosotros ya tenemos una edad. No somos viejos aún, pero deberíamos de ir pensando en ese estado final.

  - ¿Y qué tiene que ver eso con la acelaración?

  Fermín se me queda mirando con los ojos dibujando hastío. Entonces, de repente, habla de Villafranca.

  - Suponte que volvemos a tener quince años y estamos caminado por la calle del Agua. Caminamos despacio para ir a mi casa, la de mis tíos en la calle Concepción.
 
   - ¿Y?

   - Vamos despacio porque no llueve, mis tíos no me esperan hasta más tarde, y además no tenemos hambre porque acabamos de merendar el pan con nocilla que nos ha servido Maruja. Hemos salido antes del Colegio de los Paúles porque ese día no hay estudio. Y nos paramos cada poco para mirar al fondo de la bodega que ya tiene algún parroquiano. O para ver cómo el zapatero remendón repara una bota detrás del cristal. Observamos con esmero alguno de los escudos en las fachadas de casas antiguas. Nos demoramos subiendo la cuesta de Zamora, y por fin nos quedamos quietos, acodados sobre la barandilla del puento, para ver si descubrimos alguna trucha moviéndose en el río...

  - No sé adónde quieres ir a parar.

  ... No tenemos móviles, tampoco relojes inteligentes. 

   - Eso es una obviedad.

   - ¿Cómo caminaríamos ahora tú y yo por la calle del Agua?

   - Dímelo tú.

   Fermín se queda en silencio mientras remueve con la cucharilla el azucar del café. Prueba a sorber, con precaución por la calentura de la taza, y al comprobar que no quema, va bebiendo el contenido a sorbitos, poco a poco.

  - ¡Joder! ¡Fermín! Me tienes en ascuas.

  - Pues eso. Ahora caminaríamos más aprisa, sin pararnos a mirar al zapatero porque ya no lo hay, ni tampoco la bodega de marras con su banderita blanca. Ni repararíamos en los escudos de entonces, o en la trucha del río. Y mientras camináramos, tú o yo echaríamos una hojeada al móvil; incluso deberíamos de atender a alguna llamada de algún familiar o amigo, cuando no de un vendedor de seguros. Y a buen seguro estaríamos apremiándonos a llegar a tiempo de coger el coche para ir a no sé dónde.

  - Te pillo a medias.

  - Nosotros ya tenemos una edad, y deberíamos de movernos al ralentí, pero los tiempos frenéticos de hoy nos lo impide. Antes, una cosa, una política, una norma, duraban mucho tiempo. Ahora todo es efímero. ¿Tú te acuerdas cuando salió el MP3? Parecía aquello la revolución, ¿y ahora quién lo utiliza? Por otra parte, ¿quién se acompaña de una cámara fotográfica como no sea un profesional o un sibarita despistado? Si hasta con el móvil puedes hacer transferencias o un bízum, o poner en marcha la lavadora. Y en la actualidad puedes escribir emails. Hoy en día ya nadie escribe una tarjeta navideña, mucho menos una carta. Cuando recibía una carta de alguien, casi siempre de mis padres, aunque los viera con frecuencia por vivir en Molinaseca, tenía una alegría inmensa. Así que, si era yo quien debía escribir la carta, me esmeraba en el contenido, sin importarme perder una hora, o el tiempo que fuera necesario. Hoy escribo por el whatsapp y trato de ser lo más escueto posible, a veces comiéndome letras, no vaya a ser que al perder unos segundos para completar el texto correctamente, no llegue a tiempo de la reunión con mi equipo de ingeniería.

  - O sea, que a eso te refieres con lo de la aceleración.

  - Sí. Los tiempos acelerados van a acabar con la reflexión, y con nuestra salud. Las redes sociales, e intuyo que la IA, están haciendo mucho daño, y lo van a seguir haciendo, cada vez con más intensidad. Casi acaban con el periódico tradicional, y van a acabar con nuestra paciencia, con nuestra intimidad y sospecho que con el orden internacional, al menos como lo hemos conocido hasta hace bien poco.

  - Estoy de acuerdo contigo, ya que la aceleración, como bien dices, ha arrumbado con un montón de cosas que, tal vez sin ser útiles en este momento, mantienen ese encanto  que nos une al tiempo antiguo, como la cámara fotográfica. Pero eso no quita para que sigamos viéndonos con una cierta frecuencia, digo yo.

  - La verdad, y al margen de toda esta parrafada, es que casi toda la Navidad la hemos pasado Ana y yo en Madrid con mi hija.

  - ¿Y qué tal Ana?

  - ¿Cuál de las dos?

  - Tú hija.

  - Ya te comenté de nuestra reconciliación. Ella está jodida, no te voy a andar con mentiras. De todos modos parece que el mal se ha estancado: no mejora pero tampoco retrocede.

  Al despedirnos, antes de coger el coche para regresar a Maó, Fermín vuelve al tiempo antiguo, para decirme que tal vez Villafranca, a pesar de esas dos almas: la idealizada y la real, ha sabido defenderse -como muy pocas localidades lo han hecho-, con uñas y dientes contra la vorágine de los cambios supersónicos, manteniendo así la calma constante, ese antídoto perfecto para prevenir la aceleración indeseada.    





 

No hay comentarios:

Publicar un comentario