Cuando decimos que una creación perteneciente a cualquier género artístico es intemporal, imperecedera, en buena lógica le estamos atribuyendo méritos por encima de lo habitual. Es lo que pasa con El espíritu de la colmena (1973), la ópera prima de Víctor Erice, si obviamos Los desafíos (1969) -largometraje de tres historias dirigido junto a Claudio Guerín y José Luis Egea-, además de varios cortrometrajes. Como dice el diccionario de la RAE en una de sus acepciones, esta película esta fuera del tiempo y/o lo trasciende, señalando una nueva forma de hacer cine en el alicaído ambiente cultural de la época, algo que en buena medida también estaba señalando el cineasta Carlos Saura.
Ya desde la primera escena se respira un aire mágico, o al menos eso debía de ocurrirles a los asistentes al cine en un pueblo cualquiera de Castilla allá por los años cuarenta del siglo pasado, y eso es lo que de algún modo nos están transmitiendo a quienes nos sentamos más lejos para admirar
El espíritu de la colmena con todas sus consecuencias, las mismas que va a provocar en la niña Ana la proyección en la pequeña pantalla de la película del monstruo de Frankenstein.
Hay una famila formada por Fernando (F. Fernán Gómez) y Teresa (Teresa Gimpera), además de sus hijas Isabel (Isabel Tellería) y Ana (Ana Torrent). El matrimonio convive en "compartimentos estancos", una suerte de colmena. Él, entretenido en su afición a la apicultura, y ella, escribiendo cartas a un novio imaginario. La niña Ana no, ella, imaginativa, soñadora, se desenvuelve en espacios más allá de la colmena familiar. Así que la pequeña comienza a sentir admiración por ese monstruo de la pantalla que muestra ternura hacia una niña, aunque al final sea abatido a tiros por adultos. Desde entonces ya no dejará de ser una representación del fantasma de sus sueños.
Una madrugada un hombre perseguido salta de un tren en marcha. Hay en esta historia una casa abandonada. Ana la suele frecuentar. Esa misma mañana descubre dentro de ella a un desconocido, alguien que se esconde para no ser descubierto. Desde entonces la niña le llevará comida, porque en el fondo es su fantasma, el remedo de aquel monstruo que unos hombres malos mataron cuando no debían, en aquel cine destartalado de domingo. Lo mismo que ocurrirá con el fugitivo, repitiéndose la historia atroz de la muerte a manos de quienes solo ven el odio. Es entonces cuando Ana cae enferma, mientras la vida avanza y sirve para comprender que, al igual que ocurre en las películas, las fantasías tienen su final.
Hay unas interpretaciones fantásticas por parte del elenco, entre ellas la de Fernando Fernán Gómez, como casi siempre, y por encima de todas, la de Ana Torrent, que con solo siete años ganó el Fotogramas de Plata por su papel de Ana. Cabe destacar que El espíritu de la colmena fue la primera cinta española en conseguir el premio a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Por su parte el CEC la premió como mejor película, también hizo lo propio con Fernán Gómez como mejor intérprete y con Luis Cuadrado por su magnífica fotografía. En el Festival Internacional de Cine de Chicago, el largometraje obtuvo el Hugo de Plata. Cabe destacar la valoración de la prestigiosa revista británica Sight & Sound, que en su votación de 2012, la clasificó en el puesto número 81 entre "las mejores cien películas de la historia" a consideración de los críticos, siendo la única española que aparece en dicha lista.
Los méritos de este largometraje son muchos, entre ellos el de la soberbia dirección de Víctor Erice, y del guión, escueto y preciso, escrito por él mismo junto a Ángel Fernández Santos. Pero si me tuviera que quedar con un solo destello, sería con la mirada de Ana Torrent, y es que, a mi modo de ver, no ha habido en la historia del cine español una mirada de niña tan impactante como la suya; y más que en ninguna otra de sus películas (incluida la de Cría cuervos) en esta.
Como se suele decir para elogiar algo que nos conmueve, esta es una película de obligado visionado antes de morir. De verdad que merece la pena disfrutarla, porque no hay, que yo sepa, ninguna película similar que profundice en la infancia con tanto acierto y emotividad que esta.
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