PERSISTIR EN LA MEMORIA

En el
año 2018 publiqué “Teórica del fuego”, colección de 20 relatos que
profundizan en el lado más siniestro de los seres humanos. Sicópatas,
ladrones de ocasión, mujeres de doble vida, estrellas de la tele, torturadores,
represores de la Guerra Civil, vaqueros de gatillo fácil, víctimas de la
dictadura argentina, adolescentes esquizofrénicos, o exhibicionistas, transitan
por las páginas del libro; incluso algunos de los ocasionales protagonistas
mantienen relación con algunas otras de las historias del libro. “Teórica del
fuego” me ha servido para profundizar en otras formas narrativas que en muchas
ocasiones han huido de la ortodoxia y convencionalismos utilizados más
habitualmente. Este relato titulado “Persistir en la memoria”, es la historia
resumida de mi novela, Pervivir en la memoria (2010), si bien con ciertas
licencias y contado de otra manera, con más libertad, donde el monólogo interior es el
recurso utilizado por una mujer viuda para reflexionar sobre su vida: un amor
traicionado, otro amor equívoco, la posibilidad de recuperar aquel primer amor
deshecho por los convencionalismos familiares, aunque realmente resulte
imposible por padecer el hombre la enfermedad de Alzheimer; y los recurrentes malos
tratos a manos de un marido celoso y equivocado, guardia civil, que finalmente la
deja viuda cuando es abatido a disparos por una partida de maquis. Esta
historia tiene su continuidad en el relato “El primer bofetón”, incluido
en este mismo libro.

Justo
cuando la tromba se está volviendo menos densa, presiento el momento de salir
del cobijo de la marquesina y ampararme en el viejo paraguas de la
adolescencia, a chapotear con esmero en los charquitos del andén. Y aquí estoy,
discurriendo qué es lo que voy a decirte cuando al fin me encuentre contigo;
mientras un ansia repentina de libertad y una inconsciencia de niña me
reconfortan lo indecible. Hace un rato, no sé, hará el cuarto de hora, me vino
a la memoria mamá, sus órdenes inequívocas. ¡Siempre haciendo la real gana!
¡Llévate el paraguas y ponte las botas! ¡Después cogerás un resfriado, y otra
vez al médico y las dichosas
inyecciones! Pero era mamá y todo lo que decía iba a misa, a ver si no quién
era la guapa que le confesaba que quien realmente me hacía tilín eras tú. Ya
sabes que no me gusta para nada ese amigo tuyo, y mucho menos que os paseéis
bajo la lluvia como dos estúpidos jovencitos a la vista de los viajeros, por
culpa de esa manía tuya de las caminatas a la verita de la estación. Dicen de
él, tú ya me entiendes…, y yo, que bueno; pero solo es un compañero del colegio
y nos llevamos bien, nada más. Cualquiera le decía que una vez en el ruinoso
retrete de la sombría estación, el amigo Guto, tú, habías intentado ir más allá
del beso en los labios. Tú cuidadín, que el chaval tiene querencia por las malas
costumbres. Ya ves lo que dicen de Raquel, aunque sus padres se hagan los ciegos
y miren para otra parte. Tú eras como eras, un poco lanzado, aunque con quince
años y huérfano desde los doce, como yo, si bien solo de padre, tampoco era
para pedir peras al olmo. Lo de Raquel ocurrió porque ella se dejaba y los dos
iban algo achispados, que Guto, otra cosa no, mas mentir, ¡ni por estas! ¡Mira
a Miguel, hija! Eso es otra cosa, alguien más sensato. Ha vuelto de la mili y
ya se decidió por continuar en el servicio a la Patria, ahora como Guardia
Civil. A pesar de su nueva responsabilidad, ahí lo tienes, intentando por todos
los medios meter en vereda a ese rebelde de hermano, ¡Guto se llama!, ¿no?,
para que no termine convirtiéndose en la oveja negra de los hermanos. Y no te
creas, que bien a las claras se le ve que tú le gustas. Pero yo venga a llevar
la contraria con que apenas tenía los dieciséis para andar de bailoteo con un
hombre hecho y derecho de veintitrés. Y claro, por no desairar, por miedo al
castigo, a obedecer como un corderillo cuando él dio el primer paso; así que
accedí a los acompañamientos y a distanciarme de ti, por cierto, tan muerto de
celos como nunca te he vuelto a ver. Primero fueron los paseos vespertinos por
el andén de la estación, lo mismito que antes contigo; más tarde el baile de
los domingos por la tarde y finalmente la pedida de mano que, qué más quieres
niña, si te llevas al mejor partido del municipio, si solo le falta un bigotito
como el de tu padre, que en gloria esté, y se parecería al mismo Errol Flynn.
No tenía otra salida por la amenaza de meterme a redentorista, así que tras
seis meses de novios formales nos casamos, yo recién cumplidos los diecisiete.
No sabía nada de la vida, salvo obedecer y ser una buena esposa. Ahora que han
pasado tantos años solo recuerdo con emoción los escasos paseos a la
anochecida, arriba y abajo de la estación, cuando todavía no me había puesto la
mano encima; y por descontado, los viajes al ralentí en el tren con destino a
la capital, a verme el doctor lo del embarazo. Luego, eso de estar en casa
junto a él se me volvió un suplicio.
A los pocos meses de matrimonio ya estaba
con su paranoia de si tú y yo nos veíamos a escondidas, si yo seguía estando
perdidamente enamorada de ti. Pero ya ves, aquellas tardes de sosiego caminando
al ladito de los raíles se fueron definitivamente al garete cuando el médico me
dijo que venía muerto. Entonces Miguel no hacía otra cosa que culparme, reprochándome
mi escaso entusiasmo y poca vitalidad, y sacudirme la cara cuando había
empinado el codo. La primera vez, todavía lo recuerdo como si hubiera ocurrido
ahora mismo, él venía bebido, propinándome un bofetón tras insultarme y
llamarme desvergonzada, a cuenta tuya. Enseguida se mostró arrepentido y me imploró
el perdón. Naturalmente le creí, pensando que jamás volvería a ocurrir algo
parecido. Finalmente terminamos en la ducha, abrazados como dos tortolitos. Sin
embargo, los malos tratos se
convirtieron en una costumbre en cuanto se emborrachaba. Y mamá, que no te preocupes,
pues muy pronto tendréis otro. No vino ninguno más, ya que Miguel me dejó viuda
al segundo año de vida en común. ¡Quién iba a pensar en una emboscada de los
maquis, y más en un hombrón como él!
Si hubiera sido por un accidente de tráfico, o qué se yo. En fin, es la vida.
Pese a todo, yo no me volvería a casar, niña, y mucho menos con la bala perdida
de tu cuñado, ¡te lo prohíbo! ¿Y si encima de vago nos sale un sádico como el
hermano? Pero tú no cesabas de tirarme los tejos al mes del entierro, incrementando
las acometidas en cuanto me puse de alivio. Para ti era un acicate verme con
ropas menos oscuras y la tristeza olvidada; aunque yo, si te miraba atrevida,
me parecía estar traicionando la memoria de tu hermano, ya ves. Me dicen por
ahí que a Guto se le ve merodear por la calle, cerca de donde pisan tus pies; y
alguien, no te voy a decir el nombre, me ha contado que el viernes pasado os
han visto juntos en el tren que volvía de la capital. Te lo advierto porque aún
eres una cría: ni se te ocurra hacerte ilusiones con el chaval, pero si tienes
tentaciones fuertes, antes prefiero verte encerrada en ese convento. Sería
capaz de matarte si ocurre algo indecente. Y yo, que sí mamá, que solo
coincidimos en el vagón, y que qué querías que hiciera, ¿mandarlo a paseo? Te
recuerdo nuestro parentesco y la cortesía. Tú venías de hacer unas compras y yo
ya sabes a lo que había ido. Claro que la primera intención había sido ir a
casa de mi amiga enferma, si bien, luego me encontré en la calle con Guto y lo
acompañé por las tiendas. No le dejé tocarme ni un pelo, mamá; además, él sabe
de sobra que soy la viuda de su hermano. En realidad, pero esto ya no se lo
dije, dejé que me dieras un beso con los labios descosidos, nada más. Aunque tú
intentaste persuadirme para hacerlo en una pensión discretísima, y yo te dije a
ver si estabas chalado, como si hubiera hablado por boca de mamá, con la boca
más pequeña, eso sí. Y ya ves, Guto, ahora que han pasado cuarenta años, me
demoro bajo la lluvia, tratando de aprisionar una miaja de aquella libertad
vigilada, a la espera de que llegue el tren, lo mismo que aquella tarde de
septiembre de fiesta patronal y agua a mansalva. Ni un pasajero se veía
deambular, y los cuatro o cinco viajeros se guarecían en la cantina, mirándome
como hipnóticos. ¡Si no salí de la marquesina nada más que en el momento de la
despedida, mamá! Ya, pero la mojadura fue de órdago. Yo bien sé lo que pasó, a
mí no me engañas con esas cosas de la cortesía y la vieja amistad, que alguno
todavía habla de la fuerza de ese idiota, y tú dejándote agarrar, sin bajarte
de la escalerilla hasta el pitido del jefe de estación para la salida del tren. ¿Y
qué se me perdía a mí en Gijón para decidir escaparme contigo? Mamá tenía
razón, y tú también, pues no dejé de llorar en toda la noche, pensando en el
embuste: si tú no me gustas ni para ir de compras, mucho menos para vivir
juntos en una ciudad desconocida. Pero te quería como jamás he querido a nadie,
con la rabia de mi cobardía, los celos royéndome por si caías muy pronto en las
redes de otra pelandusca más, y por preferir la obediencia ciega hacia mi
madre. Aunque también has de reconocer que con eso de irte a probar fortuna sin
un duro en el bolsillo, y con tu fama bien ganada de vividor y holgazán, el
futuro no parecía demasiado halagüeño. Es que si hubieras decidido marcharte
con él las hubieras pasado canutas, hija. Muy capaz era de ponerte a trabajar
en la calle y él a vivir del cuento y de tu deshonra, o tal vez a zurrarte la
badana, como hacía su hermano. Pero mamá, ¿tú te crees que nací ayer? Aunque
tal vez fuera cierto, porque, en ese momento, para nada me hubiera importado
haber huido y sacrificar cuanto fuera por estar amarradita a ti. Ya me dirás un
joven que abandona la escuela nada más quedarse huérfano de ambos padres, y a
vagabundear; porque Miguel intentó por todos los medios colocarle de recadero
en las oficinas de la mina, y él que para cien duros al mes no se molestaba en
madrugar. ¿Tú te crees, alma cándida, que en cuanto llegue a Asturias se va a
enderezar un chico como él, sin oficio ni beneficio? Te digo que en dos semanas
habrá encontrado un puesto de trabajo remunerado como Dios manda, mamá, con
todos los derechos y Seguridad Social incluida. Sin embargo, no fueron dos
semanas y sí medio año el tiempo transcurrido hasta que te dieron el trabajo en
el puerto, que ¡ya me gustaría saber cómo te ganaste la vida esos primeros
meses en Gijón! Nunca sueltas prenda, pero ahora hay tiempo de que me lo
confieses antes de lo irremediable. Aunque ya ves tú la vida, que el camino no
se te habrá hecho de rosas, pero yo también he pasado mis penas hasta bien
cumplidos los cuarenta. Mi matrimonio, ya no importa si te lo digo, no fue
amargo, sino un auténtico suplicio. Ni mamá era capaz de confortarme; con decir
de la puñetera obediencia en las alegrías y las calamidades, y si don Benigno
venía a decirme lo mismo cuando me confesaba, ya estaba solucionado el asunto.
Así que a sufrir las humillaciones y los golpes. Lo mejor en tu condición de
viuda es ponerte a servir, ya el señor del piso de arriba se ha interesado por
si podrías irle a limpiar dos veces por semana. Yo como una bobalicona me puse
de criada y cocinera, porque el rico señorote no sabía hacer ni un triste huevo
frito; ahora, eso sí: ni una palabra en cuanto a posible matrimonio. Si es más
retraído que tu tío Arturito, mamá. Es que hija, eres más fría que un témpano
de hielo. Algunos hombres prefieren ceder la iniciativa, y si tú no le insinúas,
en fin, ya me entiendes: ¡jamás! Ahora, hazte a la idea de que resolverías tu
futuro de un plumazo, sin dar un palo al agua. ¿No me decías de no volverme a
casar nunca? Sí, hija, pero este es un partido inmejorable. Di muchos palos al
agua, pues hasta los treinta y tres, no hice otra cosa que deambular de casa en
casa al ritmo que tú debías tener romances con las asturianas. Ya ves, los seis
años siguientes los pasé sin salir de casa, cuidando de mamá hasta que Dios se
acordó de ella. Suerte de sus ahorros y de la pensión de viudedad, si no, no
sé. Te digo lo de las asturianas, no vayas a pensar que me chupo el dedo, pues
que tú guardes un silencio sepulcral no significa que yo sea tonta. Bien sé de
cuando Raquel se escapó del pueblo en secreto, sin saber adónde, y luego me
enteré por un pajarito que ella se había ido para vivir contigo, ¡y por dos
años, nada menos! Me dolió ese idilio, aunque no veas el alegrón cuando me
enteré que ella te ponía los cuernos con un compañero tuyo, también cargador en
el puerto. Donde las dan las toman, hija. ¿No te dije más de una vez que Raquel
no era trigo limpio? Cuanto sí tengo claro, es que tu amiga de la infancia se
ha dejado corromper por ese que aún te atreves a llamar cuñado. Y ya ves,
¡quién podía imaginar que muchos años después de aquel desliz de adolescentes
la dejarías volver a tu lado! ¿De verdad ese hijo tuyo no era también de ella?
Sé que por los once años actuales de Santiago, difícilmente podría haber parido
con cincuenta, mas la gente no para de cavilar, y que ella murió por el
sobreparto. Espero que algún día te decidas a romper el silencio, porque a mí,
ya ves, a mis casi sesenta, tras haber sufrido los maltratos de un marido y de
haber superado un cáncer de mama, me importa un bledo todo tu pasado.
Bueno, sí
que me importa, pero no para echártelo en cara ni esas cosas; simple y
llanamente me pareces un desconocido muy conocido con el cual me hubiera
carteado tantos años, primero en Villafranca, y luego mientras estuve de
cooperante en la ONG americana hasta hace una semana. Me reprocho haber sido
una mojigata, no emprender una vida en común contigo, que tú bien que me lo
escribías en las cuartillas, como si me lo restregaras por la cara y si te
comportabas como un inmoral por mi desprecio. Vamos, que me caso, me enderezo y
a formar un hogar con muchos niños, decías. Y mamá, que no quiero carteándote
toda la vida con ese mequetrefe, yo bien sé, solo pretende conquistarte para
que hagas el papel de barragana. Ya ves, Guto, y que mis padres que en paz
descansen me perdonen, ahora estoy dispuesta a casarme contigo si aún es tu
voluntad. Para nada me importa lo que te pueda suceder, ¡después de lo que he
visto en Centroamérica! ¡Mira! Ahora llega un tren y pudiera ser el mío, aunque
este parece más chico; y yo como una estúpida paseándome con el paraguas
abierto cuando ha dejado de llover. ¿Te acuerdas de aquella vez en pleno
invierno? Habíamos quedado de vernos en la capital, a pesar del aguacero; y
mamá, pero hija, ¿a quién se le ocurre salir con la que está cayendo, nada más
que por ver la crecida del río y las huertas anegadas? Yo que por curiosidad,
pues he quedado con las amigas; y luego me iré a casa de, no recuerdo quién le
dije, para hacer la taquigrafía con ella, que para eso es la más lista de la
clase de don Osvaldo. Llovía seguido desde hacía cuatro o cinco días y me puse
a caminar con el paraguas a la espera del convoy. A los diez minutos, como por
ensalmo, cesó de caer agua. En León a cántaros, y tú enseguida me abrazaste
para cobijarnos en tu enorme paraguas, camino de Guzmán el Bueno, donde íbamos
a consumarlo; mas, ya en el hostal, un miedo irracional a esas caras de mamá y
de tu hermano Miguel, resucitado con tricornio puesto, que revoloteaban constantemente
por la habitación con ceños fruncidos, me alteraban el ánimo, así que me
impidieron realizarlo. Ya ves que estupideces hablo, aunque con la voz queda,
no vayas a creer, pues solo cuchicheo. Realmente me resulta difícil anudar los
diálogos para cuando nos veamos, y es que ignoro por completo tu nivel de
comprensión. Pues no, Guto, este que llega se va para Madrid; parece un Talgo.
Espero que no se te haya olvidado ir a recogerme, porque de Gijón apenas
recuerdo nada, como no sea la playa de San Lorenzo. ¡Hace tanto tiempo! Acababa
de cumplir los cuarenta y a mamá hacía un año que la había perdido. Yo apenas
llevaba seis meses en el trabajo como oficinista y tenía ahorrados algunos
cuartos. Tú, venga a incordiar con el dichoso viaje, a conocer el mar, ya verás
cómo vas a disfrutar. Ahora sola como estás no tienes excusas; y no te
preocupes que no pienso tocarte un pelo. Al final me dejé convencer, que no
veas tú el calorón de aquel mes de julio y la humedad de ahí; suerte de los
baños diarios, y lo bien que te portaste, si cuando me lo propongo soy como una
hermanita de la caridad, me decías. Y a fe que lo fuiste, menos la víspera de
mi partida, que no veas la moña. Tú, venga a forcejear, incluso llegaste a
arrancarme algún botón de la blusa, y yo como una farsante defendiendo el santuario. No pasó a mayores porque la
cogorza te impedía hacer más fuerza, aunque tal vez lo mejor hubiera sido
llegar al final y hoy quizás ya fuera tu esposa. Tras aquel suceso no pude
evitar un distanciamiento y la tardanza en dar respuesta a tus misivas, las
cuales se redujeron a cuatro o cinco al año. Aunque, no vayas a engañarte, que
a los pocos días de haber regresado al pueblo te había perdonado. Lo que no
soportaba eran los infundios de la gente y ese afán de si yo era tu querida,
que ya ves tú cómo llegaron a saber de mis vacaciones en Asturias. Así que me
convertí en solterona más que en viuda, venga a leer libros y a ensayar en el
coro, que no sé qué se te ha perdido a ti en la iglesia para dejar pasar el
tiempo entre imágenes y cantos sacros. Y si no quieres casarte conmigo, hazlo
con quien te venga en gana, o amontónate, pero no despilfarres los pocos años de
juventud que te puedan quedar. Si estás más rica que el pan; por si no te lo
crees, más de uno, incluso más joven, estaría dispuesto a llevarte al altar. Y
yo, que venga, no me vengas a vacilar. Eso me lo decías la penúltima vez que
volviste al pueblo, hace ya casi diez años, porque la última, la de la Semana
Santa pasada, es harina de otro costal. Entonces parecías el ratón y yo el
gato, bueno, la gata; y no veas nuestros paisanos cómo nos escrutaban con sus
miradas condenatorias. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no eras el
mismo. Y no porque hayas envejecido lo tuyo, que eso es normal si toda la vida
has hecho un trabajo tan duro y vas camino de los sesenta y uno; pero tu
comedimiento, esos despistes frecuentes, cuando antes, si algo tenías era el
memorión; y por encima de todo, cuando admitiste haber penitenciado el Viernes
de Dolores, día de tu llegada, me hicieron cavilar. Me dejaste preocupada, lo
admito. No vayas a creer, que cuando me dijiste: me confesé con un cura durante
al menos diez minutos, y que si desde la Primera Comunión jamás lo había hecho,
que ni siquiera recuerdo haber vuelto a pisar una iglesia, me alegré horrores
pensando en tu conversión, mucho más cuando me acompañabas a todas las procesiones
y te atreviste a portar como uno más la imagen del Nazareno. Pero intentaré por
todos los medios recordarte nuestros años más jóvenes, que eso dicen va muy
bien a las personas que padecen desmemoria, si bien evitaré hablarte de las
palizas de tu hermano a cuenta de los celos. De haberme ocurrido aquello en
estos tiempos, tal vez ni mi madre ni el padre Benigno hubieran sido tan
consentidores con tu hermano, pero de aquella, hasta unas bofetadas de vez en
cuando se podían convertir en algo razonable.
Ya ves, ahora sin que me
requiebres, cuando me has dejado de proponer en matrimonio hace un siglo, me
pareces más vulnerable, yo diría, menos enigmático, si bien más interesante con
tus canas y ese bastón que te acompaña allá donde vas. Mira tú lo poco
interesante que puede llegar a ser un muchacho como ¿Guto, dijiste?, pero si ni
siquiera los buenos días, que a lo más un buenas, y santas pascuas. Y lo faltón
que es hija, y vago; en fin, dejaré el tema de una vez. Yo, señora, le juro a
usted por estas, que a su niña no le ha de faltar un mendrugo de pan ni un
abrigo en invierno. Si a su hija la deja, le juro que en cinco años, cuando
volvamos al pueblo, no la conoce ni usted ni nadie. Y tú, venga a insistir, que
si ya era mayor de edad y podía hacer mi real gana. Después, cuando te
marchaste, no veas la bronca, que cómo se atreve ese entrometido a amenazarme
con el rapto si no te dejo. Ahora no me importaría dejarme secuestrar y hacer
esas cosas de jóvenes. Me parece que está llegando el tren. Por segunda vez en
mi vida volveré a Gijón, quién sabe si para quedarme, aunque estoy pensando que
si tú no me aceptas o ya no me reconoces, no por eso voy a abandonarte, ni
tampoco a tu hijo. Con tu pensión y mis ahorros nos podremos arreglar al menos
un par de años; y si se prolonga la situación, no te preocupes, pues yo me
pondré a trabajar ahí. Estoy tranquila, pues si ocurre lo peor, regresaremos al
pueblo con tu hijo Santiago y volveré al trabajo en la oficina. Lo pasaremos
bien y saldremos a pasear cada día mientras sea posible, y cuando no, nos
conformaremos con ver la panorámica de la ciudad desde tu buhardilla mientras
te leo algún libro, como este Arpa de
hierba que tú me regalaste la última vez, ¿o ya no te acuerdas? No
obstante, te diré que eres un granuja por no decirme la verdad, siempre con
evasivas cuando vas de reservado, que cuando no te interesa, te sales por los
Cerros de Úbeda como si tal cosa. Lo decía mamá a veces, ya me dirás, hija,
este mocoso de siete años que se llama ¿Augusto, o Guto, dijiste?, qué bien nos
toreó con el asunto del tren, y si voy a escuchar el traqueteo del correo
poniendo la oreja pegada a los raíles, eso es cosa mía, decías, y luego a
pillar ranas en la charca, al ladito de la estación. Por cierto, este que viene
sí me parece el tren a coger. Luego descubrí por otra persona lo del hijo
tardío, y me dolió horrores, pues sin decir mentiras, no dejaba de ser una
verdad a medias, aquello de no poder volver de vacaciones al pueblo por ¿estar
ocupado? Ahora, lo que me va a costar perdonarte de veras, es que no me
contaras lo de tu senilidad, o Alzheimer que llaman ahora. Gracias a que
Santiago me lo confesó por teléfono, estoy subiendo ahora a este que
definitivamente sí es mi tren. Deseo que vivamos juntos por el resto de
nuestros días, también cuidar de tu hijo como se merece. ¡Anda! ¡Sí que se
acerca pronto el revisor a mi compartimento! Es momento de dejar la matraca y
de leer un rato esta revista del cotilleo: tiempo habrá de pegar la hebra.
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