miércoles, 8 de julio de 2020

Valencia C.F., 100 años, 2 meses y 7 días después

Fidelidad sin límites


   Los cromos. Con 10 años, viviendo en provincias y sin apenas partidos televisados a través de aquellos toscos aparatos en blanco y negro, fueron los cromos los que me empujaron a elegir al Valencia CF. A lo largo de mi vida han sido infinidad de personas las que me han preguntado y aún lo hacen en cuanto a mi fidelidad inquebrantable, extrañándose de que alguien nacido en el noroeste español, rayando con Galicia, no hubiera preferido ser del Madrid, Barcelona, Atl. Madrid, Ath. Bilbao, y sí del Valencia CF, un club que en mi tierra –ahora menos- les sonaba a lejano y exótico: <<Al menos podrías haber escogido al Deportivo, como tu padre>>, me decían los amigos futboleros más desapasionados.

  Aquella colección Disgra de la editorial FHER, sita en la calle Gordóniz 44 de Bilbao, y que todavía conservo, era la primera que hacía de cromos futbolísticos. Como el resto de equipos, el Valencia CF estaba representado por 16 jugadores: Abelardo, Tatono, Aníbal, Sol, Vidagañy, Jesús Martínez, Antón, Claramunt I, Lico, Paquito, Forment, José Ramón Fuertes, Pellicer, Sergio, Valdez y Claramunt II. Conseguí hacerme con los de todos ellos menos con el del gran Abelardo. A esos 16 deberían de haberle añadido los de Meléndez, Cota, Barrachina, Adorno, Uriarte II y Quino, que completaban la plantilla del Club en la temporada 1971-72.

  ¿Cómo se produjo el flechazo? Con certeza no lo sé argumentar. Supongo que lo más “razonable” leyendo y visualizando a los Pirri, Amancio, Rexach, Asensi, Gárate, Luis, Iribar o Rojo I, que representaban a equipos con más tradición y títulos, habría sido escoger el camino facilón, pero yo siempre he huido de las unanimidades, y es posible que a mi corta edad ya fuera “políticamente incorrecto”. También es cierto que el Valencia CF era el vigente campeón de liga y algo tuviera que ver con la predilección, si bien en esa etapa de mi niñez no llegaba a entender del todo el alcance real de una gesta tan brutal como es ganar la liga.

  Así que puestos a contrastar, las figuras de Sol, Jesús Martínez, Claramunt I, Paquito o Valdez, aguantaban bien el tipo. Y si algunos otros podían transmitir escaso nombre, cierta bisoñez o blandura, ahí estaba el patilludo Antón, el melenas Lico o la mirada retadora de Aníbal, reclamándome su atención, a la cual obedecía con idéntica pasión a la que ponía jugando al fútbol, si bien haciendo gala de mi innata torpeza, a pesar de querer emular a un magnífico jugador como era Jesús Martínez. No obstante, enseguida sufrí la primera decepción. El 8 de julio de 1972, nuestro Valencia perdía la final de Copa frente al Atl. Madrid por 2 a 1. Por tercer año consecutivo se quedaba a las puertas de su conquista.

  Para dar continuidad a mi fe en el equipo levantino, y sin otras herramientas a utilizar, la radio fue el primer instrumento a través del cual sondeaba la salud deportiva de cada jugador, anotando en un cuaderno, primero los goles de cada uno de ellos en el campeonato liguero, y pocos años después sus partidos. Así que esa información tan precaria de hace cuarenta y muchos años, quién lo diría, se convirtió al transcurrir de los años en el germen de esta obra exhaustiva que maneja miles de cifras y un montón de estadísticas.

  Luego vino Kempes y con él la retransmisión de partidos con más frecuencia. Por tanto, la información empezaba a ser más fidedigna, además de acceder a periódicos y/o revistas de prensa como Marca, As o Don Balón –medios como Las Provincias o Diario de Levante, me estaban vetados al desconocer su existencia, y por obvias razones de ubicuidad, con el añadido de que entonces no existía Internet ni red social alguna-, que sin profundizar en la información con tanto afán como lo hacía al referirse a otros equipos grandes, sí me permitía tener una visión más global de mi Valencia. Bien es cierto que un poco antes de la irrupción del Matador había descubierto el anuario Dinámico de Tomás Tocino e Hijos, otro instrumento utilísimo para indagar en la historia de nuestra entidad, aunque fuera con cuentagotas.

  Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo y ¡tantas cosas!, buenas unas, no tanto otras, que sería impensable no haber aprovechado la curiosidad, la madurez y las muchas herramientas que he tenido a mi disposición para concluir esta ambiciosa obra que ha ocupado buena parte de mi vida; un trocito de la existencia muy instructivo y ciertamente provechoso que me ha hecho crecer como persona, no en vano, la tarea la he realizado con tanto rigor como pasión.

  La pregunta recurrente podría ser: ¿para qué escribir un nuevo libro sobre el Valencia CF? O mejor decir: ¿por qué cuando eliges a un equipo es para toda la vida? En la salud, en la enfermedad, en la riqueza o en la pobreza, uno jamás lo abandona, algo que no ocurre en un matrimonio canónico, ni en un partido político, en la profesión que hayas elegido, ni, a veces, en la más profunda de las amistades. ¿Por qué será? Yo no tengo una respuesta clara. Lo que sí digo es que, como ejemplos, durante las dos ediciones de Champions que fuimos subcampeones, esos dos inviernos con sus correspondientes primaveras disfruté como muy pocas veces, hasta el punto de recordarlas con añoranza, a pesar de las derrotas finales. ¡Y qué decir de los cursos 2001-02 y 2003-04! Durante 9 + 9 meses gocé como el más inocente de los niños, con las mascletás finales cargadas de una dicha y orgullo indescriptibles. O los espacios más cortos de felicidad impagable de las finales de Copa de 1979, la de Kempes; la protagonizada por Mendieta y Piojo López en 1999 y la del pasado 25 de mayo de 2019 con la victoria sobre el Barcelona. Esas gestas, esos hitos que hacen dichosos a miles de valencianistas, no tienen precio. Ahí puede estar una de las claves de la fidelidad eterna; aunque a veces, el equipo te decepcione hasta el punto de dejarte mal cuerpo por unas horas, ¡o días! Al decir esto, sí cobra sentido la creación de una nueva obra para los valencianistas, convirtiendo esas y otras muchas gestas en puras estadísticas, algo que a mi modo de ver nunca antes se había tratado en profundidad.

  Hasta los 27 no tuve la fortuna de disfrutar del equipo en directo. El 21 de mayo de 1989 acudía al antiguo Carlos Tartiere para ver al Valencia CF empatar a cero con el R. Oviedo. A pesar de la dicha, poco tiempo después comprendí que no era la misma si veía al Valencia en nuestro propio feudo rodeado de la afición, algo que he repetido sin la asiduidad que hubiera deseado, pero sí la suficiente para considerar a Mestalla mí segunda casa. Me gustaría acudir cada fin de semana al feudo valencianista y departir con los viejos aficionados del Valencia, esos que guardan en sus cabezas pequeñas enciclopedias de hechos trascendentales, anécdotas, efemérides, siendo a un tiempo reputados cronistas del devenir de la Sociedad; pero viviendo en Menorca por razones familiares y profesionales es complicada la asistencia. Al fin, el 14 de octubre de 1990, hacía realidad dos de mis sueños: conocer Valencia y asistir al Luis Casanova –por entonces aún mantenía el nombre del mejor presidente de la entidad-, donde el equipo se enfrentaba al Cádiz. Los valencianistas ganaron 2 a 1, con sendos goles desde el punto de penalti de un tal Lubo Penev, el cual reaparecía tras una corta lesión. El Valencia del maestro Víctor Espárrago jugaba con: Ochotorena; Quique, Voro, Arias, Giner; Bossio, Tomás, Nando; Toni, Penev y Eloy. Más tarde saldría Camarasa en sustitución de Nando y Fenoll por Toni. La desgracia es que, por lesión, me quedaba sin ver a mi ídolo, el maestro Fernando Gómez Colomer.

   En los momentos donde el juego estaba detenido, yo, neófito en esto de la liturgia mestallera, buscaba incansable la silueta del gran presidente Don Arturo Tuzón, que se sentaba en el palco presidencial justo al frente donde yo me ubicaba, a 100 ó 120 metros. Y es que yo no concebía algo tan grande como el Valencia CF sin su salvador, un señor como la copa de un pino que en apenas 4 años había reflotado a la Sociedad al borde de la quiebra, ascendiéndola a Primera División y haciéndola subcampeona de liga un año antes. Desde entonces, repito, he acudido a otros partidos, de los cuales no se me olvida el que disputó contra el Ath. Bilbao el 7 de diciembre de 2003. El Valencia del triunfal Rafa Benítez se impuso por un ajustado 2 a 1 con sendos goles de Vicente Rodríguez en su mejor temporada. Sin embargo, la jugada determinante llegaría en el último suspiro. El árbitro Daudén Ibañez decretaba penalti a favor de los vascos. Urzaiz lanzó la pena máxima y un enorme Cañizares la detuvo, poniendo otro granito de arena más para que nuestro Valencia CF se proclamara campeón de Liga por segunda vez en tres ejercicios.

  Pero ya es hora de dejar la nostalgia a un lado y terminar la breve introducción para decir lo siguiente: Esta obra tan exhaustiva como necesaria  -nadie antes había ordenado con criterio y rigor un registro o inventario cifrado del Valencia CF, sí bien se han publicado infinidad de libros en torno a la Institución y parcialmente a cifras y datos, pero sin tratar con mayor relieve y extensión todo lo concerniente a una ciencia tan fundamental como es la estadística o las cifras, cifras frías, sí, pero que sin la mínima duda ayudan a entender la verdadera dimensión de nuestro Valencia a lo largo de los últimos 100 años, 2 meses y 7 días de existencia, o sea, los que van de la fundación del Club, el 18-03-1919, al último partido de la temporada 2018-19 con la consecución del título de campeón de Copa-, está dedicada de corazón a todos los futbolistas, presidentes, directores deportivos, gerentes, entrenadores, utilleros y demás empleados que a lo largo de los años, aportando mucho o poco de su trabajo, aciertos y errores, han hecho colosal a este club, y por encima de todo a los miles y miles de valencianistas que en el mundo somos, o sea, a toda la afición que en último término da sentido y perdurabilidad al Valencia CF.

  El libro de 250 páginas ya está a la venta en las principales librerías de Valencia.

domingo, 24 de mayo de 2020

Los miserables (1862)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (9)


Párrafo correspondiente al Libro Sèptimo: "La última gota del cáliz de la amargura".


  <<Todos hemos tenido momentos así; momentos de confusión en que las ideas se dispersan, y en que decimos lo primero que se nos ocurre, y que no es siempre lo más oportuno. Hay revelaciones repentinas que no se pueden resistir, y que embriagan como un vino funesto. Mario estaba atónito con la nueva situación que ante él surgía, y se puso a hablar a aquel hombre como si se tratase de una persona impulsada por el odio a hacerle tal confesión.


  >-Pero, en fin -exclamó-, por qué me decís todo esto? ¿Quién os obligaba a descubrir el arcano de vuestra vida? Podíais guardároslo. Nadie os ha denunciado. No se os persigue. No se sabe de vuestro paradero. Sin duda tenéis alguna razón que os mueve a poneros así de manifiesto. Acabad. Hay más aquí de lo que aparece. ¿Por qué me habéis hecho esa revelación? ¿Qué motivo os ha inducido a ello?


  >-¿Qué motivo? -respondío Juan Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo más bien que con Mario-. ¿Qué motivo ha obligado al presidiario a decir: soy un presidiario? Pues bien, el motivo es extraño, en efecto. Me ha inducido a ello la honradez. Mi mayor desgracia, sabedlo, es un hilo que está prendido en mi corazón, y con ligadura fuertísima. Esos hilos nunca son más sólidos que cuando uno es viejo. Toda la vida se quiebra en derredor; ellos resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperlo, desatar el nudo o cortarlo...>>

(Traducción de Nemesio Fernández Cuesta)



  Los miserables es la obra cumbre del francés Víctor Hugo, una novela escrita en 1862 y que refleja como muy pocas, el estado de postración y miseria en que permanecía buena parte de la sociedad francesa de la primera mitad del Siglo XIX. Los miserables es muchas cosas, pero fundamentalmente es un alegato en contra de la pena capital. A lo largo y ancho de las más de 1300 páginas, Hugo nos cuenta de manera pormenorizada, las gracias y desventuras, abundando más estas últimas, de la vida de Jean Valjean, desde los episodios iniciales, cuando se hace cargo de la manutención de la niña Cossette, hasta el fin de sus días, cuando en el lecho de muerte se reconcilia con ella y con Marius.


  La novela es un prodigio narrativo de primer orden, haciendo que el lector sienta una compasión inusitada por el protagonista y un desprecio absoluto por quienes le hacen la vida imposible. Llena de una gran dosis de reflexiones y filosofía, el final me parece sublime y acorde a los cánones del periodo romántico, con la redención, si a la muerte se le puede dar ese calificativo, del protagonista Jean Valjean.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Conde de Montecristo (1844)


LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (8)


<<El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guardia dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín Pharaon procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmdiatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rion y el cabo Morgiou. En un instante, y también como de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de Saint-Jean, porque en Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Pharaon, cuyo casco había salido de los astilleros de la antigua Phocée y pertenecía a un naviero de la ciudad.



   >Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado felizmente el estrecho producido por alguna erupción volcánica entre las islas de Calasareigne y de Jarós, dobló la punta de Pòmegue, hendiendo las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan penosos movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la desgracia, preguntábanse unos a otros qué accidente podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en navegación reconocieron al punto que, de haber sucedido alguna desgracia, seguía éste avanznado con todas las condiciones de los buques bien gobernados.


  >En su puesto estaba preparado el ancla, sueltos los cabos del bauprés, y al lado del piloto, que se disponía a hacer que el Pharaon enfilase la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un joven de fisonomía inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del buque y repetía las órdenes del piloto...>>


(Párrafo correspondiente al I Capítulo, Marsella. La llegada)


   ¿Quién no ha leído alguna vez la vida y milagros de Edmond Dantès, uno de los personajes más apasionante y  universal de la historia de la literatura? Alejandro Dumas padre escribió este clásico del Siglo XIX -al alimón con Auguste Maquet, si bien el primero hizo lo indecible para que su colaborador no apareciese en la novela como coautor- siendo un escritor consagrado. La novela se publicó como folletín a lo largo de 18 entregas, un procedimiento muy frecuente en aquellos años, y de inmediato tuvo el reconocimiento unánime del público. Hoy se puede decir que nos encontramos ante una de las novelas más clásicas y leídas de todos los tiempos, y casi con seguridad, ante la mejor de Dumas. 


    Novela digna de leerse más de una vez, y que como muchas otras grandes obras de la literatura, nos muestran una visión real de lo que supone un encierro y/o confinamiento en una prisión infame, desde luego nada comparable a lo que nosotros soportamos a día de hoy por culpa del COVID-19. Una iniciativa perfecta para olvidar el estado actual es volver a leer El Conde de Montecristo, una verdadera gozada, la dosis perfecta para abstraernos de la realidad.

domingo, 10 de mayo de 2020

Pabellón de reposo (1943)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (7)


  Camilo José Cela había tenido un triunfo clamoroso con su primera novela, La familia de Pascual Duarte. Una historia tan devastadora como brutal, parecía en la obligación de tener una continuidad; sin embargo, Cela optó para su siguiente narración, por una historia más pausada, sin apenas acción o argumento, más allá de seguir los pasos de un grupo de mujeres y hombres que se ven obligados a confinarse en sanatorios para intentar superar la enfermedad de la tuberculosis, tan frecuente aún en la España de la primera mitad del Siglo XX. A medida que avanza la novela, los pacientes, que viven en permanente angustia, y que se cambiarían encantados por el más humilde de los cocineros, o por la más servicial de las enfermeras, ante la incertidumbre del futuro, se vuelven más transparentes, sin la artificiosidad de los primeros días.


  A partir de su propia estancia en 1931 en el sanatorio de Navacerrada, y en 1942 en el de Hoyo de Manzanares, a fin de superar ese mal tan común mientras no fue descubierta la estreptomicina en 1943, Cela se sumerge en la vida de los internos, profundizando en episodios pasados por los pacientes en contraste con las vicisitudes del día a día, esa mirada parcial que se vislumbra cuando uno se ve obligado a pasar las horas muertas tumbado sobre el chaise longue.


   La novela salió publicada por entregas entre los meses de marzo y agosto de 1943 en el diario El Español, publicándose en formato libro al año siguiente. Es posible, digo yo, que la lectura de las obras completas de Ortega mientras se reponía del mal en el sanatorio próximo a la Sierra de Guadarrama, influyeran decisivamente en la concepción y carpintería de la obra, completamente opuestas a la novela precedente, aunque también me inclino a pensar que, seguramente, había leído antes La montaña mágica, de Thomas Mann; no obstante, y a pesar de ciertas similitudes, las diferencias son abrumadoras. Es de destacar que, a pesar de su experiencia como paciente tubercoloso, en la narración predomina más la inventiva que una presunta autobiografía. 


  <<Lo daba todo, mi título universitario, mis treinta y dos años, la casa que me dejaron mis padres en la costa, con su emparrado que llega hasta la misma orilla, mis libros, mis amigos...

  >...Y se queda pensativa, haciendo inauditos equilibrios para creerse, ella también, que aquella sangre salía, efectivamente, de la garganta...

  >...No puedo, sin embargo, apartar de mí la idea de un cadáver, encerrado en esa funda enternecedora del ataúd. Cuando vine, ahora hace año y medio, estaba la puerta de la bodega abierta, bien me acuerdo. Al pasar se veían los ataúdes amontonados cuidadosamente, puestos en fila, esperando su trágico turno. Los había aún sin pintar, aún con la fresca madera de pino al aire, eran los que todavía no estaban preparados, los que tenían aún un respiro...>>


(Párrafos extraidos de un estudio exhaustivo sobre Cela, a cargo de Alonso Zamora Vicente)


                        

lunes, 4 de mayo de 2020

Luciérnagas (1993)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO 6


     <<A medida que ascendían, Sol se familiarizaba con las calles y las anchas avenidas que le eran habituales, con sus árboles mutilados para hacer leña. No tardarían mucho en bajar de la montaña grupos de gente con brazadas de rama. El Tibidabo, alto y gris recortaba su joroba grande, oscura, en la mañana. No parecía la misma montaña que viera de niña, desde los balcones de su casa. Ahora las gentes que descendían por la ladera extendían sobre las aceras grandes pañolones llenos de algarrobas y raíces más o menos comestibles. Sol recordó las hileras de luces en la noche, las raudas estelas luminosas reflejadas en el asfalto brillante. Eran las noches de sus esperadas vacaciones, pero ya no había vacaciones para ella. Qué distinta era esta ciudad despojada, cubierta de letreros rojos y verdes, negros, blancos, con signos de exclamación en todas las tapias, con toscos monumentos de cartón despellejados por la lluvia y el viento, con crujidos rítmicos de pisadas en el asfalto y voces de mando rompiendo el silencio de las plazas. Qué distinta de aquella ciudad, recordada desde la blanca ausencia de Saint-Paul. Espléndida y luminosa, le dolía haberla soñado  de otro modo a como ahora la veía: desmantelada, sucia, pobre, vencida por un enemigo que aún le parecía impreciso, pero cierto. Deseó reencontrar aquella belleza en su abandono como en su misma vida, y amarla con aquel dolor de manos vacías que hacía tiempo la abatía. Y se contempló a sí misma con una sonrisa: el vestido, estrecho y usado, sus viejas e inadecuadas sandalias veraniegas. Un viento duro, rojo de sangre y de tierra, había arrasado pasados y luces, todo parecía dormido o sumido en la muerte...>>


(Párrafo correspondiente al capítulo VIII)


    La novela fue escrita en 1949 y no se publicó hasta 1955 por problemas con La Censura, con el título de, En esta tierra. De aquella primera redacción fueron mutilados varios fragmentos, de ahí que para la edición definitiva, ya con el título de Luciérnagas, de 1993, Matute los recuperara. En la contracubierta de esta edición de Austral, se dice que: "Ana María Matute nos enfrenta a las experiencias de un grupo de jóvenes, casi niños, a quienes la guerra civil ha despojado de cualquier resto de su anterior universo infantil. El escenario escogido es una Barcelona de soldados y mujeres mal pintadas, de refugiados y mendigos, de gentes ocultas que intentan sobrevivir día a día en medio de los escombros, la luz blanquecina de los reflectores, los bombardeos y la amenazada espera. Pero más allá de un tiempo y un espacio concretos, el propósito de la escritora es presentar a unos muchachos que conviven con el temor y la muerte y ahondar en las emociones de una joven que, desde la carencia y la provisionalidad, hallará en el amor el verdadero significado de la paz...>> 


  Posiblemente no sea la novela más redonda de la barcelonesa, pero es, en mi opinión, una de las obras que mejor refleja el vacío, la intranscendencia de la vida, el absurdo de un ser humano atrapado en el sinsentido de la barbarie; lo que supone la quiebra en el ánimo y la personalidad de chicos o adolescentes enfrentados a un acontecimiento tan calamitoso como es la guerra. El libro abunda sobre los horrores, la fiereza y la sinrazón de una contienda, sin ir más allá, sin tomar partido por unos u otros; no obstante, y aunque de modo directo no lo sea, Luciérnagas, trata, sobre el confinamiento interior de miles y miles de desdichados seres humanos que no pueden abstraerse de una nueva, insospechada y cruenta realidad, incapaces de discernir entre lo conveniente y el estorbo, entre lo estúpido y lo sensato, o entre la vida y la muerte. Un acontecimiento brutal, en resumidas cuentas, da un vuelco a la vida de niños que obligatoriamente dejaron de jugar y tener los sueños propios de su condición, para ocuparse únicamente de subsistir en medio del caos, sin ser conscientes de haberse convertido en seres adultos.




domingo, 26 de abril de 2020

La metamorfosis (1917)


LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (5)     


 "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.


  ¿Qué me ha ocurrido?


  No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.

  

  Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.


  <<Bueno -pensó-; ¿y si siguiese durmiento un rato y me olvidase de todas estas locuras?>> Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces."


Comienzo de la obra. Traducción de Julio Izquierdo



  La metamorfosis, novela corta o relato, según se quiera, es probablemente la obra más conocida de Franz Kafka, una perfecta metáfora de lo que nos está ocurriendo a nosotros ahora mismo. De un día para otro, tras una noche agitada, Gregorio Samsa se transforma en un insecto -presumiblemente una cucaracha, aunque nada se diga al respecto-, lo que le obliga a confinarse en un espacio tan reducido como es su alcoba. Aislado en un nuevo cuerpo con múltiples patas y duro caparazón, nos confiesa sus vivencias a partir de su nueva identidad, repulsiva se mire por donde se mire, y que le impide relacionarse con su familia de una forma digamos convencional, como era antes del acontecimiento. A partir de lo improbable, Gregorio Samsa actúa como lo haría un insecto, y nos habla del ejercicio que supone adaptarse a un cuerpo nuevo que no atiende a los mandatos de su cerebro -el de un ser humano- por pura y natural fisiología.


    Franz Kafka, nacido en Praga en 1883, es uno de los escritores más reconocidos universalmente. Personaje para una novela humilde, ¡o no!, fue un escritor de vida compleja, incapaz de creer en su propia capacidad creadora -a su amigo Max Brod le ordenó que destruyera toda su obra escrita, algo que por fortuna no acometió-, apenas sí publico algunos relatos en vida. Kafka es hoy por hoy uno de los escritores más analizados en profundidad, por varios motivos, pero a mí particularmente me llama la atención su obsesión casi enfermiza por escribir historias que en cierto modo no dejan de ser variados confinamientos tratados desde distintas ópticas, y ahí están novelas suyas tan claustrofóbicas e inacabadas como es El castillo  o El proceso, por no citar la misma América, hoy conocida como El desaparecido, que a pesar de proyectarse en espacios más abiertos, no deja de ser en cierto sentido otra especie más de confinamiento. La metamorfosis es, o al menos lo fue en mi etapa de estudiante, de lectura obligada. Una obra universal y que se lee de un tirón con mucho agrado. 


martes, 21 de abril de 2020

Diario de Ana Frank (1947)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (4)

    

     <<Ya te he contado alguna vez que mi alma está dividida en dos, como si dijéramos. En una de esas dos partes reside mi alegría extrovertida, mis bromas y risas, mi alegría de vivir y sobre todo el no tomarme las cosas a la tremenda. Eso también incluye el no ver nada malo en las coqueterías, en un beso, un abrazo, una broma indecente. Ese lado está generalmente al acecho y desplaza al otro, mucho más bonito, más puro y más profundo. ¿Verdad que nadie conoce el lado bonito de Ana, y que por eso a muchos no les caigo bien? Es cierto que soy un payaso divertido por una tarde, y luego durante un mes todos están de mí hasta las narices. En realidad soy lo mismo que una película de amor para los intelectuales: simplemente una distracción, una diversión por una vez, algo para olvidar rápidamente, algo que no está mal pero que menos aún está bien. Es muy desagradable para mí tener que contártelo, pero ¿por qué no habría de hacerlo, si sé que es la pura verdad? Mi lado más ligero y superficial siempre le ganará al más profundo, y por eso siempre vencerá. No te puedes hacer una idea de cuántas veces he intentado empujar a esta Ana, que sólo es la mitad de todo lo que lleva ese nombre, de golpearla, de esconderla, pero no lo logro y yo misma sé por qué no puede ser.>>

                 Traducción de Diego Puls


      Esto lo escribía Ana Frank el martes, 1 de agosto de 1944, y corresponde a uno de los párrafos anotados en su última anotación, sin saber que solo 3 días más tarde, entre las 10 y 10:30 de la mañana del 4 de agosto, la Gestapo iba a detener a la familia Frank. Ana y su hermana Margot serían enviadas a finales de octubre a Bergen-Belsen, donde ambas encontrarían la muerte muy poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial. En la presente edición de Círculo de Lectores de los primeros años noventa se dice: "Ana Frank, que poco antes de entrar en el refugio había cumplido 13 años, recoge en su diario los avatares de la vida cotidiana de estas ocho personas, y a través de sus observaciones, anhelos e inquietudes, su propio paso por la pubertad hacia una maduración acelerada por su peculiar circunstancia. Pero su voz narrativa, llena de inteligencia y ternura ofrece además el encanto de otro proceso paralelo, el de la propia evolución como escritora, que en su corta vida, truncada por el holocausto nazi, alcanza una fuerza y un genio indudable".



     ¿Quién no ha leído -probablemente el diario más celebre de la literatura contemporánea-, o cuando menos ha oído hablar de él? En el transcurso de poco más de dos años, la adolescente Ana plasma en su diario todo cuanto ocurre a la familia en un contexto de dificultad extrema que les obliga a un confinamiento atroz, y sin embargo, la niña alemana -judía para su desgracia-, emigrada a Amsterdam en 1933, vive llena de esperanza, plasmando sus ganas de vivir sin que por momentos se sienta ese estado claustrofóbico y la amenaza permanente de ser descubiertos y enviados finalmente a algún campo de exterminio. En 1947, el único superviviente, su padre, Otto Frank, consiguió que el Diario fuera publicado, un testimonio impagable del holocausto judío, con más de un millón de niños exterminados. ¿Qué mejor homenaje, en una situación como la actual, que leer su diario completo y entender el significado de un confinamiento extremo como el de la familia Frank?

viernes, 17 de abril de 2020

Papillon (1969)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (3)


       PRIMER CUADERNO: EL CAMINO DE LA PODREDUMBRE (AUDIENCIA DE LO CRIMINAL)


      <<La bofetada fue tan fuerte, que solo he podido recobrarme de ella al cabo de trece años. En efecto, no era un guantazo corriente, y, para sacudírmelo, se habían juntado muchas personas.


  >Estamos a 26 de octubre de 1931. A las ocho de la mañana, me sacan de la celda que ocupo en la Conciergerie desde hace un año. Voy recién afeitado, bien vestido; mi traje impecablemente cortado me da un aspecto elegante; camisa blanca y corbata de lazo de color azul claro, que da la última pincelada al conjunto.


  >Tengo veinticinco años y aparento veinte.  Los gendarmes , un poco frenados por mi aspecto de gentleman, me tratan con cortesía. Hasta me han quitado las esposas. Estamos los seis, cinco gendarmes y yo, sentados en dos bancos en una sala desmantelada. Fuera, la luz es gris. Frente a nosotros, una puerta que debe comunicar, seguramente, con la sala de audiencia, pues estamos en el Palacio de Justicia del Sena, en París>>.


   Así se inicia el libro Papillon, o lo que es lo mismo, la vida de Henri Cherrière recluido en el presidio de Cayena de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Papillon (Mariposa) fue condenado en régimen extremo de trabajos forzados por un crimen que nunca llegó a cometer. El hilo argumental gira en torno a las durísimas condiciones de supervivencia de los presos, al tiempo que lanza un grito de denuncia por la ausencia de cualquier tipo de humanidad. Al tiempo es un canto de esperanza en el futuro si finalmente logra salir vivo de aquella especie de infierno terrenal. A lo largo de las más de 300 páginas de la novela, Henri Charrière va proyectando su fuga, algo que finalmente conseguirá más de 10 años después de su encierro. 28 años más tarde, salió a la luz este superventas que tuvo su continuidad con la publicación de Banco. Para su desgracia, Henri Cherrière falleció al poco de obtener el reconocimiento mundial, a la edad de 66 años. No obstante, y aunque algunos especialistas pongan en entredicho la verosimilitud de la historia, para  mí, su lectura -mientras hacía el Servicio Militar-, supuso una auténtica gozada, y puede ser que cierta comprensión y empatía con alguien que había sufrido lo indecible sin merecerlo.


    Este libro es un estupendo ejercicio de comprensión hacia quienes padecen o han padecido una especie de confinamiento atroz, sin haberlo merecido, y me estoy refiriendo a aquellas personas que han sido condenadas a pena de muerte o a cadena perpetua por delitos que no han cometido. Más allá de algo tan injustificable, queda ese poso de humanidad del prisionero, a pesar del régimen atroz al que es sometido. Una novela más que amena para sobrellevar esta reclusión. Una novela, por cierto, que tuvo sus adaptaciones cinematográficas. La más significativa la de 1973, llevada a la pantalla grande por Franklin J. Schaffner, y que contó con la presencia estelar de Steve McQueen y Dustin Hoffman, una película, por otro cauce, digna de verse.    

lunes, 13 de abril de 2020

La montaña mágica (1924)

     LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (2)                        

  Intenciones del Autor


   <<Queremos contar la historia de Hans Castorp, no por él mismo (pues el lector ya llegará a conocerle y verá que es un joven sencillo aunque simpático), sino porque su historia, por ella misma, nos parece muy digna de ser contada (aunque en favor del muchacho recordaremos que ésta es su historia, su peripecia, y que no cualquier historia le ocurre a cualquiera). Esta historia se remonta a un tiempo muy lejano; por así decirlo, ya está completamente cubierta de una preciosa pátina, y, por tanto, es accesorio contarla bajo la forma del pasado más remoto.


    >Esto, en principio no es un inconveniente, sino más bien una ventaja, pues para contar una historia es necesario que haya pasado; y podemos decir que , cuanto más tiempo hace que pasó, más adecuada resulta para ser contada y para el narrador, esa voz que murmurando, evoca lo que érase una vez sucedió. Sin embargo, ocurre con ella lo que ocurre hoy en día con los hombres, y por supuesto también con los narradores de historias: es mucho más antigua que la edad que tiene; es más, su edad no puede medirse por días, como tampoco el tiempo que pesa sobre ella puede medirse por las veces que la Tierra ha girado alrededor del Sol desde entonces. En una palabra, en realidad no debe su grado de antiguedad al tiempo; y ésta es una observación que pretende aludir y señalar la extraña dualidad natural de este elemento>>.

                                                    (Traducción de Isabel García Adánez)


             

              Así comienza La montaña mágica, una de las novelas fundamentales del siglo pasado y probablemente la mejor del escritor alemán Thomas Mann, Premio Nobel de 1929. Esta monumental novela la leí en diciembre de 2008 y me dejó impactado. Pertenece al estilo realista tan de moda en el siglo XIX, y a partir de sus primeras páginas nos informa  del viaje que emprende el joven ingeniero Hans Castorp con destino a Davos (Suiza) para visitar a un primo suyo, militar, afectado de tuberculosis y que permanece internado en un sanatorio. Lo que parecía un viaje de cortesía, se convierte en un confinamiento eterno, pues él mismo termina contrayendo la enfermedad. Hans acaba por adaptarse a la vida tranquila y desalentadora de la institución, incluso experimenta por vez primera la atracción hacia una mujer que le hace percibir la vida de otro modo más  emocionante, dentro de la fatalidad. Además, entre reposo y reposo, asiste entusiasta a las discusiones diarias entre dos personajes opuestos: el italiano Settembrini, de conversación amena y liberal convencido, y el ex jesuita Naphta, muy culto e inteligente, convencido de que el totalitarismo de un color u otro es la mejor opción. 


          En resumidas cuentas, nos encontramos ante una novela redonda contada con cierta dilación, al tiempo de impregnarnos del aire puro que circula entre las montañas, y donde apenas hay episodios de acción desbocada y mucho ejercicio para la reflexión. Una novela maestra.

       

sábado, 11 de abril de 2020

Garota de Ipanema (Historia de una canción, 7)

    Es desconcertante y llamativo a un tiempo, que los seres humanos nos dejemos seducir por el texto de una letra y la melodía de una canción, hasta el extremo de situar sin titubeo alguno a la playa de Ipanema en la ciudad de Rio de Janeiro; y por el contrario, muchos no atinemos a ubicar, aun en nuestro propio país, las playas tan populares de San Lorenzo, San Juan, de Samil, de los Cristianos, del Rinconcillo, etc. Es lo que tiene la universalidad de la música, capaz por si sola de hacernos soñar, disfrutar y hasta de aprender geografía con más facilidad que si asistiéramos a clase.



       En 1962, en la ciudad de Río, el compositor Antonio Carlos Jobim y el letrista Vinicius de Moraes, pasaban buena parte de los días en el Bar Veloso (hoy lleva el nombre de Garota de Ipanema), acompañados de güisquis y unas ganas enormes de concluir decenas de canciones acordes al nuevo estilo imperante de la Bossa Nova, una corriente que había dado sus primeros pasos apenas 4 años antes, buscando una identidad propia al margen de la samba, la música más popular de la nación brasileña. En la recién estrenada década de los 60, Brasil se había repuesto del "maracanazo", aquella desgracia nacional que supuso la derrota del Equipo Nacional en el Mundial 1950 a manos de Uruguay, además de cientos de suicidios por no haber soportado tamaña afrenta, una afrenta que supuso la renuncia a su indumentaria tradicional hasta entonces, la del blanco, para vestir tras la desgracia, la canarinha: camiseta amarilla y pantalón azul. Por lo acontecido no les fue mal, pues levantaron la copa del mundo de 1958 y 1962. Pero si el fútbol era el fenómeno del momento, no lo era menos la nueva música aún por recibir el reconocimiento internacional. En aquellos días luminosos, Vinicius había empezado a escribir la letra de un nuevo tema, pero no le terminaba de convencer por completo, hasta que reparó en las idas y venidas de una joven de 17 años camino de la playa, y que a veces entraba en el Bar a comprar cigarrillos para sus padres. Ambos amigos la piropeaban por su belleza y cadencia al andar, incluso la invitaban a tomar algo, pero ella, tímida aunque halagada, nunca se plegó a los deseos de ambos. Con la irrupción de la musa, Vinicius concluyó con éxito los versos que hoy son tan reconocibles. Le enseñó la letra a su compañero y Jobim no tardó en componer la melodía que hoy es muldialmente conocida y que terminó por darle el espaldarazó definitivo a la Bossa Nova, pues había nacido Garota de Ipanema, o sea: Heloísa Eneida Menezes Paes, una perfecta desconocida entonces, y desde 1965, cuando Vinicius admitió su identidad, un personaje público, especialmente en Brasil, y que atiende por el nombre de Helo Pinheiro.



         El 2 de agosto de 1962 fue presentado ante el público el nuevo tema que tuvo de inmediato su favor; no obstante, no sería hasta  1964, con la grabación hecha por el cantante, compositor y guitarrista Joao Gilberto, el saxofonista Stan Getz y la vocalista Astrud Gilberto, de dicho tema, rebautizado por Norman Gimbel en 1963 como The girl from Ipanema, tras haber adaptado su letra al inglés, cuando la canción traspasó todas las fronteras, y en nuestro planeta se tuvo conocimiento de un nuevo estilo musical marcado por la dulzura y peculiar disonancia de sus melodías que pretendía independizarse de su hermana mayor la Samba. Brasil ya podía presumir de ser la nación que daba al mundo un estilo musical inconfundible y que ha inspirado, no ya solo al saxofonista americano, sino a infinidad de intérpretes de los rincones más insospechados. 



          El bar, entonces Veloso, puede presumir en cierta manera de haber alumbrado la segunda canción más interpretada de toda la historia. La primera grabación en estudio la hizo Pery Ribeiro en 1963, y como se puede apreciar poco tiene que ver con la del trío formado por los Gilberto y Getz. De todos modos es a partir de la grabación de 1964 cuando las versiones se suceden a ritmo vertiginoso. Las más célebres son las de: Frank Sinatra,  Sammy Davis Jr., Cher, Sepultura, Nat King Cole, Herb Alpert's Tijuana Brass, Madonna, Maroon 5, Diana Krall, Petula Clark, Amy Winehouse, Sarah Vaugh, Ella Fitgerald, The Supremes, Shirley Bassey y muchas otras figuras, algunas de ellas cambiando el término de girl por boy.




          Mi primer contacto con la música brasileña fue a partir de una cinta cassette que compré a los 14 ó 15 años en Gijón. Os Maracatu, era o es un grupo o dúo, nunca lo he sabido con certeza, y que interpretaba temas populares como: Voce abusou, Marina, Birimbau, María vai com as outras, etc., que llamaron poderosamente mi atención, y que me empujaban a indagar en esa música brasileña de nuevo cuño. Pero he de admitir que no fue hasta escuchar este disco Getz/Gilberto, en el cual colaboraban, ademas de Joao Gilberto y Stan Getz, el propio Antonio Carlos Jobim al piano y Astrud Gilberto en el tema de marras y Corcovado, cuando fui verdaderamente consciente de que me entusiasmaba por su belleza y la tremenda adaptabilidad a otros estilos, especialmente el Jazz. Desde entonces no he dejado de escuchar bossa nova, algo que me ha permitido descubrir a figuras de la talla de Chico Buarque, Maria Bethânia y su hermano Caetano Veloso, Toquinho, Sergio Mendes, Toninho Horta, y otros muchos, algunos de ellos más enfocados hacia otros géneros como el Jazz, pero sin perder esa esencia tan característica de la música popular brasileña. Una verdadera delicia escuchar una y cien veces esta Garota de Ipanema que convirtió a Ipanema en una de las playas más célebres del orbe.

        

 

viernes, 3 de abril de 2020

Muerte de un ciclista (18)

      Muerte de un ciclista (1955) es con toda seguridad la mejor película española de ese año, y junto a Calle Mayor (1956), una de las dos capitales de Juan Antonio Bardem. El director madrileño conocía la existencia de un proyecto con ese título por parte de una productora importante; finalmente adquirió los derechos para filmarla, y en 1954 presentaba el proyecto a la Dirección de Cinematografía como película exclusivamente nacional, con un presupuesto estimado en torno a las 5.800.000 pesetas. Una triquiñuela para agilizar los trámites del permiso, ya que finalmente se trató de una coproducción italo-española que contó con la presencia como protagonista femenina de la italiana Lucía Bosé, recientemente fallecida.



       Juan (Alberto Closas) y María José (Lucía Bosé), que son amantes, en una de sus habituales escapadas, atropellan a un trabajador que circulaba en bici. Lejos de socorrerle, huyen del lugar del accidente no sin antes percatarse de que el accidentado aún vive. El miedo a que se descubra su adulterio -María José está casada con un rico industrial, y Juan es reconocido profesor de universidad- más que a admitir el propio accidente, les empuja a la huida. No obstante, con el transcurso de los días, en Juan se acrecienta el sentido de la culpabilidad, mientras María José quiere a toda costa mantener su alto estatus social. Todo se precipita en una suerte de tragedia shakesperiana cuando Juan descubre la situación de pobreza y desamparo en que vive la familia del ciclista fallecido. Entonces decide confesar ante la policía, algo a lo que la antigua amante -la relación se va deteriorando hasta el punto de no existir- se niega en rotundo. En la última cita de la pareja, aprovechando que Juan se ha bajado del coche en la misma carretera del accidente, María José lo atropella. Dándose a la fuga y evitando colisionar con otro ciclista (Manuel Alexandre), hace una maniobra brusca que provoca su propio accidente. El ciclista ileso sigue su camino, sin saber los espectadores si huye de la escena o va a pedir socorro.



     Este clásico que dio resonancia al cine español de la época, se ha considerado en líneas generales como una crítica ácida hacia la burguesía de entonces, con unas reglas o preceptos que se debían cumplir a rajatabla, más allá del cinismo, de ahí que el adulterio fuera condenado sin contemplaciones por la Censura. También, a partir de un neorrealismo ciertamente sui géneris -mantiene el guión algunas concomitancias con Crónica de un amor (1950) de Antonioni, en la cual también trabajaba Lucía Bosé-, en la cinta se ha querido ver el compromiso valiente de Bardem que por vez primera presenta al espectador del séptimo arte una mirada contrapuesta a la del bando vencedor de la Guerra Civil. Y ciertamente presenta una intencionada y clara divergencia entre mundos tan opuestos como el acomodado y hasta opulento, reflejado por María José, y la miseria más desesperante de una familia en un barrio obrero.  Pero más allá de esas consideraciones que han valorado justamente los críticos especializados, en este film, al cual están invitados desde el principio todos los espectadores para que empaticen o no con la pareja de protagonistas -y no queda más remedio que hacerlo ante la habilidad de Bardem para comprometernos a todos en sus actos-, hay una profunda carga sicológica que transmiten -es cierto que a veces con cierta frialdad, pues así lo requiere la historia- los dos protagonista de esta historia genial.




      Para la ocasión, y aunque se había barajado la opción de otra actriz, desde un principio el director tenía claro que Lucía Bosé sería quien encarnase a María José. La actriz milanesa trabajaba por primera vez en España, dejando para la posteridad una de sus mejores interpretaciones junto al barcelonés Alberto Closas. Durante el rodaje de la pelícuala en Madrid, conoció al diestro Luis Miguel Dominguín; todo cuanto vino después es de dominio público. Por otra parte, es de destacar la excelente fotografía en blanco y negro de Alfredo Fraile, y el montaje, a veces desconcertante, de Margarita Ochoa. La película, que estuvo prohibida unos meses, fue galardonada en el Festival de Cannes con el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI). En una entrevista, haciendo referencia a la Censura, Juan Antonio Bardem admitió que fue una amiga quien le sugirió el final de la película "de manera que el accidente sin auxilio y el adulterio, quedaban expiados con el castigo de la muerte de los protagonistas", algo bien visto en última instancia por los señores censores. 



        En resumidas cuentas, Muerte de un ciclista es una obra indispensable del cine español de los años cincuenta, una cinta que todos los amantes del Séptimo Arte deberíamos de ver al menos una vez. En mi modesta opinión la situaría entre las 20 mejores de la cinematografía patria.

     

             

lunes, 16 de marzo de 2020

La peste (1947)

LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (1) 


   <<A pesar de este brusco e inesperado retroceso de la enfermedad, nuestros conciudadanos no se apresuraron a estar contentos. Los meses que acababan de pasar, aunque aumentaban su deseo de liberación, les habían enseñado a ser prudentes y les habían acostumbrado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia. Sin embargo, el nuevo hecho estaba en todas las bocas y en el fondo de todos los corazones se agitaba una esperanza inconfesada. Todo lo demás pasaba a segundo plano. Las nuevas víctimas de la peste tenían poco peso al lado de este hecho exorbitante: las estadísticas bajaban. Una de las nuevas muestras de que la era de la salud, sin ser abiertamente esperada, se aguardaba en secreto, sin embargo, fue que nuestros ciudadanos empezaron a hablar con gusto, aunque con aire de indiferencia, de la forma en que reorganizarían su vida después de la peste.

 

                           

        >Todo el mundo estaba de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían en un momento y en que era más fácil destruir que reconstruir. Se imaginaban, en general, que el aprovisionamiento podría mejorarse un poco y que de este modo desaparecería la preocupación más apremiante. Pero, en realidad, bajo esas observaciones anodinas una esperanza insensata se desataba, de tal modo que nuestros conciudadanos no se daban a veces cuenta de ello y afirmaban con precipitación que, en todo caso, la liberación no sería para el día siguiente>>.


       (Fragmento de inicio del último capítulo del libro, La peste)




            La peste (1947), es probablemente la mejor novela de Albert Camus junto a El extranjero (1942). Esta obra escrita tras el final de la Segunda Guerra Mundial, describe con minuciosidad lo que puede suponer una epidemia y lo que cuesta convivir con ella durante meses. De ahí la actualidad de ella, redescubierta estos días por lectores voraces como consecuencia de la pandemia del Covid-19. En todo caso, una novela universal digna de ser leída ahora y en cualquier circunstancia.

lunes, 9 de marzo de 2020

Valencia CF, 100 años, 2 meses y 7 días después


      El título de mi próximo libro no es una casualidad, como tampoco lo es que por primera vez no me sirva de la ficción. Como se puede intuir, la obra profundiza en estadísticas e infinidad de cifras que muchos aficionados desconocen, abarcando el periodo que va desde el día de la fundación del Valencia, un lejano 18 de marzo de 1919, hasta su último partido oficial de la temporada pasada, el disputado el 25 de mayo de 2019 frente al Barcelona, para conquistar su octava Copa del Rey. 


     ¿Por qué una publicación más del Club Che cuando se han escrito abundancia de ellas aprovechando el tirón de su centenario? Es una pregunta que solo se puede contestar desde una óptica un pelín irracional, a partir del reconocimiento de formar parte de la congregación futbolera que sigue apasionadamente las vicisitudes de su equipo. Cuando comencé a trabajar en las estadísticas del Valencia, hace un porrón de años, ni por asomo pensé en la posibilidad de que vieran la luz algún día. Con el transcurrir del tiempo fui leyendo bastantes obras relacionadas con la Sociedad, incluidas las aparecidas en el último año, y que tienen como denominador común, más los hechos históricos, acompañados de abundante anecdotario, además de reseñas de sus personajes más destacados, que estadística pura y dura -en varias obras sí se ocupa de partidos y goles marcados por sus jugadores históricos, pero poco más-, donde dicha ciencia asume el protagonismo casi completo. Con la carencia de una obra de estas características, intuí que, como yo, habría cientos de seguidores más exigentes, ávidos de conocer al detalle la historia numérica de la Institución, la cual permite una visión, posiblemente fría, pero certera e incontestable a partir de datos fehacientes.



       La elección de un equipo u otro es algo meramente casual, al menos en mi caso. Como indico al comienzo de la obra, fueron aquellos cromos precarios de la colección Disgra, de la Editorial FHER -adquiridos de forma compulsiva en el puesto de Inés-, los que me empujaron a optar por el equipo levantino sin racionalidad alguna, como no fuera la presencia de jugadores que atendían por los nombres de Abelardo, Sol, Jesús Martínez, Claramunt I, Valdez, etc. Creo recordar que ni siquiera sabía que aquel equipo era el actual campeón de Liga, y si lo sabía, no era consciente de cuánto de valor tiene el conquistar un campeonato tan complicado como es el de la regularidad. A partir de ahí, mi infancia en Villafranca del Bierzo transcurrió acompañada de juegos y escuela, pero también de las gestas y fracasos del Valencia C. F. Así que, al poco, dos o tres años, apuntaba con fruición los goles y partidos de cada futbolista en un cuaderno cuadriculado. Cada domingo escuchaba con atención el Carrusel Deportivo a fin de no perder detalle de cuanto hacía el Equipo en su enfrentamiento liguero. Si era retransimitido por televisión, algo poco frecuente, me ponía delante de la pantalla y no me movía de la silla hasta el pitido final. Del paradero de aquel cuaderno, vehículo incipiente de esta historia numérica, nada sé, pero me doy cuenta de que sin él, quizá este libro jamás hubiera salido a la luz, como tampoco el cuaderno se hubiera llenado de nombres y cifras sin la aparición previa de los cromos.


    Salvo olvido involuntario, Valencia C. F., 100 años, 2 meses y 7 días después, es el primer libro que aborda de manera integral estadísticas en torno al Club. A través de sus páginas, los lectores curiosos pueden saber, por ejemplo, el jugador que más partidos ha ganado, o quién ha marcado más penaltis, el más alto, el más joven al debutar, el más veterano al marcar gol, el más expulsado, el más amonestado, quién ha sido sustituido en más partidos, el traspaso más alto, el que ha marcado goles en más jornadas consecutivas de la Liga, el que ha jugado más partidos con la Selección Española. Pero también el entrenador con más títulos, con más partidos victoriosos, el que ha permanecido más temporadas en el banquillo, la nacionalidad de cada uno de ellos, quién tiene el mejor porcentaje de victorias, o el que lo ha dirigido en más etapas. Y también el presidente más longevo, o el que tiene un palmarés más brillante, etc. Estas y muchas curiosidades más quedarán despejadas con la lectura de este libro.

 

viernes, 21 de febrero de 2020

Un templo de la música

       Alguien dijo alguna vez, no recuerdo quién, que la Filarmónica de Berlín no se entendería sin la existencia de Von Karajan, León sin su catedral o la música sin The Beatles. Yo añadiría que el grupo originario de Liverpool no se podría entender sin la existencia de Abbey Road, seguramente el estudio de grabación más famoso del mundo y que se ubica en la calle homónima de la capital británica. Hoy es monumento nacional por orden del gobierno del entonces presidente de turno, al cual no le quedó otra alternativa ante la contestación masiva de la sociedad, que se movilizó tras conocer la noticia de su puesta en venta el 17/02/2010, y por la cual pensaban conseguir en torno a los 30 millones de libras.



           Con casi toda seguridad, son más las personas en el mundo que conocen este famoso paso de cebra de la calle Abbey Road que el propio estudio de grabación. Por casualidades de la vida, The Beatles lo convirtieron en, probablemente, la portada más famosa para un disco musical, al ser fotografiados por Iain McMillan mientras lo cruzaban. Paul McCartney va descalzo, con un cigarrillo en la mano y con el paso cambiado, lo cual dio pie a muchas especulaciones en cuanto a su persona. Lo más llamativo, al margen del anecdotario, es que no estaba prevista esa portada para el último disco grabado por la banda (por circunstancias salió publicado antes de Let it be); aunque, sin proponérselo, terminara por convertir a los estudios EMI (hasta 1970 se denominó así) en los más célebres y fáciles de ubicar, a pesar de estar hablando de una ciudad tan grande como Londres. El disco Abbey Road, que en la portada original no hacía mención alguna al título ni al grupo, provocó que solo un año después, los estudios de grabación dejaran de llamarse EMI para ser rebautizados como hoy son conocidos. 




       Abbey Road abrió sus puertas en 1931 en un edificio originario de la primera mitad del siglo XIX. Durante sus primeros años de vida se grabaron discos de variados estilos. Es a partir del inicio de la década de los sesenta cuando el estudio adquiere su mayoría de edad gracias a los trabajos de Cliff Richard y The Shadows, pasando a convertirse en referencia mundial durante el resto de la década con la grabación de casi todos los álbumes de The Beatles en el afamado estudio nº 2. El reconocimiento mundial, por si aún quedaban algunas reticencias, llegó al grabar Pink Floyd su disco más celebrado, The dark side of the moon en 1973. Para entonces, cuando Roger Waters, David Gilmour, Rick Wright y Nick Mason llevaban tiempo intentando perfeccionar el sonido cuadrafónico, Abbey Road había sido pionero en la creación del sonido estereofónico muchos años antes.



        En los estudios, que desde 2010 son propiedad de Universal Records, han grabado infinidad de artistas y grupos musicales, como The Hollies, The Pretty Things, Syd Barret, Alan Parsons Project, Al Stewart, Kate Bush, Camel, Rush, Iron Maiden, Radiohead, Roxette, Depeche Mode, Oasis, Alanis Morissette, U2, Mike Oldfield, Sting, Amy Winehouse, Lady Gaga, Enya, Stevie Wonder, Freddie Mercury, Michael Jackson, Adele y por supuesto los cuatro genios de Liverpool para sus trabajos en solitario. 



   El estudio, que cumplirá 90 años de vida en 2021, guarda una ingente cantidad de material vintage, además de instrumentos varios, como, por ejemplo, el piano Steinway utilizado por Paul para Lady Madonna; pero yo reseñaría, por encima de cualquier otra particularidad, que los estudios Abbey Road -indicado fundamentalmente para aquellos seguidores incondicionales o curiosos amantes de la nostalgia- ostenta la mayor colección de micrófonos del mundo, y esta puede ser visitada, como buena parte de sus dependencias, completamente gratis.


viernes, 14 de febrero de 2020

CINEFRANCA 2020

            Un febrero más trae a Villafranca otra nueva edición del Cinefranca, lo que implica el arraigo del certamen, y la consolidación de este Evento Sarmiento entre los villafranquinos y bercianos enamorados del Séptimo Arte. Para la ocasión, los organizadores han elegido ocho películas que tienen como nexo común el aislamiento. La selección me parece muy atinada, si bien, es una opinión, claro está, La escopeta nacional, no se enmarque estrictmente en esa especie de incomunicación o retiro que a todos nos viene a la cabeza. No obstante, y atendiendo a las indicaciones de la organización, el trabajo de Berlanga parece indagar en el aislamiento de las élites económicas o aristócratas para no contaminarse con el vulgo.


        O que arde (1919)la película con premios varios, entre ellos del Jurado en el Festival de Cannes, y críticas elogiosas, abre el certamen esta noche a partir de las 22:00 horas. Óliver Laxe, su director, nos propone un viaje a una suerte de exilio rural donde la naturaleza reclama su protagonismo. El trabajo del gallego nacido en París, es de una extrañeza que sorprende por inédita. Desde el inicio -visualmente espectacular, sin saber a ciencia cierta si estás asistiendo a una escena de ciencia ficción o no- hasta el final, Amador Arias y Benedicta Sánchez, ambos actores noveles, nos invitan a recorrer junto a ellos el trayecto que conduce a la desdicha por culpa de un resquemor soterrado que se convierte en odio. El aislamiento buscado por Amador Arias, queda subrayado con la banda sonora, si es que sus notas recurrentes merecen tal consideración. Es, que duda cabe, un cine muy diferente, que huye por completo del más comercial.


            El sábado día 15, a las 9:45 horas, las proyecciones se inician con El ángel exterminador (1962), uno de los últimos largometrajes de la etapa mexicana de Buñuel. Desbordante e ingenioso ejercicio del absurdo, que puede dejarte estupefacto si no lo has visto antes. El genio de Calanda recurre como nunca al surrealismo más exacerbado para narrar la suerte de un grupo de clase alta que queda encerrado después de asistir a un banquete, sin entender muy bien la nueva situación de aislamiento. Una traducción a su idioma universal -el del genio aragonés- sobre la incomunicación, cuando las prioridades huyen de lo cotidiano.


     Si una película ejemplifica como ninguna otra el aislamiento, esa es Lost in traslation (2003). Cualquiera que no la haya visto, debería de hacer un hueco en su agenda y acudir al cine. A mí me parece el mejor trabajo de Sofia Coppola tras la cámara. Bill Murray y Scarlett Johansson se encuentran en Tokio hastiados de sus respectivas vidas y trazan un fresco de una sinceridad brutal. Muy pocas veces esta pareja de actores habrá hecho mejores interpretaciones que en esta especie de balada melancólica de la capital nipona. Imprescindible para un cinéfilo que se precie.



           Mañana por la tarde, a partir de las 16:30 horas, el protagonismo es para La escopeta nacional (1978), el delirante trabajo de Berlanga que disecciona con múltiples brochazos el comportamiento de las élites a partir de una cacería. Fiel a su inconfundible estilo socarrón, el valenciano nos propone seguir al Marqués de Leguineche y sus acompañantes en las ocurrencias y disparates más insospechados, dándonos un cuadro final rayando en el esperpento.


     ¿Qué sorpresas puede guardar un hotel cerrado?  Esa es la pregunta que seguramente todos los que nos dedicamos a la hostelería deberíamos de hacernos tras ver El resplandor (1980). Probablemente no sea la mejor película hecha por Kubrick -aunque esté entre las mejores-, pero sin duda es la más inquietante e impactante de su exitosa carrera. Jack Nicholson, a pesar de su histrionismo, compone una de sus grandes interpretaciones como esquizofrénico. Su esposa (Shelley Duvall) asiste con pavor a la transformación de Jack Torrance que tras un invierno de aislamiento como vigilante de hotel, pierde la razón y pretente acabar con su vida. Imposible olvidar el rostro de Jack el loco. La película se pasa mañana sábado a partir de las 19:30 horas.



         Stalker (1979), que se proyecta a las 00:00 horas, supone la cuota rusa del cineasta Andrei Tarkovsky, y tal vez su mejor trabajo con permiso de Andrei Rublev. Como no podía ser de otra manera, la ciencia ficción es un género muy proclive al aislamiento y es perfectamente entendible su pase. En su contra debo decir, y a pesar de la brillante puesta en escena, el exceso de metraje, algo, por otra parte, frecuente en las cintas del ruso. 



      Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972) da inicio a la jornada del domíngo 16 a partir de las 10:00 horas. Uno de los clásicos de Sidney Pollack a mayor gloria de Robert Redford. Con los excepcionales parajes de las Montañas Rocosas como territorio, Redford emprende un viaje al encuentro de la naturaleza para aprenderla y aprehenderla. Pasará por múltiples vicisitudes y aventuras, aunque al final, en la retina de los espectadores, prevalezca la belleza salvaje de aquel territorio.


                       Las proyecciones finalizan con el pase de El navegante (1924), uno más de los clásicos del clásico Buster Keaton. Cine mudo del mejor, que tiene a Keaton enamorado de la hija de un armador. Juntos suben a una embarcación, sin ser conscientes de que la nave va a la deriva. Como en anteriores ocasiones, el evento se cierra con cine mudo, y como en otros años, Ricardo Casas acompañará la película tocando el piano en directo.


         Un año más, y van, agradecer a los organizadores que Villafranca recupere una vez más y durante un fin de semana, la ilusión de disfrutar del mejor cine y del ambiente que se genera en torno a la industria del  antiguo celuloide; por todo ello, mi más sincera enhorabuena. Y a los villafranquinos y bercianos, animarles a que acudan al cine, pues todas las películas son de incontestable calidad.