viernes, 31 de enero de 2025

LA COLMENA/MANHATTAN TRANSFER

 

Camilo José Cela, gallego de postín, falto de retranca, un poquito tragaldabas, literato universal, académico y otras muchas cosas,  nace en Iria Flavia en 1916. Quien al correr del tiempo se convertiría en Premio Nobel, hubiera sido médico de profesión de no mediar sus habituales asistencias como oyente (no como alumno) a las clases impartidas por Pedro Salinas sobre Literatura Contemporánea Española, en la Facultad de Filosofía y Letras. La obstinación y una innata rebeldía lo empujaron al oficio de las letras, consagrándose como una de las figuras capitales de la narrativa española del Siglo XX. 


  Cela ha destacado por no amoldarse a ningún precepto o canon. Jamás se ha sentido preocupado por desviarse de la novelística al uso, siendo, posiblemente entre todos sus compañeros de generación, el más iconoclasta, algo contradictorio si tenemos en cuenta sus ideales (al menos en lo político), preferentemente conservadores. Así abraza sin disimulos la experimentación, echando mano de recursos narrativos singulares, e incluso insólitos, para componer novelas tan sorprendentes (que no tienen porque ser excelsas) como Cristo versus Arizona o San Camilo, 1936. 



  La colmena, no hay discusión al respecto, es una de esas obras a incluir en el afán indagatorio del gallego, aunque tenga bien poco que ver con las novelas antedichas, ni en el fondo, ni en la forma. Publicada en 1951 en Buenos Aires al no superar el código de censura imperante de la época, su cuarta novela supuso la consagración incontestable en el mundo de las letras. A través de múltiples escenas y personajes circunscritos a una gran ciudad, y a un tiempo muy concreto, 1942, Cela examina con precisión insuperable la vida de los habitantes más desfavorecidos en la capital de España, transmitiendo la sensación de que la sociedad de aquel momento vivía o sobrevivía dentro de un horizonte muy chiquito. Es, digo yo, la estampa sintetizada de una tarde anodina de domingo sin fiesta. 


                                                        

                                                                     

   

 Esta, su cuarta novela, se ha dicho en reiteradas ocasiones, comparte con Manhattan Transfer (1925), cierta formalidad en la construcción de las escenas, cortas casi siempre. También la cuarta novela de John Dos Passos (Chicago 1896-Baltimore 1970), sigue y persigue el recorrido de infinidad de personajes que viven en la gran urbe americana. A diferencia del gallego, el chicano de origen portugués, no se conforma con rastrear en los varios caminos de supervivencia emprendidos por gentes marginales o pobretonas de solemnidad, sino que aborda a personajes encumbrados, en muchos casos políticos, jueces, millonarios, periodistas, hombres de negocios, etc. Como sucede en La colmena, las múltiples historias y personas que aparecen en las páginas de Manhattan Transfer, no todas, terminan relacionándose unas con otras, dando una eficaz sensación de vidas cruzadas que solo pueden darse en esa ciudad y no en otras, gracias en buena medida, a la utilización reiterada del tránsito de camiones de bomberos, ambulancias, elevadores, miles de vehículos, un puñado de racacielos y cientos de fiestas. 



 

  Su autor, John Dos Passos, es uno los mayores representantes de la denominada Generación Perdida. En contraposición a Camilo José Cela, el chicano fue un escritor cercano a ideales de izquierda. En sus libros, y muy particularmente en este, hay una crítica feroz al consumismo y las vidas hueras, superficiales, de buena parte de la ciudadanía más pudiente, ocasionando a veces su infelicidad, y hasta el suicidio. 


  Si la novela del gallego está circunscrita al año 1942, la del americano abarca un periodo más amplio, recorriendo en torno a tres décadas, que transcurre entre los últimos años del Siglo XIX y los locos años veinte, los de la Gran Depresión y el florecimiento del Jazz.  


  Estas son dos novelas excepcionales por su magnífica escritura y composición, reflejando épocas y lugares concretos desde la mirada personalísima de dos geniales escritores. Lo cual no es impedimento para advertir a futuros lectores, de la conveniencia de estar muy atentos a cuanto se dice en las novelas; y si fuera necesario, pues a echar mano del bolígrafo para escribir el nombre de cada cual junto a sus características más acusadas.

                                                                                       



                                                                              

miércoles, 22 de enero de 2025

Subir al campanario de San Francisco (mis charlas con Fermín)

Nos quedamos solos en la terraza del bar en cuanto se echó encima la oscurecida. No había vuelto a verlo desde el pasado día 7, también martes, cuando coincidimos en La Contramurada. Quedamos por teléfono para tomar un café. Él acababa de llegar de Maó, donde se ocupa de ultimar una obra de envergadura para el Consell. Enseguida sacó a relucir  sus inevitables ocurrencias.


 - Aquí el sol se retira antes que en Villafranca. Lo menos media hora -Soltó de sopetón, en cuanto el camarero fue adentro a dar el recado de la bebida.

  - Un poco más -le dije-. Pero también amanece más temprano. 

  - ¿Te has fijado que Menorca está a menos distancia de Italia que de Villafranca? 

  - Al menos a la Isla de Cerdeña -repuse-. Más del doble. 

  - Ya ves: no nos vimos en Villafranca y al poco nos encontramos aquí. El mundo es un pañuelo, Julio. 

  - Y que lo digas. 

  - ¿Te acuerdas cómo nos vimos por primera vez?
 
  - Cuando estudiábamos en los Paúles.
 
  - Sí, pero yo me refiero a la primera vez que hablamos. 

  - Supongo que en alguna de las clases de Matemáticas, o de Lengua, Sociales, tal vez.

 - Pues no. Coincidimos en nuestra primera clase de solfeo. La daba el Padre Seoane. 
 
  ¡Claro! Estaba en lo cierto. Aún lo recuerdo sentado al piano (el de la imagen, creo), afianzando el tono y el compás para que no nos equivocáramos; yo un poco más, ya que, a pesar de entonar bien, a veces se me iba el brazo antes a la derecha que a la izquierda, en el 4 x 4. 

  - También nos acompañaba Berto, que en paz descanse. Él tocaba la guitarra, y tú y yo nos decantamos por el piano. 

  Tenía razón. Si bien a él siempre se le dio mucho mejor tocar las teclas, hasta el punto de haber aprobado con nota los tres primeros cursos de piano. Yo nunca llegué a superar el primero, pero tampoco llegué a presentarme a convocatoria alguna, conformándome en completar con éxito (exámenes en el Conservatorio de León) los dos primeros cursos de solfeo. 

  - Fue una lástima no haber continuado los estudios de piano, aunque era difícil por aquel entonces compaginarlos con el BUP, y más cuando el Padre Seoane se fue de Villafranca. Pero a nuestra manera disfrutábamos con las pequeñas cosas. 

  - ¡¿Como cuáles?! 

  - Por ejemplo en los veranos. ¿Te acuerdas cuando íbamos a la Iglesia de San Francisco para ultimar en la sacristía el Plan X? Y antes de irnos, subíamos por la escalera que da acceso al campanario, subiendo tú solo el último tramo de escalera de hierro al aire para alcanzar la torre. 

  Sí me acuerdo. Bien avanzada la tarde íbamos a la Imprenta a por el manojo de llaves de la Iglesia (por entonces se custodiaba allí), y una vez dentro cerrábamos con llave (cosas de críos) para que nadie nos importunara. Accedíamos a la sacristía y sobre una mesa colocábamos el croquis de folios donde Fermín planeaba en complicidad conmigo, pluma estilográfica incluida, la colocación de una bomba en el punto X, un disparate como una casa de grande que nunca llevamos a término, salvo en nuestra imaginación, más en la de él. Luego, para concluir los preparativos con éxito, los dos subíamos por la escalera de acceso al campanario, y una vez en la base, él se quedaba esperando/vigilando mi ascenso por las barretas verdes de la torre, torre con reloj en funcionamiento de aquella, y las campanas, por descontado. Él no subía por padecer vértigo. Yo echaba una ojeada a todas las edificaciones, y antes de abandonar los campanarios, me introducía por el hueco equidistante entre las dos torres gemelas, y caminaba a través del altillo, por encima de la nave, con cierto temor a que se hundiera. Eso venía a ser algo así como una prueba de envergadura, acorde a la complejidad de ubicar una bomba sin ser descubierta; vamos: un disparate perpetrado por chavales con demasiada imaginación. Pero ¿dónde íbamos a poner la bomba? 

 
                                                                    - - La bomba, mira que le dábamos vueltas y más vueltas, nunca llegamos a imaginarla colocada en algún lugar.

 Cuando llega el camarero con las dos tazas de cafés humeantes, se nos queda mirando y esboza una sonrisa al escuchar lo de la bomba.  

 - Hablamos de cuando éramos unos chiquillos, y jugábamos con hipótesis, y todo era echar a volar nuestra imaginación -aclara Fermín-. Ahora, a nuestra edad nos reímos de aquellas ocurrencias. Yo soy ingeniero, de la Península, y trabajo en Mahón. Me llamó Fermín -Terminaron estrechándose la mano, yo también con él, Pau de nombre. 

  - ¿Sabes que ahora pagaría lo que fuera por subir al campanario de San Francisco contigo, y disfrutar de la vista que tú me decías que era preciosa? 

  - Pero tú no puedes subir, recuerda que padeces de vértigo. 

  - Eso fue hace mucho tiempo. Aquello lo superé al cabo de los años. No me quedaba otro remedio si quería convertirme en un ingeniero. 

  - Ahora tienes la alternativa de utilizar un dron. 

  - No es lo mismo. Nunca unas cámaras ubicadas en un dron podrán sustituir a mis ojos. 

  Nos despedimos quedando de telefonearnos otro día. Antes del adiós le dije que por mí no había inconveniente: si se daba la ocasión de subir juntos hasta el campanario de San Francisco y pasear por el altillo disforme, por encima de la nave, hasta alcanzar el ventanuco opuesto, adelante; pero, a lo mejor no nos dejaban subir, si no era con la vigilancia de alguien, porque antes, hace casi cincuenta años, eso no importaba, y ahora la seguridad es lo principal. No obstante, de hacerse realidad, pensé, sería como recuperar por un instante un trocito de la Villafranca ideal, la Villafranca soñada por él y también por mí, ¡para qué nos vamos a engañar!


                                                                                                         



domingo, 12 de enero de 2025

Born to run (La agradable sorpresa de 1975)

 
Discos tan recordados como Physical graffiti de Led Zeppelin, Tonight's the night de Neil Young, Toys in the attic de Aerosmith, Wish you were here de Pink Floyd, Horses de Patti Smith, A night at the opera de Queen, Young americans de David Bowie o Pieces of the sky de Emmylou Harris, confirmaron a la añada de 1975 como una de las más brillantes y fructíferas de la historia. Pero fue Born to run de Bruce Springsteen, el gran descubrimiento musical de aquel año, concitando la atención mayoritaria de fans y crítica especializada. Y es que The boss era un perfecto desconocido -o al menos no estaba, ni se le esperaba a corto plazo-, a pesar de haber publicado dos discos con una innegable influencia de Bob Dylan que habían pasado sin pena ni gloria. Él, como le había ocurrido dos años antes a Supertramp cuando publicó Crime of the century, su tercer trabajo, se encontraba ante la última oportunidad; por tanto, si a la tercera no iba la vencida, posiblemente jamás hubiera alcanzado las cotas de popularidad que tuvo a partir de entonces, ¡o no!  



  Para ocasión tan trascendental no quedaba otra que acertar con la producción (Jon Landau), reclutar músicos reputados para la E Street Band (Roy Bittan como teclista y Max Weinberg baterista), atinar con el tono y la melodía de cada canción, además de tomárselo con calma (catorce meses de grabación en los estudios neoyorquinos de Record Plant, incluyendo seis para ultimar el tema que da título al disco: Born to run. El resultado final fue una obra imperecedera que te hace volar la cabeza (dirían los más jóvenes de hoy), un disco flipante (los de los noventa), o un LP para alucinar (comentaban entonces los de los setenta). Cada canción tiene una introducción instrumental bárbara, haciendo que la obra en su conjunto adquiera una dimensión épica al añadirse unas letras más elaboradas. Thunder road, el primer tema del disco, puede parecer al comienzo una nueva influencia de Dylan por la armónica, pero pronto los pianos, batería y guitarras van a fijar desde ese momento su nueva marca de fábrica, un sello único e inimitable. Backstreets es otro de los cortes que reafirma a Bruce en ese nuevo horizonte, alejado al fin de la estela de Robert Allen Zimmerman. Como lo es Tent Avenue Freeze-Out, que prefigura canciones de trabajos posteriores, como las del álbum The river. She's the one, corte cargado de fuerza y tensión por igual, es otro más de los que hacen de este disco una auténtica gozada. Como lo es este maravilloso Meeting acrros the river, más calmado e intimista, con cierto toque de cine, y donde la trompeta evanescente de Randy Brecker evita interferir en el acompañamiento al piano de Roy Bittan, ¿o es justo al revés? 



  La Revista Rolling Stone sitúa a Born to run en el puesto 21 de la clasificación, entre los mejores discos, y a la canción homónima en el 27, entre las 500 mejores canciones de la historia. Es uno de sus discos más vendidos, quizá solo superado por The river (1980) y Born in the USA (1984), y supuso su consagración definitiva, justo en un momento de dudas, entre seguir el recorrido de sus dos primeros trabajos, o girar radicalmente hacia otro tipo de música, donde la E Street Band, su grupo de apoyo, jugaría un papel fundamental. 
                                                                                                                       
                                                                                  



   

                                                                                                                      
 




                                                                                                                                                                                               





                                                                                                                      

miércoles, 8 de enero de 2025

Las dos Villafrancas (mis charlas con Fermín)

         

A Fermín hacía una eternidad que no lo veía, unos cuarenta años, ¡o más! Me lo encontré por la calle ayer, en Ciutadella, o mejor decir que él me encontró a mí, pues al primer golpe de vista no lo reconocí. Aunque alto, parecía menos desgarbado que de joven, como con poso de atleta. Se quedó mirándome, tratando de desentrañar la fisonomía, hasta que por fin dijo: ¡hola Julio! Por la voz no lo reconocí; y mucho menos en la barba apostólica, o en el peinado al desgaire, hubiera, ni siquiera intuido, el revelado de aquel chaval de mi misma edad. 


  A Fermín Portillo lo conocí cuando ambos compartíamos aula en el convento de los Paúles. Cursábamos séptimo de EGB. Natural de Paradasolano, si bien sus padres vivían en Molina, a toda costa quiso estudiar con los curas de Villafranca, por considerar al antiguo seminario, el mejor lugar para aprender y mantener firmes sus inquietudes. Cuando acababa la jornada lectiva de diario, bien entrada la tarde, él regresaba a la casa de sus tíos en La Cábila. 


  - Te veo como siempre -me dijo con su voz de barítono atonal. 


  - ¡Venga ya! ¡Si han pasado tropecientos años! Tú no me has mirado bien del todo -le repliqué-.  


  -Te veo como a Villafranca, por la cual pasan los años, y notándose, no se notan. 


  -No te pillo -respondí-. 


  Entonces me dijo que había estado en Villafranca en noviembre pasado, y que hacía lo menos treinta años que no había vuelto, desde su marcha a Almendralejo para trabajar en lo suyo: ingeniero de caminos, canales y puertos. Por entonces acababa de casarse en segundas nupcias con una de allá, Ana, maestra de escuela en la localidad. Ahora, por lo visto, la iniciativa privada lo trae a Menorca para ocuparse de lo suyo. Ana ya está jubilada y lo acompaña en su nueva aventura profesional. Yo le dije que no nos habíamos visto de casualidad, pues yo también estuve por esas fechas allí.


  - Mira, Julio: Villafranca es, cómo te diría yo, como dos almas gemelas, y al tiempo antagónicas. Una es la ideal, la imaginada, aquella que se da en muy contados instantes de nuestra vida. La otra es la real, la que no se puede cambiar, la que por mucho que lo intentemos, no somos capaces de voltear por culpa del tiempo, también del espacio.


  - No termino de pillarte. 


 - A ver; te pongo un ejemplo: Cuando vivía en Villafranca, tú lo sabes, me gustaba mucho sentarme a la terraza del bar a tomar el café, y a la vez contemplar el ir y venir de coches y gentes por la Plaza. Era otra plaza diferente, con tráfico en ambas direcciones. Sin embargo el bar apenas ha cambiado. Durante los días que estuve allá, no dejé de acudir al bar -si estaba abierto-, ni una sola tarde para tomar el café y vigilar las idas y venidas de los villafranquinos; y no obstante, te lo puedes creer, las sensaciones siempre fueron muy diferentes a las de aquel entonces.  


  - Explícate mejor, o me pierdo. 


  - Está muy claro: de aquella sentía una armonía a mi alrededor; era como si gozara de un bienestar inmutable que ahora, o hace poco, por desgracia, no sentí. A pesar de nuestra edad, yo siempre me he sentido joven, salvo al mirarme en el espejo; y sin embargo, te lo puedes creer, en esas tardes del noviembre villafranquino, fui consciente de que los años se me habían echado encima en un pispás,  sin darme cuenta. 


  - Entonces eres tú quien tiene dos almas gemelas y antagónicas. Yo a Villafranca siempre la he visto de la misma manera: hermosa y lánguida. 


  - Eso: lánguida, abatida. Entonces no era así. 


  - Porque con catorce o quince años la percepción es diferente. La identificabas con el lado imaginado, o el alma ideal, como tú dices. 


  - Villafranca ha cambiado.  


  - No tanto. 


  - Mira la Cooperativa del vino en lo que ha venido a parar. O el tramo de vía que enlazaba a la Villa con Toral. No tienes nada más que ver La Colegiata. La Colegiata es la metáfora perfecta de lo que es Villafranca. 


  - No te pillo.  


  - ¡Joder! Pues está bien claro. Iba para catedral del Bierzo y se quedó a la mitad. Villafranca fue capital de provincia, y hoy se ve superada por las localidades vecinas, no solo Ponferrada. Por eso te digo que hay una Villafranca soñada, la ideal, que existe en nuestra memoria, y la real, la que visualizamos a día de hoy. Por ella pasan los años y notándose no se notan. 


  Antes de despedirnos tomamos un café con sabor a turismo y a humedad mediterránea, quedando para otro día de vernos con más calma. Me aseguró que casi con toda seguridad, si no surgía algo imprevisto, se quedaría a vivir en Menorca hasta la jubiliación, en un par de años. Ya en casa, pensé en la probabilidad de que Fermín se haya ofuscado con el asunto de las dos almas de Villafranca, o de cualquier otra localidad. Más bien intuyo que como todos, Fermín sí tiene dos almas: la que de joven mantenía una inquietud inequívoca por lo espiritual, hasta sopesar el meterse a cura (la soñada o imaginada), y la real, con un primer matrimonio fracasado -hija incluida con la cual no tiene relación alguna-, el cual había dado al traste con sus aspiraciones de convertirse en redentor de almas, una vez que conoció (flechazo incluido) a Marisol, jovencita tan entusiasta como alocada a un tiempo.                                                                                                        

 



domingo, 29 de diciembre de 2024

El accidente

 

En 1998 escribía mi tercer cuento o relato ambientado en Navidad. Desde 1996, y año a año, no he dejado de escribir uno llegadas estas fechas de celebraciones en familia y mil propósitos de enmienda. Ahora, con la colaboración de Luis Soler, de la Cadena Ser, se ha procedido a su locución. Aunque cada uno de los relatos lleva por título el año de escritura, algunos, como a este, también le atribuyo otro título, en este caso, El accidente, el cual podéis escuchar pulsando aquí.





lunes, 23 de diciembre de 2024

¡Feliz Navidad!

 


 
Un año más se apaga con el mismo apresuramiento que las ciudades y los hogares se afanan en alumbrar desde semanas antes las eternas noches del otoño, pretendiendo tal vez abrazar la esperanza efímera de iluminar el año a punto de nacer, para convertirlo de una vez por todas en 365 días de ensueño que hagan olvidar los 366 precedentes; aunque pronto, antes de que se nos eche la primavera encima, descubramos con resignación que las ilusiones circulan por un carril paralelo al de la cruda realidad. Pero, como solemos decir cuando las circunstancias son adversas, que nos quiten lo bailado; y digo yo, y lo cantado, comido, bebido, comprado, regalado, viajado, dormido, leído o felicitado. Y habando de esto último ahí va mi felicitación tan poco original, si bien sincera: Disfrutad tod@s de estos pocos días que quedan para finiquitar el año, y desearos para el 2025 lo mejor, viviendo cada pequeño momento como si fuera el último de nuestra vida, y siempre con una sonrisa, con una ilusión por concretar, porque, a fin de cuentas, ¿Qué es para ti la Navidad? Podeis escuchar este breve relato en el podcast de la Cadena Ser.

 



jueves, 19 de diciembre de 2024

Mi abuelo

 

Cada año, desde 1996, tengo la irreprimible costumbre de escribir un relato o cuento ambientado en la Navidad. El motivo no lo sé. Supongo que es una manía como otra cualquiera; como si fuera, por decir alguna cosa, un encargo de algún desconocido a completar antes de la fecha límite. En 2010 comcluía ese cometido apelando a un diálogo escueto y desabrido entre el abuelo y su nieto en tiempo de celebraciones. Ahora ha pasado a formar parte del podcast de La Isla de los Oyentes, de Radio Menorca Cadena Ser. Espero que os agrade.






lunes, 16 de diciembre de 2024

Patria, un prodigio de la equidistancia

 
Hay libros que se tejen como hacían nuestras madres con los antiguos jerseys de lana: poco a poco, sin prisas, para no destejer una manga, o la zona de una sisa, por culpa de las prisas, o el exceso de la monotonía. Así actuaron Cela con La Colmena, Roberto Bolaño para componer Los detectives salvajes, Bernardo Atxaga para su ingenioso Obabakoak, o García Márquez para completar la extensa El amor en los tiempos del cólera. Y es que todos ellos, si bien desde distintos enfoques narrativos, buscaron la excelencia a partir de pequeñas historias o llamaradas controladas, que por si solas parecen una suerte de islitas con mínima sustancia, pero hilvanadas todas ellas, unas con otras, adquieren una dimensión formidable e impensada, solidifando el terreno hasta crear una nueva geografía juiciosa. Es esa crónica que  sin seguir el orden consecutivo de los sucesos se ve como un rompecabezas difícil de resolver; y no obstante, no solo acaba felizmente, sino que, al tiempo que vamos colocando cada pieza en el hueco correspondiente, comprendemos con más nitidez el mensaje del autor. 


  Patria (2016), fue el gran acontecimiento literario de aquel año, elevando a Fernando Aramburu al Olimpo, convirtiéndose en uno de los escritores más leído a partir de su monumental novela. Y es que P. es, en mi modesta opinión, el mejor tratado, o ensayo (sin serlo) que se haya escrito jamás en torno a ETA y el denominado "conflicto vasco". Aramburu se sirve de retazos sencillos de la vida de dos familias, antes amistadas, para componer un recorrido de ida y vuelta en torno a la violencia y sus consecuencias en el entorno de un pueblo pequeño del País Vasco, un lugar donde todos se conocen, por desgracia. El gran acierto de esta novela, además de lo antedicho, es su capacidad de análisis, dejando que la historia no se decante por el blanco o el negro, sino que los tonos grises vayan matizando el desarrollo de los acontecimientos, dejando claro, eso sí, que la violencia es el peor atajo, un atajo que no lleva a ninguna parte. 



                                                                                                                   
  Tan brillante como la exposición de los hechos -a partir del asesinato de uno de los protagonistas a manos de ETA-, es el perfil psicológico que Aramburu hace de cada uno de los personajes que transitan por sus páginas. A medida que se avanza en la lectura, uno termina entendiendo los comportamientos de Bittori (la viuda de Txato, el asesinado por la banda terrorista), o de Miren (madre de un terrorista). Antes de integrarse el hijo en ETA, ambas eran amigas íntimas. Pero no menos atrayentes son las personalidades de Joxe Mari (el terrorista), Joxian (marido de Miren y padre de Joxe Mari), y del resto que discurren por las páginas de la novela. 


  Son los años del plomo. Las familias compuestas por Bittori-Txato (ricos) y Miren-Joxian (no tanto), con sus respectivos hijos, son íntimas, como uña y carne, hasta que Joxe Mari entre en ETA. A partir de ese momento dejan de hablarse. Tambien en el pueblo hacen de menos al empresario y su esposa. Un día como otro cualquiera, el empresario Txato es asesinado por ETA, al no cumplir con el impuesto revolucionario. Bittori abandona entonces el pueblo para irse a vivir lejos. Cuando ETA deja las armas en 2011, Bittori regresa al pueblo. A ella le asalta la duda de si Joxe Mari fue quien mató a su marido, pues el día del asesinato se le vio por el pueblo, incluso Txato llegó a intercambiar unas palabras con él solo unas horas antes de ser asesinado. Una vez que Joxe Mari es encarcelado, Bittori (gravemente enferma) solo desea dos cosas antes de dejar este mundo: saber si fue él quien disparó a su marido, y conseguir que el hijo de Miren le pida perdón. 



  En resumidas cuentas, estamos ante una obra capital de la literatura española del presente siglo, escrita además con una insultante sencillez, algo aún más meritorio teniendo en cuenta el resultado final: sobresaliente desde cualquier punto de vista. De verdad que merece ser leída.






                                 

viernes, 29 de noviembre de 2024

My sweet lord (Historia de una canción, 11)

 
¿Es posible que alguien no haya tarareado jamás esta canción de George Harrison, o cuando menos no la haya escuchado? Creo que en cualquier rincón del mundo, hasta en el más remoto, sus habitantes se han aventurado alguna vez a emular con sus voces al que fuera uno de los cuatro miembros de The Beatles. Y es que la melodía es tan sencilla, y a un tiempo arrebatadora (como lo puede ser la contemplación del ir y volver de las olas de un mar plácido, aunque la imagen sea casi siempre la misma), que se hace difícil renunciar a la satisfacción de escucharnos a nosotros mismos versionando este himno a traves de la propia voz. 


  Es diciembre de 1969. The Beatles siguen unidos, si bien es de dominio púbico su próxima disolución. George Harrison se encuentra en Copenhage en compañía de Billy Preston y Eric Clapton. Asisten como invitados a la gira europea de Delaney & Bonnie. De por medio hay una conferencia, y tras concluir, Harrison se recluye en una habitación, componiendo los primeros compases de lo que sería My Sweet Lord. Por entonces no había barajado la oportunidad de publicar una nueva obra en solitario, algo que al final ocurriría con All things must past (1970), su tercer álbum al margen de The Beatles, un triple, considerado a día de hoy, uno de los tres o cuatro mejores trabajos en solitario que jamás haya compuesto por separado alguno de los de Liverpool. My Sweet Lord, que previamente había sido grabado por Billy Preston (en este directo se le puede ver con algunas celebridades) un par de meses antes, fue uno de los treinta temas incluidos en el triple disco, convirtiéndose a instancias del coproductor Phil Spector, en el primer sencillo de su carrera en solitario. A pesar de las reticencias de Harrison, por temor a que el mensaje de la letra jugara en su contra, el single (lanzado al mercado el 23/11/1970 en USA y el 15/01/1971 en UK) fue un éxito rotundo, alcanzando de inmediato el nº 1 en infinidad de países. 


                                                                                       
  Por medio de la letra, a medio camino del gospel y de las oraciones védicas de la India, Harrison (el más espiritual de los ex beatles) pretende el conocimiento y la unión con Dios (en este caso Krishná, uno de los dioses del panteón hindú), aunque sin renunciar al Dios de Occidente (de ahí la intercalación de palabras, Hallelujah y Hare Krishna), pretendiendo con ello huir de la exclusividad religiosa (¿algo así como apostar por el ecumenismo?). Ciertamente Harrison hacía años que se había empapado de la cultura y religión de la India, a donde viajaba con asiduidad para profundizar en sus costumbres, además de seguir tomando lecciones de sitar, instrumento del cual se había servido para componer alguno de sus temas. Y sin embargo, en este, con reminiscencias tan orientales, renunció a tocarlo en beneficio de la guitarra, el instrumento protagonista de la canción en sus diversas variedades. 


  En 1976, Harrison tuvo que hacer frente a la demanda por plagio interpuesta por Bright Tunes, una compañía de NY, alegando que la melodía se parecía una enormidad a la de He's so fine (1962) del grupo femenino Chiffons. El Tribunal dio en parte la razón a la Compañía, asegurando que el artista británico la había plagiado de un modo inconsciente. No obstante, Harrison argumentó que en realidad era, Oh happy day el gospel que le había inspirado. 


  Como todos los temas que trascienden más allá del tiempo (y del espacio), My Sweet Lord ha contado con infinidad de versiones. Así, artistas tan dispares como U2, Eric Clapton, el mencionado Billy Preston, Megadeth, Ray Conniff, Julio Iglesias, Family & friends, etc., no han dejado pasar la oportunidad de poner su sello con el firme propósito de lograr que transmita, si bien, creo que nadie lo ha logrado con tanto acierto como su genuino compositor.
                                             







                                                                                                

viernes, 1 de noviembre de 2024

Podcast Tres años sin Joan Aloy

 

En marzo pasado publicaba este relato basado en hechos reales, una mirada crítica hacia los daños colaterales que en ocasiones provoca la modernidad y con ella el imprescindible progreso. Pues bien, ahora pasa a formar parte de los podcast de, La isla de los oyentes, de Radio Menorca Cadena Ser. Este audio de, Tres años sin Joan Aloy, será, creo, una de mis varias colaboraciones literarias en las ondas, gracias a la amabilidad de la Casa, y en particular a Luis Soler. Espero que os guste.  





viernes, 25 de octubre de 2024

HISTORIAS DEL SENADO (y otros relatos)

Confieso que me ha costado escribir sobre este libro, teniendo en cuenta que Hernán ha sido mi maestro de escuela, después padrino de Confirmación, más tarde compañero en el Coro San Valentín, colega en este apasionante oficio de escribir, y por encima de cualquier otra cconsideración, un amigo para toda la vida. Con estos antecedentes hubiera sido mejor eludir el compromiso, y más teniendo en cuenta que el ancarés de nacimiento y con  cuna en Villafranca, jamás me iba a reprochar haberme hecho el olvidadizo, teniendo en cuenta su proverbial talante acorde al escaso interés por llamar la atención, mucho menos por salir en los periódicos y demás medios de comunicación. Pero habría sido hacerle un feo por mi parte ir contra la lógica de lo razonable, siendo un deber de justicia valorar como se debe un libro tan singular como el de mi amigo.


  No miento si digo que muy raras veces vuelvo sobre un libro. Este lo leí en diciembre de 2023, volviendo sobre sus páginas en septiembre pasado. Y si la primera vez me gustó, su relectura me ha entusiasmado. Creo que Hernán Alonso consigue con sus Historias del Senado (y otros relatos) un hito en su dilatada carrera de escritor. Lástima que el libro no tenga más narraciones. Se lo merecía. 



  Este libro, publicado en 2023, es una miscelánea de géneros donde predominan los relatos, verídicos o inciertos, los cuales rezuman una manera de ser y estar berciana (y ancaresa). 



  El primero, y más extenso, Historias del Senado, es un prodigio, una especie de fanfarria a través de la cual se entrelazan varias historias chiquititas que dan sentido a la realidad de una bodega mítica y ya desaparecida. Es, resumiendo, la radiografía costumbrista y vital del paisanaje villafranquino en los días añorados de vinos sin rosas, salvados por la saludable costumbre de pegar la hebra. El siguiente, Lejano amanecer (Premio "Enrique Gil y Carrasco" (1994), es un relato nostálgico de la niñez en una aldea de la montaña ancaresa. Aquí Hernán recurre a la memoria, para, a través de un gran dominio del lenguaje, pergueñar las (o sus) primeras señas de identidad. A continuación, Ella nunca lo haría, es una suerte de alegato en favor de los animales domésticos: los perros, que muchas veces son abandonados sin remordimiento alguno por sus dueños, a fin de disfrutar de unos días de vacaciones. Le sigue, El Sil, testigo de la historia. Es esta la primera narración que se sale de los cánones de un relato. Se trata de un sentido homenaje al río de más longitud, y a El Bierzo, que es regado por sus aguas, aguas con mucha historia. Prosiguen las páginas con la historia de (debe de ser cierta, o tal vez no), Yo quería ser capitán, dedicatoria incluida a su amigo ya fallecido, Antonio Robés, un canto de añoranza a la niñez. 



 Hago aquí un aparte porque, Memorias de un sacristán (Premio del Concurso Cultural 1992 -Revista el Aguzo), me parece a mí una historia redonda, la mejor. El sacristán Evaristo, o "Cune", como se prefiera, es un magnífico y memorable ensayo sobre la irreverencia, pero controlado en todo momento para no implosionar, algo que ocurre con alguna asiduidad cuando los excesos se salen de madre por el entusiasmo del autor. Este Memorias de un sacristán podría considerarse el comienzo de una novela corta -si no lo es-, donde la ironía y el sarcasmo se dan la mano, y donde el tono mordaz rivaliza con los escritos más insolentes de D. Francisco de Quevedo. 


  Las dos últimas narraciones entroncan con el carácter reivindicativo. Como ocurre en El Sil, testigo de la historia, Hernán reclama la autenticidad, el valor y la pervivencia de la tierra en esta, Un día por la Somoza del Bierzo. Con el autor viajamos por parajes preciosos tras muchos años de ausencia. Prendido por la fuerza de las palabras y de un lenguaje primoroso, apenas me cuesta nada acompañarlo, imaginándome fuera del tiempo presente. Y la otra, la última, Este Bierzo soy yo, me parece a mí el compromiso total del autor con ese pedazo de tierra leonesa que linda con Galicia, y que se siente única. Es una soberbia crónica con sones de arrebato y que en cierto modo ya prefigura la precedente. 


  En resumidas cuentas nos encontramos ante historias muy lindas y variadas, donde el sello del autor es inevitable. Un libro que recomiendo para ser leído en estos días otoñales, ¿por qué no al calor del fuego que va calentando el tambor en donde con estrépito se abren las castañas? 





                                                              

      

 

martes, 27 de agosto de 2024

Cómete un brazo que te queda el otro

 

Durante los últimos meses estoy rescatando relatos inéditos que no merecieron el honor de aparecer en un libro. Este es uno de ellos, escrito a mediados de los ochenta, y que, a pesar de la temática, más que interesante a primera vista, no terminó de cuajar como esperaba. A pesar de vérsele las costuras, creo que merece una lectura póstuma.




Dos hombres, uno mayor que el otro, caminan a lo largo de una extensa calle. La mañana otoñal es mortecina y gris, con escasos viandantes y un tráfico rodado parsimonioso. <<Los domingos ya se sabe, terminan por engordarse con conductores anómalos>>, parece decirle el octogenario al hombre de la cincuentena recién estrenada.


  El anciano cubre la cabeza con un sombrero de fieltro, nada de particular si no fuera porque es de un rojo chillón que no armoniza con su abrigo azul marino, y porque el más joven, además de vestir un tanto informal con un chándal, abrigado a primera vista, es de un color amarillo canario. Este, para acrecentar la incongruencia, lleva bajo el brazo un periódico escrito en inglés. El viejo, por el contrario, sujeta con la zurda un par de libros con literatura del boom latinoamericano.


  Caminan sin prisa, en paralelo. Mientras el más joven vapea con excitación, el otro fuma estiloso en una pipa. De súbito, el hombre mayor se detiene frente a un edificio con aroma nostálgico.


  - Aquí es, Ricardo.


  - Pero, papá, ¿no me ibas a mostrar un edificio singular?


  - Y este lo es, créetelo.


  Ricardo hecha un vistazo, mostrándose decepcionado ante la visión de una fachada sucia y cuarteada, sin color definible, intuyendo una decadencia aún mayor en los interiores del inmueble.


  - Entonces era una casa lujosa y confortable -añade.


  - ¡Me estás hablando de la prehistoria!


  - Te estoy hablando de hace cincuenta y cinco años. Tú aún no habías nacido, y ni siquiera conocía a tu madre.


  - Eso ya lo sé. Pero yo quería que me relataras una noticia impactante de cuando trabajabas de periodista, no que te pusieras a hablarme de las bondades de una antigua casa como esta, con muy poco futuro.


  - No entiendes nada Ricardo. Hoy, exactamente hoy, hace cincuenta y cinco años que estuve por primera y última vez en la casa –apunta con el índice a la pared de color vainilla desleído.


  - ¿Y?


  - En ella escuché la historia más insólita que yo recuerde en mis casi sesenta años de profesión periodística.


  - Pues adelante con ella.


  Padre e hijo se sientan en un banco enfrentado a la vivienda en vías de perecer por inanición. Antes de comenzar con los anales de aquella historia, el anciano se quita el sombrero de alas agujereadas, y hace una especie de reverencia a la edificación de vestigios modernistas. De repente y con pesar, discurre un preámbulo:


  - A pesar de los años transcurridos, aún resuena en mis oídos la frase paradójica y macabra: <<cómete un brazo, que te queda el otro>>.


  - ¿A dónde quieres ir a parar?


  Su padre respira hondo antes de sondear el pasado.


  - Lo que voy a decirte sucedió durante un caluroso mes de julio, de aquellos que se daban en Madrid en los últimos años de la Dictadura, cuando aún apremiaba entre sus más fieles acólitos la exaltación del espíritu nacional, y con ello, suponían, bastaba para mantener a flote al Régimen, una vez faltara Franco.


 

>>Todo comenzó de un modo casual, mientras leía las noticias de El Caso sin algo más productivo que hacer en ese momento, salvo la lectura siempre provechosa de aconteceres inesperados, al menos para alguien del oficio como yo. Al llegar a una de las páginas, mis ojos se fueron a una noticia tan desconcertante como escueta que me dejó perplejo: <<Cirujano español sobrevive en mitad del desierto tras colisionar su avioneta, pilotada por él mismo, contra la inmensidad de las arenas.>>


 La lectura en el Semanario provocó que el resto de la tarde no hiciera nada útil, solo pensar, imaginarme al doctor en medio de dunas gigantescas, y a merced de un sol aniquilador y desquiciante.


  >>En aquellos días me encontraba disfrutando de unas supuestas vacaciones en un pueblo de la Sierra de Madrid. Como mi espíritu aventurero de entonces me obligaba a ser curioso e inquieto, y mi ideal del oficio era sondear en lo más absurdo, sin temor al fracaso, o al portazo por ser incisivo en exceso, me dispuse para viajar a la mañana siguiente hacia la capital del Reino (del Reino es un decir, porque de aquella…), intentando si preciso fuera, recabar más información al respecto del inaudito acontecimiento.


  >>Atrás dejaba la casita rodeada de pinos, abedules y aire puro con fragancias de montaña; el río sinuoso jugueteando entre las estribaciones del terreno que lo hacían, si cabe, más cristalino y animado; o los trinos variados de aves en busca del alimento diario…


  - No te me vayas a poner ahora bucólico, papá.


 >>…Por un tiempo, sin ser consciente de ello, aparcaba mi última investigación para el periódico en el cual trabajaba, un proyecto que iba a abordar la vida de un ser aislado en plena vegetación durante dos semanas, o sea, yo, a cambio de  explorar la capacidad que el ser humano puede llegar a alcanzar en situaciones prolongadas de aislamiento. Mis jefes no estaban de acuerdo en el propósito de dar carpetazo a unas vacaciones sugeridas por ellos mismos, a fin de escribir sobre las vivencias de un urbanita. No obstante, la avidez en que había mudado la perplejidad del día anterior, alimentaba la necesidad de saber, extraviándome el cerebro en fantasías disparatadas sobre el suceso ocurrido al galeno, si bien, ¡qué coño! En realidad empezaba a atosigarme, tanto el exceso de silencio como la ausencia de seres vivos; así que me salí con la mía.


  >>Llegué a Madrid apenas el sol comenzaba a acuchillar con brillos refulgentes sus calles y viandantes, ajenos ellos a mis aviesas intenciones. Trabajadores, mendigos, rateros, vividores, ejecutivos del tres al cuarto y demás gentes, componían a mis ojos una familiar caterva humana, desorientándome por momentos tras haber permanecido en el campo seis días rodeado de una mesura casi perfecta; una suerte de concierto en el que, ajeno al mundanal ruido, yo dirigía la orquesta, o eso me parecía. Mientras divagaba sobre estas y otras ocurrencias, el taxista me trasladó en un SEAT 1500 hasta la redacción del semanario que había publicado la escueta noticia, a cambio de doscientas cincuenta pesetas.


  >> Un asistente me hizo pasar a una sala de espera desde la que se divisaba la calle principal. A esa hora estaba siendo circundada por innumerables vehículos que comenzaban a escupir al cielo, puro hasta pocos años antes, toneladas de dióxido de carbono, producto de las dificultosas digestiones de sus motores; un tributo que los madrileños comenzábamos a pagar con la llegada del desarrollo industrial.


  - Es evidente que no puedes disimular tu vena creativa. Hay que adornar antes de ir al grano, ¿Eh?


  - Apenas llevaba un par de minutos cuando se abrió la puerta de la sala, y un hombre joven cruzó el umbral, dirigiéndose con paso decidido hacia donde yo permanecía de pie. Se trataba del Jefe de Redacción. Con él apenas intercambié media docena de frases predecibles. Solo supo decirme que la noticia obraba en su poder desde hacía pocos días, publicándola a continuación. Nada nuevo me dijo que no supiese, salvo la dirección del desafortunado doctor, o sea: Calle Fuencarral, nada más y nada menos. Pero no debía hacerme ilusiones en cuanto a profundizar en los hechos: alto secreto.


  >>Poco tiempo después me encontraba paseando por esta misma calle, tramando argucias para disfrazar un poco el morboso propósito que me obligaba a abandonar la tranquilidad de la Sierra. De tal manera, tras cavilar durante un buen espacio de tiempo sin atinar con algo convincente, decidí presentarme como un antiguo camarada de estudios del señorito, al cual pretendía hacerle una visita, además de interesarme por el estado de salud de su padre tras el accidente.


  >>Divisé la vivienda enseguida, este mismo edificio, entonces elegante y armonioso para gente con posibles. Me quité el mismo sombrero que llevo ahora, entonces casi nuevo, y toqué el timbre con ansiedad desbocada hasta cuatro veces. Al comprobar que nadie accedía a mi cita con lo desconocido, convencido de la soledad de la vivienda, de la inutilidad del viaje, volvía sobre mis pasos cuando oí tras de mí cómo se abría el portón. Me giré para ver a  una especie de ama de llaves de mediana edad. En una suerte de interrogatorio en tercer grado me preguntó sobre el asunto de mi visita. Con mucha maña y las argucias del oficio, fui sorteando con evasivas la retahíla de preguntas que me iba planteando. Sin pestañear, con el rostro impasible, me invitó a franquear la puerta de entrada y a acompañarla a lo largo de un pasillo que desembocaba en un salón espacioso. Luego se fue, no sin antes decirme que aguardase la presencia del señorito.


 

>>La espléndida estancia de techos altos permanecía en penumbra merced a las contraventanas. Estas apenas sí dejaban traslucir diminutas rendijas de claridad, si bien suficientes para percibir el lujo comedido, también el buen gusto con que había sido decorada la estancia. No le faltaba un solo detalle ornamental para engrandecerla. Aquí un reloj carillón años veinte, allá una otomana antiquísima, la cual no podría fechar con exactitud, y algunos objetos más de años remotos poblando las paredes.


  >>El tiempo parecía haberse detenido allí dentro, mientras el calor se había quedado fuera de la mansión. Con seguridad el sopor humillaba la carretera para golpear a los conductores sin piedad alguna, de manera que agradecí a quien correspondiese la agradable penumbra del salón.


  - ¿Por qué no vas al grano? Mira que te gusta retardar el desenlace.


  - Por espacio de algunos minutos aguardé expectante la presencia del hijo de la víctima. Al poco apareció un hombre joven y bastante alto. Nos presentamos, dando inicio a una conversación en extremo relajada; al menos, eso no era lo que yo esperaba. De él destacaría la franqueza y naturalidad para abordar la realidad, al decirle de mi pertenencia al oficio periodístico. Mi interlocutor fue narrando todos los misterios alrededor del dramático suceso. No obstante, antes me hizo jurar que jamás diría ni escribiría nada al respecto, salvo que las circunstancias fuesen otras bien distintas, como la desaparición de todos los miembros de la familia, al menos los más directos, a lo cual accedí de buena fe.


  >>Al fin, tras algunos rodeos por parte del hijo, supe el nombre del misterioso doctor. Se trataba nada menos que del cirujano Ciro González Mancada, una eminencia en la implantación de extremidades seccionadas accidentalmente.


  >>Con presteza me ofreció algo de beber antes de continuar relatando el triste asunto. Le propuse un whisky, él también decidió servirse otro. Mientras preparaba los vasos, me dijo ser arquitecto desde hacía tres años, estando ocupado esos días en un proyecto de vital importancia para el casco antiguo de Madrid, por lo que no podría demorarse en la charla.


  >>Retomó el hilo de las confidencias para decirme de buenas a primeras que no buscase a su padre en ningún hospital de la ciudad: simple y llanamente se encontraba en una policlínica de Arabia. Su padre -continuó con la explicación- había sido invitado a conferenciar en el país del petróleo sobre el tema de la cirugía, siendo como era un afamado doctor. Durante los días previos a la partida, este preparó a conciencia el discurso, sin dejar nada al albedrío de la improvisación. El día de su marcha revisó con la minuciosidad de un profesional todos los mecanismos de la avioneta –por lo visto no solo era un extraordinario hombre de ciencia, también un avezado piloto-, sin apreciar ninguna anomalía en la puesta a punto. Se despidió de su familia, partiendo del aeródromo de Cuatro Vientos con rumbo al lejano país. En el trayecto con destino a Riad, la avioneta comenzó a perder combustible incomprensiblemente, debiendo de hacer un aterrizaje forzoso en medio del desierto. No sufrió ningún daño personal, pero la radio del aparato quedó inservible por la invasión de arena dentro del artilugio volador, al empotrarse en una enorme duna que detuvo el avance de la avioneta.


  >>Confundido por el asombro seguí la conversación de mi interlocutor, el cual me ofrecía tabaco, aunque yo preferí servirme de mi pipa, un rudimento a modo de bálsamo para aminorar esa especie de aturdimiento. Mientras llenaba la cubeta con tabaco, tuve la sensación de que una brisa helada comenzaba a surcar mi espalda, si bien no había corriente alguna.


  >>Manuel, ese era su nombre, había regresado el día anterior tras visitar a su padre, permaneciendo en aquel país por espacio de una semana. Esto quería decir que la familia conocía el luctuoso suceso varios días antes de que se hicieran eco los periódicos. Por tanto, la agencia encargada de la difusión del escueto titular, a instancias de la Censura, atenuó la trascendencia del accidente, diluyéndose la asombrosa noticia conforme transcurrían los días.


  >>Mi padre -continuaba con la explicación- permaneció dos días y dos noches sin apenas moverse de su avioneta, como no fuera para mover algo las piernas y echar una ojeada al cielo en busca de algún avión, lógico teniendo en cuenta el intenso calor durante el día y el frío extremo de las noches. Al relente nocturno se cobijaba en los restos de la avioneta, de manera que unas mantas siempre disponibles abrigaban su cuerpo. Agua tenía la suficiente para aguantar durante tres semanas; así que el único inconveniente para sobrevivir en tales circunstancias era la falta de alimento, ya que solo contaba con un par de bocadillos y unas pocas latas de conservas.


  >>El doctor era optimista sobre la posibilidad de ser avistado por los ocupantes de otro avión; por tanto, en esas primeras horas no perdió el ánimo, limitándose a esperar. Mientras el tiempo transcurría remiso, inspeccionó el material médico que transportaba en su maletín, comprobando que no había sufrido daño alguno. Volvió a leer entonces con detenimiento el discurso preparado para la ocasión, y cuyo soporte era el instrumental médico necesario para una intervención quirúrgica un tanto elemental, quedando satisfecho por la precisión de las palabras técnicas escritas en una libreta. Si daban con él, llegaría a tiempo de disertar en cuanto a su especialidad.


     

>>Transcurridos cuatro días del accidente aéreo, y como la impaciencia comenzaba a anidar en su cabeza, persuadido de la inutilidad de la espera, decidió caminar entre la inmensidad de las arenas con la ayuda de una simple brújula y el sustento de una cantimplora llena de agua. El sofoco era descorazonador, si bien la decisión de aventurarse en busca de congéneres, debía de ser más fuerte, pues no se entiende que no llevase ni una sola manta para abrigarse durante las noches. Para la caminata cubría su cara con un pañuelo, dejando al descubierto los ojos que le guiaban en esa nueva e inesperada aventura. Pese a ello, la cruda realidad habría de imponerse a las ansias de libertad. Durante su primera noche a la intemperie se desató una tormenta de arena, diluyéndose toda tentativa de evasión: decididamente continuaría atado a la prisión que era su avioneta. Regresó con mucha dificultad al punto de partida, utilizando en todo momento la brújula. Cuando dio con la avioneta, había estado en un tris de pasar de largo sin percatarse de su presencia, debido a las arenas que cubrían buena parte de la estructura metálica.


  >>Los días se sucedían tras el forzado aterrizaje. No recordaba si nueve o diez. El náufrago del desierto comenzaba a sufrir las alucinaciones propias de una persona obligada a permanecer por mucho tiempo en lugar inhóspito, acentuándose el problema por la demanda de alimentos que le anunciaban sus tripas con melodía persistente y poco halagüeña. El cirujano comenzó a sufrir una especie de delirio continuado, acompañado de procesos febriles, a pesar de lo cual en ningún momento perdió la razón por completo. En las pupilas se le dibujaban conejos correteando a su albedrío, o atisbaba personas en el horizonte empuñando sendas cañas de pescar con los sedales tensados por el peso de algún pez grandioso. Se alegraba contemplando los inmensos robledales filtrando reverberaciones producidas en el cielo infinito. Fue en alguno de esos periodos, sin abandonarle por completo la lucidez, cuando decidió seccionarse su brazo izquierdo con el fin de calmar el hambre insoportable que hacía mella en todo su cuerpo. La intervención, precaria, la realizó con el material que llevaba en el maletín, sin ayuda alguna, salvo su pericia y valentía de ánimo; y el arrojo, o mejor decir, fuerza sobrenatural que todos sacamos a relucir en situaciones límite, cuando la supervivencia solo se puede compensar con una heroicidad, como es renunciar a una parte del propio cuerpo.


  >>Solo un día después era avistado por un avión militar, siendo conducido a un hospital de postín, posibilitando así el milagro de la recuperación total, pues a pesar de la formidable cauterización de la herida a la altura del codo, había perdido abundante sangre.


  - ¿Y luego, qué pasó?


  - El estupor se imponía a mi raciocinio tras escuchar lo ocurrido al cirujano por boca de su propio hijo. El frío bañaba todo mi cuerpo de arriba abajo, mientras mis manos transpiraban un sudor helado, o eso me pareció. Le pedí a mi interlocutor el favor de que abriera una ventana, aunque entrase el sol con sus treinta y tantos grados, aunque nos aplanase, pues ya no podía soportar más esa sensación de claustrofobia que se empezaba a adueñar de mí. Manuel aceptó de buen grado, desatrancando las tres ventanas de la estancia y sus respectivas contraventanas, antes de dar continuidad al relato.


  >>Después de algún tiempo, el padre terminó de recuperarse física y psicológicamente de la falta de uno de sus brazos. Merche, la esposa del doctor, y su hijo, viajaron de inmediato hasta Arabia, una vez informados por la Embajada en Riad del accidente y posterior rescate. Ambos estaban muy preocupados después de tantos días sin saber nada de él, como no fuera la desaparición de la avioneta.


  >>De la casa me fui una hora después, acompañado por la mujer adusta con cofia incorporada. Antes, Manuel me invitó a volver al chalé cuantas veces quisiera, aunque nunca volví, pues la desgracia se cebaría muy pronto con él y su madre.


  >>El resto de aquella mañana debí de permanecer con la cara desencajada, pues los viandantes madrileños me miraban extrañados, sin atender al rosario de coches y motocicletas que circulaban ya entonces por Madrid.


  - Un tío hambriento y medio ido secciona su brazo para comérselo si no quiere morir de hambre. Algún caso similar he escuchado; ¿eso es todo?


  - Espera un poco y escúchame.


  - Vale.


  - Desde entonces he viajado unas cuantas veces a Arabia, aunque en casa os dijera que lo hacía para ultimar una novela que al final nunca he concretado.


  - Eso ya lo sé, como también sé que hace un taco de años que dejaste de viajar allá.


  - Veinte. Al morir el cirujano. En principio me atraía la idea de frecuentar al cirujano, de intimar con él y saber en profundidad de lo ocurrido. Luego, fue la irrefrenable ansiedad de intimar con el país, yendo incluso a la zona donde se había estrellado, pues no entendía ese afán de Ciro por no regresar jamás a España; luego lo supe…


  -¡Joder, papa! ¿Pretendes narrarme los primeros párrafos de tu novela árabe?


  - …El doctor jamás regresó a España, permaneciendo en Arabia por el resto de sus días. Allí fue siempre un reputado personaje de la sociedad de aquel país, no en vano, al año de estancia, pasó a ser miembro de honor de la hermandad Abdul Lahren, una prestigiosa asociación donde aún hoy tienen cabida personalidades del mundo que hayan perdido alguna de sus extremidades. Esta organización benéfica está subvencionada por el propio Rey, del cual las víctimas reciben una suma considerable de dinero, suficiente para vivir con desahogo.


  >> Huelga decir que el doctor se acogió a la nacionalidad árabe, aprendiendo el idioma con rapidez y adaptándose con facilidad a las costumbres de su nueva patria, incluyendo la religiosa. Merche, la esposa, vivió entre aviones que desperezaban los aires mediterráneos, mientras Manuel apenas sí iba un par de veces al año a la Capital. Sin embargo, madre e hijo morirían apenas dos años después del accidente del cirujano, en el regazo sanguinolento de la M-30. Durante sus años de vida en Arabia, Ciro se dedicó a dar charlas y conferencias, al tiempo de ocupar el puesto de director en afamados hospitales, además de presidir el colegio estatal de médicos por espacio de ocho años. A su muerte, en 1994, era una eminente personalidad entre sus nuevos compatriotas, los cuales lo despidieron con espléndidas exequias, las propias de un sultán.


  - La historia no está mal, pero le falta algo más que tú sabes. Lo veo en tu sonrisa maliciosa.


  - Cierto.


  - Pues, adelante.


  >En mi última visita a su casa de Riad, en el Barrio de Addoho, Ciro me confesó el verdadero motivo de no regresar jamás a España. Estaba muy enfermo y era consciente de que no volveríamos a vernos. Hasta entonces no lo había dicho, pero sabiéndose a las puertas de lo irremediable, se sinceró.


  - ¿Quieres hacer el favor de ir al grano?


   

 - Una semana antes de viajar a Arabia, Ciro se encontraba de viaje en Córdoba para un simposio. En el recorrido por las calles lindantes a la Mezquita, una gitana se ofreció a leerle la buenaventura en la palma de la mano. Ciro dejó que la examinara. De inmediato el gesto risueño de la vidente mudó a uno grave. Él le preguntó descreído si ocurría algo. La gitana le dijo que sí. Él le preguntó a su vez por el inconveniente. Ella le preguntó por sorpresa si iba a viajar al extranjero en pocos días. Él le dijo que sí. Ella le aconsejó no hacerlo. ¿Por qué?, le preguntó desenfadado. Porque esta mano que ahora sujeto está en peligro, le dijo la vidente. ¿Estás de broma?, replicó el doctor. Lo veo en las líneas de tu palma, dijo la mujer.


  >> Ciro se alejó riéndose de las ocurrencias de la gitana, no sin antes obsequiarla con una buena propina. La mujer al ver el escaso eco de sus palabras, y la resolución de hacer el viaje de todas, todas, antes de que lo dejara de escuchar, a viva voz le dijo: “Cuando pierdas la mano y el brazo, jamás se te ocurra regresar a España; si así lo haces serás hombre muerto”.


  >Ciro no creía en esas cosas de adivinaciones, pero al confirmarse los malos augurios de la vidente, se volvió supersticioso en extremo, haciéndole caso, aunque ya fuera demasiado tarde para revertir su historia. Porque la historia, en realidad, había comenzado mucho antes.


  - Explícate –le atajó Ricardo al hacer una pausa su padre.


  - Ciro era un niño con apetito desbocado, así que, al mínimo indicio, soltaba la consabida frase: <<mamá, tengo hambre>>, a lo cual esta replicaba con la no menos celebrada: <<pues cómete un brazo, que te queda el otro.>>


  - La verdad es que la historia es macabra en extremo. De todos modos, lo que no termino de comprender es lo obsequioso que se mostraba el dictador árabe con las personas sin piernas o brazos.


  - Por lo visto, algún antecesor suyo sufrió la amputación de uno de sus brazos. Montaba un caballo al galope y al saltar este sobre un obstáculo, el monarca se cayó al suelo, siendo pisoteada una de sus extremidades por la pata de aquel. No hubo más remedio que operar. Desde entonces, él y sus sucesores se han mostrado generosos con quienes tienen la desgracia de compartir tal carencia.

 

Al día siguiente, Ricardo escribía un exhaustivo reportaje sobre lo ocurrido para el Daily Mirror, del cual es reportero. El único añadido a historia tan inaudita, fue el escaso interés mostrado por las autoridades españolas por repatriar al insigne cirujano, una vez acomodado en tierras orientales, corriendo un tupido velo en cuanto a su existencia, y convirtiéndose así en un anónimo hombre de ciencia que había renegado de su patria.