martes, 30 de mayo de 2023

Te doy mis ojos (20)

 
El próximo 24 de septiembre se cumplirán veinte años del estreno de una de las películas más conmovedoras y atinadas de la historia del cine español. A pesar del tiempo transcurrido, hoy la cinta está, si cabe, más vigente que en 2003. Por desgracia, la violencia de género sigue siendo una lacra difícil de vencer a tenor de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas, sin un motivo aparente, más allá de la necesidad enfermiza de reafirmar el derecho a poseer, o cuando los celos empujan a una situación límite. Si bien, entre muerte y muerte -aunque de ello apenas se hagan eco los medios informativos-, se produzcan infinidad de agresiones, a veces diarias en algunos hogares, hasta completar más de cincuenta mil por año en España, según algunas fuentes entendidas en materia.


Iciar Bollaín, hoy por hoy una de las directoras más reputadas del cine español, con películas a su espalda como, Hola ¿estás sola?, Flores de otro mundo, o la premiada Maixabel, entendió que era el momento de abordar un drama tan descorazonador como el que me ocupa. Para la ocasión eligió a Luis Tosar y Laia Marull como pareja protagonista, acertando de lleno en la elección. Tosar borda el papel de Antonio como marido maltratador, un hombre incapaz de refrenar su impulso violento; mientras Marull no le va a la zaga en su interpretación de Pilar, la esposa maltratada de continuo, a pesar de lo cual sigue queriendo a su verdugo. Muchos que no hayan visionado el largometraje pensarán que se trata de otra vuelta de tuerca sobre los maltratos en 
el hogar, donde lo lacrimógeno se desborda en cada plano, pero no es así, ya que el gran acierto de Bollaín estriba en haber logrado de la pareja protagonista la contención, algo difícil de lograr cuando las emociones están a flor de piel y lo fácil sería dejarse llevar. De hecho, uno de los grandes logros de la directora es la ausencia de violencia  explícita -salvo en una escena-, gracias al poder de la mirada intimidatoria del actor gallego, con la cual sugiere acontecimientos terribles sin necesidad de recurrir a la acción violenta. 


Te doy mis ojos fue rodada en la ciudad de Toledo. Bollaín tenía claro que el lugar de los hechos tenía que ser por fuerza una ciudad de provincia, donde casi nunca pasa nada, y lo que pasa, pasa desapercibido para el común de los mortales. La atmósfera de una ciudad relativamente pequeña iba mejor a la historia, como, es mi opinión, va mejor al tipo de cine intimista que ella procura en cada una de sus cintas. Y es que la directora madrileña ha bebido desde su juventud esa forma mesurada de hacer cine, de contar las historias al ralentí, sin levantar la voz, como ocurriera con su primera incursión como actriz en la película de Víctor Erice, El Sur, otra obra maestra del cine español donde ella interpretaba a una huérfana de padre que tiene una meta por encima de cualquier otra: conocer Andalucía.                                                       

                                                          



                 
                                                                                                                                                                                                                                    

sábado, 20 de mayo de 2023

Mestalla cumple 100 años

Tal día como hoy, de 1923, el Valencia estrenaba la casa de casi toda su vida. En un principio la fecha prevista para su estreno era el 6 de mayo, pero una visita real, la del monarca Alfonso XIII, obligó a posponerla. De ahí que el partido inaugural se pospusiera dos semanas, siendo el Levante el equipo invitado. El Valencia ganó 1-0 con gol de su delantero de moda, el gigantón Montes.


  La construcción original daba cabida a unos 17.000 espectadores, y era por entonces uno de los recintos deportivos más cucos del fútbol españo.


  Desde aquel lejano domingo de primavera, el Equipo Che ha jugado más de dos mil partidos en su casa, la cual lleva el nombre de la antigua acequia que discurría al lado. Su cesped lo han pisado jugadores de talla mundial, como Di Stéfano, Pelé, Beckenbauer, Cruyff, Mardona, o los locales Gorostiza, Mundo, Wilkes, Kempes, Waldo, Claramunt, Villa, etc.

  Hoy, tras alegrías indescriptibles, tristezas inenarrables y desmanes de muchos dirigentes que no fueron o no son capaces de capitanear el barco con dignidad y amor a los colores, la afición recordará las "infinitas batallas" dirimidas sobre su rectángulo de juego, en especial las más felices, aquellas en las que nosotros, sufridos seguidores, disfrutamos con las gestas, cuando el Equipo competía por metas mucho más elevadas que la de tratar de eludir el descenso.


  Un siglo después, el Estadio de Mestalla puede sentirse orgulloso de ostentar el título de decano entre los de la Primera División. Y tal vez, vistas las infinitas promesas incumplidas por parte de quienes algún día representaron al Club, o bien lo representan en estos momentos, en cuanto a tener muy pronto el coliseo de recambio en Les Corts Valencianas, tal vez sean nuestros descendientes quienes se presten a homenajearlo con respeto y admiración cuando cumpla otro siglo más de vida, es bromas, espero.

  Sea lo que sea, Amunt València!







sábado, 22 de abril de 2023

Natalio Feliz

 

- No leas tanto, te vas a quedar sin ojos -solía atosigarle la pobre Angustias-. De día en día te vas haciendo más renacuajo. Todo el tiempo sentado en el sofá y leyendo sin parar, no es nada bueno para la salud. 


  Pero el afanoso Natalio Feliz no hacía caso de las fastidiosas peroratas de la vieja y le replicaba con la consabida cantinela: "Ojo sin ver es como corazón sin sentir". 

  

  Natalio Feliz había nacido más de medio siglo atrás en la lejana región de la Pampa, de donde desertó en cuanto surgió un comprador decidido a hacerse con Marahoja, la inmensa hacienda heredada cuando él era apenas un mocoso. 


  A Natalio Feliz lo trajeron al mundo para gozar de todas las comodidades afines a cualquier vástago con padres potentados. Y esto fue así durante casi toda su infancia; pero, de sopetón, inopinadamente, el amor familiar se fue al carajo con la muerte de don Crescencio Feliz y doña Casilda Casares, embistidos, corneados y pateados por una manada de vacas, desorientada ante la brusca y estruendosa tormenta estallando encima de sus cornamentas. Cuando fue mayor de edad y pudo disponer enteramente de la herencia dejada por sus padres, tras alguna veleidad por abrazar el sayal negro de una congregación de clausura, vendió el enorme rancho, y con los muchos millones de pesos, se determinó a vivir del cuento en la patria de sus abuelos manternos: España. 


  Ya iba por la cuarta década residiendo entre las escarpadas montañas leonesas, únicamente acompañado de la fiel sirvienta, nativa de la misma aldea de Balouta, en donde ambos reposaban sus maltrechos huesos e inconmovibles reumas. Allí, al albur de las extremas temperaturas invernales y de las copiosas nieves ancaresas, sobrevivían: él, embebido en la lectura de libros, y ella, además de atender a su amo, afanada en alimentar de leña la estufa. Con los años y la costumbre, dejaron de parecer el amo y la criada, y aún hubo algún vecino decrépito aventurando el matrimonio de la leonesa con el argentino, a pesar de los casi treinta años de diferencia entre ambos. 



  A pesar de ser hijo único, o quizá por ello, desde muy chiquitín los padres le inculcaron el amor por la lectura en cuanto aprendió a leer, y no era extraño verle leyendo a Lope, Cervantes, Calderón, Shakespeare o Molière. A los once años, cuando se quedó huérfano, ya había dado cuenta de la friolera de doscientos cuarenta libros, según rezaba en la libreta donde iba apuntando con paciencia franciscana el título, autor, argumento, género literario y el periodo comprendido entre el inicio y la finalización de la lectura. 


  En los últimos tiempos, totalmente adaptado al aislamiento de los crudos inviernos y a los imponentes riscos y peñascos de silencios estremecidos, a Natalio Feliz, lector de al menos cinco mil libros a lo largo de su existencia, le comenzaba a angustiar la lectura de las postreras páginas. En cuanto atacaba la parte final de un libro, sus ojos se encrespaban con venillas dilatadas a su ancho, y los dientes superiores mordisqueaban con espasmos su labio inferior, mientras no dejaba de agitarse inquietamente sobre la butaca granate de grandes orejas. Era entonces cuando se estiraba y desperezaba, y por momentos recuperaba su estatura de antaño. Un día, mientras mal digería las postreras páginas de Flores del mal, su rictus, ya de por sí patético, se mudó en la inexpresividad propia de un ciego, al cerciorarse del atroz silencio que invadía la estancia. Angustias, la fiel sirvienta, no decía ni pío desde hacía más de una hora; era anormal la ausencia de enfurruñamiento de ésta, esa suerte de voces estrepitosas colándose por cada rincón de la vivienda en cuanto tenía la mínima oportunidad de echarle en cara su escaso dinamismo. ¿Y si se había colgado de una de las vigas de las despensa, con su bocio trasegado en bolsas moradas a ambos lados del cuello? ¿Y si se había quemado al intentar retirar el puchero de la leche hirviendo en el fogón? Entonces la llamaba con voz crispada y la vieja Angustias le contestaba cansinamente: "Ya estás a punto de acabar con otro libro, ¿no es así?" Y el argentino se calmaba y volvía a la lectura de las lastimeras hojas. 


  Sin embargo, pese a los contratiempos de los últimos meses, sólo era feliz saboreando la lectura de las palabras repartidas en infinidad de libros y palpando las tapas y hojas, además de aspirar el aroma de éstas, para lo cual pegaba la punta de su nariz al papel escrito y se dejaba ir por senderos reconfortantes. En los escasos instantes de descanso, sus agrietadas pupilas se posaban sobre los libros, cuidadosamente colocados uno tras otro sobre las estanterías de nogal cubriendo las cuatro caras de la sala de lectura, del suelo al techo. 


  Natalio Feliz pasaba meses sin salir de la casa, era Angustias la encargada del negocio de ésta. Sólo con el estío, don Natalio se aventuraba por las tortuosas calles de León a fin de hacerse con una rareza editorial, y si no encontraba lo que buscaba, entonces viajaba a la capital de España, convencido de hallar lo imposible. Paseando entre calles de vicios inconfesables o sobre el firme de una plaza con el socorrido nombre de España, al final solía hacerse con el ejemplar deseado. Entonces, concluido con éxito el viaje, Natalio retornaba, casi siempre con una caterva de legajos y libros al borde de la extremaunción, y así recuperaba la reclusión voluntaria al amor de la literatura. Recobrado el encierro, sólo se topaba con la estación veraniega al abrir por las mañanas la ventana de su habitación, y luego, al hacer lo propio con el balcón de la sala de lectura; aunque más por el canto de algún pájaro, pues la brisa mantinal soplando entre las montañas casi nunca le hacía reparar en el sopor propio de esos meses. 


  -¡Venga! ¡Déjese de versos! Aún se va a enfriar la sopa -solía decirle la hacendosa Angustias para sacarlo del mutismo. De esta manera, Natalio cerraba el libro, lo dejaba ceremonioso sobre la hundida posadera de la butaca y corría al encuentro del alimento; pero con la firme determinación de devorarlo cuanto antes y retornar a la ocupación de su vida. Ni siquiera la sopa de letras, a veces formando inciertas palabras, le hacía sucumbir a los encantos del azar. Mientras comían no solían dirigirse la palabra, si acaso alguna vez, Angustias le conminaba a enderezarse sobre la silla de la cocina, pues sin darse cuenta, Natalio se escurría y su boca apenas llegaba a estar a nivel del plato. 


  -Te estás quedando raquítico. Como sigas empeñado en pasarte los días sentado en el sillón, cuando mueras no alcanzaremos a verte ni con lupa. 


  Al escuchar la afrentosa reconvención de Angustias, su carácter de por sí sosegado se irritaba; así, terminaba saliendo por la tangente y recriminando a la vieja por no haberle echado la suficiente sal al cocido, o por no desalar debidamente las patas y el rabo del cerdo. Cuando la fiel anciana se iba a la cocina en busca del segundo plato, su amo mandaba sus ideas a explorar entre las repletas estanterías. Le atosigab el pensamiento de releer el Trópico de Capricornio u optar por los almibarados versos de Juan Ramón, una vez concluyese la lectura de las últimas páginas de alguna otra obra, si éstas le dejaban concluir y no se moría en el intento. Angustias retornaba de la cocina con el segunda plato y los postres. Mas, por lo común, Natalio prescindía del segundo y se entretenía en deglutir una rosquilla para cumplir con el expediente antes de retornar a la lectura. 



  Siendo adolescente había leído a Voltaire, Racine, Shiller, Goethe, Homero, Virgilio, Petrarca. Luego se empezó a interesar por Faulkner, Galdós, Víctor Hugo, Hemingway, Sartre; pero el desequilibrio de sus ideas comenzó cuando se aventuró a leer a Sábato, Borges, Bioy Casares, García Márquez, Benedetti, Cortázar, Quiroga, Bryce Echenique, Carpentier y otros autores sudamericanos; con ellos le floreció la certidumbre de una muerte súbita instantes antes de concluir la lectura de cualquier obra. La angustia de conocer su suerte final le hacía leer espasmódico hasta altas horas de la madrugada; horas mortecinas, sólo agitadas por los ronquidos de Angustias, ajena a las elucubraciones de su amo. 


  Así fue como en la aldea comenzaron a crecer las desgracias. Un buen día de agosto, cuando Natalio finalizó la lectura de Robinson Crusoe, empezó a nevar y el inesperado espectáculo se prolongó durante dos semanas. Una noche, terminando de leer Ulises, la abnegada Angustias se levantó con un acceso de urticaria en el vientre. Otra de tantas ventosas mañanas de marzo, nada más cerrar el libro y ponerlo junto a los otros sobre la estantería, oyó el estmpido de una escopeta de caza; al punto se enteró del suicidio del viejo Augusto. La desgracia del incendio forestal destruyendo algunas pallozas de la aldea, coincidió con la conclusión de la lectura de Luces de Bohemia. Fue entonces cuando ya no le cupo la menor duda de ser él y sus lecturas los causantes de los infortunios últimos. Llegó a la convicción de estar transmitiendo energía negativa a todo cuanto pertenecía a la aldea; por tanto debía dejar el vicio de la lectura si no quería convertirse en un exterminador. 


  Una noche con un frío de perros, Natalio Feliz le confesó a su sirvienta la certidumbre de su pronta desaparición de esta vida, antes de dar ocasión a alguna nueva adversidad, como la definitiva desaparición de Silvano, el cual se debatía entre la vida y la muerte desde hacía medio año. La atribulada sirvienta no se apartó de su lado aquella noche, limitándose a observar cómo el cariacontecido argentino vacilaba entre abrir o no la novela Nana, continuamente acariciada por sus huesudas manos. 


  Aquella larga noche no ocurrió nada; sin embargo, a la semana siguiente, durante otra madrugada de chirridos de contraventanas y silbidos gélidos penetrando a través de la chimenea de la estufa, Natalio no pudo soportar por más tiempo la angustia de no saber y, ya recostado en su cama, se puso a leer. Cuando Angustias entró en su dormitorio como hacía habitualmente, y le espetó la sempiterna sentencia: "No leas tanto, te vas a quedar sin ojos", vio a su amo muy inquieto y pálido; entonces, cuando la anciana le iba a preguntar si quería una manzanilla o leche caliente, Natalio, con parsimonia y desgana le contestó: 


  -  Para tan pocas horas no merece la pena tu preocupación por mi vista. 


  Sin más, y un poco mosqueada con la actitud de su amo, la siempre servicial Angustias se retiró a su dormitorio a rezar el rosario como hacía cada noche, a pesar de no concluir jamás la plegaria.  


  A la mañana siguiente, al entrar la vieja en el cuarto de su amo con el fin de despertarlo, se encontró con la cama deshecha y sin Natalio. En lugar del lector empedernido se topó con un mamotreto de mil pares de hojas vacías, en cuya cubierta se podía leer la leyenda Remembranzas del criollo Natalio Feliz Casares, y en su primera página: "Para mi buena y fiel Angustias". Y más abajo: "Tú debes hacer de oficiante y rellenar esta historia de mi breve y devota vida de lector sólo conocida por ti". 


                                                                                                                  
  De don Natalio Feliz nada se volvió a saber. Acaso, en un postrero esfuerzo mental, había conseguido esfumarse de esta vida. Angustias barrunta la probabilidad de su petrificación en alguno de los estantes de la sala de lectura, acaso descansando entre las páginas de algún libro; una forma como otra cualquiera de perpetuarse en la memoria, aunque en el estado odorífero y táctil desprendido por aquellos tesoros, guardados con amor paternal por el desdichado Natalio: sus libros. 




  Esta historia está incluida en mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide (2004), un homenaje sincero a la devoción por la literatura, una especie de oasis para mi salvación terrenal. 


  Por cierto, ¿alguien ha reparado en alguna particularidad de este relato más allá de su argumento? Por si nadie se ha dado cuenta, señalo la singularidad de que el lector no encontrará el término que, o qué en ninguna de sus acepciones, bien sea conjunción, pronombre o adjetivo; una manía como otra cualquiera de explorar en el infinito recurso de las palabras de quienes nos dedicamos al fantástico universo de la escritura.





 




 
                                                                                                                                                                                                          

                                                                                                                
                                                                                                                                                                                  
 
                                                              

                                                                                               


martes, 4 de abril de 2023

Cuando el mal acecha

 

Él está delante de ti, a cuatro o cinco zancadas de distancia, y un escalón de tierra lo mantiene ligeramente más bajo. Tiene las piernas abiertas y los brazos en jarras, y muestra esa sonrisa burlona que lo caracteriza y que se ha adherido a su cara como una garrapata al cuello de una presa. 


  De nuevo un comienzo brillante para una historia -la segunda novela de Ana María Campelo en apenas un año- inquietante, por la cual transita un personaje retorcido que atiende por el nombre de Nelson. En la cara opuesta, la de la transparencia, se mueve Blanca, la protagonista, una mujer de su tiempo casada con un francés al que alguien "se ha cargado" de modo intencionado. La viuda retorna a la casa paterna. Allí se despedirá del padre, e indagará en los años más antiguos para descubrir lo sucedido con su tío Fermín, y en los más cercanos, recuperando la íntima amistad con Nelson al tiempo de descubrir la faceta más siniestra de este. 




De nuevo la autora villafranquina proclama su capacidad de atrapar al lector desde la primera página, sin soltarlo hasta la resolución del misterio. En esta novela donde una detective ocasional (Blanca) quiere llegar hasta el final con el propósito de desentrañar la amenaza que le acecha desde la cercanía, vuelve a manejar con soltura los entresijos de las intrigas familiares. Para ello ha optado por dividir la historia en dos partes fundamentales. En la primera Campelo se sirve de varias estampas domésticas con el fin de introducir poco a poco en materia a los lectores, descubriendo estos las debilidades y fortalezas de cada uno de quienes integran la familia. Mientras la segunda no deja de ser un monólogo de Blanca, a lo largo del cual nos da una visión pormenorizada en torno a quien mucho antes de quedarse a vivir en Francia había sido su novio de juventud. Como Pupilas de escarcha, esta nueva entrega que se enmarca en el subgénero de misterio denominado domestic noir, es una enorme oportunidad de disfrutar con la escritura de Campelo. Ojalá saque pronto una tercera novela tan atrayente como esta titulada, Cuando el mal acecha.                            


                                                                 

miércoles, 22 de marzo de 2023

Cinefranca 2023

 

Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros. Eso decía con muy buen criterio Pedro Ruiz. Atendiendo a la sentencia del presentador y humorista, debemos multiplicar esa ausencia de problemas por ocho (películas), obteniendo dieciséis horas de despreocupación, incluso un regalo posterior de horas o días con buen sabor de boca para quienes nos consideramos cinéfilos contumaces, siempre y cuando ese tiempo haya sido ocupado en ver una obra de calidad. 




Después de algunas ediciones sin  celebrarse el Festival de Cine a causa del Covid-19 -si la memoria no me juega una mala pasada-, los organizadores del evento vuelven a poner a Villafranca y a El Bierzo en el escaparate del Séptimo Arte. Puede ser un espacio geográfico reducido, sí, pero suficiente para hacer felices a cuantos se acerquen al Teatro, convertido durante un fin de semana en el teatro de los sueños. Por ello, gracias una y mil veces a los responsables haciendo posible que los villafranquinos y bercianos recuperen el interés de ver largometrajes y/o cortometrajes en pantalla grande; todos, por cierto, de alta calidad, relacionados este año con la música. 





Cinefranca dará comienzo en el Teatro Gil y Carrasco el próximo viernes 24 con la bienvenida a los asistentes. Sobre las 22:00 se proyectará el documental The Beatles: Get Back. El documental aborda las fechas de grabación del álbum Let it be, una suerte de imágenes donde la camaradería, "el buen rollo", parece ser el denominador común de un grupo brillante dando sus últimos estertores. Para el recuerdo las imágenes de los cuatro tocando por última vez en vivo en la azotea de los estudios Abbey Road. El documental dará pie a una tertulia en torno al grupo más influyente en la historia de la música contemporánea. 




Tras dar apertura al ambigú y a un desayuno en el Bar Compostela, a eso de las 10:00 horas del 25, sábado, se proyectará Cantando bajo la lluvia. Poco se puede añadir a las críticas unánimes y elogiosas de esta obra maestra de Gene Kelly y Stanley Donen, con escenas increíbles, como la de Gene Kelly empapado mientras baila abrazado a una farola. Solo añadiré que está considerada entre las cinco mejores películas del género musical. 



Sobre las 12:00 se proyectará, Once, película irlandesa del director John Carney. Musical con muy buena pinta a tenor de los comentarios elogiosos de la crítica, y de la cual no puedo dar mi opinión al no haberla visto. 

  Tras la botillada para reponer fuerzas en el Mesón Don Nacho, en torno a las 16:30, se pasará el film francés, Azul. Correspondiente a la trilogía, Tres colores (los de la bandera francesa), del director polaco Krzysztof Piesiewicz. Juliette Binoche compone un personaje soberbio a través de un metraje que evoluciona con morosidad, para que fluyan con tino los sentimientos y angustia de la protagonista tras la pérdida del marido. 



Una noche en la ópera
es la propuesta para las 19:00 horas. Este clásico de 1935 dirigido por Sam Wood, supuso la consagración definitiva de los Hermanos Marx como estrellas indiscutibles del humor más hilarante, con permiso de Charles Chaplin. Para el recuerdo escenas como la del camarote del barco (el camarote de los Marx), siempre presente en el imaginario de los cinéfilos más empedernidos. 

  Antes de irse a la cama, tras la cena de rigor, coincidente con la fiesta en el Bar Pitillo a la misma hora, 00:30, se proyectará The Rocky Horror Picture Show, cinta de culto de 1975 que bebe de distintos géneros, suponiendo para Jim Sharman su mayor logro tras la cámara. Una avería en el vehículo, una tormenta y un castillo con un morador poco convencional, son el cocktail perfecto para disfrutar de cien minutos de metraje diferentes.



El domingo día 26 se inicia a las 11:00 con el pase de, Ensayo de orquesta, cinta rodada en 1979 por el genial Fellini. Sin ser uno de sus mayores logros, todo hay que decirlo, nos encontramos ante un trabajo singular, como casi todos los del italiano. En cierto modo es un ensayo, un ensayo sobre la política italiana de aquel momento; un ensayo con músicos de por medio que optan por rebelarse ante la tiranía de quien lleva la batuta. 

  A continuación, a las 13:00, y como final de fiesta del Festival, se proyecta, como en anteriores ediciones, una cinta de cine mudo, en este caso, otro de los enormes logros de Buster Keaton, El moderno Sherlock Holmes (1924), un mediometraje de 45 minutos durante los cuales, a través de un sueño, Keaton debe librar a la novia de un individuo infame. Naturalmente, para llevar a buen puerto el cometido de convertirse en quien no es, se acompañará de golpes de humor impagables. Al piano estará Ricardo Casas. 



De buena gana asistiría a la fiesta anual del cine, aunque hay el impedimento de la distancia para el disfrute de cintas de tanta calidad como estas. No obstante, cuando regresa Cinefranca, en mí siempre vuelve a renacer el recuerdo imperecedero de aquellos remotos veranos, cuando el Cine mantenía una actividad frenética, proyectando films de indudable calidad, martes, jueves, sábados y domingos, manteniéndose constante la afluencia de espectadores. ¿Qué tiempos aquellos! 


  A quien alberga dudas en cuanto a hacer una escapada, que las destierre: Villafranca es el lugar perfecto para disfrutar del buen cine, de su gastronomía y del entorno, acompañado en todo momento por gente que sabe de esto, como Fernando Navarro o Nacho Carretero. 



                                   

                                                         

                                                                                                  


                                                                                                                   
                                 



                                                                                                             








martes, 7 de marzo de 2023

Tranvía a la Malvarrosa, un tranvía hacia la libertad

 

Tranvía a la Malvarrosa (1994), es, no cabe duda, una de las novelas capitales de la última década del Siglo XX. Con un lenguaje sencillo, sacando a relucir estampas recurrentes de una Valencia provinciana aún (con el olor prendido a cada página de los tarongers) y sumergíendose en la memoria de muchos años antes, Manuel Vicent pergueña una obra en esencia autobiográfica. La novela abarca el periodo comprendido entre 1953 y 1958, o sea, toda la etapa como estudiante universitario de Manuel (Vicent), antes de partir a Madrid para añadir a su formación académica los estudios de periodismo, haciendo a posteriori fortuna como escritor de novelas y articulista en diversos medios de la prensa escrita de la Capital. En cierto modo, Tranvía a la Malvarrosa es, en esencia, la historia de dos viajes. Traumático el primero y satisfactorio el último. Entre uno y otro el castellonense escribe los anales de su estancia en la capital levantina. 


Al inicio de la novela, Vicentico el Bola, arquetipo de personaje con mayúscula, acompaña al joven Manuel y a otros más al burdel en la capital (castellonense). Ejerce de anfitrión, pues él se desenvuelve como pez en el agua en el ambiente del vicio pagado a tocateja. La excursión no acaba como se había proyectado, aunque Vicentico el Bola crea lo contrario. Al final, en la última secuencia, Manuel y Julieta/Marisa (su novia) se han subido al Tranvía con destino a la playa situada a tres kilómetros del centro de Valencia. Allí, junto a la joven francesa, tendrá su primera experiencia sexual. Pero entre la primera y última secuencias, acontecen historias cotidianas dignas de un buen escritor, como es Vicent. 


 
Por el resto de las páginas discurre el vivir diario de un estudiante de Derecho. Su lucha entre el bien y el mal, encarnados por la religión y el despertar de los sentidos. El aprecio por las melodías de moda (casi todas boleros) en los años cincuenta. La interminable mezcla de olores esperanzados, imposibles de eludir. Y una pléyade de personajes hechos de una pieza. Algunos inventados, pero inolvidables, como Vicentico el Bola, o la China; y otros que aún existían o ya habían fallecido, entre ellos el mismo Franco cuando visitó Valencia en aquellos años cincuenta. Aunque por encima de todo -obviando el recorrido personal de Manuel desde la adolescencia a una incipiente madurez-, la obra es un homenaje a la ciudad levantina. A través de varias estampas pintorescas, Vicent desgrana las vivencias diarias en comercios, burdeles, cabarets, colegios, la Universidad. También en calles o travesías reiteradas, a veces emotivas; y por supuesto, en la playa de la Malvarrosa, solo al alcance de quienes se aventuraban a coger el tranvía de colores verde y amarillo. Una metáfora de la libertad conquistada.                                                              

miércoles, 1 de marzo de 2023

Un fluido rosa que escaló hasta el cielo

 
Voy a retroceder casi cincuenta años. Estoy en el Campairo, en torno a 1974. Es verano, si la memoria no me juega una mala pasada. Hay bullicio de chavales como yo que jugamos al fútbol en la parte baja. El canto de los pájaros acompañan a nuestras escasas habilidades con el balón. Sindo (q.e.p.d.) toca en el piano alguna pieza clásica que llega a nuestros oídos a través del balcón abierto. Eduardo "Cañón" (q.e.p.d.), casero de nuestra familia, dialoga a voz en grito con la Sra. Engracia (q.e.p.d.) al inicio de la escalera de piedra adosada a nuestra casa. Y en la tienda de Sarmiento no dejan de despachar bombonas de butano azules. Cuando el partidillo concluye, Alejo, mi amigo de toda una vida, dice que lo acompañe a su casa (pegada a la mía). Alli nos entretenemos con nuestras cosas, entre ellas echar un vistazo a nuevas cintas cassette adquiridas por alguno de sus hermanos mayores. Junto al Abbey Road de The Beatles, alguna -no recuerdo cual- de Creedence Clearwater Revival, o alguna otra de Elvis, aparece otra tan llamativa como extraña por su carátula. Un rayo de luz blanca se refracta sobre un prisma triangular. Podíamos haberla puesto en el radio cassette, pero preferimos ir a lo seguro escuchando a The Beatles. 




Navidad del mismo año. Estoy en la casa de mis tíos (q.e.p.d) en Ponferrada. Mi primo Jesús (q.e.p.d), el hijo de mis tíos, es un fan de la "musica moderna" -razonable teniendo en cuenta que me lleva casi seis años de ventaja-. Cada mes compra las novedades a través del boletín Discoplay (ya desaparecido). Entre las adquisiciones me llama la atención que también él se haya hecho con la casette de marras. Me resulta todo misterioso, incluido el nombre, Pink Floyd, y un título tan largo, The dark side of the moon (ni puñetera idea de su significado; menos aún que estuviera escrito en inglés). En realidad no sabía si Pink Floyd era el título de la obra. Solo me quedaba la alternativa de escucharla con el volumen bajo al irme a dormir, haciendo tiempo hasta que mi primo regresara a casa después de estar con los amigos.


 
Al principio de la escucha sentí temor. Algo parecido al latido de un corazón, mezclándose con diversos ruidos, y la voz desesperada de alguien antes de dar paso al segundo corte, era para poner los pelos como escarpias, al menos en mi caso. Pero Breathe, era otra cosa. Un tema pausado que no se parecía a nada de lo que yo había escuchado hasta entonces. Claro que un temor -no tan intenso- regresó con el estresante On the run, una suerte de carrera contra el reloj dentro de las tripas de maquinaria pesada, aunque fueran sintetizadores. De súbito una explosión daba paso a una calma chicha acompañada del tic tac de múltiples relojes que pronto, a un tiempo, convergerían en un rebato de timbres, campanas, cucos; una extravagancia, pensaba yo, más llamativa teniendo en cuenta la condición de relojero de mi tío. Cuando pensé que ya no volverían los sobresaltos, teniendo en cuenta el inicio suave de The great gig in the sky, alguien de repente (Clare Torry) grita con desesperación, como si la vida le fuera en ello. La audición era un sinvivir, y sin embargo, algo, no sabría cómo explicarlo, me impedía pararla.


Pero antes de darle la vuelta a la cinta necesitaba tomar un respiro. Tuve incluso el momento de duda, pero al final la curiosidad de escuchar lo que quedaba tras la cara oculta, la morbosidad de extasiarme con sonidos tan atractivos como apocalípticos, esa de explorar en una realidad paralela, acabó por empujarme a poner la cara B.

La vuelta empezaba con un sonido familiar, el de máquinas registradoras. El bajo resultaba ahora más humano, al margen de arcanos singulares. Era el tema más terrestre, el más fácil de asimilar. Inferí que el resto de la música discurriría por la vía convencional, sin sobresaltos. Y sí, la cara B enseñaba menos los cuchillos. Cuando acabó la cinta, el latido del corazón me parecía menos desalentador que al comienzo. Era necesaria una segunda audición al día siguiente, reflexionaba, al tiempo de llegar mi primo, extrañándose de que hubiera elegido a Pink Floyd para hacer más soportable la espera.


Han pasado casi cincuenta años desde entonces, y sin dudarlo, esta es la obra que más veces he escuchado a lo largo de mi vida. Cuando compré mi primer radio cassette stéreo, la primera cinta en escuchar fue The dark side of the moon. Luego vendría el plato, y con él la compra del vinilo. Por último la adquisición de un reproductor junto al CD. No voy a ser original si digo que a una isla desierta me llevaría la composición de los británicos, tal vez para sentirme más cerca del cielo.


The dark side of the moon se puede catalogar de milagro en todos los sentidos. En 1973 Pink Floyd estaba en la plenitud creativa de su carrera. The dark... empezó a tomar cuerpo en la cocina de la casa de Nick Mason. De allí salió la idea de crear una obra conceptual en torno al estrés, la muerte, la avaricia y también la locura (algunos de los cortes están dedicados a quien fuera su líder, Syd Barret, fuera de combate por el consumo de LSD). Lo más chocante del caso es que en 1971 ya habían compuesto algunos de los cortes, tocándolos en directo sin aún haber sido publicados. Bien es cierto que todavía les faltaba el pulido final para rematarlos con pulcritud. El ensamblaje acometido en los estudios de Abbey Road estaría a cargo de Alan Parsons, reputado ingeniero de sonido que anteriormente había trabajado en algunos álbumes de The Beatles. El resultado final es una obra maestra. Los diez temas están aquilatados a la perfección, unidos con maestría, de manera que si alguno faltase, la obra se resentiría. No sobra ni una nota de este cocktail monumental.



Es meritorio destacar que, aun teniendo en cuenta los avances tecnológicos de los estudios de grabación a lo largo de los últimos años, en 1973 no era tarea sencilla llevar a los surcos de un vinilo las composiciones como Pink Floyd las había concebido, aunque ahora pueda sorprender a la gente más joven, teniendo en cuenta que con un simple ordenador se pueden conseguir sonoridades infinitas. Y es que PF destaca por muchas virtudes, pero en mi opinión sobresale por la pulcritud en el acabado, la persecución inmisericorde hasta atrapar el sonido perfecto, algo a lo cual nunca han prestado tanta atención ninguno de los artistas o agrupaciones, incluyendo a los más clásicos de la música popular.


Medio siglo más tarde (se publicó por primera vez el 1 de marzo de 1973 en EE.UU, y el 21 de marzo del mismo año en UK junto al resto del mundo), los logros de The dark..., son incuestionables. En muy pocos casos se ha dado tal unanimidad entre crítica y público al calificar de sobresaliente esta grabación. Por derecho propio es el tercer disco más vendido de todos los tiempos, con unas ventas próximas a los cincuenta millones de ejemplares. Es a su vez, el álbum que más tiempo ha permanecido en las listas de venta, por más de 900 semanas -cerca de 18 años-, 730 consecutivas, algo inédito, un hito que ni siquiera se ha repetido y difícilmente va a ocurrir. Los años que van de 1973 a 1975, e incluso después, con la publicación de su siguiente álbum, Wish you were here, Pink Floyd se convierte en la superbanda del momento, con montajes escénicos únicos por aquel entonces, donde el diseño de pantallas redondas e infinidad de luces se funden con la sonoridad impecable, siendo el denominador común de espectáculos inolvidables. Cabe añadir el éxito rotundo de su carátula, diseñada por George Hardie, perteneciente al colectivo Hipgnosis. Según la revista Rolling Stone, se trata del segundo mejor diseño para un disco en la historia de la música rock.



En resumidas cuentas se puede decir sin temor al equívoco, que hay un antes y un después tras la publicación de The dark... Antes de 1973, el rock sinfónico, o progresivo, se consideraba música para escuchar por minorías. A partir de entonces, la etiqueta de elitista dejó paso a multitudes deseosas de escuchar música diferente, dándose impulso a ellos mismos, pero también a agrupaciones que se desenvolvían en el mismo territorio musical, como Genesis, Yes, King Crimson, Jethro Tull, Emerson, Lake & Palmer, Camel, etc. Con The dark..., el cuarteto integrado por David Gilmour (guitarra y voz), Roger Waters (bajo y voz), Richard Wright (teclados y voz) y Nick Mason (batería), pusieron patas arriba el panorama musical de entonces, invitando a sus fans a emprender un viaje extraordinario por las profundidades del alma humana, sin necesidad de recurrir a comodines lisérgicos ni sustancias prohibidas; porque ellos solos, con su talento ilimitado, eran capaces de provocar un estado alterado de conciencia a cualquiera que escuchara esta obra imperecedera que es como una catedral sonora.

 



                                                                                                                                                  


lunes, 20 de febrero de 2023

El mejor año de la historia del Rock

 
Para muchos entendidos en materia, 1969 es el mejor año de la música popular a lo largo de su historia. Otros, no tantos, creen que es 1967 el más brillante. Por supuesto hay musicólogos que apuestan por 1982 como el cénit del género musical "inventado" en los años cincuenta por Bill Haley and his Comets. Pero una amplísima mayoría lo circunscribe al periodo comprendido entre 1967 y 1975, considerando estos ocho años de margen, como la etapa de mayor esplendor de dicho género. Aunque, es obvio, muchos amantes de la música no estarán de acuerdo, anteponiendo la calidad de la música de los primeros años ochenta a la de la década anterior. Y sin duda habrá otros muchos que apuesten sin titubeo por la música de los noventa.


Yo no voy a ser muy original al dar mi opinión, a todas luces discutible; no obstante aquí la dejo. 1973 es el mejor año de la historia de la música rock, popular, o como se la quiera llamar. Influyen para ello, no se si de manera premeditada, factores varios, como la crisis del petróleo, el escándalo Watergate, el golpe de estado en Chile, o la muerte poco después del poeta Pablo Neruda. O quizá no tuvieran una influencia decisiva en la concreción de discos extraordinarios y decisivos en la evolución musical de aquel año frenético. Lo que es indiscutible es la calidad con escasos precedentes de trabajos como, Selling england by the pound, ocho temas que consagraron a los británicos Genesis como uno de los estandartes indiscutibles del Rock Progresivo. Para muchos de sus seguidores, cincuenta años más tarde de su publicación, este es su mejor álbum, diría yo que con permiso de The lamb lies down on Broadway. 


Hay otros muchos LPs (hace medio siglo se solían nombrar así a las nuevas creaciones en formato de vinilo) que no desmerecen. En concreto este Larks' tongues in aspic de King Crimson, rivaliza en calidad con Selling... de sus compatriotas. El Mago Robert Fripp, con el acompañamiento de magníficos músicos, pergueñó el que con toda seguridad es su segundo mejor trabajo tras In the court of the Crimson King. 
  No alejado de la categoría de obras magníficas, se sitúa Aladdin sane, del camaleónico David Bowie, para dar continuidad a Ziggy Stardust... su anterior álbum, consolodándolo como estrella indiscutible del Glam Rock. O Berlin, un trabajo que gira en torno a dos enamorados que separa un muro, canciones en su momento difíciles de digerir para los seguidores del neoyorquino Lou Reed, después de que este lo hubiera petado con Transformer, su anterior trabajo. Sin embargo, a día de hoy, es uno de sus tres o cuatro mejores trabajos. 


Claro que para discos inesperados nada como este For your pleasure la grabación más redondo de Roxy Music antes de que Brian Eno abandonara a Brian Ferry y resto de miembros para volar por libre. Hoy, medio siglo después, este pasa por ser su mejor creación, tanto de su etapa experimental, como la posterior, menos ambiciosa aunque con ventas millonarias. O el del debutante y multiinstrumentista Mike Oldfield, que con su inimaginable y sorprendente Tubular Bells, conquistó con suspense el favor de la crítica y de los seguidores de la música. Aún hoy sigue considerándose su obra maestra, compuesta cuando no había cumplido los veinte años. Y por supuesto, por encima de cualquier otra composición -es opinión personal- apareció el disco del año, de la década y de los últimos cincuenta años, nada menos que la cumbre creativa de Pink Floyd, The dark side of the Moon. El cuarteto que ya era muy popular tras abandonar la psicodelia de los primeros álbumes, se conjuró para traspasar la línea apenas perceptible que separa un buen trabajo de una obra maestra. Pero esta Cara oculta de la Luna merece un análisis pormenorizado para otra ocasión.  Muy pronto. 


 
La cosecha de grandes discos está ahí, y no se pueden dejar de lado obras fantásticas. Goodbye yellow Brick Road de Elton John, Countdown to ectasy de Steely Dan, Let's get it on de Marvin Gaye, Catch a fire de Bob Marley ant the Wailers, A wizard, a true star de Todd Rundgren, Innervisions de Stevie Wonder, Billion dollar babies de Alice Cooper o Raw power de Iggy Pop and the Stooges, ayudaron a conformar un año pródigo en trabajos de factura impecable, siendo muchos de ellos y a pesar del tiempo transcurrido, hitos de la música popular y referentes para muchos artistas que vinieron después. Por eso 1973 es para mi la añada insuperable, la cima de esta música que tanto ha hecho disfrutar a millones de personas y aún lo sigue haciendo, esperemos que por muchos, muchos años.



                                            
 
                                                                            
          

martes, 7 de febrero de 2023

Mebwina

 

 

 -  Al fin tenemos a la persona adecuada –le dijo a su superior el hombrecillo de anteojos resquebrajados y manos sarmentosas-. Se trata de un niño.


-   - Estás de guasa, supongo –aseveraba incrédulo el coronel de la inteligencia sin dejar de morder con entusiasmo el cigarro habano-. De veras no entiendo. Explícate con más claridad.


-  Hemos dado con nuestro detonador. Una revuelta de chiquillos puede ser el arma mortífera –atinó a decir atiplando la voz, ya de por sí inverosímil, al pronunciar las últimas palabras-. Los chavales están hasta la coronilla de sudar como marranos por culpa de las guerreras y  los quepis. Hay un muchacho de doce o dieciséis años dispuesto a encabezar la revuelta contra el Emperador.


-  No me hagas reír. ¿Lo dices en serio? –preguntó el avejentado oficial jefe antes de dar una profunda calada al habano.


-  Como lo oyes. Es un muchacho con madera de líder, un idealista convencido; vamos, el tipo más fácil de manipular –el hombrecillo con la antigüedad de Matusalén en los tejemanejes de la inteligencia gala, apuró a colocarse los anteojos antes de que se le escurrieran nariz abajo-. Está dispuesto a dar la cara, cuanto haga falta con tal de librarse del maldito uniforme.


- Todo esto me suena a una sesión de fuegos pirotécnicos. ¿No tienes algo más consistente? Los niños no van a conseguir nada contra la bestia –aseguró el grandullón un tanto contrariado con la ocurrencia. Una majadería para utilizar a los adolescentes en una empresa como la de hacer daño al régimen represor de Bokassa, era cuanto le faltaba por escuchar esa tarde-. Yo exploraría otras alternativas antes de meterme en semejante jardín de infancia.


-  Precisamente la vulnerabilidad de los chiquillos puede ser crucial para hacerle daño de verdad si entra al quite; solo necesitamos sacarlo de sus casillas un poquito, lo suficiente, y zas –pronosticaba el civil a punto del retiro.


-  Pretendes sacarlos a la calle a vocear contra el Dictador y ya está –puntualizaba clarividente el Coronel al tiempo de trenzar un cero de humo en medio del aire enrarecido del despacho, en la Comandancia-. A renglón seguido los machacan a hostias o los hacen desaparecer y se acabó el sencillo problema. Vamos Alain, no seas pardillo.


-  No lo acabas de captar. Una masacre contra criaturas indefensas, menores de edad y estudiantes, para remate, va a tener una repercusión internacional incomparable, siempre y cuando nos encarguemos de la difusión de los hechos con pelos y señales, sin ocultar nada de lo acontecido –predijo el subalterno sin amilanarse por las repentinas rechiflas del coronel-. Tan solo necesitamos la torpeza de nuestro hombre para tener el control de la situación.


-  ¿Y los jóvenes están dispuestos al sacrificio? Podrán salir a la calle, no te lo voy a discutir; pero, permíteme la duda, pues, en cuanto la cosa se ponga fea y los energúmenos se metan en refriega, en la calle no queda ni un alma –volvía a confirmar el Jefe de Inteligencia-. Eso dando por sentado que antes sean capaces de tamaña osadía.


- Lo serán si embaucamos a Mebwina. El chaval tiene labia suficiente como para convencer al más temeroso. En la escuela aglutina a sus compañeros sin dificultad, además de llevarse a la práctica cuantas indicaciones propone con relativa frecuencia –confirmaba vivaracho el hombrecillo de cráneo rapado y cejas abundosas.


-   ¿Pero no es un idealista?


- Ahí está lo bueno del asunto. Aunque pueda parecer contradictorio, no hay persona más fácil de manejar que un teorizante o romántico, a condición de tejer con tiento la argucia sin salirse de su terreno –garantizaba exultante el hombrecillo del invento.


-  ¿Y tiene de años?


-  A ciencia cierta no lo sé. Aquí los chiquillos no son demasiado grandes, por tanto, me atrevería a decir que entre doce y dieciséis. Tampoco él lo sabe con certeza. Por el curso podría estar en los quince.


-   
Si no te importa, todo esto lo seguiremos discutiendo dentro de tres días. Ahora no tengo tiempo, me espera una reunión y esta tarde, lo sabes, salgo de viaje a Camerún –sentenciaba el grandullón, al tiempo de dejar quemándose el último dedo del puro sobre el cenicero de cristal pulido.

 

  Libertador, que en idioma de allá se dice Mebwina, miraba sin pestañear el discurrir del río, a pesar de la

    intensidad del sol al mediodía. Ensimismado en la escasa corriente del cauce, no dejaba de pensar en aquel aciago día de muchos años atrás, cuando su bisabuelo Dahdia –en idioma de occidente algo parecido a Luna Grande- era capturado por un barco de negreros americano cuando estaba a punto de ahogarse en el mar, por preferir la muerte antes que la indignidad de convertirse en esclavo en un país ajeno. Su abuelo se lo había relatado tantas veces que, después de cavilar en la mejor manera de hacer justicia a su antepasado, no encontró otra alternativa que la de combatir al tirano con todos los medios a su disposición, aunque solo fueran los personales y un arrojo palpitante


  El día antes, sábado, Mebwina había tenido una extensa charla con un hombre minúsculo que atendía por el nombre de Alain. Este le había sugerido el secreto al respecto, y la desobediencia en forma de manifestación multitudinaria para acabar con el fastidio de los uniformes. Si estaban dispuestos a tomar la calle, él y sus amigos les ayudarían a la hora de organizar la marcha, y lo que era más importante, a raíz de ello se convertirían en unas celebridades, pues él y sus poderosos amigos, harían de altavoces de tamaña proeza a lo largo y ancho del mundo. No quedaría un solo periódico sin difundir la noticia, tampoco las televisiones. Solo necesitaba al muchacho poniendo en marcha su poder de persuasión para convencer a los más recelosos, y Alain haría tambalearse el poder de aquel caprichoso Emperador; de manera que todo esto acabaría a lo sumo en tres o cuatro días y sin peligro para su integridad y la de sus compañeros.


  Mebwina no dejaba de cavilar en la suerte del bisabuelo deparada por el destino en la lejana América. Tal vez había rehecho su vida junto a otra mujer, esclava como él, y juntos habrían creado una nueva familia; y a lo mejor había vivido lo suficiente para regocijarse con la abolición de la esclavitud, si bien era improbable, teniendo en cuenta que al bisabuelo lo habían capturado cuando ya tenía más de cuarenta años. En una aldea donde vivía, próxima a Douala, en Camerún, dejaba mujer, cinco hijos y uno más sin nacer cuando la captura: su futuro abuelo Tenouhor, El Ausente en castellano, como recuerdo a su padre. Tras la tragedia, la bisabuela embarazada y los cinco vástagos decidían emigrar lejos del mar, en busca de tierras más seguras. Así fue como elegirían el vecino territorio de Ubangui Chari, después Imperio Centroafricano.


  A pesar de entretenerse en mirar con embeleso el escueto riachuelo de agua marrón, en sus oídos escucha con nitidez, como si a un palmo suyo hablara el abuelo con la convicción del mayor de los hombres íntegros, las palabras tantas veces dichas. El abuelo, ya muerto, había insistido en la necesidad de trascender, “morir mejor de pie, como un héroe, si con ello se consigue permanecer en el recuerdo de la comunidad, a acabar los días en la cama sin haber luchado lo suficiente por su bienestar”. Ante sí se abría una encrucijada complicada y a lo mejor decisiva. Era lo suficientemente listo para darse cuenta del riesgo asumido si al final aceptaba el reto; pues, aunque aquel hombrecillo próximo a convertirse en carcamal se empeñara en la seguridad de la protesta estudiantil, todo estaba en el aire tratándose de un enfrentamiento contra el dictador Bokassa. No obstante, el abuelo, con su terquedad y sus manías de viejo, tenía razón cuando argumentaba el ineludible compromiso con los ideales de justicia e igualdad, aunque eso costara la vida. “Sin lucha no hay avances y sin avances tampoco habrá prosperidad para todas las personas de esta tierra”.


-   Vamos a lograrlo –dijo Mebwina a sus compañeros de escuela más dubitativos. Los otros (una gran mayoría), se habían decantado por el todo o nada antes de acabar asados dentro de aquellos uniformes de disparate ideados por el maldito dictador-. Si no vamos todos a una, jamás lograremos nuestro propósito de quitarnos de encima estas dichosas guerreras.


 ¿Y qué será de nosotros si nos detienen? –preguntaba un atemorizado muchacho ante la argumentación de Mebwina.


-  
Seguramente nada –sentenciaba Mebwina-. De nuestra parte tenemos a los de la prensa internacional. Ellos harán que en todo el mundo se conozcan nuestras justas reivindicaciones. A Bokassa no se le ocurrirá tocarnos un pelo sabiendo que la opinión pública está pendientes de nosotros.

 

 -      -  El tirano es capaz de todo para salirse con la suya –dijo otro de los remisos con más sentido común.


   - Estoy convencido de nuestro éxito –aseveró Mebwina con la convicción del más avezado de los ideólogos-. Solo es cuestión de aguantar el tipo un par de horas. Si lo logramos, al fin seremos libres para vestir como nos dé la real gana. Pero si decidimos achantarnos, toda nuestra vida seguiremos siendo unos esclavos, y sudaremos como cerdos embutidos en estos uniformes. Debemos revelarnos de una vez por todas.


-  Yo no quiero acabar mi vida en la cárcel –dijo otro de los resignados-.


-  En nuestra mano está el desobedecer a nuestro enemigo. Si todos permanecemos unidos, sin retroceder al mínimo contratiempo, lo lograremos. Es posible que tome represalias y alguno de nosotros sea encarcelado, no lo voy a negar; sin embargo, la opinión internacional hará los esfuerzos necesarios hasta ponernos en libertad. Y además, os lo recuerdo, Francia está escamada y no le va a pasar una más. Para eso tenemos el respaldo de sus periódicos que harán las veces de altavoz.
 
  Mebwina escrutaba entre el cielo cárdeno del atardecer, por si daba con alguna señal esclarecedora de la cual pudiera inferir el éxito o fracaso de la operación para dos días más tarde. Había estado brillante hasta el punto de conseguir la unanimidad de todos sus compañeros y la de otras escuelas de la Capital, a fin de tomar la calle y hacer patente su indignación contra la orden del sátrapa. Pero no estaba convencido del resultado final. Albergaba, cierto es, serias esperanzas de lograr la victoria y el reconocimiento de los suyos, y tal vez de los medios de comunicación si había de hacer caso al hombrecillo; pero no era menos cierto que el Dictador podía muy bien no doblegarse a las exigencias de los más jóvenes, tomándose la justicia por su mano. Claro que, si ocurría lo último, también la historia le reservaría a la muchachada un hueco preferencial y a él en particular. Su nombre aparecería entonces escrito en los anales con letras de molde, además de ponderarse en las escuelas del Imperio la gesta de su hazaña una vez dejara de existir Bokassa. Esa era al fin la forma más adecuada de perpetuarse en la memoria, como le había escuchado reclamar al abuelo en incontables ocasiones; y por añadidura, el homenaje póstumo a su bisabuelo Dahdia. Este estaría satisfecho de verlo ahora portando al cuello su amuleto de madera, objeto que de adolescente había tallado con la ayuda de un pequeño hierro a manera de cuchilla, hasta conseguir la figura de un pececillo rechoncho, habitual en el mar del Camerún. Se sentiría orgulloso de verlo en la protesta sin abandonar ese amuleto de la suerte, objeto que él no portaba al cuello cuando era capturado por los negreros americanos, mientras intentaba hacerse con la cena para la familia por medio de una rudimentaria caña de pescar.
 
- Es cosa hecha –sentenció el veterano miope ante la imponente figura del Coronel, parapetada tras la mesa de nogal del despacho-. El muchacho, Mebwina, se llama, no solo está dispuesto a encabezar la revuelta, sino que junto a los compañeros más arrojados e irracionales, ha logrado aglutinar a la inmensa mayoría de los estudiantes de la Capital para tomar la calle. En estos dos últimos días he conseguido el sí del joven. Hasta cierto punto no ha sido complicado convencerle de la benignidad de la operación.


-  ¿Benignidad, dices? –Replicó enojado el Jefe Militar de la Inteligencia mientras urdía un redondel en medio del aire enrarecido del despacho-. ¡Si los van a matar como a conejos! ¿Acaso lo dudas?


-  Seguramente tienes razón –atiplaba la voz el hombrecillo, al tiempo de afirmarse las gafas a punto de escurrirse de la nariz aguileña-. Pese a la escabechina, si al final se produce, es una enorme oportunidad para nuestros intereses estratégicos. París está hasta los mismísimos de los antojos de Bokassa y quiere darlo por finiquitado; mas, para ello, necesita la escusa adecuada.


-  De todas las maneras y suponiendo de la idoneidad de este plan, no deja de ser una barbaridad cuanto planteas –decía el Coronel algo más sosegado y sin dejar de rumiar alrededor del emboquillado del puro-. Tal vez podríamos cavilar en otras alternativas menos drásticas.


-  Si ahora intentara convencerles para renunciar al plan, no estoy seguro de que fueran a hacerme caso –aseveraba con el ceño agudo el más veterano de los civiles de la inteligencia gala-. Los chavales están ilusionados; pararles ahora sería para ellos una tremenda decepción y hasta contraproducente. El procedimiento a seguir está muy avanzado; de volvernos atrás, alguno de los muchachos más ideologizados sería capaz, por despecho, de ir con el cuento a la persona más inadecuada.


-  ¿Y qué propones con respecto a los muchachos?


-  No entiendo.


-  Si nosotros hemos ingeniado todo esto para meter en la ratonera a los jóvenes, en buena medida nos veremos salpicados por cuanto les pase a ellos –aseguraba el jefe militar, mientras del mueble bar sacaba una botella de coñac y una copa-. Ni es recomendable para nuestro prestigio ni yo creo conveniente salir mezclado en las hojas de los periódicos.


-  Todo está bajo control –decía locuaz el hombrecillo de las gafas decrépitas-. Sólo yo he participado en este entramado y apenas para persuadir al muchacho a que tomara el mando, además de exponerle las máximas elementales en cualquier organización de protesta, nada más. Si, a pesar de todo hay derramamiento de sangre, la revuelta pasará a ser un mero capricho de unos jóvenes contestatarios contra el despotismo de un dictadorzuelo. Eso sí, a pesar de mantenernos en la sombra, por medio de terceras personas, haremos la fuerza suficiente para conseguir, de los más influyentes medios de comunicación franceses y de otros países, el eco relevante que requerirá una noticia de tal calado, como es una masacre en la capital del imperio.


- Por tanto, esto de la revuelta estudiantil lo ves como una ventaja pintiparada para nuestros intereses –mascullaba al tiempo de sorber el alcohol de la enorme copa con cuerpo de balón-. Si esto es como dices realmente, aquí sí podríamos actuar bajo esa máxima de, el fin justifica los medios. Mejor sacrificar la vida de unos pobres desgraciados antes que la de millones de ciudadanos. ¿Y cómo van a vestir para salir a la calle?


-  
Eso no lo sé –aseguraba más confiado el civil a punto de la jubilación-. Lo que sí sé es del antojo de Mebwina. Llevará colgado al cuello una especie de talismán o fetiche perteneciente a un antepasado suyo que al parecer fue capturado por negreros para hacer de esclavo en Estados Unidos. Según la versión de nuestro joven, de haber portado el talismán cuando estaba de pesca, jamás hubiera caído en manos enemigas, pues, según dice, ese ídolo en forma de pez, tiene la propiedad de hacer inexpugnable a quien lo posee. Cosas de chiquillos.



 

El autoproclamado Jean-Bédel Bokassa como emperador del Imperio Centroafricano,  perdió el poder en 1979 tras una revuelta estudiantil. Francia, hasta entonces su principal valedor, puso en marcha la Operación Barracuda para desalojarlo del poder aprovechando un viaje del Dictador a Libia. 


Este relato iba a publicarse en mi obra, Teórica del fuego, pero por tema de espacio se quedó fuera.