martes, 6 de octubre de 2020
Donde las dan, las toman
- Diga.
- Si en una semana no paga a Salud la cantidad de trescientos mil euros, habrá cometido un error imperdonable.
domingo, 6 de septiembre de 2020
Pedazo de banda
No sé cuántas veces he dicho ya que Ciutadella tiene la fortuna de contar con una banda digna de respeto y admiración. No me cansaré de decir que con cada concierto, la banda que dirige con tanta mestría como gusto, Joan Mesquida, el colectivo que la integra se supera como si estuviera, actuación sí, actuación también, en una carrera de obstáculos donde los últimos siempre son más dificultosos que los anteriores.
Con una puesta en escena nada tumultuosa, acorde a los tiempos de esta lacra que nos ha tocado vivir llamada COVID-19, el público asistente, al lado mismo del Castell de Sant Nicolau, asistió a una velada musical donde predominó la música soul y funk más que en anteriores audiciones, también, aunque en menor medida el swing. Y si esas variantes musicales fueron posibles, en buena medida se debió al trio de vocalistas -todas magníficas-, sin que uno sepa decantarse por una u otra. Al principio comentaba que daba la sensación de que la banda estuviera inmersa en una carrera de obstáculos cada vez más dificultosa conforme se acerca la meta. Como ejemplo de lo que digo está el tema Respect, de 1967, y que inmortalizó Aretha Franklin. La Banda adaptó la canción en al menos un recital anterior; sin embargo, ayer sí se pareció mucho más al original de la americana.
A lo largo de la actuación no faltaron los guiños a artistas como Jackson 5, Stevie Wonder, Peggy Lee/Michael Bubble (Fever), la mencionada Aretha Franklin por partida doble, etc., poniendo de manifiesto por enésima vez la versatilidad del conjunto para sumergirse en cualquier corriente musical, además de la sapiencia y conocimientos de Joan Mesquida a la batuta, sabiendo en todo momento el terreno que pisa en cada corte musical para adaptarlo a su gusto. Para mí, sin ir más lejos, uno de los grandes aciertos es que la guitarra eléctrica, en otras ocasiones, y por necesidad, asumiendo un papel protagonista, ayer noche se quedara en un segundo plano, dando preponderancia a la sección de metal. Es un detalle que no pasa desapercibido y que ayuda a comprender la verdadera dimensión de esta agrupación que para si quisieran muchas ciudades más conocidas y populosas.
miércoles, 8 de julio de 2020
Valencia C.F., 100 años, 2 meses y 7 días después
Fidelidad sin límites
Los cromos. Con 10 años, viviendo en
provincias y sin apenas partidos televisados a través de aquellos toscos
aparatos en blanco y negro, fueron los cromos los que me empujaron a elegir al
Valencia CF. A lo largo de mi vida han sido infinidad de personas las que me
han preguntado y aún lo hacen en cuanto a mi fidelidad inquebrantable,
extrañándose de que alguien nacido en el noroeste español, rayando con Galicia,
no hubiera preferido ser del Madrid, Barcelona, Atl. Madrid, Ath. Bilbao, y sí
del Valencia CF, un club que en mi tierra –ahora menos- les sonaba a lejano y
exótico: <<Al menos podrías haber escogido al Deportivo, como tu
padre>>, me decían los amigos futboleros más desapasionados.
Aquella colección
Disgra de la editorial FHER, sita en la calle Gordóniz 44 de Bilbao, y que
todavía conservo, era la primera que hacía de cromos futbolísticos. Como el
resto de equipos, el Valencia CF estaba representado por 16 jugadores:
Abelardo, Tatono, Aníbal, Sol, Vidagañy, Jesús Martínez, Antón, Claramunt I,
Lico, Paquito, Forment, José Ramón Fuertes, Pellicer, Sergio, Valdez y
Claramunt II. Conseguí hacerme con los de todos ellos menos con el del gran
Abelardo. A esos 16 deberían de haberle añadido los de Meléndez, Cota,
Barrachina, Adorno, Uriarte II y Quino, que completaban la plantilla del Club
en la temporada 1971-72.
¿Cómo se produjo
el flechazo? Con certeza no lo sé argumentar. Supongo que lo más “razonable” leyendo
y visualizando a los Pirri, Amancio, Rexach, Asensi, Gárate, Luis, Iribar o
Rojo I, que representaban a equipos con más tradición y títulos, habría sido
escoger el camino facilón, pero yo siempre he huido de las unanimidades, y es
posible que a mi corta edad ya fuera “políticamente incorrecto”. También es
cierto que el Valencia CF era el vigente campeón de liga y algo tuviera que ver
con la predilección, si bien en esa etapa de mi niñez no llegaba a entender del
todo el alcance real de una gesta tan brutal como es ganar la liga.
Así que puestos a
contrastar, las figuras de Sol, Jesús Martínez, Claramunt I, Paquito o Valdez,
aguantaban bien el tipo. Y si algunos otros podían transmitir escaso nombre,
cierta bisoñez o blandura, ahí estaba el patilludo Antón, el melenas Lico o la
mirada retadora de Aníbal, reclamándome su atención, a la cual obedecía con
idéntica pasión a la que ponía jugando al fútbol, si bien haciendo gala de mi
innata torpeza, a pesar de querer emular a un magnífico jugador como era Jesús
Martínez. No obstante, enseguida sufrí la primera decepción. El 8 de julio de
1972, nuestro Valencia perdía la final de Copa frente al Atl. Madrid por 2 a 1.
Por tercer año consecutivo se quedaba a las puertas de su conquista.
Para dar
continuidad a mi fe en el equipo levantino, y sin otras herramientas a
utilizar, la radio fue el primer instrumento a través del cual sondeaba la
salud deportiva de cada jugador, anotando en un cuaderno, primero los goles de
cada uno de ellos en el campeonato liguero, y pocos años después sus partidos.
Así que esa información tan precaria de hace cuarenta y muchos años, quién lo
diría, se convirtió al transcurrir de los años en el germen de esta obra
exhaustiva que maneja miles de cifras y un montón de estadísticas.
Luego vino Kempes
y con él la retransmisión de partidos con más frecuencia. Por tanto, la
información empezaba a ser más fidedigna, además de acceder a periódicos y/o
revistas de prensa como Marca, As o Don Balón –medios como Las Provincias o
Diario de Levante, me estaban vetados al desconocer su existencia, y por obvias
razones de ubicuidad, con el añadido de que entonces no existía Internet ni red
social alguna-, que sin profundizar en la información con tanto afán como lo
hacía al referirse a otros equipos grandes, sí me permitía tener una visión más
global de mi Valencia. Bien es cierto que un poco antes de la irrupción del
Matador había descubierto el anuario Dinámico de Tomás Tocino e Hijos, otro
instrumento utilísimo para indagar en la historia de nuestra entidad, aunque
fuera con cuentagotas.
Desde entonces ha
transcurrido mucho tiempo y ¡tantas cosas!, buenas unas, no tanto otras, que
sería impensable no haber aprovechado la curiosidad, la madurez y las muchas
herramientas que he tenido a mi disposición para concluir esta ambiciosa obra que
ha ocupado buena parte de mi vida; un trocito de la existencia muy instructivo
y ciertamente provechoso que me ha hecho crecer como persona, no en vano, la
tarea la he realizado con tanto rigor como pasión.
La pregunta
recurrente podría ser: ¿para qué escribir un nuevo libro sobre el Valencia CF?
O mejor decir: ¿por qué cuando eliges a un equipo es para toda la vida? En la
salud, en la enfermedad, en la riqueza o en la pobreza, uno jamás lo abandona,
algo que no ocurre en un matrimonio canónico, ni en un partido político, en la
profesión que hayas elegido, ni, a veces, en la más profunda de las amistades. ¿Por
qué será? Yo no tengo una respuesta clara. Lo que sí digo es que, como ejemplos,
durante las dos ediciones de Champions que fuimos subcampeones, esos dos
inviernos con sus correspondientes primaveras disfruté como muy pocas veces,
hasta el punto de recordarlas con añoranza, a pesar de las derrotas finales. ¡Y
qué decir de los cursos 2001-02 y 2003-04! Durante 9 + 9 meses gocé como el más
inocente de los niños, con las mascletás finales cargadas de una dicha y
orgullo indescriptibles. O los espacios más cortos de felicidad impagable de
las finales de Copa de 1979, la de Kempes; la protagonizada por Mendieta y
Piojo López en 1999 y la del pasado 25 de mayo de 2019 con la victoria sobre el
Barcelona. Esas gestas, esos hitos que hacen dichosos a miles de valencianistas,
no tienen precio. Ahí puede estar una de las claves de la fidelidad eterna;
aunque a veces, el equipo te decepcione hasta el punto de dejarte mal cuerpo
por unas horas, ¡o días! Al decir esto, sí cobra sentido la creación de una
nueva obra para los valencianistas, convirtiendo esas y otras muchas gestas en
puras estadísticas, algo que a mi modo de ver nunca antes se había tratado en
profundidad.
Hasta los 27 no
tuve la fortuna de disfrutar del equipo en directo. El 21 de mayo de 1989 acudía
al antiguo Carlos Tartiere para ver al Valencia CF empatar a cero con el R.
Oviedo. A pesar de la dicha, poco tiempo después comprendí que no era la misma
si veía al Valencia en nuestro propio feudo rodeado de la afición, algo que he
repetido sin la asiduidad que hubiera deseado, pero sí la suficiente para
considerar a Mestalla mí segunda casa. Me gustaría acudir cada fin de semana al
feudo valencianista y departir con los viejos aficionados del Valencia, esos
que guardan en sus cabezas pequeñas enciclopedias de hechos trascendentales, anécdotas,
efemérides, siendo a un tiempo reputados cronistas del devenir de la Sociedad;
pero viviendo en Menorca por razones familiares y profesionales es complicada
la asistencia. Al fin, el 14 de octubre de 1990, hacía realidad dos de mis
sueños: conocer Valencia y asistir al Luis Casanova –por entonces aún mantenía
el nombre del mejor presidente de la entidad-, donde el equipo se enfrentaba al
Cádiz. Los valencianistas ganaron 2 a 1, con sendos goles desde el punto de
penalti de un tal Lubo Penev, el cual reaparecía tras una corta lesión. El
Valencia del maestro Víctor Espárrago jugaba con: Ochotorena; Quique, Voro,
Arias, Giner; Bossio, Tomás, Nando; Toni, Penev y Eloy. Más tarde saldría
Camarasa en sustitución de Nando y Fenoll por Toni. La desgracia es que, por
lesión, me quedaba sin ver a mi ídolo, el maestro Fernando Gómez Colomer.
En los momentos
donde el juego estaba detenido, yo, neófito en esto de la liturgia mestallera,
buscaba incansable la silueta del gran presidente Don Arturo Tuzón, que se
sentaba en el palco presidencial justo al frente donde yo me ubicaba, a 100 ó
120 metros. Y es que yo no concebía algo tan grande como el Valencia CF sin su
salvador, un señor como la copa de un pino que en apenas 4 años había reflotado
a la Sociedad al borde de la quiebra, ascendiéndola a Primera División y
haciéndola subcampeona de liga un año antes. Desde entonces, repito, he acudido
a otros partidos, de los cuales no se me olvida el que disputó contra el Ath.
Bilbao el 7 de diciembre de 2003. El Valencia del triunfal Rafa Benítez se
impuso por un ajustado 2 a 1 con sendos goles de Vicente Rodríguez en su mejor
temporada. Sin embargo, la jugada determinante llegaría en el último suspiro.
El árbitro Daudén Ibañez decretaba penalti a favor de los vascos. Urzaiz lanzó
la pena máxima y un enorme Cañizares la detuvo, poniendo otro granito de arena
más para que nuestro Valencia CF se proclamara campeón de Liga por segunda vez
en tres ejercicios.
Pero ya es hora
de dejar la nostalgia a un lado y terminar la breve introducción para decir lo
siguiente: Esta obra tan exhaustiva como necesaria -nadie antes había ordenado con criterio y
rigor un registro o inventario cifrado del Valencia CF, sí bien se han
publicado infinidad de libros en torno a la Institución y parcialmente a cifras
y datos, pero sin tratar con mayor relieve y extensión todo lo concerniente a
una ciencia tan fundamental como es la estadística o las cifras, cifras frías,
sí, pero que sin la mínima duda ayudan a entender la verdadera dimensión de
nuestro Valencia a lo largo de los últimos 100 años, 2 meses y 7 días de
existencia, o sea, los que van de la fundación del Club, el 18-03-1919, al
último partido de la temporada 2018-19 con la consecución del título de campeón
de Copa-, está dedicada de corazón a todos los futbolistas, presidentes,
directores deportivos, gerentes, entrenadores, utilleros y demás empleados que
a lo largo de los años, aportando mucho o poco de su trabajo, aciertos y
errores, han hecho colosal a este club, y por encima de todo a los miles y
miles de valencianistas que en el mundo somos, o sea, a toda la afición que en
último término da sentido y perdurabilidad al Valencia CF.
El libro de 250 páginas ya está a la venta en las principales librerías de Valencia.
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2 meses y 7 días despues,
Valencia C. F.
domingo, 24 de mayo de 2020
Los miserables (1862)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (9)
Párrafo correspondiente al Libro Sèptimo: "La última gota del cáliz de la amargura".
<<Todos hemos tenido momentos así; momentos de confusión en que las ideas se dispersan, y en que decimos lo primero que se nos ocurre, y que no es siempre lo más oportuno. Hay revelaciones repentinas que no se pueden resistir, y que embriagan como un vino funesto. Mario estaba atónito con la nueva situación que ante él surgía, y se puso a hablar a aquel hombre como si se tratase de una persona impulsada por el odio a hacerle tal confesión.
>-Pero, en fin -exclamó-, por qué me decís todo esto? ¿Quién os obligaba a descubrir el arcano de vuestra vida? Podíais guardároslo. Nadie os ha denunciado. No se os persigue. No se sabe de vuestro paradero. Sin duda tenéis alguna razón que os mueve a poneros así de manifiesto. Acabad. Hay más aquí de lo que aparece. ¿Por qué me habéis hecho esa revelación? ¿Qué motivo os ha inducido a ello?
>-¿Qué motivo? -respondío Juan Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo más bien que con Mario-. ¿Qué motivo ha obligado al presidiario a decir: soy un presidiario? Pues bien, el motivo es extraño, en efecto. Me ha inducido a ello la honradez. Mi mayor desgracia, sabedlo, es un hilo que está prendido en mi corazón, y con ligadura fuertísima. Esos hilos nunca son más sólidos que cuando uno es viejo. Toda la vida se quiebra en derredor; ellos resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperlo, desatar el nudo o cortarlo...>>
(Traducción de Nemesio Fernández Cuesta)
Los miserables es la obra cumbre del francés Víctor Hugo, una novela escrita en 1862 y que refleja como muy pocas, el estado de postración y miseria en que permanecía buena parte de la sociedad francesa de la primera mitad del Siglo XIX. Los miserables es muchas cosas, pero fundamentalmente es un alegato en contra de la pena capital. A lo largo y ancho de las más de 1300 páginas, Hugo nos cuenta de manera pormenorizada, las gracias y desventuras, abundando más estas últimas, de la vida de Jean Valjean, desde los episodios iniciales, cuando se hace cargo de la manutención de la niña Cossette, hasta el fin de sus días, cuando en el lecho de muerte se reconcilia con ella y con Marius.
La novela es un prodigio narrativo de primer orden, haciendo que el lector sienta una compasión inusitada por el protagonista y un desprecio absoluto por quienes le hacen la vida imposible. Llena de una gran dosis de reflexiones y filosofía, el final me parece sublime y acorde a los cánones del periodo romántico, con la redención, si a la muerte se le puede dar ese calificativo, del protagonista Jean Valjean.
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domingo, 17 de mayo de 2020
El Conde de Montecristo (1844)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (8)
<<El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guardia dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín Pharaon procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmdiatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rion y el cabo Morgiou. En un instante, y también como de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de Saint-Jean, porque en Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Pharaon, cuyo casco había salido de los astilleros de la antigua Phocée y pertenecía a un naviero de la ciudad.
>Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado felizmente el estrecho producido por alguna erupción volcánica entre las islas de Calasareigne y de Jarós, dobló la punta de Pòmegue, hendiendo las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan penosos movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la desgracia, preguntábanse unos a otros qué accidente podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en navegación reconocieron al punto que, de haber sucedido alguna desgracia, seguía éste avanznado con todas las condiciones de los buques bien gobernados.
>En su puesto estaba preparado el ancla, sueltos los cabos del bauprés, y al lado del piloto, que se disponía a hacer que el Pharaon enfilase la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un joven de fisonomía inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del buque y repetía las órdenes del piloto...>>
(Párrafo correspondiente al I Capítulo, Marsella. La llegada)
¿Quién no ha leído alguna vez la vida y milagros de Edmond Dantès, uno de los personajes más apasionante y universal de la historia de la literatura? Alejandro Dumas padre escribió este clásico del Siglo XIX -al alimón con Auguste Maquet, si bien el primero hizo lo indecible para que su colaborador no apareciese en la novela como coautor- siendo un escritor consagrado. La novela se publicó como folletín a lo largo de 18 entregas, un procedimiento muy frecuente en aquellos años, y de inmediato tuvo el reconocimiento unánime del público. Hoy se puede decir que nos encontramos ante una de las novelas más clásicas y leídas de todos los tiempos, y casi con seguridad, ante la mejor de Dumas.
Novela digna de leerse más de una vez, y que como muchas otras grandes obras de la literatura, nos muestran una visión real de lo que supone un encierro y/o confinamiento en una prisión infame, desde luego nada comparable a lo que nosotros soportamos a día de hoy por culpa del COVID-19. Una iniciativa perfecta para olvidar el estado actual es volver a leer El Conde de Montecristo, una verdadera gozada, la dosis perfecta para abstraernos de la realidad.
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domingo, 10 de mayo de 2020
Pabellón de reposo (1943)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (7)
Camilo José Cela había tenido un triunfo clamoroso con su primera novela, La familia de Pascual Duarte. Una historia tan devastadora como brutal, parecía en la obligación de tener una continuidad; sin embargo, Cela optó para su siguiente narración, por una historia más pausada, sin apenas acción o argumento, más allá de seguir los pasos de un grupo de mujeres y hombres que se ven obligados a confinarse en sanatorios para intentar superar la enfermedad de la tuberculosis, tan frecuente aún en la España de la primera mitad del Siglo XX. A medida que avanza la novela, los pacientes, que viven en permanente angustia, y que se cambiarían encantados por el más humilde de los cocineros, o por la más servicial de las enfermeras, ante la incertidumbre del futuro, se vuelven más transparentes, sin la artificiosidad de los primeros días.
A partir de su propia estancia en 1931 en el sanatorio de Navacerrada, y en 1942 en el de Hoyo de Manzanares, a fin de superar ese mal tan común mientras no fue descubierta la estreptomicina en 1943, Cela se sumerge en la vida de los internos, profundizando en episodios pasados por los pacientes en contraste con las vicisitudes del día a día, esa mirada parcial que se vislumbra cuando uno se ve obligado a pasar las horas muertas tumbado sobre el chaise longue.
La novela salió publicada por entregas entre los meses de marzo y agosto de 1943 en el diario El Español, publicándose en formato libro al año siguiente. Es posible, digo yo, que la lectura de las obras completas de Ortega mientras se reponía del mal en el sanatorio próximo a la Sierra de Guadarrama, influyeran decisivamente en la concepción y carpintería de la obra, completamente opuestas a la novela precedente, aunque también me inclino a pensar que, seguramente, había leído antes La montaña mágica, de Thomas Mann; no obstante, y a pesar de ciertas similitudes, las diferencias son abrumadoras. Es de destacar que, a pesar de su experiencia como paciente tubercoloso, en la narración predomina más la inventiva que una presunta autobiografía.
<<Lo daba todo, mi título universitario, mis treinta y dos años, la casa que me dejaron mis padres en la costa, con su emparrado que llega hasta la misma orilla, mis libros, mis amigos...
>...Y se queda pensativa, haciendo inauditos equilibrios para creerse, ella también, que aquella sangre salía, efectivamente, de la garganta...
>...No puedo, sin embargo, apartar de mí la idea de un cadáver, encerrado en esa funda enternecedora del ataúd. Cuando vine, ahora hace año y medio, estaba la puerta de la bodega abierta, bien me acuerdo. Al pasar se veían los ataúdes amontonados cuidadosamente, puestos en fila, esperando su trágico turno. Los había aún sin pintar, aún con la fresca madera de pino al aire, eran los que todavía no estaban preparados, los que tenían aún un respiro...>>
(Párrafos extraidos de un estudio exhaustivo sobre Cela, a cargo de Alonso Zamora Vicente)
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lunes, 4 de mayo de 2020
Luciérnagas (1993)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO 6
<<A medida que ascendían, Sol se familiarizaba con las calles y las anchas avenidas que le eran habituales, con sus árboles mutilados para hacer leña. No tardarían mucho en bajar de la montaña grupos de gente con brazadas de rama. El Tibidabo, alto y gris recortaba su joroba grande, oscura, en la mañana. No parecía la misma montaña que viera de niña, desde los balcones de su casa. Ahora las gentes que descendían por la ladera extendían sobre las aceras grandes pañolones llenos de algarrobas y raíces más o menos comestibles. Sol recordó las hileras de luces en la noche, las raudas estelas luminosas reflejadas en el asfalto brillante. Eran las noches de sus esperadas vacaciones, pero ya no había vacaciones para ella. Qué distinta era esta ciudad despojada, cubierta de letreros rojos y verdes, negros, blancos, con signos de exclamación en todas las tapias, con toscos monumentos de cartón despellejados por la lluvia y el viento, con crujidos rítmicos de pisadas en el asfalto y voces de mando rompiendo el silencio de las plazas. Qué distinta de aquella ciudad, recordada desde la blanca ausencia de Saint-Paul. Espléndida y luminosa, le dolía haberla soñado de otro modo a como ahora la veía: desmantelada, sucia, pobre, vencida por un enemigo que aún le parecía impreciso, pero cierto. Deseó reencontrar aquella belleza en su abandono como en su misma vida, y amarla con aquel dolor de manos vacías que hacía tiempo la abatía. Y se contempló a sí misma con una sonrisa: el vestido, estrecho y usado, sus viejas e inadecuadas sandalias veraniegas. Un viento duro, rojo de sangre y de tierra, había arrasado pasados y luces, todo parecía dormido o sumido en la muerte...>>
(Párrafo correspondiente al capítulo VIII)
La novela fue escrita en 1949 y no se publicó hasta 1955 por problemas con La Censura, con el título de, En esta tierra. De aquella primera redacción fueron mutilados varios fragmentos, de ahí que para la edición definitiva, ya con el título de Luciérnagas, de 1993, Matute los recuperara. En la contracubierta de esta edición de Austral, se dice que: "Ana María Matute nos enfrenta a las experiencias de un grupo de jóvenes, casi niños, a quienes la guerra civil ha despojado de cualquier resto de su anterior universo infantil. El escenario escogido es una Barcelona de soldados y mujeres mal pintadas, de refugiados y mendigos, de gentes ocultas que intentan sobrevivir día a día en medio de los escombros, la luz blanquecina de los reflectores, los bombardeos y la amenazada espera. Pero más allá de un tiempo y un espacio concretos, el propósito de la escritora es presentar a unos muchachos que conviven con el temor y la muerte y ahondar en las emociones de una joven que, desde la carencia y la provisionalidad, hallará en el amor el verdadero significado de la paz...>>
Posiblemente no sea la novela más redonda de la barcelonesa, pero es, en mi opinión, una de las obras que mejor refleja el vacío, la intranscendencia de la vida, el absurdo de un ser humano atrapado en el sinsentido de la barbarie; lo que supone la quiebra en el ánimo y la personalidad de chicos o adolescentes enfrentados a un acontecimiento tan calamitoso como es la guerra. El libro abunda sobre los horrores, la fiereza y la sinrazón de una contienda, sin ir más allá, sin tomar partido por unos u otros; no obstante, y aunque de modo directo no lo sea, Luciérnagas, trata, sobre el confinamiento interior de miles y miles de desdichados seres humanos que no pueden abstraerse de una nueva, insospechada y cruenta realidad, incapaces de discernir entre lo conveniente y el estorbo, entre lo estúpido y lo sensato, o entre la vida y la muerte. Un acontecimiento brutal, en resumidas cuentas, da un vuelco a la vida de niños que obligatoriamente dejaron de jugar y tener los sueños propios de su condición, para ocuparse únicamente de subsistir en medio del caos, sin ser conscientes de haberse convertido en seres adultos.
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domingo, 26 de abril de 2020
La metamorfosis (1917)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (5)
"Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.
¿Qué me ha ocurrido?
No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.
Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.
<<Bueno -pensó-; ¿y si siguiese durmiento un rato y me olvidase de todas estas locuras?>> Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces."
Comienzo de la obra. Traducción de Julio Izquierdo
La metamorfosis, novela corta o relato, según se quiera, es probablemente la obra más conocida de Franz Kafka, una perfecta metáfora de lo que nos está ocurriendo a nosotros ahora mismo. De un día para otro, tras una noche agitada, Gregorio Samsa se transforma en un insecto -presumiblemente una cucaracha, aunque nada se diga al respecto-, lo que le obliga a confinarse en un espacio tan reducido como es su alcoba. Aislado en un nuevo cuerpo con múltiples patas y duro caparazón, nos confiesa sus vivencias a partir de su nueva identidad, repulsiva se mire por donde se mire, y que le impide relacionarse con su familia de una forma digamos convencional, como era antes del acontecimiento. A partir de lo improbable, Gregorio Samsa actúa como lo haría un insecto, y nos habla del ejercicio que supone adaptarse a un cuerpo nuevo que no atiende a los mandatos de su cerebro -el de un ser humano- por pura y natural fisiología.
Franz Kafka, nacido en Praga en 1883, es uno de los escritores más reconocidos universalmente. Personaje para una novela humilde, ¡o no!, fue un escritor de vida compleja, incapaz de creer en su propia capacidad creadora -a su amigo Max Brod le ordenó que destruyera toda su obra escrita, algo que por fortuna no acometió-, apenas sí publico algunos relatos en vida. Kafka es hoy por hoy uno de los escritores más analizados en profundidad, por varios motivos, pero a mí particularmente me llama la atención su obsesión casi enfermiza por escribir historias que en cierto modo no dejan de ser variados confinamientos tratados desde distintas ópticas, y ahí están novelas suyas tan claustrofóbicas e inacabadas como es El castillo o El proceso, por no citar la misma América, hoy conocida como El desaparecido, que a pesar de proyectarse en espacios más abiertos, no deja de ser en cierto sentido otra especie más de confinamiento. La metamorfosis es, o al menos lo fue en mi etapa de estudiante, de lectura obligada. Una obra universal y que se lee de un tirón con mucho agrado.
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martes, 21 de abril de 2020
Diario de Ana Frank (1947)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (4)
<<Ya te he contado alguna vez que mi alma está dividida en dos, como si dijéramos. En una de esas dos partes reside mi alegría extrovertida, mis bromas y risas, mi alegría de vivir y sobre todo el no tomarme las cosas a la tremenda. Eso también incluye el no ver nada malo en las coqueterías, en un beso, un abrazo, una broma indecente. Ese lado está generalmente al acecho y desplaza al otro, mucho más bonito, más puro y más profundo. ¿Verdad que nadie conoce el lado bonito de Ana, y que por eso a muchos no les caigo bien? Es cierto que soy un payaso divertido por una tarde, y luego durante un mes todos están de mí hasta las narices. En realidad soy lo mismo que una película de amor para los intelectuales: simplemente una distracción, una diversión por una vez, algo para olvidar rápidamente, algo que no está mal pero que menos aún está bien. Es muy desagradable para mí tener que contártelo, pero ¿por qué no habría de hacerlo, si sé que es la pura verdad? Mi lado más ligero y superficial siempre le ganará al más profundo, y por eso siempre vencerá. No te puedes hacer una idea de cuántas veces he intentado empujar a esta Ana, que sólo es la mitad de todo lo que lleva ese nombre, de golpearla, de esconderla, pero no lo logro y yo misma sé por qué no puede ser.>>
Traducción de Diego Puls
Esto lo escribía Ana Frank el martes, 1 de agosto de 1944, y corresponde a uno de los párrafos anotados en su última anotación, sin saber que solo 3 días más tarde, entre las 10 y 10:30 de la mañana del 4 de agosto, la Gestapo iba a detener a la familia Frank. Ana y su hermana Margot serían enviadas a finales de octubre a Bergen-Belsen, donde ambas encontrarían la muerte muy poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial. En la presente edición de Círculo de Lectores de los primeros años noventa se dice: "Ana Frank, que poco antes de entrar en el refugio había cumplido 13 años, recoge en su diario los avatares de la vida cotidiana de estas ocho personas, y a través de sus observaciones, anhelos e inquietudes, su propio paso por la pubertad hacia una maduración acelerada por su peculiar circunstancia. Pero su voz narrativa, llena de inteligencia y ternura ofrece además el encanto de otro proceso paralelo, el de la propia evolución como escritora, que en su corta vida, truncada por el holocausto nazi, alcanza una fuerza y un genio indudable".
¿Quién no ha leído -probablemente el diario más celebre de la literatura contemporánea-, o cuando menos ha oído hablar de él? En el transcurso de poco más de dos años, la adolescente Ana plasma en su diario todo cuanto ocurre a la familia en un contexto de dificultad extrema que les obliga a un confinamiento atroz, y sin embargo, la niña alemana -judía para su desgracia-, emigrada a Amsterdam en 1933, vive llena de esperanza, plasmando sus ganas de vivir sin que por momentos se sienta ese estado claustrofóbico y la amenaza permanente de ser descubiertos y enviados finalmente a algún campo de exterminio. En 1947, el único superviviente, su padre, Otto Frank, consiguió que el Diario fuera publicado, un testimonio impagable del holocausto judío, con más de un millón de niños exterminados. ¿Qué mejor homenaje, en una situación como la actual, que leer su diario completo y entender el significado de un confinamiento extremo como el de la familia Frank?
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Los libros del confinamiento
viernes, 17 de abril de 2020
Papillon (1969)
LOS LIBROS DEL CONFINAMIENTO (3)
PRIMER CUADERNO: EL CAMINO DE LA PODREDUMBRE (AUDIENCIA DE LO CRIMINAL)
<<La bofetada fue tan fuerte, que solo he podido recobrarme de ella al cabo de trece años. En efecto, no era un guantazo corriente, y, para sacudírmelo, se habían juntado muchas personas.
>Estamos a 26 de octubre de 1931. A las ocho de la mañana, me sacan de la celda que ocupo en la Conciergerie desde hace un año. Voy recién afeitado, bien vestido; mi traje impecablemente cortado me da un aspecto elegante; camisa blanca y corbata de lazo de color azul claro, que da la última pincelada al conjunto.
>Tengo veinticinco años y aparento veinte. Los gendarmes , un poco frenados por mi aspecto de gentleman, me tratan con cortesía. Hasta me han quitado las esposas. Estamos los seis, cinco gendarmes y yo, sentados en dos bancos en una sala desmantelada. Fuera, la luz es gris. Frente a nosotros, una puerta que debe comunicar, seguramente, con la sala de audiencia, pues estamos en el Palacio de Justicia del Sena, en París>>.
Así se inicia el libro Papillon, o lo que es lo mismo, la vida de Henri Cherrière recluido en el presidio de Cayena de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Papillon (Mariposa) fue condenado en régimen extremo de trabajos forzados por un crimen que nunca llegó a cometer. El hilo argumental gira en torno a las durísimas condiciones de supervivencia de los presos, al tiempo que lanza un grito de denuncia por la ausencia de cualquier tipo de humanidad. Al tiempo es un canto de esperanza en el futuro si finalmente logra salir vivo de aquella especie de infierno terrenal. A lo largo de las más de 300 páginas de la novela, Henri Charrière va proyectando su fuga, algo que finalmente conseguirá más de 10 años después de su encierro. 28 años más tarde, salió a la luz este superventas que tuvo su continuidad con la publicación de Banco. Para su desgracia, Henri Cherrière falleció al poco de obtener el reconocimiento mundial, a la edad de 66 años. No obstante, y aunque algunos especialistas pongan en entredicho la verosimilitud de la historia, para mí, su lectura -mientras hacía el Servicio Militar-, supuso una auténtica gozada, y puede ser que cierta comprensión y empatía con alguien que había sufrido lo indecible sin merecerlo.
Este libro es un estupendo ejercicio de comprensión hacia quienes padecen o han padecido una especie de confinamiento atroz, sin haberlo merecido, y me estoy refiriendo a aquellas personas que han sido condenadas a pena de muerte o a cadena perpetua por delitos que no han cometido. Más allá de algo tan injustificable, queda ese poso de humanidad del prisionero, a pesar del régimen atroz al que es sometido. Una novela más que amena para sobrellevar esta reclusión. Una novela, por cierto, que tuvo sus adaptaciones cinematográficas. La más significativa la de 1973, llevada a la pantalla grande por Franklin J. Schaffner, y que contó con la presencia estelar de Steve McQueen y Dustin Hoffman, una película, por otro cauce, digna de verse.
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