viernes, 29 de junio de 2018
lunes, 28 de mayo de 2018
Beggards banquet
Venían de 2 años atroces. Mick Jagger y Keith Richards habían sido detenidos en la casa del guitarrista y llevados a juicio. Brian Jones, el otrora líder y cofundador de la banda, atrapado por las drogas y reiterados arrestos, se había convertido en una sombra del gran músico que había sido, falleciendo en 1969, apenas unas semanas después de ser despedido de los Rolling Stones. Por si no eran pocas las adversidades, su anterior álbum, Their satanic majesty´s request, un engendro que buceaba en la psicodelia imperante, había sido un fracaso, un trabajo poco alentador para sus incondicionales, que esperaban algo más cercano a lo que habían hecho casi siempre. Con Beggards banquet los británicos retomaron sus raíces blues, rhythm man blues y la moderada dosis de country, dando inicio, probablemente, a la etapa más oscura, pero también al periodo más creativo y brillante de su carrera, el que va de 1968 a 1972.
Shympathy for the Devil, abre el disco. Irreverente e hipnótico, medio siglo después sigue siendo uno de los hits más celebrados de la Banda. Con su base rítmica a medio camino entre la samba y el inconfundible toque stoniano, no hace otra cosa que provocar sacudidas y un desmedido entusiasmo a quien la escucha, aunque la escuche mil veces. El tercer corte del disco, Dear doctor, no tiene desperdicio. Con la armónica de Brian Jones discurriendo en cada surco, nos evoca aquellas tierras del Medio Oeste americano con reminiscencias country. Pero sin duda el tema estrella junto al Sympathy..., es otro clásico imperecedero que lleva por título Street fighting man, una especie de alegato social en tiempos convulsos: Mayo francés, la guerra del Vietnam; una ácida crítica que orienta a la revolución, una revolución que ellos sí hicieron con este banquete de los mendigos. Para enriquecer el trabajo, ahí están cortes como Parachute woman, Stray cat blues, Salt of the earth, o el No expectations, la última buena contribución de Brian Jones antes de su expulsión.
Indudablemente apenas quedan resquicios para suponer que Brian Jones participa en esta obra clásica de los británicos. Para entonces Keith Richards había asumido el liderazgo, firmando junto a Jagger uno de los trabajos más sólidos de hace medio siglo (el próximo 5 de diciembre se cumplen los 50 años de su salida al mercado). Jumpin Jack flash había sido lanzado en mayo de 1968 como single para promocionar el trabajo; sin embargo, y aunque parezca contradictorio, nunca integró el disco. La portada original, con las paredes de un retrete desbordadas de graffitis, fue censurada, cambiada por la simple invitación al banquete sobre fondo blanco, algo que indudablemente hacía recordar a la carátula del White album de los Beatles, obra publicada unos meses antes.
El trabajo, uno de los 4 ó 5 mejores de su carrera, y situado por la revista homónima Rolling Stone en el puesto 58 entre los 500 mejores discos de la historia del rock, se vendió como las rosquillas a un lado y otro del Océano, inaugurando, reitero, el periodo más creativo de la Banda, que continuaría con el indispensable Let it bled. Sin dudarlo, un buen momento para volver a disfrutar con la audición de esta obra próxima a cumplir el medio siglo de vida.
domingo, 13 de mayo de 2018
Presentación de mi libro Teórica del fuego
El próximo viernes 18 de mayo a las 20:00 horas en la Biblioteca pública de Maó, presento mi libro de relatos, Teórica del fuego. A la finalización del acto procederé a la habitual firma de ejemplares. Tod@s estáis invitados.
viernes, 27 de abril de 2018
El bookplay de Teórica del fuego
Acaba de salir el bookplay de mi último libro de relatos, Teórica del fuego, que viene a resumir en dos párrafos y algunos planos el contenido de la obra.
viernes, 20 de abril de 2018
Acto de presentación
Jamás pude imaginar que los legítimos afanes de un gran amigo pudieran convertirse en una especie de boomerang que, al retorno, terminara golpeándome de lleno en la presunción, debilidad sin duda de quienes nos proclamamos literatos.
Después de
algún tiempo sin contacto alguno, mi viejo amigo de la infancia me telefoneó
para pedirme la asistencia al acto de presentación de su nuevo libro. Naturalmente
le di el sí al celebrarse en mi ciudad de entonces. Pero él me reclamaba un
esfuerzo añadido, que participara como uno más de los intervinientes; o sea:
que cavilara un discurso acorde a mi condición de autor de ficción. En
principio me negué por ser lego en asuntos de ciencia, más teniendo en cuenta
que la obra a mostrar por el afamado siquiatra y experto en criminología –no
voy a decir su nombre para no incomodar su proverbial modestia-, ahondaba en el
terreno de las mentes perturbadas y ulteriores consecuencias, si llegaban a
derivar en delitos de sangre u otros menos drásticos, aunque no por ello
dejaran de tener la condición de censurables. Terminé aceptando de buen grado
cuando me dijo que pretendía una presentación solvente y razonada de su obra,
pero también una cierta exhibición fabuladora por mi parte, a fin de que el
acontecimiento no sucumbiera a la aridez del tema.
En el salón
de actos, a rebosar, abundaba el público próximo a cumplir el medio siglo; si
bien es cierto que tampoco faltaba la gente más joven y la perteneciente a la
tercera edad con ganas de acrecentar sus conocimientos. Después de la presentación
excesiva por parte de un experto en materia colindante –profesor de medicina
forense en una de las universidades de más prestigio en España- y de la
intervención desmesurada, cuando no fallida, del editor, glosando cada una de
las numerosas obras publicadas por el protagonista, tuve el honor de
intentar mantener en vilo al respetable, antes de la más esperada intervención
de mi amigo. Digamos que yo era el telonero con estilo discordante, el puente
que uniría al fin al maestro disertador con sus acólitos más recalcitrantes.
Yo nunca fui
hombre de verborrea deslumbrante –aunque de vez en cuando me permitiera alguna
licencia ingeniosa-, ni mucho menos me propuse, jamás, encandilar al público asistente
a la presentación de mis libros manejando invenciones increíbles que solo tratan
de manipularlo, pues para eso ya estaban mis novelas y cuentos. Sin embargo,
tal vez por no ser yo el foco principal de atención aquella tarde, también para
no defraudar las expectativas del siquiatra, decidí vestirme de otra persona,
de algo así como un funámbulo discurriendo por el alambre, con una pértiga
entre las manos y el suelo a treinta pies de donde se ejecuta la temeridad.
La multitud
se mantenía expectante, en silencio, supuse que deseosa de escuchar con
atención cuanto pudiera decir un escritor sin relación aparente con el resto de
intervinientes. Por tanto, al invitarme el presentador de la velada a iniciar
el discurso, me incorporé con determinación –ningún otro se había levantado de
la mesa y tampoco estaba previsto que lo hiciera mi amigo-, alargué el cable
del micro hasta acercarme al borde del escenario para tomar la palabra, a no
más de un par de metros de los asistentes más próximos y probé con toquecitos
la viabilidad sonora del artefacto de los años setenta. Siendo sincero, no
recuerdo con claridad la raíz del discurso ni cómo di inicio a la
representación. No obstante, sí guardo en la memoria el rostro asombrado del gentío,
también de mis compañeros: todos, sin excepción, parecían resueltos a interrogarme
por querer llevar la disertación a extremos intolerables.
Con la
atención unánime de la concurrencia puesta en mis palabras, yo, retraído
inveterado, creyendo enfrentarme a la inofensiva hoja en blanco por escribir,
henchí mi vanidad hasta el límite. Recuerdo –eso no lo olvidaré jamás- que tuve
la ocurrencia –tal vez para darle al acto un tono de dramaturgia a través del
cual todos nos sintiéramos copartícipes- de deslizar la convicción de estar
acompañado por algún hombre o mujer que en cierto momento de su vida –y
entonces solté la retahíla- había cometido crimen, torturas, extorsión,
violaciones, robos, traición, malos tratos, pedofilia, chantaje, infidelidades,
pederastia, proxenetismo, secuestros, estafas, prevaricación, suplantaciones de
personalidad, o fraude de ley. No satisfecho con el estupor ocasionado a los
asistentes, aún les reclamé que mirasen a la cara al compañero de butaca, pues
detrás de unas facciones amables, risueñas, hasta bobaliconas, podría
esconderse el ser humano más depravado, inconcebible para una mente pura.
Con caras de
circunstancia, algunos de los presentes se giraron a ambos lados para fijarse
en el vecino, pero la mayoría no estaba por el descaro, limitándose a
carraspear con fastidio tras la tensa situación generada por el significado de las
palabras. Al resto de intervinientes los vi parapetados por la mesa,
dibujándoseles en el rostro el estupor por la desmedida temeridad del discurso.
Contrariamente a lo que pudiera suponerse, sintiéndome el centro de atención,
presintiendo que todavía me quedaba margen para tensar un poco más la cuerda,
argumenté la manida costumbre -esa tan útil para el malhechor-, de ampararse en
la multitud a fin de mantener su anonimato. Propuse entonces la valentía –mis
oyentes ya no daban crédito a cuanto sucedía, manifestándose con toses fingidas,
risas nerviosas o semblantes desacoplados-, y si en el salón había algún
delincuente sin complejos, que tuviera el atrevimiento de subir al escenario y
reconocer su delito públicamente. Persuadido de mi triunfo absoluto, de haber
domado a una multitud cobarde con la única ayuda de las palabras, aún tuve la
osadía de reclamar, ordenar, zaherir al presunto miserable para que diera
la cara, vociferando como energúmeno a través de cada uno de los
altavoces.
Al dejar de
hablar se sucedieron unos segundos de silencio sepulcral. Con toda la pachorra
de alguien que se siente victorioso me disponía a dejar el micro y a tomar
asiento junto a mis compañeros, cuando a mi espalda creció un espontáneo
murmullo. Al girarme hacia la gente, vi cómo un hombre de mediana edad, tirando
a bajo, se dirigía a través del pasillo central hacia el escenario. El hombre, mulato
para más señas, ascendió los escalones, se plantó delante de la gente, se
desabrochó el abrigo, se desligó el cinturón, se bajó los pantalones tejanos y
el calzoncillo, y mostró alborozado, con los brazos en jarra, un miembro
considerable. Se fue de inmediato al micrófono y, dirigiéndose a mí, dijo que
se me ha olvidado mentar los exhibicionismos; que en tres ocasiones había
estado detenido por sátiro, y no le extrañaría serlo una cuarta, si bien, para
la presente, podría alegar el atenuante de incitación por parte del literato.
El público rio a carcajadas las palabras de aquel atrevido, sintiéndose a un
tiempo liberado de la tensión acumulada, estallando al fin en un unánime y
prolongado aplauso. Por el contrario, yo me vi abatido y desorientado, como si
el gentío me hubiera devuelto el obsequio de tanta zozobra acumulada a lo largo
de mi intervención.
Han pasado
varios años desde entonces y puedo asegurar que la malograda velada de mi viejo
amigo me ha servido para modular aún más, si cabe, las intervenciones públicas;
por tanto, en la presentación de mis libros y en las de los ajenos u otro tipo
de solemnidades con tertulia incluida, procuro la parquedad de las palabras y
evitar las salidas de tono, remitiendo –si intuyo que la cuestión se puede
salir de madre- al lector a la obra de marras, a fin de aliviar su curiosidad
malsana.
miércoles, 11 de abril de 2018
Cosas que ocurren a veces
La señorita -esa era la infausta noticia procedente del hospital- se había quedado como un vegetal para el resto de su vida. La sorpresa para los hermanos no era el nuevo estado vegetativo de la víctima, sino que encima estuviera embarazada; y si la suerte acompañaba, a pesar de las circunstancias, podría dar a luz sin el mayor contratiempo.
Matu optó por el golpe con el candelabro cuando la dependienta iba a accionar el botón de alarma, y eso a pesar del riesgo de las pistolas apuntándola. Se ve que el porrazo sobre la cabeza había resultado más contundente de lo pensado en principio, y aunque la joven, al tiempo de desangrarse, llegó a increparlos por la vil acción, enseguida se desplomó sin sentido sobre el suelo de la joyería.
Irene no se cansaba de repetirlo: <<Debemos conseguir unas pistolas de juguete, Matu. En cualquier tienda las podemos comprar y damos el pego. Ni siquiera la policía es capaz de diferenciarlas>>. Cansado de escuchar una y mil veces el dictamen de la hermana, Matutino decidió al fin hacerle caso y adquirió un par por poco más de treinta euros en uno de los negocios más afamados de la calle Sierpes; aunque él habría preferido dos de las de verdad.
Lo del asalto a la joyería fue dicho y hecho. En pocos días eligieron la de Lupe, la amiga de Irene. La hermana de Matu sabía que los miércoles por la tarde se quedaba sola en la tienda, por tener libre el propietario, además de ser el día de ventas más flojo de la semana. Entrarían encapuchados y en todo momento hablaría Matu, pues Lupe no lo conocía y por tanto ignoraría el tono de su voz. También llevarían enguantadas las manos a fin de no dejar la más mínima huella. La maniatarían, cerrarían con llave por dentro, bajarían las persianas, cogerían el mayor número de joyas posible sin demorarse, y adiós muy buenas, pues sería imposible echarles el guante a bordo de la Yamaha de gran cilindrada.
El asalto se planeó por la torpeza de la madre, ya que si no conseguía en un par de meses reunir el dinero suficiente para saldar la deuda con Hacienda, todos los bienes, incluido el chalé de Carmona, el piso con cochera en Triana, la tienda de electrodomésticos, el Maserati de importación, la colección de monedas antiguas de los romanos y, por descontado, la Yamaha de gran cilindrada, serían embargados con prontitud. Incluso, de no cubrir por completo la deuda, la madre podía ir a juicio y acabar con sus huesos en prisión. Eso suponía, de no terciar antes un golpe de fortuna, la enojosa obligación de ponerse a trabajar en cualquier cosa, cuando ellos jamás habían dado un palo al agua.
Claro que solo se le ocurre a la buena señora, viuda del prestigioso comerciante Laurentino Torrado, poner al frente del negocio familiar a un botarate como Ramón. Era bueno en la cama, desde luego, y con él había disfrutado como nunca, especialmente en los primeros meses de viudedad; no obstante, a pesar de los años de experiencia en la administración junto a su primo Laurentino, era incapaz de diferenciar una letra de un pagaré. <<Ramón es predispuesto, trabajador, con buena presencia, para qué nos vamos a engañar; y pese a todo, jamás haremos carrera de él>>, decía el dueño a su paciente esposa. Pero por estar encariñada como nunca antes de otro hombre o por el temor a un hipotético chantaje, y también por la gandulería de sus dos hijos para ponerse al frente, decidió elegir el camino más arriesgado.
Un buen día, a Ramón, un empleado del prestigioso banco C, sabiendo este del dinero a espuertas, le propuso un negocio redondo si se dejaba aconsejar por la sucursal donde trabajaba, en frente mismo del gran comercio de electrodomésticos para el hogar. Había unos suculentos fondos de inversión de origen americano, con matriz en la ciudad de los rascacielos. Si era paciente y confiaba en su recto proceder de profesional avezado, en tres años podía duplicar el importe inicial de la inversión. Por si eso no era argumento de peso le prometía cuantiosas exenciones fiscales. Los fondos Inverburs eran un negocio ambicioso y rentable por las plusvalías crecientes. Ramón aceptó entusiasmado sin sopesar pros y contras. Luego vendría una crisis galopante y con ello la descapitalización total de los fondos pignorados –sin él saberlo y seguramente los del banco tampoco- a otra entidad financiera con sede fiscal en las Islas Caimán. El negocio se resentiría por el atrevimiento de su gestor; y este, dejándose aconsejar de algún asesor fiscal escasamente recomendable, omitió casi todos los movimientos financieros del último año en la declaración del Impuesto de Sociedades.
No obstante, se sabe, muchos de los empleados emplazados en la tarea de captar clientes -<<atención al cliente>, suele rezar en sus letreritos sobre las mesas escritorio- no se arredran a las primeras de cambio ante la negativa del interlocutor, más si tienen la presión constante del director de oficina, al cual sus superiores suelen apretar las clavijas para que los beneficios superen al menos en un uno por ciento a los del ejercicio precedente. A este obsequioso y eficiente profesional, del cual, al cabo de los días, terminamos por olvidar hasta su nombre, podríamos llamarle Roberto. Roberto es un entusiasta de su oficio, y la autoestima le crece en cuanto consigue la fidelidad de un nuevo usuario, ya que ello lleva aparejado el suplemento de una comisión en la nómina de final de mes. A Roberto, en las últimas semanas, su jefe, el director de la sucursal, lo apremiaba con insistencia para hacer muchos más clientes, pues analizando las cuentas de la oficina, en los últimos tres meses había descendido la actividad transaccional, lo cual conllevaba un tirón de orejas de los gerifaltes.
Al director de la sucursal, que atiende por el nombre de Dalmiro Íñiguez, le faltaba el canto de un duro para su traslado a la oficina principal del banco C. En cierta manera se trataba de un logro al alcance de la mano, siempre y cuando la presentación de cuentas de final de año agradara a sus superiores, pues en lo que afectaba a su profesionalidad no existía la menor duda. El ascenso, además de un estatus envidiable, suponía un jugoso incremento en la nómina de cada mes, y con ello hacer posible, no ya solo la oportunidad de un nuevo piso para la querida –en ese momento embarazada de tres meses-, sino, y en la ignorancia de su engañada esposa, seguir manteniendo una vida adulterina en compañía de la joven y atractiva damisela, la cual habría de dejar la joyería en cuanto se aproximara la fecha del alumbramiento.
Nunca llegó a entender muy bien cómo él, Dalmiro Íñiguez, de familia encumbrada, aunque de no tantos posibles como otros treintañeros con más pedigrí, se había encaprichado de una chiquilla lánguida y de facciones correctas. Él supone que aquella noche de euforia y bailes, con el traje de corte italiano, los mocasines de marca y sus cabellos encanecidos, si bien pulcros y atrayentes, habían hecho el trabajo del seductor, surtiendo el efecto deseado en la bailarina de la discoteca. Encamaron desde entonces a diario, y a las pocas semanas la confidencia de diana en forma de embrión.
Desde
siempre, a Dalmiro le había gustado sorprender con los regalos más insólitos,
también a su esposa en la etapa de feliz matrimonio. Con la confidencia y la
alegría inesperada de ser papá de nuevo, quince años después del nacimiento de
Dalmiro junior, al director de la sucursal no se le ocurrió mejor obsequio que
un elegante y llamativo candelabro de plata, con soporte para tres velones. En
cuanto desgajó el papel para regalo, y sin saber muy bien cómo reaccionar, Lupe
se salió por el sendero más juicioso, estampándole un beso de tornillo para solapar
el raciocinio, el cual la estaba impulsando a darle un bofetón, al tiempo del
reclamo de algo con más juego y suntuosidad, algo así como un collar de perlas.
Cuando al fin caviló en palabras, digamos, sensatas, fue para decirle que el objeto se quedaría de momento en la joyería, hasta que se pudiera trasladar al nuevo piso, todavía por adquirir. A casa no se atrevía a llevarlo, pues eso levantaría las suspicacias de sus padres, que a fuerza de insistir le intentarían sonsacar. Y desde luego, por el momento, no estaba dispuesta a decirles de su embarazo, mucho menos que el padre de la criatura estuviera casado. Dicho y hecho, el candelabro adornó desde entonces una de las vitrinas más deslumbrantes de la joyería, como si fuera una más de las piezas a la venta.
Lo que Dalmiro no se había atrevido a confesar a su amada era la procedencia del candelabro, un regalo original de la viuda de Torrado a su persona con el fin de hacer los trámites y gestiones más convenientes, encaminados a salvar la delicada situación crematística de sus fondos Inverburs; los cuales, al parecer, habían ayudado a financiar sociedades anónimas con dificultades de saneamiento. Un obsequio, a lo que se ve, exiguo para el intento de enderezar la apurada situación de la viuda.
Este es uno de los relatos que integran mi libro, Teórica del fuego (2018)
miércoles, 28 de marzo de 2018
Presentación del libro Teórica del fuego
El próximo martes 3 de abril a las 18:00 horas en el Museo de la Radio de Ponferrada, presento mi libro de relatos, Teórica del fuego. A la finalización del acto procederé a la habitual firma de ejemplares. Todas y todos estáis invitados.
lunes, 26 de marzo de 2018
Presentación Teórica del fuego
El próximo sábado 31 a las 12:30 horas en el Teatro Villafranquino Enrique Gil y Carrasco, presento mi libro de relatos, Teórica del fuego. La mesa estará integrada por José Manuel Pereira, Javier del Valle, Hernán Alonso y yo mismo. A la finalización del acto procederé a la habitual firma de ejemplares. Todas y todos estáis invitados.
miércoles, 21 de marzo de 2018
Teórica del fuego
Ya hay portada para mi libro de relatos, "Teórica del fuego". En próximas fechas estará disponible en las librerías de El Bierzo y Menorca. Espero que os guste.
jueves, 15 de marzo de 2018
SE TRASPASA
Luis Soler, locutor de radio en la Cadena Ser, es uno de los referentes de las ondas en la Isla. Con un amplio currículo a su espalda y el profundo conocimiento que atesora en lo referente a la sociedad y cultura menorquinas, fue en 2014 cuando se atrevió por vez primera a sumergirse en el complejo y en ocasiones esquivo universo literario. Y a fe que lo bordó, saliendo más que airoso de una empresa tan comprometida como es la de amagar con dar y no dar, prometer el cielo y con ello aparejar su condena al infierno. Finalmente, Pedro, el hombre dispuesto a saborear las mieles de la juventud prometida, y que acepta el sacrificio de perderlo todo, al fin es redimido por el autor en un alarde de maestría, de dominio del oficio, algo impensable en un escritor sin trabajos previos.
La obra -se puede intuir por su portada- es erótica, no cabe la menor duda; sin embargo, no es una novela erótica al uso, donde el abuso de situaciones e imágenes explícitas son lo más recurrente, provocando en el lector la sensación de estar leyendo y con ello degustando una sobredosis de obviedades anodinas; ni mucho menos. Para la ocasión, Luis ha tejido una historia cuyo centro neurálgico es La tienda de muñecas, una boutique propiedad de Pedro, hombre en torno a los cuarenta, con una capacidad innata para adivinar los gustos y necesidades de sus clientes, y con una crisis matrimonial que es incapaz de revertir, acrecentada cuando la tentación con nombre de Cloe se pasea por la tienda, a fin de seducirlo, aunque bien es cierto que sus apariciones suelen ser esporádicas y el comportamiento errático. Esta forma de actuar le impide saber con certeza a qué juega su admiradora, mermando al tiempo su olfato de vendedor innato. La adolescente termina por encandilar a Pedro, hasta el extremo de caer rendido a sus encantos, a punto de sucumbir si no es por la repentina presencia de su esposa en la tienda, cuando encuentra a Pedro en una situación realmente comprometedora y a Cloe junto a él. Llegados a este episodio, nadie daría un euro por la salvación del matrimonio, pero, ¿qué pasó realmente? Mejor que los lectores indaguen.
En resumidas cuentas, se trata de una obra más que estimable y digna de ser leída. Yo la considero una novela refrescante y primaveral; un ejercicio de equilibrio y sugerencias, un ejercicio a través del cual el autor nos deja un enorme espacio para imaginar qué podría haber ocurrido en cualquier momento si hubiera sondeado en el fácil descaro. Se traspasa es la historia que casi todo el mundo sospecha que le gustaría haber experimentado en algún momento de su vida, una narración agridulce -para qué nos vamos a engañar-, porque -qué morbosos somos-, a todos nos hubiera satisfecho el engaño; pero, al mismo tiempo, agradecemos que el sentido común, esa cordura que da la veteranía, se impusiera al fin para recuperar su matrimonio maltrecho.
lunes, 12 de marzo de 2018
Kind of blue
<<¿Cómo es posible llegar al estudio con lo mínimo, y salir con algo eterno?>> La frase que corresponde al guitarrista mexicano, Carlos Santana, define con simplicidad y contundencia el milagro de este álbum, algo así como un devocionario indispensable en la liturgia del Jazz. Y es que, pese a quien pese, Kind of blue, además de ser el disco más vendido de la historia del Jazz, supone por derecho propio la cúspide del género, la cumbre de un genio de la trompeta al que le importaban un bledo las críticas de los más puristas cuando se empeñaba en reinventar la música de improvisación una y mil veces. Muchos de sus correligionarios no entendían que Miles Davis renegara del Bebop, el movimiento predominante hasta entonces y que había adquirido la mayoría de edad con Charlie Parker, para abrazar sin disimulo la teoría modal de George Russell, la cual supone el predominio de la improvisación sobre escalas en vez de acordes o armonías, lo más frecuente hasta entonces.
El trompetista y compositor californiano ya había advertido, al menos desde dos años antes, con la composición de la banda sonora de la película Ascensor para el cadalso y de la publicación un año más tarde del LP Milestone, de sus "aviesas intenciones" de explorar nuevas vías de comunicación dentro del movimiento Cool, un movimiento menos alocado y de ritmos no tan complejos que permitía otro tipo de tesitura a los instrumentistas. El de Santa Mónica no se conformó con las nuevas posibilidades del concepto modal, sino que -lo venía madurando desde meses atrás- llamó al estudio de grabación a los extraordinarios músicos que le habrían de acompañar en el alumbramiento, sin que supieran nada sobre el meollo de la obra, sin haber ensayado previamente. Miles Davis pretendía con ello la espontaneidad del grupo, desterrando así la más mínima posibilidad de que alguno de ellos concibiera otro tipo de obra más elaborada. Así, y por extraño y sorpendente que parezca, la grabación se culminó en dos sesiones, los días 2 de marzo y 22 de abril de 1959. En menos de 10 horas, y en solo 6 tomas, una para cada corte del disco, a excepción de Flamenco sketches, que necesitó de dos, la banda de Miles Davis paría para la música Jazz su obra más imperecedera, y probablemente, la más asimilable para quienes como yo no nos consideramos seguidores acérrimos de esa música.
El disco lo abre So what, clásico equivalente a lo que supuso y supone aún hoy Starway to Heaven al Rock. En este hit ya se aprecia la intencionalidad modal, esa constancia en las escalas, incluyendo una introducción y desarrollo al piano, impagables por parte de Bill Evans. Le sigue Freddie freeloader, otro clásico con un comienzo tan simple como inolvidable. El tercer corte del disco, Blue in green, es mi debilidad. No es ni mucho menos el mejor de la obra; sin embargo, ese tempo lento y cadencioso, con el piano subrayando los pasajes tristes desgranados por la trompeta de Miles, son para dejar a uno sobrecogido, con los pelos de punta, y las glándulas salivales resecas para no importunar la melodía con movimientos impertinentes de la nuez. Un corte que me evoca antiquísimas obras de teatro de aquel inolvidable Estudio 1 de TVE. La cara B del LP se inicia con All blues, otro clásico con otro comienzo imposible de olvidar que se memoriza en la cabeza antes que la ineludible obligación de visitar el excusado. Flamenco sketches es el corte que cierra la monumental obra. Tal vez se trate del mejor tema, un tema a mayor gloria de los compositores Ravel y Debussy, un homenaje de Bill Evans al impresionismo musical europeo, y un guiño de trompeta a la cultura flamenca desde el punto de vista de Miles Davis, casi nada.
¿Qué es lo que hace a este disco equilibrado, sereno, emotivo, intemporal, mágico, pero también rupturista? Sin duda la mirada larga de Miles, que permitió el protagonismo a sus acompañantes para que participasen de una fiesta improvisada y genial. Davis siempre admitió que toda la obra se había estructurado en torno al piano de Bill Evans -el único blanco de la grabación, algo que levantó ampollas entre la sociedad negra más intransigente-. Pero también al reparto de papeles de artistas geniales: John Coltrane (saxo tenor), Julian "Cannonball" Adderley (saxo alto), Paul Chambers (contrabajista), Jimmy Cobb (baterista), Wynton Kelly (piano en el tema Freddie freeloader) y Bill Evans (al piano en el resto de cortes), además de la inconfundible trompeta de Miles Davis.
Es de resaltar la sorpresa que supone que tres de los temas se grabaran en el tono equivocado. Yo no sé si es leyenda o verídico. Si es así, ¿alguién se atreve a mencionarlos? Desde luego, yo no.
A poco de cumplir los 60 años, lo hará el próximo año, Kind of blue está considerado como el duodécimo disco más importante de la historia, según la revista Rolling Stone. Y eso a pesar de las reticencias del maestro Davis para considerarla obra clásica, pues siempre hablaba de un fallo, al no llegar a transmitir al 100% lo que el tenía pergeñado en el cerebro. Bendito y extraordinario fallo, ¿o no?
miércoles, 28 de febrero de 2018
Teórica del fuego
Después de prácticamente 14 años -Cuando el tiempo decide fue publicado en el otoño de 2004- he decidido que ha llegado el momento de volver a escribir un conjunto de relatos. El libro se titulará Teórica del fuego, como la última historia del libro.
Este lapso de tiempo tan prolongado tiene su explicación, y no es otra que la del temor a implicarme en historias escabrosas, tal vez poliíticamente incorrectas y que tratan -ojalá no yerre en esta aventura- de provocar a quien lo lea una sacudida. Más allá de que el relato agrade, que también, he pretendido que el lect@r no se limite a degustarlo como si fuera un pastelito de domingo, sino que se comprometa con el autor; y si se indigna, siente el desasosiego, se irrita por momentos o presiente la zozobra, mejor, pues eso he pretendido con toda la intención del principio al fin de las poco más de 200 páginas.
Siendo muy joven y sin haber publicado aún, por la cabeza me rondaba la oportunidad de escribir historias relacionadas con el mal, algo por otra parte no infrecuente en nuestra condición imperfecta de seres humanos: crímenes, robos, codicia, torturas, delaciones, violencia de género, etc. Creía que si un día llegaba a publicar, la primera obra indagaría en la brutalidad de aquellas personas más retorcidas. Sin embargo, las circunstancias, y por encima de todo, un temor, tal vez irracional a abordar asuntos tan escabrosos como ingratos, me hizo desistir de la empresa, anteponiendo otras más amables, mejor dicho, políticamente correctas, para no incomodar.
Este ramillete de 20 relatos no es otra cosa que un fiel reflejo de la sociedad actual, aunque también de la pasada y de la futura, si bien, tratado, es obvio, desde un tono estrictamente literario; y con la pretensión de que quien lo adquiera -a pesar de la temática-, termine soltando alguna sonrisa al leer algunas de las historias.
Del potencial lect@r espero la complicidad, pues para la ocasión me he procurado nuevas vías de comunicar que en absoluto han de obstaculizar la comprensión narrativa. Porque, como dice Juan José Saer: <<si no existiera la provocación, -yo añado aquí la innovación- el relato se cristalizaría en formas estereotipadas. Y si no hay riesgo, ¿para qué escribir?>>.
Al margen de lo dicho, otra de las particularidades de Teórica del fuego, es que muchos de los relatos tienen su ligazón, cabalgando unos sobre otros. También, aunque parezca un disparate, huye intencionadamente de la pretendida y alabada unidad narrativa. Sí es, en mi modesta opinión, un libro que huyendo de la ortodoxia, de lo convencional, persigue algo así como un conceptualismo liviano.
Por lo demás -a preguntas de un amigo villafranquino- añado que algunos de los relatos pueden situarse sin equívocos en la Villa. Así: ¿Te acuerdas?, Fraterno atribulado, El primer bofetón y por encima de todos, Persistir en la memoria -de algún modo se trata de un sucinto repaso a mi novela Pervivir en la memoria-, resulta muy fácil ambientarlos ahí. No obstante, la mayoría escapan a cualquier tipo de frontera o espacio geográfico.
sábado, 3 de febrero de 2018
Llamadas telefónicas
Cuando Roberto Bolaño (Chile 1953-Barcelona 2003) publica su primer libro de cuentos, Llamadas telefónicas (1997), su nombre había comenzado a sonar con frecuencia en los mentideros literarios catalanes (también españoles, no se me vaya a ofender la peña) y foráneos, pues había publicado libros con asiduidad, alguno de ellos premiado y con muy buenas críticas, como el de poesía Los perros románticos o la novela La pista de hielo, y particularmente la novela Estrella distante; pero sería a partir de este Llamadas y especialmente la novela de un año más tarde, Los detectives salvajes, el momento álgido, el tiempo del reconocimiento general, su consagración como narrador de primerísimo nivel. Si bien la elevación al Olimpo de los más grandes en el último cuarto de siglo, se produciría tras su fallecimiento prematuro, seguramente con la aparición de su novela póstuma 2666, del año 2004.
Llamadas telefónicas integra 14 relatos repartidos en 3 partes, tituladas como el último de cada una de ellas. A lo largo y ancho de sus poco más de 200 páginas, Bolaño quiere a toda costa escribir de una desesperanza relativa, de la levedad y finitud del ser humano. Casi todos sus cuentos -narraciones con poco espacio para los diálogos- mantienen el final abierto, consecuencia lógica de un desarrollo encaminado a sugerir, a contar particularidades accesorias de sus protagonistas, algo que se intensifica con la escasa estima que muestra por las descripciones de espacios; así que, el chileno, afincado en Blanes durante años, termina por callarse muchas más cosas de las que escribe sobre sus personajes, casi siempre gente marginal, o al menos nada encopetada. Especialmente acertado es el primero de todos, Sensini, un escritor de medio pelo que muestra a otro más joven y con porvenir el entresijo de los premios literarios en provincias. O el propio Llamadas telefónicas, que concluye con el asesinato de una mujer que no deja de escuchar a través del aparato llamadas anónimas, un auténtico análisis para que el lector reflexione. No menos sugerentes y estremecedores son El gusano o Detectives, sin olvidar Joanna Silvestri y el más extenso del libro, Vida de Anne Moore.
Al chileno que vivió buena parte de su juventud en México (de ahí la costumbre de introducir aquellas tierras lejanas en su narrativa, aunque también su Chile natal, pero mucho menos), se le ha querido comparar muchas veces con los maestros Borges y Cortázar. Aun admitiendo su influencia, algo que Bolaño reconocía abiertamente, cada uno de ellos nos muestra la personalísima obra que los ha hecho universales. Bajo mi punto de vista, Bolaño es un consumado escamoteador, que quiere a toda costa la complicidad de sus lectores, para que sean ellos quienes extraigan las consecuencias finales de cada historia, pues él es un redomado perezoso que no quiere devanarse la sesera para no dar todo hecho.
En resumidas cuentas, Llamadas telefónicas me parece un estupendo libro para introducirse en la obra de Roberto Bolaño, de veras que merece la pena.
sábado, 27 de enero de 2018
Over the rainbow (Historia de una canción, 5)
Con 17 años la joven actriz Judy Garland fue encumbrada a la fama al interpretar el papel de Dorothy en la película El mago de Oz, un papel pensado en principio para la niña prodigio Shirley Temple. Lo que jamás pudo imaginar es que La canción ganadora del Oscar y perteneciente a la banda sonora del film, Over the rainbow, la marcaría para el resto de su vida, hasta el punto de interpretarla en todas sus actuaciones en directo a petición del público. Ella explicaba en las entrevistas sobre el asunto, deberle mucho profesionalmente al tema, además de no querer defraudar las peticiones de sus fans.
Se mire por donde se mire, el tema compuesto en 1938 por Harold Arlen y Yip Harburg, la melodía el primero y el segundo la letra, es fascinante, eterno, redondo de principio a fin; seguramente uno de los tres o cuatro más famosos de la historia del cine, y sin duda más perdurables en el imaginario de los cinéfilos. Un tema que curiosamente estuvo a punto de descartarse para la banda sonora por ser demasiado pausado en contraposición a la acción del film. Finalmente se mantuvo, ganó la estatuilla en 1940 y ayudó a que la banda sonora original conquistase otra estatuilla más.
Si de las canciones que se convierten en clásicas se suelen mencionar a los artistas que las han versionado, en este caso concreto casi se deberían de nombrar a aquellos que no se han aventurado en la tarea. No obstante, enumeraré a algunos de los más grandes que sí se atrevieron, como: Glenn Miller, Cliff Richard, Frank Sinatra, Gene Vincent, su hija Liza Minnelli, Barbra Streisand , Céline Dion, Mariah Carey, Beyonce, Brandi Carlile, Elvis Presley, David Bowie, Deep Purple, Queen, Bruce Dickinson, Eric Clapton, Jeff Beck, el mismísimo Bob Marley, Louis Armstrong, Ray Charles, Miles Davis, Chet Baker, Aretha Flanklin, Art Tatum, Ella Fitzgerald, Keith Jarrett, Kenny G, Plácido Domingo, Il Divo, Jennifer Hudson, Lady Gaga, Leon Russell, Norah Jones, Nana Mouskouri, Nina Hagen, Phil Collins y un infinito etc.
De esta canción (elegida por la Recording Industry Association of América como la mejor del siglo XX) solo puedo decir que al escucharla, la cante y/o toque quien sea, me embarga la emoción, trayéndome muy buenos recuerdos. Y es que la música, sea clásica, rock, popular, si es buena, se convierte en imperecedera, como es esta Over the rainbow.
domingo, 21 de enero de 2018
Los santos inocentes (16)
Ha fallecido Juan Diego, en mi opinión, uno de los más grandes actores españoles de los últimos cincuenta años. Con un talento innato para la interpretación, para el recuerdo quedan sus papeles en La noche oscura, El séptimo día, o la memorable Los santos inocentes. Sirva esta entrada de 2018 como un homenaje póstumo.
Ya desde el comienzo, acompañando a los títulos de crédito, la banda sonora de Antón García Abril subraya y preludia el tono dramático de la mayoría de las secuencias de esta película. Y ahí, para corroborarlo, suena triste el rabel, como una réplica al Invierno, la última y más melancólica de Las cuatro estaciones de Vivaldi; si bien tañido con más precariedad, tañido, indudablemente, en un entorno rural y "simple".
Mario Camus venía de triunfar con la adaptación de La colmena, la novela homónima de Camilo José Cela, cuando se aventuró en la adaptación de Los santos inocentes, la obra de Miguel Delibes. Una osadía en palabras del autor, ya que consideraba su obra prácticamente inadaptable al séptimo arte; así que el vallisoletano universal se cargó de escepticismo hasta que vio la cinta, quedando francamente satisfecho del resultado final. También, muchos años después del estreno, el director cántabro admitía que en realidad no estaba seguro del resultado final de una película de "catetos". El resultado es una obra maestra, creíble y redonda; intemporal en cierta manera, a pesar de estar ambientada en los años sesenta en un cortijo de Extremadura.
Y es una de las películas capitales del cine español, porque todos los actores están insuperables, particularmente Paco Rabal y Alfredo Landa, sin olvidar a Terele Pávez, Agustín González, Mari Carrillo o Juan Diego. De los dos primeros creo que se ha dicho casi todo, como que han interpretado los mejores papeles de su carrera cinematográfica, y seguramente sea así. Sin embargo, es mi opinión, no se ha ensalzado en su justa medida la actuación del último. Juan Diego (interpreta al señorito Iván, un hombre egocéntrico, apasionado de la caza y sin escrúpulos), está perfecto -como casi siempre-, permitiendo que buena parte de la credibilidad de la cinta recaiga sobre sus espaldas. En esa relación de vasallaje/complicidad entre Paco el Bajo (Alfredo Landa) y el señorito Iván, se dibuja sin disimulos el mundo de los señores y el mundo de los sirvientes "a mandar que para eso estamos", algo que se corta de raíz, momentáneamente, y con el regocijo de los espectadores, cuando Azarías (Paco Rabal) acaba con la vida del señorito Iván.
Claro que esta obra maestra del cine español no habría alcanzado esa condición sin el soberbio guión del propio Camus, Antonio Larreta y Manuel Matji. Y tampoco habría sonado igual sin la música de Antón García Abril, ni la hubiéramos visualizado con el corazón en un puño sin la fotografía como velada de Hans Bürmann. Con toda seguridad todos los ingredientes han maridado para hacer que 34 años después, la película mantenga su vigencia, pues las desigualdades sociales, el caciquismo patrio, los personajes groseros/inocentes, a pesar de haber transmutado a otras realidades sociales, continúan removiendo la conciencia de quienes vuelven a verla.
El rodaje por tierras extremeñas se inició en el otoño de 1983. El 4 de abril de 1984 era su estreno. Un mes más tarde, en mayo del 84, la cinta recibe en el Festival de Cine de Cannes una mención especial y los premios a la mejor interpretación masculina para Alfredo Landa y Paco Rabal. El largometraje gana en los festivales de Alejandría, Bogotá, Varna y Durban, además de innumerables premios para Rabal y Landa. Los santos inocentes llegó a recaudar en torno a los 500 millones de pesetas de la época, convirtiéndose hasta entonces en la más vista del cine español. Un año y medio después de su estreno aún seguía en cartelera. El director, Mario Camus, llegó a avalar con su propia casa parte de la producción. Mientras, actores consagrados como Jack Nicholson o Viggo Mortensen la consideran una de sus favoritas.
Por cierto, TV2 vuelve a emitir la cinta mañana a las 22:05 horas.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
¡¡¡Felices Fiestas!!!
Un año más se apaga con el mismo apresuramiento que las ciudades y los hogares se empeñan en alumbrar desde semanas antes las eternas noches del otoño, pretendiendo tal vez abrazar la esperanza efímera de iluminar el año a punto de nacer, para convertirlo de una vez por todas en 365 días de ensueño que hagan olvidar a los 365 precedentes; aunque pronto, antes de que se nos eche la primavera, descubramos con resignación, que las ilusiones circulan por un carril paralelo al de la cruda realidad. Pero, como solemos decir cuando las circunstancias no son positivas, que nos quiten lo bailado; y digo yo, lo cantado, comido, bebido, comprado, regalado, felicitado, viajado, dormido o leído. Y hablando de leer, pues ahí va mi felicitación tan poco original, si bien sincera: Felices fiestas de Navidad y próspero Año Nuevo para todas y todos, acompañada de este cuento, por si acaso sirve para remover conciencias.
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Personajes de allá (4)
De alguna manera, P. se convirtió durante muchos años en el mejor termómetro de nuestra villa, o al menos esa era mi percepción de crío. Así que para San Antonio o quizá algún mes antes, se le veía en las calles y callejas acompañado de un botijo descolorido, sin saber con certeza quién acarreaba a quién, pues ambos se fundían en una estampa indivisa. Sin duda era la imagen incontestable que presagiaba el tiempo más benigno, cuando los años aún tenían bien delimitadas las estaciones.
El gremio de barberos de Jesús Adrán, sus vecinos más ociosos, y hasta los pajarillos menos desconfiados, se cuadraban, asomaban a los balcones, o trinaban bajo los aleros de los tejados, envidiando el recipiente del porteador, rezumante de ricas y refrescantes gotas de agua de la Fuente de la Libertad, que muy pronto reposaría sobre el suelo de una de las peluquerías con más raigambre.
Claro que antes de alcanzar la cuesta empedrada había otros espacios fuera del alcance de la vista del patrón. Era entonces, cuando el sol aplanaba y si P. estaba de un humor templado, cuando mis compañeros de juego y travesuras, le proponíamos un traguito mínimo a cambio de trajinar unos metros con el botijo. Solo una vez aceptó, pues el barrigudo de barro era para él algo así como un objeto sagrado que nadie debía mancillar; aunque sí recuerdo con nostalgia haber libado en varias ocasiones, eso sí, a chorritos racionados, pues en cuanto veía que nos excedíamos, de inmediato soltaba la orden para detenernos, por el temor real a llegar al destino con el recipiente medio vacío.
Porque aquel eterno botijo de la Villa tenía otro cometido además de saciar la sed de los peluqueros y parroquianos más fieles. Por tanto, si la cantidad era insuficiente, no se podía remojar el suelo para apaciguar el polvo de la madera y de esa forma hacer más higiénica la tarea del barrido. Normalmente P. controlaba el negocio y pocas veces llegaba con el botijo aligerado, pues de lo contrario suponía otra vuelta a la fuente.
Cuando entraba en la peluquería a que me rapara E. o el patrón, P., me apenaba al contemplarme pelón en el espejo sin el azogue de sus bordes, era entonces cuando rezongaba, o mejor, renegaba de mi madre por mandarme al sacrificio, únicamente aliviado con un flequillo de urgencia. Claro que siempre había el consuelo de contemplar el botijo abandonado a su suerte; así que para mitigar la afrenta del esquilado, en vez de concentrarme eternamente en la mudanza de mi cráneo, taladraba con mis ojos cada espacio de aquel recinto cuadrilongo hasta dar con el barrigudo, esperanzado en recibir un trago aún fresco del agua de la Libertad, algo que por desgracia nunca ocurrió.
Para hacer más llevaderas las caminatas en pos del agua prometida, aquel hombre menudo, bronceado, con arrugas mil surcando su frente y que por desgracia no había nacido de pie; si no estaba enfadado consigo mismo (entonces farfullaba palabras la mayor de las veces ininteligibles), solía arrancarse con frases o coletillas que pronto pasaron a formar parte del acervo de los villafranquinos, siempre dispuestos a corearlas en su presencia, cuando no se aventuraban a preguntar por el objeto de su enamoramiento, el cual indefectiblemente era Valtuille.
P. se fue un buen día como un pajarillo, cerrando para siempre sus ojos tremendos, acompañado de su pantalón de hechura imposible y la camisa amortizada tras infinitos soles y alguna mojadura de cuando el chubasco le pillaba a traición.
Han pasado muchos años, pensaba sentado hace unos días en una de las terrazas de la Plaza mientras daba cuenta de un agua sin gas plastificada. Entonces pensé que, qué mejor bebida que un trago de agua del botijo más paseado de Villafranca, aunque obviamente los botijos no están de moda, ni tampoco personajes tan entrañables para mí como P.
sábado, 14 de octubre de 2017
My my, hey hey...Hey hey, my my... (Historia de una canción, 4)
Que Neil Young es una de las figuras indispensables y más influyentes de la historia del rock, nadie lo pone en duda. Como tampoco, a un año de cumplirse los cincuenta de su primer álbum como Neil Young, de su extraordinaria capacidad para la composición -casi medio centenar de obras en solitario-, pues a pesar de la abundancia y variedad de estilos en sus temas, jamás ha dejado de crear "himnos" para la posteridad.
En 1979 el canadiense sacaba a la luz, Rust never sleeps (en ese preciso momento supe de su existencia gracias a mi amigo Alejo, pues lo desconocía), uno de sus mejores discos y de los capitales a lo largo de la década. Repleto de buenas canciones, para el recuerdo quedaría el primer corte, la imperecedera My my, hey hey (out of the blue), una canción que me marcó desde la primera escucha. Un temazo acústico con letra ambigua, rayando en algunos versos el surrealismo, que iba a ser algo parecido a un alegato, o mejor, reivindicación de un rock eterno (también hacia la figura del rey Elvis Presley, muerto dos años antes), y una condena sin paliativos al punk, (incluyendo a Johnny Rotten o Sid Vicious) movimiento que hacía furor por entonces y amenazaba con engullirlo todo. Como Young es un artista poliédrico, versátil y capacitado para todo tipo de composición, quiso cerrar el disco de 1979 con Hey hey, my my (into the black), el reverso de la primera, una versión más rockera y desgarrada, posible gracias a sus acompañantes en directo de casi toda su vida: los Crazy Horse.
Hoy, casi 40 años después, convertido en dos versiones clásicas, reseñado por Kurt Cobain en su nota de despedida, My my, hey hey..., o Hey hey, my my..., son piezas que el de Toronto suele incluir en su repertorio de conciertos. También la han versionado, y no en pocas ocasiones, gentes tan variopintas como Oasis, Negative, Fjord, Battleme, Close Lobsters, sus paisanos Billy Tallent, e incluso el propio Sid Vicious.
Definitivamente el "joven" Neil tenía razón: el rock sigue tan vivo como entonces, ¿o no?
sábado, 22 de julio de 2017
Rebelión en la granja
Después de muchos años he vuelto a caer en la tentación de leer esta obra ejemplar y universal de Orwell. Fue publicada justo al acabar la II Guerra Mundial, en 1945. Por entonces el respeto hacia el comunismo ruso había crecido exponencialmente, y mucha culpa de ese culto irreflexivo se debía a la capacidad de propaganda y captación del régimen totalitario encarnado por el sanguinario Stalin. Frente al engaño, el escritor y periodista inglés, quería demostrar a través de su obra, que la URSS no era una verdadera comunidad socialista sino una tiranía despiadada. Con certeza ese objetivo no lo logró por completo, al menos de inmediato; sin embargo, sí conquistó el reconocimiento internacional y varios premios, además de ser traducida a infinidad de idiomas, sin olvidar adaptaciones cinematográficas en años posteriores.
El tema principal de esta novela de poco más de 100 páginas, o mejor decir alegoría, fábula, también cuento satírico, aborda el abuso de poder, y cómo puede llegar a corromper a quienes lo detentan, llevándoles al embrutecimiento, la avaricia y/o la traición. Por otra parte, profundiza en la distorsión que con frecuencia sufre la verdad de la Historia en momentos convulsos, y cómo el uso de la represión contra los disidentes internos es el mejor remedio para frenar conatos de rebelión. Una obra más vigente que nunca a tenor de los derroteros por los que discurre la actualidad mundial. Es, sin dudarlo, una crítica mordaz contra cualquier tipo de totalitarismo declarado o encubierto, de un color u otro.
El escritor nacido en 1903 en India, que ya anteriormente había denunciado el imperialismo británico, o los autoritarismos de aquellos años en Alemania, Italia y España (participó en nuestra Guerra Civil), asume la responsabilidad de denunciar los excesos del régimen soviético, haciendo que aflore la verdad para el resto del mundo.
El escritor escribe acerca de una granja donde los animales destierran al dueño y toman el poder formando su propio gobierno, un gobierno que con el transcurso del tiempo desembocará en una tiranía. Los cerdos de la granja -los más inteligentes- usarán su poder para manipular y engañar al resto de animales y así cimentar su primacía.
Un buen día, cansados los animales de la granja Manor de sufrir las veleidades y descuido del sr. Jones (se intuye la representación del zar Nicolás), empujados por el cerdo Manor (se vislumbra la figura de Lenin), expulsan al granjero y se organizan a través de una doctrina "ideal". Poco tiempo después el cerdo Manor fallece, y el cerdo Napoleón (supuestamente Stalin), apropiándose antes de las ideas organizativas del cerdo Snowball (claramente Trotsky), lo expulsa de la granja con la ayuda de los obedientes perros. Desde entonces, liberado de cualquier competidor, Napoleón se constituye en el único amo y señor, ejecutando a cualquier animal mínimamente sospechoso de no seguir sus postulados. Para regir manu militari los destinos de sus súbditos y que ninguno plantee otra forma organizativa, Napoleón se sirve del cerdo Squealer (el aparato propagandístico), un animal con facilidad de palabra y de persuasión que avisa de que todas las decisiones tomadas por el gran jefe son las más adecuadas.
Llega un momento en que el aire se vuelve irrespirable, y en que de aquella lejana y liberadora revolución que acabó con el sr. Jones, casi no queda nada, y así, el caballo Boxer (el proletariado), el cuervo Moses (la iglesia Ortodoxa), o las ovejas y gallinas (campesinado), siguen, unos como ciegos, y otros por interés y supervivencia al dios Stalin.
Es, aún hoy, una novela tan influyente, que el grupo Pink Floyd se inspiró en ella para componer su álbum Animals. O que las ventas del libro, junto a su novela 1984, hayan aumentado significativamente desde que se produjera la victoria de Donald Trump en USA.
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