lunes, 20 de febrero de 2023
martes, 7 de febrero de 2023
Mebwina
- Al fin tenemos a la persona adecuada –le
dijo a su superior el hombrecillo de anteojos resquebrajados y manos
sarmentosas-. Se trata de un niño.
- - Estás de guasa, supongo –aseveraba incrédulo el coronel de la inteligencia sin dejar de morder con entusiasmo el cigarro habano-. De veras no entiendo. Explícate con más claridad.
- Hemos dado con nuestro detonador. Una
revuelta de chiquillos puede ser el arma mortífera –atinó a decir atiplando la
voz, ya de por sí inverosímil, al pronunciar las últimas palabras-. Los
chavales están hasta la coronilla de sudar como marranos por culpa de las
guerreras y los quepis. Hay un muchacho
de doce o dieciséis años dispuesto a encabezar la revuelta contra el Emperador.
- No me hagas reír. ¿Lo dices en serio?
–preguntó el avejentado oficial jefe antes de dar una profunda calada al
habano.
- Como lo oyes. Es un muchacho con madera
de líder, un idealista convencido; vamos, el tipo más fácil de manipular –el
hombrecillo con la antigüedad de Matusalén en los tejemanejes de la
inteligencia gala, apuró a colocarse los anteojos antes de que se le
escurrieran nariz abajo-. Está dispuesto a dar la cara, cuanto haga falta con
tal de librarse del maldito uniforme.
- Todo esto me suena a una sesión de
fuegos pirotécnicos. ¿No tienes algo más consistente? Los niños no van a
conseguir nada contra la bestia –aseguró el grandullón un tanto contrariado con
la ocurrencia. Una majadería para utilizar a los adolescentes en una empresa
como la de hacer daño al régimen represor de Bokassa, era cuanto le faltaba por
escuchar esa tarde-. Yo exploraría otras alternativas antes de meterme en
semejante jardín de infancia.
- Precisamente la vulnerabilidad de los
chiquillos puede ser crucial para hacerle daño de verdad si entra al quite;
solo necesitamos sacarlo de sus casillas un poquito, lo suficiente, y zas –pronosticaba
el civil a punto del retiro.
- Pretendes sacarlos a la calle a vocear
contra el Dictador y ya está –puntualizaba clarividente el Coronel al tiempo de
trenzar un cero de humo en medio del aire enrarecido del despacho, en la
Comandancia-. A renglón seguido los machacan a hostias o los hacen desaparecer
y se acabó el sencillo problema. Vamos Alain, no seas pardillo.
- No lo acabas de captar. Una masacre
contra criaturas indefensas, menores de edad y estudiantes, para remate, va a
tener una repercusión internacional incomparable, siempre y cuando nos
encarguemos de la difusión de los hechos con pelos y señales, sin ocultar nada de lo acontecido –predijo el subalterno sin amilanarse por las repentinas rechiflas del
coronel-. Tan solo necesitamos la torpeza de nuestro hombre para tener el control
de la situación.
- ¿Y los jóvenes están dispuestos al
sacrificio? Podrán salir a la calle, no te lo voy a discutir; pero, permíteme
la duda, pues, en cuanto la cosa se ponga fea y los energúmenos se metan en
refriega, en la calle no queda ni un alma –volvía a confirmar el Jefe de
Inteligencia-. Eso dando por sentado que antes sean capaces de tamaña osadía.
- Lo serán si embaucamos a Mebwina. El
chaval tiene labia suficiente como para convencer al más temeroso. En la
escuela aglutina a sus compañeros sin dificultad, además de llevarse a la
práctica cuantas indicaciones propone con relativa frecuencia –confirmaba vivaracho
el hombrecillo de cráneo rapado y cejas abundosas.
- ¿Pero no es un idealista?
- Ahí está lo bueno del asunto. Aunque
pueda parecer contradictorio, no hay persona más fácil de manejar que un
teorizante o romántico, a condición de tejer con tiento la argucia sin salirse
de su terreno –garantizaba exultante el hombrecillo del invento.
- ¿Y tiene de años?
- A ciencia cierta no lo sé. Aquí los
chiquillos no son demasiado grandes, por tanto, me atrevería a decir que entre
doce y dieciséis. Tampoco él lo sabe con certeza. Por el curso podría estar en
los quince.
- Si no te importa, todo esto lo
seguiremos discutiendo dentro de tres días. Ahora no tengo tiempo, me espera
una reunión y esta tarde, lo sabes, salgo de viaje a Camerún –sentenciaba
el grandullón, al tiempo de dejar quemándose el último dedo del puro sobre el
cenicero de cristal pulido.
Libertador, que en idioma de allá se dice Mebwina, miraba sin pestañear el discurrir del río, a pesar de la
intensidad del sol al mediodía. Ensimismado en la escasa corriente del cauce, no dejaba de pensar en aquel aciago día de muchos años atrás, cuando su bisabuelo Dahdia –en idioma de occidente algo parecido a Luna Grande- era capturado por un barco de negreros americano cuando estaba a punto de ahogarse en el mar, por preferir la muerte antes que la indignidad de convertirse en esclavo en un país ajeno. Su abuelo se lo había relatado tantas veces que, después de cavilar en la mejor manera de hacer justicia a su antepasado, no encontró otra alternativa que la de combatir al tirano con todos los medios a su disposición, aunque solo fueran los personales y un arrojo palpitante
El día antes, sábado, Mebwina había tenido una extensa charla con un
hombre minúsculo que atendía por el nombre de Alain. Este le había sugerido el
secreto al respecto, y la desobediencia en forma de manifestación
multitudinaria para acabar con el fastidio de los uniformes. Si estaban
dispuestos a tomar la calle, él y sus amigos les ayudarían a la hora de
organizar la marcha, y lo que era más importante, a raíz de ello se
convertirían en unas celebridades, pues él y sus poderosos amigos, harían de
altavoces de tamaña proeza a lo largo y ancho del mundo. No quedaría un solo
periódico sin difundir la noticia, tampoco las televisiones. Solo necesitaba al
muchacho poniendo en marcha su poder de persuasión para convencer a los más
recelosos, y Alain haría tambalearse el poder de aquel caprichoso Emperador; de
manera que todo esto acabaría a lo sumo en tres o cuatro días y sin peligro
para su integridad y la de sus compañeros.
Mebwina no dejaba de cavilar en la suerte del bisabuelo deparada por el
destino en la lejana América. Tal vez había rehecho su vida junto a otra mujer,
esclava como él, y juntos habrían creado una nueva familia; y a lo mejor había
vivido lo suficiente para regocijarse con la abolición de la esclavitud, si
bien era improbable, teniendo en cuenta que al bisabuelo lo habían capturado
cuando ya tenía más de cuarenta años. En una aldea donde vivía, próxima a
Douala, en Camerún, dejaba mujer, cinco hijos y uno más sin nacer cuando la
captura: su futuro abuelo Tenouhor, El Ausente en castellano, como recuerdo a
su padre. Tras la tragedia, la bisabuela embarazada y los cinco vástagos
decidían emigrar lejos del mar, en busca de tierras más seguras. Así fue como
elegirían el vecino territorio de Ubangui Chari, después Imperio
Centroafricano.
A pesar de entretenerse en mirar con embeleso el escueto riachuelo de
agua marrón, en sus oídos escucha con nitidez, como si a un palmo suyo
hablara el abuelo con la convicción del mayor de los hombres íntegros, las
palabras tantas veces dichas. El abuelo, ya muerto, había insistido en la
necesidad de trascender, “morir mejor de pie, como un héroe, si con ello se
consigue permanecer en el recuerdo de la comunidad, a acabar los días en la
cama sin haber luchado lo suficiente por su bienestar”. Ante sí se abría una
encrucijada complicada y a lo mejor decisiva. Era lo suficientemente listo para
darse cuenta del riesgo asumido si al final aceptaba el reto; pues, aunque
aquel hombrecillo próximo a convertirse en carcamal se empeñara en la seguridad
de la protesta estudiantil, todo estaba en el aire tratándose de un
enfrentamiento contra el dictador Bokassa. No obstante, el abuelo, con su
terquedad y sus manías de viejo, tenía razón cuando argumentaba el ineludible
compromiso con los ideales de justicia e igualdad, aunque eso costara la vida.
“Sin lucha no hay avances y sin avances tampoco habrá prosperidad para todas
las personas de esta tierra”.
- Vamos a lograrlo –dijo Mebwina a sus
compañeros de escuela más dubitativos. Los otros (una gran mayoría), se habían
decantado por el todo o nada antes de acabar asados dentro de aquellos
uniformes de disparate ideados por el maldito dictador-. Si no vamos todos a
una, jamás lograremos nuestro propósito de quitarnos de encima estas dichosas
guerreras.
- ¿Y qué será de nosotros si nos detienen?
–preguntaba un atemorizado muchacho ante la argumentación de Mebwina.
- Seguramente nada –sentenciaba Mebwina-. De
nuestra parte tenemos a los de la prensa internacional. Ellos harán que en todo
el mundo se conozcan nuestras justas reivindicaciones. A Bokassa no se le
ocurrirá tocarnos un pelo sabiendo que la opinión pública está pendientes de
nosotros.
- - El tirano es capaz de todo para salirse con la suya –dijo otro de los remisos con más sentido común.
- Estoy convencido de nuestro éxito
–aseveró Mebwina con la convicción del más avezado de los ideólogos-. Solo es
cuestión de aguantar el tipo un par de horas. Si lo logramos, al fin seremos
libres para vestir como nos dé la real gana. Pero si decidimos achantarnos,
toda nuestra vida seguiremos siendo unos esclavos, y sudaremos como cerdos
embutidos en estos uniformes. Debemos revelarnos de una vez por todas.
- Yo no quiero acabar mi vida en la cárcel
–dijo otro de los resignados-.
- En nuestra mano está el desobedecer a
nuestro enemigo. Si todos permanecemos unidos, sin retroceder al mínimo
contratiempo, lo lograremos. Es posible que tome represalias y alguno de
nosotros sea encarcelado, no lo voy a negar; sin embargo, la opinión
internacional hará los esfuerzos necesarios hasta ponernos en libertad. Y
además, os lo recuerdo, Francia está escamada y no le va a pasar una más. Para
eso tenemos el respaldo de sus periódicos que harán las veces de altavoz.
Mebwina escrutaba entre el cielo cárdeno del atardecer, por si daba con
alguna señal esclarecedora de la cual pudiera inferir el éxito o fracaso de la
operación para dos días más tarde. Había estado brillante hasta el punto de
conseguir la unanimidad de todos sus compañeros y la de otras escuelas de la Capital,
a fin de tomar la calle y hacer patente su indignación contra la orden del
sátrapa. Pero no estaba convencido del resultado final. Albergaba, cierto es,
serias esperanzas de lograr la victoria y el reconocimiento de los suyos, y tal
vez de los medios de comunicación si había de hacer caso al hombrecillo; pero
no era menos cierto que el Dictador podía muy bien no doblegarse a las
exigencias de los más jóvenes, tomándose la justicia por su mano. Claro que, si ocurría lo último, también la historia le reservaría a la
muchachada un hueco preferencial y a él en particular. Su nombre aparecería
entonces escrito en los anales con letras de molde, además de ponderarse en las
escuelas del Imperio la gesta de su hazaña una vez dejara de existir Bokassa.
Esa era al fin la forma más adecuada de perpetuarse en la memoria, como le
había escuchado reclamar al abuelo en incontables ocasiones; y por añadidura,
el homenaje póstumo a su bisabuelo Dahdia. Este estaría satisfecho de verlo
ahora portando al cuello su amuleto de madera, objeto que de adolescente había
tallado con la ayuda de un pequeño hierro a manera de cuchilla, hasta conseguir
la figura de un pececillo rechoncho, habitual en el mar del Camerún. Se
sentiría orgulloso de verlo en la protesta sin abandonar ese amuleto de la
suerte, objeto que él no portaba al cuello cuando era capturado por los
negreros americanos, mientras intentaba hacerse con la cena para la familia por
medio de una rudimentaria caña de pescar.
- Es
cosa hecha –sentenció el veterano miope ante la imponente figura del Coronel,
parapetada tras la mesa de nogal del despacho-. El muchacho, Mebwina, se llama,
no solo está dispuesto a encabezar la revuelta, sino que junto a los compañeros
más arrojados e irracionales, ha logrado aglutinar a la inmensa mayoría de los
estudiantes de la Capital para tomar la calle. En estos dos últimos días he
conseguido el sí del joven. Hasta cierto punto no ha sido complicado
convencerle de la benignidad de la operación.
- ¿Benignidad, dices? –Replicó enojado el
Jefe Militar de la Inteligencia mientras urdía un redondel en medio del aire
enrarecido del despacho-. ¡Si los van a matar como a conejos! ¿Acaso lo
dudas?
- Seguramente tienes razón
–atiplaba la voz el hombrecillo, al tiempo de afirmarse las gafas a punto de escurrirse de la nariz
aguileña-. Pese a la escabechina, si al
final se produce, es una enorme oportunidad para nuestros intereses
estratégicos. París está hasta los mismísimos de los antojos de Bokassa y
quiere darlo por finiquitado; mas, para ello, necesita la escusa adecuada.
- De todas las maneras y suponiendo de la
idoneidad de este plan, no deja de ser una barbaridad cuanto planteas –decía el
Coronel algo más sosegado y sin dejar de rumiar alrededor del emboquillado del
puro-. Tal vez podríamos cavilar en otras alternativas menos drásticas.
- Si ahora intentara convencerles para
renunciar al plan, no estoy seguro de que fueran a hacerme caso –aseveraba con
el ceño agudo el más veterano de los civiles de la inteligencia gala-. Los
chavales están ilusionados; pararles ahora sería para ellos una tremenda
decepción y hasta contraproducente. El procedimiento a seguir está muy
avanzado; de volvernos atrás, alguno de los muchachos más ideologizados sería
capaz, por despecho, de ir con el cuento a la persona más inadecuada.
- ¿Y qué propones con respecto a los
muchachos?
- No entiendo.
- Si nosotros hemos ingeniado todo esto
para meter en la ratonera a los jóvenes, en buena medida nos veremos salpicados
por cuanto les pase a ellos –aseguraba el jefe militar, mientras del mueble bar
sacaba una botella de coñac y una copa-. Ni es recomendable para nuestro
prestigio ni yo creo conveniente salir mezclado en las hojas de los periódicos.
- Todo está bajo control –decía locuaz el
hombrecillo de las gafas decrépitas-. Sólo yo he participado en este entramado
y apenas para persuadir al muchacho a que tomara el mando, además de exponerle
las máximas elementales en cualquier organización de protesta, nada más. Si, a
pesar de todo hay derramamiento de sangre, la revuelta pasará a ser un mero
capricho de unos jóvenes contestatarios contra el despotismo de un
dictadorzuelo. Eso sí, a pesar de mantenernos en la sombra, por medio de
terceras personas, haremos la fuerza suficiente para conseguir, de los más
influyentes medios de comunicación franceses y de otros países, el eco
relevante que requerirá una noticia de tal calado, como es una masacre en la
capital del imperio.
- Por tanto, esto de la revuelta
estudiantil lo ves como una ventaja pintiparada para nuestros intereses
–mascullaba al tiempo de sorber el alcohol de la enorme copa con cuerpo de
balón-. Si esto es como dices realmente, aquí sí podríamos actuar bajo esa
máxima de, el fin justifica los medios.
Mejor sacrificar la vida de unos pobres desgraciados antes que la de millones
de ciudadanos. ¿Y cómo van a vestir para salir a la calle?
- Eso no lo sé –aseguraba más confiado el
civil a punto de la jubilación-. Lo que sí sé es del antojo de Mebwina. Llevará
colgado al cuello una especie de talismán o fetiche perteneciente a un
antepasado suyo que al parecer fue capturado por negreros para hacer de esclavo
en Estados Unidos. Según la versión de nuestro joven, de haber portado el
talismán cuando estaba de pesca, jamás hubiera caído en manos enemigas, pues,
según dice, ese ídolo en forma de pez, tiene la propiedad de hacer inexpugnable
a quien lo posee. Cosas de chiquillos.
El autoproclamado Jean-Bédel Bokassa como emperador del Imperio Centroafricano, perdió el poder en 1979 tras una revuelta estudiantil. Francia, hasta entonces su principal valedor, puso en marcha la Operación Barracuda para desalojarlo del poder aprovechando un viaje del Dictador a Libia.
Este relato iba a publicarse en mi obra, Teórica del fuego, pero por tema de espacio se quedó fuera.
sábado, 28 de enero de 2023
Sunny (Historia de una canción, 9)
Como le ha ocurrido a infinidad de artistas, Bobby Hebb no tuvo una vida sencilla, pero gracias a la música se salvó. De familia humilde, con carencias físicas -sus padres eran ciegos, y tocaban, él el trombón y ella el piano, además de la guitarra-, le inculcaron desde muy joven la pasión por la música. A los pocos años aprendió a tocar la guitarra, y a mantener la esperanza en un futuro mejor. Como la música era su vida y al tiempo su sustento, en 1961 se instala en Nueva York, ciudad con más oportunidades para triunfar. Los días 22 y 23 de noviembre de 1963 marcarían para siempre a Bobby Hebb, pues durante la mañana del primero era asesinado en Dallas el presidente John F. Kennedy y al día siguiente, a la salida de un club nocturno, era apuñalado su hermano Hall. Abatido por la tragedia recurrió al alcohol para ahogar el desespero.
Según parece, de regreso a su casa de Harlem tras una madrugada de trasnoche y excesos, mientras miraba con atención el amanecer, le llegó la inspiración redentora, componiendo su tema más conocido, Sunny. La canción es, como diría el propio autor, una plegaria, un himno de acción de gracias por la alegría de vivir esperanzado. Sin embargo, aún pasarían más de dos años ( grabada 21 de febrero de 1966) hasta salir publicada como single. De hecho existe una grabación anterior de este tema de Hebb, cantado por la japonesa Mieko Horita con el soporte del Billy Taylor Trio, siendo probablemente la primera versión en vinilo.
Con el éxito del momento -a Bobby Hebb le permitió acompañar a The Beatles ese mismo año en la gira por EE.UU.-, infinidad de antistas interpretaron el tema (uno de los más versionados de la historia), como el vibrafonista Dave Pike, Cher, Stevie Wonder en una versión a su estilo inconfundible, Marvin Gaye, Johnny Rivers, el puertorriqueño Luis Miguel o Boney M, tal vez en la versión más conocida y comercial de todas ellas. Hoy, cincuenta y seis años después, BMI, acrónimo de Broadcast Music Incorporated, situaba en su momento a Sunny en el puesto veinticinco de las cien mejores canciones del Siglo XX.
domingo, 22 de enero de 2023
Los peces rojos (19)
La escena inicial de esta película de 1955 procura la desorientación de los espectadores. Nada más convencional que la entrada de una pareja en un hotel fuera de temporada, los trámites del alojamiento en presencia del recepcionista, y un tiempo de perros afuera. Lo que no encaja, la nota discordante de lo convencional, y primera pista que nos advierte de la existencia del gato encerrado, es la no entrada de Carlos en el hotel, a pesar de viajar con la pareja. De hecho, al hijo de Hugo no lo vamos a ver en ninguna de las secuencias del film. En esencia, la presencia inmaterial/la no presencia física de Carlos, es el eje que vertebra toda la acción.
Con Los peces rojos, película de 1955 dirigida por el maestro, José Antonio Nieves Conde, el cine español de suspense alcanza la mayoría de edad. Todo, absolutamente todo cuanto ocurre a lo largo del metraje, está aquilatado, en una suerte de thriller experimental (al menos para el cine que se hacía en aquellos años) convirtiéndose en un goce para el espectador. La intriga bebe del cine negro, y en ella se advierte la influencia de directores del género, como Alfred Hitchcock o Fritz Lang. Pero, y obviando la magistral dirección del segoviano, la cinta carecería de la brillantez absoluta sin la intervención de Carlos Blanco. Y es que el guión de este es un prodigio, con giros constantes en la trama que persiguen desorientar al espectador más atento.
Grosso modo, el argumento profundiza en la existencia de una pareja que ambiciona hacerse con una suculenta herencia dejada por una tía de Hugo, no a él, sino al hijo de este. La anciana no le perdona haber tenido un hijo ilegítimo (Carlos), y prefiere que sea el joven quien la disfrute. Hugo (Arturo de Córdoba) es un escritor fracasado, e Ivón (Emma Penella) una corista de edad pareja a la de Carlos, hacia el cual se siente atraída. Pero el dinero es un imán con una fuerza de atracción desmesurada. Así que, la pareja, a pesar de algunas desavenencias, conspira para apartar a Carlos de la suculenta herencia, y así quedarse con ella íntegramente; si bien Hugo ya se beneficia de un pequeño porcentaje en la sucesión, gracias a la paga que su hijo le hace con regularidad para sobrevivir. En ese estado de humillación, y sin margen de mejora, Hugo e Ivón urden la historia verosímil de que Carlos ha viajado con ellos hasta Gijón para hospedarse en un hotel vacío, cuando en realidad Carlos ya no vive. A partir de ahí, comienza una investigación frenética que bascula desde la probabilidad de que al joven lo ha engullido el fuerte oleaje del mar, hasta la realidad más inimaginable.
Con Los peces rojos, Juan Antonio Nieves Conde alcanza uno de sus mejores trabajos tras la cámara, acaso el segundo por detrás de Surcos, el más celebrado de su filmografía. Para la ocasión discurre el rodaje de una parte en el presente, y otro -donde da muchas de las claves de la película- en flashback, un gran acierto (en colaboración claro está, con Carlos Blanco). Otro de los aciertos fue la elección para los papeles protagonistas de Arturo de Córdoba y Emma Penella (tal vez en su mejor interpretación). Y por supuesto la increíble fotografía en blanco y negro de Francisco Sempere. Todos estos ingredientes hacen de ella una película imperecedera, una película que todos los amantes del séptimo arte deberíamos de ver, al menos una vez en la vida.
Cualquiera que tenga curiosidad por leer en torno a otras películas, no tiene más que entrar en mi blog, ""Desde un apartado lugar", y buscar en etiquetas la titulada "mejores películas españolas"
sábado, 14 de enero de 2023
CUENTOS DEL REINO SECRETO/¿QUÉ ME QUIERES, AMOR?
José María Merino se estrenó como autor de relatos breves en 1982 con Cuentos del reino secreto. Con anterioridad había publicado dos novelas. El escritor nacido en 1941 en La Coruña por los avatares de la Guerra Civil, regresaría poco después a la tierra paterna, a la ciudad de León, donde el padre ejercía la profesión de abogado.
A pesar del título, un tanto evanescente, indeterminado, todos los relatos que integran Cuentos del reino secreto, evolucionan en tierras leonesas, sin dejar de admitir por ello que el reino de León se presta con naturalidd a las historias alucinadas e insólitas, algo refrendado a lo largo de décadas por algunas de las mejores plumas de nuestra tierra. Los veintiún cuentos de este libro exploran el recurrente universo literario de lo fantástico, del extrañamiento; algo que es consustancial a casi toda la obra del académico.
Si bien se desenvuelve con soltura en el terreno de lo no acostumbrado, las temáticas en las cuales se maneja Merino son de índole doméstica, cotidiana, algo que pudiera parecer incongruente en un primer momento. Sin embargo posee la suficiente maestría para avanzar en la intriga, sin que lo extraordinario invada el terreno de lo acostumbrado, y viceversa.
Para deleite de los lectores hay cuentos capaces de suscitar su atención, como La noche más larga, El enemigo embotellado, Genarín y el Gobernador, La tropa perdida o El acompañante, en mi modesta opinión la historia más lograda e impactante de su primer libro de cuentos. Tal vez no el mejor de su extensa carrera literaria, pero sin duda apetecible a cualquier lector partidario del género breve.
Manuel Rivas nació, como Merino, en La Coruña en 1957, siendo periodista al comienzo. Con el tiempo se terminaría adentrando en los misterios de la narrativa y la poesía, además del ensayo. Con su segundo libro de relatos, ¿Qué me quieres, amor?, obtendría el reconocimiento unánime de lectores y crítica, trascendiendo más allá de las fronteras galaicas. El libro de solo dieciséis relatos y poco más de 180 páginas le sirvió para hacerse con los premios Gonzalo Torrente Ballester y el Nacional de Narrativa, nada menos. Tal fue el éxito de la publicación y su huella, que el cineasta José Luis Cuerda se inspiró en uno de sus relatos para filmar la película homónima, La lengua de las mariposas (1999), una de las más emocionantes y conmovedores de la historia del cine español.
En el caso del gallego, y escritor en gallego, lo que más llama la atención, al menos en este libro, es la hondura y el compromiso social, pero atendiendo a una economía de medios que a veces (y a pesar de la sencillez de su escritura) obliga al lector a hacer un esfuerzo añadido para comprender todo su significado. El libro es una verdadera joya, emocionante desde cualquier punto de vista (a veces recuerda, salvando las distancias, a Gabriel García Márquez); y sin dudarlo, una segunda lectura es muy recomendable para, no solo disfrutarlo de nuevo, también para poner los puntos sobre las íes, si algo se nos ha pasado por alto en un primer momento. Para el recuerdo quedan relatos como el primero, que da título a la obra, o el segundo, ya antedicho, y que inspiró la cinta a José Luis Cuerda. O Un saxo en la niebla, Ustedes serán muy felices, El inmenso camposanto de La Habana, Una flor blanca para los murciélagos, Carmiña, etc.
viernes, 30 de diciembre de 2022
Todos los nombres
Todos los nombres, como bien nos induce a pensar el título, es el ensayo concluyente que José Saramago lleva a efecto para situarnos en el Registro Civil de la Conservaduría General, un organismo público encargado de que ninguno de los habitantes del lugar quede sin ser controlado, al menos en lo concerniente a fechas y acontecimientos de cada cual, o sea: nacimiento, matrimonio, divorcio, etc. Saramago se sirve de José, el protagonista de la novela, para cincelar el retrato de uno de sus empleados, un ser solitario, insignificante, de cincuenta años que, sobrevive a la férrea disciplina impuesta por el Conservador, y al hermetismo del negociado, un establecimiento de dimensiones insospechadas en constante crecimiento, coleccionando recortes de prensa de personajes famosos, para así disfrutar de un entretenimiento inocuo y salvador.
José Saramago escribe Todos los nombres (1997), con el propósito de poner en entredicho los excesos de la burocracia, aunque estos permanezcan en un segundo plano por la cerrazón de Don José, el protagonista, dispuesto a llegar hasta el final en la investigación de una mujer anónima, maestra de matemáticas en la misma escuela donde había estudiado de chica, y que acaba de suicidarse. La casualidad de ponerse a indagar en la vida y milagros de una mujer a la que no conoce de nada, sucede porque sí. La burocracia ciega ha obrado el antojo al mezclarse la ficha de esta mujer con otras, llamando la atención del escribiente. Este Don José, para hacer realidad su fin último, no duda en entrar en la Conservaduría a las horas que no queda nadie para distraer material necesario para su objetivo, o falsificar credenciales, e incluso explorar en los archivos infinitos para sustraer fichas oficiales; o allanar la escuela donde se había formado la profesora. A partir de un hecho simple, el Premio Nobel de 1998 urde una historia llena de sucesos pintorescos que no pueden dejar indiferente a ninguno de sus lectores. A lo largo de sus páginas, a ratos claustrofóbicas, a ratos surrealistas, se advierte una cierta influencia del Franz Kafka de sus obras inconclusas, en particular, me parece a mí, de El castillo. Un buen divertimento, en resumidas cuentas, para el disfrute de estos días, de la mano maestra del autor de Ensayo sobre la ceguera.
sábado, 24 de diciembre de 2022
¡Feliz Navidad!
El tiempo se nos escurre sin que seamos capaces de retenerlo, por tanto y para aliviar la pérdida irreparable de otro año más, volveremos a celebrar juntos estas entrañables fiestas. Como a cada fin de curso haremos balance, o un breve inventario de nuestra vida a lo largo de los últimos 365 días, marcándonos objetivos nuevos y el propósito de modificar hábitos nocivos. No obstante, lo más probable es que al final de 2023 estemos de nuevo en el punto de partida de este 2022, que ya da sus últimos estertores. Como no puedo ni debo ser muy original, os deseo a tod@s para el nuevo año, salud, amor y ventura, además de unas ganas inmensas de leer libros. Aquí os dejo el enlace del cuento navideño para la ocasión, por si alguien lo quiere leer.
¡Feliz Navidad 2023!!!
sábado, 23 de abril de 2022
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