martes, 4 de mayo de 2021

La playa de los ahogados

Nos acaba de dejar el escritor vigués Domingo Villar tras un inesperado derrame cerebral. Con su desaparición España pierde a uno de sus referentes en novela negra.  En Mayo de 2021 publiqué esta entrada sobre una de sus novelas más celebradas. Sirva como homenaje a su quehacer literario.   


 Esta novela publicada en el sello Siruela en 2009, es para mí una de las Novelas Policiacas con mayúsculas. El vigués afincado en Madrid, Domingo Villar, ha tenido la paciencia infinita de un artesano, y la visión profunda de un arquitecto para concluir con éxito un tratado impecable sobre los entresijos del género.  


    A partir de un lenguaje sencillo, y de una morosidad intencionada, Villar nos da las claves de cómo se encofra un libro para que a mitad de trayecto no se termine viniendo abajo. Porque el gallego, mejor que nadie, sabe perfectamente que sin una buena arquitectura previa a la historia, la historia puede colapsar. Un libro sin cimientos sólidos está abocado al fracaso. 


    La playa de los ahogados es la segunda entrega protagonizada por el inspector Leo Caldas (gallego como el autor, con retranca, además de taciturno) y su ayudante Rafael Estévez (aragonés, grandullón e incapaz de entender el carácter de los gallegos). A partir de la aparición de un cadáver flotando en el mar, aparentemente un suicida, la pareja irá escudriñando cada mínimo detalle, al tiempo de profundizar en el conocimiento de algunas de las personas con las cuales se relacionaba. Con la pericia de un cirujano va penetrando en un pasado aciago conectado con el presente. Si bien, para fortuna del lector -como en las más celebradas intrigas de Agatha Christie-, el nombre del asesino no se conocerá hasta las postreras páginas de este libro, de obligada lectura para los amantes del género.    

    
    Domingo Villar ambienta con perfección y sin recurrir a la desmesura, la Galicia costera, las costumbres de los pescadores, también las de "los marineros de tierra", y nos dibuja la ciudad de Vigo con nostalgia y concisión, además de dotar de credibilidad a cada uno de los personajes que aparecen por sus más de cuatrocientas páginas. Si con Ojos de agua (2006), Villar se da a conocer al gran público, con esta segunda entrega de Leo Caldas y Rafael Estévez, logra la consagración, además de premios varios, como el Antón Losada Diéguez, el Brigada 21, Libro del Año, otorgado por la Federación de Libreros de Galicia; Novelpol o el Frei Martín Sarmiento, de honda significación para nosotros, los villafranquinos.


    Esta novela -originalmente escrita en gallego, como su predecesora-, que ha sido traducida a multitud de idiomas y que en 2015 sería adaptada al cine por Gerardo Herrero, es en mi modesta opinión, un ejercicio de equilibrios perfectos, como los ejecutados por un acróbata con el horizonte del abismo al fondo; es, en resumidas cuentas, una novela espléndida que nadie debería dejar de leer, especialmente los lectores adictos al género policíaco. Muy recomendable, de veras.

martes, 20 de abril de 2021

Novela negra en estado de gracia

     Cuando uno se ha metido entre pecho y espalda la lectura de un porrón de novelas negras, se tiene la percepción de que será muy difícil sucumbir a la sorpresa de algo inaudito, poco corriente. Y eso fue lo que me pasó al leer esta obra genial del avezado escritor barcelones Francisco González Ledesma.


    Para el año 2007, fecha de publicación de la obra, González Ledesma había escrito unas cuantas novelas protagonizadas por el Inspector Méndez. Nacido en el año 1927 -tras una extensísima obra que incluye infinidad de novelas del oeste, románticas, y la utilización de unos cuantos seudónimos-, el escritor recibió su bautismo de fuego en el género que nos ocupa con su novela, Expediente Barcelona (1983), para a renglón seguido, en 1984, alcanzar el reconocimiento internacional al alzarse con el Premio Planeta por su obra, Crónica sentimental en rojo.

  

     
        Francisco González Ledesma, no cabe duda alguna, no es solamente una de las figuras indiscutibles de novela negra española -si bien siempre ha tenido más predicamente en Francia, donde sus obras se han publicado en ocasiones antes de ver la luz en España-, también es considerado uno de los pioneros del género junto a su paisano Manuel Vázquez Montalbán. Y es que en este género donde se manejan  clichés estandarizados para fabricar una buena obra, González Ledesma se desmarca de la autopista segura a fin de circular con cierto riesgo por carreteras poco convencionales. González Ledesma abandona los tópicos de la carpintería más propicia para llevar a buen puerto una novela policíaca, y a cambio nos seduce con su repertorio de trucos inesperados, giros argumentales y un policía poco convencional, a punto de jubilarse; con propensión a tomrse la justicia por su mano a partir de intervenciones poco ortodoxas.


  Francisco González Ledesma es el gran escritor de novela negra con mensaje social, pero también es un escéptico como su personaje fetiche: el Inspector Méndez. Y solo desde ese escepticimso es capaz de entender una Barcelona muy alejada de la postal, de la que guardan en el imaginario colectivo aquellos turistas dispuestos a empaparse de sus monumentos más recurrentes. Gracias a ese esfuerzo por dejar a un lado la Barcelona más amable, este escritor genial se viste de una especie de Joaquín Sabina, para diseccionar con el alma canallesca la cruda estampa de la cara oculta de la urbe. Se ha empapado tanto de su ciudad natal, que, al menos en esta obra de barrio, ha decidido respirar de los ambientes más impredecibles, para así escribir una suerte de balada triste en la partitura siempre expuesta de la investigación criminal.


   Unos cuantos años atrás se produce un atraco a una sucursal bancaria con el desenlace de un niño muerto. Muchos años después, uno de los dos atracadores aparece asesinado. El otro, un estafador de altos vuelos, temiendo ser la próxima víctima de Miralles (padre del niño y a quien considera el asesino), trata de eliminarlo antes de que sea tarde. En medio de la presunta venganza hace su aparición Méndez. Tras intentos varios de uno contra otro para eliminarse, el desenlace de la novela es, como debe ser, un tanto inesperada, aunque todos nos imaginamos quién será la víctima. No obstante, en sus casi 300 páginas hay espacios reservados para las subtramas, vidas novelescas (personajes como Ruth, Mabel, el propio Miralles o Eva, son dignos de tenerse en cuenta), mucha mala leche, ternura, profesionales del oficio más antiguo del mundo y un padre huérfano de hijo, con una capacidad imaginativa suficiente para recrear su vida, arrebatada en un antiguo atraco a una sucursal bancaria.


   Una novela de barrio ganó el Premio RBA de Novela Policiaca, y es, bajo mi punto de vista, un libro digno de ser leído por los amantes de la literatura, pero muy especialmente por los seguidores de la novela negra. Una auténtica gozada.


  

lunes, 5 de abril de 2021

Pervivir en la memoria

       Del autobús de línea se había apeado portando su maleta de madera raída, el semblante grave y una miaja de torpeza en las piernas por el reuma y la humedad de Gijón; justo en el preciso instante de escucharse seis martillazos sobre la campana más grande de la torre de San Francisco,  señal inequívoca de esa hora de la tarde. En la Plaza, todos observaban el andar pausado del anciano desde las terrazas de los bares, sin atender al resuello del autocar procedente de León, redoblado en tardes de calor como aquella. Parecía transparentársele la sentencia de muerte, pues, uno de los transeúntes que pasaba a su lado, le preguntó por si no se encontraba bien; pero el viajero evitó la enojosa explicación del Alzheimer diagnosticado hacía poco, aduciendo la monotonía de los kilómetros.


 

  Me daré un baño y trataré de olvidar como sea, mientras me tumbo un rato en la cama -pensaba ajeno a tantos ojos ávidos-. En el señorial Hotel Magnánimo había reservado habitación para la Semana Santa: "Y que sea exterior", demandó,  "con vista a la escalinata y pedregal del Campairo", así podría avizorar las jóvenes acacias del fondo. Hacía una barbaridad de su último hospedaje en un hotel; mas ahora, con la Invalided Permanente y Absoluta, podía permitirse un dispendio, y hacer realidad uno de los sueños inalcanzables de su niñez. De aquella hasta habría dado su álbum de cromos y los programas de mano del cine -sus bienes más preciados-, a cambio de alojarse al lado de las señoras y caballeros bien, que desde el corredor de casa veía desaparecer en el vestíbulo: ataviados con traje a medida ellos, y, según temporada, abrigos de chinchilla, o vestidos coronados de chal, las esposas.

   
   Las estancias eran como él las había imaginado siempre, con sus galerías sobrias y pulcras rodeando el patio, los pasillos bruñidos de alabastro; además de habitaciones limpias y amplias, de techos altos, con sus pertinentes radiadores; amén del cuarto de baño alicatado y grifería dorada y refulgente. 


    
    Ya en la suya, al quedarse sólo y aliviado de carga de la pesada maleta, abrió el balcón y, acodando los brazos en la baranda, se demoró, oteando la zona baja del barrio de su niñez y la casa de adobe. La vivienda mantenía el alivio del corredorcito decrépito, donde había destrozado pantalones por las rodilleras y mancado sus dedillos tratando de matar hormigas o abejas, antes de guarecerse en sus nidos, entre las astilladas traviesas de la madera. Ahora, perfilados al fondo los árboles de más abajo con sus primerizas hojas, le devolvían el recuerdo de medio siglo atrás: aquel afán de empujar el balón a la portería contraria enmarcada por dos de ellos, y el esfuerzo de alcanzar la copa de alguno, cuando el culpable de la mala puntería embarcaba la pelota, o bien intentaba escudriñar algún nido de gorrión.



  Inicio de mi novela Pervivir en la memoria (2010), un recorrido pausado por las calles y rincones de Villafranca del Bierzo durante una Semana Santa muy lejana en el tiempo. 












 

  



   

            






 

jueves, 18 de marzo de 2021

Valencia C.F., 100 años, 2 meses y 7 días después

    

  En junio de 2020, con retraso por culpa del Covid-19, publiqué mi primer libro de no ficción que, como puede intuirse, explica la historia del Valencia C.F., única y exclusivamente a través de infinidad de estadísticas y/o datos numéricos. La obra, lista para ver la luz en los primeros meses del pasado año, aborda el periodo comprendido entre el 18/03/1919, día de su fundación y el 25/05/2019, último partido oficial de la temporada 2018/19, o sea, el de la final de Copa contra el BarÇa, de ahí el subtítulo del periodo transcurrido entre una y otra fecha. Hoy, víspera de San José, el Valencia cumple 102 años, así que, felicidades.


                         Amunt València!


viernes, 12 de marzo de 2021

LOU OTTENS, INVENTOR DE EMOCIONES

     The dark side of the moon de Pink Floyd, Made in Japan de Deep Purple, los grandes éxitos (primera recopilación de Santana), Darkness on the edge of town de Bruce Springsteen, Rumours de Fleetwood Mac, News of the world de Queen, Abbey Road de The Beatles, Selling england by the pound de Genesis, En directe de Iceberg, Sin after sin de Judas Priest, Led Zeppelin III, Plenitud de Módulos, Tubular bells de Mike Olfield, Exile on Main St. de Rolling Stones, etc., son tantos los álbumes a los que he tenido acceso gracias a este señor, que para completar la lista necesitaría toda la tarde de hoy y algunas más. Gracias al holandés Lou Ottens, yo, humilde aspirante al disfrute de la música, pude hacerlo a mi antojo sin necesidad de recurrir a la radio musical -casi inexistente en el comienzo de los años 70, más allá de los 40 principales-, gracias a un dispositivo que llevaba por nombre cassette, un soporte musical más fácil de almacenar y menos costoso (creo) que los discos grandes de 33 RPM, también conocidos como LPs, o al menos sí lo era el reproductor de cassette con respecto al tocadiscos.


      Aunque en los años 50 ya existían las cintas magnetofónicas, estas tenían el enorme inconveniente de su tamaño grandioso, como los aparatos donde se reproducían, con el inconveniente añadido de la facilidad para romperse o soltarse a la mínima. Por entonces, 1962, Lou Ottens, Ingeniero Jefe de la Philips, ideó un artilugio que terminaría popularizándose en todo el mundo a partir de 1965. Aquella invención tan simple a primera vista, terminó por democratizar (como años antes lo había hecho la aparición del pantalón tejano), por facilitar su acceso a cualquier persona ávida de escuchar música. Y es que otra de las ventajas del casette con respecto al LP, era la posibilidad de grabar lo que uno quisiera, sin necesidad de desembolsar una cantidad mayor por la compra del trabajo original de algún solista o grupo conocido.

        
     Aparatos como este de la foto, permitían la audición de cualquier tipo de cinta magnética de hierro o cromo, si bien el sonido era mono. Aunque a mí, lego en matería (años más tarde descubriría el Estéreo), poco podía importarme esa carencia, pues siendo tan joven ignoraba por completo la prestación más brillante de este. Recuerdo con nostalgia las mil y una grabaciones de álbumes en aquellas maravillosas cintas (Basf, TDK, Fuji, Agfa, la propia Philips, Sony, Scotch, etc.) normalmente de 90 minutos de duración, en las casas de amigos, y también la infinidad de veces que he tenido que abrir las tapas protectoras de las cintas porque, o bien se habían roto, o bien enganchado en el reproductor, y requerían de una reparación puntual. Como tampoco me olvido de las muchas ocasiones en que, al no circular bien la cinta por no rebobinarse de manera uniforme debido a exceso de humedades, suciedad en el reproductor u otro imponderable, me veía en la obligación de darle unos golpecillos contra la pierna o la palma de la mano, y a renglón seguido, con la ayuda de un bolígrafo Bic, a rebobinarlo manualmente. Por lo común, la cinta volvía a reproducirse sin mayor inconveniente.

    
       Este hombre que fallecía el pasado día 6 sin hacer ningún ruido, sin que los medios de comunicación se hicieran eco del obituario, o lo hicieran a vuelapluma, nos ha dejado a millones de personas un legado impagable, cual es el de habernos hecho gozar de la música a partir de un pequeño artilugio capaz de encender la mecha de las emociones sin ser capaces casi nunca de valorar el alcance de lo que teníamos o tenemos entre manos. Vaya para él el mayor de los reconocimientos y una gratitud infinita. 

lunes, 22 de febrero de 2021

Toda precaución es poca

 

    (Toda precaución es poca, historia irreverente, como casi todas las del Oeste, incluida en mi libro de relatos Teórica del fuego, publicado en 2018.)


 

L

a puerta se abrió de golpe y los forajidos entraron envueltos por la densa niebla de la anochecida. Cuando intentó incorporarse tras el tumulto y el vocerío de uno solo de los hombres, Charlie tenía el cañón de un Colt 45 acariciando una de sus sienes.

-   Estás borracho como una cuba –dijo el que parecía llevar la voz cantante de los tres barbados.

-  Es el aniversario –repuso el hombre aún recostado sobre el camastro-. Hoy hace cinco años.

-  Lo sé de sobra – admitía el jefe con gesto inteligente-. ¡Vamos, quítale las balas al revólver y devuélveselo! ¡Levántate lentamente, Charlie!; y tú regístrale a conciencia, ¡no quiero sorpresas de última hora!

  Al incorporarse simuló caerse al suelo por enredarse con una de las telas del jergón. El que se disponía a rastrear entre sus prendas lo sujetó de inmediato por el brazo para evitar su desplome.

-  Estoy más borracho de lo que creía.

- Eso veo, Charlie. Un hombre tan célebre como tú no debería abusar del whisky. Cualquier desalmado podría aprovechar la ocasión para mandarte al otro barrio sin contemplaciones –advertía el jefe del trío-. Tal vez te convendría tomar un café bien cargado.

-  No quiero ningún café. ¿Dónde está Tom? –inquirió de súbito Charlie. ¿Qué habéis hecho con él?

- Tranquilo Charlie. Lo hemos despachado. Si lo hubiéramos dejado con vida, tú mismo le habrías rebanado el pescuezo.

-  ¿Hablas en serio? Él no se lo merecía. Entiendo que me queráis a mí, pero no a un pobre desgraciado como Tom.

- Era un maldito delator. Lo compramos a cambio de dos mil dólares si nos decía de tus andanzas para el día de hoy. Cortándole el pescuezo nos ahorramos el dinero y te evitamos la rabia de despacharlo con tus propias manos.

-  No puede ser.

-  ¡Créeme!

-  ¡Que lo digan tus secuaces!

-   Ellos son mudos y no van a decirte una sola palabra. Una vez se fueron de la lengua y no me quedó otra que dar la orden para arrancársela. Al principio me guardaban rencor, pero con el transcurso del tiempo me lo han terminado por agradecer. Si algún día beben más de la cuenta no habrá temor alguno. No obstante, si quieres quedarte tranquilo, preguntaremos y ellos moverán la cabeza de una manera u otra; por el momento no están sordos. 

  - ¿Nos cargamos al imbécil de Tom o no?

  Ellos asintieron con la cabeza, sin dejar de apuntar a Charlie el primero, y manoseando a conciencia por todo su cuerpo el segundo.  Cuando el más menudo de los forajidos concluyó con éxito el registro, Randolph, el jefe de la banda más numerosa de los fuera de la ley en el estado de Wisconsin, le ordenó que desenfundara su revólver y acompañara al otro en el mismo cometido.

-  ¿Sabes, Randolph?, te veo envejecido. ¿Acaso tienes problemas para mantener la disciplina en la banda? Nunca imaginé que podrías conservar el mando durante cinco años.

-   ¡Pareces no estar tan borracho como decías! Hablas con mucha intención, tratando de herirme. Pero puedo hacer que se cambien las tornas y recordarte cómo matamos a tu esposa y lo bien que se lo pasaron mis hombres antes de despacharla. Se quitaron las cartucheras, luego los cintos, los pantalones, ¿sigo?

-    ¡No! ¡No sigas!

-  ¿Sabes que tienes un gusto deplorable? Tú, el hombre más rápido del Oeste, que has sido propietario de un rancho y miles de cabezas de ganado, que has hecho dinero y fama acompañando al mismísimo Buffalo Bill en sus espectáculos, te conformas ahora con vivir en una especie de cobertizo a punto de caerse en pedazos. No me lo puedo creer.

-   Tú me lo quitaste por las bravas.

-  ¿El rancho? Te aprovechabas del agua de nuestra acequia.

-  ¿De vuestra acequia? Siempre ha sido de todos.

-  Yo la conquisté para mis hombres.

-  Es una lástima que no pueda defenderme. A los tres os hubiera descerrajado la crisma; y luego, de ser posible, iría en busca de tus otros secuaces para aniquilarlos.

-   Aniquilarlos. Seguramente olvidas que a lo largo de estos últimos cinco años has acabado con más de la mitad de mis hombres. Pero esta masacre se ha acabado; ahora te tengo en mis manos.

-  Quizás me equivoqué aquella vez que te tuve a tiro en el Banco Central de Dansmouth; pero me pareció que si lo hacía te daba muerte de una manera muy sencilla, con nulo sufrimiento, y tal vez habría dado con mis huesos en la cárcel por hacerlo a vista de todos.

-   Yo no voy a ser tan cruel contigo. A lo largo de estos años he intentado dar con el gran Charlie Turner solo cinco veces, las que sabía que ibas a descuidarte por culpa del alcohol, los cinco días del aniversario de la muerte de Sarah. Si tú me has perseguido durante un lustro entero, pretendiendo dar con la ocasión más propicia para despellejarme vivo, y yo solo lo he intentado en cinco ocasiones es porque tu odio supera mil veces al mío. Me limitaré a dispararte una vez al corazón y se acabó, pues Charlie Turner se merece una muerte decorosa; ¡ah!, y con el revólver a punto, dentro de la cartuchera, sujeta de modo groesco al pijama gracias a ese cinturón desgastado. Pero antes podemos hablar y damos tiempo a que escampen estas brumas asquerosas.

-   No seas sarcástico. Tú nunca lo fuiste, ni siquiera cuando Sarah te rechazó siendo un jovencito acobardado, incapaz siquiera de apuntar con acierto a una lata a dos metros de distancia. Pretendías aparentar tranquilidad diciendo a diestro y siniestro que solo había sido una broma entre parientes, para probarla. La acequia se convirtió en la excusa perfecta para tomarte la revancha de tu prima Sarah, aunque ya hubiesen pasado quince años. Si nunca tuviste ganado, ¿para qué querías apoderarte de la acequia?

-   No digas estupideces. A Sarah la había olvidado el mismo día que me rechazó. Es más, y tú lo sabes muy bien: yo no participé en la violación. La acequia, lo admito, fue un antojo para probar nuestra autoridad.

-   Eres un embustero. Los celos te corroían y no sabías cómo quitártela de la cabeza. Pero es igual. Lo que no acabo de comprender es cómo haces estas cosas tan disparatadas.

-   ¿Cuáles?

-    Quitar las balas del revólver y devolvérmelo vacío. No tiene ningún sentido.

-   Un hombre tan grande como tú, con más de cincuenta asesinatos a tu espalda, no se merece la ignominia de enfrentarse a la muerte sin nada que llevarse a la mano.

-  Recuerda que casi cuarenta han sido hombres tuyos. De todas formas, con un revólver se pueden hacer muchas cosas, aunque esté vacío.

-  ¿Nos lo vas a tirar a la cara a uno de nosotros? Solo conseguirías precipitar tu muerte.

-   Lo siento; si no voy pronto ahí –señalando el excusado- me lo haré aquí pantalones abajo. Es el maldito whisky que me da retortijones en las tripas. ¿Puedo entrar?

-   ¡Claro! Será uno de tus últimos deseos. No obstante, es una mera precaución, uno de mis hombres vigilará la puerta trasera por si se te ocurre la estupidez de salir huyendo. Pero antes –indicándoselo al hombre más grande-, tú: rastrea a conciencia cada espacio de ese cuchitril, no vaya a esconder algún arma.

-   Descuida, no hay nada escondido, y tampoco pienso escaparme, pues no estoy en condiciones de correr campo a través.

    Dejaron que el hombre entrara en la letrina, previo regstro del minúsculo espacio por parte del mudo, al tiempo que el otro silente salía de la estancia, sumergiéndose esta de nuevo en una renovada bruma. Iba a vigilar el exterior del cobertizo. Entre tanto, liberado de la escolta momentánea, el hombre, aparentemente borracho, se bajó los calzones, empezando a husmear entre las profundidades de su trasero, el único rincón donde el subalterno no había indagado. Una a una fue extrayendo y limpiando en la camiseta del pijama de felpa hasta seis balas que iba colocando en el tambor del arma, al tiempo del tarareo de una melodía para ahogar el ruido del manipulo. Cuando hubo terminado, baldeó agua del cubo, allí listo, en la lisura intacta de la loza, a fin de no levantar sospechas. Salía exagerando los movimientos torpes, aguardando el momento más propicio para acabar con aquellos barbudos. 

    Randolph dio la orden al de afuera para entrar de nuevo. La puerta se entreabrió lo justo para que entre la vaharada de vapor opaco apareciera un bulto negro, apenas perceptible. En ese preciso instante se oyó la detonación seca de un disparo, a la par que el bulto se difuminaba cayendo al suelo, y otro más un cuarto de segundo después, el breve lapso que el forajido había dejado de apuntarle para fijarse en la entrada de su compañero. Cuando el jefe quiso reaccionar y pretendía desenfundar su arma, Charlie le apuntaba con el revólver sin ningún titubeo. Aún tuvo tiempo de ver cómo el subalterno se desplomaba a los pies del gran Charlie.

-  Eres un maldito hijo de puta. ¿De dónde has sacado ese revólver?

-  Es el mismo que ya tenía.

-  Entonces, ¿de dónde sacaste las balas?

-  Del culo.

- ¡Vamos!, no seas embustero.

-   Es tan verdad como que tú vas a morir muy lentamente, a no ser que eso te importe de veras y decidas desenfundar ahora mismo para acabar cuanto antes, como un valiente.

-   Entonces ya nos esperabas.

-   Era cuestión de tiempo, así que decidí hacerme el fuerte.

-   No te entiendo.

- Después de cinco años había llegado el momento de superarlo. Decidí no emborracharme y aguardar, por si era hoy la noche indicada. Apenas bebí dos vasos de whisky, el suficiente para encontrarme mejor y soltar un olor apestoso que diluyera cualquier duda vuestra al respecto.

-   Entonces estabas al corriente de los pasos de Tom.

-   Sí, sabía de su traición desde hace unas semanas, cuando en su bolsillo duscubrí la nota delatora. En cuanto al antojo de dejarme el revólver en la cartuchera, tú mismo lo habías asegurado más de una vez: cuando llegue el día de matarte, dejaré que mueras como un valiente, con la oportunidad de desenfundar, auqnue el arma apenas te sirva para golpear la cabeza de alguno de nosotros. En fin; ha llegado el momento de comenzar el sacrificio. Vas a quitarte la camisa, por el momento.

   Randolph obedeció. Al disponerse a desabrochar el tercer botón, giró la mano derecha hacia la cartuchera en busca del revólver. Cuando ya lo tenía empuñado y a punto para desenfundar, escuchó una detonación. Tuvo todo el tiempo del mundo para ver una mancha de sangre sobre su barriga antes de caer fulminado al suelo.  Un instante más tarde, Charlie Turner abandonaba aquella estancia solitaria y alejada de la ciudad, definitivamente sumergida en la bruma que entraba veloz a través de la puerta abierta. 

   En la agonía perfectamente tramada por su verdugo, Randolph aún pudo escuchar el trote de un caballo alejándose. Más tarde que temprano el resto de la banda llegaría allí; sin embargo, con toda seguridad, sus hombres deberían esperar un año más para hacer realidad el sueño de acabar con el hombre más rápido del Oeste.


viernes, 29 de enero de 2021

Bandas invisibles

 

       Se da por descontado que cuando alguien se presenta ante la multitud para impresionarla, seducirla, para venderle su producto, no puede hacerlo de cualquier manera, ni tampoco tratar de cubrir el expediente sin sentido alguno. Chocaría que un director de sucursal bancaria, al solicitarle un crédito, recibiera a su potencial cliente tomándose una copa, o al responsable del rodaje de una película dando siempre por buena la primera toma de una escena, o al carnicero del barrio utilizando los mismos cuchillos mellados y con óxido desde muchos años antes. Tampoco funcionaría como un reloj la propiedad de una empresa si no contara con un grupo de profesionales capacitado para llevar a buen puerto su administración. Es así, ya introducidos en materia musical, inconcebible para un melómano escuchar temas como The price you pay (The River), o el mismo The promised land (Darkness on the edge of town), de Bruce Springsteen, sin escuchar al propio tiempo el sonido inconfundible de la E Street Band. Bruce podría haberse rodeado de otros músicos, lo ha hecho con frecuencia para completar sus trabajos, pero es seguro que obras maestras como Darkness on the edge of town o The river, no habrían sonado igual sin la presencia de estos músicos, un grupo que ha trabajado con artistas de la talla de Bob Dylan, Carlos Santana, Dire Straits, Aretha Franklin, David Bowie, Peter Gabriel o Emmylou Harris.

      

      Los primeros artistas, pioneros del rock'n roll que se hicieron acompañar por grupos mediados los años 50, fueron Bill Haley por "sus" His Comets y Buddy Holly por The Crickets. Seguiría su estela Cliff Richard al hacerse acompañar por The Shadows, si bien, al comienzo, Richard era uno más de sus miembros -anteriormente The Drifters-, hasta que, por aquello del tirón comercial, alguien sugirió la conveniencia de anteponer el nombre de alguno de sus miembros, y así fue como Cliff consiguió su complemento ideal durante algunos años con "las sombras". Otro de los genios, el reputado John Mayall, está ligado invariablemente a The Bluesbreakers. Por el grupo, una auténtica cantera de artistas, han desfilado estrellas como Eric Clapton, Peter Green, Mick Fleetwood, John McVie, Mick Taylor o el desaparecido Jack Bruce. Mr. James es un claro ejemplo de ese sonido tan característico de los británicos.


      
       
     Pero sería con el final de los 60 y años posteriores, cuando empieza a ser más frecuente la presencia de grupos acompañando a solistas de prestigio. Uno de ellos es The Band -anteriormente The Hawks- que comenzó a ser reconocido cuando Bob Dylan lo reclutó para acompañarle en su prácticamente primera gira eléctrica, marcando definitivamente las pautas del cantautor en su nuevo formato más rockero. Para su debut discográfico, Music from big pink, Dylan les regaló este clásico
I shall be released 
(Película del concierto de despedida de The Band). Y sin duda, otra de las estrellas que no podría concebirse sin sus inseparables The Heartbreakers, es el desaparecido Tom Petty. Un sonido invariable pero pulcro que le sentaba como un traje hecho a medida al de Florida. Buen ejemplo de ello es este Into the great wikde open. Otro de los casos más reveladores para un grupo influyendo decisoriamente en la tendencia musical del solista, es The J.B.'s, el grupo que acompañó al rey del funk, James Brown, fundamentalmente durante la década de los 70. 



    Pero si hay un artista y una banda que ejemplifican como ningún otro el grado de compenetración y calidad, este sin duda sería el formado por el genio canadiense Neil Young y los yanquis Crazy Horse. A lo largo de más de 40 años han colaborado en discos tan fundamentales como Tonight's the night, Live rust, Weld o Greendale, trabajos difícilmente predecibles si el acompañamiento no hubiera estado a cargo de los "caballos locos". Con toda seguridad el bueno de Young habría ultimado álbumes más que aceptables, pero es innegable que habrían sonado diferentes. Otra unión modélica en colaboración, esencial para la carrera  
de Bob Marley, máximo exponente del reggae, se produjo con The Wailers. Con ellos Marley alcanzó la cima de su fama que se vería truncada con su prematura desaparición a los 36 años. Para el recuerdo queda el legado de discos tan fantásticos como Natty dread, Rastaman vibration, Exodus, Kaya, Babylon by bus o Survival. Bob había creado el nuevo grupo en 1974 tras la renuncia de otro de los personajes más populares de la música jamaicana: Peter Tosh.


   
      Han existido otros muchos matrimonios musicales que han influido decisivamente en algún momento en la carrera de esos célebres solistas. Es el caso de Frank Zappa and The Mothers of Invention, que trabajaron codo con codo en torno a 6 años. O el del norirlandés Van Morrison, que de 1970 a 1974 unió su suerte a The Caledonia Soul Orchestra. O el del guitarrista de jazz-fusión John McLaughlin junto a su Mahavishou Orchestra en varias etapas. O el del inclasificable Elvis Costello con The Attractions. O la ocurrencia de David Bowie sacándose de la manga a The Spiders from Mars en su periodo más glam y Stephen Stills, que grabaría dos discos con Manassas. Sin olvidar formaciones de calado que sin acompañar regularmente a un solo artista, han reforzado a distintas estrellas a lo largo de los años, como es el caso de Funk Brothers, ligados a la Motown, o The Section. Todos ellos, que erróneamente pueden o pudieron ser calificados en algún momento como grupos de acompañamiento o bandas de segunda, forman parte de la historia musical de los últimos sesenta años. A todos ellos mi más sincera gratitud.





     
    

       


domingo, 10 de enero de 2021

Olga Merino: La forastera

 
      "Atravieso el baldío donde crecía el trigo del patrón y, a paso ligero, alcanzo enseguida la hilera de almendros que hace una eternidad marcaba la linde de nuestras tierras. Los almendros eran límite y defensa; más allá se extendían las propiedades de los Jaldones. Dejo atrás la dula de las cabras. A este trote no tardaré más de media hora en plantarme en el molino. El aire huele a romero y aceituna molida mientras avanzo entre las jaras peinadas por el viento dando un rodeo para no acercarme demasiado a la casa de Las Breñas, por la parte trasera, en la umbría, donde se afilan los últimos fríos del invierno. Conozco cada pliegue del terreno, los nombres de los espinos y adónde llevan los ramales, aunque para las gentes de la aldea nunca he dejado de ser una extraña que vino de paso y decidió quedarse. Ya no me importa. Aquí he echado el ancla."


      Este es uno de los párrafos que da pistas sobre, no tanto el argumento como la temática tratada en la novela La forastera. Al primer ojeo ya nos percatamos de que la acción se desarrolla en el medio rural, y que la vida de Ángela, la protagonista, va a evolucionar en un ambiente hostil, de cierto desarraigo, que dificulta sobremanera su bienestar personal, desembocando en una suerte de fatalidad, aliviada con su huida camino del mar. Aunque es nativa, se siente forastera al regresar al terruño después de haber vivido en Londre una vida tan opuesta a la de la aldea, casi despoblada y donde el parentesco entre cónyuges es frecuente; de ahí, tal vez, el exceso de suicidios entre la población madura. Pero también, y al margen del hilo argumental, en este párrafo introductorio se aprecia la facilidad en el manejo de una rica variedad de vocablos utilizados por parte de la Barcelonesa Olga Merino (1965) en esta, probablemente, una de las mejores novelas publicadas a lo largo de 2020. 


      Ángela es una mujer de unos cincuenta años que al romper con Nigel, un pintor con una fuerte personalidad y creatividad desbordante, decide abandonar Londres y asentarse en el pueblo de sus antepasados. En un ambiente cerrado, conviviendo con vecinos recelosos, y donde la desgracia se cierne de manera cíclica, la mujer encuentra consuelo en la tranquilidad y naturaleza que la rodean, además de preservar una cierta amistad con un emigrante llamado Ibrahima, que, al ser despedido de la finca de Las Breñas junto al ucraniano Vitali, acoge a ambos en su modesta vivienda. En un estado de aflicción y de cuchicheos por parte del vecindario tras el ahorcamiento de Don Julián, el propietario de Las Breñas, la trama comienza a tomar velocidad de crucero. En ese estado de alarma y postración del pueblo, Ángela se entera por casualidad de que Emeteria, su tía fallecida hacía tiempo, no era tal, sino su propia abuela, y que en realidad, ella había estado emparentada con Don Julián, pues Emeteria había quedado embarazada del padre de Don Julián, dando a luz a quien sería su padre, un bastardo que más tarde la engendraría a ella. Don Julian, estando al corriente de todo ello, deja que la mujer viva tranquilamente en su casa de Las Hachuelas, ajena esta a su verdadero parentesco. Pero todo da un vuelco con la irrupción de las mellizas, las hermanas de Don Julián, para tomar posesión de Las Breñas como únicas herederas del suicida. Las mujeres, urbanitas y que quieren liquidar la explotación agraria para montar un hotel, le empiezan a hacer la vida imposible cuando se niega en redondo a abandonar su morada. En ese estado de lucha soterrada, Ángela toma la drástica decisión de destrozar Las Breñas provocando un fuego que también ha de acabar con la vida de las herederas. Finalmente huye en busca del mar.

     

     

    Novela apasionante y que deja para el recuerdo personajes memorables, como los atormentados Don Julián y Dionisio, propietario y capataz, además de amantes;  el pordiosero y borrachín Rodales, que es quien le advierte de su descendencia y le pone en la pista para descubrir que también su padre había fallecido por voluntad propia y no por accidente, como le habían hecho creer. O Tomás, el propietario del bar por donde se deja caer la forastera los domingos, o Andrés, el cura que la ayuda en su búsqueda de la verdad y con el que había tenido anteriormente un único intercambio físico. También la Emeteria, un personaje como surgido de la fantasía calenturienta de Ángela; y por supuesto sus dos perros, protagonistas desgraciados de la maldad de las mellizas y que con su asesinato precipita la determinación de Ángela de seguir el camino de la destrucción. 


       Olga Merino es licenciada en Ciencias de la Información y actualmente forma parte de la plantilla de El Periódico, además de ser profesora en la Escola d'Escriptura de l'Ateneu de Barcelona.  Para mí un gran descubrimiento.

  

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El universo Obaba

     "Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía -un viejo mueble de roble-, era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba."


     De esta manera tan sugestiva da comienzo a la primera historia de Obabakoak, que lleva por título Esteban Werfell, el escritor Bernardo Atxaga, hoy en día el literato vasco de más prestigio y más leído -con permiso de Fernando Aramburu y su Patria-, además de traducido a múltiples idiomas. Concretamente este racimo de historias, o capítulos de la novela, y que fue publicado en 1988, ha sido traducido a la nada despreciable cantidad de 26 idiomas. Escrito originalmente en vasco, pronto concitó la atención de público y crítica hasta el punto de ser distinguido con el Premio Nacional de Narrativa un año después.


       ¿Qué es lo que hace tan luminosa la escritura de Bernardo Atxaga y más concretamente esta obra de Obaba? Tal vez sea su lenguaje aparentemente sencillo, no distrayéndose con palabras rebuscadas -tal vez la traducción al castellano hace lo suyo- ni tramando estructuras complejas; muy al contrario, tejiendo historias o cuentos comprensibles para cualquier lector, aun el más obtuso. Algo por otra parte -la sencillez-, razonable, teniendo en cuenta que por encima de cualquier otra consideración, Atxaga ha querido construir un nuevo universo de realidad paralela llamado Obaba, y para que la gente quede atrapada en ese territorio donde todo es factible, lo más indicado es desnudar cada palabra, frase o párrafo, dejar los adornos o artificios arrinconados para no despistar a sus lectores, permitiéndoles hacer el viaje de la fantasía sin riesgo a salirse de la vía perfectamente delimitada por el escritor para esta novela o colección de cuentos, algo que no termina de concretarse.


        En sus páginas ha dejado espacio para otras geografías, fundamentalmente para la alemana de Hamburgo, pero el grueso de esta sorprendente historia se localiza en el universo Obaba, por él creado para mayor disfrute de lectores fantasiosos ávidos de conocer demarcaciones donde se suceden episodios poco frecuentes, o que tal vez hemos olvidado/desterrado de nuestros cerebros, más ocupados y preocupado por la vida de hoy: vertiginosa y huidiza. Obabakoak no es tanto la pretensión de que sus lectores leamos con agrado sus páginas, que también, sino la firme determinación de que con él nos adentremos en esta colección incontable de muñecas rusas, o matrioskas; en esta especie de recreación o divertimento para competir con él en el azar y los imprevistos más insospechados del Juego de la Oca.


  

         El autor de El hombre solo (1993), o El hijo del acordeonista (2003), sirviéndose de una carpintería tan ingeniosa como sólida, nos deja más de una veintena de cuentos y/o narraciones cortas, encardinándose, o cabalgando unas sobre otras, hasta formar, como harían los ladrillos de una casa, la vivienda firme y perfecta donde adentrarnos y dar rienda suelta a nuestros mayores anhelos de juventud, algunos de ellos ya inimaginables. Este universo tuvo su traslación a imágenes en 2005 de la mano de Montxo Armendáriz, que adaptó al cine con el título de Obaba, una versión muy digna y que supuso para el cineasta 10 nominaciones al Premio Goya.


       Sin dudarlo, y ateniéndome a la recomendación requerida por mi amigo Santi, creo que este libro puede ser un magnífico regalo para el disfrute de estas Navidades tan desacostumbradas como extrañas.