martes, 27 de agosto de 2024

Cómete un brazo que te queda el otro

 

Durante los últimos meses estoy rescatando relatos inéditos que no merecieron el honor de aparecer en un libro. Este es uno de ellos, escrito a mediados de los ochenta, y que, a pesar de la temática, más que interesante a primera vista, no terminó de cuajar como esperaba. A pesar de vérsele las costuras, creo que merece una lectura póstuma.




Dos hombres, uno mayor que el otro, caminan a lo largo de una extensa calle. La mañana otoñal es mortecina y gris, con escasos viandantes y un tráfico rodado parsimonioso. <<Los domingos ya se sabe, terminan por engordarse con conductores anómalos>>, parece decirle el octogenario al hombre de la cincuentena recién estrenada.


  El anciano cubre la cabeza con un sombrero de fieltro, nada de particular si no fuera porque es de un rojo chillón que no armoniza con su abrigo azul marino, y porque el más joven, además de vestir un tanto informal con un chándal, abrigado a primera vista, es de un color amarillo canario. Este, para acrecentar la incongruencia, lleva bajo el brazo un periódico escrito en inglés. El viejo, por el contrario, sujeta con la zurda un par de libros con literatura del boom latinoamericano.


  Caminan sin prisa, en paralelo. Mientras el más joven vapea con excitación, el otro fuma estiloso en una pipa. De súbito, el hombre mayor se detiene frente a un edificio con aroma nostálgico.


  - Aquí es, Ricardo.


  - Pero, papá, ¿no me ibas a mostrar un edificio singular?


  - Y este lo es, créetelo.


  Ricardo hecha un vistazo, mostrándose decepcionado ante la visión de una fachada sucia y cuarteada, sin color definible, intuyendo una decadencia aún mayor en los interiores del inmueble.


  - Entonces era una casa lujosa y confortable -añade.


  - ¡Me estás hablando de la prehistoria!


  - Te estoy hablando de hace cincuenta y cinco años. Tú aún no habías nacido, y ni siquiera conocía a tu madre.


  - Eso ya lo sé. Pero yo quería que me relataras una noticia impactante de cuando trabajabas de periodista, no que te pusieras a hablarme de las bondades de una antigua casa como esta, con muy poco futuro.


  - No entiendes nada Ricardo. Hoy, exactamente hoy, hace cincuenta y cinco años que estuve por primera y última vez en la casa –apunta con el índice a la pared de color vainilla desleído.


  - ¿Y?


  - En ella escuché la historia más insólita que yo recuerde en mis casi sesenta años de profesión periodística.


  - Pues adelante con ella.


  Padre e hijo se sientan en un banco enfrentado a la vivienda en vías de perecer por inanición. Antes de comenzar con los anales de aquella historia, el anciano se quita el sombrero de alas agujereadas, y hace una especie de reverencia a la edificación de vestigios modernistas. De repente y con pesar, discurre un preámbulo:


  - A pesar de los años transcurridos, aún resuena en mis oídos la frase paradójica y macabra: <<cómete un brazo, que te queda el otro>>.


  - ¿A dónde quieres ir a parar?


  Su padre respira hondo antes de sondear el pasado.


  - Lo que voy a decirte sucedió durante un caluroso mes de julio, de aquellos que se daban en Madrid en los últimos años de la Dictadura, cuando aún apremiaba entre sus más fieles acólitos la exaltación del espíritu nacional, y con ello, suponían, bastaba para mantener a flote al Régimen, una vez faltara Franco.


 

>>Todo comenzó de un modo casual, mientras leía las noticias de El Caso sin algo más productivo que hacer en ese momento, salvo la lectura siempre provechosa de aconteceres inesperados, al menos para alguien del oficio como yo. Al llegar a una de las páginas, mis ojos se fueron a una noticia tan desconcertante como escueta que me dejó perplejo: <<Cirujano español sobrevive en mitad del desierto tras colisionar su avioneta, pilotada por él mismo, contra la inmensidad de las arenas.>>


 La lectura en el Semanario provocó que el resto de la tarde no hiciera nada útil, solo pensar, imaginarme al doctor en medio de dunas gigantescas, y a merced de un sol aniquilador y desquiciante.


  >>En aquellos días me encontraba disfrutando de unas supuestas vacaciones en un pueblo de la Sierra de Madrid. Como mi espíritu aventurero de entonces me obligaba a ser curioso e inquieto, y mi ideal del oficio era sondear en lo más absurdo, sin temor al fracaso, o al portazo por ser incisivo en exceso, me dispuse para viajar a la mañana siguiente hacia la capital del Reino (del Reino es un decir, porque de aquella…), intentando si preciso fuera, recabar más información al respecto del inaudito acontecimiento.


  >>Atrás dejaba la casita rodeada de pinos, abedules y aire puro con fragancias de montaña; el río sinuoso jugueteando entre las estribaciones del terreno que lo hacían, si cabe, más cristalino y animado; o los trinos variados de aves en busca del alimento diario…


  - No te me vayas a poner ahora bucólico, papá.


 >>…Por un tiempo, sin ser consciente de ello, aparcaba mi última investigación para el periódico en el cual trabajaba, un proyecto que iba a abordar la vida de un ser aislado en plena vegetación durante dos semanas, o sea, yo, a cambio de  explorar la capacidad que el ser humano puede llegar a alcanzar en situaciones prolongadas de aislamiento. Mis jefes no estaban de acuerdo en el propósito de dar carpetazo a unas vacaciones sugeridas por ellos mismos, a fin de escribir sobre las vivencias de un urbanita. No obstante, la avidez en que había mudado la perplejidad del día anterior, alimentaba la necesidad de saber, extraviándome el cerebro en fantasías disparatadas sobre el suceso ocurrido al galeno, si bien, ¡qué coño! En realidad empezaba a atosigarme, tanto el exceso de silencio como la ausencia de seres vivos; así que me salí con la mía.


  >>Llegué a Madrid apenas el sol comenzaba a acuchillar con brillos refulgentes sus calles y viandantes, ajenos ellos a mis aviesas intenciones. Trabajadores, mendigos, rateros, vividores, ejecutivos del tres al cuarto y demás gentes, componían a mis ojos una familiar caterva humana, desorientándome por momentos tras haber permanecido en el campo seis días rodeado de una mesura casi perfecta; una suerte de concierto en el que, ajeno al mundanal ruido, yo dirigía la orquesta, o eso me parecía. Mientras divagaba sobre estas y otras ocurrencias, el taxista me trasladó en un SEAT 1500 hasta la redacción del semanario que había publicado la escueta noticia, a cambio de doscientas cincuenta pesetas.


  >> Un asistente me hizo pasar a una sala de espera desde la que se divisaba la calle principal. A esa hora estaba siendo circundada por innumerables vehículos que comenzaban a escupir al cielo, puro hasta pocos años antes, toneladas de dióxido de carbono, producto de las dificultosas digestiones de sus motores; un tributo que los madrileños comenzábamos a pagar con la llegada del desarrollo industrial.


  - Es evidente que no puedes disimular tu vena creativa. Hay que adornar antes de ir al grano, ¿Eh?


  - Apenas llevaba un par de minutos cuando se abrió la puerta de la sala, y un hombre joven cruzó el umbral, dirigiéndose con paso decidido hacia donde yo permanecía de pie. Se trataba del Jefe de Redacción. Con él apenas intercambié media docena de frases predecibles. Solo supo decirme que la noticia obraba en su poder desde hacía pocos días, publicándola a continuación. Nada nuevo me dijo que no supiese, salvo la dirección del desafortunado doctor, o sea: Calle Fuencarral, nada más y nada menos. Pero no debía hacerme ilusiones en cuanto a profundizar en los hechos: alto secreto.


  >>Poco tiempo después me encontraba paseando por esta misma calle, tramando argucias para disfrazar un poco el morboso propósito que me obligaba a abandonar la tranquilidad de la Sierra. De tal manera, tras cavilar durante un buen espacio de tiempo sin atinar con algo convincente, decidí presentarme como un antiguo camarada de estudios del señorito, al cual pretendía hacerle una visita, además de interesarme por el estado de salud de su padre tras el accidente.


  >>Divisé la vivienda enseguida, este mismo edificio, entonces elegante y armonioso para gente con posibles. Me quité el mismo sombrero que llevo ahora, entonces casi nuevo, y toqué el timbre con ansiedad desbocada hasta cuatro veces. Al comprobar que nadie accedía a mi cita con lo desconocido, convencido de la soledad de la vivienda, de la inutilidad del viaje, volvía sobre mis pasos cuando oí tras de mí cómo se abría el portón. Me giré para ver a  una especie de ama de llaves de mediana edad. En una suerte de interrogatorio en tercer grado me preguntó sobre el asunto de mi visita. Con mucha maña y las argucias del oficio, fui sorteando con evasivas la retahíla de preguntas que me iba planteando. Sin pestañear, con el rostro impasible, me invitó a franquear la puerta de entrada y a acompañarla a lo largo de un pasillo que desembocaba en un salón espacioso. Luego se fue, no sin antes decirme que aguardase la presencia del señorito.


 

>>La espléndida estancia de techos altos permanecía en penumbra merced a las contraventanas. Estas apenas sí dejaban traslucir diminutas rendijas de claridad, si bien suficientes para percibir el lujo comedido, también el buen gusto con que había sido decorada la estancia. No le faltaba un solo detalle ornamental para engrandecerla. Aquí un reloj carillón años veinte, allá una otomana antiquísima, la cual no podría fechar con exactitud, y algunos objetos más de años remotos poblando las paredes.


  >>El tiempo parecía haberse detenido allí dentro, mientras el calor se había quedado fuera de la mansión. Con seguridad el sopor humillaba la carretera para golpear a los conductores sin piedad alguna, de manera que agradecí a quien correspondiese la agradable penumbra del salón.


  - ¿Por qué no vas al grano? Mira que te gusta retardar el desenlace.


  - Por espacio de algunos minutos aguardé expectante la presencia del hijo de la víctima. Al poco apareció un hombre joven y bastante alto. Nos presentamos, dando inicio a una conversación en extremo relajada; al menos, eso no era lo que yo esperaba. De él destacaría la franqueza y naturalidad para abordar la realidad, al decirle de mi pertenencia al oficio periodístico. Mi interlocutor fue narrando todos los misterios alrededor del dramático suceso. No obstante, antes me hizo jurar que jamás diría ni escribiría nada al respecto, salvo que las circunstancias fuesen otras bien distintas, como la desaparición de todos los miembros de la familia, al menos los más directos, a lo cual accedí de buena fe.


  >>Al fin, tras algunos rodeos por parte del hijo, supe el nombre del misterioso doctor. Se trataba nada menos que del cirujano Ciro González Mancada, una eminencia en la implantación de extremidades seccionadas accidentalmente.


  >>Con presteza me ofreció algo de beber antes de continuar relatando el triste asunto. Le propuse un whisky, él también decidió servirse otro. Mientras preparaba los vasos, me dijo ser arquitecto desde hacía tres años, estando ocupado esos días en un proyecto de vital importancia para el casco antiguo de Madrid, por lo que no podría demorarse en la charla.


  >>Retomó el hilo de las confidencias para decirme de buenas a primeras que no buscase a su padre en ningún hospital de la ciudad: simple y llanamente se encontraba en una policlínica de Arabia. Su padre -continuó con la explicación- había sido invitado a conferenciar en el país del petróleo sobre el tema de la cirugía, siendo como era un afamado doctor. Durante los días previos a la partida, este preparó a conciencia el discurso, sin dejar nada al albedrío de la improvisación. El día de su marcha revisó con la minuciosidad de un profesional todos los mecanismos de la avioneta –por lo visto no solo era un extraordinario hombre de ciencia, también un avezado piloto-, sin apreciar ninguna anomalía en la puesta a punto. Se despidió de su familia, partiendo del aeródromo de Cuatro Vientos con rumbo al lejano país. En el trayecto con destino a Riad, la avioneta comenzó a perder combustible incomprensiblemente, debiendo de hacer un aterrizaje forzoso en medio del desierto. No sufrió ningún daño personal, pero la radio del aparato quedó inservible por la invasión de arena dentro del artilugio volador, al empotrarse en una enorme duna que detuvo el avance de la avioneta.


  >>Confundido por el asombro seguí la conversación de mi interlocutor, el cual me ofrecía tabaco, aunque yo preferí servirme de mi pipa, un rudimento a modo de bálsamo para aminorar esa especie de aturdimiento. Mientras llenaba la cubeta con tabaco, tuve la sensación de que una brisa helada comenzaba a surcar mi espalda, si bien no había corriente alguna.


  >>Manuel, ese era su nombre, había regresado el día anterior tras visitar a su padre, permaneciendo en aquel país por espacio de una semana. Esto quería decir que la familia conocía el luctuoso suceso varios días antes de que se hicieran eco los periódicos. Por tanto, la agencia encargada de la difusión del escueto titular, a instancias de la Censura, atenuó la trascendencia del accidente, diluyéndose la asombrosa noticia conforme transcurrían los días.


  >>Mi padre -continuaba con la explicación- permaneció dos días y dos noches sin apenas moverse de su avioneta, como no fuera para mover algo las piernas y echar una ojeada al cielo en busca de algún avión, lógico teniendo en cuenta el intenso calor durante el día y el frío extremo de las noches. Al relente nocturno se cobijaba en los restos de la avioneta, de manera que unas mantas siempre disponibles abrigaban su cuerpo. Agua tenía la suficiente para aguantar durante tres semanas; así que el único inconveniente para sobrevivir en tales circunstancias era la falta de alimento, ya que solo contaba con un par de bocadillos y unas pocas latas de conservas.


  >>El doctor era optimista sobre la posibilidad de ser avistado por los ocupantes de otro avión; por tanto, en esas primeras horas no perdió el ánimo, limitándose a esperar. Mientras el tiempo transcurría remiso, inspeccionó el material médico que transportaba en su maletín, comprobando que no había sufrido daño alguno. Volvió a leer entonces con detenimiento el discurso preparado para la ocasión, y cuyo soporte era el instrumental médico necesario para una intervención quirúrgica un tanto elemental, quedando satisfecho por la precisión de las palabras técnicas escritas en una libreta. Si daban con él, llegaría a tiempo de disertar en cuanto a su especialidad.


     

>>Transcurridos cuatro días del accidente aéreo, y como la impaciencia comenzaba a anidar en su cabeza, persuadido de la inutilidad de la espera, decidió caminar entre la inmensidad de las arenas con la ayuda de una simple brújula y el sustento de una cantimplora llena de agua. El sofoco era descorazonador, si bien la decisión de aventurarse en busca de congéneres, debía de ser más fuerte, pues no se entiende que no llevase ni una sola manta para abrigarse durante las noches. Para la caminata cubría su cara con un pañuelo, dejando al descubierto los ojos que le guiaban en esa nueva e inesperada aventura. Pese a ello, la cruda realidad habría de imponerse a las ansias de libertad. Durante su primera noche a la intemperie se desató una tormenta de arena, diluyéndose toda tentativa de evasión: decididamente continuaría atado a la prisión que era su avioneta. Regresó con mucha dificultad al punto de partida, utilizando en todo momento la brújula. Cuando dio con la avioneta, había estado en un tris de pasar de largo sin percatarse de su presencia, debido a las arenas que cubrían buena parte de la estructura metálica.


  >>Los días se sucedían tras el forzado aterrizaje. No recordaba si nueve o diez. El náufrago del desierto comenzaba a sufrir las alucinaciones propias de una persona obligada a permanecer por mucho tiempo en lugar inhóspito, acentuándose el problema por la demanda de alimentos que le anunciaban sus tripas con melodía persistente y poco halagüeña. El cirujano comenzó a sufrir una especie de delirio continuado, acompañado de procesos febriles, a pesar de lo cual en ningún momento perdió la razón por completo. En las pupilas se le dibujaban conejos correteando a su albedrío, o atisbaba personas en el horizonte empuñando sendas cañas de pescar con los sedales tensados por el peso de algún pez grandioso. Se alegraba contemplando los inmensos robledales filtrando reverberaciones producidas en el cielo infinito. Fue en alguno de esos periodos, sin abandonarle por completo la lucidez, cuando decidió seccionarse su brazo izquierdo con el fin de calmar el hambre insoportable que hacía mella en todo su cuerpo. La intervención, precaria, la realizó con el material que llevaba en el maletín, sin ayuda alguna, salvo su pericia y valentía de ánimo; y el arrojo, o mejor decir, fuerza sobrenatural que todos sacamos a relucir en situaciones límite, cuando la supervivencia solo se puede compensar con una heroicidad, como es renunciar a una parte del propio cuerpo.


  >>Solo un día después era avistado por un avión militar, siendo conducido a un hospital de postín, posibilitando así el milagro de la recuperación total, pues a pesar de la formidable cauterización de la herida a la altura del codo, había perdido abundante sangre.


  - ¿Y luego, qué pasó?


  - El estupor se imponía a mi raciocinio tras escuchar lo ocurrido al cirujano por boca de su propio hijo. El frío bañaba todo mi cuerpo de arriba abajo, mientras mis manos transpiraban un sudor helado, o eso me pareció. Le pedí a mi interlocutor el favor de que abriera una ventana, aunque entrase el sol con sus treinta y tantos grados, aunque nos aplanase, pues ya no podía soportar más esa sensación de claustrofobia que se empezaba a adueñar de mí. Manuel aceptó de buen grado, desatrancando las tres ventanas de la estancia y sus respectivas contraventanas, antes de dar continuidad al relato.


  >>Después de algún tiempo, el padre terminó de recuperarse física y psicológicamente de la falta de uno de sus brazos. Merche, la esposa del doctor, y su hijo, viajaron de inmediato hasta Arabia, una vez informados por la Embajada en Riad del accidente y posterior rescate. Ambos estaban muy preocupados después de tantos días sin saber nada de él, como no fuera la desaparición de la avioneta.


  >>De la casa me fui una hora después, acompañado por la mujer adusta con cofia incorporada. Antes, Manuel me invitó a volver al chalé cuantas veces quisiera, aunque nunca volví, pues la desgracia se cebaría muy pronto con él y su madre.


  >>El resto de aquella mañana debí de permanecer con la cara desencajada, pues los viandantes madrileños me miraban extrañados, sin atender al rosario de coches y motocicletas que circulaban ya entonces por Madrid.


  - Un tío hambriento y medio ido secciona su brazo para comérselo si no quiere morir de hambre. Algún caso similar he escuchado; ¿eso es todo?


  - Espera un poco y escúchame.


  - Vale.


  - Desde entonces he viajado unas cuantas veces a Arabia, aunque en casa os dijera que lo hacía para ultimar una novela que al final nunca he concretado.


  - Eso ya lo sé, como también sé que hace un taco de años que dejaste de viajar allá.


  - Veinte. Al morir el cirujano. En principio me atraía la idea de frecuentar al cirujano, de intimar con él y saber en profundidad de lo ocurrido. Luego, fue la irrefrenable ansiedad de intimar con el país, yendo incluso a la zona donde se había estrellado, pues no entendía ese afán de Ciro por no regresar jamás a España; luego lo supe…


  -¡Joder, papa! ¿Pretendes narrarme los primeros párrafos de tu novela árabe?


  - …El doctor jamás regresó a España, permaneciendo en Arabia por el resto de sus días. Allí fue siempre un reputado personaje de la sociedad de aquel país, no en vano, al año de estancia, pasó a ser miembro de honor de la hermandad Abdul Lahren, una prestigiosa asociación donde aún hoy tienen cabida personalidades del mundo que hayan perdido alguna de sus extremidades. Esta organización benéfica está subvencionada por el propio Rey, del cual las víctimas reciben una suma considerable de dinero, suficiente para vivir con desahogo.


  >> Huelga decir que el doctor se acogió a la nacionalidad árabe, aprendiendo el idioma con rapidez y adaptándose con facilidad a las costumbres de su nueva patria, incluyendo la religiosa. Merche, la esposa, vivió entre aviones que desperezaban los aires mediterráneos, mientras Manuel apenas sí iba un par de veces al año a la Capital. Sin embargo, madre e hijo morirían apenas dos años después del accidente del cirujano, en el regazo sanguinolento de la M-30. Durante sus años de vida en Arabia, Ciro se dedicó a dar charlas y conferencias, al tiempo de ocupar el puesto de director en afamados hospitales, además de presidir el colegio estatal de médicos por espacio de ocho años. A su muerte, en 1994, era una eminente personalidad entre sus nuevos compatriotas, los cuales lo despidieron con espléndidas exequias, las propias de un sultán.


  - La historia no está mal, pero le falta algo más que tú sabes. Lo veo en tu sonrisa maliciosa.


  - Cierto.


  - Pues, adelante.


  >En mi última visita a su casa de Riad, en el Barrio de Addoho, Ciro me confesó el verdadero motivo de no regresar jamás a España. Estaba muy enfermo y era consciente de que no volveríamos a vernos. Hasta entonces no lo había dicho, pero sabiéndose a las puertas de lo irremediable, se sinceró.


  - ¿Quieres hacer el favor de ir al grano?


   

 - Una semana antes de viajar a Arabia, Ciro se encontraba de viaje en Córdoba para un simposio. En el recorrido por las calles lindantes a la Mezquita, una gitana se ofreció a leerle la buenaventura en la palma de la mano. Ciro dejó que la examinara. De inmediato el gesto risueño de la vidente mudó a uno grave. Él le preguntó descreído si ocurría algo. La gitana le dijo que sí. Él le preguntó a su vez por el inconveniente. Ella le preguntó por sorpresa si iba a viajar al extranjero en pocos días. Él le dijo que sí. Ella le aconsejó no hacerlo. ¿Por qué?, le preguntó desenfadado. Porque esta mano que ahora sujeto está en peligro, le dijo la vidente. ¿Estás de broma?, replicó el doctor. Lo veo en las líneas de tu palma, dijo la mujer.


  >> Ciro se alejó riéndose de las ocurrencias de la gitana, no sin antes obsequiarla con una buena propina. La mujer al ver el escaso eco de sus palabras, y la resolución de hacer el viaje de todas, todas, antes de que lo dejara de escuchar, a viva voz le dijo: “Cuando pierdas la mano y el brazo, jamás se te ocurra regresar a España; si así lo haces serás hombre muerto”.


  >Ciro no creía en esas cosas de adivinaciones, pero al confirmarse los malos augurios de la vidente, se volvió supersticioso en extremo, haciéndole caso, aunque ya fuera demasiado tarde para revertir su historia. Porque la historia, en realidad, había comenzado mucho antes.


  - Explícate –le atajó Ricardo al hacer una pausa su padre.


  - Ciro era un niño con apetito desbocado, así que, al mínimo indicio, soltaba la consabida frase: <<mamá, tengo hambre>>, a lo cual esta replicaba con la no menos celebrada: <<pues cómete un brazo, que te queda el otro.>>


  - La verdad es que la historia es macabra en extremo. De todos modos, lo que no termino de comprender es lo obsequioso que se mostraba el dictador árabe con las personas sin piernas o brazos.


  - Por lo visto, algún antecesor suyo sufrió la amputación de uno de sus brazos. Montaba un caballo al galope y al saltar este sobre un obstáculo, el monarca se cayó al suelo, siendo pisoteada una de sus extremidades por la pata de aquel. No hubo más remedio que operar. Desde entonces, él y sus sucesores se han mostrado generosos con quienes tienen la desgracia de compartir tal carencia.

 

Al día siguiente, Ricardo escribía un exhaustivo reportaje sobre lo ocurrido para el Daily Mirror, del cual es reportero. El único añadido a historia tan inaudita, fue el escaso interés mostrado por las autoridades españolas por repatriar al insigne cirujano, una vez acomodado en tierras orientales, corriendo un tupido velo en cuanto a su existencia, y convirtiéndose así en un anónimo hombre de ciencia que había renegado de su patria.  




domingo, 30 de junio de 2024

PERDÍ LA CABEZA

 

En septiembre de 2004 publicaba mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. Casi veinte años después intento rescatar, casi del olvido, alguno de ellos, como este, ambientado en un carnaval cualquiera. ¿Por qué no en la Plaza de Villafranca?  


 Lo escuché por primera vez a los ocho años, cuando mi madre me dijo conmiserativa: "Mientras no pierdas la cabeza..." Y es que, a su requerimiento, en lugar de acercarle escoba y recogedor, la obsequié con cubo y fregona. No le di mayor importancia al descuido y me reí despreocupado, como un bobalicón, lógico en alguien que acaba de estrenar uso de razón. Luego, acaso frisando los catorce, mientras se acentuaba preocupante mi despiste, escuché de boca de mi tía: "el alma cándida de tu primo Julio ha perdido la cabeza por esa pelandusca de Yolanda". A lo cual no presté mucho interés. No obstante, lo de perder la cabeza o no pasó muy pronto a formar parte de mi vida, como lo eran los libros de escuela, el juego del escondite o el de médicos y enfermeras. Con el transcurso de los años, al tiempo que mis distracciones alcanzaban cierto grado de notoriedad, oí infinidad de veces la frase primera, la cual, por la reiteración, fue borrando de mi cerebro su real significado. En una ocasión, ya adulto, acaso padre de familia, me distraje en la oficina, y en lugar de entregar a mi jefe el expediente incoado a la fábrica de calzado por la Consejería de Fomento, le extendí confiado uno de mis relatos más recientes. Él me increpó airado: "Un día vas a perder la cabeza, Augusto". Su afirmación me dejó inmóvil, intranquilo y con inmediato propósito de enmienda. No cabe la menor duda de que la palabra 'mientras' le daba a la frase un aire venial e indefinido, por tratarse de un vocablo con intención dilatoria. Mientras hay vida hay esperanza, Mientras no llueva todo va bien. Mientras el cuerpo aguante, son locuciones que sugieren espera, tregua. Pero el encabezamiento de una oración con 'un día' es algo demasiado rotundo y serio como para no tenerlo en cuenta. Un día le parto la cara. Un día te despedimos. Un día me mato, no atestiguan una fecha concreta, mas la amenaza se hace latente, como un martillo presto a golpear la cabeza de un clavo. Aquella intención de corregirme pasó muy pronto a engrosar el baúl de los recuerdos, desbordado ya de múltiples distracciones y olvidos imperdonables, pues a las dos semanas alguien me dijo: "El bueno de tu jefe ha perdido la cabeza, si no, no se entiende que se haya llevado dos míseros millones. ¡Mira que jugarse el puesto por estafar a la propia empresa!" Por lo que, cumplido mi medio siglo de vida ya no di trascendencia alguna a una frase tan trasnochada como aquella. Así que seguí escuchando con prevención de descreído cosas como: "El marido de la vecina pierde la cabeza por el fútbol" o "Almudena perderá la cabeza por el dulce" o "Un día Rosendo perdió la cabeza y se fue con Sofía". También Isacio había perdido la cabeza por Ernesto y no por una mujer, Elío la había perdido mucho antes en el manicomio y mi cuñada un día decidió perder la cabeza por un titiritero y mandó a freír puñetas al marido, y no por ello el mundo dejó de dar vueltas. 



Un día, tras muchos años de no hacerlo, propuse a mis amigos el disfraz de gángster y diversión para el carnaval. Éstos aplaudieron encantados la propuesta y nos fuimos a la calle: ellos ataviados cual secuaz matón de Luciano o Capone, cada uno con su metralleta y munición de mentirillas, motorizados en un desmesurado Pontiac negro de época, sin dejar de mostrar pintiparados y obsequiosos sus bigotes de betún y los cabellos engominados; y yo convertido en un dragón con cabeza inmensa, abigarrada de azul, rojo, verde y amarillo, que, cual animal capturado, daba a la escena mafiosa un contrapunto pintoresco y de humor. Todo parecía ir bien con la infinidad de máscaras originales y el bullicio de la gente jaleando a los transgresores. A nosotros nos aplaudían a rabiar, dando muestras de ser los portadores quién sabe si del triunfo final. No obstante, éramos conscientes de estar entre los grupos favoritos. Mas, al dar la segunda vuelta, al bordear el escenario por donde deberíamos desfilar unos minutos más tarde, me sentí débil, como si fuera a desfallecer y la cabeza me fuera asaltada por innumerables hormigas. Ya no percibía las aclamaciones sino una caterva juramentada increpándonos, al tiempo que  en las sienes me florecían palpitaciones arrítmicas. La sensación de malestar me duró muy poco, pues enseguida comencé a sentir una especie de vacío, de ingravidez indomable, a la par que la muchedumbre se desplazaba retardando ademanes y movimientos, a lo cual no eran ajenos mis compañeros, que disparaban al aire las balas de fogueo sin terminar de estallar y el vehículo conducido con extremosa morosidad por un chófer parsimonioso y acaso cauto con los pies de los viandantes. Entonces, la tentación me llevó las manos y palpé la bruñida capa de aquel cabezón sobre mis hombros, para luego transitar por el resto de cabecitas gravitatorias hasta completar el mágico número de siete. Con cierto sosiego tras el visto bueno al largirucho dragón, introduje mis dedos por entre el interminable faldón a fin de rascarme la coronilla casposa y tocarme la frente, no me estuviera atacando la fiebre; y estupefacción, pues lo último capaz de palpar era el pescuezo coronado por la cadena de oro regalo de mi esposa. Volví a tentar por si acaso un descuido, pero el espacio donde debería reposar mi cabeza permanecía sin cubrir. Desde luego, y a pesar de mi cierta afición a los alcaloides y al alcohol, aquello no era fruto de una raya de cocaína o del ocasional azogue del vino tabernero; estaba sobrio para percatarme de la anormalidad. Conque, saqué raudas las manos en pos de las otras cabezas postizas por si mi cerebro había optado por mudarse a alguna de ellas, y exploré con minuciosidad el resto del artificio hasta la cola, con resultado negativo. Entonces dirigí la mirada a mis raptores y los vi caricaturescos a través de mis ojos de dragón, riéndose y repartiendo aspavientos sin dejar de blandir las armas de colorines, incesantes en sus salvas carnavalescas. No perdí más tiempo en la grotesca escena y rastreé ávido los asientos del vehículo, y hasta me atreví a abrir la guantera, pero ni rastro ni añagaza surgían para justificar la extraña pérdida. Poco a poco dejé de pensar; no obstante, apenas debía de quedarme un gramo de masa gris; por tanto, tras perder la cabeza literalmente, me dejé llevar por los acontecimientos sin oposición alguna. De esa manera fui perdiendo la función de mis sentidos hasta el grado de no tocar nada al contacto de mis manos. Dejé de percibir el olor de la plebe con sus perfumes y pestes, además de saberme transparente el bollo de chocolate cuando probé la fiabilidad de mi dentadura desaparecida. Y lo mismo sucedía con mi vista, ya que, no estando ciego del todo, la percepción se ceñía a una incesante cortina de relieves y cromados de siluetas en constante movimiento. Por si acaso, también mi oído se confabuló para traerme sonidos gravísimos e inconexos y una miaja de vértigo amaestrado, no en vano advertía todo mi cuerpo flotando, con la caída libre al acecho. Así debieron de pasar los minutos hasta que poco a poco retornaron los sentidos y con ellos el pensamiento. Inexplicablemente me encontraba con mi raciocinio y los colegas escoltándome, subidos a la tarima del escenario, para recibir el primer premio al disfraz más original y vistoso de los concursantes. Todavía pasmado por lo ocurrido, escuché del presentador unas sonoras gracias dirigidas a mí por haber perdido la cabeza de esa manera y permitir con ello que, a pesar de la aparatosidad del atuendo, bailara con tanta destreza como elegancia sin haberme permitido ni un solo momento de desaliento. Mis amigos mafiosos me corroboraban con abrazos y júbilo el argumento de aquél, con tanto ahínco como yo me los apartaba, ansioso por palpar debajo del cabezudo y comprobar la existencia de mi mollera rediviva, amén de protegérmela de tanto arrechucho, no fueran a arrancármela y entonces sí la perdería para siempre.







 




miércoles, 5 de junio de 2024

Al acecho

 

Iba bebido, borracho de anís como una cuba. Después de cincuenta años (desde los diez), era habitual verlo andar a trompicones. Una noche más, medía la longitud de la calle con eses exageradas, farfullando injurias contra las mujeres y una bendición a los cantineros, amén de expeler un aliento viciado con cada bocanada de humo de su inseparable Ideales.  



  Encogido y arrugado como un higo seco, así lo alumbraban indefectibles las farolas diseminadas por la ciudad, al volver a su chamizo, donde nadie le aguardaba desde hacía diez lustros, justo cuando la madre soltera le estrenó orfandad al marcharse con un joven y fornido albañil. Un chucho escuálido y temeroso era el único al que podía enjaretar cinco o seis juramentos,  y las tres palabras de despedida: Hazta mañá, siquitín.  


  De repente, sintió cabriolas desatándose por su ser. La mollera agoraba a algún fisgón al acecho de sus pasos. Ese cosquilleo en lo más profundo de sus entrañas no presagiaba una noche apacible. Acaso -pensó-, algún niñato se la quiera correr de risotadas a cuenta de un anciano beodo, escuchimizado e indefenso como yo. O tal vez se trate de algún cabeza rapada ávido de extirpar la escoria. Quizá sea Guto, dispuesto a reclamarme los cien duros de anteayer.  


  En un esfuerzo jocoso e infame, rejuntó las piernas, abrazó la farola y por primera vez en semanas viró atrás sus ojos anublados sin descubrir a nadie. 


- Eztoi  co una curda de campeonato. Me pazao do Caztilla con el Mono.  


  A la jerigonza no respondió nadie. Sólo desde un coche apresurado, alguien le invitaba a que se fuera a dormir la mona. El sexagenario no hizo caso a la ofensa del guasón. Desenterró un pañuelo del bolsillo, lo dobló con dificultad sobre la acera embaldosada y se sentó, no sin antes trastabillarse y estar en un tris de besar el firme. Del otro bolsillo sin fondo rescató un botellín medio lleno de anisado. Le dio un trago largo hasta dejarlo vacío. Fue en aquel momento, tras cinco décadas de desamparo e incomunicación, cuando reparó en la sombra que se le pegaba. La ilusión oscura lo había vigilado noche tras noche sin él haberse percatado hasta entonces. Aquella larga jornada se desahogó con su compañera fiel en una plática de metafísica y de otras holganzas de parecido tenor, que volvió a repetirse con cada anochecida, hasta que el viejo, aliviado por la impagable presencia de la compañera, pasó a mejor vida.



En septiembre de 2004, publicaba mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. Casi veinte años después, intento rescatar, casi del olvido, alguno de ellos, como este brevísimo que lleva por título, Al acecho.










lunes, 27 de mayo de 2024

50 años de la cumbre creativa de Genesis

 

Si hay un álbum que confirma la buena salud del denominado rock progresivo en los años 70, ese es sin duda, The lamb lies down on Broadway. Este primer corte de título homónimo, sirve a Genesis para orientarnos en el viaje apasionante de Rael, un puertorriqueño gamberrete que descubre un cordero tirado en alguna calle de Broadway. Desde ese punto de partida, Peter Gabriel (en su último trabajo como vocalista de la banda) nos muestra a través de textos consistentes y en parte surrealistas, la paradoja de una gran ciudad como es Nueva York, acompañado de la meticulosidad y soberbias interpretaciones del resto del grupo, nunca superadas en los posteriores trabajos. 



  En mayo de 1974, una vez concluida la gira de su anterior trabajo, Selling england by the pound (álbum casi al mismo nivel de calidad), los británicos se encerraban en un estudio ubicado en Gales para componer veintitrés temas que conformarían este inolvidable doble álbum conceptual. Para el recuerdo quedan cortes como, Back in N.Y.C., In the cage, The chamber of 32 doors, The carpet crawlers , Lilywhite Lilith, la arrolladora Anyway,  o la monumental The lamia, conformando, es mi opinión y la de muchos fans del grupo, la cumbre creativa de su dilatada carrera. 



Un año más tarde, tras dar por concluida la gira mundial para dar a conocer el álbum, Peter Gabriel abandonaba la nave para iniciar una nueva etapa en solitario. Desde entonces Genesis sería otro grupo diferente, acusándose ese giro al finalizar la década, al decantarse por un estilo de música comercial y alejado de lo que entendemos por rock progresivo, aunque manteniendo una cierta calidad. 



En noviembre próximo se cumplirá el medio siglo desde que viera la luz esta joya, una joya posible gracias al trabajo del increíble Peter Gabriel y los virtuosos Tony Banks (teclados), Steve Hackett (guitarras), Mike Rutherford (bajo) y Phil Collins (baterista), a la postre quien le sustituiría como vocalista. Ninguno de los cinco volvería a estar tan inspirado como en aquellos meses, cuando viajaron a Headley Grange para recrear las vivencias y pesadillas de un puertorriqueño llamado Rael en la ciudad de los rascacielos.  


  Consejo de amigo: The lamb lies down on Broadway, está hecho para escuchar con los auriculares, y si es posible en una habitación a oscuras. Desde luego no recomiendo su audición en las calles de una gran ciudad. Como mal menor, si podría servir una caminata por el monte.                                                                          




                                                                       

viernes, 10 de mayo de 2024

El hijo de Caín


Decía Jon Vendon en una entrevista tras la publicación de su primera novela, El visitante (2020), que: "es pronto para considerarme un escritor. Estoy en un proceso de aprendizaje, pero si tengo que definir mi estilo diría que es directo, fácil de leer y sin más "paja" de relleno de la necesaria". Pues eso mismo se podría aplicar a este, El hijo de Caín, su segunda novela, publicada en abril de 2022. Esta entrega es trepidante, sin la mínima concesión, pues Jon Vendon atrapa al lector desde la primera página, y no deja que se distraiga en sucesos menores porque no los hay. A cambio, vivirá una experiencia casi única, pues la novela no guarda concomitancias con otras obras del mismo género, y si existen, apenas son perceptibles. 


  La historia nos traslada a una base militar española en Líbano. Un hombre gravemente enfermo pide asistencia médica, pero al poco fallece. El suceso desencadena el contagio de varios militares, y por ello se activa un protocolo de seguridad ante el temor a más contagios, ya que la carga vírica del fallecido era considerable. Una vez notificados los sucesos al mando superior, y ante la sospecha de una confabulación para provocar una pandemia, las autoridades españolas del CNI envían a la base a dos de sus agentes más destacados para neutralizar a los responsables. Sin embargo, todo se complica cuando los profesionales del espionaje descubren que existe fuego amigo. Y no digo más porque voy a destripar el argumento. 



  Jon Vendon es el seudónimo tras el cual se "esconde" un biólogo con vocación de escritor. Nacido en Madrid y con residencia en Barcelona, ha publicado hasta la fecha tres novelas. La última lleva por título, Las flores de diciembre. Todas, sin distinción, han concitado la atención de miles de lectores, hasta convertir al autor en uno de los más leídos de Amazon, lo cual dice mucho de su claridad a la hora de enfocar la acción, facilitando la lectura sin necesidad de recurrir a los momentos valle, algo no tan sencillo de llevar a la práctica. 


 

  En el transcurso de varios días, algunos de los cuales corresponden a las fiestas navideñas, ambos agentes viajarán por diferentes ciudades del mundo en busca del enigma, de ese hijo de Caín que es el autor intelectual de la puesta en marcha de un macabro exterminio de miles de ciudadanos. Pero, ¿quién es ese malvado que ha urdido una guerra bacteriológica letal? Para descubrirlo habrá que avanzar en la lectura, acompañando a los dos héroes que desentrañarán el misterio, aun a riesgo de perder la vida.

                                                                      

  

martes, 23 de abril de 2024

CHISPAZO

 
Un hombre talludito, decían que majareta, guardaba en su corazón mucho amor aún por estrenar. Un día, de visita a una original exposición de arte congelado, halló una muñeca de hielo con piernas infinitas, emboscado su nacimiento en una minifalda de quitar el hipo. Tenía el busto prominente, escondido tras un suéter ajustadísimo, amén de poseer carita de ensueño. Sin duda, había encontrado a la mujer de su vida, y se la llevó a casa por un módico precio. Allí la amó y amó hasta la hartura, pues a pesar de su frialdad fue una amante complaciente. No obstante, tras horas de goce ignorado, se sintió morir a consecuencia de hipotermia, pero realizado y feliz. La muñeca, por su parte, jamás hubiera imaginado derretirse de modo tan sublime, al calor íntimo y humano de alguien tan entregado como su comprador, ¿o habría elegido, acaso, la infame seguridad de una cámara frigorífica?          

                                                                                                          



Chispazo es una de las historias que integran mi libro de relatos, Cuando el tiempo decide (2004).                              




       

jueves, 18 de abril de 2024

Fraterno atribulado

 

Regresó una mañana de sol impenitente, aunque nadie llegó a saber los pormenores. Fraterno había decidido hacerse un hombre, hecho y derecho, guerreando contra los sublevados, o eso decían

 En el pueblo todos estábamos al corriente de su filiación revolucionaria y de la defensa a ultranza que esgrimía cuando a algún imprudente se le ocurría cagarse en el poder establecido y en la madre que parió a Azaña. Pese a todo, muchos sabían que la osadía no era su fuerte y; no obstante, a los amigos les ocasionaba un enojoso zumbido en los oídos cuando porfiaba en enaltecer a los asesinos de frailes, incendiarios de iglesias o a los héroes de Casas Viejas, si bien solía decirlo con la boca pequeña.

  A Fraterno se le dejó de ver callejeando al mes de iniciada la Guerra. Su amigo Conrado había pasado la noche previa con él, mas declaró a las autoridades que nada le había dicho en cuanto a hacerse desaparecer, salvo recordarle que en toda la contorna acrecían los paseos para elementos sospechosos y disolventes como él.

  Con el transcurso de los meses, la figura del desaparecido se fue mitificando al socaire de la inexistencia de un paradero. Unos inventaron a un titán sin currículo, quizás matando sublevados en la Batalla del Ebro o en Brunete; los escépticos, por el contrario, reprochando la cobardía y tal vez un exilio voluntario en Francia.

  No obstante, los muchos feligreses que se agolpaban con cada misa del domingo en el templo, además de en los enigmáticos y farragosos latinajos del sacerdote, ponían especial atención en el mínimo detalle aéreo, comenzando a propagar el bulo de que por el cimborio de La Colegiata, entre el barandal, se vislumbraba la figura desgarbada, escuálida y familiar del antiguo cartero; e incluso, los más perspicaces o hábiles urdiendo desatinos, aseguraban haberlo visto, en ocasiones, asomado a alguno de los ventanucos de la linterna. Lo que es indudable, a pesar de algunas pesquisas sin resultado, es que con frecuencia, el párroco echaba en falta hostias, alguna que otra garrafa de vino dulce, atuendos de misacantano en tres ocasiones o las perras de algún cepillo.

  La vez que el páter propuso a la Guardia Civil la expedición hasta lo más alto, por si un quítame esas pajas, a pesar de que Fraterno había aseverado que ni harto de vino pisaría una iglesia, ocurrió que la pareja benemérita halló entre los recodos empedrados un empolvado ejemplar del Capital Social, además de una sotana arrugada y pringosa que recién había desaparecido de la sacristía; delito endilgado de inmediato al sacristán, cuando una de las ancianas de homilía diaria sorprendió hablando al subalterno y al Augusto, el ferretero, justo cuatro días antes del estallido de la contienda, tramando dijo ella, en contra de Franco y del tuerto ese de Millán Astray.

  Fraterno regresó concluida la guerra. Parecía tener los mismos veintiocho años, aunque sorprendía verlo con el rostro extremadamente descolorido, como si acabara de librarse de un largo encierro. Vestía camisa blanca y almidonada, nueva, como el pantalón de tergal; y el cabello rasurado, recién de peluquería. Así que cuando su amigo Conrado lo divisó deambulando a la verita de los raíles, cerca del apeadero, con una chocante boina de visera a cuadros, lo interrogó sobre su estrella, la indumentaria de domingo y los espléndidos zapatos de charol. Al viejo compañero se le aligeró el semblante con la mueca risueña y le contó de un viaje por el Cantábrico arriba, hacia Inglaterra, escapando de las tropas franquistas que lo tenían a tiro de piedra, y de su fortuna como chófer y para otros menesteres de la mismísima duquesa consorte de Bedford.

  En la Comarca casi nadie se creyó la historia con aroma británico, mucho menos cuando la Guardia Civil le preguntaba cómo se decía en inglés <<me cago en la puta República>> o <<encantado de conocerle>>. Pese a todo, cuando nadie daba un ochavo por su vida, hete aquí que al antiguo alborotador nadie se atrevió a tocarle un pelo; si bien, a cambio de salvaguardar su integridad física debía apechugar con la dureza de arar las tierras más baldías para el sustento diario, con la ignominia de dar los buenos días al sargento del puesto en cada amanecida.

 

  Aquello de presentarse en el cuartelillo se mantuvo casi el año, hasta que un buen día, una dama vestida de blanco elegante y con sombrilla a juego, apareció en el pueblo, preguntando en castellano por el señor Fraterno Valdeomar. La señorita deslumbró con su pálida belleza septentrional y el lujo de un Rolls tan blanco como el de sus neumáticos. Fuera por el antojo de una millonaria para alternar con un pobretón o tal vez por una antigua amistad, enseguida se les vio amarraditos y con ganas de intimidad; mas unos días bastaron para que la dama ahuecara el ala como lo había hecho Fraterno pocos años antes, durante una madrugada. 

El labrador de nuevo cuño adujo compromisos ineludibles en la corte británica, la imposibilidad de casarse con la joven por culpa de la disparidad social, aunque allí estuviera permitido el divorcio, y me cago en mi madre. Sin embargo, si manifestó que la elegante dama retornaría muy pronto, siempre y cuando pudiera prescindir del aburrido protocolo de la Corte.

  Como siempre ha ocurrido en asuntos de tanta enjundia, muchos no se creen la veracidad del cargo, y dicen haber visto a la aristócrata enredada entre bambalinas y titiriteros, representando el papel de duquesa consorte de Bedford. No obstante, pese a las sospechas generalizadas, otro público con mente más reflexiva, así se califica, comienza a hilar cabos,  hasta el extremo de conjeturar con el perdón del desgraciado merced a la mediación en Madrid de la influyente señora. 

  Fraterno no comenta al respecto del arte, pero por desdecir a un tribunal tan exigente como suele ser el del paisanaje más incrédulo, asevera que su amada tiene la pasión secreta del teatro.




Relato del libro Teórica del fuego




miércoles, 3 de abril de 2024

Personajes de allá (5)

 

A lo largo de su existencia J. fue uno de los guardianes, o mejor, depositarios de ese rinconcito en la Plaza, con aromas suculentos, huéspedes permanentes, idas y venidas a la tienda de ultramarinos de al lado, al bar del otro costado donde se ingeniaban nuevos bebedizos, o el estrecho espacio que servía de almacén a los bultos que venían en el coche de línea procedente de León. La casa donde vivía mi abuela -en la última planta- era toda ella una olla colosal desprendiendo el olor inconfundible de los callos, porque el patrón, sin desmerecer al resto de cocineros que también preparaban la casquería reina en la Villa, preparaba los mejores callos que uno haya degustado jamás.


  Pero J. no solo era un gurú de los callos y otros platos menos contundentes que preparaba en la fonda de su propiedad. A eso de la media tarde, antes de servir las cenas, ejercía como maestro de ceremonias en el juego de la brisca. Allí, en torno a la mesa separada de la cocina por un liviano tabique o mampara, no recuerdo bien, competían en ocasiones hasta cuatro parejas de contendientes que dirimían la honrilla o sabe Dios qué. Cuando su pareja cometía alguna imprudencia o se despistaba, J. se encendía como una dinamo al primer pedaleo y dejaba que su genio explosionara, digamos, de una manera controlada. Eso sí, él disfrutaba mucho más que con la victoria final, cuando tenía la fortuna de que su as de triunfo comía al tres del mismo palo, algo que el grupo denominaba piolla. Entonces gritaba como un feriante: ¡piolla!, ¡piolla!, mientras con el nudillo del dedo índice trataba de perforar el tapete, el hule y hasta la misma madera de la mesa. No es ningún secreto que mi madre era muchas veces participante activa en ese juego de las señas y las tres cartas.


  Como otros muchos villafranquinos, J. no faltaba nunca a la romería de agosto para festejar a la Virgen de Fombasallá. Me atrevería a decir que, al menos en sus últimos años de viudez, lo más separado que llegaba a estar de su casa era el día 15, cuando se aventuraba monte arriba para participar como uno más de la música, la comida, la alegría y la procesión, en compañía de otros vecinos y curiosos que no querían perderse la celebración. Y ¡cómo le gustaba acompañar en los tragos reparadores de la bota!, también en el manteo de algún novato que pisaba por vez primera la tierra prometida.


  Aunque si algo mantengo más fresco en mi cabeza de la  infancia, son aquellos coloquios interminables en las noches del estío, cobijados bajo esos soportales menos distinguidos que los de unos metros abajo. En esas veladas se podía hablar de lo divino y lo humano, del huésped X de la primera planta, o de la cosecha de cerezas y <<para cuando los tarros con el aguardiente>>. Claro que si J. se iba de la lengua maldiciendo al Dictador gobernante, los parroquianos le imploraban que callase la boca, no fuera a liar la madeja; pero si le insistían, él más se obstinaba haciéndose el valiente. Creo que de aquellas tertulias a la luz de la luna, entretejidas con las voces provenientes de las terrazas de los bares, es posible que parta en buena medida mi afán de contar historias.


  Un buen día J se fue, como se fueron otros miembros de aquel selecto grupo que lo acompañaba en el Rincón. La fonda cerró, los huéspedes desaparecieron, y ese rincón de la Plaza tan palpitante, tan querido para mí, se ha convertido hoy en un espacio muerto, en un lejanísimo recuerdo de otro tiempo, de cuando J. "gobernaba" aquel espacio mágico sin abandonar un solo momento su boina negra y eterna. 
































miércoles, 27 de marzo de 2024

Tres años sin Joan Aloy

 

El mar es un plato. Veo el barco amarrado al noray Es el mismo, la misma estampa de los últimos diez años: pulcro, azul rotundo, con el nombre de la naviera en letras inmensas. Es la imagen pacífica de cada tarde del paseo, la imagen solidificada que dando sensación de plenitud, ha ido borrando sin querer, aquella otra más costumbrista y humilde, cuando aún no existía el dique.

Hoy, casi sin pretenderlo, mi cerebro ha hecho abstracción, enredándose en el tiempo antiguo, y he visto sin esfuerzo la antigua casita, con la puerta sencilla y breve que ahora ocupan gruesos cabos de amarre.

Joan era viudo y sin hijos. Jubilado del campo. Su existir, el día a día, lo ocupaba en disfrutar de su casa y de la formidable panorámica que se colaba como una novia atrevida a través de la ventana de su alcoba.

Sin recursos para vivir con dignidad, alguien de la administración le propuso un trueque: mucho dinero a cambio de su casa vieja y achacosa; era inevitable la construcción de un dique.

Joan se lo pensó más de cuatro veces antes de decidirse, si bien la persuasión del interlocutor era como oro puro a la vista. Así que, a pesar del enorme cariño hacia esa casa levantada por su bisabuelo, terminó sucumbiendo; al fin y al cabo, pensaba, las penas con pan son menos penas

Tal día como hoy, hace tres años, a Joan lo rescataron de las aguas, muy cerca de donde había vivido durante sesenta y ocho. Su cuerpo sin vida estaba sujeto al casco del barco de pasajeros de cada día. Aquel acontecimiento fue muy comentado durante varias semanas, aflorando la verdad inimaginada.

En los dos últimos años Joan había caído en una depresión perpetua de la que jamás se recuperaría. A pesar de vivir en un piso nuevo, con todas las comodidades, añoraba cada vez con más intensidad, aquella casa escueta en la que había compartido amores y estrecheces con su compañera, además de disfrutar a cualquier hora del día de la estampa marina de la libertad, sin mayor esfuerzo que el de abrir el ventanal de la alcoba.







lunes, 25 de marzo de 2024

El mundo mágico de Celama

 

A estas alturas de la trayectoria literaria de Luis Mateo Díez, elegir su mejor obra resulta una tarea harto complicada. Sin embargo, si optamos por escoger su, o sus novelas, más representativas, la tarea se vuelve más sencilla, ya que El Reino de Celama representa como ninguna otra el universo realista y mágico al que siempre ha aspirado y deseado pertenecer el lacianego. Hay, que duda cabe, una realidad palpable parecida a la España vaciada, un territorio donde apenas asoman ya costumbres, apegos, decires; ni tampoco fluye su acusado carácter unido a la rudeza y las dificultades del día a día. Y no obstante, esa realidad palpable adquiere en la pluma de Mateo Díez la dimensión de lo imperecedero, su inconformismo ante lo irremediable a fin de salvar a ese territorio de la ruina, al menos de la más trágica, la de la desmemoria. 



  En una tesitura así, de cierto calado trascendental para preservar la satisfacción del deber cumplido, el de Villablino decide fundar un nuevo reino, a fin de que, si en apariencia está condenado a sucumbir por los cientos de años que lo contemplan -no deja de ser uno más de los enclaves pobretones-, no ha de desaparecer jamás de su memoria ni del recuerdo imborrable de los miles de lectores que lo han acompañado y acompañarán por Anterna, Santa Ula, Los Confines, Hontasul, Sormigo, Olencia, y demás localidades que conforman el Reino. 



 

 El Reino de Celama
 es una ambiciosa trilogía compuesta por las novelas, El espíritu del páramo, La ruina del Cielo y El oscurecer. Teniendo las tres una indudable calidad, es la segunda la más brillante, también la más extensa. La ruina del Cielo lleva el subtítulo de Obituario, pues no es otra cosa que un monumental obituario repleto de creatividad e imaginación. En cierto modo es una colección esplendorosa de relatos breves que conforman una estampa global de todos sus moradores: personas únicas e intransferibles, porque, cuanto les pasa, su vida originalísima, aferrada a una geografía de la fatalidad, no tienen su consonancia en otras comarcas, aun compartiendo el nexo común de lo adverso, de la desgracia en numerosas ocasiones. 




  La noche que Rodrigo Bordo (1840-1928) bailó con Delfina Cuéllar en el Casino de Santa Ula, una noche de San Juan después de la hoguera, cuando en el reloj del Casino ya habían sonado todas las horas y en los salones apenas subsistían los más impertinentes, tenía Rodrigo ochenta y ocho años, el cuerpo de recio percherón echado a perder por completo, la cabeza pelona que a lo largo de su existencia siempre ahorró peluqueros, y los ojos saltones más aguados que nunca por la nube opaca de las cataratas. 


  Así da comienzo el capítulo 6 de esta novela, ilustrándonos en cuanto al tono y al tipo de narrativa elegidos. Con esta novela, el de Villablino obtuvo el Premio de la Crítica en 1999 y el Nacional de Narrativa un año después, contribuyendo junto al resto de su extensa obra para ser elegido miembro de la Real Academia de la Lengua en el 2000,  y a conquistar el Premio Cervantes el año pasado.