viernes, 8 de marzo de 2024
martes, 27 de febrero de 2024
Y Dios tiró los dados
Cuando el joven abrió el picaporte evitando hacer ruido y asomó con cautela la cabeza, la muchacha no podía saber la trascendencia que tendría en su futuro esa visita.
En la salita, amueblada con sencillez, ella estaba sentada de espaldas a la puerta y frente a la ventana, en un sofá de escay marrón. Tenía la cabeza levemente agachada hacia la labor que descansaba sobre su regazo. Era un mantel de tela blanca de panamá en el que bordaba unos ramilletes verdes. Sobre la mesa, había una revista doblada en la que aparecía un gráfico detallado de los motivos elegidos pora el bordado. Una caja de lata con la marca Coca Cola en grandes letras rojas, a la derecha de la revista, contenía hilos de varios colores, agujas y tijeras.
Así comienza, Y Dios tiró los dados (2023). En el primer párrafo la autora nos advierte de algo importante: una inquietud, un riesgo; algo que le puede ocurrir a la muchacha, ajena a la presencia de un joven que la acecha. Sin embargo, el segundo párrafo, se limita a describir la estancia donde se encuentra, posponiendo por un momento el desarrollo y resolución del enigma. Se trata de un recurso muy apropiado para mantener en vilo al lector, algo característico de las novelas de suspense, y que Campelo aplica con la precisión de un cirujano. La acción transcurre en 1963, y si bien lo que va a ocurrir no es determinante para la resolución del conflicto, sí afecta a dos de los protagonistas secundarios de la trama.
A estas alturas de su trayectoria literaria, con tres novelas publicadas en apenas dos años, la villafranquina está consolidada como una gran escritora de misterio, de ahí que ya se la conozca con el sobrenombre de: la Agatha Christie del Bierzo.
Para esta novela que se desarrolla en plena pandemia, si bien los acontecimientos principales han sucedido cuarenta años antes, la autora ha elegido el Convento de los Padres Paúles de Villafranca, un lugar no desconocido para mí -estudié durante dos cursos en régimen externo-, que me ha hecho retroceder en el tiempo, intentando recuperar vivencias y sus rincones: la cocina, la biblioteca, el salón de estudios, el aula donde estudiaba, el comedor, la bodega, los campos de fútbol, la viña, la porqueriza, etc., sin ser capaz de retener con nitidez algunos de ellos por culpa de la memoria, juguetona y perezosa al haber transcurrido casi cincuenta años. Inconveniente que no me ha impedido disfrutar con el argumento, no resuelto hasta las páginas finales, otra de las reglas indiscutidas para una novela de este género.
El argumento aborda la investigación por parte de un antiguo alumno, Mauro, de un suceso desgraciado (se cree en el accidente, pero no es descartable un asesinato) ocurrido en 1981 a Pablo, su mejor amigo en el internado. A partir de una escritura agil, donde las confidencias a medias por medio de diálogos abundantes, dejan en el ánimo de los lectores más incógnitas que certezas, la autora pretende jugar al despiste consiguiéndolo a satisfacción, pues, al menos yo, no podía imaginarme al responsable de la desgracia. Antes del desenlace, Mauro -que es en buena parte el narrador de la historia-, ha convocado a un nutrido grupo de alumnos, trabajadores y religisoso de entonces, para que se hospeden en lo que había sido el Convento, ahora convertido en hospedería, a fin de desenredar el ovillo.
Bajo mi punto de vista, la mayor virtud de Campelo es su capacidad de suscitar inquietud entre los lectores, consiguiendo que permanezcamos enganchados como alfileres al libro hasta su resolución, y eso ya dice mucho del dominio que tiene en un terreno tan resbaladizo como es el de las novelas de suspense, aguardando con ansiedad a su próxima entrega.
viernes, 23 de febrero de 2024
CRÍA CUERVOS (22)
Cuando Carlos Saura estrena, Cría cuervos (1976), España acaba de dejar atrás una dictadura de casi cuarenta años. Pero entonces, el presidente de gobierno aún era Carlos Arias Navarro, y los españoles ignorábamos que ocurriría en los próximos meses. Cría cuervos retrata de manera indirecta los últimos años del franquismo, y una suerte de inquietud por cuanto pudiera ocurrir. Fuera una cosa u otra, el aragonés acababa de filmar su mejor película hasta entonces, si no la más brillante de su dilatada carrera.
La cinta estrenada en enero de aquel año, es una suerte de mirada retrospectiva sobre la infancia, cuando esta no transcurre en un ambiente feliz, si no todo lo contrario. Ana Torrent da lo mejor de sí misma para componer su mejor papel junto al interpretado en, El espíritu de la colmena, de tres años antes. Mientras Geraldine Chaplin (pareja sentimental por aquel momento del cineasta), se atreve con un doble papel: como María, la madre de la niña Ana, y Como Ana, ya adulta.
El largometraje de 112 minutos de duración, no deja de ser un flashback, donde pasado y presente son la cara y la cruz de una misma moneda, entremezclándose a cada momento. Para reforzar esta idea, Saura da espacio a momentos de desenfado, pocos, en beneficio de otros escabrosos, situándonos ante escenas la mayor de las veces intimistas, casi siempre a partir de las dos interpretaciones femeninas.
Ana es una niña reservada que vive en un mundo aparte: su mundo. Cree tener un poder especial para comunicarse con su madre, y a veces hasta fundirse con ella. La hecha mucho de menos, culpando al padre de su muerte. Decide acabar con él y ultima los preparativos del envenenamiento. Su padre es un militar inflexible que engaña a la esposa de continuo, y eso Ana no lo puede permitir.
A reseñar entre otras muchas virtudes de esta destacable película de Saura, la banda sonora, capaz de subrayar y dar el tono pesaroso que la caracteriza, a partir de la Danza nº6 de Federico Mompou y también de la popular en su momento, Porque te vas, original de José Luis Perales y cantada por Jeannette. Como también un guión preciso y contenido -el primero escrito en solitario por el cineasta-, que permite el avance fluido de la historia sin que en momento alguno se vuelva tediosa.
De entre los reconocimientos, abundantes y merecidos, sobresalen: Premio especial del Jurado del Festival de Cannes. Mejor película, director y actriz por parte de los cronistas de espectáculos de Nueva York. Premio de la Crítica Francesa. Mejor Director para el Círculo de Escritores Cinematográficos. Además de haber estado nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera y a los Globos de Oro.
Este, como algunos otros trabajos de Carlos Saura, merecen más de un visionado. Hoy, a casi medio siglo de su estreno en la gran pantalla, Cría cuervos ocupa un lugar de honor en la historia del cine español, pareciendo tan vigente ahora como entonces.
miércoles, 14 de febrero de 2024
Entre Dragonte y la Villa
Una fría mañana del mes de abril de 1934, José González, hijo, se despertó el último, como de costumbre, se calzó las galochas, se echó una manta por encima y salío afuera para hacer sus necesidades. Había nevado incesantemente durante toda la noche y una espesa manta blanca cubría el pueblo y todas las montañas de alrededor. De hecho, continuaban cayendo diminutas virutas heladas sobre la aldea.
De esta manera principia la novela, Entre Dragonte y la Villa, poniéndose al arranque los puntos sobre las íes para no dejar dudas en cuanto a la atmósfera que recorrerá esta extensa narración escrita por Belén González. Para su primera incursión en el género narrativo, la villafranquina le ha echado valentía y coraje, teniendo en cuenta la magnitud de la obra, algo más de mil páginas, y la truculencia de algunos de sus episodios, asunto que podría entorpecer la lectura de los más impacientes; sin embargo, Belén consigue que el interés no decaiga en ningún momento.
Una vez completada la lectura de ambos libros (la novela se reparte en dos volúmenes), uno tiene la sana sensación de encontrarse con alguien que domina el arte de las letras. Porque Belén escribe de maravilla, además de dejar muy pocos cabos sueltos, lo cual pone de manifiesto que no es muy partidaria de la improvisación -se percibe el influjo de su desempeño profesional como ingeniera-. Deduzco que la villafranquina ha planificado a conciencia esta magna obra, a fin de que en ningún momento diera muestras de cojera, algo con lo cual podría venirse abajo todo su entramado, obviando ciertas licencias que todos nos permitimos para dar fluidez a nuestros escritos. Y no solo ha ingeniado una sólida estructura para su ópera prima, también se ha documentado a fondo para que ningún acontecimiento de entonces chirrie, ni las costumbres o hábitos de sus protagonistas se quedasen fuera de contexto.
Uno de los muchos aciertos de EDyLV, es la caracterización de los protagonistas. Retratos como los que hace de Ramiro el maestro, Soledad, la novia de Ramiro; Recesvinto el cura, Casilda, la abuela de el niño José; el mismo José, de Evaristo, Encarnación, la madre de José y otros cuatro más; de Esteban, Luisa, Marcelino, Raúl, Etelvino, etc., muestran la capacidad de la escritora para dotarlos de personalidad propia sin necesidad de recurrir a artificios. Y por descontado, otra de sus virtudes es haber sido capaz de reconstruir con verosimilitud, la vida de aquellos años cruentos que vaticinaban la inevitabilidad de la guerra, siempre a partir de una equidistancia que es muy de agradecer. Para ello, Belén se sumerge en cada uno de los personajes para empatizar con ellos, y así entender mejor sus gozos y cuitas, sus acciones y olvidos.
Del final de esta novela (En torno al 18 de julio de 1936), se deduce que habrá una segunda parte -tal vez tan extensa como la presente-, pues sus personajes requieren dar continuidad a sus historias interrumpidas con el inicio de la Guerra Civil. Por ejemplo, no sabemos si la pareja formada por Ramiro y Soledad se quedará en Dragonte o se irá a vivir a Zamora. Ignoramos qué le pueda ocurrir al cura Recesvinto, no sospechamos lo que le pueda suceder al comercial Esteban y a su esposa en la convulsa Madrid, etc.
Mientras Belén González se devana los sesos (creo) intentando dar acomodo a los múltiples personajes que transitan entre Dragonte y la Villa, yo invito a leer con sosiego y atención esta primorosa novela que reivindica una vez más la variada, rica e inagotable cantera de escritores nacidos en Villafranca del Bierzo.
lunes, 29 de enero de 2024
¿Quién ha venido hoy?
- ¿Quién ha venido hoy?
Esa había sido la
pregunta irreprimible a lo largo de los últimos treinta años. Cada noche se
repetía la interpelación entre las paredes de aquella tabernucha, una suerte de
vagón destartalado de apenas treinta metros cuadrados.
_ ¿Quién ha
venido hoy? -repitió la mujerona al franquear Augusto el umbral de la puerta
carcomida- ¿Es que no nos lo vas a decir? -insistió Prisca al no recibir
respuesta del maquinista.
_ ¿Quién va a
venir? -contestó desabrido el hombre alto coronado con visera azul oscuro de
hule-. Nadie mujer. A este pueblo nunca viene nadie...
Naturalmente, sí
llegaba gente en el tren de cercanías que enlazaba cada día con el correo
gallego. Pero casi nunca se trataba de gente de fuera, como ocurriera cinco años
antes con la presencia de unos titiriteros húngaros que habían hecho las
delicias de toda la vecindad.
_ A no ser que
te refieras a Anuncita la del Petronio, o a Jesusa la del estanco, o a Gonzalo
y sus siete hijos, o a don Ricardo y su esposa Dorita...
Y el veterano
maquinista prosiguió con la letanía de los nombres y apelativos de los
habitantes del pueblo procedentes de Monforte que habían asistido a su feria
mensual.
Prisca, la oronda
mujer, esposa de Cecilio, el propietario del chiringo con ruedas, había perdido
la esperanza hacía mucho tiempo; sin embargo, en su fuero interno anidaba una
tenue ascua, la lucecita que algún día acaso haría posible el retorno de su
cuñado a casa.
Cuando Cesáreo
desapareció, los Porras sólo hacía un mes que ejercían el santo sacramento del
matrimonio, tras tres meses de noviazgo repentino. Cesáreo, el más joven de los
tres hermanos huérfanos, huyó a la aventura en busca de un mejor porvenir a la
industrial Vizcaya. Al menos eso fue lo que se rumoreó entre el vecindario. No obstante, después de tres décadas, en el pueblo no habían tenido noticias suyas.
_ Hoooy no
vieeene naaadieee, hoooy no vieeene naaadieee, hoooy no vieeene naaadieee -tarareaba Alfonsito, sentado frente a la única mesa del establecimiento mientras
intentaba resolver un solitario-, y mañaaana tampoooco vendraaa naaadieee, y
mañaaana tampoooco vendraaa naaadieee, y mañaaana tampoooco vendraaa
naaadieee...
_ ¿Quieres dejar
de tontear? -increpó Cecilio a su hermano, al tiempo que lo maldecía a través
de sus pupilas sanguinolentas. Entonces, sin dejar de apuntar con sus
mortíferos ojos al retrasado mental, agarró la botella de tinto y dos vasos de
la alacena y los rebosó con el líquido carmesí: eran para el maquinista y para
él.
Aquella estancia
siempre en penumbra, que antaño había servido para el transporte por raíles de
ganado, permanecía alumbrada, de día por la luz filtrada a través de las
traviesas, y de noche, por una pobre bombilla que apenas dejaba percibir la
presencia fantasmagórica de un ferrocarril representado en un gran cuadro,
pendiendo justo encima de la puerta corredera de acceso. Lo único a destacar de
aquel habitáculo, si ello merecía tal consideración, eran las antiquísimas mesa y sillas de nogal donde,
en ocasiones, reposaban sus cuerpos cuatro contrincantes mientras dirimían el
honor de vencer en la partida de cartas, al tiempo que algún otro parroquiano
maldecía la escasa pericia de los rivales a la hora de elegir la carta
equivocada.
Alrededor del
menguado negocio se habían sucedido treinta años del matrimonio sin hijos y del
pobre Alfonsito. Pero también en torno a la eterna pregunta que el huraño de
Augusto dejaba a veces remolonear en el aire, como si no hubiera sido comprendida por su estrecha mollera.
_ No le hables
así a tu hermano -le reprochó la esposa-. Lo único que consigues es volverlo
más atolondrado.
_ ¿Más de lo que
está? -inquirió Cecilio- Me saca de quicio. Y la culpa la tienes tú. Siempre
andas a vueltas con la dichosa pregunta. Olvídate de Cesáreo; nunca más ha de
volver. Ni que todavía estuvieras enamorada de él.
Prisca no lo
quería reconocer, pero en su corazón vivía un rescoldo del amor que, aún siendo
una adolescente, le profesara al futuro cuñado en forma de veneración, sin que
el joven se diera por aludido. En realidad, Cesáreo intuyó muy pronto ese amor;
pero no se atrevió a manifestárselo jamás; era acoquinado hasta la
desesperación.
De aquella
situación se aprovechó el avispado de Cecilio. En cuanto el mayor tuvo la
certeza de que su hermano jamás iba a dar el paso, le pidió a Prisca
relaciones, a lo cual la damisela no se opuso.
Los malpensados
creen que Cesáreo se fue de la casa del matrimonio por despecho, pero también
por la insufrible convivencia con la dama de sus sueños.
Transcurrieron
algunos años más sin que las regañinas del patrón hicieran menguar la
frecuencia de la pregunta en boca de la obstinada esposa. Por añadidura, el
desgraciado de Alfonsito, conforme se iba sumiendo en la idiotez absoluta,
afinaba en la certeza de sus precogniciones.
Un año antes
había pronosticado la visita al pueblo del Obispo de la Diócesis, a pesar de
que ningún prelado pisara sus calles desde hacía muchos lustros. Al margen de
aquel acontecimiento y del acierto al predecir la victoria de los socialistas
tras veinte años del gobierno de la derecha en el Ayuntamiento, lo más
llamativo se producía cuando una vez barajadas las cartas, el clarividente
anunciaba si iba a sacar adelante el solitario o no.
Una mañana como
otra cualquiera, Alfonsito se puso a cantar como un bobalicón a grito pelado:
Auguuusto se vaaa morirrr, Auguuusto se vaaa morirrr, Auguuusto se vaaa
morirrr.
_ No puede ser
–repuso Prisca al escuchar la jarana de su cuñado-; si tú mismo le has visto
tomando café hace un momento como si tal cosa. A ti te ha soplado el vahído,
hijo. Calla la boca y no digas más disparates.
Pero el cretino
siguió cantando: Auguuusto se vaaa morirrr, Auguuusto se vaaa morirrr,
Auguuusto se vaaa morirrr.
_ No digas eso -insistió Prisca un poco asustada-. Verás como te oiga tu hermano; es capaz de
darte un pescozón, y luego te pondrás a lloriquear.
Aquella mañana
invernal, Augusto hizo el trayecto para enlazar con el correo gallego, como cada
día. Fue tras la comida cuando el maquinista se sintió indispuesto. Al cabo de
dos horas, el hombre al cual Prisca le había preguntado trece mil quinientas
cinco veces "¿Quién ha venido hoy?", yacía cadáver en el asiento forrado de la
locomotora verde.
Esa misma noche,
a eso de las nueve, en lugar de Augusto, la entrada la franqueó un hombre con
el pelo rizado y canoso, la barba rala y el aspecto en general pulcro. Su
nombre era Cesáreo Porras, y desde ese día era el nuevo maquinista.
El nuevo
conductor del Cercanías había dedicado la mayor parte de su vida a ese cometido
en trenes del País Vasco, y ahora, tras la vacante, había aceptado el
ofrecimiento sin dudarlo, para vivir el resto de sus días en el pueblo junto a
los suyos.
Sin embargo, ni
su hermano Cecilio ni su cuñada Prisca creyeron que aquel hombre de aspecto
melancólico fuera el mismo muchacho imberbe que casi treinta años antes se
había marchado de casa. Y para confirmarlo con más seguridad, el retrasado
mental no había vaticinado el regreso de su hermano más joven.
Los años se
sucedieron como lo habían hecho hasta entonces. El taciturno Cesáreo se quedó
como inquilino en casa de su familia a cambio de una parte de su sueldo, sin
que, ninguno de los Porras le tuviera como a alguien más que a un impostor. Lo
único importante que sucedió desde la vuelta de aquel extraño, fue que Alfonsito dejó para
siempre de cantar más vaticinios, volviéndose tan callado como el inquilino.
A fin de
confirmar la veracidad de su identificación, Cesáreo mostró el carné de identidad, una copia del libro de familia, una fe de bautismo, la
cartilla militar y cuantos documentos acreditasen la filiación de sus
patronímicos; pero no le creían más que a un farsante. Así que, Prisca, con
renovada tozudez y la liviana esperanza de antaño, en cuanto su cuñado, coronada su cabeza por una visera idéntica a la de Augusto, traspasaba la puerta de entrada, enseguida
lo interrogaba con la consabida pregunta de "¿Quién ha venido hoy?", que a veces,
como antaño, quedaba sin respuesta.
CUANDO EL TIEMPO DECIDE (2004)
sábado, 20 de enero de 2024
Raindrops keep falling on my head (Historia de una canción 10)
A veces nos ocurre: en el cerebro hay una espita que deja libre una melodía, y uno no deja de tararearla. Si eso sucede, se debe a una desconexión transitoria de nuestras neuronas, o bien la melodía ha escalado hasta la inmortalidad. Esto es lo que le sucede a la canción Raindrops keep falling on my head. En 1969, a Burt Bacharach (música) y Hal David (letra), les encargaron el trabajo musical para la película Dos hombres y un destino, cuyos protagonistas iban a ser Paul Newman, Katharine Ross y Robert Redford. La exitosa pareja de músicos dio de lleno en la diana con esta melodía, premiada con el Oscar a la mejor canción en 1970.
La elección del intérprete no fue sencilla. En un principio -se comenta- Burt Bacharach había pensado en Bob Dylan; vamos, que la canción estaba compuesta para el de Mimnesota, pero este rehusó. La segunda opción era Ray Stevens, con el mismo resultado de renuncia. Por tanto, fue a la tercera, cuando B. J. Thomas aceptó de buen grado interpretarla. B. J. no era ni mucho menos un desconocido en aquellos años, si bien iniciaba su carrera en solitario. Al parecer fue Dionne Warwick quien convenció a Bacharach para elegirlo. En aquel momento, B. J. padecía una laringitis, así y todo se puso en faena, grabando cinco tomas. Fue la última, con la garganta hecha trizas, la elegida por Bacharach para subrayar la inolvidable escena del paseo de Newman y Ross sobre una bici. En la grabación previa se puede apreciar esa aspereza en la voz que todos aprobaron por su espontaneidad, nada que ver con la voz recuperada de unos meses después al grabar de nuevo Gotas de lluvia siguen cayendo sobre mi cabeza como single
El tema es un canto a la vida, a la esperanza. Un antídoto contra todo lo negativo. Es tal la dimensión alcanzada por el tema que, en 2004, treinta y cinco años después de su publicación, Sam Raimi lo recuperó para su película Spider-man 2, dando realce a la caminata feliz de Peter Parker por las calles de Nueva York, una vez perdidos sus poderes. Bacharach siguió cosechando otros importantes éxitos musicales, pero me parece a mí que ninguno llegó a superar a este.
Raindrops keep falling on my head fue el primer tema de Bacharach en superar el millón de ventas. Ocupó el primer puesto de la lista Billboard durante las primeras cuatro semanas de 1970, además de encabezar durante siete semanas consecutivas la lista Adult Contemporary. Es, no me cabe la menor duda, un clásico indiscutible del Siglo XX, y uno de los hitos musicales del Sèptimo Arte.
sábado, 6 de enero de 2024
Personajes de allá (8)
El recuerdo más remoto que guardo de R. es el de una mujer joven, desenvuelta, muy educada. Tampoco era algo insólito, lo de la urbanidad, teniendo en cuenta su quehacer diario. Casi siempre se acompañaba de un pequeño maletín negro donde guardaba el muestrario de los productos de Avon. En realidad reparé en ella al hacerme muy amigo de su hijo.
Anteriormente, según contaban, había emigrado más allá del Manzanal recién estrenada la madurez, aunque yo, por entonces, no sabía cuándo había adquirido ese privilegio, supongo que al poco de superar la mayoría de edad. Allí se instaló, según algunos, en una casa del Barrio Húmedo, para cuidar de una anciana de posibles. Cuando la anciana pasó a mejor vida, y sin familiares cercanos, todos sus bienes los dejó a su cuidadora. Finalmente el peculio de la vieja se limitaba a una cuenta corriente con trescientas mil pesetas, de las de entonces, que no era moco de pavo; pero poco más, porque la casa era de alquiler, y las joyas hacía tiempo que las había vendido nada más enviudar.
Al poco, sin trabajo, aunque con una cuenta corriente saneada, regresó a Villafranca, si bien de ello no supe nada hasta que corrieron los años. Supongo que cuando ella volvió yo ni siquiera estaba en este mundo; en realidad reparé en ella unos cuantos años después, cuando su hijo M.A. y yo nos conocimos estudiando E.G.B.
Un día, paseando alrededor del jardín me dijo: ahí viene mi madre. Vestía con elegancia, siempre falda y zapatos de tacones altos. Yo le estreché la mano desocupada, la otra transportaba a su compañero inseparable. Nos dijo que acababa de hacer la turné -con esa palabra- por diferentes casas de la Villa, y que apenas le quedaban productos ahí -señalando al maletín suspendido de su mano izquierda-. Se la veía satisfecha por las ventas. Entonces, no sé, tal vez medió una invitación para merendar, acabé en su casa, pasado el puente sobre el Burbia, donde la pendiente se hace más pronunciada y mira de soslayo al Valcarce.
Desde aquella tarde de otoño dando vueltas entre mirtos y negrillos, las visitas a su casa se hicieron más frecuentes. Allí supe de su padre, trabajador de Aceros Roldán, y de lo mucho que él quería a R., aunque en realidad yo no los llegué a ver juntos ni una sola vez. A ella sí, en su casa, y caminando por cualquier espacio, particularmente a lo largo de la Calle de Arén y de la Plaza, que era donde vivían la mayor parte de sus clientes más fieles.
Le gustaba conversar con cualquiera. Se notaba que le encantaba su oficio como repartidora de la firma americana. En cuanto tenía oportunidad y si el tiempo no apremiaba, pegaba la hebra con cualquiera de las villafranquinas, incluidas aquellas que le hacían perder el tiempo vaciando el maletín para probar de todas las muestras y luego no compraban ni un triste lápiz de ojos.
Quería y se hacía querer, contribuyendo activamente a retardar el ocaso comercial de la Villa, que allá por los primeros años setenta comenzaba a dar muestras de un tenue abatimiento, presagiando la atonía mayor que vendría lustros después.
Una mañana como otra cualquiera, casi a mitad de curso, M.A. dejó por sorpresa la escuela. Ninguno de los maestros nos dijo nada sobre el asunto. Fue un compañero quien nos relató la verdadera razón de su ausencia. Una noche el marido le había propinado una zurra a su esposa. Al día siguiente, aprovechando su ausencia por haberse ido a trabajar, R y su hijo se fueron de Villafranca en un autobus de la Empresa Fernández. Ni mis compañeros ni yo entendimos muy bien cómo podía ser que alguien abandonara la casa por haberle zurrado un familiar, al fin y al cabo, quien más y quien menos recibíamos algún pescozón, bofetada o algo mucho peor por parte de nuestros enseñantes, y no por eso nos planteábamos una huida a la francesa. Claro que eran otros tiempos y yo era muy joven para comprender.
Ni R. ni mi amigo M.A. volvieron a Villafranca, que yo tenga constancia. Jamás los volví a ver. Pero en mi recuerdo se dibuja con nitidez aquel chaval que amenazaba con hacerse ingeniero de postín, y por supuesto, la estampa inconfundible de una mujer joven, desenvuelta y muy educada que se hacía acompañar de un maletín negro. ¿Qué habrá sido de ellos?
sábado, 23 de diciembre de 2023
Feliz Navidad
El año está a punto de concluir. Como cada diciembre, casi todos nos propondremos ser más felices, mejores personas, también cuidarnos algo más. El propósito de enmienda es sincero, acorde a fechas tan señaladas; pero en cuanto se retiran belenes, árboles y las luces que adornan las calles más comerciales de nuestros pueblos y ciudades, una vez los Reyes han tomado el camino de regreso a Oriente, esa especie de acuerdo tácito se diluye vertiginoso como lo haría un azucarillo en el café de la sobremesa. Así que un año más me limitaré a desearos a todas y a todos paz, salud, trabajo y prosperidad en el nuevo año a punto de comenzar, además de que disfrutéis de una fiesta tan entrañable y familiar como es la NOCHEBUENA (quien desee leer el cuento no tiene más que entrar en la palabra coloreada).
jueves, 21 de diciembre de 2023
Medio siglo de Tubular Bells
Hay años que por diversas razones se convierten en fructíferos para la música, y con el paso del tiempo y a pesar de él, en imborrables. Es el caso de 1973, uno de los mejores para la música en general. Entre otros acontecimientos por que un 25 de mayo salía al mercado Tubular Bells, uno de los álbumes imprescindibles para cualquier melómano que se precie, incluido aquel seguidor exclusivo de la música clásica. Aunque unos cuantos meses antes de ponerse a la venta, debió superar varios obstáculos, además de tener la fortuna de su lado por estar (Mike) en el momento y lugar adecuados.
Claro que en 1972, el entusiasta compositor era un anónimo ciudadano, un completo desconocido para el mundillo de la música. Nadie estaba al corriente de la existencia de un chaval de diecinueve años, no ya solo capaz de componer una obra descomunal, sino de tocar infinidad de instrumentos, además de "campanas tubulares" El veredicto del incipiente trabajo grabado en maqueta fue el rechazo por parte de unas cuantas casas discográficas. Aducían para ello la inexistencia de canciones y la duración desmedida. Hasta que el millonario Richard Branso se fijó en el trabajo y decidió producirlo. Durante medio año Mike Oldfield se encerró en un estudio a las afueras de Londres para plasmar en vinilo lo que su mente había concebido sin cumplir los veinte. De hecho, Tubular bells fue el primer lanzamiento de Virgin Records, la discográfica fundada por el millonario.
En un principio el nuevo álbum no se vendió demasiado, ni tampoco concitó la curiosidad de los críticos musicales. Sin embargo, al estrenarse la película El exorcista -del mismo año-, que utilizaba como parte de su banda sonora la música de Tubular Bells, comenzó a alzar el vuelo hasta convertirse en uno de los más vendidos de la década de los años setenta, proclamando a aquel joven Mike como la sensación del momento, "el nuevo Mozart", dijeron algunos de los más encumbrados expertos de la música. Si bien razones había para ir tan lejos teniendo en cuenta el ímprobo trabajo de composición del joven prodigio.
Tubular bells es un disco conceptual que se divide en dos partes (por obvias razones de capacidad del vinilo). Se podría decir sin temor a equívocos que estamos ante una sinfonía moderna, originalísima, de una complejidad técnica casi incomparable a otros álbumes coetáneos, siendo un trabajo inspirador para muchos artistas y grupos de música progresiva que aparecerían más tarde. Hoy, cincuenta años después, aún supone un reto extraordinario tocar en vivo T.B. debido a la profusión de instrumentos musicales que se necesitan a fin de ejecutar la obral tal cual suena en el disco, con el añadido de hacerlos sonar ensamblados.
El primer trabajo de Mike Oldfield permaneció en las listas de éxitos británicos durante más de 250 semanas, además de haber vendido en torno a quince millones de copias. Tubular bells tuvo dos secuelas en los años 1992 y 1998, sin llegar a alcanzar el éxito de aquel.
martes, 5 de diciembre de 2023
Personajes de allá (9)
Por entonces, pongamos como ejemplo 1970, había una farmacia de ubicación incierta, otra farmacia en su tramo final, una droguería, varias tiendas de ropa, sastrerías, un bar, uno o dos restaurantes, el estanco, la ferretería, la oficina de telégrafos, una pastelería, una tienda de pinturas, zapatería, mercería, y por supuesto una tienda inclasificable para aquel entonces, pero que hoy podríamos denominar de obsequios y/o juguetería. Naturalmente era la Calle del Doctor Arén, la calle más comercial de la Villa, hoy un poco menos. En la tienda, con el suelo por debajo del nivel del firme de la calle, un desnivel vencido gracias a la existencia de dos o tres escalones, se podían encontrar todo tipo de objetos susceptibles de ser envueltos para regalo.
Y ahí estaba ella, E ¿o H? A una edad incierta para fijar la memoria, el único recuerdo perenne que tengo de ella es el de una mujer madura, de cierta edad, respetable e incapaz de perder la compostura: ni una sola vez recuerdo haberla vista con una sonrisa de oreja a oreja. Ella se desenvolvía con destreza y sabiendo qué artilugios vendía y cómo los tenía que vender. La profesionalidad de la señora estaba fuera de toda duda a tenor de las ventas constantes de objetos útiles, como de algunos indicados para disimular el desconchado de una pared, o para acompañar a los humildes agumanil y palangana en los hogares modestos.
Más bien menuda, con los cabellos peinados cual una señora distinguida (nunca supe si era viuda), a mi madre la atendía con delicadeza y trato cercano, sin excesos. Y yo, acompañante mudo escuchaba con atención el diálogo entre ellas. Cuando la acompañaba era por interés propio, pues había la posibilidad de conseguir otro más de los cochecitos antiguos a escala que la señora guardaba en uno de los estantes protegidos por puertas correderas acristaladas que daban de frente al mostrador. Y es que aquellas estanterías guardaban auténticas maravillas, o al menos lo eran para mí, chiquillo con pantalones cortes y muchos pájaros en la cabeza.
La señora tenía esa costumbre tan universal y villafranquina de exponer en los escaparates lo más llamativo de su repertorio, de manera que cuando se aproximaba la Navidad, las idas y venidas a su tienda se volvían incontables; al fin y al cabo era ella quien tenía la exclusividad de proveer a los Magos de Oriente los juguetes más exclusivos solicitados por los peques, al menos así ocurría en la calle más comercial de la Villa. Mis padres no fueron una excepción, así que algunos de los regalos pedidos -previo escrito de una carta- en aquellos años los adquirieron en su tienda.
Hoy, ya consumido más de medio siglo, aún guardo como reliquias aquellos cochecitos a escala con regusto a antiguo. Y cuando les echo un vistazo como de soslayo, aún veo caminar con mesura a E ¿o H? para descorrer las puertas y alcanzar una de esas miniaturas con ruedas que durante la infancia me hizo disfrutar una barbaridad, como también creo que a muchos de los niños de aquel tiempo, y a sus madres, por supuesto.
miércoles, 29 de noviembre de 2023
Gabriela, clavo y canela
No cabe la menor duda en cuanto a la maestría del autor brasileño Jorge Amado. Pero eso no es lo mejor, porque si algunos eruditos y críticos han puesto en tela de juicio su técnica (al menos en esta novela), no es menos cierto que, bajo mi punto de vista, la novela está estructurada de forma impecable, sin que se perciban fallas en la carpintería que mantiene firme la trama a lo largo de sus más de quinientas páginas. Por no comentar el indudable acierto, bajo mi punto de vista, de la proliferación de personajes que, sin llegar a ser profundos, ayudan y de qué forma a conocer tan bien como sus habitantes las costumbres y forma de vida de Ilhéus.
Porque al fin y a la postre es Ilhéus el protagonista esencial de esta historia tan maravillosamente narrada por Jorge Amado (tal vez el escritor más internacional y reconocido de Brasil). El título es inequívoco al mencionar a Gabriela como la indiscutible figura; sin embargo, a pesar de su importancia capital para la novela, la localidad de Bahía es el escenario por el cual transitan los viejos y los nuevos tiempos: el pasado, colonizado por "coroneles" y ricos hacendados, por pistoleros y matones, por calles sin asfalto o carencia de restaurantes; y el futuro, donde la ley comienza a tomar fuerza -al menos eso se trasluce al final de la novela con la condena al "coronel" Jesuíno Mendonça por haber matado a la esposa y su amante-, se ejecutan las obras en la barra para que puedan entrar al puerto las grandes embarcaciones, se construyen nuevos cines, se lanzan periódicos y levantan bibliotecas, dando carta de naturaleza al progreso en busca de un espacio para ser el protagonista.
Gabriela, clavo y canela (1958) es un canto a la vida y a la esperanza, siendo su obra más celebrada de entre sus más de veinte novelas. Tal vez la clave de su rotundo éxito (más de ochenta ediciones, además de estar traducida a treinta y dos idiomas, y haber cosechado múltiples premios), estribe en la sencillez de contar los variados sucesos, además de la benevolencia con que trata a todos sus personajes, incluyendo los más retorcidos y testarudos. Pero también a la imprevisibilidad, es decir: a la facilidad que sus lectores tenemos de ponernos en lo peor cuando se han saltado todas las líneas rojas, para enmendar el autor nuestras suposiciones más negativas pocas páginas después, haciendo que triunfe algo tan impensado como es la dicha.
Como anécdota a destacar es que fue tan enorme el éxito y revuelo de la publicación, que muchos de sus compatriotas que se embarcaron en sacar adelante un bar, a este lo bautizaron con el nombre de la mulata. Una mulata, eso sí, capaz de quitar el hipo al más estoico de los hombres según se desprende de las páginas.
Una novela en resumidas cuentas que debe ser leída por quien se considere lector empedernido. Quien lo haga no se arrepentirá de una aventura tan sugestiva, mientras se sumerge en el goloso negocio del cacao, porque ¿a quién no le agrada disfrutar de un buen chocolate hecho con el cacao de Ilhéus?
domingo, 29 de octubre de 2023
Novelas incompletas



































