miércoles, 9 de junio de 2021

Entrevista a Cristóbal Halffter (y 3ª parte)

      La segunda y última entrega de la entrevista a Cristóbal Halffter, realizada en el Castillo el 4 de enero de 1985, salió publicada en el Semanario Bierzo 7, en su nº 9 del sábado día 9 de febrero de 1985. Esta última entrega está centrada en su actividad profesional como músico, compositor y director de orquesta.

        A lo largo de esta seguna parte (bastante más interesante que la primera, a mi entender) Halffter deja algunas perlas dignas de destacar.


    Cristóbal Halffter, villafranquino por derecho propio, es sobre todo un artista. Su especialidad: la música. Ya conocemos parte de su vida y vivencias. Ahora, su arte, sus sentimientos.

     

    ¿Es usted el primero de la Generación del 51?

     No lo creo. En la Generación del 51 hay encuadradas muchas personalidades. En arte lo importante no es ser el primero, sino ser. Esta es la principal diferencia del arte con una carrera de caballos, donde lo vital es llegar el primero.

  ¿No cree que a la música culta en general le falta una base rítmica más persistente?

     ¿Por qué? No lo creo. El ritmo es lo más elemental de la música. Un ritmo muy continuado, o persistente, significa menos refinamiento. Lo que sucede es que a nivel popular, la gente no congenia con esa música, no porque le falte refinamiento, sino porque les inundan continuamente con otros ritmos muy machacones.

     ¿Cuántas etapas se dan en su evolución musical?

   No sé, quizás dos o tres. Les dejo a los críticos que sean ellos los que clasifiquen.

   Cristóbal Halffter ha utilizado con cierta frecuencia el dodecafonismo. ¿Puede explicarnos qué es?

    Es una técnica compositiva. Desde Pitágoras, la música occidental se venía dividiendo en siete notas. En realidad no son siete sino doce las que hay de Do a Do. Lo que se pretende con el dodecafonismo es democratizar las doce notas y quitar exageración, haciéndolas tan importantes unas como otras, y no usar solamente las tres fundamentales en un tono determinado.

      Preguntado sobre su orquesta ideal nos contestó:

    Para mí hay dos orquestas que destacaría: la Filarmónica de Berlín, que es punto y aparte; y la Orquesta de Basilea, con la que realmente se puede hacer todo lo que se quiera.

   ¿De alguna manera ha influido en usted la música contemporánea, por ejemplo el Jazz?

      Poco, por no decir nada. Creo que son más interesantes algunas formas del flamenco puro. El Jazz como producto americano se ha comercializado mucho. Si el Jazz se hiciese en Valladolid, nadie lo conocería.

       ¿Tiene un especial cariño por alguna de sus obras?

       La última siempre. La última que he hecho. Bueno, también las primeras, En realidad no sé. Las obras son como los hijos, no podría prescindir de ninguna de ellas.

        ¿La música debe ser inteligente o emocional?

        Ambas cosas. 

 

         En un periodo de su etapa compositiva, bautizó sus obras con títulos tan sugestivos como Requiem por la libertad imaginada o Planto por las víctimas de la violencia. ¿De algún modo esto significa que usted se ha comprometido políticamente?

        Políticamente no; sí humanamente. Nunca he pertenecido ni pertenezco a ningún partido político. Soy demasiado liberal.
          
      ¿Es usted de algún modo el precursor del desarrollo vocal hasta alcanzar cotas instrumentales?

       No. Ni mucho menos. En el extranjero ya había gente que lo hacía. En España lo hacía gente de mi generación, como Luis de Pablo.

    ¿Puede llegar el momento en que la música electrónica sustituya a las grandes orquestas?

     No. La música electrónica tiene sus características. Evidentemente podría interpretar la Quinta Sinfonía de Beethoven íntegramente con una serie de máquinas, pero sería erróneo, vulgarizaría la Obra. La enorme equivocación de la música electrónica consiste en imitar o sustituir a los instrumentos clásicos.

        ¿Le ha sucedido alguna vez el no estar de acuerdo con la ejecución de algunas de sus obras?

    Sí. Me ha sucedido muchas veces. Lógicamente hay buenos y malos intérpretes.

     ¿Hasta qué punto han influido sus tíos Rodolfo y Ernesto en su creatividad musical?

           Han tenido una influencia lejana. Francamente ha sido muy poca.

           Strawinsky aflora de algún modo en sus composiciones. ¿Lo llegó a conocer?

         Sí. Es cierto. Strawinsky aparece en alguna de mis obras. Lo llegué a conocer. La verdad es que no lo traté mucho, pero me alegró que se interesase por mi obra cuando yo empezaba y él era ya un extraordinario compositor consumado.

            ¿Por qué el Gaudium et Spes-Beunza no se ha vuelto a tocar en tantos años? ¿Por qué el preestreno en Villafranca?

            Lo cierto es que desde el estreno de la obra hasta el año 1977 tuvo muchos problemas de censura; además, en España, no es que se toquen muy a menudo mis obras. De todos modos en el extranjero se ha venido tocando con cierta frecuencia.

            Luis Núñez, el Presidente de la Sociedad Filarmónica quería conmemorar el concierto número cien que daba ésta, y se dirigió a mí. Por otro lado, estábamos preparando el estreno de la Obra en Madrid; de este modo sirvió como ensayo general para el Coro Universitario de León.

viernes, 4 de junio de 2021

Entrevista a Cristóbal Halffter (2ª parte)

     El pasado día 26 de mayo escribía la primera parte de una entrevista que yo hice al Maestro el 4 de enero de 1984. En realidad, en esa primera parte me limité a explicar la gestación de la entrevista y cómo se llevó a cabo en una de las salitas del Castillo.


     Lo cierto es que prometí transcribir el texto íntegro en posteriores entregas y así lo hago hoy, muy a mi pesar. Porque releída ahora (si bien lo transcrito no abarca ni mucho menos todas las preguntas con sus respuestas, y por tanto tampoco ayuda a su cohesión), me parece en algunos aspectos ingenua, de una bobería que puede sorprender. Desde luego, hoy, de tener la oportunidad de volver a repetir la entrevista, la habría enfocado de manera muy diferente. Ruego por tanto un mínimo de comprensión hacia el principiante dando sus primeros pasos como corresponsal de Villafranca.


    Como dejé escrito el pasado 26 de mayo, la entrevista salió publicada en el desaparecido semanario Bierzo 7 en dos entregas.


        Sábado 2 de febrero de 1985 (1ª entrega)

         Aún se recuerda, a mes y medio visto, el arrollador éxito que tuvo aquí el "Gaudim et spes-Beunza" de Cristóbal Halffter. Creo que era obligado mantener una entrevista con el compositor, no ya sólo por lo que pudo significar el preestreno de la obra, sino más bien por lo que Halffter representa para la Villa.

           El marco de la entrevista fue el castillo-residencia donde vive el matrimonio Halffter durante algunas temporadas.

         Sin duda, lo que más sorprende de Halffter es que al mismo tiempo que habla, se permite el lujo de filosofar complementando sus respuestas, destacando el hecho de que trata de instruir entre tanto. Creo que posee un poder de absorción, de cautivación, que, a mi modo de entender, desarrolla inconscientemente.

             Con él charlamos bastante tiempo. Es obvio que se trata de una transcripción sucinta, ya que la conversación fue mucho más extensa.


       Su esposa, Mª Manuela Caro, nació en Villafranca. ¿A quién conoció primero, a su señora o a Villafranca? 

          A mi esposa.

          En Villafranca vive muya menudo, cuando su actividad se lo permite. ¿Se encuentra a gusto en Villafranca?

          Sí. Francamente me encuentro a gusto en Villafranca.

          Villafranca tiene el orgullo de acoger en su seno el monumental castillo, que hace algunas centurias fue la sede del Marquesado de la Villa, hoy perteneciente a la señora Halffter. ¿Puede un particular visitarlo si es su deseo?

      Antes esta casa estaba abierta a todo el mundo, pero desde el robo, en el que nos llevaron objetos de un gran valor sentimental, ya tienen que ser personas muy concretas que nos merezcan una gran confianza.

        ¿Tiene algún vicio, como pueda ser fumar, beber, ver la televisión, etc.?

        No. No tengo vicios. No me gusta estar atado a nada. Por ejemplo no fumo porque me da verdadero terror el querer comprar tabaco y encontrar el local cerrado o que no tuviera.

         Descríbase personalmente.

         Soy una persona normal y corriente que en vez de dedicarse a una función de carácter administrativo, he decidido dedicarme a la música.

         Ahora sabemos que se encuentra cómodo en la Villa. ¿El entorno de Villafranca ha influido o influye en su creatividad compositiva?

            No creo. Bueno, no lo sé. Es cierto que la tranquilidad de Villafranca invita al recogimiento, a pensar.

            Es posible, que mucha gente no sepa a ciencia cierta dónde compone Halffter sus obras. ¿Alguna la ha compuesto en parte o íntegramente aquí?

             La mayor parte de mi obra la he compuesto aquí, en esta casa.

             Hay muchas personas que en concreto no saben qué pretende o qué busca Halffter a través de su música ¿Cómo definiría en líneas generales su música?

 

      Mi música primordialmente es comunicativa. Busco entablar una comunicación, sin renunciar a unos planteamientos estéticos.

              Se dice que la familia es el ente básico sobre el que descansa el equilibrio físico y psíquico de una persona madura y menos madura. ¿Hasta qué punto el entorno familiar ha generado una mayor y mejor creatividad?

             Para mí el entorno familiar ha sido fundamental. Cuando le dije a mi padre que quería ser músico, no recibí ni un solo tortazo. Todo lo contrario. Obtuve un apoyo muy grande. Posteriormente, ya casado con mi mujer, obtuve el apoyo incondicional, sin importar los triunfos inmediatos.

                Al margen de la música, ¿qué otas actividades desarrolla, digamos como hobby?

                Me gusta el deporte, leer, me gusta vivir, enterarme de todo lo que sucede en el mundo.

                ¿Desearía que sus hijos destacasen en la música, igual que usted?

             Naturalmente que sí. Tengo una hija, María, que se dedica de lleno a la música. Toca la flauta y lo hace muy bien. Yo he compuesto cosas para ella. Alonso, el mayor, ya es muy difícil, tiene ahora 27 años y su vida la tiene encauzada en la vida de la aviación. Pedro, el pequeño, todavía es prematuro saber si se dedicará a la música, tiene ahora 14 años.

                 Califique a estos personajes:

                 Bach: la música.

                 Beethoven: el luchador.

                 Schoenberg: el intelectual.

                 Leonard Berstein: típico americano.

                 H. Von Karajan: la tradición.

                 Strawinsky: Rey Midas.

                 C. Halffter: el asalmonado, siempre nado a contracorriente.

               No ha nacido en Villafranca, pero es visto por los villafranquinos como un paisano más. Aquí trabaja y aquí vive. Villafranca es para él.

                Un lugar con una gran tradición heredada o vivida, en donde cualquiera de sus habitantes rezuma tradición y, con una amplia cultura.

                 Para el Bierzo tiene también definida su idea. Estas son sus palabras:

                El Bierzo es un ecosistema geográficamente entre León, Galicia y Asturias, que ha creado una personalidad muy especial y posee una tradición mágica. La benignidad del clima y paisaje, ha perjudicado, perjudica a los habitantes, al no darse unas exigencias mayores. Por ejemplo, si durante tres meses hiciese una temperatura de 20 grados bajo cero, la gente se vería obligada a instalar calefacción u otro sistema calorífico, pero como no se dan esas circnunstancias de frialdad, la gente se va conformando para ir tranpeando y en concreto vivir mejor.


                  En la próxima entrada, y última, transcribiré la segunda entrega de la entrevista, completamente enfocada a la música, y me parece a mí más interesante. En esta primera predomina más el aspecto personal del artista.

         


                                                                      

miércoles, 26 de mayo de 2021

Entrevista a Cristóbal Halffter (1ª parte)

 

       Retrocedo 36 años en el tiempo.

      Es sábado 1 de diciembre de 1984. La Colegiata acoge el concierto nº 100 de la Sociedad Filarmónica Juan del Enzina. Interpreta el Coro Universitario de León bajo la dirección de su director, Samuel López Rubio. En la primera parte, la agrupación vocal interpreta obras de Juan del Enzina, Monteverdi, Tomás Luis de Victoria, etc. Para la segunda, el plato fuerte: Gaudium et Spes-Beunza (1972), que se tocaría por segunda vez en España. Una cantata para coro de 32 voces y cinta magnética -a cargo de la cual estaba el propio Cristóbal Halffter-, que venía a homenajear a Pepe Beunza, objetor de conciencia, y con él a todos los objetores de conciencia que por aquel entonces apelaban a su libertad personal para eludir el llamamiento a filas. Una muestra más de su liberalidad y compromiso social. Del concierto me hice eco publicando una amplia reseña al sábado siguiente en lo que era el nº 9 del Semanario Bierzo 7.


     El éxito fue tan arrollador, con aplausos prolongados, que el villafranquino de adopción, emocionado por las muestras incondicionales de apoyo a su creación, tuvo que decir, visiblemente emocionado, algunas palabras de gratitud para los asistentes y también para el Coro y su director. Por mi parte, o mejor dicho, mi parte más mística e inmaterial, parecía navegar por otra dimensión. El Impacto al escuchar la interpretación fue tan brutal, me dejó tan impactado, noqueado en términos pugilísticos, que pensé que yo tenía la obligación de entrevistar al compositor con domicilio en el Castillo, si no estaba viajando debido a sus obligaciones profesionales.

     

        Concretar la entrevista no fue tarea fácil. Hubo al menos tres intentonas, pero, o bien porque Halffter no estaba en Villafranca, porque yo era un recién estrenado corresponsal de la Villa haciendo mis primeros pinitos, o porque el Semanario Bierzo 7 -para el que escribía- acababa de nacer el 13 de octubre de 1984 y por tanto aún no era demasiado conocido, la entrevista no se apalabró hasta un mes más tarde.

      

         

         Era 4 de enero de 1985. Por la tarde, aunque no puedo concretar la hora, tal vez en torno a las siete. Mi prima Victoria y yo fuimos recibidos por Marita y dos pastores alemanes, si no me falla la memoria. No hacía demasiado frío, me parece, y desde luego no llovía, porque Pedro, su hijo pequeño, estuvo todo el tiempo fuera. Su madre nos advirtió de que ese mismo día celebraba su cumpleaños, el 14. En la cocina, con funciones de recibidor, una joven acompañaba a nuestra anfitriona, pero no recuerdo bien de quién se trataba. El hogar estaba caldeado gracias al fuego de la gran chimenea.


     Estuvimos unos quince minutos hablando mientras el maestro Cristóbal se ocupaba de algo en otra estancia: tal vez de una composición, de una charla telefónica amigable, o de una charla telefónica con un fin más concreto, como dar otra entrevista. Marita, amabilidad personificada, se interesaba por nuestras vidas. Mi prima acababa de terminar Magisterio y yo había finalizado el servicio militar. Tras algún intercambio más de información poco trascendente, nos anunciaba que su marido tenía la agenda completa hasta bien entrado 1986. Se refería, claro está, a compromisos compositivos, y los diversos conciertos o recitales a los cuales estaba invitado, especialmente en territorio germano, donde allí sigue siendo una autoridad musical de primer nivel.


    Al fin y tras una espera que me empezaba a impacientar, Cristóbal Halffter apareció en la cocina disculpándose por la tardanza, a pesar de que Marita había intentado acortarla avisándole de nuestra presencia, por si se le había ido el santo al cielo. Lo acompañamos a través del pasillo, y si la memoria no me traiciona, ascendimos por una escalera angosta hasta la primera planta. Allí nos adentramos en una salita acogedora. Nos sentamos en torno a una mesa camilla breve. De la estancia no me acuerdo para nada, solo de la camilla. Nos saludamos más brevemente que lo habíamos hecho con su esposa -yo estaba francamente nervioso por la dimensión de mi entrevistado; y por si fuera poco, la entrevista la iba a hacer entre los muros de un castillo-. Unas cuantas frases de cortesía fueron suficientes para comenzar con la interviú, no sin antes darle la más sincera enhorabuena por el concierto del primero de diciembre. Sin embargo, la entrevista no podía empezar de peor manera. La grabadora parecía no marchar. Me temí lo peor: que se hubieran agotado las pilas. Pero no, lo que realmente fallaba era la cinta. Una casette regrabada y que seguramente no era la más apropiada. Finalmente la grabación se pudo realizar sin contratiempo -aún la conservo en la cassette, como oro en paño-, pero el sonido deja bastante que desear, aunque sí es audible.


     La entrevista se prolongó durante casi una hora. Finalmente salió publicada al mes siguiente en dos entregas, concretamente los sábados días 2 y 9 de febrero. A Marita, como prometí, le envié por correo certificado los dos ejemplares a su casa de Madrid. Desde entonces, y aunque la distancia de los kilómetros no me ha permitido tratarlo con más frecuencia, siempre hemos mantenido la cordialidad. Pero a lo que no he renunciado jamás es a la admiración más sincera por uno de los compositores más comprometido, no únicamente con la sociedad, también con la búsqueda constante de nuevas vías compositivas, con la innovación en resumidas cuentas, huyendo constantemente de cualquier tipo de encasillamiento.


       En próximas entradas transcribiré íntegra la entrevista publicada.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Un disco sobresaliente para un año convulso

    Cuando Bruce Springsteen publicó en 1980 el quinto álbum de su carrera, titulado The river, posiblemente ya era sabedor de que había parido el primer gran disco de la década. Aunque 1980 ya había alumbrado obras como Back in black de AC/DC, Closer de Joy Division, o los discos debut de Iron Maiden y Pretenders, que llevaban en sus carátulas idéntico título, el disco doble compuesto por el Boss era algo especial.
  
     En 1978 Springsteen había publicado The darkness on the egge of town tras ímprobos esfuerzos y tres años de silencio forzado, después del apoteósico recibimiento de su tercer y consagratorio trabajo, Born to run. Este, paradojas del destino, supondría la ruptura con su representante y amigo Mike Appel. A cambio de volver a publicar y que este renunciase a su representación, debió desenbolsar una importante cantidad de dinero que le dejaría casi sin blanca. Todo aquel litigio que se desarrolló en paralelo a la gira de promoción del Born to run por EE.UU., influiría decisivamente en sus posteriores composiciones. Temas más oscuros, sin la inocencia de los anteriores, pero más elaborados, fueron la base de The darkness on the egge of town, transmitiéndose esa suerte de melancolía a algunos de los veinte temas que integran The river, si bien con menos dramatismo.

   
   
En su autobiografía, traducida por Ignacio Juliá, Springsteen dice al respecto del nuevo disco: <<Tras la seriedad implacable de The darkness, quería que las canciones escogidas tuvieran un rango emocional de mayor flexibilidad. Además de gravedad, nuestros conciertos abundaban en diversión, y esta vez iba a asegurarme de que ese factor no se perdiera>>. Más adelante admite que: <<Tras algún tiempo de grabación, preparamos un álbum sencillo y lo entregamos a la compañía discográfica. Consistía de una primera cara con The ties that bind, Cindy, hungry heart, Stolen car, Be true; y una segunda con The river, You can look (but you better not touch), The price you pay, I wanna marry you y Loose ends>>. Más adelante confiesa no estar satisfecho con el resultado final de esos diez temas (algunos como Cindy, Be true o Loose ends serían descartados finalmente), al respecto dice: <<Quería algo que solo pudiese provenir de mi voz, informado por la geografía externa e interna de mi propia experiencia. El álbum sencillo The river que había entregado no nos llevaba a ese lugar, así que volvimos a meternos en el estudio.


      Bruce Springsteen volvió a encerrarse en el estudio para grabar durante otro año más, hasta componer un racimo de temas fantásticos que terminarían por completar uno de los discos dobles más importantes en la historia del Rock, y no tan formal ni sombrío como su predecesor. Claro que para ello contó con la inestimable calidad y saber estar de la E Street Band. A propósito de sus acompañantes de toda una vida musical, Bruce decía: <<Es el álbum en el que la E Street Band llegaría a su máxima expresión, logrando el perfecto equilibrio entre una banda de garaje y el profesionalismo que se requiere para hacer buenos discos>>. Para el recuerdo y entre surcos quedó el trabajo impagable de sus integrantes, o sea: Roy Bittan al piano y teclados, Steven Van Zandt a la guitarra, Clarence Clemons al saxofón, Garry Tallent al bajo y Max Weinberg a la batería.

   
    En la memoria colectiva de millones de seguidores quedan composiciones elaboradas durante una segunda tanda muy fructífera. Para ello, encerrado durante cientos de horas, madrugadas incluidas; mezclas, mezclas y más mezclas; y rodeado de micrófonos diseminados a lo largo y ancho del estudio, el de New Jersey fue dando sentido a lo que estaba persiguiendo, hasta conseguir el sonido épico que destila este trabajo maravilloso. Al escuchar temas como Sherry darling, Jackson cage, Two hearts, Independence day, Out in the street, Point black, Cadillac ranch, I'm a rocker, Ramrod o Drive all night, uno se da cuenta de estar enfrentándose a algo genial, una colección de veinte temas sin que ninguno de ellos desmerezca.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Natalio Feliz


 

 

-No leas tanto, te vas a quedar sin ojos -solía atosigarle la pobre Angustias-. De día en día te vas haciendo más renacuajo. Todo el tiempo sentado en el sofá y leyendo sin parar, no es nada bueno para la salud.

  Pero el afanoso Natalio Feliz no hacía caso de las fastidiosas peroratas de la vieja y le replicaba con la consabida cantinela: “Ojo sin ver es como corazón sin sentir”.

  Natalio Feliz había nacido más de medio siglo atrás en la lejana región de la Pampa, de donde desertó en cuanto surgió un comprador decidido a hacerse con Marahoja, la inmensa hacienda heredada cuando él era apenas un mocoso.

  A Natalio Feliz lo trajeron al mundo para gozar de todas las comodidades afines a cualquier vástago con padres potentados. Y esto fue así durante casi toda su infancia; pero, de sopetón, inopinadamente, el amor familiar se fue al carajo con la muerte de don Crescencio Feliz y doña Casilda Casares, embestidos, corneados y pateados por una manada de vacas, desorientada ante la brusca y estruendosa tormenta estallando encima de sus cornamentas. Cuando fue mayor de edad y pudo disponer enteramente de la herencia dejada por sus padres, tras alguna veleidad por abrazar el sayal negro de una congregación de clausura, vendió el enorme rancho, y con los muchos millones de pesos, se determinó a vivir del cuento en la patria de sus abuelos maternos: España.


  Ya iba por la cuarta década residiendo entre las escarpadas montañas leonesas, únicamente acompañado de la fiel sirvienta, nativa de la misma aldea de Balouta, en donde ambos reposaban sus maltrechos huesos e inconmovibles reúmas. Allí, al albur de las extremas temperaturas invernales y de las copiosas nieves ancaresas, sobrevivían: él, embebido en la lectura de libros, y ella, además de atender a su amo, afanada en alimentar de leña la estufa. Con los años y la costumbre, dejaron de parecer el amo y la criada, y aún hubo algún vecino decrépito aventurando el matrimonio de la leonesa con el argentino, a pesar de los casi treinta años de diferencia entre ambos.

  A pesar de ser hijo único, o quizá por ello, desde muy chiquitín los padres le inculcaron el amor por la lectura en cuanto aprendió a leer, y no era extraño verle leyendo a Lope, Cervantes, Calderón, Schakespeare, o Moliere. A los once años, cuando se quedó huérfano, ya había dado cuenta de la friolera de doscientos cuarenta libros, según rezaba en la libreta donde iba apuntando con paciencia franciscana el título, autor, argumento, género literario y el periodo comprendido entre el inicio y la finalización de la lectura.

  En los últimos tiempos, totalmente adaptado al aislamiento de los crudos inviernos y a los imponentes riscos y peñascos de silencios estremecidos, a Natalio Feliz, lector de al menos cinco mil libros a lo largo de su existencia, le comenzaba a angustiar la lectura de las postreras páginas. En cuanto atacaba la parte final de un libro, sus ojos se encrespaban con venillas dilatadas a su ancho, y los dientes superiores mordisqueaban con espasmos su labio inferior, mientras no dejaba de agitarse inquietamente sobre la butaca granate de grandes orejas. Era entonces cuando se estiraba y desperezaba, y por momentos recuperaba su estatura de antaño.

  Un día, mientras mal digería las postreras páginas de Flores del mal, su rictus, ya de por sí patético, se mudó en la inexpresividad propia de un ciego, al cerciorarse del atroz silencio que invadía la estancia. Angustias, la fiel sirvienta, no decía ni pío desde hacía más de una hora; era anormal la ausencia de enfurruñamiento de ésta, esa suerte de voces estrepitosas colándose por cada rincón de la vivienda en cuanto tenía la mínima oportunidad de echarle en cara su escaso dinamismo. ¿Y si se había colgado de una de las vigas de la despensa, con su bocio trasegado en bolsas moradas a ambos lados del cuello? ¿Y si se había quemado al intentar retirar el puchero de la leche hirviendo en el fogón? Entonces la llamaba con voz crispada y la vieja Angustias le contestaba cansinamente: “Ya estás a punto de acabar con otro libro, ¿no es así?” Y el argentino se calmaba y volvía a la lectura de las lastimeras hojas.


 Sin embargo, pese a los contratiempos de los últimos meses, sólo era feliz saboreando la lectura de las palabras repartidas en infinidad de libros y palpando las tapas y hojas, además de aspirar el aroma de éstas, para lo cual pegaba la punta de su nariz al papel escrito y se dejaba ir por senderos reconfortantes. En los escasos instantes de descanso, sus agrietadas pupilas se posaban sobre los libros, cuidadosamente colocados uno tras otro sobre las estanterías de nogal cubriendo las cuatro caras de la sala de lectura, del suelo al techo.

  Natalio Feliz pasaba meses sin salir de la casa, era Angustias la encargada del negocio de ésta. Sólo con el estío, Don Natalio se aventuraba por las tortuosas calles de León a fin de hacerse con una rareza editorial, y si no encontraba lo que buscaba, entonces viajaba a la capital de España, convencido de hallar lo imposible. Paseando entre calles de vicios inconfesables o sobre el firme de una plaza con el socorrido nombre de España, al final solía hacerse con el ejemplar deseado. Entonces, concluido con éxito el viaje, Natalio retornaba, casi siempre con una caterva de legajos y libros al borde de la extremaunción, y así recuperaba la reclusión voluntaria al amor de la literatura. Recobrado el encierro, sólo se topaba con la estación veraniega al abrir por las mañanas la ventana de su habitación y luego, al hacer lo propio con el balcón de la sala de lectura; aunque, más por el canto de algún pájaro, pues la brisa matinal soplando entre las montañas casi nunca le hacía reparar en el sopor propio de esos meses.

  -¡Venga! ¡Déjese de versos! Aún se va a enfriar la sopa-, solía decirle la hacendosa Angustias para sacarlo del mutismo. De esta manera, Natalio cerraba el libro, lo dejaba ceremonioso sobre la hundida posadera de la butaca y corría al encuentro del alimento;  pero con la firme determinación de devorarlo cuanto antes y retornar a la ocupación de su vida. Ni siquiera la sopa de letras, a veces formando inciertas palabras, le hacía sucumbir a los encantos del azar. Mientras comían no solían dirigirse la palabra, si acaso, alguna vez, Angustias le conminaba a enderezarse sobre la silla de la cocina, pues sin darse cuenta, Natalio se escurría, y su boca apenas llegaba a estar a nivel del plato.

  -Te estás quedando raquítico. Como sigas empeñado en pasarte los días sentado en el sillón, cuando mueras no alcanzaremos a verte ni con lupa.

  Al escuchar la afrentosa reconvención de Angustias, su carácter de por sí sosegado se irritaba; así, terminaba saliendo por la tangente y recriminando a la vieja por no haberle echado la suficiente sal al cocido, o por no desalar debidamente las patas y el rabo del cerdo. Cuando la fiel anciana se iba a la cocina en busca del segundo plato, su amo mandaba sus ideas a explorar entre las repletas estanterías. Le atosigaba el pensamiento de releer el Trópico de Capricornio u optar por los almibarados versos de Juan Ramón, una vez concluyese la lectura de las últimas páginas de alguna otra obra, si éstas le dejaban concluir y no se moría en el intento. Angustias retornaba de la cocina con el segundo plato y los postres. Mas, por lo común, Natalio prescindía del segundo y se entretenía en deglutir una rosquilla para cumplir con el expediente antes de retornar a la lectura.

  Siendo adolescente había leído a Voltaire, Racine, Shiller, Goethe, Homero, Virgilio, Petrarca. Luego se empezó a interesar por Faulkner, Galdós, Víctor Hugo, Hemingway, Sartre; pero el desequilibrio de sus ideas comenzó cuando se aventuró a leer a Sábato, Borges, Bioy Casares, García Márquez, Benedetti, Cortázar, Quiroga, Bryce Echenique, Carpentier, y otros autores sudamericanos; con ellos le floreció la certidumbre de una muerte súbita instantes antes de concluir la lectura de cualquier obra. La angustia de conocer su suerte final le hacía leer espasmódico hasta altas horas de la madrugada; horas mortecinas, sólo agitadas por los ronquidos de Angustias, ajena a las elucubraciones de su amo.


 Así fue como en la aldea comenzaron a crecer las desgracias. Un buen día de agosto, cuando Natalio finalizó la lectura de Robinsón Crusoe, empezó a nevar y el inesperado espectáculo se prolongó durante dos semanas. Una noche, terminando de leer Ulises, la abnegada Angustias se levantó con un acceso de urticaria en el vientre. Otra de tantas ventosas mañanas de marzo, nada más cerrar el libro y ponerlo junto a los otros sobre la estantería, oyó el estampido de una escopeta de caza; al punto se enteró del suicidio del viejo Augusto. La desgracia del incendio forestal destruyendo algunas pallozas de la aldea, coincidió con la conclusión de la lectura de Luces de Bohemia. Fue entonces cuando ya no le cupo la menor duda de ser él y sus lecturas los causantes de los infortunios últimos. Llegó a la convicción de estar transmitiendo energía negativa a todo cuanto pertenecía a la aldea; por tanto debía dejar el vicio de la lectura si no quería convertirse en un exterminador.

  Una noche con un frío de perros, Natalio Feliz le confesó a su sirvienta la certidumbre de su pronta desaparición de esta vida, antes de dar ocasión a alguna nueva adversidad, como la definitiva desaparición de Silvano, el cual se debatía entre la vida y la muerte desde hacía medio año. La atribulada sirvienta no se apartó de su lado aquella noche, limitándose a observar cómo el cariacontecido argentino vacilaba entre abrir o no la novela Nana, continuamente acariciada por sus huesudas manos.

  Aquella larga noche no ocurrió nada; sin embargo, a la semana siguiente, durante otra madrugada de chirridos de contraventanas y silbidos gélidos penetrando a través de la chimenea de la estufa, Natalio no pudo soportar por más tiempo la angustia de no saber y, ya recostado en su cama, se puso a leer. Cuando Angustias entró en su dormitorio como hacía habitualmente, y le espetó la sempiterna sentencia: “No leas tanto, te vas a quedar sin ojos”, vio a su amo muy inquieto y pálido; entonces, cuando la anciana le iba a preguntar si quería una manzanilla o leche caliente, Natalio, con parsimonia y desgana le contestó:

  -Para tan pocas horas no merece la pena tu preocupación por mi vista.

  Sin más, y un poco mosqueada con la actitud de su amo, la siempre servicial Angustias se retiró a su dormitorio a rezar el rosario como hacía cada noche, a pesar de no concluir jamás la plegaria.

  A la mañana siguiente, al entrar la vieja en el cuarto de su amo con el fin de despertarlo, se encontró con la cama deshecha y sin Natalio. En lugar del lector empedernido se topó con un mamotreto de mil pares de hojas vacías, en cuya cubierta se podía leer la leyenda Remembranzas del criollo Natalio Feliz Casares, y en su primera página: “Para mi buena y fiel Angustias”. Y más abajo: “Tú debes hacer de oficiante y rellenar esta historia de mi breve y devota vida de lector sólo conocida por ti”.

  De don Natalio Feliz nada se volvió a saber. Acaso, en un postrero esfuerzo mental, había conseguido esfumarse de esta vida. Angustias barrunta la probabilidad de su petrificación en alguno de los estantes de la sala de lectura, tal vez descansando entre las páginas de algún libro; una forma como otra cualquiera de perpetuarse en la memoria, aunque en el estado odorífero y táctil desprendido por aquellos tesoros, guardados con amor paternal por el desdichado Natalio: sus libros.



                     



Natalio Feliz formó parte del libro coral que como bien indica el título incluía 100 relatos. Por otra parte, también integró mi libro de relatos, Cuando el tiempo decide, distingudio en 2005 como libro leones del año en la modalidad de creación.                                                     

















           



martes, 4 de mayo de 2021

La playa de los ahogados

Nos acaba de dejar el escritor vigués Domingo Villar tras un inesperado derrame cerebral. Con su desaparición España pierde a uno de sus referentes en novela negra.  En Mayo de 2021 publiqué esta entrada sobre una de sus novelas más celebradas. Sirva como homenaje a su quehacer literario.   


 Esta novela publicada en el sello Siruela en 2009, es para mí una de las Novelas Policiacas con mayúsculas. El vigués afincado en Madrid, Domingo Villar, ha tenido la paciencia infinita de un artesano, y la visión profunda de un arquitecto para concluir con éxito un tratado impecable sobre los entresijos del género.  


    A partir de un lenguaje sencillo, y de una morosidad intencionada, Villar nos da las claves de cómo se encofra un libro para que a mitad de trayecto no se termine viniendo abajo. Porque el gallego, mejor que nadie, sabe perfectamente que sin una buena arquitectura previa a la historia, la historia puede colapsar. Un libro sin cimientos sólidos está abocado al fracaso. 


    La playa de los ahogados es la segunda entrega protagonizada por el inspector Leo Caldas (gallego como el autor, con retranca, además de taciturno) y su ayudante Rafael Estévez (aragonés, grandullón e incapaz de entender el carácter de los gallegos). A partir de la aparición de un cadáver flotando en el mar, aparentemente un suicida, la pareja irá escudriñando cada mínimo detalle, al tiempo de profundizar en el conocimiento de algunas de las personas con las cuales se relacionaba. Con la pericia de un cirujano va penetrando en un pasado aciago conectado con el presente. Si bien, para fortuna del lector -como en las más celebradas intrigas de Agatha Christie-, el nombre del asesino no se conocerá hasta las postreras páginas de este libro, de obligada lectura para los amantes del género.    

    
    Domingo Villar ambienta con perfección y sin recurrir a la desmesura, la Galicia costera, las costumbres de los pescadores, también las de "los marineros de tierra", y nos dibuja la ciudad de Vigo con nostalgia y concisión, además de dotar de credibilidad a cada uno de los personajes que aparecen por sus más de cuatrocientas páginas. Si con Ojos de agua (2006), Villar se da a conocer al gran público, con esta segunda entrega de Leo Caldas y Rafael Estévez, logra la consagración, además de premios varios, como el Antón Losada Diéguez, el Brigada 21, Libro del Año, otorgado por la Federación de Libreros de Galicia; Novelpol o el Frei Martín Sarmiento, de honda significación para nosotros, los villafranquinos.


    Esta novela -originalmente escrita en gallego, como su predecesora-, que ha sido traducida a multitud de idiomas y que en 2015 sería adaptada al cine por Gerardo Herrero, es en mi modesta opinión, un ejercicio de equilibrios perfectos, como los ejecutados por un acróbata con el horizonte del abismo al fondo; es, en resumidas cuentas, una novela espléndida que nadie debería dejar de leer, especialmente los lectores adictos al género policíaco. Muy recomendable, de veras.

martes, 20 de abril de 2021

Novela negra en estado de gracia

     Cuando uno se ha metido entre pecho y espalda la lectura de un porrón de novelas negras, se tiene la percepción de que será muy difícil sucumbir a la sorpresa de algo inaudito, poco corriente. Y eso fue lo que me pasó al leer esta obra genial del avezado escritor barcelones Francisco González Ledesma.


    Para el año 2007, fecha de publicación de la obra, González Ledesma había escrito unas cuantas novelas protagonizadas por el Inspector Méndez. Nacido en el año 1927 -tras una extensísima obra que incluye infinidad de novelas del oeste, románticas, y la utilización de unos cuantos seudónimos-, el escritor recibió su bautismo de fuego en el género que nos ocupa con su novela, Expediente Barcelona (1983), para a renglón seguido, en 1984, alcanzar el reconocimiento internacional al alzarse con el Premio Planeta por su obra, Crónica sentimental en rojo.

  

     
        Francisco González Ledesma, no cabe duda alguna, no es solamente una de las figuras indiscutibles de novela negra española -si bien siempre ha tenido más predicamente en Francia, donde sus obras se han publicado en ocasiones antes de ver la luz en España-, también es considerado uno de los pioneros del género junto a su paisano Manuel Vázquez Montalbán. Y es que en este género donde se manejan  clichés estandarizados para fabricar una buena obra, González Ledesma se desmarca de la autopista segura a fin de circular con cierto riesgo por carreteras poco convencionales. González Ledesma abandona los tópicos de la carpintería más propicia para llevar a buen puerto una novela policíaca, y a cambio nos seduce con su repertorio de trucos inesperados, giros argumentales y un policía poco convencional, a punto de jubilarse; con propensión a tomrse la justicia por su mano a partir de intervenciones poco ortodoxas.


  Francisco González Ledesma es el gran escritor de novela negra con mensaje social, pero también es un escéptico como su personaje fetiche: el Inspector Méndez. Y solo desde ese escepticimso es capaz de entender una Barcelona muy alejada de la postal, de la que guardan en el imaginario colectivo aquellos turistas dispuestos a empaparse de sus monumentos más recurrentes. Gracias a ese esfuerzo por dejar a un lado la Barcelona más amable, este escritor genial se viste de una especie de Joaquín Sabina, para diseccionar con el alma canallesca la cruda estampa de la cara oculta de la urbe. Se ha empapado tanto de su ciudad natal, que, al menos en esta obra de barrio, ha decidido respirar de los ambientes más impredecibles, para así escribir una suerte de balada triste en la partitura siempre expuesta de la investigación criminal.


   Unos cuantos años atrás se produce un atraco a una sucursal bancaria con el desenlace de un niño muerto. Muchos años después, uno de los dos atracadores aparece asesinado. El otro, un estafador de altos vuelos, temiendo ser la próxima víctima de Miralles (padre del niño y a quien considera el asesino), trata de eliminarlo antes de que sea tarde. En medio de la presunta venganza hace su aparición Méndez. Tras intentos varios de uno contra otro para eliminarse, el desenlace de la novela es, como debe ser, un tanto inesperada, aunque todos nos imaginamos quién será la víctima. No obstante, en sus casi 300 páginas hay espacios reservados para las subtramas, vidas novelescas (personajes como Ruth, Mabel, el propio Miralles o Eva, son dignos de tenerse en cuenta), mucha mala leche, ternura, profesionales del oficio más antiguo del mundo y un padre huérfano de hijo, con una capacidad imaginativa suficiente para recrear su vida, arrebatada en un antiguo atraco a una sucursal bancaria.


   Una novela de barrio ganó el Premio RBA de Novela Policiaca, y es, bajo mi punto de vista, un libro digno de ser leído por los amantes de la literatura, pero muy especialmente por los seguidores de la novela negra. Una auténtica gozada.


  

lunes, 5 de abril de 2021

Pervivir en la memoria

       Del autobús de línea se había apeado portando su maleta de madera raída, el semblante grave y una miaja de torpeza en las piernas por el reuma y la humedad de Gijón; justo en el preciso instante de escucharse seis martillazos sobre la campana más grande de la torre de San Francisco,  señal inequívoca de esa hora de la tarde. En la Plaza, todos observaban el andar pausado del anciano desde las terrazas de los bares, sin atender al resuello del autocar procedente de León, redoblado en tardes de calor como aquella. Parecía transparentársele la sentencia de muerte, pues, uno de los transeúntes que pasaba a su lado, le preguntó por si no se encontraba bien; pero el viajero evitó la enojosa explicación del Alzheimer diagnosticado hacía poco, aduciendo la monotonía de los kilómetros.


 

  Me daré un baño y trataré de olvidar como sea, mientras me tumbo un rato en la cama -pensaba ajeno a tantos ojos ávidos-. En el señorial Hotel Magnánimo había reservado habitación para la Semana Santa: "Y que sea exterior", demandó,  "con vista a la escalinata y pedregal del Campairo", así podría avizorar las jóvenes acacias del fondo. Hacía una barbaridad de su último hospedaje en un hotel; mas ahora, con la Invalided Permanente y Absoluta, podía permitirse un dispendio, y hacer realidad uno de los sueños inalcanzables de su niñez. De aquella hasta habría dado su álbum de cromos y los programas de mano del cine -sus bienes más preciados-, a cambio de alojarse al lado de las señoras y caballeros bien, que desde el corredor de casa veía desaparecer en el vestíbulo: ataviados con traje a medida ellos, y, según temporada, abrigos de chinchilla, o vestidos coronados de chal, las esposas.

   
   Las estancias eran como él las había imaginado siempre, con sus galerías sobrias y pulcras rodeando el patio, los pasillos bruñidos de alabastro; además de habitaciones limpias y amplias, de techos altos, con sus pertinentes radiadores; amén del cuarto de baño alicatado y grifería dorada y refulgente. 


    
    Ya en la suya, al quedarse sólo y aliviado de carga de la pesada maleta, abrió el balcón y, acodando los brazos en la baranda, se demoró, oteando la zona baja del barrio de su niñez y la casa de adobe. La vivienda mantenía el alivio del corredorcito decrépito, donde había destrozado pantalones por las rodilleras y mancado sus dedillos tratando de matar hormigas o abejas, antes de guarecerse en sus nidos, entre las astilladas traviesas de la madera. Ahora, perfilados al fondo los árboles de más abajo con sus primerizas hojas, le devolvían el recuerdo de medio siglo atrás: aquel afán de empujar el balón a la portería contraria enmarcada por dos de ellos, y el esfuerzo de alcanzar la copa de alguno, cuando el culpable de la mala puntería embarcaba la pelota, o bien intentaba escudriñar algún nido de gorrión.



  Inicio de mi novela Pervivir en la memoria (2010), un recorrido pausado por las calles y rincones de Villafranca del Bierzo durante una Semana Santa muy lejana en el tiempo. 












 

  



   

            






 

jueves, 18 de marzo de 2021

Valencia C.F., 100 años, 2 meses y 7 días después

    

  En junio de 2020, con retraso por culpa del Covid-19, publiqué mi primer libro de no ficción que, como puede intuirse, explica la historia del Valencia C.F., única y exclusivamente a través de infinidad de estadísticas y/o datos numéricos. La obra, lista para ver la luz en los primeros meses del pasado año, aborda el periodo comprendido entre el 18/03/1919, día de su fundación y el 25/05/2019, último partido oficial de la temporada 2018/19, o sea, el de la final de Copa contra el BarÇa, de ahí el subtítulo del periodo transcurrido entre una y otra fecha. Hoy, víspera de San José, el Valencia cumple 102 años, así que, felicidades.


                         Amunt València!


viernes, 12 de marzo de 2021

LOU OTTENS, INVENTOR DE EMOCIONES

     The dark side of the moon de Pink Floyd, Made in Japan de Deep Purple, los grandes éxitos (primera recopilación de Santana), Darkness on the edge of town de Bruce Springsteen, Rumours de Fleetwood Mac, News of the world de Queen, Abbey Road de The Beatles, Selling england by the pound de Genesis, En directe de Iceberg, Sin after sin de Judas Priest, Led Zeppelin III, Plenitud de Módulos, Tubular bells de Mike Olfield, Exile on Main St. de Rolling Stones, etc., son tantos los álbumes a los que he tenido acceso gracias a este señor, que para completar la lista necesitaría toda la tarde de hoy y algunas más. Gracias al holandés Lou Ottens, yo, humilde aspirante al disfrute de la música, pude hacerlo a mi antojo sin necesidad de recurrir a la radio musical -casi inexistente en el comienzo de los años 70, más allá de los 40 principales-, gracias a un dispositivo que llevaba por nombre cassette, un soporte musical más fácil de almacenar y menos costoso (creo) que los discos grandes de 33 RPM, también conocidos como LPs, o al menos sí lo era el reproductor de cassette con respecto al tocadiscos.


      Aunque en los años 50 ya existían las cintas magnetofónicas, estas tenían el enorme inconveniente de su tamaño grandioso, como los aparatos donde se reproducían, con el inconveniente añadido de la facilidad para romperse o soltarse a la mínima. Por entonces, 1962, Lou Ottens, Ingeniero Jefe de la Philips, ideó un artilugio que terminaría popularizándose en todo el mundo a partir de 1965. Aquella invención tan simple a primera vista, terminó por democratizar (como años antes lo había hecho la aparición del pantalón tejano), por facilitar su acceso a cualquier persona ávida de escuchar música. Y es que otra de las ventajas del casette con respecto al LP, era la posibilidad de grabar lo que uno quisiera, sin necesidad de desembolsar una cantidad mayor por la compra del trabajo original de algún solista o grupo conocido.

        
     Aparatos como este de la foto, permitían la audición de cualquier tipo de cinta magnética de hierro o cromo, si bien el sonido era mono. Aunque a mí, lego en matería (años más tarde descubriría el Estéreo), poco podía importarme esa carencia, pues siendo tan joven ignoraba por completo la prestación más brillante de este. Recuerdo con nostalgia las mil y una grabaciones de álbumes en aquellas maravillosas cintas (Basf, TDK, Fuji, Agfa, la propia Philips, Sony, Scotch, etc.) normalmente de 90 minutos de duración, en las casas de amigos, y también la infinidad de veces que he tenido que abrir las tapas protectoras de las cintas porque, o bien se habían roto, o bien enganchado en el reproductor, y requerían de una reparación puntual. Como tampoco me olvido de las muchas ocasiones en que, al no circular bien la cinta por no rebobinarse de manera uniforme debido a exceso de humedades, suciedad en el reproductor u otro imponderable, me veía en la obligación de darle unos golpecillos contra la pierna o la palma de la mano, y a renglón seguido, con la ayuda de un bolígrafo Bic, a rebobinarlo manualmente. Por lo común, la cinta volvía a reproducirse sin mayor inconveniente.

    
       Este hombre que fallecía el pasado día 6 sin hacer ningún ruido, sin que los medios de comunicación se hicieran eco del obituario, o lo hicieran a vuelapluma, nos ha dejado a millones de personas un legado impagable, cual es el de habernos hecho gozar de la música a partir de un pequeño artilugio capaz de encender la mecha de las emociones sin ser capaces casi nunca de valorar el alcance de lo que teníamos o tenemos entre manos. Vaya para él el mayor de los reconocimientos y una gratitud infinita.