viernes, 12 de marzo de 2021

LOU OTTENS, INVENTOR DE EMOCIONES

     The dark side of the moon de Pink Floyd, Made in Japan de Deep Purple, los grandes éxitos (primera recopilación de Santana), Darkness on the edge of town de Bruce Springsteen, Rumours de Fleetwood Mac, News of the world de Queen, Abbey Road de The Beatles, Selling england by the pound de Genesis, En directe de Iceberg, Sin after sin de Judas Priest, Led Zeppelin III, Plenitud de Módulos, Tubular bells de Mike Olfield, Exile on Main St. de Rolling Stones, etc., son tantos los álbumes a los que he tenido acceso gracias a este señor, que para completar la lista necesitaría toda la tarde de hoy y algunas más. Gracias al holandés Lou Ottens, yo, humilde aspirante al disfrute de la música, pude hacerlo a mi antojo sin necesidad de recurrir a la radio musical -casi inexistente en el comienzo de los años 70, más allá de los 40 principales-, gracias a un dispositivo que llevaba por nombre cassette, un soporte musical más fácil de almacenar y menos costoso (creo) que los discos grandes de 33 RPM, también conocidos como LPs, o al menos sí lo era el reproductor de cassette con respecto al tocadiscos.


      Aunque en los años 50 ya existían las cintas magnetofónicas, estas tenían el enorme inconveniente de su tamaño grandioso, como los aparatos donde se reproducían, con el inconveniente añadido de la facilidad para romperse o soltarse a la mínima. Por entonces, 1962, Lou Ottens, Ingeniero Jefe de la Philips, ideó un artilugio que terminaría popularizándose en todo el mundo a partir de 1965. Aquella invención tan simple a primera vista, terminó por democratizar (como años antes lo había hecho la aparición del pantalón tejano), por facilitar su acceso a cualquier persona ávida de escuchar música. Y es que otra de las ventajas del casette con respecto al LP, era la posibilidad de grabar lo que uno quisiera, sin necesidad de desembolsar una cantidad mayor por la compra del trabajo original de algún solista o grupo conocido.

        
     Aparatos como este de la foto, permitían la audición de cualquier tipo de cinta magnética de hierro o cromo, si bien el sonido era mono. Aunque a mí, lego en matería (años más tarde descubriría el Estéreo), poco podía importarme esa carencia, pues siendo tan joven ignoraba por completo la prestación más brillante de este. Recuerdo con nostalgia las mil y una grabaciones de álbumes en aquellas maravillosas cintas (Basf, TDK, Fuji, Agfa, la propia Philips, Sony, Scotch, etc.) normalmente de 90 minutos de duración, en las casas de amigos, y también la infinidad de veces que he tenido que abrir las tapas protectoras de las cintas porque, o bien se habían roto, o bien enganchado en el reproductor, y requerían de una reparación puntual. Como tampoco me olvido de las muchas ocasiones en que, al no circular bien la cinta por no rebobinarse de manera uniforme debido a exceso de humedades, suciedad en el reproductor u otro imponderable, me veía en la obligación de darle unos golpecillos contra la pierna o la palma de la mano, y a renglón seguido, con la ayuda de un bolígrafo Bic, a rebobinarlo manualmente. Por lo común, la cinta volvía a reproducirse sin mayor inconveniente.

    
       Este hombre que fallecía el pasado día 6 sin hacer ningún ruido, sin que los medios de comunicación se hicieran eco del obituario, o lo hicieran a vuelapluma, nos ha dejado a millones de personas un legado impagable, cual es el de habernos hecho gozar de la música a partir de un pequeño artilugio capaz de encender la mecha de las emociones sin ser capaces casi nunca de valorar el alcance de lo que teníamos o tenemos entre manos. Vaya para él el mayor de los reconocimientos y una gratitud infinita. 

lunes, 22 de febrero de 2021

Toda precaución es poca

 

    (Toda precaución es poca, historia irreverente, como casi todas las del Oeste, incluida en mi libro de relatos Teórica del fuego, publicado en 2018.)


 

L

a puerta se abrió de golpe y los forajidos entraron envueltos por la densa niebla de la anochecida. Cuando intentó incorporarse tras el tumulto y el vocerío de uno solo de los hombres, Charlie tenía el cañón de un Colt 45 acariciando una de sus sienes.

-   Estás borracho como una cuba –dijo el que parecía llevar la voz cantante de los tres barbados.

-  Es el aniversario –repuso el hombre aún recostado sobre el camastro-. Hoy hace cinco años.

-  Lo sé de sobra – admitía el jefe con gesto inteligente-. ¡Vamos, quítale las balas al revólver y devuélveselo! ¡Levántate lentamente, Charlie!; y tú regístrale a conciencia, ¡no quiero sorpresas de última hora!

  Al incorporarse simuló caerse al suelo por enredarse con una de las telas del jergón. El que se disponía a rastrear entre sus prendas lo sujetó de inmediato por el brazo para evitar su desplome.

-  Estoy más borracho de lo que creía.

- Eso veo, Charlie. Un hombre tan célebre como tú no debería abusar del whisky. Cualquier desalmado podría aprovechar la ocasión para mandarte al otro barrio sin contemplaciones –advertía el jefe del trío-. Tal vez te convendría tomar un café bien cargado.

-  No quiero ningún café. ¿Dónde está Tom? –inquirió de súbito Charlie. ¿Qué habéis hecho con él?

- Tranquilo Charlie. Lo hemos despachado. Si lo hubiéramos dejado con vida, tú mismo le habrías rebanado el pescuezo.

-  ¿Hablas en serio? Él no se lo merecía. Entiendo que me queráis a mí, pero no a un pobre desgraciado como Tom.

- Era un maldito delator. Lo compramos a cambio de dos mil dólares si nos decía de tus andanzas para el día de hoy. Cortándole el pescuezo nos ahorramos el dinero y te evitamos la rabia de despacharlo con tus propias manos.

-  No puede ser.

-  ¡Créeme!

-  ¡Que lo digan tus secuaces!

-   Ellos son mudos y no van a decirte una sola palabra. Una vez se fueron de la lengua y no me quedó otra que dar la orden para arrancársela. Al principio me guardaban rencor, pero con el transcurso del tiempo me lo han terminado por agradecer. Si algún día beben más de la cuenta no habrá temor alguno. No obstante, si quieres quedarte tranquilo, preguntaremos y ellos moverán la cabeza de una manera u otra; por el momento no están sordos. 

  - ¿Nos cargamos al imbécil de Tom o no?

  Ellos asintieron con la cabeza, sin dejar de apuntar a Charlie el primero, y manoseando a conciencia por todo su cuerpo el segundo.  Cuando el más menudo de los forajidos concluyó con éxito el registro, Randolph, el jefe de la banda más numerosa de los fuera de la ley en el estado de Wisconsin, le ordenó que desenfundara su revólver y acompañara al otro en el mismo cometido.

-  ¿Sabes, Randolph?, te veo envejecido. ¿Acaso tienes problemas para mantener la disciplina en la banda? Nunca imaginé que podrías conservar el mando durante cinco años.

-   ¡Pareces no estar tan borracho como decías! Hablas con mucha intención, tratando de herirme. Pero puedo hacer que se cambien las tornas y recordarte cómo matamos a tu esposa y lo bien que se lo pasaron mis hombres antes de despacharla. Se quitaron las cartucheras, luego los cintos, los pantalones, ¿sigo?

-    ¡No! ¡No sigas!

-  ¿Sabes que tienes un gusto deplorable? Tú, el hombre más rápido del Oeste, que has sido propietario de un rancho y miles de cabezas de ganado, que has hecho dinero y fama acompañando al mismísimo Buffalo Bill en sus espectáculos, te conformas ahora con vivir en una especie de cobertizo a punto de caerse en pedazos. No me lo puedo creer.

-   Tú me lo quitaste por las bravas.

-  ¿El rancho? Te aprovechabas del agua de nuestra acequia.

-  ¿De vuestra acequia? Siempre ha sido de todos.

-  Yo la conquisté para mis hombres.

-  Es una lástima que no pueda defenderme. A los tres os hubiera descerrajado la crisma; y luego, de ser posible, iría en busca de tus otros secuaces para aniquilarlos.

-   Aniquilarlos. Seguramente olvidas que a lo largo de estos últimos cinco años has acabado con más de la mitad de mis hombres. Pero esta masacre se ha acabado; ahora te tengo en mis manos.

-  Quizás me equivoqué aquella vez que te tuve a tiro en el Banco Central de Dansmouth; pero me pareció que si lo hacía te daba muerte de una manera muy sencilla, con nulo sufrimiento, y tal vez habría dado con mis huesos en la cárcel por hacerlo a vista de todos.

-   Yo no voy a ser tan cruel contigo. A lo largo de estos años he intentado dar con el gran Charlie Turner solo cinco veces, las que sabía que ibas a descuidarte por culpa del alcohol, los cinco días del aniversario de la muerte de Sarah. Si tú me has perseguido durante un lustro entero, pretendiendo dar con la ocasión más propicia para despellejarme vivo, y yo solo lo he intentado en cinco ocasiones es porque tu odio supera mil veces al mío. Me limitaré a dispararte una vez al corazón y se acabó, pues Charlie Turner se merece una muerte decorosa; ¡ah!, y con el revólver a punto, dentro de la cartuchera, sujeta de modo groesco al pijama gracias a ese cinturón desgastado. Pero antes podemos hablar y damos tiempo a que escampen estas brumas asquerosas.

-   No seas sarcástico. Tú nunca lo fuiste, ni siquiera cuando Sarah te rechazó siendo un jovencito acobardado, incapaz siquiera de apuntar con acierto a una lata a dos metros de distancia. Pretendías aparentar tranquilidad diciendo a diestro y siniestro que solo había sido una broma entre parientes, para probarla. La acequia se convirtió en la excusa perfecta para tomarte la revancha de tu prima Sarah, aunque ya hubiesen pasado quince años. Si nunca tuviste ganado, ¿para qué querías apoderarte de la acequia?

-   No digas estupideces. A Sarah la había olvidado el mismo día que me rechazó. Es más, y tú lo sabes muy bien: yo no participé en la violación. La acequia, lo admito, fue un antojo para probar nuestra autoridad.

-   Eres un embustero. Los celos te corroían y no sabías cómo quitártela de la cabeza. Pero es igual. Lo que no acabo de comprender es cómo haces estas cosas tan disparatadas.

-   ¿Cuáles?

-    Quitar las balas del revólver y devolvérmelo vacío. No tiene ningún sentido.

-   Un hombre tan grande como tú, con más de cincuenta asesinatos a tu espalda, no se merece la ignominia de enfrentarse a la muerte sin nada que llevarse a la mano.

-  Recuerda que casi cuarenta han sido hombres tuyos. De todas formas, con un revólver se pueden hacer muchas cosas, aunque esté vacío.

-  ¿Nos lo vas a tirar a la cara a uno de nosotros? Solo conseguirías precipitar tu muerte.

-   Lo siento; si no voy pronto ahí –señalando el excusado- me lo haré aquí pantalones abajo. Es el maldito whisky que me da retortijones en las tripas. ¿Puedo entrar?

-   ¡Claro! Será uno de tus últimos deseos. No obstante, es una mera precaución, uno de mis hombres vigilará la puerta trasera por si se te ocurre la estupidez de salir huyendo. Pero antes –indicándoselo al hombre más grande-, tú: rastrea a conciencia cada espacio de ese cuchitril, no vaya a esconder algún arma.

-   Descuida, no hay nada escondido, y tampoco pienso escaparme, pues no estoy en condiciones de correr campo a través.

    Dejaron que el hombre entrara en la letrina, previo regstro del minúsculo espacio por parte del mudo, al tiempo que el otro silente salía de la estancia, sumergiéndose esta de nuevo en una renovada bruma. Iba a vigilar el exterior del cobertizo. Entre tanto, liberado de la escolta momentánea, el hombre, aparentemente borracho, se bajó los calzones, empezando a husmear entre las profundidades de su trasero, el único rincón donde el subalterno no había indagado. Una a una fue extrayendo y limpiando en la camiseta del pijama de felpa hasta seis balas que iba colocando en el tambor del arma, al tiempo del tarareo de una melodía para ahogar el ruido del manipulo. Cuando hubo terminado, baldeó agua del cubo, allí listo, en la lisura intacta de la loza, a fin de no levantar sospechas. Salía exagerando los movimientos torpes, aguardando el momento más propicio para acabar con aquellos barbudos. 

    Randolph dio la orden al de afuera para entrar de nuevo. La puerta se entreabrió lo justo para que entre la vaharada de vapor opaco apareciera un bulto negro, apenas perceptible. En ese preciso instante se oyó la detonación seca de un disparo, a la par que el bulto se difuminaba cayendo al suelo, y otro más un cuarto de segundo después, el breve lapso que el forajido había dejado de apuntarle para fijarse en la entrada de su compañero. Cuando el jefe quiso reaccionar y pretendía desenfundar su arma, Charlie le apuntaba con el revólver sin ningún titubeo. Aún tuvo tiempo de ver cómo el subalterno se desplomaba a los pies del gran Charlie.

-  Eres un maldito hijo de puta. ¿De dónde has sacado ese revólver?

-  Es el mismo que ya tenía.

-  Entonces, ¿de dónde sacaste las balas?

-  Del culo.

- ¡Vamos!, no seas embustero.

-   Es tan verdad como que tú vas a morir muy lentamente, a no ser que eso te importe de veras y decidas desenfundar ahora mismo para acabar cuanto antes, como un valiente.

-   Entonces ya nos esperabas.

-   Era cuestión de tiempo, así que decidí hacerme el fuerte.

-   No te entiendo.

- Después de cinco años había llegado el momento de superarlo. Decidí no emborracharme y aguardar, por si era hoy la noche indicada. Apenas bebí dos vasos de whisky, el suficiente para encontrarme mejor y soltar un olor apestoso que diluyera cualquier duda vuestra al respecto.

-   Entonces estabas al corriente de los pasos de Tom.

-   Sí, sabía de su traición desde hace unas semanas, cuando en su bolsillo duscubrí la nota delatora. En cuanto al antojo de dejarme el revólver en la cartuchera, tú mismo lo habías asegurado más de una vez: cuando llegue el día de matarte, dejaré que mueras como un valiente, con la oportunidad de desenfundar, auqnue el arma apenas te sirva para golpear la cabeza de alguno de nosotros. En fin; ha llegado el momento de comenzar el sacrificio. Vas a quitarte la camisa, por el momento.

   Randolph obedeció. Al disponerse a desabrochar el tercer botón, giró la mano derecha hacia la cartuchera en busca del revólver. Cuando ya lo tenía empuñado y a punto para desenfundar, escuchó una detonación. Tuvo todo el tiempo del mundo para ver una mancha de sangre sobre su barriga antes de caer fulminado al suelo.  Un instante más tarde, Charlie Turner abandonaba aquella estancia solitaria y alejada de la ciudad, definitivamente sumergida en la bruma que entraba veloz a través de la puerta abierta. 

   En la agonía perfectamente tramada por su verdugo, Randolph aún pudo escuchar el trote de un caballo alejándose. Más tarde que temprano el resto de la banda llegaría allí; sin embargo, con toda seguridad, sus hombres deberían esperar un año más para hacer realidad el sueño de acabar con el hombre más rápido del Oeste.


viernes, 29 de enero de 2021

Bandas invisibles

 

       Se da por descontado que cuando alguien se presenta ante la multitud para impresionarla, seducirla, para venderle su producto, no puede hacerlo de cualquier manera, ni tampoco tratar de cubrir el expediente sin sentido alguno. Chocaría que un director de sucursal bancaria, al solicitarle un crédito, recibiera a su potencial cliente tomándose una copa, o al responsable del rodaje de una película dando siempre por buena la primera toma de una escena, o al carnicero del barrio utilizando los mismos cuchillos mellados y con óxido desde muchos años antes. Tampoco funcionaría como un reloj la propiedad de una empresa si no contara con un grupo de profesionales capacitado para llevar a buen puerto su administración. Es así, ya introducidos en materia musical, inconcebible para un melómano escuchar temas como The price you pay (The River), o el mismo The promised land (Darkness on the edge of town), de Bruce Springsteen, sin escuchar al propio tiempo el sonido inconfundible de la E Street Band. Bruce podría haberse rodeado de otros músicos, lo ha hecho con frecuencia para completar sus trabajos, pero es seguro que obras maestras como Darkness on the edge of town o The river, no habrían sonado igual sin la presencia de estos músicos, un grupo que ha trabajado con artistas de la talla de Bob Dylan, Carlos Santana, Dire Straits, Aretha Franklin, David Bowie, Peter Gabriel o Emmylou Harris.

      

      Los primeros artistas, pioneros del rock'n roll que se hicieron acompañar por grupos mediados los años 50, fueron Bill Haley por "sus" His Comets y Buddy Holly por The Crickets. Seguiría su estela Cliff Richard al hacerse acompañar por The Shadows, si bien, al comienzo, Richard era uno más de sus miembros -anteriormente The Drifters-, hasta que, por aquello del tirón comercial, alguien sugirió la conveniencia de anteponer el nombre de alguno de sus miembros, y así fue como Cliff consiguió su complemento ideal durante algunos años con "las sombras". Otro de los genios, el reputado John Mayall, está ligado invariablemente a The Bluesbreakers. Por el grupo, una auténtica cantera de artistas, han desfilado estrellas como Eric Clapton, Peter Green, Mick Fleetwood, John McVie, Mick Taylor o el desaparecido Jack Bruce. Mr. James es un claro ejemplo de ese sonido tan característico de los británicos.


      
       
     Pero sería con el final de los 60 y años posteriores, cuando empieza a ser más frecuente la presencia de grupos acompañando a solistas de prestigio. Uno de ellos es The Band -anteriormente The Hawks- que comenzó a ser reconocido cuando Bob Dylan lo reclutó para acompañarle en su prácticamente primera gira eléctrica, marcando definitivamente las pautas del cantautor en su nuevo formato más rockero. Para su debut discográfico, Music from big pink, Dylan les regaló este clásico
I shall be released 
(Película del concierto de despedida de The Band). Y sin duda, otra de las estrellas que no podría concebirse sin sus inseparables The Heartbreakers, es el desaparecido Tom Petty. Un sonido invariable pero pulcro que le sentaba como un traje hecho a medida al de Florida. Buen ejemplo de ello es este Into the great wikde open. Otro de los casos más reveladores para un grupo influyendo decisoriamente en la tendencia musical del solista, es The J.B.'s, el grupo que acompañó al rey del funk, James Brown, fundamentalmente durante la década de los 70. 



    Pero si hay un artista y una banda que ejemplifican como ningún otro el grado de compenetración y calidad, este sin duda sería el formado por el genio canadiense Neil Young y los yanquis Crazy Horse. A lo largo de más de 40 años han colaborado en discos tan fundamentales como Tonight's the night, Live rust, Weld o Greendale, trabajos difícilmente predecibles si el acompañamiento no hubiera estado a cargo de los "caballos locos". Con toda seguridad el bueno de Young habría ultimado álbumes más que aceptables, pero es innegable que habrían sonado diferentes. Otra unión modélica en colaboración, esencial para la carrera  
de Bob Marley, máximo exponente del reggae, se produjo con The Wailers. Con ellos Marley alcanzó la cima de su fama que se vería truncada con su prematura desaparición a los 36 años. Para el recuerdo queda el legado de discos tan fantásticos como Natty dread, Rastaman vibration, Exodus, Kaya, Babylon by bus o Survival. Bob había creado el nuevo grupo en 1974 tras la renuncia de otro de los personajes más populares de la música jamaicana: Peter Tosh.


   
      Han existido otros muchos matrimonios musicales que han influido decisivamente en algún momento en la carrera de esos célebres solistas. Es el caso de Frank Zappa and The Mothers of Invention, que trabajaron codo con codo en torno a 6 años. O el del norirlandés Van Morrison, que de 1970 a 1974 unió su suerte a The Caledonia Soul Orchestra. O el del guitarrista de jazz-fusión John McLaughlin junto a su Mahavishou Orchestra en varias etapas. O el del inclasificable Elvis Costello con The Attractions. O la ocurrencia de David Bowie sacándose de la manga a The Spiders from Mars en su periodo más glam y Stephen Stills, que grabaría dos discos con Manassas. Sin olvidar formaciones de calado que sin acompañar regularmente a un solo artista, han reforzado a distintas estrellas a lo largo de los años, como es el caso de Funk Brothers, ligados a la Motown, o The Section. Todos ellos, que erróneamente pueden o pudieron ser calificados en algún momento como grupos de acompañamiento o bandas de segunda, forman parte de la historia musical de los últimos sesenta años. A todos ellos mi más sincera gratitud.





     
    

       


domingo, 10 de enero de 2021

Olga Merino: La forastera

 
      "Atravieso el baldío donde crecía el trigo del patrón y, a paso ligero, alcanzo enseguida la hilera de almendros que hace una eternidad marcaba la linde de nuestras tierras. Los almendros eran límite y defensa; más allá se extendían las propiedades de los Jaldones. Dejo atrás la dula de las cabras. A este trote no tardaré más de media hora en plantarme en el molino. El aire huele a romero y aceituna molida mientras avanzo entre las jaras peinadas por el viento dando un rodeo para no acercarme demasiado a la casa de Las Breñas, por la parte trasera, en la umbría, donde se afilan los últimos fríos del invierno. Conozco cada pliegue del terreno, los nombres de los espinos y adónde llevan los ramales, aunque para las gentes de la aldea nunca he dejado de ser una extraña que vino de paso y decidió quedarse. Ya no me importa. Aquí he echado el ancla."


      Este es uno de los párrafos que da pistas sobre, no tanto el argumento como la temática tratada en la novela La forastera. Al primer ojeo ya nos percatamos de que la acción se desarrolla en el medio rural, y que la vida de Ángela, la protagonista, va a evolucionar en un ambiente hostil, de cierto desarraigo, que dificulta sobremanera su bienestar personal, desembocando en una suerte de fatalidad, aliviada con su huida camino del mar. Aunque es nativa, se siente forastera al regresar al terruño después de haber vivido en Londre una vida tan opuesta a la de la aldea, casi despoblada y donde el parentesco entre cónyuges es frecuente; de ahí, tal vez, el exceso de suicidios entre la población madura. Pero también, y al margen del hilo argumental, en este párrafo introductorio se aprecia la facilidad en el manejo de una rica variedad de vocablos utilizados por parte de la Barcelonesa Olga Merino (1965) en esta, probablemente, una de las mejores novelas publicadas a lo largo de 2020. 


      Ángela es una mujer de unos cincuenta años que al romper con Nigel, un pintor con una fuerte personalidad y creatividad desbordante, decide abandonar Londres y asentarse en el pueblo de sus antepasados. En un ambiente cerrado, conviviendo con vecinos recelosos, y donde la desgracia se cierne de manera cíclica, la mujer encuentra consuelo en la tranquilidad y naturaleza que la rodean, además de preservar una cierta amistad con un emigrante llamado Ibrahima, que, al ser despedido de la finca de Las Breñas junto al ucraniano Vitali, acoge a ambos en su modesta vivienda. En un estado de aflicción y de cuchicheos por parte del vecindario tras el ahorcamiento de Don Julián, el propietario de Las Breñas, la trama comienza a tomar velocidad de crucero. En ese estado de alarma y postración del pueblo, Ángela se entera por casualidad de que Emeteria, su tía fallecida hacía tiempo, no era tal, sino su propia abuela, y que en realidad, ella había estado emparentada con Don Julián, pues Emeteria había quedado embarazada del padre de Don Julián, dando a luz a quien sería su padre, un bastardo que más tarde la engendraría a ella. Don Julian, estando al corriente de todo ello, deja que la mujer viva tranquilamente en su casa de Las Hachuelas, ajena esta a su verdadero parentesco. Pero todo da un vuelco con la irrupción de las mellizas, las hermanas de Don Julián, para tomar posesión de Las Breñas como únicas herederas del suicida. Las mujeres, urbanitas y que quieren liquidar la explotación agraria para montar un hotel, le empiezan a hacer la vida imposible cuando se niega en redondo a abandonar su morada. En ese estado de lucha soterrada, Ángela toma la drástica decisión de destrozar Las Breñas provocando un fuego que también ha de acabar con la vida de las herederas. Finalmente huye en busca del mar.

     

     

    Novela apasionante y que deja para el recuerdo personajes memorables, como los atormentados Don Julián y Dionisio, propietario y capataz, además de amantes;  el pordiosero y borrachín Rodales, que es quien le advierte de su descendencia y le pone en la pista para descubrir que también su padre había fallecido por voluntad propia y no por accidente, como le habían hecho creer. O Tomás, el propietario del bar por donde se deja caer la forastera los domingos, o Andrés, el cura que la ayuda en su búsqueda de la verdad y con el que había tenido anteriormente un único intercambio físico. También la Emeteria, un personaje como surgido de la fantasía calenturienta de Ángela; y por supuesto sus dos perros, protagonistas desgraciados de la maldad de las mellizas y que con su asesinato precipita la determinación de Ángela de seguir el camino de la destrucción. 


       Olga Merino es licenciada en Ciencias de la Información y actualmente forma parte de la plantilla de El Periódico, además de ser profesora en la Escola d'Escriptura de l'Ateneu de Barcelona.  Para mí un gran descubrimiento.

  

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El universo Obaba

     "Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía -un viejo mueble de roble-, era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba."


     De esta manera tan sugestiva da comienzo a la primera historia de Obabakoak, que lleva por título Esteban Werfell, el escritor Bernardo Atxaga, hoy en día el literato vasco de más prestigio y más leído -con permiso de Fernando Aramburu y su Patria-, además de traducido a múltiples idiomas. Concretamente este racimo de historias, o capítulos de la novela, y que fue publicado en 1988, ha sido traducido a la nada despreciable cantidad de 26 idiomas. Escrito originalmente en vasco, pronto concitó la atención de público y crítica hasta el punto de ser distinguido con el Premio Nacional de Narrativa un año después.


       ¿Qué es lo que hace tan luminosa la escritura de Bernardo Atxaga y más concretamente esta obra de Obaba? Tal vez sea su lenguaje aparentemente sencillo, no distrayéndose con palabras rebuscadas -tal vez la traducción al castellano hace lo suyo- ni tramando estructuras complejas; muy al contrario, tejiendo historias o cuentos comprensibles para cualquier lector, aun el más obtuso. Algo por otra parte -la sencillez-, razonable, teniendo en cuenta que por encima de cualquier otra consideración, Atxaga ha querido construir un nuevo universo de realidad paralela llamado Obaba, y para que la gente quede atrapada en ese territorio donde todo es factible, lo más indicado es desnudar cada palabra, frase o párrafo, dejar los adornos o artificios arrinconados para no despistar a sus lectores, permitiéndoles hacer el viaje de la fantasía sin riesgo a salirse de la vía perfectamente delimitada por el escritor para esta novela o colección de cuentos, algo que no termina de concretarse.


        En sus páginas ha dejado espacio para otras geografías, fundamentalmente para la alemana de Hamburgo, pero el grueso de esta sorprendente historia se localiza en el universo Obaba, por él creado para mayor disfrute de lectores fantasiosos ávidos de conocer demarcaciones donde se suceden episodios poco frecuentes, o que tal vez hemos olvidado/desterrado de nuestros cerebros, más ocupados y preocupado por la vida de hoy: vertiginosa y huidiza. Obabakoak no es tanto la pretensión de que sus lectores leamos con agrado sus páginas, que también, sino la firme determinación de que con él nos adentremos en esta colección incontable de muñecas rusas, o matrioskas; en esta especie de recreación o divertimento para competir con él en el azar y los imprevistos más insospechados del Juego de la Oca.


  

         El autor de El hombre solo (1993), o El hijo del acordeonista (2003), sirviéndose de una carpintería tan ingeniosa como sólida, nos deja más de una veintena de cuentos y/o narraciones cortas, encardinándose, o cabalgando unas sobre otras, hasta formar, como harían los ladrillos de una casa, la vivienda firme y perfecta donde adentrarnos y dar rienda suelta a nuestros mayores anhelos de juventud, algunos de ellos ya inimaginables. Este universo tuvo su traslación a imágenes en 2005 de la mano de Montxo Armendáriz, que adaptó al cine con el título de Obaba, una versión muy digna y que supuso para el cineasta 10 nominaciones al Premio Goya.


       Sin dudarlo, y ateniéndome a la recomendación requerida por mi amigo Santi, creo que este libro puede ser un magnífico regalo para el disfrute de estas Navidades tan desacostumbradas como extrañas. 



 

martes, 22 de diciembre de 2020

¡Feliz Navidad!

        "Si quieres un año de prosperidad, siembra trigo. Si quieres diez años de prosperidad, siembra árboles frutales. Si quieres una vida de prosperidad, siembra amigos. Te deseo que siembres muchos amigos este año que viene. Feliz Navidad".

     La frase no es mía pero la suscribo. Solo añadir como el mayor de los deseos el de la salud para tod@s, y que el 2021 sea por fin el año de la victoria sobre la Covid-19, esa pesadilla distópica que se ha llevado por delante la vida de miles de personas. Y como estas son fechas propicias para la fabulación, para las lecturas reposadas, aquí os dejo mi cuento de Navidad, Una cena arriesgada





 

martes, 15 de diciembre de 2020

John Le Carré, o el juego de los espías

   "Cuantas más identidades tiene un hombre, más expresa la persona que oculta". Creo que la frase define a la perfección la voluntad creadora de Le Carré, pero también la determinación de domeñar el verdadero temperamento encerrado en David John Moore Cornwell, su nombre real en la vida civil. Así mismo, cuando dice: ("Con frecuencia me han preguntado por qué elegí este ridículo nombre, ahí es donde la imaginación del escritor viene en mi ayuda. Me vi sobre el puente de Battersea, encima de un autobús, mirando a una sastrería... y se llamaba algo así, Le Carré. Esta historia ha contentado a todos durante años. Desgraciadamente, las mentiras nunca aguantan mucho. Últimamente he tenido unas terribles ganas de verdad. Y la verdad es que no lo sé"), está reafirmando con determinación el derecho a que su verdadera personalidd se disuelva, o cuando menos se termine edulcorando en medio de su grandiosa obra literaria.


   John Le Carré fallecía hace tres días a la edad de 89 años, muy bien llevados por cierto, al menos en cuanto a su capacidad mental para fabular, pues el año pasado aún publicaba Un hombre decente, obra que no desmerece del resto de sus trabajos. Pero, sin duda, lo que hace grande a Le Carré, es su trayectoria como escritor de historias con espías y espionaje, llegando a ser, con toda seguridad, uno de los arquetipos del género, elevándolo a la altura de otros como la novela negra o de terror. Y además le cabe el honor de haber moldeado con las manos del mejor escultor a uno de los personajes más celebrados de la literatura moderna: Jack Smile, acaso su alter ego. Gracias a Smile, Le Carré ha escritos algunas de las mejores novelas de espionaje del Siglo XX, como El espía que surgió del frío, El topo, La gente de Smile o La Casa Rusia, algunas de ellas llevadas a la gran pantalla, aunque la adaptación en el mayor de los casos no llega a ser tan afortunada como el modelo escrito.


        El genio creativo del británico -antes había experimentado, es de suponer, las mismas sensaciones  y vivencias al trabajar para el Servicio Secreto de Su Majestad, o Cuerpo Diplomático, como es conocido oficialmente (un puro eufemismo), de 1960 a 1964, plantea a lo largo de su obra la verdadera personalidad de un espía, los ambientes que suele frecuentar, o las misiones a las cuales debe incorporarse como uno más de los salvadores de "un mundo razonable". A la par nos descubre la cotidianidad de esa profesión tan fascinante como inaccesible. El espía pasa a ser -si uno lee sin ir más lejos El topo, para mí su mejor novela-, un hombre con un temple extraordinario, dispuesto siempre a pelearse con el fuego, deslizándose por el estrechísimo reducto de un alambre supendido en el vacío. Para sortear infinidad de trampas -propias y ajenas- a que es expuesto por su condición de agente secreto, se reviste de una coraza imperceptible para personas de a pie como nosotros, convirtiéndose en un ser humano de mil caras. Es, al fin y al cabo, en el menos estricto sentido de la palabra, aunque guarde ciertas similitudes, una rata de biblioteca, un héroe anónimo tratando por todos los medios de desentrañar el misterio más huidizo, o de descubrir quién es el infiltrado que trata de desestabilizar a Circus, como ocurre en este maravilloso libro publicado en 1974. A través de sus más de 400 páginas, El topo nos describe un mundo de cinismos, de intereses cruzados en medio de un ambiente frío, hostil y pavoroso, que nos obliga a reflexionar sobre otras realidades impensadas la mayor de las veces.    


     Se nos ha ido uno de los grandes de la literatura de espías y suspense, pero por fortuna nos deja el legado de su obra imperecedera; un ejemplo a seguir por quienes nos sentimos cautivados por el género. Quién sabe, tal vez algún día me atreva y aborde la escritura de una novela de espías, aunque seguramente no alcance ni de lejos el nivel de maestría del inglés.
 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Personajes de allá (7)

 

Si hay vecinos, o había, que con su carácter expansivo y forma de proceder reanimaban la existencia adormecida de Villafranca, sin dudarlo, uno de ellos era M. Sus paisanos podíamos encontrárnoslo en cualquier parte, y si eso ocurría, nunca dejaba de dirigirte la palabra o cuando menos dar el saludo. Por su forma de ser y la variedad de actividades en las cuales ocupaba el tiempo, lo más razonable era tropezarnos con él en la calle, y con más frecuencia en La Plaza, el espacio donde mejor se sentía, departiendo e intentando informar de por dónde irían los tiros del fin de semana, para los niños y los más talluditos. Y si no se terciaba por ser lunes, o martes, o miércoles, cualquier acontecimiento era propicio para preservar la buena vecindad a partir del chascarrillo, o de la cortesía del encuentro; lo esencial era el intercambio de pareceres desde la afabilidad de la cual hacía gala permanentemente.



    La primera imagen que me viene a la cabeza de M. es de una foto en blanco y negro junto a otros hombres vestidos de negro riguroso (o eso se intuye a través de la instantánea), como de nazarenos, descendiendo la antigua escalinata de San Francisco. Portan un crucifijo, un paño presuntamente blanco y algún aderezo más que no recuerdo exactamente, ¿tal vez el féretro con los restos de algún hermano de la VOT? M. debía de estar familiarizado con los rituales mortuorios, porque otra de las imágenes inolvidables es la suya en la procesión del Santo Entierro portando el paso de la Urna. O la menos amable, es evidente, en su empeño por emular al forense de marras y anticipar con sus propias manos el veredicto exacto de la causa de fallecimiento.



    Claro que no siempre iba a apechugar con los negocios más lastimosos. Cuando llegaba septiembre, a M. se le dibujaba la alegría incontenible, pues muy pronto se iba a convertir, no ya solo en uno de los grandes protagonistas de las fiestas, sino en uno de los más afortunados al ser festejado por sus convecinos, como si se tratara del vencedor de las justas en la Edad Media. El día trece, a eso de las doce de la mañana, ensordecido por las campanas y atronado con bombas de gran palenque, Don Quijote iba a bailar como nunca lo hubiera imaginado el bueno de Cervantes, gracias al soniquete eterno de unas gaitas familiares y amigas. Don Quijote ha sido siempre la debilidad de los villafranquinos, pero no es menos cierto que esa predilección se debe en buena medida al buen hacer de M. emboscado bajo el telar y las cuatro piernas de madera. Entonces, al compás de los palillos de madeira, era capaz de danzar más rápido que nadie y mejor que ninguno, sin olvidar sus buenas carreras tras los rapaces, aunque en esa suerte lo aventajara el más gris de los gigantes.



   Aunque no sé por qué, a pesar de esa jovialidad luminosa y sencillez sin dobleces, a M. siempre lo identificaré con la anochecida, con aquellos bancos abandonados y las farolas delatoras de una plaza desierta y desamparada a esas horas que presagian la madrugada. Su quehacer semanal más significativo, y añadiría que gratificante, se circunscribía a aquel espacio de fantasía ideado para hacer soñar a todos por igual: El Cine. De muy niño ya frecuentaba el recinto edificado en principio para las representaciones teatrales, sentándome en una de las descoyuntadas butacas y aguardando impaciente a que al fin se hiciera la oscuridad. El objetivo primordial era observar con detenimiento las maniobras del pistolero bueno que concluían por norma general con aplausos atronadores de la chiquillería, y que harían de la tarde del domingo el tiempo perfecto para fantasear. Aunque algunas veces, entre tiros, el rescate de la joven o el atraco al banco del pueblo más polvoriento del Oeste, surgía la linterna acusatoria de M. para silenciar a los más charlatanes, o refrenar a alguien que se estuviera pasando dos pueblos con las pipas. Claro que si había un corte prolongado, el espectáculo terminaba degenerando en una algarabía imposible de apaciguar, aún con todas las luces encendidas. Así eran las sesiones dominicales de las tres de la tarde propuestas para todos los públicos y especialmente para la chiquillería.



  Y luego estaban las sesiones golfas, o mejor decir las no toleradas, esas que estaban vedadas a cualquier chiquillo menos a mí, un privilegio -también el de la entrada gratis- dado por razones de doble parentesco con los taquilleros, ¡qué tiempos! Cuando acudía con mi madre a la sesión de la tarde y en contadas ocasiones a la de las 22:45 -esto ocurría mayormente en tiempo de verano o durante las vacaciones de Navidad-, yo deseaba para la entrada el encuentro con M., pues si topábamos con la figura uniformada de P., me imponía lo indecible, mucho más cuando nos advertía de que no era tolerada. Tratando de no llamar demasiado la atención del público, mi madre aguardaba a las indicaciones de M. para tomar asiento una vez comenzado el NO-DO, casi siempre en la primera platea de la izquierda, si estaba vacía. Y si no era el caso y el resto de las más próximas permanecían ocupadas, mi madre me sentaba en su regazo, casi siempre en un segundo término. Desde esa atalaya miraba asombrado la sucesión de imágenes que en nada o en muy poco se parecían a las prescritas para niños como yo. En esas sesiones a horas contraindicadas, comencé a sentir una atracción irreparable por el Sèptimo Arte, aunque la mayoría de las veces no entendiera muy bien el sentido de la acción ni cuanto se decían los protagonistas si las balas y asesinatos correspondían a una cinta de cine negro, por ejemplo. Lo cual -asistir a las sesiones para adultos- era la pura contradicción teniendo en cuenta que por la tele, si aparecía un rombo, era suficiente para enviarme a la cama con un beso y el consabido hasta mañana.
  
  Supongo que allá donde esté M., seguirá con su empeño de guiar a través de su linterna a los más rezagados, con el propósito de que disfruten una y mil veces de infinitos pases, y yo le agradeceré eternamente su pequeña pero insustituible contribución para que me haya convertido en un cinéfilo empedernido.

martes, 10 de noviembre de 2020

Últimas tardes con Teresa

   Juan Marsé falleció el pasado 18 de julio (caprichos del destino esto de las fechas). Quien fuera uno de los máximos exponentes de los literatos de la generación del 50, no se convirtió en figura esencial de las letras catalanas hasta que en 1965 se hizo con el premio Biblioteca Breve, siendo publicada su exitosa tercera novela un año después por la misma editorial, Seix Barral. Últimas tardes con Teresa supone para Marsé entrar de lleno en el escalafón de los escritores que con mejor fortuna han diseccionado el panorama de postguerra catalán, y eso sin necesidad de abandonar casi nunca su barrio de la infancia, hoy ya desaparecido: el del Guinardó. Él, que fue hijo adoptado y que vivió allá los primeros años de su existencia, traslada parte de sus vivencias a las páginas de esta novela extensa e intensa, convirtiendo a Manolo, un charengo de Murcia, en el personaje esencial, el de Pijoaparte, que es el protagonista sin discusión; por tanto, y tomándome licencia, tampoco hubiera sido un mal título El canto de cisne de Pijoaparte.


  

        La novela aborda la compleja relación de pareja entre Manolo Pijoaparte y Teresa, dos jóvenes que proceden de mundos opuestos. El murciano es un ladronzuelo de motocicletas que no quiere la seguridad de un empleo mal remunerado y prefiere el riesgo. Teresa es una universitaria burguesa con ideas avanzadas y que piensa en su Manolo como alguien involucrado en política y con conciencia social, lo que facilita el comienzo de un noviazgo cogido con alfileres. Pero antes, Pijoaparte tiene que seducir a la criada de la casa paterna de Teresa, amiga y confidente al tiempo de esta,  con el fin de alcanzar los favores de la burguesita. Cuando la criada cae enferma, Teresa y su pretendiente empiezan a compartir charlas y paseos a partir de las visitas diarias al hospital que ambos, por un motivo u otro, hacen a Maruja. Con el fallecimiento de la sirvienta, los jóvenes terminan por intimar; pero no deja de ser un affaire que nace de una curiosidad compartida aunque no idéntica, pues Pijoaparte solo pretende huir de la miseria, mediocridad y el anonimato, mientras Teresa anhela dejar de ser una teórica de la acción política y convertirse en una activista gracias a un hombre como Manolo, al cual cree significado luchador obrero.



    Como muchas de sus novelas posteriores, Últimas tardes con Teresa fue llevada al cine en 1984 de la mano de Gonzalo Herralde. Como ocurre casi siempre, la adaptación no fue tan atinada como el original; no obstante, sí que hay una clara intención de reflejar los estratos sociales, además de los ambientes por donde transita la acción. En la cinta apenas hay espacio para las subtramas, como la de la relación entre Pijoaparte con Maruja, o la otra circunscrita a la supervivencia, y que se hace tan complicada como provechosa entre el charnego y El Cardenal. La película finaliza, como no puede ser de otra manera, cuando Manolo es detenido por la policía tras denuncia de una despechada Hortensia, la sobrina de El Cardenal. La novela tiene otro final, aunque no menos agrio, después de una temporada en la cárcel del ladrón de motos. Ya libre de condena, Manolo trata de retomar la relación con Teresa, pero esta parece haberlo olvidado por completo.



  Esta novela de Marsé sería más tarde superada por otros trabajos suyos posteriores, como La muchacha de las bragas de oro (1978), El amante bilingüe (1990), El embrujo de Shangai (1993) o Rabos de lagartija (2000). A pesar de ello, de adolecer de cierta retórica, la historia que nos cuenta tiene sus puntos fuertes que no hacen decaer la trama en ningún momento. Sin embargo, bajo mi modesta opinión, hay una virtud por encima de las demás, y no es otra que la facilidad e interés de Marsé en demorar el desenlace y los intrincados senderos hasta alcanzarlo, de forma y manera que uno siempre se imagina aquel pero en otras circunstancias, circunstancias pospuestas una y otra vez hasta dejar desorientado al paciente lector, que confiado en la sencillez casi lineal del argumento, se deja engañar una y otra vez, dejándole espacio para imaginar de nuevo el porqué de la ruptura definitiva, algo que se antoja inevitable. 


   En resumidas cuentas, se trata de una novela muy recomendable para introducirse en el universo Marsé, y en un periodo tan trascendental de la vida española como fue el de la postguerra en Cataluña.