miércoles, 24 de diciembre de 2025
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Ana (Mis charlas con Fermín)
A Ana la vi por primera y última vez en el jardín. Tenía dos años, tres a lo sumo. Su manita agarraba con seguridad la de su padre; si bien, al distraerse con un pajarillo o el chorrito de la fuente en el Jardín, se desasía con premura para atender a la novedad. Era rubia y de ojos claros -los de Marisol-, y hablaba como si fuera algo más mayor.
Por entonces vivían en Madrid, donde Fermín estaba a punto de finiquitar sus estudios de Ingeniera, compaginándolos con su trabajo por las tardes en un prestigioso estudio profesional sito en la Calle de Segovia. Había dejado de servir copas, aunque seguía sin poder ocuparse de la hija lo necesario. Al tiempo, Marisol trabajaba como secretaria en un centro contable, habiendo dejado para siempre el rodar de casa en casa como asistenta.
- Fue ahí donde intimó más de la cuenta con Ricardo, uno de los contables -Fermín no puede evitar la gesticulación, como queriendo decir: que se le va a hacer-. Nos separamos pocos meses después de aquel viaje veraniego a Villafranca. Luego vino el divorcio, aunque para entonces, Ana ya no quería estar conmigo. Lo intenté por todos los medios cada fin de semana que me tocaba tenerla en mi casa. Al cumplir los seis años renuncié a los fines de semana pactados al divorciarnos. Cada sábado y domingo se convertían en un desencuentro total. Ella apenas me hablaba y yo no sabía muy bien cómo encauzar la ruptura con mi hija.
Al dar el último sorbo al café, de su cartera extrae la foto de una joven preciosa, delgada y alta.
- Es mi hija antes de la enfermedad. No te voy a engañar: tú mismo puedes verlo si te digo que es la viva estampa de Marisol, un poco menos rubia que ella, más flaca, pero mejorando el original. Aún conserva el tipazo a pesar del cáncer.
- Pero esta foto está hecha en Villafranca. No sabía que hubiera viajado allá desde que era una cría.
- Y más de una vez. Creo que es el único nexo que nos quedó tras la ruptura. Siempre le ha gustado Villafranca, y a la mínima ocasión se va para allá. Por cierto: eres un capullo de marca mayor.
- ¿Por? ¿Lo dices por mi viaje a Villafranca del mes pasado?
- ¿A ti qué te parece?
- No quería ponerte los dientes largos. Además, con lo ocupado que estás mejor no decirte nada. Pero bueno, ya hablaremos después de la Villa, con más calma. Tú también te has hecho de rogar para contarme todo lo concerniente a tu hija.
Hay un momento de silencio, de vacilación. Sé que Fermín necesita tomar aire antes de hablarme de Ana. Mientras divisamos la silueta de las montañas de Mallorca recortadas en el horizonte, trata por todos los medios de disimular una punción repentina. Al fin habla.
- Se va a morir.
- ¿Estás seguro?
- El oncólogo que la atiende no me da muchas esperanzas. La operación fue más o menos bien, pero no evoluciona como debiera. La posibilidad de curación es de una entre cinco.
- No se puede tirar la toalla aunque las opciones sean pequeñas. ¿Ella lo sabe?
La terraza del bar está desierta a las cuatro de la tarde. El camarero se asoma de vez en cuando. Fermín le pide un chupito de hierbas dulces y yo lo mismo. Mi amigo lo necesita.
- No. Pero como si lo supiera, estoy seguro, aunque no quiera hacerse a la idea. Ya sufrió por lo mismo con la enfermedad y muerte de su madre. El mismo cáncer y pocos meses de vida.
- Estuviste con ella en Madrid.
Fermín traga saliva y de seguido un trago del "digestivo".
- ¡Claro! En el colegio donde da clases me indicaron dónde estaba ingresada. Cuando llamé a la puerta de la habitación y abrí, ella leía un libro sobre docencia o algo relacionado. Me conmoví al verla rodeada de aparatejos. Ella se me quedó mirando sin decir nada. Al aproximarme a su cama no sabía cómo actuar después de tantos años sin vernos. Cuando ya pensaba que me iba a mandar a paseo, ella me cogió las manos y me atrajo hacia sí. Me llamó por ni nombre para decirme que era la primera persona que venía a verla sin tener en cuenta a sus dos hijas: Marisol y Ester. Ni siquiera su ex, Alex, se había dignado a aparecer por allí; ni una triste llamada telefónica. Nos abrazamos, con la misma intensidad que cuando ella era una cría.
- Entonces os habéis reconciliado.
- Es un modo aséptico de decirlo. Creo que de no haber de por medio la enfermedad nada nos hubiera vuelto a unir. También la presencia diaria de mis nietas ha ayudado a esa reconciliación.
- ¿Y quién está al cuidado de tus nietas?
- Nadie. Viven independizadas. Marisol tiene veintitres años y Ester veinte.
- Vamos, que con cuarenta años ya eras abuelo.
- Nos hacemos mayores sin apenas darnos cuenta, amigo. Y algunos ni tienen la posibilidad de hacerlo porque se van cuando no les toca.
- No lo pienses. Tu hija tiene una papeleta muy difícil de superar, pero no por eso vais a tirar la toalla.
En otra de las salidas del camarero a la terraza, Fermín le indica la necesidad de otro chupito de hierbas dulces. Yo me abstengo. Parece que mi amigo se reanima con el "reconstituyente", a pesar de no ser un habitual del alcohol.
- Sin estar muy al tanto de su vida, creo que la separación de Alex le pasó factura. ¡Quién sabe! Tal vez a partir de entonces empezó a perder la salud. Ansiedades, ansiolíticos. Luego una depresión de caballo y ausencia prolongada del colegio donde aún trabaja. Todo eso no ayuda; y más con los antecedentes de su madre.
Al liquidar el segundo chupito, justo cuando nos incorporábamos de las sillas, animoso por el calorcillo etílico, lo soltó a bocajarro:
- ¿Sabes que me dijo el último día que fui a visitarla al hospital?
- Ni idea.
- Que cuando estuviera curada del todo le gustaría que viajáramos juntos a Villafranca, como cuando era una cría y aún vivía mamá. Y volver a transitar por las calles y callejuelas estrechas, por el jardín; subir al Malvís, hacer caminatas a Puente de Rey. Y que un buen momento para hacerlo sería el verano próximo.
Cuando nos despedimos, justo antes de abrir la portezuela de su vehículo para irse a Mahón, sentenció:
- Me da mucho miedo su deseo. Más que un deseo parece la sentencia definitiva. En una ocasión, ya divorciados, en un encuentro en Madrid, Marisol dijo algo parecido, que quería viajar pronto a Villafranca ya que el último verano no había sido posible por el trabajo intenso de Ricardo. Nunca más volvió a hacerlo: a los pocos meses le diagnosticaron el tumor y apenas un año después de aquel encuentro fallecía sin haber cumplido los cuarenta y dos.
jueves, 27 de noviembre de 2025
Physical Graffiti (la confirmación de Led Zeppelin como banda más grande del mundo)
En 1975, hace ahora cincuenta años, los británicos Led Zeppelin publicaban uno de los mejores álbumes del año, y de la década, por no decir de la historia del Rock. El único disco doble de estudio lanzado por los británicos, supuso su confirmación en aquel momento como la banda más grande del mundo, y el punto álgido de su carrera musical. Un hecho elocuente que así lo acredita, es que este sexto trabajo y los cinco que le precedieron, se posicionaron poco después en la lista de los mejores 200 álbumes al mismo tiempo, algo inédito hasta ese momento. Y es que temas como el hipnótico, adrenalínico y -acelerado en directo- Trampled under foot o el más calmado Down by the seaside, al estilo del medio tiempo utilizado por Neil Young en ocasiones, también con regusto a los Stones de la época, y que en poco recuerda al estilo zeppeliano, son dos claros ejemplos del eclecticismo del grupo, haciendo harto difícil delimitar el trabajo a un único estilo musical.
Lo que más sorprende, y es digno de admiración, es cómo a partir de algunos de los descartes de sus anteriores trabajos, junto a nuevas composiciones sin aparente relación, se pudo crear esta amalgama de estilos contrapuestos, para obtener como resultado final una obra granítica, explosiva y que te atrapa desde el comienzo. Porque, sin ir más lejos, The rover se grabó en 1972 con la idea de integrar Houses of the holy, o el tema homónimo de este mismo, descartado finalmente para el quinto álbum por su parecido sonoro y estilístico con Dancing days. O el propio Down by the seaside, que iba a integrar el Led Zeppelin IV, como también lo iba a hacer Night flight, un claro ejemplo de que un buen rock and roll te puede atrapar a partir de un ritmo sencillo, sin recurrir a virguerías postizas. O Black country woman, que se convirtió en un descarte más del álbum Houses of the holy, y sin embargo ocupó la cara B del single de lanzamiento de este doble álbum. O Boogie with stu, una joyita acústica y rocanrolera, con Ian Stewart, el teclista de los Stones, como quinto integrante puntual de los Zep. A añadir como particularidad del tema, la inclusión en los créditos de Mrs Valens, la madre de Ritchie Valens, pues su base rítmica y letra están tomadas del "Oh my head", canción del hijo ya fallecido. Y por supuesto Bron-Yr-Aur, una delicia a mayor gloria de la guitarra acústica de Jimmy Page, y que ya había sido grabada en 1970, siendo el tema más breve de toda su discografía.
En este doble disco hay magníficas canciones compuestas para la ocasión, como Custard pie, la primera del álbum y que sigue la tradición zeppeliana; pero no cabe la menor duda de que, precisamente las más extensas, son las que determinan la condición de obra maestra de este grafiti físico, o suerte de collage autorizado. In my time of dying, es un claro ejemplo de ello. Adaptación de una canción tradicional de Blind Willie Johnson que también había grabado Bob Dylan para su primer disco, adquiere con los británicos una dimensión única, gracias en parte a la guitarra slide de Page y a la contundencia de Bonzo con las baquetas. Kashmir es casi con toda seguridad el corte más singular y reconocido de PG, un majestuoso y épico viaje por la Cachemira idealizada, el Shangri-la para alcanzar la elevación espiritual. In the light es otro de los temas imperecederos. Jones, el principal compositor lo adorna con tintes orientales gracias en buena medida a toda la parafernalia de: bajo, mellotrones, pianos y órganos. Para Jimmy Page es la preferida del álbum. Ten years gone es el otro gran tema, con arreglos complicados y John Paul Jones lidiando con un artilugio de tres mástiles: mandolina y guitarras acústicas de seis y doce cuerdas.
Physical graffiti supuso el estreno de la banda en su propio sello discográfico, que un año antes había echado a andar con el primer trabajo de Bad Company. Al respecto de PG, el libro All time top 1000 albums, lo sitúa en el puesto 14 de los 50 mejores LPs de Heavy Metal. Por su parte, la Revista Rolling Stone lo calificó a finales de los años ochenta "el mejor álbum doble de la historia". Y la Revista Guitar lo incluye entre los 50 más influyentes en la historia de la guitarra en el Rock. En cuanto a la impactante e ingeniosa carátula del vinilo ya está dicho todo, incluyendo a sus sesenta y ocho personajes y al edificio de la Calle St. Marks en la Gran Manzan de Nueva York. Es tan buena y clásica como el contenido de algo más de ochenta minutos de música imperecedera.
"Abrumador. Los Led no podrían haber tenido mejor estreno en su propia compañía que estos dos discos. Toda la extensa gama de colores de su paleta está ahí encerrada: desde metálicos riffs a delicadezas acústicas, de aires orientales a ritmos funky, de complicadas piezas guitarreras a improvisadas jams en el estudio. Lo épico, lo lírico, lo erótico, lo romántico, lo relajado, lo espídico... No falta nada." Así escribía sobre este PG Gus Cabezas en el libro Led Zeppelin. Más no se puede decir, solo la conveniencia de escucharlo con atención y disfrutarlo como pura exquisitez que es, para los oídos.
martes, 11 de noviembre de 2025
Intemperie
En enero de 2014 escribía en este blog mi primera reseña sobre un libro. Releído hace bien poco, me confirma en aquella primera opinión, breve y entusiasta, sobre la mejor novela de Jesús Carrasco a día de hoy. Hasta cierto punto y con una miaja de imaginación, bien puede considerarse una metáfora de los tiempos presentes, donde al enemigo se le debe perseguir sin miramientos ni tregua alguna hasta destruirlo.
Admito que aún ahora, después de varias horas, estoy algo conmocionado, o mejor decir emocionado, tras acabar de leer este libro. La Novela es impagable desde muchos puntos de vista, pero ante todo porque huye de cualquier pauta comercial, incluida la de las artimañas de las que nos servimos quienes nos apañamos para atrapar al lector, las cuales se convierten a veces en la rémora perfecta para que la historia pierda autenticidad. Transita pues por un camino frugal, contenido y, tan áspero como cuanto se describe a lo largo de sus páginas: al fin y a la postre, el otro protagonista omnipresente de la historia es el terreno yermo y sus inmutables senderos.
La historia que se narra -un puñetazo en nuestras conciencias aburguesadas y acomodaticias- es intemporal, si bien se presiente la primera mitad del pasado siglo, en un espacio rural no muy alejado de la Castilla mesetaria. A través de un paisaje inhóspito donde el sol abrasador agrede a los propios lectores, un niño atormentado peregrina en busca de la ansiada libertad, dispuesto a todo con tal de dejar muy lejos el yugo que le está embruteciendo. Le persiguen algunos vecinos y muy en particular un alguacil desalmado, causante de su huida hacia el aprendizaje acelerado.
La Novela, rica en vocabulario y minuciosa, sin excederse en las vicisitudes por las que pasa un cabrero taciturno con el que compartirá viaje sin destino a través de la intemperie, se supone que entronca, salvando algunos matices, con el realismo descarnado de autores como Ramón J. Sender o Rafael Sánchez Ferlosio; si bien es con Miguel Delibes con quien sin duda comparte más similitudes, incluida la riqueza en el manejo de los vocablos y la facilidad para ambientar el mundo rural.
Francamente que merece la pena ser leída. Intemperie, de Jesús Carrasco, pacense de nacimiento y sevillano de adopción, puede parecer al comienzo una ficción anodina e insípida, ayudada en parte por la trama lineal, sin giros efectistas; no obstante, conforme avanza la narración, nos encontramos con personajes tan siniestros como el referido alguacil o el inquietante tullido, además de profundizarse en la dimensión moral del cabrero, el hombre bueno de esta historia.
Elegido como libro del año por los libreros madrileños, este se puede leer en un par de sentadas, siendo un auténtico goce.
lunes, 13 de octubre de 2025
Chubasquero rojo y negro en el podcast de la Cadena Ser
Hace ya unos cuantos años escribía este microrrelato inédito, siendo mi hija aún pequeña. La ocurrencia o chispa se produjo tras una torrencial tormenta, frecuente en estos meses de otoño en Menorca. Si bien el desenlace no es veraz, sí guarda cierta similitud con lo acontecido, pues a punto estuve de perder de vista a Cristina al ser engullida literalmente por un grupo de turistas desorientados. Ahora la historia cobra vida en La Isla de los oyentes, el podcast de la Cadena Ser donde lo podéis escuchar.
Etiquetas:
Relatos de Julio Mauriz en audio. Podcast
jueves, 2 de octubre de 2025
Las excursiones de otro tiempo (mis charlas con Fermín)
Después de tres meses largos sin vernos, me costó reaccionar, pensando que se trataba de un turista quien se aproximaba a mí para preguntar algo. Tan moreno y sin barba, Fermín me parecía otra persona dispuesta a tomar asiento en una de las sillas vacías de la terraza, en cuanto hubiera escuchado mi respuesta. Le acompañaba una mujer con andar pausado que a mí me pareció una respetable señora inglesa. Era su madre, a la cual hacía muchos años que no veía, y por tanto me resultaba harto difícil identificar. Nos saludamos con efusividad, como si hiciera una eternidad de nuestro último encuentro. Luego hice lo propio con Eulalia, pero con más comedimiento.
- Pensé que eras un guiri.
- Tú tan despistado como siempre.
- A mi edad ya no tengo remedio. De todos modos, con el cambio que has dado no es para menos. Sin barba, con el pelo cortado al uno y el bronceado, pareces un mulato. Te han sentado de cine las vacaciones del mes largo.
- Si tú lo dices... Tendrás que hablar alto, porque mi madre está algo sorda.
Mientras intento afinar la garganta para enfatizar las palabras, sin excederme para no llamar la atención del resto de parroquianos, mi amigo explica con todo lujo de detalles los viajes y estancias por el interior de la Península.
- Repetí idéntico itinerario al que seguimos tú y yo hace casi el medio siglo en aquella excursión con nuestros compañeros de los Paúles, allá por los meses de abril o mayo, aunque sin seguir el orden.
Trato de recordar aquel peregrinaje devoto por tierras castellanas. Un viaje que a punto estuve de no emprender.
- Mi madre se oponía al viaje de fin de curso alegando un gasto extra inneceario. Y más teniendo en cuenta que, aun a pesar de que aprobaría todas las asignaturas sin dificultad, las notas no eran como para tirar cohetes: seises, cincos y un siete como mucho.
Eulalia me mira ahora con atención, al tiempo de dejar de beber a sorbitos un cortado descafeinado.
- Menos mal que entré en escena aprovechando una de mis visitas a Villafranca para ver a este -señala a su hijo-. Era y soy convincente. Tampoco hacía tanto de nuestro viaje a León para vuestro examen de solfeo. Fue en aquella tienda de la zona comercial donde persuadí a Petra para que te comprara el microscopio. Cuando Fermín me dijo por teléfono de la negativa de tu madre no lo pensé más y anticipé el viaje a Villafranca. Ni corta ni perezosa me presenté en vuestra casa. A tu madre le sorprendió la visita, y más aún cuando el propósito, además de saludarla, era que accediera a dejarte ir. Al final lo conseguí.
Yo no recuerdo con nitidez el episodio, si bien me suena. Lo que me descoloca es que Eulalia se presentara en el Campairo con la firme resolución de ablandar a mi madre, ¡y en nuestra propia casa!
- En realidad fui yo quien persuadió a mi madre para que fuera a ver a la tuya -lo dice bajito para no ser descubierto por su madre-. De todos modos, agua pasada no mueve molinos. A lo que iba -vuelve a elevar la voz para ser escuchado por Eulalia-: el viaje lo inicié en Ávila, visitando lo más típico de allá, como las murallas, la catedral, o el convento de Santa Teresa de Jesús. A diferencia de hace tantos años, cuando pernoctamos en el convento de los Paúles en la ciudad, hoy dedicado a otros menesteres, me alojé en un hotel céntrico, a dos pasos del casco histórico. A todo esto, ¿tú te acuerdas de lo que le ocurrió a Mayo en Ávila? ¿Te acuerdas de él?
- ¡Cómo no iba a acordarme de él, si nos sentábamos juntos al pupitre! Lo que no recuerdo es lo que le sucedió.
- Que se quedó haciendo fotos mientras el resto de compañeros nos íbamos alejando. En esto que posa la cámara en el suelo para quitarse el jersey y atárselo a la cintura por el calor, y cuando se percata, ya a una distancia considerable, de que nos vamos alejando, echa a correr para no perdernos de vista, olvidándose por completo de la cámara. Total, que debimos retroceder unos dos kilómetros, más o menos quince o veinte minutos de caminata, cuando Mayo se dio cuenta del extravío. Menos mal que nadie se la había llevado.
- Pues ahora que lo dices, algo me suena.
Fermín me muestra el móvil con las imágenes de los rincones más turísticos de la ciudad abulense. A continuación, de la riñonera que siempre lo acompaña, extrae un puñado de fotos con querencia al color sepia. Las del celular y las de cartón son casi iguales, salvo en el color sepia.
- He sacado las fotos desde los mismos lugares o próximos a aquellas de 1978 para apreciar las diferencias,y apenas las hay. Luego viajé a Alba de Tormes, rescatando los itinerarios de entonces, que en buena medida suponía volver a seguir los pasos de la Santa. Entonces, jóvenes como éramos, nos quedamos pasmados viendo el brazo incorrupto y el corazón de Santa Teresa. Cuarenta y siete años después he tenido la dicha de contemplar la momia, con un estado de conservación sorprendente, al estar expuesta desde unos meses antes.
- A ti siempre te han fascinado los cuerpos incorruptos y todo lo relacionado con lo incomprensible.
- No lo voy a negar: tengo la mala costumbre de ser creyente a mi manera. A lo que iba: desde Alba de Tormes partí hacia la preciosa Salamanca. Allí, como un despistado turista, me puse a buscar la célebre rana de la fachada plateresca de su Universidad, sin dar con ella si no es por Ana, mucho más avispada para dar con el objeto más minúsculo dentro de un laberinto. Sí, sí; muy bonita y tolo lo que quieras, ahora bien, como su Plaza Mayor no hay nada. ¿Te acuerdas de aquella noche que la visitamos?
- Tengo una remota idea. Lo que sí recuerdo con nitidez es el ambiente estudiantil del recinto y sus alrededores de noche, cuando yo pensaba que los únicos visitantes íbamos a ser nosotros. Esa es una imagen que no se me va de la cabeza.
- Luego de abandonar la ciudad estudiantil, Ana y yo viajamos a Tordesillas, y de allí nos fuimos a Madrid. Como entonces, esta fue la última parada del itinerario por la Vieja y Nueva Castilla.
- ¿No te acercaste hasta Segovia?
- Como hace casi medio siglo, no viajé hasta allá. Ya te dije que seguí sin cambios el itinerario de entonces.
- Y en Madrid irías a visitar el Museo del Prado, y a caminar por la Gran Vía, Alcalá y Puerta del Sol.
- Pues no. Me limité a visitar los mismos lugares de aquella vez, como El Escorial y El Valle de los Caídos.
- ¿También fuieste a ver El Valle? Pues yo desde entonces no he vuelto por allí. Al Escorial sí, faltaría más.
- Tú sigues yendo un poco por donde soplan los vientos.
- No te pillo.
- Cuando visitamos la cruz nos quedamos anonadados mirando desde la base hacia arriba, sin asimililar muy bien los 150 metros de su alzada. Fue entonces cuando nos comprometimos a hacer una réplica, ¿o no te acuerdas?
- ¡Cómo no me voy a acordar? Tú diseñaste en un plano el proyecto, a escala de 1 x 100. El mayor contratiempo o duda fue la de ensamblar los brazos como una sola pieza, o bien por separado cada uno de ellos, uniéndolos a la pilastra central que debía de alcanzar la altura de metro y medio. La base -sobre la que se alzaría la maqueta a base exclusivamente de mondadientes planos- era una tabla plana y cuadrada de 50 x 50 cm. que José Manuel Pereira me regaló para la empresa. Por desgracia la empresa se quedó en un proyecto, porque jamás llegó a superar los cinco centímetros de alzada.
- ¿Y volverías a hacerlo?
- Ahora ya no. Aquello fue un arrebato de la adolescencia. Y menos con la polémica presente de qué hacer con el Valle de los Caídos.
- Algunos abogan por tirarlo todo abajo, al tratarse de una obra faraónica que solo pretendía mostrar la apoteosis del triunfo sobre la maldad y el ateísmo de los derrotados. ¿Tú qué opinas?
- Es difícil de contestar sí o no si solo nos quedamos con el significado que se le quería dar en aquel momento por parte del Regimen.
- ¿Qué te parecería si yo propusiera derribar las pirámides de Egipto, o la Gran Muralla China?
- Una insensatez.
- Pues todas estas grandiosas edificaciones han sido concluidas en su mayor parte con el esfuerzo y a veces la vida de seres humanos, en la mayor de las ocasiones, por no decir siempre, de esclavos, o mano de obra barata. En el caso concreto de Cuelgamuros, la magna obra se llevó a cabo gracias sobre todo a los presos republicanos que, a cambio de una reducción de condena, aceptaron trabajar por el sustento diario -mejor que la alimentación recibida en las cárceles-, además de poder dormir en barracones próximos a la construcción; mientras el jornal que las empresas privadas pagaban por contar con los perdedores de la Guerra se lo quedaba el Estado prácticamente en su totalidad, como custodio y tutor de los reclusos.
- Esto que dices es público y notorio. No obstante, es mal negocio mezclar política con religión. Jamás ha salido bien cuando una ha utilizado a la otra, o viceversa. Como dijo Jesucristo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". No tienes más que ver la nefasta ortodoxia llevada al paroxismo por parte del gobierno israelí en Gaza. Eso solo puede acabar mal. Y con el odio a flor de piel larvándose para los años venideros.
- Los que gobiernan Israel se han quedado atascados en el Antiguo Testamento: "Ojo por ojo y diente por diente". Jesucristo por el contrario, si debía saludar a alguien, pronunciaba la frase, "La paz sea contigo". La orden dirigida a Pedro conminándole a envainar la espada al ser apresado en Getsemaní: "Quien a hierro mata, a hierro muere" esta cargada de un profundo significado al respecto.
- "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
- ¿Por qué no dejáis de hablar de política? La mitad de las cosas no las escucho y la otra mitad me la refanfinfla.
- Pero mamá: si no hablamos de política.
Eulalia no se cree al hijo y mueve la cabeza con persistencia, negando, pero sin decir nada más.
- Al final, quiero decir en Madrid, las dos noches que pasamos allí -tú te fuieste con Pablo Marote a dormir a la casa de sus padres-, el resto de compañeros pernoctamos en un hotelito de Móstoles.
- ¡Vaya memoria! No recordaba lo del hotel en Móstoles. De lo otro sí. Pablo y yo nos fuimos a dormir a casa de sus padres en la Calle Madera, próxima a Puerta del Sol. Él pidió permiso por los dos al Padre Lorenzo, y nos lo concedió.
Cuando la tertulia languidece, se me ocurre preguntarle por la hija. Antes de abandonar Menorca me había anticipado la intención de visitarla, aunque se pusiera como un basilisco.
- Ya te contaré para el próximo encuentro -baja la voz para no ser escuchado por Eulalia.
Ya en casa pensé en el sentido de la primera foto, que no guardaba relación alguna con el resto de instantáneas turísticas (las antiguas y las recientes). Como no caía, y al enseñármela tampoco le pregunté, la curiosidad me obligó a telefonearle. Enseguida escuché su voz a través del móvil con la explicación, tan surrealista como peregrina:
- En una de nuestras excursiones, monte arriba, nos pusimos de acuerdo en ultimar el lugar más adecuado para colocar la bomba, aquel proyecto disparatado e inviable que planeábamos encerrándonos en la sacristía de San Francisco; pero antes de ejecutarlo, debíamos visitar las ciudades de aquel itinerario por tierras castellanas, y al regreso elegir la más adecuada para detonarla. Ya ves: cosas de chavales con la mente calenturienta.
miércoles, 6 de agosto de 2025
Mi relato, Cosas de la vida, en el podcast de la Cadena Ser
En abril de 1996 escribía esta historia, una historia que salió publicada ocho años más tarde integrando mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. ¿Es posible el cambio radical de una persona antes amable, servicial y brillante, en otra adusta, desaliñada y taciturna? Pues por ahí van los tiros. Ahora, y con la inestimable implicación de Luis Soler, estas Cosas de la vida en audio, se pueden escuchar en el Podcast de la Cadena Ser "La Isla de los Oyentes".
lunes, 28 de julio de 2025
Personajes de allá (3)
Antes que una auténtica celebridad en cualquier barrio o casa de la Villa, o ser el paradigma de una laboriosidad humilde y tranquila en medio del ralentizado vigor de Villafranca, J. era un ser excepcional, querido y respetado por todos los vecinos. Hijo único, humilde de por vida, con cabaña como guarida en sus primeros años de vida. De talla escueta, rostro peculiar de color ceniza, como para una película de Buñuel (según describía Antonio Pereira), o de Fellini, y el pelo lacio, peinado hacia atrás a lo Piru Gainza, hizo de su ocupación en variedad de oficios y quehaceres, algo consustancial a su modo de entender la vida; y hoy, de vivir, si se declarara inconstitucional el retiro, sería el ejemplo de hombre dispuesto a morir con las botas puestas sin la mínima objeción.
Y es que no le faltaban agallas ni presencia de ánimo para ser algo así como el pluriempleado más divergente por necesidad dineraria, pero también por un apremio de índole espiritual, o eso me parece a mí. Socorrido por pantalón de siempre, tirando a gris, un jersey de lana sufrida para el invierno -nada de impermeables, mucho menos un sobretodo-, su inconmovible jovialidad, y esa costumbre de pegar la hebra por pura necesidad de sentirse vivo, hacía de la calle y sus moradores (de cualquier apellido y condición) una especie de albergue indispensable. O quizás fuera a la inversa y éramos sus paisanos quienes sentíamos la irreprimible necesidad de charlar con él para volver a sentirnos vivos, como los verdaderos seres humanos.
No estoy seguro del todo, pero creo que mi primer recuerdo de P. -también se le conocía por el apelativo- no es del todo agradable. Ahora mismo, chiquillo de 4 ó 5 años en fiesta patronal, al lado mismo de la ferretería pasado el puente, lo veo aparecer por debajo de las faldas del gigantón con una sonrisa de miedo perlada por el sudor del esfuerzo, y yo llorando a moco tendido, porque además del susto por el cuerpón y cabezudo de Sancho, que no paraba de correr tras los más menudos, debía mirar de más cerca a ese hombre de faz imposible emergiendo de las entrañas del barrigudo. Luego, con el hábito de los años, el roce frecuente y sus idas o venidas con los cilindros naranja al hombro para hacer más fácil el cocinar o calentar a los villafranquinos, el resquemor fue mudando en un aprecio y respeto hacia él.
Aunque por encima de otros apegos, J. fue, es y será el guardián de La Colegiata. Cuando una madrugada de Reyes Dios se acordó de él sin llegar a los 70, los feligreses y descreídos ya lo tenían en un altar; y acaso, de haber tenido padrinos encumbrados que hubieran publicitado su celo y amor inquebrantable hacia los negocios divinos, cuando menos hubiera tenido un merecido homenaje.
Claro que él jamás dio la mayor importancia a ser de facto el pulsor del corazón de la Villa a través de badajos, bronces y cuerdas. Con sus manos callosas erizadas de venas, pulsaba los martillazos cada cuarto antes de la misa diaria: 30 en el primer aviso, 25 al segundo y 20 en el último. De inmediato la celebración, y ahí estaba él socorriendo al párroco: tocando la campanilla, quemando el incienso en las grandes ocasiones, llenando el acetre de agua para el hisopo, o disponiendo los Santos Evangelios sobre el atril. En ocasiones subía al campanario para acompasar los toques lentos y tristes que se iban acelerando para advertir de la pérdida irreparable de algún vecino, o para dirigir el toque solemne de las grandes festividades.
De tanto en tanto, J. exploraba otros esparcimientos, como ser portador de andas en Semana Santa, de la cruz mortuoria en sepelios de hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, o trencilla. Recuerdo ahora un partido en La Ruquela que jugaban el Sparta y Corullón. El encargado de arbitrarlo era él. Mediado el primer tiempo, la parroquia local consideró un error garrafal la no apreciación de un penalty y se armó la marimorena, con insultos y gestos amenazadores que J. no estaba dispuesto a soportar. Así que en medio del partido se marchó con la intención de no volver. Al final lo disuadieron y regresó al cesped para dirigir a los contendientes hasta el final. Ya no hubo más trifulcas ni improperios.
Por supuesto, cada 27 de enero, se reservaba el papel casi estelar de las fiestas de Santo Tirso. Apremiado por los vecinos y visitantes, auxiliado de una vara larga con hojas de periódico empapadas de gasolina, P. (nunca era más mentado por P. que en tal fecha, tal vez porque el alias encajaba mejor con la casa del petróleo) prendía fuego a la gran hoguera, dando así el pistoletazo de salida a los festejos.
Una mañana de hace los casi cuatro decenios apareció muerto. Quizá los Reyes Magos lo premiaron precipitadamente con la gloria eterna, rebajándolo del servicio eucarístico, a fin de que a partir de ese día oficiara de sacristán en la otra vida. Lo que jamás se me ha olvidado es la impresión de verlo de cuerpo presente en aquella humilde morada. En ese momento me di cuenta de que un pedazo enorme de Villafranca y de sus habitantes se nos moría con él.
miércoles, 23 de julio de 2025
Novelas extrañas, inclasificables
Decía Paco Gaballo que no hay mejor medicina para el entendimiento que echarse entre pecho y espalda un buen libro desconcertante. <<Cuando no estoy porque no me encuentro, lo más sensato es leer un libro extraño, inclasificable; así me resulta más fácil regresar a lo cotidiano>>. Parecen paradógicas las palabras del filólogo colombiano, teniendo en cuenta la incomodidad, casi siempre, de no entender por completo el estilismo y/o argumento de una obra cualquiera. Y pese a ello puede que le asista la razón.
No hace mucho que salió publicada una lista de novelas, digamos, extrañas, y en ella, el premio se lo llevaba Los sauces, un libro tan terrorífico como desconcertante, teniendo en cuenta su comienzo, con isla de por medio incluida; y como esta, menguando a cada crecida de las aguas, obliga a los exploradores a internarse en un bosque de sauces con vida poco corriente.
Este libro escrito por Algernon Blackwood hacia 1907, pudiera ser el más extraño de todos, yo no voy a refutar su preeminencia; sin embargo hay otros muchos que en mi modesta opinión lo superan en su desconcierto. Es el caso del Ulises (1922), de James Joyce, novela densa y extensa que describe la vida y milagros de Leopold Bloom en un solo día, el 16 de junio de 1904. Joyce desgrana con maestría las luces y sombras de un modesto burgués, al tiempo de descubrirnos con brillantez la ciudad de Dublín a inicios del Siglo XX. No por su genialidad deja de ser una novela compleja y difícil de digerir si no estamos atentos a cada sustancia, teniendo en cuenta la mezcolanza de imágenes e impresiones, texturas y sabores del libro, un perfecto cóctel no hecho para todos los gustos. Con toda su carga anímica, pasa por ser para muchos de los entendidos en materia, la novela de las novelas, una fuente infinita de influencias en muchos escritores coetáneos y más recientes.
Pero hay otras novelas, incluso previas, que también beben de la extrañeza, o esa suerte de desconcierto que suscitan al ser leídas, y sin embargo las frases, el argumentario o el tono, no terminan de encajar en nuestro modo de entender la literatura. Una de ellas es Niebla, de Miguel de Unamuno, escrita en 1907 y publicada en 1914. Representante capital de la Generación del 98, plantea una duda existencial en cuanto a lo que significa la vida, la cual, bajo su prisma de la duda permanente que le persigue a cada instante, no deja de ser una nebulosa, una "nivola", enfrentada a la novela realista predominante a finales del Siglo XIX y comienzos del XX, lo que le permite ciertas licencias para experimentar y convertir a esta Nieba en una de sus más celebradas obras.
Aunque para extraña y luminosa en cuanto al argumentario, y lo que pretendía transmitir Luis Landero, tal vez Juegos de la edad tardía (1989) sea la novela más impactante de aquel final de década. El pacense hilvana una historia donde el absurdo y los sueños se dan la mano, de tal modo que un modesto y atípico oficinista, ya maduro, permite ser reverenciado por Gil, otro personaje humilde con escasas luces para diferenciar la realidad de los anhelos. Con ella el de Alburquerque alcanzó la cima literaria, y acaso su mejor obra hasta la fecha. Como le ocurriera al mexicano Juan Rulfo al publicar Pedro Páramo (1955), una novela casi insuperable y con un trasfondo de guerra que apenas importuna la verdadera historia de Juan Preciado, y la más evanescente de su propio padre, el tal Pedro Páramo. Con esta obra por donde desfilan decenas de personajes, adentrándose poco a poco en los chocantes entresijos de la comunidad de Comala, Rulfo consigue atrapar al lector en lo que entonces aún no se llamaba realismo mágico, aunque con todas las de la ley lo fuera. En cierto modo su obra de apenas cien páginas se convierte en la precursora del boom latinoamericano; en este caso a partir, es mi opinión, de un limbo imaginario que muy bien podría parecerse a lo que entendíamos por Purgatorio.
Ahora bien, para obras extrañas y a un tiempo espeluznantes, Nuetra parte de noche (2019), de la argentina Mariana Enríquez, podría muy bien hacerse acreedora a lo indecible, al menos desde la perspectiva de lo horripilante. La ganadora del Premio Herralde con esta novela, nos plantea la escritura desde las vísceras, de manera que el chaval que va para adulto con percepciones extrasensoriales magníficas, habrá de eludir el peligro constante de otras personas como él, familiares, que solo pretenden exprimirlo para beneficio propio a partir de sesiones espiritistas, o algo parecido.
En el contexto de lo extraño, también de lo claustrofóbico se puede encasillar casi toda la obra de Franz Kafka. Es, por ejemplo, El castillo (1926), una obra que refuerza el mensaje transmitido por el autor, una y otra vez, de su modo de estar en el mundo que transcribe a lo literario: el de un ser desubicado del tiempo que le tocó vivir. En esta, Kafka pasa a ser un agrimensor que pretende hablar con las máximas autoridades de la fortificación; y sin embargo es incapaza de ello porque entre él y los mandamases se interponen obstáculos insalvables. Kafka se hace eco de la burocracia, de la frustración, de su propia frustración como ser humano. Como claustrofóbica, o más bien habría de decirse mortuoria, y extraña, es La ruina del Cielo (1999), correspondiente a la trilogía El reino de Celama. Luis Mateo Díez, nos muestra un inventario exhaustivo de personas difuntas, o casi, con una maestría indiscutible. El lacianiego desborda inventiva para describir con precisión a aquellos habitantes que un día echaron raíces en la comarca o región de Celama, un trasunto más próximo a Comala que a Macondo, pero hecho a partir de su particularísima manera de componer las palabras.
Hay otras muchas novelas perfectamente encuadrables en este fenómeno de la extrañeza. En este encuadre, a veces difuso, cabe citar El gran Gatsby (1925). La obra más conocida de F. Scott Fitzgerald, nos sumerge en la vida de un joven amoral que trata por todos los medios a su alcance de subir en el escalafón social para codearse, y/o imitar a la flor y nata. Él es tan encantador como difícil de conocer a fondo, con lo cual nunca queda clara su personalidad ni sus reales intenciones. También El villorrio (1940), escrita por William Faulkner, otro de los americanos ilustres, podría encajar en esta clasificación, si bien en este caso sería más bien por la complejidad narrativa que se sustenta en buena parte en algunas historias publicadas anteriormente como cuentos. Una historia lineal que se interrumpe a veces y se dispersa con las frecuentes digresiones, aunque fundamentales para el buen desarrollo de la novela.
Pero no cabe la menor duda de que un buen puñado de novelas con la calificación de extraño, de insólito, se han escrito aquí, y al otro lado del Atlántico. Una de ellas es San Camilo 1936, publicada en 1969. En ella, Camilo José Cela aborda desde monólogos interiores las vísperas y festividad de ese año fatídico. A través de sus páginas desfilan infinidad de personajes, algunos de postín y muchos pobres y miserables de solemnidad, sin que casi ninguno sea consciente del drama que asolará España. Entre el discurso, la mayoría del tiempo en segunda persona, también cupo otro monólogo interior más, el de su tío Jerónimo, un republicano con firmes convicciones, algunas subiditas de tono. Es esta una novela tan ambiciosa como compleja, requiriendo del lector la máxima atención y compromiso con sus páginas.
Al otro lado del charco las obras con tendencia a transmitir el desconcierto son abundantes. Ahi está Rayuela (1963), de Julio Cortázar, aclamada novela. O La invención de Morel (1940), de Bioy Casares. O Cien años de soledad (1967), la cumbre creativa de García Márquez y el paradigma de lo que se ha venido a llamar realismo mágico. O La Casa Verde (1966), un arriesgado ejercicio de filigrana novelística a cargo de Mario Vargas Llosa. A través de sus páginas, el peruano pergueña con habilidad incuestionable, pequeñas historias que se entrecruzan para completar un rompecabezas en cuyos vértices aparecen Piura y el poblado de Santa María de Nieva. Con esta su segunda novela conquistó el Premio Rómulo Gallegos.
La relación de novelas y hasta cuentos con esa máxima de lo desconcertante es incontable. Podrían añadirse, por ejemplo, El libro del desasosiego, del cultivador de heterónimos, Fernando Pessoa; La casa de hojas, de Mark Danielewski, una obra de culto con la ciudad de Los Ángeles y un manuscrito como motores de la historia. Y aqui en España, Volverás a Región, del huidizo Juan Benet. 2666, del chileno afincado en España, Roberto Bolaño. Cristo versus Arizona, del propio Cela. O la aclamada Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos. Todos estos autores y muchos más quisieron con sus innovaciones y arriesgando, dar un giro radical a su producción literaria, intentando huir de lo acomodaticio en algún momento de su vida como literatos. Algunos fracasaron en el intento de ir más allá de la lógica de una línea recta, sin desvíos; pero otros lograron alcanzar el objetivo de ser valorados como se merecían. Y sin duda todos los mencionados se pueden dar por satisfechos porque sus obras son magníficas, siendo algunas de ellas clásicos de la literatura universal para goce de quienes disfrutamos con sus lecturas.
lunes, 16 de junio de 2025
Los políticos (mis charlas con Fermín)
- Recuerdo una ocasión, ya otoño; recién iniciado el curso. Era un día soleado, con pocas nubes. Debía de ser sábado o domingo porque no teníamos clase. Subimos al Mirador de Corullón y nos tiramos la tarde entera, merienda de por medio, contemplando la panorámica. Hacía poco que habíamos vendimiado en la viña de los Paúles un par de días, y el Padre Pérez estaba contento con la cosecha, también el bueno de Blas. Entonces te pregunté qué harías cuando acabáramos octavo.
- Y yo te dije que no tenía ni idea. Que ni siquiera había pensado en mi futuro profesional. Que de niño sí lo tenía más claro: boxeador profesional. Entonces te echaste a reir.
- Y te dije que no te podía imaginar pegándote con alguien.
- Ni yo tampoco, ahora que han pasado tantos años. Supongo que esas veladas en blanco y negro que retransmitían por la televisión, inocularon en mí el veneno de la disputa cuerpo a cuerpo.
Mientras el recuerdo nos atenaza, Fermín no deja de hojear el periódico, al tiempo de beber a pequeños sorbos el café con hielo. De súbito, por sorpresa, me suelta una de sus muchas confidencias inesperadas.
- Hace cuarenta y muchos años jamás te hubiera dicho algo con respecto a mi futuro que no fuera meterme a cura. Ni siquiera ingeniero, a lo que me he dedicado toda mi vida. Ahora, si tuviera cuarenta años menos, a lo mejor te hubiera dicho que mi prioridad sería ejercer la política.
- ¿Estás de broma?
- Para nada. Te lo digo como lo siento.
- Pero si tú jamás te has interesado por ella.
- Es cierto. Pero viendo cómo está el patio político y el grado de mediocridad de quienes nos gobiernan y de quienes aspiran al poder, no me importaría dedicarme de lleno a ella.
- Cuidado con lo que dices, no vaya a pasarte factura.
- Estoy curado de todo y contra todos. Y puedes seguir escribiendo sobre nuestros encuentros si esa es tu apetencia. Te doy permiso.
- De acuerdo. De todos modos no acabo de entender tu repentino interés por la política.
- Nunca me ha atraído, es cierto. Y sin embargo, cuando sale a la luz un nuevo caso de corrupción, me cabreo; es algo que me supera -en ese momento señala la foto del triunvirato de los presuntos corruptos-. Para mí es inconcebible que se puedan dar casos tan repugnantes dentro del sector público, que es de todos los españoles, y además con cierta frecuencia. Es entonces cuando pienso que yo podría hacerlo mucho mejor.
- Nadie está libre de ignorar lo que puede pasar en la casa propia, ni siquiera tú.
- ¡No me jodas, Julio! Las estafas a gran escala tienen que verse a leguas de distancia. Yo no termino de creerme que el Presidente no estuviera al tanto de las idas y venidas de estos tres pájaros -vuelve a señalar la foto-.
- Pues el Presidente dice que no sabía nada al respecto.
- Todos dicen lo mismo, que no estaban al corriente de las fechorías de sus subalternos. El Presidente que le precedió también decía lo mismo, desconocer tales actos; sin embargo, supuestamente, participaba "del negocio", cobrando, supuestamente, reitero, sobresueldos en negro no declarados, lo cual es una contradicción más grande que la Catedral de Burgos. Yo no nací ayer, y puedo equivocarme, pero me atrevería a decir en un noventa por ciento que quien nos manda, al menos se debía oler la tostada.
- Yo no estaría tan seguro de que estuviera al tanto. De todos modos, siendo así, un desconocedor de los hechos, me parece de una gravedad extrema, más teniendo en cuenta que eran personas de su máxima confianza. ¿Tú qué harías de verte metido en algo tan vergonzante?
- Es que yo no termino de verme en algo así. Lo siento si parezco presuntuoso. Es posible que al principio no me diese cuenta, pero en menos de un año los habría calado. Estoy seguro.
- Vamos a ponernos en lo peor y suponer que estuvieras en la inopia, ¿qué harías en el caso del Presidente?
- Dimitir. O en su defecto convocar elecciones anticipadas. ¿Tú que harías, entonces?
- Tal vez convocar las elecciones. De lo que sí estoy seguro es de no hacer el Tancredo, como hizo su predecesor hasta que perdió la Moción de Censura.
- Pues eso. Uno no se puede quedar de brazos cruzados como si nada hubiera pasado. El problema, amigo Julio, y siento decirlo con tanta crudeza, es que los políticos de ahora son de una mediocridad que espanta. Solo tienen en su cabeza la obsesión del poder por el poder. Quienes lo ostentan lo defienden con uñas y dientes, aunque cueste sangre y sudores. Y quienes aspiran a conquistarlo, lo intentan por todos los medios, lícitos e ilícitos. Así lo siento.
- Tampoco hay que ponerse tremendo. En la política nacional también hay gente válida.
- No te lo voy a negar, pero mucha menos de la que te crees. Los políticos, amigo Julio, son un mal de la democracia. Un mal menor si quieres, comparado con los seudo políticos de una dictadura y sus innumerables corruptelas, las cuales no trascienden al ocultarse, como las que se daban aquí en tiempos de Franco, jamones incluidos. Pero vuelvo a repetir, nuestros políticos actuales dejan mucho que desear con respecto a los que pilotaron la Transición.
- Bueno: en tiempos de Felipe González ya existían las corruptelas, mucho más abundantes y graves que las de ahora. Recuerda los GAL, la financiación ilegal del PSOE, la fuga de Roldán, etc.
- Eso es así. Pero no hay color entre aquellos contemporáneos suyos y los de ahora. Y por desgracia, esta mediocridad política no es exclusiva de España. Por ejemplo en Estados Unidos también se da, donde un dictadorzuelo, corrupto y bocazas, además de sin dos dedos de frente, está llevando a su país al precipicio, y tal vez al resto de la humanidad con él.
- Eres un tremendista.
- Es lo que hay. A estas alturas de la película estoy curado de todos los espantos, también de los que estén por venir. Yo no albergo grandes esperanzas con respecto a un futuro gobierno de PP y Vox. Soy escéptico con respecto a sus políticas, y también a lo referido a una supuesta regeneración política. Escucho a unos y otros, y me resulta repugnante lo que llega a mis oídos.
- En parte estoy de acuerdo contigo. Escucho a muy concretos políticos del momento -incluidos los que supuestamente transitaban sobre el pasillo de la moderación, que no venían a insultar y tampoco a mentir, y resulta que están inoculando entre la gente el veneno del odio más ciego.
- Vamos a dejar el tema, y que cada cual hago lo que le pete.
- Vale. Y volviendo a aquella excursión por tierras zoupeiras. ¿Tú te acuerdas de lo que comimos a la merienda en el Mirador?
- Pues no. Sé que era algo poco habitual para comer en bocadillo, porque sí comimos bocadillos, ¿o no?
- Estás en lo cierto. Comimos chicharrones.
- ¡Ostras! Pues hace la tira que no los como; aunque de aquella lo más habitual era comerlos en torta. ¡Ya me gustaría volverlos a probar!
- A ver si se presenta la ocasión y los volvemos a catar en Villafranca.
Al despedirnos en la Plaza de Jaume II, mientras caminaba de regreso a casa, fantaseaba con la idea de ver a Fermín ocupando escaño en el Congreso de los Diputados. Luego, pensando en algo más factible, no dejé de imaginarlo como un concejal más, sentado sobre una de las butacas del Salón de Actos del Ayuntamiento, en Villafranca, y hablando a la concurrencia, entre la cual no podía yo faltar.
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