martes, 12 de marzo de 2019
El misterio de los 27 años
jueves, 14 de febrero de 2019
CINEFRANCA 2019
Como cada año por estas fechas, Villafranca se dispone a acoger una nueva edición del Cinefranca, oportunidad única de volver a ver muy buenas películas en nuestro coqueto teatro, en otro tiempo espacio utilizado durante años para la exhibición de films, utilísima válvula de escape y solaz de muchos villafranquinos amantes del Séptimo Arte, muy especialmente durante los años más grises de la postguerra. Pero eso es otra historia ya lejana que tal vez requeriría una reflexión reposada y posterior artículo.
La cinta que abre la sesión el próximo sábado día 16 a las 9:45, es una gozada. La reina de África, uno de los mejores y más felices trabajos de John Huston, le valió a Humphrey Bogart el único oscar de su carrera. En líneas generales va sobre la convivencia entre un marinero bebedor y desenfadado y una mojigata misionera que huyen de los nazis en el barco del primero. Con el roce y el conocimiento mutuo, la cohabitación desemboca en amistad verdadera. Un mensaje más vigente que nunca en estos tiempos atroces de intransigencias y exclusiones.

A las 12:00 de ese mismo sábado se pasa La ley del silencio, obra cumbre de Elia Kazan que ganó los oscars de 1955 a mejor película, director, y mejor actor para el más brillante de los intérpretes del entonces en pleno apogeo, Star System, o sea: Marlon Brando. Controvertido largometraje donde los haya, trata sobre las malas artes de un jefe del sindicato de estibadores. Brando trabaja para él con muy malas artes, hasta que su participación en un asesinato facilita su arrepentimiento y la colaboración con la justicia. ¿Una redención similar a la de San Pablo? ¿La justificación de Elia Kazan en la época de la caza de brujas? Sea como sea, si alguien no la ha visto, es el momento de disfrutarla, merece la pena.
Ya por la tarde del sábado 16, a las 16:30, se pasa el trabajo más mediático, de más metraje y posiblemente el más exitoso de todos cuantos han abordado la Guerra de Vietnam. Francis Ford Coppola firma con Apocalypse now su mejor trabajo desde las dos primeras entregas de El padrino. Con esta cinta de algo más de 150 m. -supongo que se trata de la versión más corta-, Coppola facilitó la segunda resurrección de Brando -la primera había llegado con el rodaje de la saga mafiosa capitanaeada por Corleone-, que aquí interpreta al coronel Kurtz con tanta credibilidad y espanto como podrán comprobar los espectadores que quieran acercarse a verla. Inenarrable. Imprescindible.
A las 19:30 se exhibe Muerte en el Nilo. Se trata de una adaptación de la novela homónima de Agatha Christie. Un buen vehículo para el entretenimiento, especialmente para los incondicionales de la escritora inglesa. El detective Hercules Poirot irá desentrañando los misterios de un crimen donde se ve involucrado el pasaje del barco que navega por el río más largo de África. En mi opinión, sin desmerecer, creo que no es el mejor film; a pesar de todo se hace entretenido.
Deliverance, una de las películas malditas, se pasa a las 12 de la noche del sábado al domingo. Obra mítica de John Boorman, estuvo nominada a mejor película en la edición de los oscars de 1973, cediendo finalmente en favor de El padrino. Si Apocalypse now es el relato de una bajada a los infiernos, Deliverance es el giro brusco que tiene un grupo de amigos desde el goce de la naturaleza y la paz del entorno pasando a convertirse en objetivo de caza y humillaciones por parte de los habitantes del lugar. Película tal vez no tan conocida como las anteriores, es muy recomendable para entender la volubilidad del ser humano.
Si los amantes del cine no son partidarios de visualizar los horrores de la vida tal cual es, lo más recomendable son las dos sesiones del domingo. El día 17 a las 10:00 de la mañana, el evento se abre con la proyección de Río Rojo, clásico entre los clásicos del western y una de las obras fundamentales de Howard Hawks que a su vez supuso el debut de Montgomery Clift, uno de los máximos exponentes del Actors Studio. Maravilla visual en blanco y negro donde la "trashumancia" de miles de cabezas de ganado se convertirá en mil y una peripecias.
Cinefranca se cierra con la exhibición de El héroe del río, otro de los clásicos del cine mudo del maestro Buster Keaton. A través de 70 m. de metraje y con el fondo sonoro del piano tocado por Ricardo Casas, asiduo al evento desde hace algunas ediciones, Keaton hace de las suyas, ocasionando el malestar del padre, propietario de un barco que compite con otro por el control del transporte de mercancías en el cauce del río Mississippi. Keaton no solo es un incompetente para las tareas de un grumete, sino que, para colmo de males, se termina enamorando de la hija del oponente. Película hilarante que hará disfrutar a toda la familia.
Del film que abre Cinefranca el viernes 15 a las 22:00 horas, Las truchas, poco puedo comentar, pues desgraciadamente no la he visto. No obstante, si puedo decir que la película ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1978, así que entiendo que se trata de una muy buena película española en la cual colaboró en la redacción del guión el invitado de esta edición, Manuel Gutiérrez Aragón. El cántabro de Torrelavega, uno de nuestros directores más importantes, con películas fundamentales como Habla mudita, Furtivos, El corazón del bosque o La mitad del cielo, será quien con su sabiduría y experiencia, cultive a todos aquellos que la noche del viernes al sábado a las 00:15 horas se acerquen a esa "Tertulia en la chimenea y copas de balón", según reza en el programa.
Para finalizar, quiero agradecer a los organizadores el esfuerzo que supone poner en marcha un evento de esta magnitud, este año con las aguas de los ríos como hilo conductor. También la suerte que supone que, aunque sea únicamente durante un fin de semana, nuestro teatro vuelva a convertirse en esa geografía de sueños en celuloide que durante muchos años supuso para villafranquinos y bercianos una vía de emociones, de aproximación a otras realidades sociales, y de tardes o noches compartiendo afectos, algo que hoy parece anclado en la bruma de un tiempo casi legendario.
martes, 22 de enero de 2019
Roma, película inolvidable
Con esta película, Alfonso Cuarón (Ciudad de México 1961) ha logrado transmitir como muy pocos un fresco de la vida tal cual es, sin aspavientos ni grandilocuencias, pero con una humanidad que te deja noqueado. Huyendo de cualquier sentimentalismo para fijar la atención del espectador, el director de Gravity nos plantea un análisis profundo y sosegado en torno a la vida de una familia media acomodada en la convulsa capital del país a comienzo de los años 70, pero también un ensayo sobre la estética que sustenta el film, ese particular modo de narrar una historia tan desgarradora y a un tiempo intimista, donde la arquitectura sonora no se sustenta en la música, como en la mayoría de películas de la actualidad, sino en la abstracción que se genera a través del ruido de agua, trinos de pájaro, ladridos de perro, el ruido de un coche que se aleja, las voces apagadas de la calle, las voces encendidas de una manifestación, el desfile de una banda con su música militar o el inquietante sonido de las olas embravecidas. A través de esos intersticios que nos pueden pasar desapercibidos, el mexicano va tejiendo sin prisas, fundamentalmente el recorrido íntimo y vivencial de Cleo, una criada indígena que se ocupa y preocupa de una familia aparentemente feliz, en la colonia Roma, donde el director pasó su niñez cuidado por Libo Rodríguez, a quien está dedicada la cinta. El mayor acierto de la cinta se sustenta en la manera de contarla, sin apasionamiento, pero cincelando cada secuencia con la pericia de un orfebre para que todo encaje como en el más complejo de los rompecabezas.
Cleo (Yalitza Aparicio, actriz no profesional) vive interna en una casa acomodada, ocupándose del cuidado de los cuatro hijos del matrimonio. Joven bregada en el trabajo pero inexperta en los otros asuntos de la vida, queda embarazada. La mujer está abocada a una tristeza infinita al nacer muerto su hijo. El drama se completa con el abandono del cabeza de familia que se larga para vivir con otra mujer, dejando a la esposa y a los cuatro hijos a su suerte. Afortunadamente, Cleo encuentra el amparo y comprensión de los otros sirvientes, de la señora de la casa y de los hijos abandonados.
Desde la primera secuencia, un picado donde se ve discurrir el agua en busca del sumidero, al último plano, contrapicado resaltando las paredes más humildes, con su escalera exterior, la baranda, un aljibe o la antena de televisión, Roma es un goce visual de primera. Filmada en blanco y negro con una cámara digital Alexa de 65 mm., Alfonso Cuarón nos retrotrae a la Capital que meses antes había organizado el mundial de México-70. Hace un guiño intencionado a la Matanza de Jueves Santo, cuando el grupo militar "Los Halcones" se cargaron a 120 estudiantes, también a la profunda diversidad de estratos sociales, pero por encima de todo, Cuarón nos plantea una reflexión sobre el papel de la mujer en una sociedad eminentemente patriarcal como era la de aquellos años. Ni que decir tiene que la película propone algunos tintes autobiográficos por parte del director, como que él tuviera 3 hermanos más, que viviera en la colonia homónima, o que su cuidadora Liboria sea de la misma procedencia que Cleo. Para mi imaginario guardo en el recuerdo algunos rincones de la casa, pero creo que jamás podré olvidarme de este encuadre de la escalera, una escalera que a lo largo del metraje se convierte en la metáfora, o al menos en uno más de los protagonistas de la casa. La película se debe de ver sí o sí.
sábado, 22 de diciembre de 2018
Feliz Navidad
De nuevo la rueda del tiempo nos sitúa al final de otro año más que coincide con las fiestas más entrañables, fechas donde tratamos por todos los medios de convertirnos en mejores personas, procurando empatizar con los semejantes que lo pasan peor y de los cuales solo nos acordamos en estas jornadas tan propicias para la bondad. Después de Reyes, probablemente la historia se repita y nos vuelva a incomodar tanta miseria a nuestro alrededor, o el agobio de escuchar la eterna cantinela de que un puñado de migrantes han perdido la vida en aguas del Mediterráneo. Por enésima vez volveremos a ocuparnos y preocuparnos de nuestro alrededor, cargado casi siempre de símbolos confusos, vanas apariencias y materialismos egoístas, dejando arrinconado durante doce meses ese halo que casi todos llevamos en torno al corazón. Como esta inconstancia es inherente a nuestra condición humana, qué mejor que reírnos un poco con este cuento de Navidad muy acorde a lo expuesto.
Feliz Navidad y próspero Año Nuevo os deseo a tod@s.
sábado, 15 de diciembre de 2018
OK Computer, la obra que rompió etiquetas
Tal vez Karma Police sea el tema más conocido de este álbum imperecedero de 1997 y que marcó un antes y un después, no ya solo en la evolución del grupo británico, también en la forma de abordar la música por parte de nuevas bandas que querían profundizar en diferentes vías rockeras fuera de clichés y fórmulas agotadas. La aparición de Ok Computer, en pleno apogeo del britpop, supuso una bocanada de aire fresco. Sustentada en la belleza sobrecogedora de las melodías que mitigaban en buena medida el pesimismo y tristeza de la mayoría de sus letras, este tercer trabajo del quinteto concitó la adhesión incondicional de buena parte del público y de la crítica especializada, que hasta poco antes lo habían etiquetado como un grupo grunge, aventurándose a calificarlo como heredero de Nirvana o Pixies.
De principio a fin el álbum está repleto de joyas impagables, como el segundo corte Paranoid Android, inspirada en la jet set embobada por las drogas. O la delicada No surprises, que tiene como telón de fondo el suicido, única salida a una vida controlada por otros. O la no menos estremecedora Climbing up the walls. Junto a temas melancólicos y depresivos conviven otros de menor dramatismo, como Airbag, el corte que abre el trabajo y que habla de la contradicción que supone estar a punto de perder la vida en un accidente, "gracias" a la tecnología que brinda un vehículo, y al propio tiempo salvarla por un artefacto como es un airbag, invención de los nuevos tiempos. También piezas eclécticas como The tourist y Lucky, que destilan un toque cercano al Pink Floyd de los primeros tiempos.
Ok Computer aborda sin tapujos la alienación de la actual sociedad, el fenómeno de la globalización, el existencialismo o la angustia vital, y por supuesto la tecnología -de ahí el título- que nos puede ayudar, pero también puede convertirse en un instrumento de infelicidad que podría acabar de manera definitiva con la forma de vida más agradable que todos tenemos afianzada en nuestros cerebros. El tercer trabajo del quinteto de Abingdon es un ensayo sobre el desencanto de la sociedad actual, donde los políticos son más un problema que una solución, o donde el consumismo amenaza con destruir la conciencia del género humano. Ok Computer es 21 años después una obra tan fresca y actual como lo fue en su momento, manteniéndose como uno de los discos más trascendentales, sino el más influyente del rock alternativo. Posiblemente a ello contribuyó que la mayor parte de las composiciones fueran grabadas por el grupo al completo, eligiendo la mayoría de las primeras tomas.

Este trabajo de orfebrería que comenzó a grabarse en 1996 con la inestimable producción de Nigel Godrich, es hoy considerado por algunos críticos el mejor de la década de los 90. En el año 1998 fue galardonado con el Grammy al mejor álbum de música alternativa. Algunos medios como The Guardian lo acreditan como el disco más influyente de finales de siglo, y atendiendo a una votación hecha por críticos especializados y que se publicó en 20 minutos, al álbum lo sitúan en el puesto 22. Al margen de todos los elogios y merecimientos, que son muchos, para alguien que quiera escuchar por primera vez al grupo, yo aconsejaría hacerlo en un día de lluvia, o con cierta melancolía invadiendo el alma; y si puede ser 2 ó 3 veces, mejor, así entenderá la verdadera dimensión de esta obra cumbre que ha influido posteriormente en grupos como Coldplay, por ejemplo.
martes, 4 de diciembre de 2018
¿El mejor de 2018?
¿Sinceramente, ha sido Luka Modric el mejor jugador de 2018? Lanzo la pregunta porque creo que quienes tuvieron la oportunidad de elegirlo no siguieron unas pautas uniformes, sino que cada cual se marcó su propia normativa, decantándose la mayoría de electores por los títulos u objetivos deportivos de cada cual, sin olvidar, claro está, el juego individual de los nominados. Si esto es como planteo, en buena lógica se puede considerar atinado su triunfo, no en vano conquistó con el Real Madrid la Champions League y fue finalista del pasado mundial con Croacia, además de exhibir un juego brillante a lo largo de buena parte de la temporada, nada sorprendente teniendo en cuenta su calidad futbolística, fuera de toda discusión.
La pregunta es muy sencilla y la vuelvo a repetir ¿Sinceramente ha sido Luka Modric el mejor jugador de 2018? ¿Tal vez ha sido el jugador más decisivo para el Real Madrid y la selección de Croacia? Y digo yo: ¿más que Messi para el Barcelona? Las comparaciones son odiosas, pero a veces no queda otra que echar mano de ellas para ilustrar la argumentación. El argentino fue el máximo asistente de la liga con 12 pases de gol, mientras Modric dio la mitad, y eso a pesar del extraordinario juego del croata en el medio del campo. En cuanto a la capacidad anotadora no hay color, pues el argentino marcó un total de 45 goles en 54 partidos repartidos en todas las competiciones, además de proclamarse ganador del Trofeo Pichichi. Siendo tan tozudos los datos, ¿por qué Modric ha sido el vencedor y Messi ni siquiera ha quedado entre los tres primeros? En mi opinión (y a pesar del triunfo del Barca en la Liga y la Copa), al astro argentino simplemente le ha penalizado que su equipo no llegara más lejos en la Champions League, y por encima de todo el discreto papel de Argentina en el Mundial.
¿De qué hablamos entonces, de merecimientos individuales o de títulos conquistados? Tiene su lógica que Cristiano Ronaldo haya quedado segundo, lo que no tiene mucha justificación ateniéndonos únicamente al argumento de los títulos, es que Griezmann haya sido elegido como el tercer mejor jugador del año por haber ganado el Mundial y la Europa League. ¿De verdad que en 2018 ha sido más maravilloso el juego de Modric o Griezmann que el de Messi. Me parece que es algo que va contra el sentido común, salvo que la revista France Football esté harta de que siempre ganen los mismos -los mejores con diferencia de la última década-, o sea: Messi y Cristiano Ronaldo.
Para evitar estas discusiones me parece a mí que la revista francesa debería de aclarar de una vez por todas cómo se miden los merecimientos de cada cual y unificarlos. Pero si no les resulta sencillo, yo planteo la creación de dos balones de oro: uno al mejor jugador del año y otro al jugador más determinante en su equipo y/o selección al conquistar los títulos, que parece ser el argumento de más peso a la hora de votar al mejor. No obstante, mi más sincera felicitación para Modric, un jugador exquisito.
domingo, 25 de noviembre de 2018
Viridiana (17)
Viridiana está sin discusión entre las tres o cuatro mejores películas de la historia de nuestro cine patrio, aunque muchos de los críticos cinematográficos la sitúan sin titubeos en el primer puesto. ¿Qué la hace tan grande? Sin duda la intemporalidad, a pesar de contar 57 años, pero también la forma de contarla más que la historia en sí, gracias a un guión meticuloso escrito por Luis Buñuel al alimón con Julio Alejandro y que no dejaba nada a la improvisación. Y por último escenas inolvidables, como la de los mendigos en una especie de última cena pagana.
Viridiana (Silvia Pinal) es una novicia a la que obligan a salir del convento para que visite a su tío y protector don Jaime (Fernando Rey). La llegada de la sobrina al gran caserón le trae a don Jaime el recuerdo de su mujer fallecida. Obsesionado por la belleza de la sobrina le pide que se case con él. Al rechazar la propuesta, el tío en complicidad con la criada, la narcotiza para abusar de ella, aunque en el último momento se arrepiente. No obstante, le hace creer que ha abusado de ella para que se case. Ofendida decide regresar al convento, algo que no hará finalmente al sentirse responsable del suicidio de su tío. A cambio de permanecer en la casa opta por una vida ejemplar, amparando a los mendigos y haciendo limosnas y otras obras caritativas. Pero todo le da un vuelco con la aparición en la casa de Jorge (Paco Rabal), hijo natural del fallecido para hacerse cargo de la herencia. El duelo entre lo humano y lo divino, entre lo material y lo intangible, termina decantándose en favor de lo mundano, algo que se materializa en otra de las escenas redondas, esa donde Viridiana, Jorge y Ramona (Margarita Lozano), la sirvienta, comparten naipes en el juego del tute, y en la que se aprecia cómo la primera permite a su primo que la instruya ante la mirada cómplice de la sirvienta.

Don Luis Buñuel vivía exiliado desde la Guerra Civil, residiendo los últimos años en México. Reputado director fuera de nuestras fronteras, las autoridades españolas no pusieron objeción alguna a que el hijo pródigo regresara a España y filmara una nueva película, a pesar de que había jurado que jamás volvería mientras se mantuviera la dictadura. Ante ciertas reticencias del de Calanda para abordar el proyecto, Gustavo Alatriste -marido en aquel momento de Silvia Pinal- y Pere Portabella, ambos responsables de la producción, le persuadieron junto a otras figuras como Bardem o Saura de la conveniencia de asumir la dirección de la película. El 4 de febrero de 1961 comenzaba en estudio el rodaje de la que en cierta manera se ha considerado la continuación de Nazarín, otra adaptación de la obra de Galdós.
A partir de la conclusión del rodaje todo se precipita, convirtiéndose en un largometraje maldito y con una historia sorprendente, como de película. En el último día de emisiones, recién montada, Viridiana se exhibe en Cannes, convirtiéndose en la ganadora de la Palma de Oro ex aequo junto a Una larga ausencia. Al día siguiente, L'Osservatore Romano la califica de blasfema, precipitando la destitución de Muñoz Fontán como director de la Cinematografía Española, quien había recogido el galardón al excusarse Buñuel pretextando indisposición. Inmediatamente, Franco pide visionar la película en la gran pantalla del Palacio del Pardo. Después de repetir el visionado da la orden de que se destruyan todas las copias disponibles así como la desaparición administrativa del film. Leyenda urbana o no, se dice que el Dictador se reía de las ocurrencias del director aragonés, guardándose una copia para su disfrute.
De las copias, según dice Silvia Pinal, una se la llevaron Berlanga, Bardem y Dominguín, enterrándola en una finca del diestro. La otra, la de recorrido más rocambolesco, si hay que atender a las explicaciones del propio hijo del director, Juan Luis, salió en una furgoneta desde Barcelona con rumbo a la frontera en compañía del torero Pedret, tres diestros más, un picador y el propio Juan Luis. El negativo iba escondido bajo los capotes y las espadas. Al llegar a la aduana, los guardias civiles le dijeron: ¡suerte, torero!, y Pedret: ¡ah, gracias! La protagonista del film asevera que el negativo -fotografía soberbia del gran José F. Aguado- lo sacó desde Francia su propio marido, Alatriste.
El 9 de abril de 1977, coincidiendo con la legalización del Partido Comunista por parte del Gobierno Suárez, y casi 16 años después, Viridiana era visionada en España por vez primera como film de nacionalidad mexicana, algo subsanado en 1982 al reconocerse su autoría española.
Para mí, no lo voy a disimular, se trata del mejor largometraje que se haya parido jamás en tierras españolas, pero esto es muy subjetivo, y más tratándose de una obra de Luis Buñuel, el mejor director que jamás hayamos tenido, y con muchas obras maestras a su espalda.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Personajes de allá (5)
A lo largo de su existencia J. fue uno de los guardianes, o mejor, depositarios de ese rinconcito en la Plaza, con aromas suculentos, huéspedes permanentes, idas y venidas a la tienda de ultramarinos de al lado, al bar del otro costado donde se ingeniaban nuevos bebedizos, o el estrecho espacio que servía de almacén a los bultos que venían en el coche de línea procedente de León. La casa donde vivía mi abuela -en la última planta- era toda ella una olla colosal desprendiendo el olor inconfundible de los callos, porque el patrón, sin desmerecer al resto de cocineros que también preparaban la casquería reina en la Villa, preparaba los mejores callos que uno haya degustado jamás.
Pero J. no solo era un gurú de los callos y otros platos menos contundentes que preparaba en la fonda de su propiedad. A eso de la media tarde, antes de servir las cenas, ejercía como maestro de ceremonias en el juego de la brisca. Allí, en torno a la mesa separada de la cocina por un liviano tabique o mampara, no recuerdo bien, competían en ocasiones hasta cuatro parejas de contendientes que dirimían la honrilla o sabe Dios qué. Cuando su pareja cometía alguna imprudencia o se despistaba, J. se encendía como una dinamo al primer pedaleo y dejaba que su genio explosionara, digamos, de una manera controlada. Eso sí, él disfrutaba mucho más que con la victoria final, cuando tenía la fortuna de que su as de triunfo comía al tres del mismo palo, algo que el grupo denominaba piolla. Entonces gritaba como un feriante: ¡piolla!, ¡piolla!, mientras con el nudillo del dedo índice trataba de perforar el tapete, el hule y hasta la misma madera de la mesa. No es ningún secreto que mi madre era muchas veces participante activa en ese juego de las señas y las tres cartas.
Como otros muchos villafranquinos, J. no faltaba nunca a la romería de agosto para festejar a la Virgen de Fombasallá. Me atrevería a decir que, al menos en sus últimos años de viudez, lo más separado que llegaba a estar de su casa era el día 15, cuando se aventuraba monte arriba para participar como uno más de la música, la comida, la alegría y la procesión, en compañía de otros vecinos y curiosos que no querían perderse la celebración. Y ¡cómo le gustaba acompañar en los tragos reparadores de la bota!, también en el manteo de algún novato que pisaba por vez primera la tierra prometida.
Aunque si algo mantengo más fresco en mi cabeza de la infancia, son aquellos coloquios interminables en las noches del estío, cobijados bajo esos soportales menos distinguidos que los de unos metros abajo. En esas veladas se podía hablar de lo divino y lo humano, del huésped X de la primera planta, o de la cosecha de cerezas y <<para cuando los tarros con el aguardiente>>. Claro que si J. se iba de la lengua maldiciendo al Dictador gobernante, los parroquianos le imploraban que callase la boca, no fuera a liar la madeja; pero si le insistían, él más se obstinaba haciéndose el valiente. Creo que de aquellas tertulias a la luz de la luna, entretejidas con las voces provenientes de las terrazas de los bares, es posible que parta en buena medida mi afán de contar historias.
Un buen día J se fue, como se fueron otros miembros de aquel selecto grupo que lo acompañaba en el Rincón. La fonda cerró, los huéspedes desaparecieron, y ese rincón de la Plaza tan palpitante, tan querido para mí, se ha convertido hoy en un espacio muerto, en un lejanísimo recuerdo de otro tiempo, de cuando J. "gobernaba" aquel espacio mágico sin abandonar un solo momento su boina negra y eterna.
martes, 24 de julio de 2018
We will rock you (Historia de una canción, 6)
Para entender la intrahistoria de este himno imperecedero, antes habría que escuchar con atención You'll never walk alone, canción original de Richard Rogers y Oscar Hammerstein para el musical de 1945 Carousel, que el Liverpool adoptó como himno propio desde la década de los 60. Y es que Brian May, guitarrista y compositor de los Queen -enorme en los dos sentidos, también en estatura- además de doctor en astronomía, siempre ha admitido que buscaba componer algo así como un himno eterno, como el del equipo rojo, aunque no sé si es aficionado de los Reds.

En 1977, Queen se disponía a sacar su sexto álbum de estudio que llevaba por título, News of the world, y la pieza que debía de abrir el trabajo no podía ser una nadería. Manos a la obra, y haciendo caso a las palabras de Brian May, el corte lo compuso el solito en ¡10 minutos! A partir de los archiconocidos efectos percusivos creados sobreponiendo los sonidos de pisotear el suelo y hacer palmas, con el soporte de coros rotundos marca de la casa, y la entrada final de la guitarra, el gigante británico legó para la historia We will rock you, que curiosamente antecede al segundo corte del álbum, el no menos famoso We are the champions. El videoclip fue grabado en el patio trasero de la casa del baterista Roger Taylor.
Esta pieza magistral construida a partir de un resorte percusivo tan sencillo, que, según un estudio realizado en la Universidad de Saint Andrews, es la canción más pegadiza de la historia, y que Brian May la grabó pensando en el show de la BBC que capitaneaba John Peel, ha sido, es y probablemente seguirá siendo utilizada en los grandes eventos deportivos como animación por los clubes triunfadores en finales, particularmente de fútbol y baloncesto. Es, qué duda cabe, uno de los temas más versionados, con toques tan variopintos como los que le dan Max Raabe, Britney Spears, Beyonce & Pink, Five, Why Mona, etc. Pero, indudablemente, yo me quedo con el original o el directo de los Queen.
viernes, 29 de junio de 2018
Presentación "Teórica del fuego" en Ciutadella
El próximo miércoles día 4 de julio, a las 20:30 horas, presento mi libro de relatos, Teórica del fuego. El acto tendrá lugar en el Espai Sant Josep de Ciutadella. Estaré acompañado por Paulí Amorós y Luis Soler. A la finalización del acto procederé a la habitual firma de ejemplares. Tod@as estáis invitados.
lunes, 28 de mayo de 2018
Beggards banquet
Venían de 2 años atroces. Mick Jagger y Keith Richards habían sido detenidos en la casa del guitarrista y llevados a juicio. Brian Jones, el otrora líder y cofundador de la banda, atrapado por las drogas y reiterados arrestos, se había convertido en una sombra del gran músico que había sido, falleciendo en 1969, apenas unas semanas después de ser despedido de los Rolling Stones. Por si no eran pocas las adversidades, su anterior álbum, Their satanic majesty´s request, un engendro que buceaba en la psicodelia imperante, había sido un fracaso, un trabajo poco alentador para sus incondicionales, que esperaban algo más cercano a lo que habían hecho casi siempre. Con Beggards banquet los británicos retomaron sus raíces blues, rhythm man blues y la moderada dosis de country, dando inicio, probablemente, a la etapa más oscura, pero también al periodo más creativo y brillante de su carrera, el que va de 1968 a 1972.
Shympathy for the Devil, abre el disco. Irreverente e hipnótico, medio siglo después sigue siendo uno de los hits más celebrados de la Banda. Con su base rítmica a medio camino entre la samba y el inconfundible toque stoniano, no hace otra cosa que provocar sacudidas y un desmedido entusiasmo a quien la escucha, aunque la escuche mil veces. El tercer corte del disco, Dear doctor, no tiene desperdicio. Con la armónica de Brian Jones discurriendo en cada surco, nos evoca aquellas tierras del Medio Oeste americano con reminiscencias country. Pero sin duda el tema estrella junto al Sympathy..., es otro clásico imperecedero que lleva por título Street fighting man, una especie de alegato social en tiempos convulsos: Mayo francés, la guerra del Vietnam; una ácida crítica que orienta a la revolución, una revolución que ellos sí hicieron con este banquete de los mendigos. Para enriquecer el trabajo, ahí están cortes como Parachute woman, Stray cat blues, Salt of the earth, o el No expectations, la última buena contribución de Brian Jones antes de su expulsión.
Indudablemente apenas quedan resquicios para suponer que Brian Jones participa en esta obra clásica de los británicos. Para entonces Keith Richards había asumido el liderazgo, firmando junto a Jagger uno de los trabajos más sólidos de hace medio siglo (el próximo 5 de diciembre se cumplen los 50 años de su salida al mercado). Jumpin Jack flash había sido lanzado en mayo de 1968 como single para promocionar el trabajo; sin embargo, y aunque parezca contradictorio, nunca integró el disco. La portada original, con las paredes de un retrete desbordadas de graffitis, fue censurada, cambiada por la simple invitación al banquete sobre fondo blanco, algo que indudablemente hacía recordar a la carátula del White album de los Beatles, obra publicada unos meses antes.
El trabajo, uno de los 4 ó 5 mejores de su carrera, y situado por la revista homónima Rolling Stone en el puesto 58 entre los 500 mejores discos de la historia del rock, se vendió como las rosquillas a un lado y otro del Océano, inaugurando, reitero, el periodo más creativo de la Banda, que continuaría con el indispensable Let it bled. Sin dudarlo, un buen momento para volver a disfrutar con la audición de esta obra próxima a cumplir el medio siglo de vida.
domingo, 13 de mayo de 2018
Presentación de mi libro Teórica del fuego
El próximo viernes 18 de mayo a las 20:00 horas en la Biblioteca pública de Maó, presento mi libro de relatos, Teórica del fuego. A la finalización del acto procederé a la habitual firma de ejemplares. Tod@s estáis invitados.
viernes, 27 de abril de 2018
El bookplay de Teórica del fuego
Acaba de salir el bookplay de mi último libro de relatos, Teórica del fuego, que viene a resumir en dos párrafos y algunos planos el contenido de la obra.
viernes, 20 de abril de 2018
Acto de presentación
Jamás pude imaginar que los legítimos afanes de un gran amigo pudieran convertirse en una especie de boomerang que, al retorno, terminara golpeándome de lleno en la presunción, debilidad sin duda de quienes nos proclamamos literatos.
Después de
algún tiempo sin contacto alguno, mi viejo amigo de la infancia me telefoneó
para pedirme la asistencia al acto de presentación de su nuevo libro. Naturalmente
le di el sí al celebrarse en mi ciudad de entonces. Pero él me reclamaba un
esfuerzo añadido, que participara como uno más de los intervinientes; o sea:
que cavilara un discurso acorde a mi condición de autor de ficción. En
principio me negué por ser lego en asuntos de ciencia, más teniendo en cuenta
que la obra a mostrar por el afamado siquiatra y experto en criminología –no
voy a decir su nombre para no incomodar su proverbial modestia-, ahondaba en el
terreno de las mentes perturbadas y ulteriores consecuencias, si llegaban a
derivar en delitos de sangre u otros menos drásticos, aunque no por ello
dejaran de tener la condición de censurables. Terminé aceptando de buen grado
cuando me dijo que pretendía una presentación solvente y razonada de su obra,
pero también una cierta exhibición fabuladora por mi parte, a fin de que el
acontecimiento no sucumbiera a la aridez del tema.
En el salón
de actos, a rebosar, abundaba el público próximo a cumplir el medio siglo; si
bien es cierto que tampoco faltaba la gente más joven y la perteneciente a la
tercera edad con ganas de acrecentar sus conocimientos. Después de la presentación
excesiva por parte de un experto en materia colindante –profesor de medicina
forense en una de las universidades de más prestigio en España- y de la
intervención desmesurada, cuando no fallida, del editor, glosando cada una de
las numerosas obras publicadas por el protagonista, tuve el honor de
intentar mantener en vilo al respetable, antes de la más esperada intervención
de mi amigo. Digamos que yo era el telonero con estilo discordante, el puente
que uniría al fin al maestro disertador con sus acólitos más recalcitrantes.
Yo nunca fui
hombre de verborrea deslumbrante –aunque de vez en cuando me permitiera alguna
licencia ingeniosa-, ni mucho menos me propuse, jamás, encandilar al público asistente
a la presentación de mis libros manejando invenciones increíbles que solo tratan
de manipularlo, pues para eso ya estaban mis novelas y cuentos. Sin embargo,
tal vez por no ser yo el foco principal de atención aquella tarde, también para
no defraudar las expectativas del siquiatra, decidí vestirme de otra persona,
de algo así como un funámbulo discurriendo por el alambre, con una pértiga
entre las manos y el suelo a treinta pies de donde se ejecuta la temeridad.
La multitud
se mantenía expectante, en silencio, supuse que deseosa de escuchar con
atención cuanto pudiera decir un escritor sin relación aparente con el resto de
intervinientes. Por tanto, al invitarme el presentador de la velada a iniciar
el discurso, me incorporé con determinación –ningún otro se había levantado de
la mesa y tampoco estaba previsto que lo hiciera mi amigo-, alargué el cable
del micro hasta acercarme al borde del escenario para tomar la palabra, a no
más de un par de metros de los asistentes más próximos y probé con toquecitos
la viabilidad sonora del artefacto de los años setenta. Siendo sincero, no
recuerdo con claridad la raíz del discurso ni cómo di inicio a la
representación. No obstante, sí guardo en la memoria el rostro asombrado del gentío,
también de mis compañeros: todos, sin excepción, parecían resueltos a interrogarme
por querer llevar la disertación a extremos intolerables.
Con la
atención unánime de la concurrencia puesta en mis palabras, yo, retraído
inveterado, creyendo enfrentarme a la inofensiva hoja en blanco por escribir,
henchí mi vanidad hasta el límite. Recuerdo –eso no lo olvidaré jamás- que tuve
la ocurrencia –tal vez para darle al acto un tono de dramaturgia a través del
cual todos nos sintiéramos copartícipes- de deslizar la convicción de estar
acompañado por algún hombre o mujer que en cierto momento de su vida –y
entonces solté la retahíla- había cometido crimen, torturas, extorsión,
violaciones, robos, traición, malos tratos, pedofilia, chantaje, infidelidades,
pederastia, proxenetismo, secuestros, estafas, prevaricación, suplantaciones de
personalidad, o fraude de ley. No satisfecho con el estupor ocasionado a los
asistentes, aún les reclamé que mirasen a la cara al compañero de butaca, pues
detrás de unas facciones amables, risueñas, hasta bobaliconas, podría
esconderse el ser humano más depravado, inconcebible para una mente pura.
Con caras de
circunstancia, algunos de los presentes se giraron a ambos lados para fijarse
en el vecino, pero la mayoría no estaba por el descaro, limitándose a
carraspear con fastidio tras la tensa situación generada por el significado de las
palabras. Al resto de intervinientes los vi parapetados por la mesa,
dibujándoseles en el rostro el estupor por la desmedida temeridad del discurso.
Contrariamente a lo que pudiera suponerse, sintiéndome el centro de atención,
presintiendo que todavía me quedaba margen para tensar un poco más la cuerda,
argumenté la manida costumbre -esa tan útil para el malhechor-, de ampararse en
la multitud a fin de mantener su anonimato. Propuse entonces la valentía –mis
oyentes ya no daban crédito a cuanto sucedía, manifestándose con toses fingidas,
risas nerviosas o semblantes desacoplados-, y si en el salón había algún
delincuente sin complejos, que tuviera el atrevimiento de subir al escenario y
reconocer su delito públicamente. Persuadido de mi triunfo absoluto, de haber
domado a una multitud cobarde con la única ayuda de las palabras, aún tuve la
osadía de reclamar, ordenar, zaherir al presunto miserable para que diera
la cara, vociferando como energúmeno a través de cada uno de los
altavoces.
Al dejar de
hablar se sucedieron unos segundos de silencio sepulcral. Con toda la pachorra
de alguien que se siente victorioso me disponía a dejar el micro y a tomar
asiento junto a mis compañeros, cuando a mi espalda creció un espontáneo
murmullo. Al girarme hacia la gente, vi cómo un hombre de mediana edad, tirando
a bajo, se dirigía a través del pasillo central hacia el escenario. El hombre, mulato
para más señas, ascendió los escalones, se plantó delante de la gente, se
desabrochó el abrigo, se desligó el cinturón, se bajó los pantalones tejanos y
el calzoncillo, y mostró alborozado, con los brazos en jarra, un miembro
considerable. Se fue de inmediato al micrófono y, dirigiéndose a mí, dijo que
se me ha olvidado mentar los exhibicionismos; que en tres ocasiones había
estado detenido por sátiro, y no le extrañaría serlo una cuarta, si bien, para
la presente, podría alegar el atenuante de incitación por parte del literato.
El público rio a carcajadas las palabras de aquel atrevido, sintiéndose a un
tiempo liberado de la tensión acumulada, estallando al fin en un unánime y
prolongado aplauso. Por el contrario, yo me vi abatido y desorientado, como si
el gentío me hubiera devuelto el obsequio de tanta zozobra acumulada a lo largo
de mi intervención.
Han pasado
varios años desde entonces y puedo asegurar que la malograda velada de mi viejo
amigo me ha servido para modular aún más, si cabe, las intervenciones públicas;
por tanto, en la presentación de mis libros y en las de los ajenos u otro tipo
de solemnidades con tertulia incluida, procuro la parquedad de las palabras y
evitar las salidas de tono, remitiendo –si intuyo que la cuestión se puede
salir de madre- al lector a la obra de marras, a fin de aliviar su curiosidad
malsana.
miércoles, 11 de abril de 2018
Cosas que ocurren a veces
La señorita -esa era la infausta noticia procedente del hospital- se había quedado como un vegetal para el resto de su vida. La sorpresa para los hermanos no era el nuevo estado vegetativo de la víctima, sino que encima estuviera embarazada; y si la suerte acompañaba, a pesar de las circunstancias, podría dar a luz sin el mayor contratiempo.
Matu optó por el golpe con el candelabro cuando la dependienta iba a accionar el botón de alarma, y eso a pesar del riesgo de las pistolas apuntándola. Se ve que el porrazo sobre la cabeza había resultado más contundente de lo pensado en principio, y aunque la joven, al tiempo de desangrarse, llegó a increparlos por la vil acción, enseguida se desplomó sin sentido sobre el suelo de la joyería.
Irene no se cansaba de repetirlo: <<Debemos conseguir unas pistolas de juguete, Matu. En cualquier tienda las podemos comprar y damos el pego. Ni siquiera la policía es capaz de diferenciarlas>>. Cansado de escuchar una y mil veces el dictamen de la hermana, Matutino decidió al fin hacerle caso y adquirió un par por poco más de treinta euros en uno de los negocios más afamados de la calle Sierpes; aunque él habría preferido dos de las de verdad.
Lo del asalto a la joyería fue dicho y hecho. En pocos días eligieron la de Lupe, la amiga de Irene. La hermana de Matu sabía que los miércoles por la tarde se quedaba sola en la tienda, por tener libre el propietario, además de ser el día de ventas más flojo de la semana. Entrarían encapuchados y en todo momento hablaría Matu, pues Lupe no lo conocía y por tanto ignoraría el tono de su voz. También llevarían enguantadas las manos a fin de no dejar la más mínima huella. La maniatarían, cerrarían con llave por dentro, bajarían las persianas, cogerían el mayor número de joyas posible sin demorarse, y adiós muy buenas, pues sería imposible echarles el guante a bordo de la Yamaha de gran cilindrada.
El asalto se planeó por la torpeza de la madre, ya que si no conseguía en un par de meses reunir el dinero suficiente para saldar la deuda con Hacienda, todos los bienes, incluido el chalé de Carmona, el piso con cochera en Triana, la tienda de electrodomésticos, el Maserati de importación, la colección de monedas antiguas de los romanos y, por descontado, la Yamaha de gran cilindrada, serían embargados con prontitud. Incluso, de no cubrir por completo la deuda, la madre podía ir a juicio y acabar con sus huesos en prisión. Eso suponía, de no terciar antes un golpe de fortuna, la enojosa obligación de ponerse a trabajar en cualquier cosa, cuando ellos jamás habían dado un palo al agua.
Claro que solo se le ocurre a la buena señora, viuda del prestigioso comerciante Laurentino Torrado, poner al frente del negocio familiar a un botarate como Ramón. Era bueno en la cama, desde luego, y con él había disfrutado como nunca, especialmente en los primeros meses de viudedad; no obstante, a pesar de los años de experiencia en la administración junto a su primo Laurentino, era incapaz de diferenciar una letra de un pagaré. <<Ramón es predispuesto, trabajador, con buena presencia, para qué nos vamos a engañar; y pese a todo, jamás haremos carrera de él>>, decía el dueño a su paciente esposa. Pero por estar encariñada como nunca antes de otro hombre o por el temor a un hipotético chantaje, y también por la gandulería de sus dos hijos para ponerse al frente, decidió elegir el camino más arriesgado.
Un buen día, a Ramón, un empleado del prestigioso banco C, sabiendo este del dinero a espuertas, le propuso un negocio redondo si se dejaba aconsejar por la sucursal donde trabajaba, en frente mismo del gran comercio de electrodomésticos para el hogar. Había unos suculentos fondos de inversión de origen americano, con matriz en la ciudad de los rascacielos. Si era paciente y confiaba en su recto proceder de profesional avezado, en tres años podía duplicar el importe inicial de la inversión. Por si eso no era argumento de peso le prometía cuantiosas exenciones fiscales. Los fondos Inverburs eran un negocio ambicioso y rentable por las plusvalías crecientes. Ramón aceptó entusiasmado sin sopesar pros y contras. Luego vendría una crisis galopante y con ello la descapitalización total de los fondos pignorados –sin él saberlo y seguramente los del banco tampoco- a otra entidad financiera con sede fiscal en las Islas Caimán. El negocio se resentiría por el atrevimiento de su gestor; y este, dejándose aconsejar de algún asesor fiscal escasamente recomendable, omitió casi todos los movimientos financieros del último año en la declaración del Impuesto de Sociedades.
No obstante, se sabe, muchos de los empleados emplazados en la tarea de captar clientes -<<atención al cliente>, suele rezar en sus letreritos sobre las mesas escritorio- no se arredran a las primeras de cambio ante la negativa del interlocutor, más si tienen la presión constante del director de oficina, al cual sus superiores suelen apretar las clavijas para que los beneficios superen al menos en un uno por ciento a los del ejercicio precedente. A este obsequioso y eficiente profesional, del cual, al cabo de los días, terminamos por olvidar hasta su nombre, podríamos llamarle Roberto. Roberto es un entusiasta de su oficio, y la autoestima le crece en cuanto consigue la fidelidad de un nuevo usuario, ya que ello lleva aparejado el suplemento de una comisión en la nómina de final de mes. A Roberto, en las últimas semanas, su jefe, el director de la sucursal, lo apremiaba con insistencia para hacer muchos más clientes, pues analizando las cuentas de la oficina, en los últimos tres meses había descendido la actividad transaccional, lo cual conllevaba un tirón de orejas de los gerifaltes.
Al director de la sucursal, que atiende por el nombre de Dalmiro Íñiguez, le faltaba el canto de un duro para su traslado a la oficina principal del banco C. En cierta manera se trataba de un logro al alcance de la mano, siempre y cuando la presentación de cuentas de final de año agradara a sus superiores, pues en lo que afectaba a su profesionalidad no existía la menor duda. El ascenso, además de un estatus envidiable, suponía un jugoso incremento en la nómina de cada mes, y con ello hacer posible, no ya solo la oportunidad de un nuevo piso para la querida –en ese momento embarazada de tres meses-, sino, y en la ignorancia de su engañada esposa, seguir manteniendo una vida adulterina en compañía de la joven y atractiva damisela, la cual habría de dejar la joyería en cuanto se aproximara la fecha del alumbramiento.
Nunca llegó a entender muy bien cómo él, Dalmiro Íñiguez, de familia encumbrada, aunque de no tantos posibles como otros treintañeros con más pedigrí, se había encaprichado de una chiquilla lánguida y de facciones correctas. Él supone que aquella noche de euforia y bailes, con el traje de corte italiano, los mocasines de marca y sus cabellos encanecidos, si bien pulcros y atrayentes, habían hecho el trabajo del seductor, surtiendo el efecto deseado en la bailarina de la discoteca. Encamaron desde entonces a diario, y a las pocas semanas la confidencia de diana en forma de embrión.
Desde
siempre, a Dalmiro le había gustado sorprender con los regalos más insólitos,
también a su esposa en la etapa de feliz matrimonio. Con la confidencia y la
alegría inesperada de ser papá de nuevo, quince años después del nacimiento de
Dalmiro junior, al director de la sucursal no se le ocurrió mejor obsequio que
un elegante y llamativo candelabro de plata, con soporte para tres velones. En
cuanto desgajó el papel para regalo, y sin saber muy bien cómo reaccionar, Lupe
se salió por el sendero más juicioso, estampándole un beso de tornillo para solapar
el raciocinio, el cual la estaba impulsando a darle un bofetón, al tiempo del
reclamo de algo con más juego y suntuosidad, algo así como un collar de perlas.
Cuando al fin caviló en palabras, digamos, sensatas, fue para decirle que el objeto se quedaría de momento en la joyería, hasta que se pudiera trasladar al nuevo piso, todavía por adquirir. A casa no se atrevía a llevarlo, pues eso levantaría las suspicacias de sus padres, que a fuerza de insistir le intentarían sonsacar. Y desde luego, por el momento, no estaba dispuesta a decirles de su embarazo, mucho menos que el padre de la criatura estuviera casado. Dicho y hecho, el candelabro adornó desde entonces una de las vitrinas más deslumbrantes de la joyería, como si fuera una más de las piezas a la venta.
Lo que Dalmiro no se había atrevido a confesar a su amada era la procedencia del candelabro, un regalo original de la viuda de Torrado a su persona con el fin de hacer los trámites y gestiones más convenientes, encaminados a salvar la delicada situación crematística de sus fondos Inverburs; los cuales, al parecer, habían ayudado a financiar sociedades anónimas con dificultades de saneamiento. Un obsequio, a lo que se ve, exiguo para el intento de enderezar la apurada situación de la viuda.
Este es uno de los relatos que integran mi libro, Teórica del fuego (2018)
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La nómina de artisttas que nos han dejado a lo largo de los últimos 60 años es extensa: Marc Bolan, líder de T. Rex se fue a punto de cumplir los 30 por accidente de coche. Cliff Burton, entonces guitarrista de Metallica, murió a los 24 en otro accidente, si bien de autobús. Ronnie Van Zant, vocalista y principal compositor de Lynnyrd Skynnyrd, se mató en accidente aéreo a los 29. A Marvin Gaye lo tiroteó su padre la víspera de cumplir 45. A Sam Cook, el rey del soul, lo acribilló a balazos la propietaria de un motel sin cumplir los 34. Elvis Presley, el rey del rock'n roll, falleció súbitamente a los 42, probablemente por consumo de medicamentos sin control. Bob Marley, máximo exponente del Reggae, nos dejó a los 36 por culpa de un melanoma en un dedo del pie que con el tiempo derivó en metástasis. Freddie Mercury, tan de moda en la actualidad, murió a los 45 víctima del sida. Joey Ramone (Ramones), falleció a los 51 de un linfoma. Jerry García, líder de Grateful Dead se fue a los 53 de un ataque al corazón. El epiléptico Ian Curtis, cantante de Joy División se ahorcó a los 23. El ecléctico e inclasificable Frank Zappa se rindió a los 52 tras padecer un cáncer de próstata. Sid Vicious, uno de los apóstoles del punk y miembro de los Sex Pistols, pereció víctima de la heroína a los 21. Bon Scott, el antiguo vocalista de AC/DC, se fue a los 33 a consecuencia de una intoxicación etílica, ahogándose en su propio vómito. Joe Strummer (The Clash, The Mescaleros) murió por ataque cardiaco a los 50. George Michael, falleció a los 53 al padecer cardiopatía y enfermedad hepática. Uno de los más prometedores guitarristas, Tommy Bolin (Deep Purple) nos dejó a los 25 tras consumo de heroína, cocaína y alcohol. John Bonham (Led Zeppelin) y Keith Moon (The Who) probablemente los dos mejores bateristas rockeros de todos los tiempos, murieron a los 32, por consumo de alcohol y el acompañamiento de droga en el segundo caso. Michael Jackson falleció a los 50 por intoxicación aguda de propefol. La prodigiosa voz de Whitney Houston se apagaba a los 48 sin concretar la causa exacta del óbito, más allá de aparecer con la boca hacia abajo en la bañera. También aparecería ahogada en la bañera a sus 46, Dolores O'Riordan, la voz personalísima e inimitable de The Cramberries, a consecuencia de ingesta excesiva de alcohol. Y John Lennon, como ya dije, fue víctima de un supuesto fan, acabando con su vida a tiro limpio en Nueva York.




































