sábado, 30 de septiembre de 2023

BIENVENIDO MISTER MARSHALL (21)


 

En 1953 Luis García Berlanga dirigió su primera película en solitario -anteriormente había realizado tres cortos y el largometraje, Esa pareja feliz, en colaboración con Juan Antonio Bardem- logrando con ella el reconocimiento unánime de crítica y público, y formando parte desde entonces del selecto grupo de los más grandes realizadores españoles. La película, que en un principio se trataba de un encargo con el argumento de lanzar al estrellato a una cantante folclórica, termina, tras varias rectificaciones de guión, convertida en una suerte de comedia costumbrista, pero con otra visión más profunda a través de la cual se vislumbra la realidad española de mitad del Siglo XX. De esa visión tiene gran parte de culpa Miguel Mihura, que junto a Bardem y Berlanga firman el guión. El fundador de la Revista La Codorniz, es quien aborda algunos de los cambios más significativos con respecto al primer guión. De hecho es él quien ingenia la célebre frase que el alcalde (Pepe Isbert) pronuncia en bucle varias veces: <<como alcalde vuestro que soy...>> o el sueño que el propio Isbert tiene al convertirse en sheriff, como si se tratara de una película del Oeste. 



La historia comienza con la llegada a Villar del Río ("un pueblo español como cualquier otro", dice el narrador) de Carmen Vargas, una célebre cantante folclórica. El acontecimiento coincide con el anuncio por parte del Delegado General de la visita de un nutrido grupo de personalidades norteamericanas que reparten dinero por todo el país, y harán parada en el Pueblo. Manolo (Manolo Morán), el representante de la artista, plantea convertir a Villar del Río en una localidad andaluza. Para ello los vecinos convierten sus calles y rincones en un gran plató de cartón que sustituye a sus viejas piedras. El anunció de la llegada de un maná impensado ilusiona a sus moradores, hasta el extremo de confeccionar una extensa lista en la que cada cual pide algo para su casa y familia. Sin embargo, llegado el día X, la caravana de vehículos pasa de largo sin hacer parada. La cruda realidad regresa sin disimulos: los jornaleros del campo seguirán sudando la gota gorda durante jornadas interminables, haciendo frente al miedo y a la acción de sequías extremas, mientras desmontan el atrezo equívocado de días antes. 




A partir de personajes arquetípicos tan habituales en largometrajes y/o novelas como el alcalde, el médico, el boticario, el cura, el secretario del ayuntamiento, el barbero (siempre en masculino), y la cantaora, Berlanga traza con cierta improvisación y sin ambages la imagen certera de una España pobretona que se ilusiona con la utopía de una ayuda que sí tuvo la otra Europa al final de la Segunda Guerra Mundial. Si bien, pocos meses después de su estreno en el Cine Callao en abril, España y EE.UU. firmarían un acuerdo de colaboración en el cual entrarían en juego las bases militares.  


Como curiosidades cabe añadir que el film se rodó en la localidad madrileña de Guadalix de la Sierra. El presupuesto final se desvió hasta más de los cuatro millones de pesetas, cuando la media de coste solía rondar los dos millones y medio, si bien es cierto que la productora Uninci contó con 1.600.000 pesetas de subvención. Como dato curioso al respecto, Lolita Sevilla (la cantaora en la peli) se llevó 200.000 pesetas, Manolo Morán 75.000 y Pepe Isbert 50.000. También como dato interesante de la época, destacar que muchos de sus habitantes dejaron por unos días de atender la tierra para trabajar como extras en el rodaje, a razón de 25 pesetas diarias, cantidad nada desdeñable para la época. Otra de las curiosidades, o mejor decir sorpresa, es que el largometraje pasó con nota los recortes de la Censura, algo incomprensible teniendo en cuenta el tono reprobatorio disimulado entre las innumerables escenas cómicas. 


Bienvenido Mister Marshall triunfó en el Festival de Cannes como mejor película de humor; siendo hoy, a pesar de los setenta años transcurridos y aún admitiendo que los años sí le han pasado factura, una de las más celebradas películas de la historia del cine español.                                                        

                                                 



           
                                                                                           


                                                                                
       

martes, 15 de agosto de 2023

PERSISTIR EN LA MEMORIA

 

En el año 2018 publiqué “Teórica del fuego”, colección de 20 relatos que profundizan en el lado más siniestro de los seres humanos. Sicópatas, ladrones de ocasión, mujeres de doble vida, estrellas de la tele, torturadores, represores de la Guerra Civil, vaqueros de gatillo fácil, víctimas de la dictadura argentina, adolescentes esquizofrénicos, o exhibicionistas, transitan por las páginas del libro; incluso algunos de los ocasionales protagonistas mantienen relación con algunas otras de las historias del libro. “Teórica del fuego” me ha servido para profundizar en otras formas narrativas que en muchas ocasiones han huido de la ortodoxia y convencionalismos utilizados más habitualmente. Este relato titulado “Persistir en la memoria”, es la historia resumida de mi novela, Pervivir en la memoria (2010), si bien con ciertas licencias y contado de otra manera, con más libertad, donde el monólogo interior es el recurso utilizado por una mujer viuda para reflexionar sobre su vida: un amor traicionado, otro amor equívoco, la posibilidad de recuperar aquel primer amor deshecho por los convencionalismos familiares, aunque realmente resulte imposible por padecer el hombre la enfermedad de Alzheimer; y los recurrentes malos tratos a manos de un marido celoso y equivocado, guardia civil, que finalmente la deja viuda cuando es abatido a disparos por una partida de maquis. Esta historia tiene su continuidad en el relato “El primer bofetón”, incluido en  este mismo libro.



Justo cuando la tromba se está volviendo menos densa, presiento el momento de salir del cobijo de la marquesina y ampararme en el viejo paraguas de la adolescencia, a chapotear con esmero en los charquitos del andén. Y aquí estoy, discurriendo qué es lo que voy a decirte cuando al fin me encuentre contigo; mientras un ansia repentina de libertad y una inconsciencia de niña me reconfortan lo indecible. Hace un rato, no sé, hará el cuarto de hora, me vino a la memoria mamá, sus órdenes inequívocas. ¡Siempre haciendo la real gana! ¡Llévate el paraguas y ponte las botas! ¡Después cogerás un resfriado, y otra vez al médico y las dichosas inyecciones! Pero era mamá y todo lo que decía iba a misa, a ver si no quién era la guapa que le confesaba que quien realmente me hacía tilín eras tú. Ya sabes que no me gusta para nada ese amigo tuyo, y mucho menos que os paseéis bajo la lluvia como dos estúpidos jovencitos a la vista de los viajeros, por culpa de esa manía tuya de las caminatas a la verita de la estación. Dicen de él, tú ya me entiendes…, y yo, que bueno; pero solo es un compañero del colegio y nos llevamos bien, nada más. Cualquiera le decía que una vez en el ruinoso retrete de la sombría estación, el amigo Guto, tú, habías intentado ir más allá del beso en los labios. Tú cuidadín, que el chaval tiene querencia por las malas costumbres. Ya ves lo que dicen de Raquel, aunque sus padres se hagan los ciegos y miren para otra parte. Tú eras como eras, un poco lanzado, aunque con quince años y huérfano desde los doce, como yo, si bien solo de padre, tampoco era para pedir peras al olmo. Lo de Raquel ocurrió porque ella se dejaba y los dos iban algo achispados, que Guto, otra cosa no, mas mentir, ¡ni por estas! ¡Mira a Miguel, hija! Eso es otra cosa, alguien más sensato. Ha vuelto de la mili y ya se decidió por continuar en el servicio a la Patria, ahora como Guardia Civil. A pesar de su nueva responsabilidad, ahí lo tienes, intentando por todos los medios meter en vereda a ese rebelde de hermano, ¡Guto se llama!, ¿no?, para que no termine convirtiéndose en la oveja negra de los hermanos. Y no te creas, que bien a las claras se le ve que tú le gustas. Pero yo venga a llevar la contraria con que apenas tenía los dieciséis para andar de bailoteo con un hombre hecho y derecho de veintitrés. Y claro, por no desairar, por miedo al castigo, a obedecer como un corderillo cuando él dio el primer paso; así que accedí a los acompañamientos y a distanciarme de ti, por cierto, tan muerto de celos como nunca te he vuelto a ver. Primero fueron los paseos vespertinos por el andén de la estación, lo mismito que antes contigo; más tarde el baile de los domingos por la tarde y finalmente la pedida de mano que, qué más quieres niña, si te llevas al mejor partido del municipio, si solo le falta un bigotito como el de tu padre, que en gloria esté, y se parecería al mismo Errol Flynn. No tenía otra salida por la amenaza de meterme a redentorista, así que tras seis meses de novios formales nos casamos, yo recién cumplidos los diecisiete. No sabía nada de la vida, salvo obedecer y ser una buena esposa. Ahora que han pasado tantos años solo recuerdo con emoción los escasos paseos a la anochecida, arriba y abajo de la estación, cuando todavía no me había puesto la mano encima; y por descontado, los viajes al ralentí en el tren con destino a la capital, a verme el doctor lo del embarazo. Luego, eso de estar en casa junto a él se me volvió un suplicio. 

A los pocos meses de matrimonio ya estaba con su paranoia de si tú y yo nos veíamos a escondidas, si yo seguía estando perdidamente enamorada de ti. Pero ya ves, aquellas tardes de sosiego caminando al ladito de los raíles se fueron definitivamente al garete cuando el médico me dijo que venía muerto. Entonces Miguel no hacía otra cosa que culparme, reprochándome mi escaso entusiasmo y poca vitalidad, y sacudirme la cara cuando había empinado el codo. La primera vez, todavía lo recuerdo como si hubiera ocurrido ahora mismo, él venía bebido, propinándome un bofetón tras insultarme y llamarme desvergonzada, a cuenta tuya. Enseguida se mostró arrepentido y me imploró el perdón. Naturalmente le creí, pensando que jamás volvería a ocurrir algo parecido. Finalmente terminamos en la ducha, abrazados como dos tortolitos. Sin embargo, los malos tratos  se convirtieron en una costumbre en cuanto se emborrachaba. Y mamá, que no te preocupes, pues muy pronto tendréis otro. No vino ninguno más, ya que Miguel me dejó viuda al segundo año de vida en común. ¡Quién iba a pensar en una emboscada de los maquis, y más en un hombrón como él! Si hubiera sido por un accidente de tráfico, o qué se yo. En fin, es la vida. Pese a todo, yo no me volvería a casar, niña, y mucho menos con la bala perdida de tu cuñado, ¡te lo prohíbo! ¿Y si encima de vago nos sale un sádico como el hermano? Pero tú no cesabas de tirarme los tejos al mes del entierro, incrementando las acometidas en cuanto me puse de alivio. Para ti era un acicate verme con ropas menos oscuras y la tristeza olvidada; aunque yo, si te miraba atrevida, me parecía estar traicionando la memoria de tu hermano, ya ves. Me dicen por ahí que a Guto se le ve merodear por la calle, cerca de donde pisan tus pies; y alguien, no te voy a decir el nombre, me ha contado que el viernes pasado os han visto juntos en el tren que volvía de la capital. Te lo advierto porque aún eres una cría: ni se te ocurra hacerte ilusiones con el chaval, pero si tienes tentaciones fuertes, antes prefiero verte encerrada en ese convento. Sería capaz de matarte si ocurre algo indecente. Y yo, que sí mamá, que solo coincidimos en el vagón, y que qué querías que hiciera, ¿mandarlo a paseo? Te recuerdo nuestro parentesco y la cortesía. Tú venías de hacer unas compras y yo ya sabes a lo que había ido. Claro que la primera intención había sido ir a casa de mi amiga enferma, si bien, luego me encontré en la calle con Guto y lo acompañé por las tiendas. No le dejé tocarme ni un pelo, mamá; además, él sabe de sobra que soy la viuda de su hermano. En realidad, pero esto ya no se lo dije, dejé que me dieras un beso con los labios descosidos, nada más. Aunque tú intentaste persuadirme para hacerlo en una pensión discretísima, y yo te dije a ver si estabas chalado, como si hubiera hablado por boca de mamá, con la boca más pequeña, eso sí. Y ya ves, Guto, ahora que han pasado cuarenta años, me demoro bajo la lluvia, tratando de aprisionar una miaja de aquella libertad vigilada, a la espera de que llegue el tren, lo mismo que aquella tarde de septiembre de fiesta patronal y agua a mansalva. Ni un pasajero se veía deambular, y los cuatro o cinco viajeros se guarecían en la cantina, mirándome como hipnóticos. ¡Si no salí de la marquesina nada más que en el momento de la despedida, mamá! Ya, pero la mojadura fue de órdago. Yo bien sé lo que pasó, a mí no me engañas con esas cosas de la cortesía y la vieja amistad, que alguno todavía habla de la fuerza de ese idiota, y tú dejándote agarrar, sin bajarte de la escalerilla hasta el pitido del jefe de estación para la salida del tren.                                                                                          
¿Y qué se me perdía a mí en Gijón para decidir escaparme contigo? Mamá tenía razón, y tú también, pues no dejé de llorar en toda la noche, pensando en el embuste: si tú no me gustas ni para ir de compras, mucho menos para vivir juntos en una ciudad desconocida. Pero te quería como jamás he querido a nadie, con la rabia de mi cobardía, los celos royéndome por si caías muy pronto en las redes de otra pelandusca más, y por preferir la obediencia ciega hacia mi madre. Aunque también has de reconocer que con eso de irte a probar fortuna sin un duro en el bolsillo, y con tu fama bien ganada de vividor y holgazán, el futuro no parecía demasiado halagüeño. Es que si hubieras decidido marcharte con él las hubieras pasado canutas, hija. Muy capaz era de ponerte a trabajar en la calle y él a vivir del cuento y de tu deshonra, o tal vez a zurrarte la badana, como hacía su hermano. Pero mamá, ¿tú te crees que nací ayer? Aunque tal vez fuera cierto, porque, en ese momento, para nada me hubiera importado haber huido y sacrificar cuanto fuera por estar amarradita a ti. Ya me dirás un joven que abandona la escuela nada más quedarse huérfano de ambos padres, y a vagabundear; porque Miguel intentó por todos los medios colocarle de recadero en las oficinas de la mina, y él que para cien duros al mes no se molestaba en madrugar. ¿Tú te crees, alma cándida, que en cuanto llegue a Asturias se va a enderezar un chico como él, sin oficio ni beneficio? Te digo que en dos semanas habrá encontrado un puesto de trabajo remunerado como Dios manda, mamá, con todos los derechos y Seguridad Social incluida. Sin embargo, no fueron dos semanas y sí medio año el tiempo transcurrido hasta que te dieron el trabajo en el puerto, que ¡ya me gustaría saber cómo te ganaste la vida esos primeros meses en Gijón! Nunca sueltas prenda, pero ahora hay tiempo de que me lo confieses antes de lo irremediable. Aunque ya ves tú la vida, que el camino no se te habrá hecho de rosas, pero yo también he pasado mis penas hasta bien cumplidos los cuarenta. Mi matrimonio, ya no importa si te lo digo, no fue amargo, sino un auténtico suplicio. Ni mamá era capaz de confortarme; con decir de la puñetera obediencia en las alegrías y las calamidades, y si don Benigno venía a decirme lo mismo cuando me confesaba, ya estaba solucionado el asunto. Así que a sufrir las humillaciones y los golpes. Lo mejor en tu condición de viuda es ponerte a servir, ya el señor del piso de arriba se ha interesado por si podrías irle a limpiar dos veces por semana. Yo como una bobalicona me puse de criada y cocinera, porque el rico señorote no sabía hacer ni un triste huevo frito; ahora, eso sí: ni una palabra en cuanto a posible matrimonio. Si es más retraído que tu tío Arturito, mamá. Es que hija, eres más fría que un témpano de hielo. Algunos hombres prefieren ceder la iniciativa, y si tú no le insinúas, en fin, ya me entiendes: ¡jamás! Ahora, hazte a la idea de que resolverías tu futuro de un plumazo, sin dar un palo al agua. ¿No me decías de no volverme a casar nunca? Sí, hija, pero este es un partido inmejorable. Di muchos palos al agua, pues hasta los treinta y tres, no hice otra cosa que deambular de casa en casa al ritmo que tú debías tener romances con las asturianas. Ya ves, los seis años siguientes los pasé sin salir de casa, cuidando de mamá hasta que Dios se acordó de ella. Suerte de sus ahorros y de la pensión de viudedad, si no, no sé. Te digo lo de las asturianas, no vayas a pensar que me chupo el dedo, pues que tú guardes un silencio sepulcral no significa que yo sea tonta. Bien sé de cuando Raquel se escapó del pueblo en secreto, sin saber adónde, y luego me enteré por un pajarito que ella se había ido para vivir contigo, ¡y por dos años, nada menos! Me dolió ese idilio, aunque no veas el alegrón cuando me enteré que ella te ponía los cuernos con un compañero tuyo, también cargador en el puerto. Donde las dan las toman, hija. ¿No te dije más de una vez que Raquel no era trigo limpio? Cuanto sí tengo claro, es que tu amiga de la infancia se ha dejado corromper por ese que aún te atreves a llamar cuñado. Y ya ves, ¡quién podía imaginar que muchos años después de aquel desliz de adolescentes la dejarías volver a tu lado! ¿De verdad ese hijo tuyo no era también de ella? Sé que por los once años actuales de Santiago, difícilmente podría haber parido con cincuenta, mas la gente no para de cavilar, y que ella murió por el sobreparto. Espero que algún día te decidas a romper el silencio, porque a mí, ya ves, a mis casi sesenta, tras haber sufrido los maltratos de un marido y de haber superado un cáncer de mama, me importa un bledo todo tu pasado. 

Bueno, sí que me importa, pero no para echártelo en cara ni esas cosas; simple y llanamente me pareces un desconocido muy conocido con el cual me hubiera carteado tantos años, primero en Villafranca, y luego mientras estuve de cooperante en la ONG americana hasta hace una semana. Me reprocho haber sido una mojigata, no emprender una vida en común contigo, que tú bien que me lo escribías en las cuartillas, como si me lo restregaras por la cara y si te comportabas como un inmoral por mi desprecio. Vamos, que me caso, me enderezo y a formar un hogar con muchos niños, decías. Y mamá, que no quiero carteándote toda la vida con ese mequetrefe, yo bien sé, solo pretende conquistarte para que hagas el papel de barragana. Ya ves, Guto, y que mis padres que en paz descansen me perdonen, ahora estoy dispuesta a casarme contigo si aún es tu voluntad. Para nada me importa lo que te pueda suceder, ¡después de lo que he visto en Centroamérica! ¡Mira! Ahora llega un tren y pudiera ser el mío, aunque este parece más chico; y yo como una estúpida paseándome con el paraguas abierto cuando ha dejado de llover. ¿Te acuerdas de aquella vez en pleno invierno? Habíamos quedado de vernos en la capital, a pesar del aguacero; y mamá, pero hija, ¿a quién se le ocurre salir con la que está cayendo, nada más que por ver la crecida del río y las huertas anegadas? Yo que por curiosidad, pues he quedado con las amigas; y luego me iré a casa de, no recuerdo quién le dije, para hacer la taquigrafía con ella, que para eso es la más lista de la clase de don Osvaldo. Llovía seguido desde hacía cuatro o cinco días y me puse a caminar con el paraguas a la espera del convoy. A los diez minutos, como por ensalmo, cesó de caer agua.                                                 
En León a cántaros, y tú enseguida me abrazaste para cobijarnos en tu enorme paraguas, camino de Guzmán el Bueno, donde íbamos a consumarlo; mas, ya en el hostal, un miedo irracional a esas caras de mamá y de tu hermano Miguel, resucitado con tricornio puesto, que revoloteaban constantemente por la habitación con ceños fruncidos, me alteraban el ánimo, así que me impidieron realizarlo. Ya ves que estupideces hablo, aunque con la voz queda, no vayas a creer, pues solo cuchicheo. Realmente me resulta difícil anudar los diálogos para cuando nos veamos, y es que ignoro por completo tu nivel de comprensión. Pues no, Guto, este que llega se va para Madrid; parece un Talgo. Espero que no se te haya olvidado ir a recogerme, porque de Gijón apenas recuerdo nada, como no sea la playa de San Lorenzo. ¡Hace tanto tiempo! Acababa de cumplir los cuarenta y a mamá hacía un año que la había perdido. Yo apenas llevaba seis meses en el trabajo como oficinista y tenía ahorrados algunos cuartos. Tú, venga a incordiar con el dichoso viaje, a conocer el mar, ya verás cómo vas a disfrutar. Ahora sola como estás no tienes excusas; y no te preocupes que no pienso tocarte un pelo. Al final me dejé convencer, que no veas tú el calorón de aquel mes de julio y la humedad de ahí; suerte de los baños diarios, y lo bien que te portaste, si cuando me lo propongo soy como una hermanita de la caridad, me decías. Y a fe que lo fuiste, menos la víspera de mi partida, que no veas la moña. Tú, venga a forcejear, incluso llegaste a arrancarme algún botón de la blusa, y yo como una farsante defendiendo el santuario. No pasó a mayores porque la cogorza te impedía hacer más fuerza, aunque tal vez lo mejor hubiera sido llegar al final y hoy quizás ya fuera tu esposa. Tras aquel suceso no pude evitar un distanciamiento y la tardanza en dar respuesta a tus misivas, las cuales se redujeron a cuatro o cinco al año. Aunque, no vayas a engañarte, que a los pocos días de haber regresado al pueblo te había perdonado. Lo que no soportaba eran los infundios de la gente y ese afán de si yo era tu querida, que ya ves tú cómo llegaron a saber de mis vacaciones en Asturias. Así que me convertí en solterona más que en viuda, venga a leer libros y a ensayar en el coro, que no sé qué se te ha perdido a ti en la iglesia para dejar pasar el tiempo entre imágenes y cantos sacros. Y si no quieres casarte conmigo, hazlo con quien te venga en gana, o amontónate,  pero no despilfarres los pocos años de juventud que te puedan quedar. Si estás más rica que el pan; por si no te lo crees, más de uno, incluso más joven, estaría dispuesto a llevarte al altar. Y yo, que venga, no me vengas a vacilar. Eso me lo decías la penúltima vez que volviste al pueblo, hace ya casi diez años, porque la última, la de la Semana Santa pasada, es harina de otro costal. Entonces parecías el ratón y yo el gato, bueno, la gata; y no veas nuestros paisanos cómo nos escrutaban con sus miradas condenatorias. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no eras el mismo. Y no porque hayas envejecido lo tuyo, que eso es normal si toda la vida has hecho un trabajo tan duro y vas camino de los sesenta y uno; pero tu comedimiento, esos despistes frecuentes, cuando antes, si algo tenías era el memorión; y por encima de todo, cuando admitiste haber penitenciado el Viernes de Dolores, día de tu llegada, me hicieron cavilar. Me dejaste preocupada, lo admito. No vayas a creer, que cuando me dijiste: me confesé con un cura durante al menos diez minutos, y que si desde la Primera Comunión jamás lo había hecho, que ni siquiera recuerdo haber vuelto a pisar una iglesia, me alegré horrores pensando en tu conversión, mucho más cuando me acompañabas a todas las procesiones y te atreviste a portar como uno más la imagen del Nazareno. Pero intentaré por todos los medios recordarte nuestros años más jóvenes, que eso dicen va muy bien a las personas que padecen desmemoria, si bien evitaré hablarte de las palizas de tu hermano a cuenta de los celos. De haberme ocurrido aquello en estos tiempos, tal vez ni mi madre ni el padre Benigno hubieran sido tan consentidores con tu hermano, pero de aquella, hasta unas bofetadas de vez en cuando se podían convertir en algo razonable. 

Ya ves, ahora sin que me requiebres, cuando me has dejado de proponer en matrimonio hace un siglo, me pareces más vulnerable, yo diría, menos enigmático, si bien más interesante con tus canas y ese bastón que te acompaña allá donde vas. Mira tú lo poco interesante que puede llegar a ser un muchacho como ¿Guto, dijiste?, pero si ni siquiera los buenos días, que a lo más un buenas, y santas pascuas. Y lo faltón que es hija, y vago; en fin, dejaré el tema de una vez. Yo, señora, le juro a usted por estas, que a su niña no le ha de faltar un mendrugo de pan ni un abrigo en invierno. Si a su hija la deja, le juro que en cinco años, cuando volvamos al pueblo, no la conoce ni usted ni nadie. Y tú, venga a insistir, que si ya era mayor de edad y podía hacer mi real gana. Después, cuando te marchaste, no veas la bronca, que cómo se atreve ese entrometido a amenazarme con el rapto si no te dejo. Ahora no me importaría dejarme secuestrar y hacer esas cosas de jóvenes. Me parece que está llegando el tren. Por segunda vez en mi vida volveré a Gijón, quién sabe si para quedarme, aunque estoy pensando que si tú no me aceptas o ya no me reconoces, no por eso voy a abandonarte, ni tampoco a tu hijo. Con tu pensión y mis ahorros nos podremos arreglar al menos un par de años; y si se prolonga la situación, no te preocupes, pues yo me pondré a trabajar ahí. Estoy tranquila, pues si ocurre lo peor, regresaremos al pueblo con tu hijo Santiago y volveré al trabajo en la oficina. Lo pasaremos bien y saldremos a pasear cada día mientras sea posible, y cuando no, nos conformaremos con ver la panorámica de la ciudad desde tu buhardilla mientras te leo algún libro, como este Arpa de hierba que tú me regalaste la última vez, ¿o ya no te acuerdas? No obstante, te diré que eres un granuja por no decirme la verdad, siempre con evasivas cuando vas de reservado, que cuando no te interesa, te sales por los Cerros de Úbeda como si tal cosa. Lo decía mamá a veces, ya me dirás, hija, este mocoso de siete años que se llama ¿Augusto, o Guto, dijiste?, qué bien nos toreó con el asunto del tren, y si voy a escuchar el traqueteo del correo poniendo la oreja pegada a los raíles, eso es cosa mía, decías, y luego a pillar ranas en la charca, al ladito de la estación. Por cierto, este que viene sí me parece el tren a coger. Luego descubrí por otra persona lo del hijo tardío, y me dolió horrores, pues sin decir mentiras, no dejaba de ser una verdad a medias, aquello de no poder volver de vacaciones al pueblo por ¿estar ocupado? Ahora, lo que me va a costar perdonarte de veras, es que no me contaras lo de tu senilidad, o Alzheimer que llaman ahora. Gracias a que Santiago me lo confesó por teléfono, estoy subiendo ahora a este que definitivamente sí es mi tren. Deseo que vivamos juntos por el resto de nuestros días, también cuidar de tu hijo como se merece. ¡Anda! ¡Sí que se acerca pronto el revisor a mi compartimento! Es momento de dejar la matraca y de leer un rato esta revista del cotilleo: tiempo habrá de pegar la hebra.




 

 

 

 


                                  

lunes, 31 de julio de 2023

El Jarama

Cuando se pregunta por las novelas más destacadas e influyentes de la literatura española de postguerra, una de las que se cita siempre es El Jarama (1955). La obra de Sánchez Ferlosio, junto a La colmena (1951) de Camilo José Cela, El camino (1950) de Miguel Delibes, Los hijos muertos (1958) de Ana María Matute, Los cipreses creen en Dios (1953) de José María Gironella, Con el viento solano (1957) de Ignacio Aldecoa y Entre visillos (1958) de su esposa de entonces, Carmen Martín Gaite, conforman un ramillete de obras narrativas fundamentales para entendernos y entender la España de mitad del Siglo XX. Obviamente existen algunas otras que podrían añadirse a estas siete, si bien en lo esencial las citadas resumen a la perfección lo que era la vida entonces y cómo la población se adaptaba a las circunstancias y cánones del momento, existentes o sobreentendidos. 


Cuando Rafael Sánchez Ferlosio (Roma 1927) publica su novela más reconocida -a lo largo de su dilatada carrera literaria solo llegó a publicar tres-, ya es un escritor con cierto reconocimiento, después de haber publicado en 1951 su novela iniciática Industrias y andanzas de Alfanhuí, un trabajo de tintes picarescos abordado desde un incipiente realismo mágico. Su salida a la luz pública provoca entre los lectores un cierto revuelo después de muchos años sin publicaciones del género, un género dejado de lado en detrimento de otros más en candelero, algo tal vez provocado por aquellos años de escasez y fantasías que no eran propicios para ahondar en la realidad del momento. 


 
En esta novela intachable que es El Jarama, Sánchez Ferlosio nos describe con parsimonia y sin estridencias, una estampa veraniega de domigno a través de infinidad de diálogos (en mi opinión uno de sus mayores aciertos) que un nutrido grupo de jóvenes procedentes de Madrid intercambia mientras pasan buena parte del tiempo al lado del Río en una de las localidades próximas a la Capital. Dichos diálogos pueden parecer insustanciales, mas en su conjunto trazan sin altibajos ni sorpresas la estampa ideal de un conjunto de jóvenes deseoso de disfrutar de un baño apetecible. La acción tiene también otro escenario, y ese no es otro que la cantina de Mauricio, donde algunos parroquianos de más edad dejan que las horas se escurran sin remordimientos, atentos a las andanzas y peripecias del grupo de bañistas. A través de esa estampa costumbrista esculpida sin prisas, el autor hace una radiografía casi perfecta de la sociedad, de sus anhelos y fracasos, de su culpa y del retraimiento, de la alegria por compartir algo con los amigos, pero también de los roces entre ellos. 


                                                                                                              
Y al final, cuando parece que nada anormal va a ocurrir, cuando los jóvenes planean el regreso a Madrid, unos en moto, otros en bicicleta, algunos en tren, sucede lo inimaginable, que una chica, Lucía, termina ahogándose con la anochecida, y sin que los compañeros hayan podido hacer nada por salvarla. Las páginas parsimoniosas de la mayor parte del libro se vuelven aceleradas, al tiempo que el grupo de amigos se debate entre maldecir la jornada dominical y al tiempo cuchichear con respecto a la desgracia; contemplar con morbosidad el espectáculo de la muerte dibujado en el rostro de una chica joven con un porvenir incompleto. 


El Jarama,
creo yo, es una obra de obligada lectura,  al menos para quienes somos empedernidos seguidores de una de las generaciones más brillantes que haya dado las letras españolas, como es la de los años 50. Su mayor logro es que resulta de fácil lectura; y aunque pueda parecer estática, los diálogos la hacen ágil, de buen ritmo. Esta obra supuso para Rafael Sánchez Ferlosio el reconocimiento definitivo como escritor de primer orden, refrendado con el Premio Nadal y Premio de la Crítica Narrativa en Castellano. Un lujazo su lectura para acompañar en este verano de calores desmedidos.









 

jueves, 22 de junio de 2023

Pereira en el recuerdo

 
La primera imagen que guardo de Antonio Pereira viene precedida de un coche de línea al ralentí, con el sofoco al ascender el Puerto, y algunas caminatas por las más reconocidas calles de León, antes de entrar en el gran comercio del villafranquino. Mi madre estaba persuadida de su fiabilidad si adquiría un artilugio doméstico -no recuerdo cuál- estando disponible en el gran comercio al por mayor de su primo carnal. Antes de comprarlo, mejor observarlo con detenimiento y aceptar las recomendaciones del comerciante, que de ello sabía un rato. 

  Antonio, al menos desde mi visión de niño con muchos pájaros y escaso discernimiento, me pareció un señor más bien alto y distinguido; acaso las gafas de pasta ayudaran a esa impresión. Aunque también estaba su voz, una voz cálida, como de hombre conciliador, también excéptica (en grado venial), y barnizada con un pizco de socarronería. En realidad esa es la impresión que yo tengo ahora, pues a mis ocho o nueve años... No obstante, ese hombre elegante, de eso si estaba seguro entonces, no se parecía a ningún comerciante de la Villa, e incluso de Ponferrada.


  Y es que ahora que ha pasado más de medio siglo, infiero que Antonio, el hijo de José Pereira -hermano de mi abuela Concha, y por tanto su sobrino- comenzó a modular su voz al tiempo que consumía la vista leyendo libros en la trastienda de la Imprenta (Nieto), la que abrió mi abuelo Tomás, de oficio tipógrafo. El de Valladolid, de Valbuena de Duero, se convirtió en el tío político, y de rebote en su padrino de bautizo, algo que casi todos los villafranquinos desconocen. Acaso el carácter más bien seco de Tomás Nieto (nada que ver con la simpatía expansiva de los Pereira) ayudara al joven seguidor de muchos escritores a cultivar otra manera de expresarse más cálida, natural y a un tiempo convincente, solo posible en algunos escritores (no tantos) que han sido capaces de amalgamar el vivir diario con la creación literaria. 


  El primer libro de Antonio Pereira que cayó en mis manos fue su primera novela, Un sitio para Soledad. Algunos críticos vaticinaban que se trataba de una obra de iniciación, como si quisiera aprender el oficio de narrador de largo recorrido. Y nada más lejos de la realidad, pues con esta obra daba muestras de madurez, de ser un escritor cuajado, y además atrevido al abordar en pleno 1970 los anhelos de una mujer de provincias que huye del ambiente cerrado en el cual vive para experimentar nuevas sensaciones muy lejos de casa. Inevitablemente leí a continuación su primer libro de relatos, Una ventana a la carretera (1967). Una colección de relatos breves por donde se respira Villafranca, si bien, y a pesar de un localismo convencional, se traslucía un espacio vívido, venturoso, con moratoria para seguir superando obstáculos antes del decaimiento generalizado. Cuando terminé de leerlo, tal vez a los quince años, ya no quise otros divertimentos salvo el de escribir; y si escribía como nuestro paisano, mucho mejor. Así que hubo un tiempo de indefinición estilístíca en el cual mi máxima era imitar sobre una cuartilla sus invenciones, lo cual nunca logré, es obvio, teniendo en cuenta que Pereira es inimitable en la suerte de la narración breve. 


En su casa de la Calle Concepción he estado muchas veces de niño. Acompañaba a mi madre, muy aficionada a hacer visitas a Claudia, la madre de Antonio, "la tía Claudia", que decían siempre en mi casa. De la vivienda guardo el recuerdo imperecedero de una galería, y a ella, a Claudia, recostada en una mecedora, o en un butacón. Y hablaban, hablaban sin parar, de las cosas, de Villafranca, de las primeras publicaciones de Antonio. Aquello era algo parecido a un filandón diurno, como de andar por casa, pero capaz de calentar la cabeza de un chavalín hasta el extremo de idealizar ese oficio de inventar y contar. 


  A Antonio Pereira, ya reconocido en el mundillo de las letras, lo vislumbro subido a una tarima al final de la Herradura. Es junio de pájaros y negrillos, de poesía y recitadores. A su lado veo a otros del oficio más bello del mundo, pero nunca falta Victoriano Crémer; no me lo puedo quitar de la cabeza. Y antes, la víspera, a él junto a un nutrido grupo de poetas y villafranquinos siguiendo la estela de una ronda emocionada por las calles y callejas, atentos a las declamaciones, por lo común elogiosas con la capital de la poesía. El de la Cábila es ya un escritor de renombre, pero el espaldarazo -me parece a mí-, el reconocimiento unánime, llegaría muy poco después. 


   
   En 1984, el cineasta berciano José María Martín Sarmiento recluta a lo más granado de la narrativa leonesa, es decir: Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, José María Merino, Pedro Trapiello y por supuesto Antonio Pereira, a fin de que cada cual elija un relato de su cosecha para adaptarlo a la gran pantalla en El filandón. Pereira se decanta por Las peras de Dios, publicado solo dos años antes en el libro, Los brazos de la i griega. El éxito de la película es inmediato y "las peras" están en boca de todos, siendo la historia una de las más celebradas  por su frescura, espontaneidad y el humor por la abundancia frutal entreverado con un erotismo incipiente. 


  Impelido por la popularidad de la Película, Pereira publica en 1988 El síndrome de Estocolmo, uno de sus mejores trabajos en narrativa breve, obteniendo el favor de la Real Academia de la Lengua en forma de Premio Fastenrath, y colocándolo en lugar preeminente en el mapa de la cuentística en el ámbito nacional. Desde entonces ya no para de publicar cuentos y más cuentos, algo insospechado antes de la Película, teniendo en cuenta que de 1967, año de Una ventana a la carretera, a 1982, cuando sale al mercado, Los brazos de la i griega, solo ha publicado un libro más de cuentos en 1976;  El ingeniero Balboa y otras historias civiles.   


  Al hilo de la abundancia de relatos,  un día de agosto de 2003 con canícula, mientras Pereira y yo departíamos en el tanatorio debido a la muerte de mi madre, afirmó más que preguntar, que con toda seguridad había abusado escribiendo tanto cuento. Yo le dije que de ninguna manera, aunque en conjunto rondase el número de doscientos, pues la calidad había sido la nota predominante de cada uno. Se quedó pensativo y no insistió, regresando al momento presente para decir que la prima Petra tenía buen aspecto, teniendo en cuenta la largura en años y la crueldad del Parkinson. 


  Con él me hubiera gustado charlar mucho más, pero estaba el impedimento de cientos de kilómetros de por medio. No obstante, al menos en los últimos quince años antes de su fallecimientos, nunca faltó el intercambio de tarjetones de Navidad, o las llamadas recíprocas a través del teléfono para darnos la enhorabuena por un nuevo libro, algún reconocimiento o galardón (muchísimos más él). Y por supuesto guardo como oro en paño su escrito a máquina que habría de servir de prólogo para mi libro de relatos,  Cuando el tiempo decide. Previamente a su publicación le ofrecí la dedicatoria de uno de los relatos, en concreto La mujer del anillo, por parecerme muy acorde -salvando las distancias- a la forma que él tenía de transformar los aconteceres más convencionales en espectáculos para el goce de la vista. Como es natural rechazó de plano el ofrecimiento por considerarlo fuera de lugar teniendo en cuenta su condición de prologuista, y yo añadiría, por no tener la calidad suficiente para hacerse acreedor (mi relato) a tan alta distinción.                                            

 Para concluir diría que si tengo que elegir mi libro favorito de relatos, yo, como Antonio Periera, me decanto por este prodigio de composiciones (cuatro relatos) llamado El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976). Muchos de los lectores empedernidos de su narrativa se sorprenderán por la elección teniendo en cuenta que el tratamiento de cada una de las historias no es el más frecuentado por él. En el libro, más que en ningún otro, Pereira da rienda suelta a la inventiva a través de nuevas experimentaciones. Quizás se atrevió a ello motivado por los acontecimientos de aquel momento, un tiempo de cambios radicales y muchas incertidumbres. Es así como el villafranquino pergueñó cuatro relatos extensos y suculentos donde se adivina su pluma; no obstante, aunque pueda parecer contradictorio, es el menos pereiriano de sus libros. En lo concerniente a las novelas, a pesar de la calidad de la primera, no puedo negar mi debilidad por País de los Losadas (1978).  


  No sé si mi madre llegó a adquirir el artilugio de marras previo descuento para parientes. Lo que sí puedo asegurar es que durante algún tiempo menudearon los viajes a la Capital con destino al gran comercio de Antonio Pereira, si bien la mayoría los hacíamos con mi padre al volante del Milquinientos, sin demasiado entusiasmo por su parte si ello suponía "perder el tiempo" antes de comprar el penúltimo grito de un electrodoméstico para el hogar.











 


  



                                                                                                                                     
                                                                                                                        

sábado, 10 de junio de 2023

Genaro, el de la estación

Hace un taco de años escribí un relato sobre la jubilación de un taquillero de nuestra añorada Estación. Debo decir que a pesar de vérsele las costuras, también la bisoñez del entramado, guardo de él un grato recuerdo, ya que lo imaginé desde la añoranza de los trenes que circulaban por Villafranca durante buena parte de mi infancia. En resumidas cuentas es mi modesto homenaje al edificio, a sus vías, al apeadero. Y es por añadidura una dedicatoria a quien fue el transportista de las sacas de correos durante algún tiempo, o sea: mi padre. 




 a mi padre, in memoriam


A Genaro, de la estación, le ha llegado el tiempo de jubilarse, una contrariedad que lo tiene fuera de sí. Atrás, muy lejos en el tiempo, queda la llegada de este hombre desde La Cabrera, su tierra de nacencia, para asentarse de por vida en El Bierzo.

  Cuando tenía veinte años lo llamaron a filas e hizo el Servicio Militar en León, cumpliendo con la Patria durante dieciocho meses; aunque a cambio de tan dilatado periodo sirvió en lo que ahora llaman Renfe, que para los tiempos de entonces no era moco de pavo, o eso dice él. Cuando se licenció le ofrecieron continuar en la Empresa, y él, muy satisfecho del trabajo en el ferrocarril, aceptó sin pensarlo un momento. Al poco lo destinaron a Villafranca, de donde no ha vuelto a salir, salvo, hace no sé cuantos lustros, cuando viajó por su luna de miel.

  <<Tras cuarenta y tres años al servicio del pasajero me obligan a poner punto y final a mi trabajo>>, dice él tristón, aunque testarudo en la desobediencia. En la Villa nos hemos enterado de la noticia hace dos días, sin creérnoslo del todo; y sin que nadie sea capaz de imaginar la Estación cuando falte Genaro.

  Algunos vecinos, solo los más veteranos, le llaman el Bautista, pues a lo largo de los años se ha entretenido en poner nombre a cada espacio y escondrijo de su estación, dotándola de personalidad propia. Tal vez por ello llegamos a entender la desobediencia de Genaro, su reclusión en la taquilla de toda una vida para evitar el retiro. Hasta el momento nadie ha sido capaz de ablandarlo, ni tan siquiera Don Telesforo, el sargento de la Guardia Civil.

 Genaro no es un hombre alto (dicen quienes han tenido la fortuna de verlo de una pieza), aunque tampoco debe de ser tan canijo como Segismundo, mi maestro; más bien parecido a Carlitos, nuestro compañero de clase, ambos tirando a flacuchos, me parece. Su rostro está chupado, con
muchas arrugas, y su pelo es de color cenizo; lo lleva húmedo, siempre peina hacia atrás. A primera vista parece una persona seria, casi no se ríe, pero le gusta la charla; y en cuanto se suelta, zas, ya tenemos palique todo el tiempo del mundo. Eso sí, a mis amigos y a mí nos encanta escuchar sus cosas, parecen aventuras como de cine.

  A nosotros, que todavía somos unos críos, no nos ha sorprendido su huelga a la japonesa, pues sigue vendiendo billetes a los viajeros como si nada anormal le fuera a ocurrir. Lo más chocantes es que a lo largo de nuestras cortas vidas, ninguno de la panda hemos tenido la fortuna de verlo fuera de la garita. De él todos tenemos una visión de escaso cuerpo, como una foto carnet. Incluso hemos llegado a pensar que se ha encerrado entre las cuatro paredes de su despachito con un único fin, el de no ser descubierto de cuerpo entero por ninguno de nosotros. Nos parece como si quisiera ocultar sus piernas.

  Su amigo Quino, el encargado de traer y llevar el correo del pueblo para su transporte en los vagones del tren, ha intentado convencerlo de la inutilidad del encierro, haciéndole ver que a sus sesenta y cinco ya es hora de descansar tras tantos años de trabajo. Sin embargo él no está por la labor, y acaba sentenciando: <<esta es mi vida y no podría prescindir de la estación, como nadie puede prescindir del aire para respirar. Me quieren quitar la vida porque han leído la fecha de mi nacimiento y piensan que estoy acabado, pero estoy tan fresco como una rosa. >>

 Genaro es una enciclopedia viviente de la estación del pueblo. A veces, al acabar la escuela, mis compañeros y yo nos merendamos de camino al apeadero, con el fin de ver el cercanías a Toral que conectará con el larguísimo expreso procedente de Barcelona con destino a La Coruña, y de paso escuchamos con atención sus aventuras, que las más de las veces nos dejan con la boca abierta.

  Ahora recuerdo que en una ocasión, estando más dicharachero que de costumbre, nos habló de su llegada al pueblo:

  <<Por entonces la estación sólo tenía dos vías, ninguna de ellas electrificada. Todavía prevalecían las máquinas a vapor, en especial en poblaciones pequeñas como esta. Del trabajo salía, vosotros no os lo podéis ni imaginar, pues salía con cara y manos negras como el betún; y el mono de color azul, a los tres o cuatro días se había convertido en un trapo negro, como si fuese una túnica de las de Semana Santa, las utilizadas por los cofrades franciscanos. Por aquellos lejanos años desempeñaba la función de carguero, metiendo carbón a las locomotoras. De esa manera tenían la
fuerza suficiente para tira de varios vagones durante muchos kilómetros. A veces maldecía mi suerte, y preguntaba a quien mandaba si duraría mucho tiempo todo eso. Me lamentaba de los meses pasados tan ricamente en la mili, porque allí había dejado ese tipo de trabajo a los pocos meses, ocupándome de tareas menos sucias y sacrificadas, casi siempre de despacho. Incluso los dos últimos meses previos a la licencia los había pasado como factor, supliendo al titular, ya que estaba tísico y convalecía en Astorga. De aquella, el trayecto solo valía cinco pesetas, y aunque ahora parezca de risa, entonces era una fortuna recién acabada la Guerra. Transcurridos seis años de mi llegada a este lugar electrificaron las dos líneas existentes, construyendo dos nuevas, que juntas, hacen las cuatro actuales. Luego crearon las agujas para controlar el tránsito de los trenes y le dieron la forma actual a la taquilla. Fue por esa época cuando dejé mi trabajo de carguero, pasando a desempeñar la función de jefe de mantenimiento, teniendo entre otras funciones la de guardagujas. Digo jefe de mantenimiento porque eso ponía en el recibo de la nómina, y no era de extrañar, al fin y al cabo era yo el único que trabajaba en tales tareas. Con los años y a medida que fue creciendo el tráfico ferroviario, contrataron más empleados para esas tareas…>>
 
  Cuando Genaro pega la hebra y habla de los sucesos de su vida de joven, le escuchamos con más atención que a don Paciano, nuestro párroco. Él se emociona y olvida nuestra presencia  por culpa de los recuerdos antiguos, cerrando los ojos para no soltarlos; entonces Guto, el más espabilado y atrevido de la pandilla, se yergue sobre el mostrador con la ayuda de sus manos, confiado en poder verle las piernas, pero no hay tu tía, porque siempre se interpone esa tabla horizontal cubierta de talonarios de billetes impidiendo ver más allá de sus caderas. Él continúa explicando la antigüedad, sin darse cuenta del atrevimiento de nuestro compi, y añade:

 <<...Pasaron dos años más, entonces murió de una congestión el taquillero, mi querido y
admirado Don Ceferino Montemayor, Cefe para los amigos. Desde ese momento y hasta el día de hoy no he hecho otra cosa, salvo vender billetes a los viajeros. Para el servicio técnico contrataron a Servando y unos años más tarde a Úrsulo, ahora son ellos los encargados del mantenimiento y reparación. Por cierto, ni se os ocurra llamar a Sulo, Úrsulo, pues le desagrada su nombre de bautismo. >>

  En otra ocasión nos contó cosas de su casa y de cuando conoció a su mujer, ya fallecida. <<Era joven y garbosa. Mientras le vendía el billete de retorno a La Coruña quedamos mirándonos fijamente. Entonces ella me preguntó por cuál vía pasaría el tren, yo le contesté que por  “Aurora”, a lo cual respondió que ese era su nombre. Desde ese día la volví a ver con frecuencia, pues ella era natural de Piornedo, una aldea perdida entre la altitud de las montañas. Como la temporada veraniega era agradable en aquellos agrestes parajes, se aventuraba a bajar hasta aquí dos y hasta tres veces a la semana. Nos hicimos novios, y pocos meses después, marido y mujer. >>

  Aquellas tardes de Genaro enfrascado en la conversación sin tregua para la lengua, nos quedábamos más tiempo del debido escuchándolo, pasmados por la importancia de todas sus batallitas. Fue en una de estas, no hace tanto tiempo, cuando nos enteramos de los nombres de las cuatro vías: Aurora, Rezongona, Primitiva y Atrevida. También supimos que todos los bancos del andén poseen nombre propio, y aún, hasta las farolas del apeadero.
 
  Genaro es un poco chapado a la antigua. Dice ignorar cómo son esos nuevos trenes bala en Japón, y ni tan siquiera es capaz de comprender el funcionamiento del Talgo; él mantiene que ese tipo de ferrocarril solo lo utilizan las gentes con prisa. Él es muy tranquilo, imagina los viajes subido a un vagón de un modo más reposado, <<así puede uno deleitarse con el paisaje y hablar con los pasajeros más próximos>>, nos dice. Desde luego él renunció hace bastantes años a montar en tren, y asegura sin rubor y hasta con orgullo, no haber visto jamás un Talgo, o algo parecido. Cuando su luna de miel, la Empresa puso a disposición de la feliz pareja cuatro billetes de ida y vuelta, lo cual al novio le pareció de perlas, no así el ofrecimiento para viajar en un Talgo. Al respecto nos dijo que no pretendía hacer una carrera de desafío a la velocidad, él prefería viajar al ralentí, empapándose de la fresca brisa y del aire romántico de las estaciones con sus respectivos raíles y catenarias.

   Ayer mismo fue don Telesforo con dos números de la Guardia Civil a ver al encerrado. Iba con el firme propósito de desengañarlo, a fin de que cediera en la actitud desafiante, algo que preocupa al Señor Alcalde. Según algunos vecinos, el Sargento ha recibido la orden del Gobernador Civil de León, vía Don José Frontera, el mandamás del Ayuntamiento. Sin embargo, ante la terquedad de Genaro y su discurso emocionado, Don Telesforo y la compañía abandonaron el propósito, ablandados por las sentidas palabras del encerrado. El Sargento espera intranquilo el tirón de orejas del Señor Gobernador a través del Alcalde. Este Don Telesforo tiene un amplio mostacho y, cuando lleva puesto el lustroso tricornio de charol negro, le da un aire de severidad, nada que ver con su simpatía. Es un buenazo, y enseguida se apacigua con el más pillastre. Hoy mismo, pese al mal lugar en que le ha dejado el taquillero, el sargento de
la Benemérita le ha traído tabaco de picadillo, papel para liar cuantos pitillos le plazca fumar, un par de toallas limpias, jabón y papel higiénico, además de tarteras con comida, <<de tapadillo>>, nos dijo. Como pegado al despachito, a manera de trastienda, hay un retrete con baño en donde él puede hacer todas sus necesidades, y también dispone de un cuartucho con una turca en la cual duerme nuestro amigo; pues eso, que no necesita para nada abandonar la taquilla, <<no vaya a ser que cuando regrese hayan cambiado la cerradura del despacho y no pueda volver a entrar -nos dice con prevención-. Eso si no me tienden una emboscada en cualquier calleja. >>
 
  En una ocasión, hace un par de años, a invitación de Genaro, Guto y yo entramos en el despachito. Nuestro amigo estaba con ciática y no podía realizar movimientos bruscos. Ya dentro nos pidió de un armario un taco de cartoncillos marrones, para no tener que incorporarse. Jamás estuvimos tan cerca de verle las piernas, pero, entre que el butacón tenía su respaldo tapando totalmente la parte posterior de su cuerpo, por delante le parapetaba el mostrador de cara al público, a su izquierda tenía una estufa grande de butano y a su derecha colgaba una cortina de paño verde, rozando prácticamente sus piernas envueltas en una manta, la tarea nos fue imposible. Mi amigo estuvo en un tris de alcanzar el objetivo aupándose sobre la estufa entarimada, aunque solo pudo verle la parte inferior de la pierna izquierda. Desde ese día mi amigo está convencido de que oculta la pierna derecha por algún feo motivo. Al respecto, Paqui dice haber visto al taquillero de pie y con sus dos piernas cuando el entierro de su compadre Fortunato, al morir ahogado en el río; y dice, además, haber escuchado a su padre decir que la pierna derecha del taquillero es ortopédica. Al parecer, estando en la mili, un día, mientras comprobaba el estado de las ruedas de un tren, este se puso en marcha, atrapando su pierna. Debieron de operarle a vida o muerte para evitar una posible gangrena, evitada a cambio de amputarle la pierna por encima de la rodilla. Ya con posterioridad le implantaron una artificial en el mismo hospital controlado por los militares. A cambio de su silencio, el ejército le propuso trabajar como civil con un buen sueldo, pues la culpa había sido del maquinista, que se había precipitado con la maniobra del inicio de marcha. El culpable era un pez gordo, un militar con rango, según dicen, aunque eso se supo mucho más tarde. Si bien, dicen otros, se debe hacer poco caso de las habladurías. Todos sabemos que Luis, el padre de Paqui, es un peliculero de marca mayor, y le gusta propalar cosas y calumniar a la buena gente, al menos, eso comentan de él los vecinos.

 Genaro lleva alrededor de tres décadas alojado en una vivienda adosada a la estación. Cuando finaliza su trabajo, o mejor dicho, finalizaba, era medianoche, e iba raudo a casa, de ahí que nos resulte imposible de sorprenderlo, pues nuestros padres todavía nos obligan a estar en nuestras casas a las diez. ¿Quién sabe?, tal vez cuando se jubile podremos verlo de una pieza, aunque él dice que de ahí no le saca ni la madre que lo parió, que en gloria esté.

  Hace dos meses que nuestro amigo recibió la notificación del retiro para el día de su sesenta y cinco cumpleaños, y desde entonces anda un poco amustiado. Mi padre ha comentado en casa el desengaño del taquillero con Anselmo, Procurador en Cortes. Al parecer, Genaro llevaba un año trabajando de carguero allá por los primeros años de posguerra, cuando se le presentó la complicada disyuntiva de ayudar o no a su amigo de Zamora, un pobre hombre. El zamorano le pidió favor y él intermedió para que lo contrataran. Durante algunos meses Anselmo sobrevivió
haciendo las mismas tareas que su amigo. Luego le surgió un trabajo menos fatigoso en el Juzgado de Ponferrada como oficinista, y se despidió, no sin antes jurarle agradecimiento eterno, pues siempre estaría dispuesto a echarle una mano cuando hiciera falta. Con los años hizo carrera judicial, y de ahí dio el salto a la política. Así que, apelando a la buena amistad de antaño, le ha pedido la intercesión ante las autoridades competentes, haciendo valer su influencia. Pese a la petición de favor, hasta el momento Anselmo no ha logrado nada positivo con respecto al problema, y Genaro anda que trina ante la impotencia del político. Mi padre dice que le ha echado en cara a su amigo los favores del pasado, cuando puso todo su empeño para que lo contratasen, justo cuando el trabajo escaseaba y él era un muerto de hambre. Por su parte Anselmo ha tratado de hacerle ver la imposibilidad de retardar el retiro por ir contra la Ley, dice nuestro amigo. Mi padre también ha tratado de convencerlo de lo difícil que es para un político utilizar las influencias en ese sentido. Pese a todos los obstáculos, él se emperra en que los políticos pueden conseguir cualquier cosa, hasta la más complicada, <<y si tengo que regalarle un jamón, se lo regalo y sanseacabó>>, dice.

   Anteayer, Don Victorino, el Jefe de Estación, intentó ablandarlo, y fueron tales las amenazas de su discurso, que su subalterno, un tanto aturdido con lo escuchado, a punta de navaja amenazó abrirle en canal si no cesaba con la palabrería.

  En las últimas horas han desfilado por la taquilla infinidad de personas: Matías, alguacil del Ayuntamiento, Perico el barrendero, el farmacéutico Quesada, su hermana Escolástica, que vive en Becerreá; incluso Tenorio, antiguo compañero de partida en los lejanos años cincuenta. El mismo Tenorio ha pedido permiso de dos días a su jefe, el dueño de la mercería en la que trabaja en Arévalo, para desplazarse hasta aquí. Sin embargo, pese al incesante desfile de personas, todos han recibido el no como respuesta.

  Con todo la polvareda -en Villafranca no se habla de otra cosa-, mis compañeros y yo nos hemos solidarizado con la postura de nuestro amigo, deseando de corazón que pueda resistir el asedio y embestidas de la legalidad, aunque jamás podamos verle las piernas. Poco a poco nos vamos poniendo de su parte a medida que escuchamos sus razones. Ayer incluso, a casi todos se nos escapó alguna lágrimilla al oir a nuestro amigo decir que: <<mi casa no es la que conocéis todos vosotros, sino esta gran edificación, pues aquí he pasado la mayor parte de mi vida. La juventud la entregué al ferrocarril sin esperar nada a cambio, y con el mayor entusiasmo he convivido en medio de estas cuatro paredes. Aquí conocí a Aurora. Ella y yo hemos pasado los ratos más felices con la complicidad de los pitidos de las locomotoras, paseando a la vera de la “Atrevida”, admirando la culebra del convoy mientras se perdía en la curva de salida camino de Toral, y con el compás del traqueteo de las ruedas de los vagones. ¿Cómo voy a abandonar este despacho y dejar de vender los billetes, si este ha sido y es mi habitáculo, y en él he departido en multitud de ocasiones, incluso con viajeros a los cuales no he vuelto ni volveré a ver? Aquí el aire es más puro. Incluso Quino, a pesar de estar operado de la garganta, cuando trae las sacas con las cartas de los villafranquinos, dice sentirse fresco y relajado. Yo no puedo renunciar a mi vida, y si me sacan de aquí por la fuerza, estaros seguros de mi muerte; entonces sí me haría viejo prematuro, en pocos años la jubilación me adormecería, me volvería lelo. Algunos piensan que mi negativa a retirarme se debe al asunto de los cuartos. En fin, todos me conocéis bien y sabéis de mi predilección por este lugar. Yo con cuatro perras para tabaco, café y un mendrugo de pan, me apaño. La principal afición para mí está aquí. Aunque algunos no lo crean o no lo quieran ver así, este es mi dinero, mi tesoro, no el dejar de ganarlo. >>

 Por lo visto todo está cada vez más enrevesado, palpándose la tensión. Mientras mis compañeros y yo nos hacemos la pregunta del millón: ¿Logrará nuestro amigo su objetivo, o por el contrario y a cambio de su desdicha, tendremos al fin la fortuna de contemplarle las piernas un día de estos?


Genaro, el de la estación, fue publicado en la antología colectiva, 100 relatos geniales.