sábado, 11 de mayo de 2019
Villafranca se ilumina
viernes, 5 de abril de 2019
Villafranca del Bierzo, Capital de la literatura española
Mañana nuestra villa se vestirá de gala para convertirse, aunque sea unas por unas horas, en Capital de literatura española, ya que acogerá el fallo de los premios nacionales de la crítica literaria, premios que concede la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL) a través de un jurado integrado por más de veinte. En total se otorgan 8 premios: en castellano, gallego, catalán y euskera, repartidos a pares en la modalidad de narrativa y poesía, galardonando al mejor libro del año en sus respectivos géneros. Como curiosidad, es la tercera ocasión que el premio se falla en la provincia de León. Las dos anteriores fueron en la capital y en Ponferrada.
Los premios se instauraron en 1956, siendo el primer ganador en narrativa, Camilo José Cela por su obra La catira. Al año siguiente el triunfador fue el recientemente fallecido, Rafael Sánchez Ferlosio por su novela El Jarama. Entre los triunfadores en narrativa, además de Ignacio Aldecoa, Ana María Matute, Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa, Eduardo Mendoza o Javier Marías, destacan escritores más próximos en lo geográfico, como la gallega de adopción Elena Quiroga, ganadora en 1961 por el libro Tristura. Esposa de Dalmiro de la Válgoma, que fue, si mal no recuerdo, cronista oficial de la Villa, además de miembro de la Real Academia de la Historia, sus restos mortales reposan junto a los del cónyuge en el cementerio municipal de Villafranca.

Además de la santanderina, es reseñable el premio concedido al coruñés afincado en León, José María Merino por su obra La orilla oscura en el año 1985. Como también lo es, y por partida doble, el triunfo del lacianiego y académico de la lengua, Luis Mateo Díez en los años 1986 y 1999 por La fuente de la edad y La ruina del cielo respectivamente, siendo, por tanto, uno de los 6 únicos escritores que lo han conquistado por dos veces en la modalidad de narrativa junto a Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Ramiro Pinilla, Rafael Chirbes y Javier Marías.
Y por si no fuera suficiente el testimonio de la geografía en la difícil rama de la poética, es de destacar la distinción de leoneses como Antonio Colinas en 1976 por Sepulcro en Tarquinia o Andrés Trapiello en 1993 por Acaso una verdad, sin olvidarnos de nuestro paisano Juan Carlos Mestre, que se hizo acreedor al premio en 2012 por su obra La bicicleta del panadero.
El fallo, que se conocerá a partir de las 12:00 horas de mañana sábado en el Teatro Enrique Gil y Carrasco, irá acompañado de una mesa redonda, o rectangular, en la que el escritor y crítico literario Manuel Ángel Morales (impulsor del acto en Villafranca), los proferosres universitarios, Fernando Valls y José Enrique Martínez, debatirán sobre El Bierzo y sus escritores, ejerciendo de mantenedor el presidente de la AECL, Ángel Basanta. Además se presentará un libro de 15 escritores leoneses que ofrece las visiones particulares sobre El Bierzo, además de explicar cómo ha influido la comarca en su obra literaria. Ellos son: Hernán Alonso, Amparo Carballo, Manuel Cuenya, Gregorio Esteban, Carlos Fidalgo, Ester Folgueral, César Gavela, Raúl Guerra, Juan Carlos Mestre, Noemí Sabugal, Elisa Vázquez, Ruy Vega, Pedro Villanueva y Raquel Villanueva.
Me parece una oportunidad única de a acudir a un acontecimiento de tal magnitud que muy probablemente no se vuelva a repetir. De estar en Villafranca no me lo perdería por nada del mundo. Es de agradecer a tod@s los involucrad@s el esfuerzo enorme que ha supuesto organizar este evento de categoría, y que se distingue de la mayor parte de los premios por dos particularidades: no tiene dotación económica y, en todo momento, el jurado ya sabe el nombre de los premiados.
miércoles, 3 de abril de 2019
La balada del bar Torino
Admito que cuando empecé a leer el libro de Rafa Lahuerta lo hice con prevención; un cierto escepticismo me impulsaba a dejarlo para más adelante, cuando quedaran lejos los fastos del Centenario. No obstante, como aficionado empedernido, picado además por las buenas críticas de la obra, decidí sumergirme en la lectura aprovechando los tiempos muertos de aeropuertos y autobuses. Lo acabé en pocos días, con la satisfacción y el disfrute de cuanto allí se dice, pero también con una envidia sana, pues no niego que me hubiese encantado ser el autor. Porque Rafa Lahuerta, además de escribir francamente bien, con soltura y un ritmo narrativo acorde a la obra, se ha planteado un ejercicio de sinceridad a raudales, con el corazón en la mano, o para no incomodar a los puristas del lenguaje, con la mano en el corazón. Todo lo contrario a mi impostura de autor de ficción al cual le da pánico escribir con sinceridad sobre vivencias y acontecimientos experimentados y, para remate, imbricarlos, o para ser más exacto, hacerlos confluir en el club de sus amores, el Valencia C.F., una especie de bote salvavidas al cual Rafa Lahuerta se ha asido en momentos azarosos de su vida, permitiéndole salir airoso y avanzar en su crecimiento como persona, pero también en la condición de personaje público.
La balada del bar Torino, atendiendo a las indicaciones del autor, es una obra que ya tenía en mente muchos años antes de salir publicada la primera edición, en octubre de 2014 (hoy cuenta con cuatro), seguramente desde que decidió desvincularse del grupo Yomus, cuando se radicalizó en la década de los noventa. Rafa Lahuerta se vuelve más reflexivo y se percata de que siendo un miembro importante del colectivo de animación, ha perdido parte de su libertad para actuar en conciencia, algo que justifica a lo largo del libro. Un libro que en mi modesta opinión, más que una novela (hay cierta inventiva y metáforas hermosas), se trata de una autobiografía honesta, a través de la cual nos evoca plazas, calles y rincones de otra Valencia que todavía daba la espalda al mar, de la esquina de la calle Gorgos con la de Rubén Darío, del barrio del Mercat, de la calle Cuenca, de sus años en la panadería familiar, sus andanzas por la eterna calle Zurradores, de su otro abuelo Manolo, de su madre y hermanos, de su padre, actor fundamental para entender su fidelidad sin límites al Club, de sus años viviendo en la inquietud, de sus amoríos primerizos y por encima de todo el Valencia, C.F., meta y muleta para levantarse una y otra vez, pues nos recuerda que él es socio desde que nació en 1971, una marca indeleble de la cual es imposible renegar, por tanto uno ha de convivir con ella lo mismito que se le hace sitio a un lunar caprichoso, o a una calva prematura; lo contrario es un disimulo difícil de creer: mejor el tumulto de una multitud que ha hecho del Valencia C. F. la válvula de escape, aunque a veces sea errática y nos dé disgustos que se pasan en pocos días.
A lo largo de las más de doscientas páginas, además de relatarnos sin tapujos los recuerdos más indelebles de su vida, Lahuerta aprehende fechas cruciales y efemérides más significativas para el valencianismo, recordándonos que un siglo da para mucho. También nos advierte del pedigrí familiar que entronca con las raíces valencianistas, ahí la amistad antigua de su tío Vicente con el mítico Vicente Asensi, hasta el punto de especular con la posibilidad de que la firma del primer contrato como profesional del miembro de la Delantera Eléctria lo hubiera firmado en realidad su tío, o que por el Forn de la séquia se dejaran ver Pìo y Amadeo. De las vicisitudes de presidentes incomprendidos, del lastre de presidentes nocivos para la entidad, de infinidad de partidos asistiendo a Mestalla, de finales felices y finales malditas, de Kempes, santo y seña del valencianismo, de Puchades, del malogrado Vicente Peris, de la pirotecnia que es el Club, de la afición, a veces tan bipolar. Porque al fin y a la postre todo parte de una idea tan feliz como alocada, la de la fundación del Valencia en el hoy desaparecido Bar Torino, un homenaje de facto a las raíces del equipo che.
Un libro, en resumidas cuentas, de obligada lectura, más tratándose de un seguidor del Valencia que no quiere olvidar el pasado, pero también quiere compartir las emociones y revivirlas merced a la extraordinaria obra. Gracias Rafael Lahuerta por este libro tan auténtico escrito con el corazón en la mano, o con la mano en el corazón.
lunes, 18 de marzo de 2019
100 años no son nada, pero una eternidad cuando hay que proteger la salud del corazón
Se dice que el lugar de nacimiento marca mucho y termina orientando la vida de la nueva criatura. Un 18 de marzo de 1919 se inscribía al Valencia Football Club en el Registro de Sociedades al dar su autorización el Gobierno Civil; no obstante, el acta fundacional data del día 1 del mismo mes, y precisando un poco más, el reglamento estatutario se presentó el día 5 del mismo al máximo organismo provincial. Como dato curioso y nada baladí, todas las reuniones para ultimar el mínimo detalle, incluyendo el nombre de los socios fundadores, se gestó en el Bar Torino, ya desaparecido, y que se situaba en la antigua cuesta de San Francisco, próxima a la hoy Plaza del Ayuntamiento, el recinto de las mascletás diarias una vez se da inicio al mes más fiestero en la capital levantina.
O sea, que los señores Gonzalo Medina, Augusto Milego, Fernando Marzal, Andrés Bonilla, Adolfo de Moya, José Llorca, Pascual Gascó Ballester y Julio Gascó Zaragozá, a quienes se le había inoculado el veneno del football, digo yo que mientras parían a la criatura, lo debían de hacer sobre una mesa donde abundarían los cafés, puros y alguna que otra copa de brandy, además del bullicio propio de los locales públicos a principios del siglo XX. Con toda seguridad, mientras ultimaban los estatutos de la nueva sociedad deportiva, me figuro que harían recesos para hablar de las fiestas falleras que muy pronto culminarían con la plantá y posterior cremá. Pero todo son meras especulaciones. A lo mejor no eran bebedores y se conformaban con unos vasos de agua para acompañar a los cafés.
A todas luces, habiendo nacido en un bar con reminiscencias futboleras, en plenas fiestas patronales y en la ciudad de Valencia, la criatura pronto adquirió esa condición efervescente y que casa tan bien con el carácter de sus habitantes. Al poco, su primer presidente, Augusto Milego, dejó de serlo para ocuparse del Colegio Valenciano de Árbitros. Un breve mandato compartido por un buen puñado de sus sucesores que en algunos casos ni siquiera llegó al año. Marca de fábrica que explica lo que ha sido, es y seguirá siendo el Valencia CF: un Club que se desenvuelve mucho mejor caminando en el alambre, sin necesidad de la estabilidad proporcionada por un proyecto con luces de largo alcance y una lógica del rigor sustentada a lo largo de los años. Nuestro Valencia CF ha sido una entidad de bandazos, rechazando en todo momento el confort de una red circense.
Pero todo tiene su lógica. Nacido bajo el signo de Piscis cuyo rasgo más clarificador es la mutabilidad, y sin olvidarnos de su cuna, el bar Torino, la criatura enseguida dio muestras de genio y figura. En los años 40 -y como una excepción a su trayectoria vivencial- el Valencia CF arrasaba en el Campeonato Nacional de Liga, quedando campeón tres veces y otras dos subcampeón, algo consecuente si en tus filas cuentas con la "Delantera eléctrica". Sin embargo, ese distintivo de buen juego durante los primeros años del franquismo, fue rápidamente descartado para adoptar otro no tan amable, el del fútbol menos vistoso pero efectivo: el que empieza a partir de un orden defensivo y se complementa con el trabajo a destajo. Así nace el Valencia CF, bronco y copero, con el que pasa a ser reconocido en el resto de España. Al fin y a la postre fútbol que le ha permitido ganar la mayor parte de los títulos que atesora a partir de los años 50. Es una evidencia que bajo la premisa de la intensidad durante los 90 minutos, el Valencia CF ha competido mejor a lo largo de la historia.
El Valencia CF ha sido y será lo que quieran sus seguidores. Incluso en una misma temporada, el equipo puede ser llevado a los altares, y unos días después condenado al fuego eterno de las fallas tras un partido infame. Y es que la afición, en última instancia, es quien ha hecho que la sociedad se sobrepusiera a dirigentes nefastos, jugadores de medio pelo en épocas con fútbol de patio de colegio, y en los momentos de crisis económica aguda, como al bajar a segunda en 1986, o más recientemente con la ampliación de capital del 2009. Y es que la afición Che, siempre estará al lado del equipo si no renuncia al ADN competitivo: se podrá jugar mejor o peor, pero anteponiendo el sacrificio, la entrega de sus jugadores hasta la extenuación. Lo demás son cuentos chinos. Tal es la identificación de los seguidores con el equipo, que este los ha homenajeado con esa lápida Km. 0; además, el Ayuntamiento ha nominado a la plaza frente a la fachada de Mestalla, como de la Afición, con monumento incluido en medio del recinto.
Yo, que presumo de ser del Valencia CF de toda la vida, no puedo negar que ha sido parte de mi vida. Con los Claramunt, Sol, Valdez, Keita, empecé a crecer -no mucho-. Ya con los Kempes, Diarte, Bonhof, Solsona, Tendillo, Penev, Fernando, Cañizares, Ayala, Vicente, Baraja, Albelda, disfruté de lo lindo, y espero que sin tanto sufrimiento, como le pasará al de miles y miles de aficionados nacidos en Valencia o no, los Parejo, Gayá, Rodrigo, Kondogbia, Garay o Guedes hagan una machada. Ese Mestalla, que es como un gran teatro al aire libre, que se viste de gala si la ocasión lo requiere, y que te pone los pelos de punta cuando la fiesta y la comunión es total, como ocurrió el pasado 28 de febrero al clasificarse para la final de Copa a disputar en mayo, y de la cual fui partícipe activo, se prepara para festejar a sus jugadores en el próximo triunfo importante, quién sabe si tras la conquista de un nuevo título como colofón a las celebraciones del Centenario. Ojalá. Mientras pasan las semanas hasta la conclusión de este curso 2019-20, al Valencia le pediría que lo que tenga que llegar, llegue, pero si puede ser sin más sobresaltos para miles y miles de corazones que padecemos por los colores blanquinegros. ¡Felicidades!
Amunt València!
martes, 12 de marzo de 2019
El misterio de los 27 años
Que hay profesiones de alto riesgo es algo que no debe escapar a nadie. Mineros, pescadores en alta mar, albañiles, policías, toreros, mecánicos de coches, estibadores, fundidores en altos hornos, bomberos, y otros trabajadores, han pagado un alto coste de siniestralidad y/o muerte a lo largo de la historia a cambio de llevarse un sueldo a casa. Sin embargo, casi ninguno nos hemos percatado de lo duro que puede llegar a ser el oficio de vivir de la música, y no precisamente porque se te pueda caer el piano encima de un pie, que las cuerdas de la guitarra se conviertan en cuchillas en los dedos del intérprete o una fan enloquecida se abalance sobre la estrella del concierto. Ser una estrella del rock ha sido a lo largo de los tiempos sinónimo de alto riesgo, y si no que se lo pregunten a John Lennon, asesinado a tiros a los 40 por un perturbado mental.
Todo cuanto ha rodeado al rock'n roll y sus variantes desde su nacimiento a mediados del siglo pasado, a pesar de ese brillo incesante, de una burbujeante y explosiva forma de entender la vida, que no es otra cosa que la obligada necesidad de manifestar otra forma de estar en ella, ha venido cargado de polémicas y excesos que, muy probablemente, han ayudado, no ya solo a consolidar al movimiento musical como la mayor expresión artística del siglo XX, sino a mitificarlo hasta extremos inconcebibles. Con toda seguridad, una de las varias claves de la entronización del movimiento rock ha sido la enorme cantidad de talentos que fallecieron cuando todavía no les tocaba. Y ahí está Buddy Holly, uno de los pioneros del rock'n roll que falleció a los 22 en un accidente de avión, accidente en el que también perdió la vida Ritchie Valens cuando ni siquiera había cumplido los 18.


La nómina de artisttas que nos han dejado a lo largo de los últimos 60 años es extensa: Marc Bolan, líder de T. Rex se fue a punto de cumplir los 30 por accidente de coche. Cliff Burton, entonces guitarrista de Metallica, murió a los 24 en otro accidente, si bien de autobús. Ronnie Van Zant, vocalista y principal compositor de Lynnyrd Skynnyrd, se mató en accidente aéreo a los 29. A Marvin Gaye lo tiroteó su padre la víspera de cumplir 45. A Sam Cook, el rey del soul, lo acribilló a balazos la propietaria de un motel sin cumplir los 34. Elvis Presley, el rey del rock'n roll, falleció súbitamente a los 42, probablemente por consumo de medicamentos sin control. Bob Marley, máximo exponente del Reggae, nos dejó a los 36 por culpa de un melanoma en un dedo del pie que con el tiempo derivó en metástasis. Freddie Mercury, tan de moda en la actualidad, murió a los 45 víctima del sida. Joey Ramone (Ramones), falleció a los 51 de un linfoma. Jerry García, líder de Grateful Dead se fue a los 53 de un ataque al corazón. El epiléptico Ian Curtis, cantante de Joy División se ahorcó a los 23. El ecléctico e inclasificable Frank Zappa se rindió a los 52 tras padecer un cáncer de próstata. Sid Vicious, uno de los apóstoles del punk y miembro de los Sex Pistols, pereció víctima de la heroína a los 21. Bon Scott, el antiguo vocalista de AC/DC, se fue a los 33 a consecuencia de una intoxicación etílica, ahogándose en su propio vómito. Joe Strummer (The Clash, The Mescaleros) murió por ataque cardiaco a los 50. George Michael, falleció a los 53 al padecer cardiopatía y enfermedad hepática. Uno de los más prometedores guitarristas, Tommy Bolin (Deep Purple) nos dejó a los 25 tras consumo de heroína, cocaína y alcohol. John Bonham (Led Zeppelin) y Keith Moon (The Who) probablemente los dos mejores bateristas rockeros de todos los tiempos, murieron a los 32, por consumo de alcohol y el acompañamiento de droga en el segundo caso. Michael Jackson falleció a los 50 por intoxicación aguda de propefol. La prodigiosa voz de Whitney Houston se apagaba a los 48 sin concretar la causa exacta del óbito, más allá de aparecer con la boca hacia abajo en la bañera. También aparecería ahogada en la bañera a sus 46, Dolores O'Riordan, la voz personalísima e inimitable de The Cramberries, a consecuencia de ingesta excesiva de alcohol. Y John Lennon, como ya dije, fue víctima de un supuesto fan, acabando con su vida a tiro limpio en Nueva York.



En la relación aún cabrían muchos más artistas no tan conocidos. No obstante, en lo referente a esta especie de desgracia colectiva, llama poderosamente la atención la concordancia de edad de algunos ilustres que dejaron este mundo a los 27 años. El primer genio de todos ellos fue Robert Johnson, formidable guitarrista de blues que se fue incluso antes de inventarse el rock'n roll, allá por 1938 sin haberse concretado las circunstancias del deceso. En 1969 y recién expulsado de los Rolling Stones, moría Brian Jones tras ataque agudo de asma. En 1970, en un solo mes, se iban tres más: Alan Wilson, cantante, guitarrista y fundador de Canned Heat por consumo excesivo de barbitúricos; Jimi Hendrix, considerado el mejor guitarrista de la historia, a consecuencia de ingesta de barbitúricos que le provocó ahogamiento por vómitos; y Jonis Joplin, por culpa de una sobredosis de heroína y alcohol. En 1971 fallecía en París Jim Morrison, líder indiscutible de The Doors por posible sobredosis de heroína. Dos años más tarde, Ron Pigpen McKerman, miembro fundador de Grateful Dead sucumbía a una hemorragia gastrointestinal. En 1975 nos dejaba Dave Alexander, bajista de Stooges por edema pulmonar y Gary Thain, bajista de Uriah Heep víctima de sobredosis, justo unos meses después de ser expulsado de la Banda. En 1994 se iba para siempre Kurt Cobain (Nirvana), tras varios intentos de suicidio. Y ya en los últimos años moría Amy Winehouse por ingesta de alcohol, heroína y cocaína.
jueves, 14 de febrero de 2019
CINEFRANCA 2019
Como cada año por estas fechas, Villafranca se dispone a acoger una nueva edición del Cinefranca, oportunidad única de volver a ver muy buenas películas en nuestro coqueto teatro, en otro tiempo espacio utilizado durante años para la exhibición de films, utilísima válvula de escape y solaz de muchos villafranquinos amantes del Séptimo Arte, muy especialmente durante los años más grises de la postguerra. Pero eso es otra historia ya lejana que tal vez requeriría una reflexión reposada y posterior artículo.
La cinta que abre la sesión el próximo sábado día 16 a las 9:45, es una gozada. La reina de África, uno de los mejores y más felices trabajos de John Huston, le valió a Humphrey Bogart el único oscar de su carrera. En líneas generales va sobre la convivencia entre un marinero bebedor y desenfadado y una mojigata misionera que huyen de los nazis en el barco del primero. Con el roce y el conocimiento mutuo, la cohabitación desemboca en amistad verdadera. Un mensaje más vigente que nunca en estos tiempos atroces de intransigencias y exclusiones.

A las 12:00 de ese mismo sábado se pasa La ley del silencio, obra cumbre de Elia Kazan que ganó los oscars de 1955 a mejor película, director, y mejor actor para el más brillante de los intérpretes del entonces en pleno apogeo, Star System, o sea: Marlon Brando. Controvertido largometraje donde los haya, trata sobre las malas artes de un jefe del sindicato de estibadores. Brando trabaja para él con muy malas artes, hasta que su participación en un asesinato facilita su arrepentimiento y la colaboración con la justicia. ¿Una redención similar a la de San Pablo? ¿La justificación de Elia Kazan en la época de la caza de brujas? Sea como sea, si alguien no la ha visto, es el momento de disfrutarla, merece la pena.
Ya por la tarde del sábado 16, a las 16:30, se pasa el trabajo más mediático, de más metraje y posiblemente el más exitoso de todos cuantos han abordado la Guerra de Vietnam. Francis Ford Coppola firma con Apocalypse now su mejor trabajo desde las dos primeras entregas de El padrino. Con esta cinta de algo más de 150 m. -supongo que se trata de la versión más corta-, Coppola facilitó la segunda resurrección de Brando -la primera había llegado con el rodaje de la saga mafiosa capitanaeada por Corleone-, que aquí interpreta al coronel Kurtz con tanta credibilidad y espanto como podrán comprobar los espectadores que quieran acercarse a verla. Inenarrable. Imprescindible.
A las 19:30 se exhibe Muerte en el Nilo. Se trata de una adaptación de la novela homónima de Agatha Christie. Un buen vehículo para el entretenimiento, especialmente para los incondicionales de la escritora inglesa. El detective Hercules Poirot irá desentrañando los misterios de un crimen donde se ve involucrado el pasaje del barco que navega por el río más largo de África. En mi opinión, sin desmerecer, creo que no es el mejor film; a pesar de todo se hace entretenido.
Deliverance, una de las películas malditas, se pasa a las 12 de la noche del sábado al domingo. Obra mítica de John Boorman, estuvo nominada a mejor película en la edición de los oscars de 1973, cediendo finalmente en favor de El padrino. Si Apocalypse now es el relato de una bajada a los infiernos, Deliverance es el giro brusco que tiene un grupo de amigos desde el goce de la naturaleza y la paz del entorno pasando a convertirse en objetivo de caza y humillaciones por parte de los habitantes del lugar. Película tal vez no tan conocida como las anteriores, es muy recomendable para entender la volubilidad del ser humano.
Si los amantes del cine no son partidarios de visualizar los horrores de la vida tal cual es, lo más recomendable son las dos sesiones del domingo. El día 17 a las 10:00 de la mañana, el evento se abre con la proyección de Río Rojo, clásico entre los clásicos del western y una de las obras fundamentales de Howard Hawks que a su vez supuso el debut de Montgomery Clift, uno de los máximos exponentes del Actors Studio. Maravilla visual en blanco y negro donde la "trashumancia" de miles de cabezas de ganado se convertirá en mil y una peripecias.
Cinefranca se cierra con la exhibición de El héroe del río, otro de los clásicos del cine mudo del maestro Buster Keaton. A través de 70 m. de metraje y con el fondo sonoro del piano tocado por Ricardo Casas, asiduo al evento desde hace algunas ediciones, Keaton hace de las suyas, ocasionando el malestar del padre, propietario de un barco que compite con otro por el control del transporte de mercancías en el cauce del río Mississippi. Keaton no solo es un incompetente para las tareas de un grumete, sino que, para colmo de males, se termina enamorando de la hija del oponente. Película hilarante que hará disfrutar a toda la familia.
Del film que abre Cinefranca el viernes 15 a las 22:00 horas, Las truchas, poco puedo comentar, pues desgraciadamente no la he visto. No obstante, si puedo decir que la película ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1978, así que entiendo que se trata de una muy buena película española en la cual colaboró en la redacción del guión el invitado de esta edición, Manuel Gutiérrez Aragón. El cántabro de Torrelavega, uno de nuestros directores más importantes, con películas fundamentales como Habla mudita, Furtivos, El corazón del bosque o La mitad del cielo, será quien con su sabiduría y experiencia, cultive a todos aquellos que la noche del viernes al sábado a las 00:15 horas se acerquen a esa "Tertulia en la chimenea y copas de balón", según reza en el programa.
Para finalizar, quiero agradecer a los organizadores el esfuerzo que supone poner en marcha un evento de esta magnitud, este año con las aguas de los ríos como hilo conductor. También la suerte que supone que, aunque sea únicamente durante un fin de semana, nuestro teatro vuelva a convertirse en esa geografía de sueños en celuloide que durante muchos años supuso para villafranquinos y bercianos una vía de emociones, de aproximación a otras realidades sociales, y de tardes o noches compartiendo afectos, algo que hoy parece anclado en la bruma de un tiempo casi legendario.
martes, 22 de enero de 2019
Roma, película inolvidable
Con esta película, Alfonso Cuarón (Ciudad de México 1961) ha logrado transmitir como muy pocos un fresco de la vida tal cual es, sin aspavientos ni grandilocuencias, pero con una humanidad que te deja noqueado. Huyendo de cualquier sentimentalismo para fijar la atención del espectador, el director de Gravity nos plantea un análisis profundo y sosegado en torno a la vida de una familia media acomodada en la convulsa capital del país a comienzo de los años 70, pero también un ensayo sobre la estética que sustenta el film, ese particular modo de narrar una historia tan desgarradora y a un tiempo intimista, donde la arquitectura sonora no se sustenta en la música, como en la mayoría de películas de la actualidad, sino en la abstracción que se genera a través del ruido de agua, trinos de pájaro, ladridos de perro, el ruido de un coche que se aleja, las voces apagadas de la calle, las voces encendidas de una manifestación, el desfile de una banda con su música militar o el inquietante sonido de las olas embravecidas. A través de esos intersticios que nos pueden pasar desapercibidos, el mexicano va tejiendo sin prisas, fundamentalmente el recorrido íntimo y vivencial de Cleo, una criada indígena que se ocupa y preocupa de una familia aparentemente feliz, en la colonia Roma, donde el director pasó su niñez cuidado por Libo Rodríguez, a quien está dedicada la cinta. El mayor acierto de la cinta se sustenta en la manera de contarla, sin apasionamiento, pero cincelando cada secuencia con la pericia de un orfebre para que todo encaje como en el más complejo de los rompecabezas.
Cleo (Yalitza Aparicio, actriz no profesional) vive interna en una casa acomodada, ocupándose del cuidado de los cuatro hijos del matrimonio. Joven bregada en el trabajo pero inexperta en los otros asuntos de la vida, queda embarazada. La mujer está abocada a una tristeza infinita al nacer muerto su hijo. El drama se completa con el abandono del cabeza de familia que se larga para vivir con otra mujer, dejando a la esposa y a los cuatro hijos a su suerte. Afortunadamente, Cleo encuentra el amparo y comprensión de los otros sirvientes, de la señora de la casa y de los hijos abandonados.
Desde la primera secuencia, un picado donde se ve discurrir el agua en busca del sumidero, al último plano, contrapicado resaltando las paredes más humildes, con su escalera exterior, la baranda, un aljibe o la antena de televisión, Roma es un goce visual de primera. Filmada en blanco y negro con una cámara digital Alexa de 65 mm., Alfonso Cuarón nos retrotrae a la Capital que meses antes había organizado el mundial de México-70. Hace un guiño intencionado a la Matanza de Jueves Santo, cuando el grupo militar "Los Halcones" se cargaron a 120 estudiantes, también a la profunda diversidad de estratos sociales, pero por encima de todo, Cuarón nos plantea una reflexión sobre el papel de la mujer en una sociedad eminentemente patriarcal como era la de aquellos años. Ni que decir tiene que la película propone algunos tintes autobiográficos por parte del director, como que él tuviera 3 hermanos más, que viviera en la colonia homónima, o que su cuidadora Liboria sea de la misma procedencia que Cleo. Para mi imaginario guardo en el recuerdo algunos rincones de la casa, pero creo que jamás podré olvidarme de este encuadre de la escalera, una escalera que a lo largo del metraje se convierte en la metáfora, o al menos en uno más de los protagonistas de la casa. La película se debe de ver sí o sí.
sábado, 22 de diciembre de 2018
Feliz Navidad
De nuevo la rueda del tiempo nos sitúa al final de otro año más que coincide con las fiestas más entrañables, fechas donde tratamos por todos los medios de convertirnos en mejores personas, procurando empatizar con los semejantes que lo pasan peor y de los cuales solo nos acordamos en estas jornadas tan propicias para la bondad. Después de Reyes, probablemente la historia se repita y nos vuelva a incomodar tanta miseria a nuestro alrededor, o el agobio de escuchar la eterna cantinela de que un puñado de migrantes han perdido la vida en aguas del Mediterráneo. Por enésima vez volveremos a ocuparnos y preocuparnos de nuestro alrededor, cargado casi siempre de símbolos confusos, vanas apariencias y materialismos egoístas, dejando arrinconado durante doce meses ese halo que casi todos llevamos en torno al corazón. Como esta inconstancia es inherente a nuestra condición humana, qué mejor que reírnos un poco con este cuento de Navidad muy acorde a lo expuesto.
Feliz Navidad y próspero Año Nuevo os deseo a tod@s.
sábado, 15 de diciembre de 2018
OK Computer, la obra que rompió etiquetas
Tal vez Karma Police sea el tema más conocido de este álbum imperecedero de 1997 y que marcó un antes y un después, no ya solo en la evolución del grupo británico, también en la forma de abordar la música por parte de nuevas bandas que querían profundizar en diferentes vías rockeras fuera de clichés y fórmulas agotadas. La aparición de Ok Computer, en pleno apogeo del britpop, supuso una bocanada de aire fresco. Sustentada en la belleza sobrecogedora de las melodías que mitigaban en buena medida el pesimismo y tristeza de la mayoría de sus letras, este tercer trabajo del quinteto concitó la adhesión incondicional de buena parte del público y de la crítica especializada, que hasta poco antes lo habían etiquetado como un grupo grunge, aventurándose a calificarlo como heredero de Nirvana o Pixies.
De principio a fin el álbum está repleto de joyas impagables, como el segundo corte Paranoid Android, inspirada en la jet set embobada por las drogas. O la delicada No surprises, que tiene como telón de fondo el suicido, única salida a una vida controlada por otros. O la no menos estremecedora Climbing up the walls. Junto a temas melancólicos y depresivos conviven otros de menor dramatismo, como Airbag, el corte que abre el trabajo y que habla de la contradicción que supone estar a punto de perder la vida en un accidente, "gracias" a la tecnología que brinda un vehículo, y al propio tiempo salvarla por un artefacto como es un airbag, invención de los nuevos tiempos. También piezas eclécticas como The tourist y Lucky, que destilan un toque cercano al Pink Floyd de los primeros tiempos.
Ok Computer aborda sin tapujos la alienación de la actual sociedad, el fenómeno de la globalización, el existencialismo o la angustia vital, y por supuesto la tecnología -de ahí el título- que nos puede ayudar, pero también puede convertirse en un instrumento de infelicidad que podría acabar de manera definitiva con la forma de vida más agradable que todos tenemos afianzada en nuestros cerebros. El tercer trabajo del quinteto de Abingdon es un ensayo sobre el desencanto de la sociedad actual, donde los políticos son más un problema que una solución, o donde el consumismo amenaza con destruir la conciencia del género humano. Ok Computer es 21 años después una obra tan fresca y actual como lo fue en su momento, manteniéndose como uno de los discos más trascendentales, sino el más influyente del rock alternativo. Posiblemente a ello contribuyó que la mayor parte de las composiciones fueran grabadas por el grupo al completo, eligiendo la mayoría de las primeras tomas.

Este trabajo de orfebrería que comenzó a grabarse en 1996 con la inestimable producción de Nigel Godrich, es hoy considerado por algunos críticos el mejor de la década de los 90. En el año 1998 fue galardonado con el Grammy al mejor álbum de música alternativa. Algunos medios como The Guardian lo acreditan como el disco más influyente de finales de siglo, y atendiendo a una votación hecha por críticos especializados y que se publicó en 20 minutos, al álbum lo sitúan en el puesto 22. Al margen de todos los elogios y merecimientos, que son muchos, para alguien que quiera escuchar por primera vez al grupo, yo aconsejaría hacerlo en un día de lluvia, o con cierta melancolía invadiendo el alma; y si puede ser 2 ó 3 veces, mejor, así entenderá la verdadera dimensión de esta obra cumbre que ha influido posteriormente en grupos como Coldplay, por ejemplo.
martes, 4 de diciembre de 2018
¿El mejor de 2018?
¿Sinceramente, ha sido Luka Modric el mejor jugador de 2018? Lanzo la pregunta porque creo que quienes tuvieron la oportunidad de elegirlo no siguieron unas pautas uniformes, sino que cada cual se marcó su propia normativa, decantándose la mayoría de electores por los títulos u objetivos deportivos de cada cual, sin olvidar, claro está, el juego individual de los nominados. Si esto es como planteo, en buena lógica se puede considerar atinado su triunfo, no en vano conquistó con el Real Madrid la Champions League y fue finalista del pasado mundial con Croacia, además de exhibir un juego brillante a lo largo de buena parte de la temporada, nada sorprendente teniendo en cuenta su calidad futbolística, fuera de toda discusión.
La pregunta es muy sencilla y la vuelvo a repetir ¿Sinceramente ha sido Luka Modric el mejor jugador de 2018? ¿Tal vez ha sido el jugador más decisivo para el Real Madrid y la selección de Croacia? Y digo yo: ¿más que Messi para el Barcelona? Las comparaciones son odiosas, pero a veces no queda otra que echar mano de ellas para ilustrar la argumentación. El argentino fue el máximo asistente de la liga con 12 pases de gol, mientras Modric dio la mitad, y eso a pesar del extraordinario juego del croata en el medio del campo. En cuanto a la capacidad anotadora no hay color, pues el argentino marcó un total de 45 goles en 54 partidos repartidos en todas las competiciones, además de proclamarse ganador del Trofeo Pichichi. Siendo tan tozudos los datos, ¿por qué Modric ha sido el vencedor y Messi ni siquiera ha quedado entre los tres primeros? En mi opinión (y a pesar del triunfo del Barca en la Liga y la Copa), al astro argentino simplemente le ha penalizado que su equipo no llegara más lejos en la Champions League, y por encima de todo el discreto papel de Argentina en el Mundial.
¿De qué hablamos entonces, de merecimientos individuales o de títulos conquistados? Tiene su lógica que Cristiano Ronaldo haya quedado segundo, lo que no tiene mucha justificación ateniéndonos únicamente al argumento de los títulos, es que Griezmann haya sido elegido como el tercer mejor jugador del año por haber ganado el Mundial y la Europa League. ¿De verdad que en 2018 ha sido más maravilloso el juego de Modric o Griezmann que el de Messi. Me parece que es algo que va contra el sentido común, salvo que la revista France Football esté harta de que siempre ganen los mismos -los mejores con diferencia de la última década-, o sea: Messi y Cristiano Ronaldo.
Para evitar estas discusiones me parece a mí que la revista francesa debería de aclarar de una vez por todas cómo se miden los merecimientos de cada cual y unificarlos. Pero si no les resulta sencillo, yo planteo la creación de dos balones de oro: uno al mejor jugador del año y otro al jugador más determinante en su equipo y/o selección al conquistar los títulos, que parece ser el argumento de más peso a la hora de votar al mejor. No obstante, mi más sincera felicitación para Modric, un jugador exquisito.
domingo, 25 de noviembre de 2018
Viridiana (17)
Viridiana está sin discusión entre las tres o cuatro mejores películas de la historia de nuestro cine patrio, aunque muchos de los críticos cinematográficos la sitúan sin titubeos en el primer puesto. ¿Qué la hace tan grande? Sin duda la intemporalidad, a pesar de contar 57 años, pero también la forma de contarla más que la historia en sí, gracias a un guión meticuloso escrito por Luis Buñuel al alimón con Julio Alejandro y que no dejaba nada a la improvisación. Y por último escenas inolvidables, como la de los mendigos en una especie de última cena pagana.
Viridiana (Silvia Pinal) es una novicia a la que obligan a salir del convento para que visite a su tío y protector don Jaime (Fernando Rey). La llegada de la sobrina al gran caserón le trae a don Jaime el recuerdo de su mujer fallecida. Obsesionado por la belleza de la sobrina le pide que se case con él. Al rechazar la propuesta, el tío en complicidad con la criada, la narcotiza para abusar de ella, aunque en el último momento se arrepiente. No obstante, le hace creer que ha abusado de ella para que se case. Ofendida decide regresar al convento, algo que no hará finalmente al sentirse responsable del suicidio de su tío. A cambio de permanecer en la casa opta por una vida ejemplar, amparando a los mendigos y haciendo limosnas y otras obras caritativas. Pero todo le da un vuelco con la aparición en la casa de Jorge (Paco Rabal), hijo natural del fallecido para hacerse cargo de la herencia. El duelo entre lo humano y lo divino, entre lo material y lo intangible, termina decantándose en favor de lo mundano, algo que se materializa en otra de las escenas redondas, esa donde Viridiana, Jorge y Ramona (Margarita Lozano), la sirvienta, comparten naipes en el juego del tute, y en la que se aprecia cómo la primera permite a su primo que la instruya ante la mirada cómplice de la sirvienta.

Don Luis Buñuel vivía exiliado desde la Guerra Civil, residiendo los últimos años en México. Reputado director fuera de nuestras fronteras, las autoridades españolas no pusieron objeción alguna a que el hijo pródigo regresara a España y filmara una nueva película, a pesar de que había jurado que jamás volvería mientras se mantuviera la dictadura. Ante ciertas reticencias del de Calanda para abordar el proyecto, Gustavo Alatriste -marido en aquel momento de Silvia Pinal- y Pere Portabella, ambos responsables de la producción, le persuadieron junto a otras figuras como Bardem o Saura de la conveniencia de asumir la dirección de la película. El 4 de febrero de 1961 comenzaba en estudio el rodaje de la que en cierta manera se ha considerado la continuación de Nazarín, otra adaptación de la obra de Galdós.
A partir de la conclusión del rodaje todo se precipita, convirtiéndose en un largometraje maldito y con una historia sorprendente, como de película. En el último día de emisiones, recién montada, Viridiana se exhibe en Cannes, convirtiéndose en la ganadora de la Palma de Oro ex aequo junto a Una larga ausencia. Al día siguiente, L'Osservatore Romano la califica de blasfema, precipitando la destitución de Muñoz Fontán como director de la Cinematografía Española, quien había recogido el galardón al excusarse Buñuel pretextando indisposición. Inmediatamente, Franco pide visionar la película en la gran pantalla del Palacio del Pardo. Después de repetir el visionado da la orden de que se destruyan todas las copias disponibles así como la desaparición administrativa del film. Leyenda urbana o no, se dice que el Dictador se reía de las ocurrencias del director aragonés, guardándose una copia para su disfrute.
De las copias, según dice Silvia Pinal, una se la llevaron Berlanga, Bardem y Dominguín, enterrándola en una finca del diestro. La otra, la de recorrido más rocambolesco, si hay que atender a las explicaciones del propio hijo del director, Juan Luis, salió en una furgoneta desde Barcelona con rumbo a la frontera en compañía del torero Pedret, tres diestros más, un picador y el propio Juan Luis. El negativo iba escondido bajo los capotes y las espadas. Al llegar a la aduana, los guardias civiles le dijeron: ¡suerte, torero!, y Pedret: ¡ah, gracias! La protagonista del film asevera que el negativo -fotografía soberbia del gran José F. Aguado- lo sacó desde Francia su propio marido, Alatriste.
El 9 de abril de 1977, coincidiendo con la legalización del Partido Comunista por parte del Gobierno Suárez, y casi 16 años después, Viridiana era visionada en España por vez primera como film de nacionalidad mexicana, algo subsanado en 1982 al reconocerse su autoría española.
Para mí, no lo voy a disimular, se trata del mejor largometraje que se haya parido jamás en tierras españolas, pero esto es muy subjetivo, y más tratándose de una obra de Luis Buñuel, el mejor director que jamás hayamos tenido, y con muchas obras maestras a su espalda.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Personajes de allá (5)
A lo largo de su existencia J. fue uno de los guardianes, o mejor, depositarios de ese rinconcito en la Plaza, con aromas suculentos, huéspedes permanentes, idas y venidas a la tienda de ultramarinos de al lado, al bar del otro costado donde se ingeniaban nuevos bebedizos, o el estrecho espacio que servía de almacén a los bultos que venían en el coche de línea procedente de León. La casa donde vivía mi abuela -en la última planta- era toda ella una olla colosal desprendiendo el olor inconfundible de los callos, porque el patrón, sin desmerecer al resto de cocineros que también preparaban la casquería reina en la Villa, preparaba los mejores callos que uno haya degustado jamás.
Pero J. no solo era un gurú de los callos y otros platos menos contundentes que preparaba en la fonda de su propiedad. A eso de la media tarde, antes de servir las cenas, ejercía como maestro de ceremonias en el juego de la brisca. Allí, en torno a la mesa separada de la cocina por un liviano tabique o mampara, no recuerdo bien, competían en ocasiones hasta cuatro parejas de contendientes que dirimían la honrilla o sabe Dios qué. Cuando su pareja cometía alguna imprudencia o se despistaba, J. se encendía como una dinamo al primer pedaleo y dejaba que su genio explosionara, digamos, de una manera controlada. Eso sí, él disfrutaba mucho más que con la victoria final, cuando tenía la fortuna de que su as de triunfo comía al tres del mismo palo, algo que el grupo denominaba piolla. Entonces gritaba como un feriante: ¡piolla!, ¡piolla!, mientras con el nudillo del dedo índice trataba de perforar el tapete, el hule y hasta la misma madera de la mesa. No es ningún secreto que mi madre era muchas veces participante activa en ese juego de las señas y las tres cartas.
Como otros muchos villafranquinos, J. no faltaba nunca a la romería de agosto para festejar a la Virgen de Fombasallá. Me atrevería a decir que, al menos en sus últimos años de viudez, lo más separado que llegaba a estar de su casa era el día 15, cuando se aventuraba monte arriba para participar como uno más de la música, la comida, la alegría y la procesión, en compañía de otros vecinos y curiosos que no querían perderse la celebración. Y ¡cómo le gustaba acompañar en los tragos reparadores de la bota!, también en el manteo de algún novato que pisaba por vez primera la tierra prometida.
Aunque si algo mantengo más fresco en mi cabeza de la infancia, son aquellos coloquios interminables en las noches del estío, cobijados bajo esos soportales menos distinguidos que los de unos metros abajo. En esas veladas se podía hablar de lo divino y lo humano, del huésped X de la primera planta, o de la cosecha de cerezas y <<para cuando los tarros con el aguardiente>>. Claro que si J. se iba de la lengua maldiciendo al Dictador gobernante, los parroquianos le imploraban que callase la boca, no fuera a liar la madeja; pero si le insistían, él más se obstinaba haciéndose el valiente. Creo que de aquellas tertulias a la luz de la luna, entretejidas con las voces provenientes de las terrazas de los bares, es posible que parta en buena medida mi afán de contar historias.
Un buen día J se fue, como se fueron otros miembros de aquel selecto grupo que lo acompañaba en el Rincón. La fonda cerró, los huéspedes desaparecieron, y ese rincón de la Plaza tan palpitante, tan querido para mí, se ha convertido hoy en un espacio muerto, en un lejanísimo recuerdo de otro tiempo, de cuando J. "gobernaba" aquel espacio mágico sin abandonar un solo momento su boina negra y eterna.
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