domingo, 19 de abril de 2026

El joven que soñaba con ser El Cid Campeador (Capítulo XVII)

La casa es un revoltijo. El dormitorio de Rufino Alcántara se ha convertido en un mercadillo donde pantalones, camisas, jerséis, chándales, ropa interior, se entremezclan en una sucesión abigarrada de tejidos y colores, estrambótica a todas luces. La cama matrimonial, excesiva para un hombre solo, sostiene un amasijo de sábanas enredado en la suavidad de un edredón nórdico. En el suelo, al lado de una de las mesillas, una almohada individual estampada con varias manchas de sangre, da muestra del ensañamiento de los asaltantes. También las sábanas o el edredón están salpicados de lunares y reguerillos escarlata, pero en mucha menor intensidad.


  El salón donde hace bien poco se había entrevistado con el responsable de trazar un relato publicado en torno a la agresión de la modista, hacía la eternidad, es ahora el remedo de una estancia en el zoco más apoteósico de África. Los cajones han sido vaciados, arruinados con el propósito de encontrar algo comprometedor. Los papeles, documentos y carpetas, antes guarecidos entre la madera noble, están desperdigados, ocupando casi por completo la alfombra central, las butacas y la mesa baja custodiada por estas, también los rincones más insospechados. La caja fuerte, emboscada tras un Picasso de imitación, permanece abierta. El cuadro está apoyado sobre la misma pared, En el interior de la caja, para sorpresa del detective, reposa un fajo no excesivo de varios billetes de euro sin estrenar, además de joyas, o el legajo oficial de una notaría. A todas luces se debe descartar el móvil del robo.

  La víctima es ahora mismo un zombi, una piltrafa viviente. Le ha costado un triunfo abrir la puerta, nada extraordinario teniendo en cuenta su pronunciada cojera en una de las piernas, además de contusiones varias. En un momento de debilidad, Dámaso piensa que, a pesar de las muletas, no se cambiaría ahora mismo por el periodista jubilado, aunque le obsequiaran con una paga extra y/o un cinco más complementario en la primitiva. Un seis sería otro cantar.              
 

  Al hombre de la casa le cuesta un mundo articular las palabras, si bien son pronunciadas con algo más de claridad. Feli recomienda al ayudante que se siente en una de las sillas vacías, mientras deja que el agredido apoye el brazo en su hombro, al tiempo de sujetarlo por debajo de una de las axilas para no perder el equilibrio de camino al baño. Por fortuna la estancia parece haberse librado de la furia. Poco a poco, con la ayuda del botiquín de mano, va restayando las heridas del rostro hasta desterrar por completo cualquier vestigio de sangre. A cambio, el semblante devuelve certero los embates de la paliza. Tiene un corte en la ceja izquierda, como si un pugil del peso pesado le hubiera obsequiado con un crochet de derecha. El pómulo del mismo lado lo tiene inflamado, como si le hubieran implantado una pelota de golf roja muy cerca del ojo. Un chichón se ha apoderado del centro de la frente, amenazando a primera vista con brotar reencarnado en un asta. En la nariz tiene molestias, pero el detective -que ha hecho infinidad de cursos de primeros auxilios- descarta la rotura...




                                                                           
                                                                     
 

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