martes, 24 de febrero de 2026

El espíritu de la colmena (24)

 
Cuando decimos que una creación perteneciente a cualquier género artístico es intemporal, imperecedera, en buena lógica le estamos atribuyendo méritos por encima de lo habitual. Es lo que pasa con El espíritu de la colmena (1973), la ópera prima de Víctor Erice, si obviamos Los desafíos (1969) -largometraje de tres historias dirigido junto a Claudio Guerín y José Luis Egea-, además de varios cortrometrajes. Como dice el diccionario de la RAE en una de sus acepciones, esta película esta fuera del tiempo y/o lo trasciende, señalando una nueva forma de hacer cine en el alicaído ambiente cultural de la época, algo que en buena medida también estaba señalando el cineasta Carlos Saura. 

   Ya desde la primera escena se respira un aire mágico, o al menos eso debía de ocurrirles a los asistentes al cine en un pueblo cualquiera de Castilla allá por los años cuarenta del siglo pasado, y eso es lo que de algún modo nos están transmitiendo a quienes nos sentamos más lejos para admirar El espíritu de la colmena con todas sus consecuencias, las mismas que va a provocar en la niña Ana la proyección en la pequeña pantalla de la película del monstruo de Frankenstein.


  Hay una famila formada por Fernando (F. Fernán Gómez) y Teresa (Teresa Gimpera), además de sus hijas Isabel (Isabel Tellería) y Ana (Ana Torrent).  El matrimonio convive en "compartimentos estancos", una suerte de colmena. Él, entretenido en su afición a la apicultura, y ella, escribiendo cartas a un novio imaginario. La niña Ana no, ella, imaginativa, soñadora, se desenvuelve en espacios más allá de la colmena familiar.  Así que la pequeña comienza a sentir admiración por ese monstruo de la pantalla que muestra ternura hacia una niña, aunque al final sea abatido a tiros por adultos. Desde entonces ya no dejará de ser una representación del fantasma de sus sueños.

  Una madrugada un hombre perseguido salta de un tren en marcha. Hay en esta historia una casa abandonada. Ana la suele frecuentar. Esa misma mañana descubre dentro de ella a un desconocido, alguien que se esconde para no ser descubierto. Desde entonces la niña le llevará comida, porque en el fondo es su fantasma, el remedo de aquel monstruo que unos hombres malos mataron cuando no debían, en aquel cine destartalado de domingo. Lo mismo que ocurrirá con el fugitivo, repitiéndose la historia atroz de la muerte a manos de quienes solo ven el odio. Es entonces cuando Ana cae enferma, mientras la vida avanza y sirve para comprender que, al igual que ocurre en las películas, las fantasías tienen su final.

  Hay unas interpretaciones fantásticas por parte del elenco, entre ellas la de Fernando Fernán Gómez, como casi siempre, y por encima de todas, la de Ana Torrent, que con solo siete años ganó el Fotogramas de Plata por su papel de Ana. Cabe destacar que El espíritu de la colmena fue la primera cinta española en conseguir el premio a la mejor  película en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Por su parte el CEC la premió como mejor película, también hizo lo propio con Fernán Gómez como mejor intérprete y con Luis Cuadrado por su magnífica fotografía. En el Festival Internacional de Cine de Chicago, el largometraje obtuvo el Hugo de Plata. Cabe destacar la valoración de la prestigiosa revista británica Sight & Sound, que en su votación de 2012, la clasificó en el puesto número 81 entre "las mejores cien películas de la historia" a consideración de los críticos, siendo la única española que aparece en dicha lista.

  Los méritos de este largometraje son muchos, entre ellos el de la soberbia dirección de Víctor Erice, y del guión, escueto y preciso, escrito por él mismo junto a Ángel Fernández Santos. Pero si me tuviera que quedar con un solo destello, sería con la mirada de Ana Torrent, y es que, a mi modo de ver, no ha habido en la historia del cine español una mirada de niña tan impactante como la suya; y más que en ninguna otra de sus películas (incluida la de Cría cuervos) en esta.

   Como se suele decir para elogiar algo que nos conmueve, esta es una película de obligado visionado antes de morir. De verdad que merece la pena disfrutarla, porque no hay, que yo sepa, ninguna película similar que profundice en la infancia con tanto acierto y emotividad que esta.   



                                    

jueves, 5 de febrero de 2026

Personajes de allá (10)

 
Cuando me viene al recuerdo C. no dejo de imaginarlo rodeado de gentes jóvenes y mayores, aunque casi siempre jóvenes, como él, o incluso más. Tenía esa virtud de saberse rodear de los que aún no teníamos canas.


  Él vino un día destinado a Villafranca por el trabajo, intuyo, o se destinó así mismo. Su nombre real a saber: tal vez Paco, pero ¿por qué no Rogelio? En realidad muy pocos sabían su nombre de pila y sí el alias, haciendo honor a su terruño gallego.


  El primer recuerdo que tengo de él es el de un joven rubio y achaparrado, con el pelo liso y escaso, unos pantalones holgados de pana, y una cazadora del color líquido de las filloas antes de echarlo a la sartén. También es el último recuerdo suyo que conservo en la memoria. No era para nada presumido ni tampoco necesitaba serlo para atraer a la gente.


  Su encanto radicaba en la campechanía, en el trato llano hacia los demás, en su habilidad innata para contar chistes, en algunas ocasiones infumables, aunque por lo general tenían su gracia, por aquello de cómo los contaba. Aún me acuerdo de aquel un tanto irreverente de "...Y nos querían envenenar".


  C. ocupaba su tiempo diario entre el trabajo -un trabajo casi erradicado a día de hoy por los tiempos vertiginosos que nos toca vivir- y charlar con todos, ya que no se callaba ni debajo del agua. Su centro de operaciones para encandilar a los villafranquinos era la Plaza, y muy concretamente el bar Sevilla. Él era uno de los protagonistas cuando por la tele retransmitían a su Real Madrid. Eran los tiempos gloriosos de la "Quinta del Buitre", aquella que arrasaba en la liga española con un fútbol de muchos quilates y la consecución de cinco ligas consecutivas. Butragueño era su debilidad, con permiso de Hugo Sánchez. Al finalizar el partido, casi siempre con la victoria merengue, y a veces con goleada incluida, C. tenía tema de conversación para prolongar la velada vespertina durante un par de horas más.


  También se dejaba ver por las desaparecidas bodegas de la calle del Agua, no siempre. Si se terciaba, porque el ambiente se iba caldeando con la ayuda de los vinos premiosos, C. se aventuraba a tocar la armónica, si bien el acontecimiento musical se daba muy de tarde en tarde. Sentado sobre bancos o banquetas rústicas prefería pegar la hebra con quien se terciase. <<Que si el tiempo metido en lluvia, si la cosecha de vino, si el último gol de Futre era fuera de juego, o si iría mucha gente a Oviedo para protestar por la barbaridad que pretendían hacer los de la Confederación con el río Burbio.>> Hablaba de todo, menos de su desempeño como hacedor del milagro de las palabras, a veces muchas, otras contadas con los dedos de las manos, volando cientos de kilómetros a través de postes y cables adelgazados.


  Cuando ya era todo un personaje en la Villa, habiéndose hecho acreedor a un hueco de popularidad entre los elegidos de la Plaza, entre quienes podían considerarse, no dueños, pero sí señores de todo su recinto, un aciago día, como un relámpago inesperado, nos llegó la noticia de que C. había sufrido un accidente laboral que le había costado la vida. 


  Las semanas que siguieron al deceso, la Plaza, su centro de operaciones, y muy en concreto el bar Sevilla, se sumergieron en una aparente tristeza, como de sepelio perseverante, acrecentado el fenómeno cuando por la tele retransmitían un partido del Real Madrid, y sus fieles seguidores, las amistades que C. se había grangeado con su simpatía y don de gentes, miraban a la butaca donde él se sentaba, y esta permanecía vacía, o bien era ocupada por un desconocido, un desorientado futbolero de andar por casa.


  Han pasado ya unos cuantos años desde que C. nos dejara cuando aún no le tocaba irse, y a pesar de ello, de ese aparente olvido que conlleva el transcurrir del tiempo, yo sigo viéndolo de pie, al inicio de la barra del Sevilla hablando con el camarero, o caminando a pasos cortos por el firme de otra Plaza distinta, con doble sentido para los vehículos y una fuente fuera de servicio haciendo ángulo entre los muros en su confluencia en la parte más alta, observada a cada momento por los taxistas expectantes.