miércoles, 24 de diciembre de 2025
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Ana (Mis charlas con Fermín)
A Ana la vi por primera y última vez en el jardín. Tenía dos años, tres a lo sumo. Su manita agarraba con seguridad la de su padre; si bien, al distraerse con un pajarillo o el chorrito de la fuente en el Jardín, se desasía con premura para atender a la novedad. Era rubia y de ojos claros -los de Marisol-, y hablaba como si fuera algo más mayor.
Por entonces vivían en Madrid, donde Fermín estaba a punto de finiquitar sus estudios de Ingeniera, compaginándolos con su trabajo por las tardes en un prestigioso estudio profesional sito en la Calle de Segovia. Había dejado de servir copas, aunque seguía sin poder ocuparse de la hija lo necesario. Al tiempo, Marisol trabajaba como secretaria en un centro contable, habiendo dejado para siempre el rodar de casa en casa como asistenta.
- Fue ahí donde intimó más de la cuenta con Ricardo, uno de los contables -Fermín no puede evitar la gesticulación, como queriendo decir: que se le va a hacer-. Nos separamos pocos meses después de aquel viaje veraniego a Villafranca. Luego vino el divorcio, aunque para entonces, Ana ya no quería estar conmigo. Lo intenté por todos los medios cada fin de semana que me tocaba tenerla en mi casa. Al cumplir los seis años renuncié a los fines de semana pactados al divorciarnos. Cada sábado y domingo se convertían en un desencuentro total. Ella apenas me hablaba y yo no sabía muy bien cómo encauzar la ruptura con mi hija.
Al dar el último sorbo al café, de su cartera extrae la foto de una joven preciosa, delgada y alta.
- Es mi hija antes de la enfermedad. No te voy a engañar: tú mismo puedes verlo si te digo que es la viva estampa de Marisol, un poco menos rubia que ella, más flaca, pero mejorando el original. Aún conserva el tipazo a pesar del cáncer.
- Pero esta foto está hecha en Villafranca. No sabía que hubiera viajado allá desde que era una cría.
- Y más de una vez. Creo que es el único nexo que nos quedó tras la ruptura. Siempre le ha gustado Villafranca, y a la mínima ocasión se va para allá. Por cierto: eres un capullo de marca mayor.
- ¿Por? ¿Lo dices por mi viaje a Villafranca del mes pasado?
- ¿A ti qué te parece?
- No quería ponerte los dientes largos. Además, con lo ocupado que estás mejor no decirte nada. Pero bueno, ya hablaremos después de la Villa, con más calma. Tú también te has hecho de rogar para contarme todo lo concerniente a tu hija.
Hay un momento de silencio, de vacilación. Sé que Fermín necesita tomar aire antes de hablarme de Ana. Mientras divisamos la silueta de las montañas de Mallorca recortadas en el horizonte, trata por todos los medios de disimular una punción repentina. Al fin habla.
- Se va a morir.
- ¿Estás seguro?
- El oncólogo que la atiende no me da muchas esperanzas. La operación fue más o menos bien, pero no evoluciona como debiera. La posibilidad de curación es de una entre cinco.
- No se puede tirar la toalla aunque las opciones sean pequeñas. ¿Ella lo sabe?
La terraza del bar está desierta a las cuatro de la tarde. El camarero se asoma de vez en cuando. Fermín le pide un chupito de hierbas dulces y yo lo mismo. Mi amigo lo necesita.
- No. Pero como si lo supiera, estoy seguro, aunque no quiera hacerse a la idea. Ya sufrió por lo mismo con la enfermedad y muerte de su madre. El mismo cáncer y pocos meses de vida.
- Estuviste con ella en Madrid.
Fermín traga saliva y de seguido un trago del "digestivo".
- ¡Claro! En el colegio donde da clases me indicaron dónde estaba ingresada. Cuando llamé a la puerta de la habitación y abrí, ella leía un libro sobre docencia o algo relacionado. Me conmoví al verla rodeada de aparatejos. Ella se me quedó mirando sin decir nada. Al aproximarme a su cama no sabía cómo actuar después de tantos años sin vernos. Cuando ya pensaba que me iba a mandar a paseo, ella me cogió las manos y me atrajo hacia sí. Me llamó por ni nombre para decirme que era la primera persona que venía a verla sin tener en cuenta a sus dos hijas: Marisol y Ester. Ni siquiera su ex, Alex, se había dignado a aparecer por allí; ni una triste llamada telefónica. Nos abrazamos, con la misma intensidad que cuando ella era una cría.
- Entonces os habéis reconciliado.
- Es un modo aséptico de decirlo. Creo que de no haber de por medio la enfermedad nada nos hubiera vuelto a unir. También la presencia diaria de mis nietas ha ayudado a esa reconciliación.
- ¿Y quién está al cuidado de tus nietas?
- Nadie. Viven independizadas. Marisol tiene veintitres años y Ester veinte.
- Vamos, que con cuarenta años ya eras abuelo.
- Nos hacemos mayores sin apenas darnos cuenta, amigo. Y algunos ni tienen la posibilidad de hacerlo porque se van cuando no les toca.
- No lo pienses. Tu hija tiene una papeleta muy difícil de superar, pero no por eso vais a tirar la toalla.
En otra de las salidas del camarero a la terraza, Fermín le indica la necesidad de otro chupito de hierbas dulces. Yo me abstengo. Parece que mi amigo se reanima con el "reconstituyente", a pesar de no ser un habitual del alcohol.
- Sin estar muy al tanto de su vida, creo que la separación de Alex le pasó factura. ¡Quién sabe! Tal vez a partir de entonces empezó a perder la salud. Ansiedades, ansiolíticos. Luego una depresión de caballo y ausencia prolongada del colegio donde aún trabaja. Todo eso no ayuda; y más con los antecedentes de su madre.
Al liquidar el segundo chupito, justo cuando nos incorporábamos de las sillas, animoso por el calorcillo etílico, lo soltó a bocajarro:
- ¿Sabes que me dijo el último día que fui a visitarla al hospital?
- Ni idea.
- Que cuando estuviera curada del todo le gustaría que viajáramos juntos a Villafranca, como cuando era una cría y aún vivía mamá. Y volver a transitar por las calles y callejuelas estrechas, por el jardín; subir al Malvís, hacer caminatas a Puente de Rey. Y que un buen momento para hacerlo sería el verano próximo.
Cuando nos despedimos, justo antes de abrir la portezuela de su vehículo para irse a Mahón, sentenció:
- Me da mucho miedo su deseo. Más que un deseo parece la sentencia definitiva. En una ocasión, ya divorciados, en un encuentro en Madrid, Marisol dijo algo parecido, que quería viajar pronto a Villafranca ya que el último verano no había sido posible por el trabajo intenso de Ricardo. Nunca más volvió a hacerlo: a los pocos meses le diagnosticaron el tumor y apenas un año después de aquel encuentro fallecía sin haber cumplido los cuarenta y dos.
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