En septiembre de 2004 publicaba mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. Casi veinte años después intento rescatar, casi del olvido, alguno de ellos, como este, ambientado en un carnaval cualquiera. ¿Por qué no en la Plaza de Villafranca?
Lo escuché por primera vez a los ocho años, cuando mi madre me dijo
conmiserativa: "Mientras no pierdas la cabeza..." Y es que, a su
requerimiento, en lugar de acercarle escoba y recogedor, la obsequié con cubo y
fregona. No le di mayor importancia al descuido y me reí despreocupado, como un
bobalicón, lógico en alguien que acaba de estrenar uso de razón. Luego, acaso
frisando los catorce, mientras se acentuaba preocupante mi despiste, escuché de
boca de mi tía: "el alma cándida de tu primo Julio ha perdido la cabeza
por esa pelandusca de Yolanda". A lo cual no presté mucho interés. No
obstante, lo de perder la cabeza o no pasó muy pronto a formar parte de mi vida, como lo
eran los libros de escuela, el juego del escondite o el de médicos y
enfermeras. Con el transcurso de los años, al tiempo que mis distracciones
alcanzaban cierto grado de notoriedad, oí infinidad de veces la frase primera,
la cual, por la reiteración, fue borrando de mi cerebro su real significado. En
una ocasión, ya adulto, acaso padre de familia, me distraje en la oficina, y en
lugar de entregar a mi jefe el expediente incoado a la fábrica de calzado por
la Consejería de Fomento, le extendí confiado uno de mis relatos más recientes.
Él me increpó airado: "Un día vas a perder la cabeza, Augusto".
Su afirmación me dejó inmóvil, intranquilo y con inmediato propósito de
enmienda. No cabe la menor duda de que la palabra 'mientras' le daba a la frase
un aire venial e indefinido, por tratarse de un vocablo con
intención dilatoria. Mientras
hay vida hay esperanza, Mientras no llueva todo va bien. Mientras el cuerpo
aguante, son locuciones
que sugieren espera, tregua. Pero el encabezamiento de una oración con 'un día' es algo demasiado rotundo y serio como para no tenerlo en
cuenta. Un día le parto la
cara. Un día te despedimos. Un día me mato, no atestiguan una fecha concreta, mas la amenaza
se hace latente, como un martillo presto a golpear la cabeza de un clavo.
Aquella intención de corregirme pasó muy pronto a engrosar el baúl de los
recuerdos, desbordado ya de múltiples distracciones y olvidos imperdonables,
pues a las dos semanas alguien me dijo: "El bueno de tu jefe ha perdido la
cabeza, si no, no se entiende que se haya llevado dos míseros millones. ¡Mira
que jugarse el puesto por estafar a la propia empresa!" Por lo que,
cumplido mi medio siglo de vida ya no di trascendencia alguna a una frase tan
trasnochada como aquella. Así que seguí escuchando con prevención de descreído
cosas como: "El marido de la vecina pierde la cabeza por el fútbol" o "Almudena
perderá la cabeza por el dulce" o "Un día Rosendo perdió la cabeza y se fue con
Sofía". También Isacio había perdido la cabeza por Ernesto y no por una mujer,
Elío la había perdido mucho antes en el manicomio y mi cuñada un día decidió
perder la cabeza por un titiritero y mandó a freír puñetas al marido, y no por
ello el mundo dejó de dar vueltas.
Un día, tras muchos años de no
hacerlo, propuse a mis amigos el disfraz de gángster y diversión para el
carnaval. Éstos aplaudieron encantados la propuesta y nos fuimos a la calle:
ellos ataviados cual secuaz matón de Luciano o Capone, cada uno con su
metralleta y munición de mentirillas, motorizados en un desmesurado Pontiac negro de época, sin dejar de mostrar pintiparados y obsequiosos sus
bigotes de betún y los cabellos engominados; y yo convertido en un dragón con
cabeza inmensa, abigarrada de azul, rojo, verde y amarillo, que, cual animal
capturado, daba a la escena mafiosa un contrapunto pintoresco y de humor. Todo
parecía ir bien con la infinidad de máscaras originales y el bullicio de la
gente jaleando a los transgresores. A nosotros nos aplaudían a rabiar, dando
muestras de ser los portadores quién sabe si del triunfo final. No obstante,
éramos conscientes de estar entre los grupos favoritos. Mas, al dar la segunda
vuelta, al bordear el escenario por donde deberíamos desfilar unos minutos más
tarde, me sentí débil, como si fuera a desfallecer y la cabeza me fuera
asaltada por innumerables hormigas. Ya no percibía las aclamaciones sino una
caterva juramentada increpándonos, al tiempo que en las sienes me florecían palpitaciones
arrítmicas. La sensación de malestar me duró muy poco, pues enseguida
comencé a sentir una especie de vacío, de ingravidez indomable, a la par que la
muchedumbre se desplazaba retardando ademanes y movimientos, a lo cual no
eran ajenos mis compañeros, que disparaban al aire las balas de fogueo sin terminar de estallar y el vehículo
conducido con extremosa morosidad por un chófer parsimonioso y acaso cauto con
los pies de los viandantes. Entonces, la tentación me llevó las manos y palpé
la bruñida capa de aquel cabezón sobre mis hombros, para luego transitar por el
resto de cabecitas gravitatorias hasta completar el mágico número de siete. Con cierto sosiego tras el visto
bueno al largirucho dragón, introduje mis dedos por entre el interminable
faldón a fin de rascarme la coronilla casposa y tocarme la frente, no me
estuviera atacando la fiebre; y estupefacción, pues lo último capaz de palpar
era el pescuezo coronado por la cadena de oro regalo de mi esposa. Volví a
tentar por si acaso un descuido, pero el espacio donde debería reposar mi cabeza
permanecía sin cubrir. Desde luego, y a pesar de mi cierta afición a los
alcaloides y al alcohol, aquello no era fruto de una raya de cocaína o del
ocasional azogue del vino tabernero;
estaba sobrio para percatarme de la anormalidad. Conque, saqué raudas las
manos en pos de las otras cabezas postizas por si mi cerebro había optado por
mudarse a alguna de ellas, y exploré con minuciosidad el resto del artificio
hasta la cola, con resultado negativo. Entonces dirigí la mirada a mis raptores
y los vi caricaturescos a través de mis ojos de dragón, riéndose y repartiendo
aspavientos sin dejar de blandir las armas de colorines, incesantes en sus
salvas carnavalescas. No perdí más tiempo en la grotesca escena y rastreé ávido
los asientos del vehículo, y hasta me atreví a abrir la guantera, pero ni rastro
ni añagaza surgían para justificar la extraña pérdida. Poco a poco dejé de
pensar; no obstante, apenas debía de quedarme un gramo de masa gris; por tanto,
tras perder la cabeza literalmente, me dejé llevar por los acontecimientos sin
oposición alguna. De esa manera fui perdiendo la función de mis sentidos hasta
el grado de no tocar nada al contacto de mis manos. Dejé de percibir el olor
de la plebe con sus perfumes y pestes, además de saberme transparente el bollo de
chocolate cuando probé la fiabilidad de mi dentadura desaparecida. Y lo mismo
sucedía con mi vista, ya que, no estando ciego del todo, la percepción se ceñía
a una incesante cortina de relieves y cromados de siluetas en constante
movimiento. Por si acaso, también mi oído se confabuló para traerme sonidos
gravísimos e inconexos y una miaja de vértigo amaestrado, no en vano advertía
todo mi cuerpo flotando, con la caída libre al acecho. Así debieron de pasar
los minutos hasta que poco a poco retornaron los sentidos y con ellos el
pensamiento. Inexplicablemente me encontraba con mi raciocinio y los colegas
escoltándome, subidos a la tarima del escenario, para recibir el primer premio al
disfraz más original y vistoso de los concursantes. Todavía pasmado por lo
ocurrido, escuché del presentador unas sonoras gracias dirigidas a mí por haber
perdido la cabeza de esa manera y permitir con ello que, a pesar de la
aparatosidad del atuendo, bailara con tanta destreza como elegancia sin haberme
permitido ni un solo momento de desaliento. Mis amigos mafiosos me corroboraban
con abrazos y júbilo el argumento de aquél, con tanto ahínco como yo me los
apartaba, ansioso por palpar debajo del cabezudo y comprobar la existencia de mi
mollera rediviva, amén de protegérmela de tanto arrechucho, no fueran a
arrancármela y entonces sí la perdería para siempre.
Iba bebido, borracho de anís como una cuba. Después de cincuenta años (desde los diez), era habitual verlo andar a trompicones. Una noche más, medía la longitud de la calle con eses exageradas, farfullando injurias contra las mujeres y una bendición a los cantineros, amén de expeler un aliento viciado con cada bocanada de humo de su inseparable Ideales.
Encogido y arrugado como un higo seco, así lo alumbraban indefectibles las farolas diseminadas por la ciudad, al volver a su chamizo, donde nadie le aguardaba desde hacía diez lustros, justo cuando la madre soltera le estrenó orfandad al marcharse con un joven y fornido albañil. Un chucho escuálido y temeroso era el único al que podía enjaretar cinco o seis juramentos, y las tres palabras de despedida: Hazta mañá, siquitín.
De repente, sintió cabriolas desatándose por su ser. La mollera agoraba a algún fisgón al acecho de sus pasos. Ese cosquilleo en lo más profundo de sus entrañas no presagiaba una noche apacible. Acaso -pensó-, algún niñato se la quiera correr de risotadas a cuenta de un anciano beodo, escuchimizado e indefenso como yo. O tal vez se trate de algún cabeza rapada ávido de extirpar la escoria. Quizá sea Guto, dispuesto a reclamarme los cien duros de anteayer.
En un esfuerzo jocoso e infame, rejuntó las piernas, abrazó la farola y por primera vez en semanas viró atrás sus ojos anublados sin descubrir a nadie.
- Eztoi co una curda de campeonato. Me pazao do Caztilla con el Mono.
A la jerigonza no respondió nadie. Sólo desde un coche apresurado, alguien le invitaba a que se fuera a dormir la mona. El sexagenario no hizo caso a la ofensa del guasón. Desenterró un pañuelo del bolsillo, lo dobló con dificultad sobre la acera embaldosada y se sentó, no sin antes trastabillarse y estar en un tris de besar el firme. Del otro bolsillo sin fondo rescató un botellín medio lleno de anisado. Le dio un trago largo hasta dejarlo vacío. Fue en aquel momento, tras cinco décadas de desamparo e incomunicación, cuando reparó en la sombra que se le pegaba. La ilusión oscura lo había vigilado noche tras noche sin él haberse percatado hasta entonces. Aquella larga jornada se desahogó con su compañera fiel en una plática de metafísica y de otras holganzas de parecido tenor, que volvió a repetirse con cada anochecida, hasta que el viejo, aliviado por la impagable presencia de la compañera, pasó a mejor vida.
En septiembre de 2004, publicaba mi primer libro de relatos, Cuando el tiempo decide. Casi veinte años después, intento rescatar, casi del olvido, alguno de ellos, como este brevísimo que lleva por título, Al acecho.